Siempre han existido, desde Prudhon a Kautsky, desde Hitler hasta Fidel Castro, desde Stalin a Mussolini, desde Bernstein a Perón, desde Mao Tse Tung a Komeni, desde Arafat a Gorbachov,... y otros reformadores, fracciones burguesas progresistas, partidarias de grandes reformas, con un discurso populista, obrerista, "contra la riqueza", "contra los monopolios", "contra la oligarquía", "contra las pocas familias propietarias del país", "contra la plutocracia"... y en favor de las instituciones "sociales". Estas fracciones corresponden a la tendencia histórica permanente del capital a auto-reformarse a revolucionar constantemente la base productiva y la estructura social, manteniendo, claro está, lo fundamental: el asalariado, la explotación del hombre por el hombre. Su función específica es la de presentarse como alternativas a las formas clásicas de dominación (función decisiva para polarizar la sociedad en dos polos burgueses), presentar las reformas como el objetivo de toda lucha y en la lucha intercapitalista aparecer como los sectores más capaces de controlar los sectores radicalizados de la sociedad. Su importancia relativa, en las distintas épocas o países, deriva de su credibilidad frente a los proletarios, es decir de su capacidad para controlar a los proletarios y liquidar toda autonomía de clase, a través de reformas (o promesas de reformas) que harían menos visible la esclavitud asalariada, más "viable" la miseria efectiva y en los hechos más firme la dictadura social capitalista. Cualquiera sea su reformismo, la burguesía es enemiga irreconciliable del proletariado, y cualquiera sea su discurso, todas ellas recurrirán al terror abierto (¡qué no es "privilegio" de la derecha o de los fascistas!) contra el proletariado si la preservación del sistema lo comanda. Frente a tales fracciones, el programa del proletariado no cambia un ápice, y contra todo tipo de apoyadores críticos, aquel está forzado a organizarse en fuerza para aplastarlas y liquidarlas junto a todas las otras.

TE36 : Tesis 36