En vez de la destrucción del poder burgués se nos propone “cambiar el mundo sin tomar el poder”2, en vez de proclamar la necesidad de destruir las raíces mismas de este sistema socialse nos proponenalternativas dentro del mismo, en vez de revolución social y destrucción del capital se nos propone una “comunización” que elude la cuestión central de la constitución del proletariado en fuerza revolucionaria aboliendo al capital, en vez de la insurrección proletaria nos proponen una ideología que se autoproclama como insurreccionalista, pero que no se afirma como fuerza insurreccional del proletariado contra la sociedad burguesa.

La crítica de todas esas ideologías alternativas, presentadas como novedad, y fundamentadas siempre en lo que la sociedad capitalista habría cambiado, es hoy una tarea central de los revolucionarios. Presentamos a continuación una “Crítica de la ideología insurreccionalista” que se sitúa abiertamente del lado del proletariado, precisamente desde el punto de vista revolucionario.

 

El proletariado, al luchar contra el capitalismo, necesitadesarrollar sus propias fuerzas  para aplastar a las que se oponen a dicho proceso. Esa afirmación de la fuerza revolucionaria, que inevitablemente genera represión y terror de Estado y nueva fortificación revolucionaria, no puede ser ilimitada, la revolución misma requiere necesariamente dar un salto cualitativo en el que se derrote insurreccionalmente al poder político del capital. Ese salto de calidad, que requiere concentración de fuerzas en el tiempo y centralización de los esfuerzos para vencer, es lo que los revolucionarios han designado como insurrección. Ese salto de calidad político, tiene como objetivo social la destrucción de la sociedad mercantil, la supresión violenta de la dictadura de la tasa de ganancia y la imposición de una sociedad basada en el ser humano, el comunismo.

La publicación que presentamos se sitúa en esa misma línea, de lucha por la insurrección revolucionaria, y se contrapone (crítica, denuncia) a una ideología denominada “insurreccionalista”, que nada tiene que ver con eso y que sin embargo, desde hace algunas décadas, ha tenido un cierto éxito en filas proletarias. Nuestro objetivo aquí es a la vez fijar posición sobre esta cuestión vital y dar a conocer un material elaborado por compañeros internacionalistas.

“Crítica de la ideología insurreccionalista”, no debe entonces entenderse como una oposición a la insurrección proletaria, bien por el contrario, se critica un conjunto ideológico que se presenta como una alternativa a la misma insurrección proletaria y a la revolución social.Los revolucionarios de todas las épocas lucharon por imponer el poder de la revolución contra el poder de la reacción. Para ello siempre lucharon por la insurrección, pelearon con todas sus fuerzas por concentrar toda la energía de las revueltas proletarias contra el capitalismo en un solo movimiento y también concentrar esas fuerzas en el tiempo para asaltar el poder burgués e imponer el poder de destruir el capitalismo. En ese sentido todos los revolucionarios somos insurreccionalistas, pero en el libro “Crítica de la ideología insurreccionalista” lo que se trata no es de criticar la lucha insurreccionalista del proletariado sino por el contrario una ideología particular que se ha dado en llamar insurreccionalista y que en el fondo no lo es3.

El término insurreccionalista hace referencia, en toda su acepción histórica, al partidario de la insurrección. En este sentido, nosotros somos, sin duda alguna, insurreccionalistas, como lo es en última instancia el proletariado cuando se hace fuerte como clase, cuando se constituye en fuerza para negar el capitalismo. Sin embargo, en los últimos años se ha extendido una moda particular de autodenominarse insurreccionalista como individuo o grupo, y que hace referencia a una ideología surgida en las últimas décadas.

Se aclara así que en todo el libro cuando se menciona al “insurreccionalismo” no se hace referencia a su significado histórico, como sinónimo de partidarios de la insurrección proletaria, sino a quienes han adoptado esa ideología que surgió en las últimas décadas y que aquí se caracterizará, y que, como se expone, al caricaturizar la verdadera insurrecciónproletaria, en vez de contribuir a la misma, se ha constituido en un obstáculo para su afirmación histórica, práctica.

Una vez delimitado el objeto del libro, se describe así la lógica de conjunto que delimita la ideología insurreccionalista, que aquí se critica: la lógica de conjunto de todas las concepciones insurreccionalistas parten de las ideas de ese partido de la contrarrevolución que es la socialdemocracia para comprender el mundo de la mercancía, y sobre todo para comprender su destrucción. No es otro el motivo por el cual el insurreccionalismo defiende la desaparición del proletariado y su programa, reduce las tareas revolucionarias a una vulgaridad extrema, convierte la insurrección en algo pueril, se desentiende de todo tipo de perspectiva global, concibe el Estado como algo diferente del capital, apueste todo a una forma organizativa, o piense que la transformación social sólo depende de la actuación voluntaria de un puñado de rebeldes. Y sin embargo todo esto no tiene nada de nuevo. No es la primera vez que se defiende que lo único importante es «la acción», ni tampoco la primera vez que se oye que el proletariado no existe, o que se desprecia el proceso organizativo del proletariado. La novedad está en haber agrupado toda esta serie de concepciones para formar una unidad ideológica.

Se explica en forma bastante completa que el problema no es tal o cual teoría o elemento ideológico, sino que el insurreccionalismo (que los autores utilizan sin comillas para designar la ideología criticada) ha tenido una importancia relativamente grande en franjas radicales de los proletarios y que por eso se ha hecho tan indispensable su crítica. Al mismo tiempo, reafirman que la crítica de dicha ideología no es una teoría surgida entre intelectuales, sino una crítica práctica en todo el sentido de la palabra. El presente texto… surge como resultado de experiencias, discusiones, lecturas y borradores de un puñado de militantes de distintos grupos del mundo. El combate, la acción directa, la estructuración de la lucha, los comités de solidaridad con las distintas revueltas y reprimidos, la reapropiación programática y, por desgracia también, la represión y la prisión, son el medio en el que se forja. Por este motivo es inseparable de la praxis revolucionaria, de los centros sociales, de los comités de huelga, de los piquetes, de los encapuchados, de los conspiradores..., en definitiva, de las expresiones que luchan por tumbar este sistema inhumano. Tampoco tiene otra utilidad que la de servir de herramienta que aporte elementos para el fortalecimiento, la extensión, la radicalización y la coordinación de las revueltas e insurrecciones del mundo entero. La crítica proletaria tiene la cualidad de ser totalmente intransigente y destructiva frente a las fuerzas y representaciones de nuestro enemigo, limitando su presencia, pero, al mismo tiempo, es constructiva y compañera con las expresiones que luchan por la revolución por muchas que sean sus debilidades. Desgraciadamente, vivimos una época en la que esta última cualidad apenas es comprendida, reduciendo la crítica sólo a su carácter destructivo.

Basados en ese criterio de la práctica proletaria y revolucionaria, se aclara bien que la crítica de esa ideología no condena para nada tal o cual acción directa, tal o cual batalla proletaria, ni todas esas batallas juntas y que en ese sentido se contrapone abiertamente a la crítica socialdemócrata (por ejemplo representada por la CNT en España) pacifista, antiterrorista, victimista...que como es evidente se sitúa objetivamente a favor del Estado: como lo dijimos muchas veces, el antiterrorismo es directamente la ideología que asegura el monopolio de la violencia por parte del Estado y por lo tanto que consolida el terrorismo del capital y el Estado.

Dicha crítica, como parte de esa batalla y de la acción proletaria, emerge de la pelea misma contra el capitalismo y distingue claramente entre la solidaridad compañera con toda lucha contra el capitalismo y el Estado, con la crítica delo que piensan y creen esos protagonistas, que en general constituye un límite al movimiento mismo. En concreto, esa ideología no es el movimiento y la acción directa contra el Estado, no es el método revolucionario para la lucha, como sus ideólogos quisieran hacer creer, sino un verdadero límite dentro de la acción misma del proletariado peleando contra el Estado, que lo aleja de sus objetivos, de su organización, de su necesaria constitución en fuerza y potencia revolucionaria.

Revisión

Como todas las teorías revisionistas, la revisión que hacen los partidarios de estas teorías nos explica que el capitalismo ha cambiado y ese cambio modifica el sujeto y el objetivo de la lucha misma. Bernstein, impresionado por la industrialización y el progreso de la explotación capitalista, consideraba que las condiciones habían cambiado y que, a partir de entonces, lo importante no era la revolución, sino la evolución hacia el socialismo y la democracia. Decía que con todos esos progresos aquello que habían dicho los revolucionarios, como por ejemplo, “el proletariado no tiene patria”, había sido totalmente superado y que gracias a la legislación social, la democracia, las reformas…ahora no se puede decir que el proletariado no tenga patria. En realidad, esa ideología sobre los cambios, los progresos…del capitalismo y los cambios en el proletariado que ya no necesitaba la revolución expresaban los intereses de un partido burgués para encuadrar a los proletarios: la socialdemocracia. Históricamente es clarísimo adonde llevó eso: a disciplinar a los proletarios en el trabajo, el desarrollo económico y la defensa de la patria. La consecuencia inevitable fue que ese partido fuera la mayor potencia organizativa de los proletarios en función de los intereses burgueses, en función de los intereses de cada burguesía, en función de los intereses imperialistas. Su máxima expresión fue la interminable guerra fratricida por los intereses imperialistas, las grandes masacres históricas que se conocen como “guerras mundiales”. Fue con esa justificación revisionista, del progreso y los cambios en el programa, que la socialdemocracia condujo a millones de proletarios al matadero.

Los revisionistas hoy hacen lo mismo, todos parten del progreso y las supuestas transformaciones del capital y terminan descubriendo la nueva y “original” idea de que “la lucha de clases no es la de antes”, desembocando inevitablemente en negar el papel del proletariado destruyendo el capital, en negar la necesidad misma de una revolución social total. El libro se dedica principalmente a la crítica de la ideología insurreccionalista, nosotros queremos insistir aquí en que ese revisionismo es, como a principios del siglo XIX, tan generalizado como entonces y que este punto, que aquí se describe, es compartido por muchos ideólogos del capital, como por otra parte se explica en el mismo libro. No sólo podemos incluir en dicha lista a personajes como Negri, Holloway, Subcomandate Marcos…, sino todo un conjunto de teorías gestionistas (alternativismo, autogestionismo…),o “comunizadoras”...que son reales ideologías al servicio de llevar a los proletarios a callejones sin salida, como por ejemplo sucedió en Argentina cuando el “que se vayan todos”…fue reducido a la producción autogestionada de las empresas.

Con respecto a “los comunizadores” debemos hacer la misma aclaración, que con los insurreccionalistas, porque se trata del mismo problema que el que aclaramos entrela insurrección proletaria e ideología “insurreccionalista”. Claro que nosotros somos comunizadores, en el sentido de rechazar el etapismo y luchar por la perspectiva de que la revolución proletaria vaya al mismo tiempo destruyendo el capitalismo y construyendo la sociedad comunista, pero criticamos aquí un conglomerado ideológico revisionista que se basa en los supuestos cambios del capitalismo, para negar en los hechos la lucha por la constitución del proletariado en fuerza revolucionaria destruyendo toda la sociedad burguesa y suprimiendo todas las clases (¡incluido a sí mismo como siempre sostuvimos!) y que concibe la “comunización”, como un proceso más o menos automático del capitalismo mismo, en su fase de superación del trabajo y el valor. También, frente a este conglomerado ideológico, caracterizado por el revisionismo, nosotros reafirmamos que el capitalismo: 1) fundamentalmente no ha cambiado, 2) que no se caerá cediendo su lugar a los comunizadores, sino que 3) habrá que abolirlo por la fuerza organizada.

Nuestros compañeros proletarios internacionalistas resumen ese revisionismo metodológico sobre el capitalismo, el proletariado, el método, el programa mismo de la revolución de esta forma: la reestructuración de todo el proceso productivo –lo que se conocerá como posfordismo–; revolución tecnológica basada en la robotización informática; desintegración de las grandes industrias; explosión del sector servicios que pasa a ser el principal factor económico; desplazamiento del trabajador del centro de la estructura social, y constitución de un sector de la sociedad en constante ampliación, que se encuentra totalmente excluida de los «privilegios» y la dinámica de la vida social.La consumación de todos estos hipotéticos cambios trastocará por completo, según estas teorías, las condiciones de la lucha de clases, cerrando un período histórico para comenzar otro que difiere por completo del anterior. Se creará así un nuevo escenario, totalmente ideológico, en el que se dejará atrás al proletariado y a la burguesía, y junto con ellos se arrojará al fuego el viejo programa de la revolución y todas sus implicaciones.

 

Esa es la base, sobre la cual el insurreccionalismo (como otras ideologías revisionistas)constituye su punto de partida crucial: su teoría de la desaparición del proletariado. El insurreccionalismo llegó a la conclusión a principios de los años ochenta de que las viejas clases sociales se habían extinguido, haciendo suyas las ideas dominantes de aquellos momentos. Todos sus análisis y sus desarrollos sobre los cambios en el capitalismo se fundamentan en las ideas provenientes de personajes como Jeremy Rifkin o Toni Negri, cuya característica común es ser expresiones diferentes de una misma teoría, que asegura, que las transformaciones producidas en la red productiva desde la década de 1970 hicieron desaparecer al proletariado. Según esta teoría, los cambios que afectaron a todo el aparato productivo provocaron que las «fábricas tradicionales» se derrumbaran, haciendo que estos centros de reclutamiento masivo de obreros se convirtieran en un ejemplar en extinción. El desmoronamiento de las fábricas dejaría tras sus ruinas una serie infinita de diminutos centros productivos y una masiva concurrencia de seres humanos al denominado sector servicios. Se daba por finiquitada, según el dictamen ideológico de esta teoría, a la «centralidad obrera», el sello que la fábrica le estampaba al proletariado. Y con el fin de ésta se le otorgaba el último aliento a la vieja clase revolucionaria. Se hacía agonizar al proletariado a medida que iba siendo desposeído de la unidad de sus intereses, y se pulverizaba su ser al ritmo que era distribuido por las distintas ramas de producción y circulación de capital. Su propia esencia unitaria, que le concedía el carácter de clase, parecía despedazarse como la carne en la picadora. Confinado en el recinto fabril, se le hacía correr la misma suerte que a la fábrica, quedando sepultado bajo sus escombros. La «fábrica tradicional» y el proletariado eran barridos de la escena social y como reliquias del pasado se les creaba un lugar en el museo de la historia.Para rematar esta fábula, y poder afirmar mejor la muerte del movimiento proletario, esta teoría asociará todas las estructuras de la socialdemocracia y sus ideas al proletariado. El sindicalismo, el «anarco»sindicalismo, el marxismo-leninismo, la ideología del progreso y desarrollo, la apología del trabajo, el obrerismo..., todas estas expresiones clásicas de la socialdemocracia eran convertidas, sin sonrojo alguno, en ideas y herramientas tradicionales de lucha proletaria del pasado. Consumada esta falsificación, se ponía en bandeja afirmar que estas herramientas de lucha se habían integrado en el Estado, que desde entonces se han convertido en meras gestoras, tesis que reforzará la teoría del fin del proletariado y su movimiento, su desaparición, y la integración de «sus» antiguas organizaciones en el Estado.Así sería si no fuera porque esta tesis es una retorcida tergiversación de la historia que amalgama el reformismo con la revolución. Se reescribe la historia sobre la base de la práctica y la teoríaque desarrollaron todas estas fuerzas socialdemócratas y su influencia en nuestra clase. Ahora bien, la práctica de estas «organizaciones clásicas» consistía, desde sus orígenes, en domesticar, canalizar, desviar, democratizar y liquidar la revolución. Lejos de ser estructuras para organizar la lucha revolucionaria, eran expresiones de la contrarrevolución. La verdadera acción proletaria, que mediante el arma de la crítica y la crítica armada trataba de trazar la ruptura con las concepciones y estructuras reformistas para destruir esta sociedad, queda escondida en la amalgama.La conclusión que esta visión daba a la terrible lucha entre la burguesía y el proletariado no podía ser más inesperada: sería el propio capitalismo el que se encargaría de suprimir al proletariado para seguir reinando

Es sumamente importante el subrayar que esta teoría, o hasta podríamos decir, moda, apareció como una especie de carnaval con atractivos colores, que tenía por objetivo impedir la unicidad y perspectiva única de la lucha proletaria en todas partes y que constituyó como una renovación de las viejas ideologías burguesas desgastadas. Los compañeros lo expresan así.

Deslumbrados por esta nueva teoría, numerosos movimientos y variantes ideológicas de la socialdemocracia aprovecharon el momento para renovar sus desgastados ropajes. El «arcaico y desfasado» lenguaje del pasado dejaba paso a una forma de expresarse acorde a la nueva moda que permitiera frenar la desbandada en sus filas militantes. La lucha de las naciones oprimidas, el anti-imperialismo, el antifascismo, el ciudadanismo o el populismo más rancio, levantarán cabeza, se harán más difusos y adquirirán nuevos bríos con este uniforme moderno forjado sobre la tumba del proletariado. Habrá quien componga nuevos sujetos con las cenizas del proletariado, como Toni Negri y su «multitud». Habrá otros que abandonen todo marchándose a plantar cebollas aduciendo que la derrota del proletariado era definitiva y el capitalismo se convertía en invencible, como Camatte.Sin ningún tipo de recelo, el insurreccionalismo transitará por esta teoría de la desaparición del proletariado para cimentar todo su cuerpo ideológico. Se embalará cuesta abajo y sin frenos por esta senda, desarrollando toda una explicación de los «nuevos» fenómenos del capitalismo, las nuevas clases que ha generado y las nuevas formas de lucha que deben ser adoptadas en consecuencia.

«[...] la lucha debe partir de otros sitios, debe partir con otras ideas y debe partir con otros métodos.» A. Bonnano, La tensión anarquista.

Los compañeros subrayan aquí algo sumamente importante, que esa ideología tiene el mismo punto de partida metodológico que los ideólogos de la “comunización”. Todos parten de asimilar proletariado al obrero de la gran industria (¡que es una vieja falsificación del concepto de clases, que “ignora” que las mismas, se desarrollan y se determinan en la lucha!) y también el “programa del proletariado” a lo que fue su opuesto: el programa de la socialdemocracia. En vez de ver que el programa del proletariado es la destrucción del capitalismo, muchos “comunizadores” por ejemplo, nos dicen, como siempre lo hace la socialdemocracia, que el programa del proletariado es, por ejemplo, hacer lo que se hizo en Rusia. Es decir asimilan la generalización del trabajo y el aumento general de la explotación cuantitativa y cualitativa con el programa de transición del proletariado4. Para ser muy sintético, ellos hacen del trabajo el objetivo mismo de la lucha del proletariado, cuando en realidad es el programa de la socialdemocracia: poner al proletariado entero al servicio del capital. Luego es muy fácil decir que ese programa “está superado” introduciendo, así, elementos disparates del viejo programa comunista, como una gran innovación y de paso liquidando lo principal: ya no se necesita una revolución proletaria, ni la abolición dictatorial del capitalismo.

Veamos algunos puntos fuertes de esa negación ideológica del proletariado por parte de los insurreccionalistas, para constatar que lo que dicen “nuevo” son viejas tendencias del capitalismo, incluso descritas por los revolucionarios clásicos del siglo XIX.

[ … ] el insurreccionalismo, sometido a los mecanismos de mistificación que buscan desarticular al proletariado, y reproduciéndolos, hace caso omiso de la verdadera realidad para presentarnos, de la mano de Bonnano, al nuevo sujeto, al nuevo hombre que está llamado a remplazar al proletariado.«Hoy la realidad ha cambiado. Como decíamos antes, están construyendo un hombre diferente, un hombre descualificado y lo están construyendo porque tienen necesidad de crear una sociedad descualificada. Pero, descualificado el hombre, han quitado del centro de la concepción de la sociedad política de ayer la que era la figura del trabajador. El trabajador ayer soportaba el peor peso de la explotación. Por este motivo se pensaba que debiese ser él, como figura social, quien diese inicio a la revolución. Basta con pensar en el análisis marxista. En el fondo, todo El Capital de Marx está dedicado a la “liberación” del trabajador. Cuando Marx habla del hombre, se sobrentiende el trabajador; cuando desarrolla su análisis sobre el valor, habla de tiempos de trabajo; cuando desarrolla su análisis sobre la alienación, habla del trabajo. No hay nada que no tenga que ver con el trabajo. Pero eso porque en el análisis marxista, en los tiempos en que fue desarrollado, el trabajador permanecía central, efectivamente la clase trabajadora podía ser teorizada como centro de la estructura social.»1 Incapaz de comprender que la descualificación, el poder trabajar en cualquier cosa, siempre fue la esencia no del nuevo hombre que están construyendo sino del proletariado –el mismo Marx lo afirma en toda su obra, pese a que Bonnano parece no haber entendido nada–, que la cualificación ha sido, y es, algo contingente y minoritario, efímero en la historia del capitalismo; incapaz de comprender que tanto antes como ahora es el mismo sujeto, el proletariado, el que soporta el peso de la explotación, sea en una fábrica, en una hamburguesería, en una oficina, en la calle recogiendo mierda, en el paro…; incapaz de comprender que hoy todo carbura en base al valor, al trabajo abstracto que representa el trabajo asalariado, es decir, independiente de la actividad concreta, de si se manifiesta como trabajo de camarero o de albañil, de minero o de oficinista, de agricultor o de portero, de conductor o de profesor; en definitiva, incapaz de comprender las relaciones sociales que genera el capital en toda su extensión, mejor dicho, comprendiéndolas a través del prisma socialdemócrata, acaba sin percibir que todo sigue igual, que, como siempre, en pleno capitalismo todo se basa en el antagonismo entre dos clases sociales: la que posee los medios de vida y la que no los posee, la que está determinada a mantener esta posesión que le beneficia, y la que está determinada a suprimirla pues le ahoga en el fango. Todos esos cambios, todos esos trastocamientos que ciegan al insurreccionalismo, son una constante del capitalismo.

Como el insurreccionalismo asocia proletariado al obrero industrial, heredando la vieja ideología dominante de la socialdemocracia y en particular del leninismo, el trotskismo  y estalinismo…, no comprende que el proceso ha sido el contrario: cada vez hay más humanidad proletarizada, cada vez existe más privación de todo lo que el ser humano necesita, contrariamente a lo que dicen los insurreccionalistas, cada vez es más trágica y general la separación que efectúa el capital entre el ser humano y la Tierra, entre lo que el proletariado mundial necesita y el salto cualitativo que se vive, en la actualidad, en el ataque del capital privando al ser humano de tierra, de agua, de aire, de especies animales…y contaminando todo con su maximización de la tasa de beneficio. En vez de constatar esta tendencia histórica unificadora del proletariado, la ideología obrerista del proletariado oscurece totalmente las perspectivas y es sobre ese oscurecimiento que centrará su mísera perspectiva, separando el verdadero obrero industrial del maestro de escuela o el que atiende el kiosco de la esquina. Por eso contraponemos, junto a los compañeros que hicieron ese libro de crítica del insurreccionalismo, a esa mísera y parcializadora ideología del proletariado la realidad viviente: […] que el proletariado en vez de tener que meterse en una fábrica a trabajar entre cientos de su clase, realidad de todas formas nada despreciable hoy en día, tenga que meterse en un chiringuito de servicio de comidas o en una oficina, que la mercancía que produce sea material o inmaterial, que se presente su explotación bajo determinadas formas jurídicas, que su trabajo sea «productivo» o «improductivo», o que se le abandone a su suerte en el desempleo, en busca de algún medio que le permita echarse algo a la boca, no cambia absolutamente nada de su condición de clase. Su vida sigue siendo negada en favor de la valorización capitalista. Sigue reproduciéndose en su seno el mismo antagonismo a la propiedad, a sus explotadores, al trabajo. La contraposición entre sus necesidades humanas y las del capital siguen siendo el punto de confrontación que tarde o temprano acaba en llamas.

Como cualquier otra concepción revisionista, los supuestos cambios en el capitalismo producen, en dicha ideología, cambios en el sujeto de la revolución, lo que indudablemente conduce a un cambio en  lo que siempre fue la teoría revolucionaria: Bonano5 llega a hacer explícito también esto y los compañeros lo citan

«Hoy no estamos en 1871, ni en los años treinta, ni en 1948, ni a finales de los 70. Estamos en una situación productiva industrial en profunda transformación, estamos en aquella situación que comúnmente viene definida con una palabra que por comodidad podemos utilizar también nosotros, “postindustrial”. Algunos compañeros, partiendo de este análisis, esto es, considerando las profundas modificaciones de la realidad productiva de hoy, han llegado a la conclusión de que determinados modelos revolucionarios del pasado, hoy no son utilizables más, por lo que es necesario encontrar caminos nuevos que no sólo se contrapongan a los modelos del pasado, sino que los nieguen en los hechos proyectando nuevas formas de intervención.»6

Adulterando el verdadero contenido del programa de la revolución el insurreccionalismo se verá en disposición de escupir sobre todos los «programas» y reivindicar que no hay más programa que «el proyecto revolucionario discutido en los grupos de afinidad».Lo que queda oculto en toda la fraseología insurreccionalista es el verdadero contenido del programa revolucionario. Su esencia destructora. Porque el programa de la revolución es ante todo un programa de destrucción, de negación de todas las condiciones existentes. La destrucción de la propiedad privada, del trabajo asalariado, del Estado, del aparato y el modo de producción capitalista, de la cárcel, la abolición de las clases sociales, la negación del país, la necesidad de imponer por la fuerza esta negación a todos los defensores del viejo mundo, la necesidad de organizarse en fuerza autónoma opuesta a todas las estructuras de Estado..., ese es el verdadero programa revolucionario, ésos son algunos de los aspectos fundamentales y al mismo tiempo invariables que el proletariado ha ido delimitando y transmitiendo de forma cada vez más nítida en cada batalla, y que contienen todo una amplia gama de implicaciones.

Del programa revolucionario, el insurreccionalismo no retiene ni una línea, no hace suya la necesidad revolucionaria del proletariado de destruir hasta los cimientos de esta sociedad y hasta utiliza la palabra programa, como siempre hizo la socialdemocracia, como sinónimo de opiniones o recetas sobre el futuro y además sometido a los alias y flexibilidad, siempre variable, de tal o cual grupo de afinidad. También aquí el insurreccionalismo se muestra como una receta de la confusión ideológica, de la dispersión organizativa y de la división en función de las afinidades (por naturaleza culturalistas, locales, contingentes…), lo que en realidad es un solo movimiento, con un solo objetivo. Justamente lo que todo el sistema de dominación y contrarrevolución requiere para mantener disperso y sin perspectiva unificada a los explotados.

Una vez liquidado el sujeto de la revolución (el proletariado) y el programa revolucionario histórico (destrucción del capitalismo), los insurreccionalistasse abocan a definir las tareas de los revolucionarios y, como era de esperar, todo su discurso se basa en la novedad: las viejas tareas de propaganda y acción directa, de toda la trayectoria revolucionaria, son despreciadas en nombre de una “lucha insurreccional” que podría existir en forma pura, de forma separada y opuesta, por ejemplo, a la propaganda. No podemos entrar aquí en el detalle de todas estas novedades que están bien criticadas en el libro que presentamos. Una vez más citemos algunos párrafos sintetizadores.

Si para los educacionistas todo el problema de la revolución queda reducido a la «educación de las masas», o para los propagandistas se trata de un tema de «concienciación del proletariado» o, por citar otro ejemplo muy de moda, para los formalistas organizativos se trata de extender «la forma organizativa por fin descubierta», para el insurreccionalismo todo el problema queda sintetizado en «la lucha insurreccional». Pese a que los proletarios que se autodenominan insurreccionalistas manifiestan la tendencia a la ruptura con todas esas ideologías pacifistas, como las educacionistas y propagandistas, que se dedican a despreciar y negar la necesidad de uno de los aspectos centrales de la revolución, la violencia revolucionaria y la insurrección, la ideología que los domina y que ellos mismos reproducen los lleva a abrazar una antítesis vulgar que conduce a reducir y someter todas las tareas revolucionarias al aspecto «insurreccional», descuartizando la totalidad de las tareas de los revolucionarios. Se fomenta así la parcialización y por tanto la especialización en el «trabajo insurreccional»…

Al escindir el aspecto insurreccional de todo lo demás y someter a éste cualquier otra cuestión, el insurreccionalismo acaba negando las propias tareas insurreccionales ya que sustraídas de la totalidad pierden el nexo que les da sentido. Se convierte todo en una caricaturización.

Fue así como al escindir el aspecto formativo, los educacionistas transformaron la formación del proletariado en algo pedagógico. Como si se pudiera instruir a los proletarios sentándolos en una silla leyendo libros y reproduciendo la separación burguesa profesor/alumno. Como si no fuera la lucha colectiva de su clase el modo en el que proletariado puede instruirse a diversos niveles. Asumiendo todos los aspectos de esa lucha, desde el estudio de su experiencia histórica a la participación en la preparación militar de la insurrección, desde la transmisión de experiencias entre generaciones a la estructuración organizativa de la lucha.

El insurreccionalismo hace lo mismo que el educacionismo salvo que en otro terreno: el de la «insurrección». Si éstos hacen de los revolucionarios unos curas de la «idea», aquélla los transforma en auténticos «Rambos» de la revolución. Se reduce de esta forma todo el qué hacer, toda actividad, al aspecto «insurreccional», lo que adultera y caricaturiza el propio contenido del «trabajo insurreccional» y hace perder toda verdadera perspectiva global de insurrección identificando a ésta con la acción directa.

Terminando brevemente

Hay muchísimos otros aspectos y elementos en el libro crítico que recomendamos, que están muy bien desarrollados y que evidentemente no podemos abordar aquí. Así, por ejemplo, la crítica a toda esa apología, que hacen los insurreccionalistas,de esa forma moderna del gestionismo que hoy se llama comunalismo o comunización, y que va hasta la apología del squat (okupa, casa o espacio ocupado),  pasando por la comunización progresiva y que llegaría a la “comuna armada”, al mismo tiempo que lamenta que esa ideología se haya hecho carne en luchadores sociales, como Carlos Lavazza, que es un claro ejemplo de militante proletario en lucha contra el capital.

Para terminar, volvamos a situar esta crítica del insurreccionalismoen la globalidad de otras críticas que nuestra organización ha hecho (como la cuestión de la lucha armada) y resituemos el problema en función de la contradicción central de clases.

Como se explica en el folleto, el insurreccionalismo reduce la lucha revolucionaria a una aspecto o punto específico. Ello es contrario a la tendencia histórica de la lucha misma del proletariado, que tiende a asumir todas las tareas que, por otra parte, corresponden a la naturaleza misma de su conformación y  lucha histórica, en donde tienden a participar todos los proletarios: niños, jóvenes, viejos, manuales, intelectuales, obreros agrícolas… Frente a la riqueza social de la clase, las tareas que los insurreccionalistas parecerían reservadas (incluso por su capacidad de hacerlas) a una pequeña minoría, lo que evidentemente condena a la gran mayoría a un papel de simpatizante de las mismas. Claro que esto se debe a que, en vez de concebir la insurrección como un esfuerzo social general del proletariado, se la identifica a la acción individual y/o de un pequeño aparato. Ello lleva implícito, como en la apología de la lucha armada en sí7, la búsqueda de un tipo de acción espectacular y ejemplar que, en vez de organizar y dinamizar a toda la clase, empuja a la gran masa a ser espectadora de los “insurreccionalistas”, a una dinámica que, en vez de organizar la clase, organiza un aparato que sabría hacer mejor las cosas que la clase (lo que es típico del aparatismo y el militarismo), y que además, facilita la represión. Cuánto más se impone el espectáculo de la “insurrección”, más se reduce al proletariado como clase a presenciar un espectáculo entre represión e insurrecciónalismo.

El insurreccionalismo tiene todas esas características comunes a la mitología de lo armado, que son precisamente los derivados de escindir lo que denominan actividad “insurreccional” de todo lo demás. De ahí deriva la mitología de  lo heroico, como héroe individual (Rambo), lo que empuja a hondar  la separación entre quienes hacen las tareas específicas de “la insurrección” y quienes deben acostumbrarse a apoyar, o a lo que llaman “solidarizarse”, cuando es necesario. Ello en vez de empujar al proletariado a la insurrección, contribuye a la tarea central de la dominación burguesa: aislar a la minoría revolucionaria, transformar la lucha social de clases en una oposición entre aparatos y, más precisamente, entre el monopolio armado del Estado y tal o tal grupúsculo de insurreccionalistas.

La ideología insurreccionalista incluye un conjunto de elementos que, para hacerla corta, podríamos decir están implícitas en esa perspectiva individualista de la insurrección: como el inmediatismo en oposición a la perspectiva histórica, el militarismo en oposición a una correlación de fuerzas sociales. Y esto no es un detalle: ¡el Estado no se puede destruir a tiros! ¡Y el Estado lo sabe perfectamente!

Visto desde el punto de vista de la dominación burguesa, el insurreccionalismo, como el militarismo, o el  aparatismo, o el foquismo…, por la confusión común  que desarrollan al generar ilusiones sobre los resultados políticos de la acción misma del individuo y su grupo (como si pudiera enfrentar al Estado o incluso llegar a destruirlo), es una verdadera panacea para el Estado, pues le sirve para canalizar y enfrentar toda oposición, porque se evita así el riesgo de ser cuestionado en sus raíces, que son sociales. Por más valiente y ejemplar que pretenda ser la acción del insurreccionalista, no puede atacar los fundamentos del Estado sino tal o cual aparato o individuo. Sólo una verdadera insurrección social revolucionaria puede atacar al capital, sólo la destrucción del capitalismo puede demoler su organización como fuerza, es decir el Estado.

Sólo una clase social organizada en potencia destructora del capitalismo, puede tener la fuerza para destruir los fundamentos mismos del Estado.

NOTAS:


1 “Proletarios internacionalistas” EDICIONES COMUNIDAD DE LUCHA. http://www.proletariosinternacionalistas.org
proletariosinternacionalistas@yahoo.com
2 Como lo hemos explicado en otras oportunidades siempre los revolucionarios se han distinguido de los reformistas en que estos quieren tomar el lugar del gobierno de turno y es en ese sentido que siempre hemos afirmado que para nosotros no se trata de tomar el poder sino de destruirlo. Pero inmediata e invariantemente los revolucionarios agregamos: para lo cual hay que imponer el poder mismo de la revolución destruyendo las relaciones sociales capitalistas. O dicho de otra forma imponer el poder de la revolución contra el poder del capitalismo. En cambio quienes cultivan esta forma alternativista “cambiar al mundo sin tomar el poder”, lo que hacen es negar (ocultar, deformar, camuflar…) que para cambiar radicalmente el mundo se nos presenta como inevitable la INVARIANTE CUESTIÓN DEL PODER Y LA REVOLUCIÓN. Ver al respecto: Comunismo Número 51 (febrero 2004) Del Poder y la Revolución.
3 A partir de aquí todo lo que ponemos en itálica son extractos del libro presentado (salvo aclaración expresa).
4 Es el caso de “Theoriecommuniste”.
5 También aclaran los compañeros que no existe ningún interés en demoler a Bonano, que desde hace tantos años ha sido un compañero en lucha contra el capitalismo, sino a esa ideología que el expresa tan explícitamente y que en vez de unificar y centralizar al proletariado lleva a su total dispersión y atomización como sujeto.
6 Intervención de A. Bonnano, Actas del congreso anarquismo y proyecto insurreccional.

7 Ver “Sobre la lucha armada” Comunismo número 60.


CO62.4 INSURRECCIÓN E “INSURRECCIONALISMO”