Los análisis acerca del estado actual del capitalismo abundan. El mainstream económico burgués se asimila cada vez más a un mesianismo del próximo despegue de la economía. Sus voceros se agitan, en medio de la anarquía del mercado, recurriendo a ritos ancestrales: unos “sonando la alarma”, otros “llamando a la razón”. Los más audaces todavía practican el oráculo leyendo el futuro en las cenizas de los periódicos económicos o en las entrañas de los banqueros que donaron su anatomía a la ciencia. Todos viven en el mundo de los fenómenos económicos: movimientos de dinero, capitales y variados productos financieros, informes de expertos y de las agencias de notación, balances empresariales, cuentas nacionales, así como declaraciones de todo tipo…La gran feria de las cifras, las prestidigitaciones y manipulaciones son el pan nuestro de cada día, como confiesan vergonzosamente los economistas.

En este mundo, cada « crisis » sucesiva debe ser rápidamente designada con alguna palabreja y asociarle un responsable (tal país, tal política, tal exceso o desvío de la norma), para evitar que la misma aparezca por lo que realmente es: una manifestación de la catástrofe del modo de producción en su conjunto. Así, en los últimos tiempos, contemplamos el desfile de  la crisis « alimentaria », la crisis « asiática », la crisis de las « subprime », la crisis « financiera », la « crisis de la deuda »...así como ayer había el « efecto tequila », el « efecto tango », el « efecto vodka », el « efecto samba » y el efecto « dominó » La ideología de la crisis es reproducida siguiendo el mismo ritmo que las crisis mismas, hasta en su versión conspiracionista, según la cual la crisis sería pura invención destinada a crear el clima actual de desesperación que favorece la sumisión y la dominación.

En toda ideología, lo verdadero y lo falso conviven y aquel legitima a éste. Nos bombardean con la (des) información pidiéndonos que dudemos de todo, salvo de lo principal: esta sociedad productora de mercancías es el último horizonte histórico de la humanidad. Mientras que por todas partes, el progreso y la civilización sólo provocan estragos, privaciones y masacres, debiéramos seguir sacrificándonos en nombre de un mayor progreso y civilización. Se supone que fuera de los mismos, la humanidad debería regresar a « las cavernas » y quedaría condenada a todas las regresiones, penurias, barbaries....

Para nosotros, al contrario, hay algo de lo que estamos seguros: la clave de la comprensión de este mundo se encuentra en su negación total, en el cuestionamiento de los fundamentos de la relación social capitalista misma (valor, trabajo, dinero...) que afirma su carácter histórico y efímero. Dicha comprensión no puede partir sólo de las contradicciones actuales del mundo burgués, sino, más fundamentalmente, situándonos declaradamente desde el punto de vista de la lucha contra este mundo, afirmando las necesidades humanas, en su contraposición milenaria con la propiedad privada.

Diversos análisis (claro que minoritarios) mantienen el hilo rojo de la crítica radical, denuncian las mistificaciones de moda (la más corriente, aunque no sea por eso la más reciente, consiste en vilipendiar al capital financiero rehabilitando, por oposición, la llamada economía « real »), retoman las cosas por su raíz para mostrar, siguiendo a Marx, que el valor en esta sociedad es la forma social total que contiene, en su dinámica, el desastre sin fin para la humanidad (¡independientemente de que los negocios, marchen bien o no!) y poniendo en evidencia, que el capital está, a un nivel nunca alcanzado, en contradicción con los problemas que crea su propia valorización y reproducción. La extrema dificultad que tiene el valor para valorizarse (al ritmo que su propia ley ciega impone), el capital para continuar creciendo, muestra claramente que la crisis sistémica es inédita por su amplitud1. El frenesí de movilidad de los capitales en búsqueda irrefrenable de los espacios que le aseguren la mayor valorización posible (para luego salir de ahí desde que existe una mejor oportunidad en función de la tasa de ganancia), parece diminuto al lado de la proporción inconmensurable en que, en las últimas décadas, se han desarrollado las transacciones estrictamente financieras y en particular el capital ficticio. 

Todo eso no hace más que mostrar cómo el capital, al no encontrar posibilidades de valorización en la producción de mercancías, consume a crédito su propio futuro a un nivel que lo pone en una situación sin solución. Concretamente, pongamos arriba de la mesa un puñado de dólares arrugados. Esa es la moneda mundial, que está en el corazón de todos los flujos y transacciones significativos desde que se impuso como moneda mundial. Era la primera vez en la historia que un signo de valor (¡que de sí, no tiene ningún valor!) se había sustituido a la moneda internacional que, durante toda la historia, había tenido un valor real (concretado, luego de un largo proceso anterior, en el oro). Hoy, desde el más insignificante al mayor inversor del planeta, no se pregunta más si ese signo, el dólar, equivale todavía a un valor real o no, sino hasta cuándo puede resistir funcionando como si todavía valiese algo.

No sólo su convertibilidad en oro fue oficialmente abandonada en 1971, sino que, desde mayo 2006, la cantidad de dólares puestas en circulación se ha transformado en un secreto de Estado (en guerra permanente), lo que fue una decisión muy relevante, aunque poco comentada. En efecto, fue en esta fecha que la Reserva Federal de Estados Unidos decidió no hacer público el famoso índice M3, amputando así todo dato cuantificable sobre la producción del papel dólar, que desde entonces fue sustituido por las cifras que quieren comunicar. Desde el punto de vista burgués, en el limitado horizonte del capital poco importa que los flujos mercantiles y financieros desarrollen agujeros negros de deuda y que los cursos bursátiles sean corrientes de aire y castillos de cartas, mientras la ganancia siga siendo ganancia; provenga ésta de ventas de mercancías o de transacciones financieras opacas basadas en el capital ficticio. Además ambas están inextricablemente ligadas, la producción y venta de mercancías reposa también sobre la ficción monetaria. Sin embargo, no podrán evitar que la realidad termine liquidando la ficción y que el dólar se desvalorice brutal y masivamente, provocando con su caída, la de los otros signos de valor en los que reposan las transacciones mundiales.

Agreguemos que los otros signos de valor mundial, como la Libra, el Euro, el Yen…no están mucho mejor, (con agravantes particulares, según las regiones en función de la quiebra de bancos, los rescates, los planes…), mientras que la emisión ilimitada, de todos ellos, sigue siendo la única receta oficial, como si en base al papel pudieran impedir el incendio social que ya se ha desencadenado.

Más allá de los fenómenos estrictamente políticos y monetarios que se evocan a menudo (relaciones entre países y en particular entre potencias imperialistas en competencia), la hegemonía mundial del dólar se asienta en el desarrollo económico y militar singular que encarna Estados Unidos, cuyos intereses imperialistas particulares han coincidido con los intereses generales del capital. El hecho de que el país de emisión de esa moneda sea hoy el más endeudado del mundo, virtualmente en quiebra abisal y total, sólo es paradoxal en apariencia, si olvidamos el papel central del crédito y el endeudamiento en toda la dinámica histórica del capital desde sus orígenes, si olvidamos que el capital encuentra, más que nunca, en la ficción una pseudo solución a su propia realidad. En este caso, ha sido precisamente en base al endeudamiento generalizado (del Estado, de los bancos, de las empresas…), a la impresión monetaria alocada del signo de valor dólar y por el keynesianismo de guerra (apoyo masivo a la industria de armamento, financiación de bases y operaciones militares en todo el planeta) que Estados Unidos se mantiene como “locomotora del crecimiento” mundial y como Estado gendarme mundial.

Es sabido que los milicos de Estados Unidos están en cada rincón del planeta, en todos los continentes y océanos. El ejército oficial de Estados Unidos reparte su trabajo con coaliciones internacionales, sociedades militares privadas, servicios secretos, consejeros militares, y otros profesores de tortura, que tienen por objetivo defender sus propios intereses imperialistas actuando simultáneamente contra todo tipo de movimiento insurreccional que las policías y ejércitos locales no logren parar (a pesar de que están permanentemente financiados, equipados y dirigidos por Estados Unidos o por un Estado gendarme o subgendarme satélite como Israel, Inglaterra, Francia..). En efecto, a pesar de algunos fracasos del Pentágono en la imposición del terrorismo de Estado mundial, a pesar de los inconvenientes notorios del Ejército Oficial de Estado Unidos para imponer la paz social y la buena marcha de los negocios, Estados Unidos sigue constituyendo el principal brazo armado del capital. El dólar interviene a la vez como moneda mundial, cuya credibilidad depende de su capacidad a ser defendido militarmente, y como medio de financiación de ese gigantesco aparato miliar, para lo cual se fabrican cada vez más billetes de manera ilimitada y sin contrapartida de ningún tipo. Por la fuerza y por la « razón », el mantenimiento del orden social capitalista se compromete así a mantener un statu quo de « confianza » en favor de la moneda mundial.

Volvamos a las perspectivas que todavía se le ofrecen al capital. No sólo la improbable reactivación del crecimiento será insignificante, con respecto a esa fabricación de ficción crediticia, sino que es totalmente imposible que la misma se produzca sobre otras bases que las de ese endeudamiento y ficción actual (lo que no impedirá que se sigan provocando “burbujas”, siempre en situación cuasi explosivas, que no sabemos nunca si explotarán antes o después, pero que podemos estar seguros de que explotarán a una escala mayor). Claro que no se puede excluir que el capital recurra a su tradicional fuerza de destrucción, imponiendo una  agravación de las guerras permanentes que mantiene esta sociedad, revigorizando al pasar, el nacionalismo propio a la competencia burguesa y utilizando la consabida: “gloria inmortal de nuestros ancestros”. La guerra burguesa, la guerra imperialista, sigue siendo el mejor invento para aplastar la guerra social (aunque la guerra misma pueda despertarla, como ya sucedió en el pasado, por lo que dicha “salida” es desde el punto de vista burgués, una apuesta desesperada). Hay, sin embargo, que agregar al menos dos bemoles a este primer entusiasta impulso guerrero : se puede, primero, poner en duda la capacidad del capital a movilizar al proletariado tan masivamente como es necesario en un conflicto mundial que debiera responder a las actuales necesidades de destrucción de trabajo muerto (infraestructuras, stocks) y de trabajo vivo (proletarios excedentarios). Además el capital sólo puede relanzar un ciclo de valorización sobre la base de la productividad que históricamente se ha alcanzado. Pero, si bien el aumento de la productividad es indispensable para los capitalistas particulares empujados por la competencia despiadada, por el contrario, el aumento global de la productividad es una calamidad para la tasa media de ganancia, dado que hace bajar la ganancia por unidad producida, lo que implica producir cada vez más mercancías que están condenadas a desvalorizarse en un mercado saturado por ausencia de compradores solventes2. Esta hipotética « reactivación » de la economía sólo hará que se plantee, a un nivel superior, los desastres debidos al agotamiento de la Tierra (suelo, agua, aire...); con todo lo que ello conlleva en términos de degradación de nuestras condiciones de supervivencia y guerra permanente impuesta por la violencia, contra nuestra clase, para apropiarse de la tierra.

Algunas de las críticas radicales de las que hablamos arriba, consideran que estamos ante la crisis última del capital que se estaría produciendo ante nuestros ojos, que la valorización del capital está desde hace mucho tiempo apagada, que el trabajo sería mantenido solo como relación social de domesticación y coerción, que la historia estaría esperando el momento en el cual la consciencia colectiva se apoderaría de este hecho. La desvalorización sería tan gigantesca, que el dinero perdería de hecho toda función y que la humanidad no tendría otra opción que la reorganización de la vida sobre nuevas bases. En este tipo de concepción, muy rápidamente expuesta aquí, se percibe una tendencia a la negación del sujeto revolucionario y de la misma necesidad de la revolución. La mistificación más corriente entre los críticos de « la lucha de clases » (que consideran que la oposición de clases es interna al capitalismo y que como tal no podría contener su superación) consiste en partir sistemáticamente de la concepción socialdemócrata de las clases y del llamado « movimiento obrero » en particular en su versión marxista leninista (apología del progreso capitalista, trabajo como identidad del proletariado y del proletariado como clases de esta sociedad que representa el trabajo en la misma)...

Contra esta concepción, nosotros formamos parte de quienes siguen afirmando que el movimiento comunista emerge sin cesar en el seno mismo de la sociedad capitalista, pues es su verdadera « negación en acto », como siempre lo fue en contraposición a todas las sociedades de clase (aunque más no sea, al inicio, como antítesis simple, como resistencia de la comunidad originaria), hasta la actual lucha de nuestra clase. Además, sostenemos el punto de vista de clase según el cual el capitalismo, a pesar de todos los cataclismos provocados por su propia desvalorización, no cederá ni un milímetro en su relación de fuerzas de dominación, si no es por la lucha contra la misma. Lo podemos constatar desde el principio: sin el desarrollo de la lucha proletaria contra ellas, las contradicciones sociales, por más que se agudicen, sólo llevan a la putrefacción de las relaciones humanas y no encuentran solución porque los explotados se matan entre ellos en la miseria. En efecto, así como la afirmación del proletariado liquida la competencia y la guerra, al mismo ritmo que la revolución avanza; la afirmación putrefacta de la sociedad burguesa impone todas sus determinaciones esenciales en el proletariado empujando a la competencia entre proletarios, a la descomposición interburguesa, a todo tipo de guerras en las cuales los proletarios se destrozan entre ellos defendiendo los intereses de las diversas fuerzas burguesas.

El capital será sin dudas (más todavía que hasta ahora) llevado a abandonar, por razones de valorización, zonas enteras para concentrarse en ciertos polos preservados, que puedan ofrecer mejores garantías en términos de paz social…; pero incluso en las zonas siniestradas, si no se desarrolla la lucha emancipadora del proletariado, se continuará profundizando el modelo de dominación basado en un conjunto de guerras y conflictos de diversa intensidad, adonde se implica a cada proletario particular para que se transforme en carne de cañón. El nivel de violencia cotidiana se encuentra agudizado por la puesta en circulación deliberada de drogas, cada vez más traficadas y neurotóxicas. Frente a todo intento de lucha y extensión de la misma, el Estado intenta primero aislarla, antes de intervenir con su sanguinaria brutalidad contra niños, mujeres y hombres, utilizando todo tipo de pretextos validados por su máquina de guerra mediática mundial que las legitimará, como lucha contra el terrorismo y/o el tráfico de drogas.

 

El ejemplo de Méjico es hoy siniestramente elocuente. Toda la sociedad se encuentra sumergida en un nivel permanente de violencia social generalizada, erigida en verdadero modo de gobierno, bajo el pretexto de “guerra al narcotráfico”, que ha causado más de 50.000 muertos y de 12.000 desaparecidos…., sin que tales muertos y desaparecidos ocupen el lugar que por ejemplo tienen los muertos y desaparecidos en las agencias noticiosas internacionales de los países cuyos regímenes son cuestionados por los grandes propietarios de las mismas (Estados Unidos y sus centros europeos). La descomposición social y de las comunidades locales, provocada por los golpes brutales de las políticas económicas sucesivas, y particularmente el acuerdo de libre cambio ALENA, se fue desarrollado simultáneamente con la represión y militarización de toda la vida social, con la participación directa del ejército de Estados Unidos. A la competencia despiadada entre los cárteles de la droga de Estados Unidos y México, con la acción permanente de todo tipo de Agencias oficiales (como la CIA) y ejércitos de mercenarios en donde están implicados las cúpulas de ambos Estados, se agregan las mafias que organizan y reprimen la migración hacia Estados Unidos. La consecuencia es una serie ininterrumpida de masacres perpetradas por las diferentes milicias de los cárteles de la droga, por los paramilitares, por las fuerzas policiales y militares de ambos países. La porosidad (permanente transvasamiento) entre esos cuerpos y los de la represión y la formación a la contrainsurrección es enorme. De hecho, el Estado perpetúa muchas masacres, en base a esa permanente confusión represiva, contra proletarios que luchan por la Tierra, que resisten la destrucción de la naturaleza, así como también contra manifestaciones de mujeres obreras o grupos de estudiantes. Todo sirve para insertar toda protesta y reprimirla en nombre de la “guerra al narcotráfico”.

En definitiva, todo lo que uno pudiera imaginarse como peor, en el terrorismo de Estado del capital, ya existe hoy en diferentes puntos del globo y a diferentes niveles. Es necesaria una repugnante propaganda permanente para esconder, troncar, desfigurar, travestir…cada situación dramática particular, para asegurar que la misma no tiene ninguna relación con los fundamentos mismos de este sistema y que la “comunidad internacional” (verdadera élite de los grandes mercaderes mundiales) trataría de resolver lo mejor que puede en base a masacres más humanitarias. Y claro que en cada nueva guerra y barbarie reaparecen las bandas de políticos, periodistas, filósofos y otros pacificadores… tratando de pintar la fachada del edificio estatal en base a algunas “mea culpa”, por los excesos y derivas de las guerras precedentes.

Nosotros formamos parte de quienes siguen sosteniendo, a contracorriente, que nada fundamental ha cambiado bajo el capital (que en realidad todo ha empeorado), que la catástrofe de este sistema social no es solo el futuro sino que ya existe en el presente, que la única salida humana es la lucha revolucionaria del proletariado para abolir la sociedad mercantil y de clases. Si hay un aspecto inédito en la actualidad, es que frente a la catástrofe actual del capital, y a pesar de que existan gran cantidad de luchas y de resistencias proletarias por todas partes, el movimiento revolucionario como tal se encuentra en un estado de desorganización e inconsciencia nunca igualado.

Sin embargo, se verifica la tesis de siempre de nuestro partido histórico: la mercancía no podrá eliminar el hambre de este mundo, como lo recodábamos en nuestros textos de 2008/2009. Ver en particular Comunismo números 58 y 59: “Catástrofe y revolución” En esos materiales afirmábamos algunos elementos que constituyen el abc de nuestra comprensión al respecto. Así reafirmábamos que no es el grado de miseria absoluta que provoca las revueltas proletarias, sino la degradación brutal de las condiciones de supervivencia y poníamos en evidencia que las mismas siempre se originan en la propiedad privada o si se quiere en la continuación exacerbada de la separación del ser humano y la tierra. Se sigue privando cada vez más seres humanos de la tierra, de los ríos, del agua, de lo necesario para plantar...La consecuencia más inmediata es que falta lo más elemental, que cada vez hay más seres humanos sin acceso al agua (privación, contaminación, sequías…), y que todos los productos básicos de alimentación  se encarecen.

Para explicar dicho aumento masivo del precio de los productos básicos de la alimentación humana se esgrimen en medios oficiales tres causas principales: razones meteorológicas, sobrepoblación humana y la especulación. En cuanto a lo meteorológico podría explicar un aumento puntual, pero no puede explicar la tendencia general al aumento, que es lo que se está produciendo a nivel mundial y que justamente se confirma en cada nueva y cada vez más seguida “catástrofe meteorológica”. Además lo meteorológico mismo es cada vez menos una simple cuestión natural o coyuntural, pues la gran mayoría de las catástrofes meteorológicas están ligadas a los famosos cambios climáticos producidos por el efecto invernadero (causado al mismo tiempo por opciones energéticas ligadas a la tasa de ganancia del capital) y agravados, en cuanto a efectos contra la población y las cosechas, por un conjunto de razones todas bien capitalistas como: el mal uso del suelo, la desforestación, la destrucción de especies benéficas, la contaminación de los granos naturales con Ogm, la erosión irremediable (que junto con la falta de mantenimiento de los bosques favorecen los incendios en caso de sequías), la contaminación de los ríos y napas acuíferas…y cuyo punto común es que se originan en decisiones de inversiones (o de no inversiones elementales por no ser lucrativas). No insistiremos aquí, porque lo hemos hecho demasiadas veces, en responder al neo-malthusianismo (ver al respecto el recuadro “La cuestión demográfica”3),  pero sí, nos parece importante, recordar que no es porque se especula que los precios de los productos de alimentación aumentan, sino que como se prevé un aumento de precios de los productos alimenticios es fácil especular con ellos (sobretodo comprando “opciones” de compra). A nadie se le ocurriría especular con el aparatito de última moda de comunicación telefónica y de acceso a internet, porque el aumento de la productividad en dicho sector provoca una baja permanente del valor por unidad producida al mismo ritmo que se provoca la obsolescencia frenética de todo lo que existe. Todo nuevo descubrimiento en ese campo desvaloriza todo lo existente a una velocidad incomparablemente mayor a lo que sucede en el campo de la producción de medios de alimentación. Efectivamente, luego de un crecimiento que se aceleró geométricamente en el siglo pasado en base a la organización territorial de la inversión capitalista, el “progreso” tecnológico y la mecanización, los fertilizantes químicos, la ofensiva fitosanitaria, la uniformización y estandarización de las variables cultivadas por la reducción drástica de su número (proceso en pleno desarrollo mundial en base a leyes y represión) y la consecuente pérdida sustancial de la calidad de los productos destinados a la alimentación humana, incluyendo el hecho de que los mismos son cada vez más tóxicos, aunque se presente sólo como un efecto colateral despreciable, de todo ese proceso determinado por la tasa de ganancia. El ejemplo del pollo es tan claro que insistimos en él: evidentemente tiene mucho menos trabajo humano que su ancestro y ello fue determinante en el aumento de la tasa de explotación general del capitalismo durante las últimas décadas, lo que hace despreciable ese efecto secundario colateral de que lo que siguen llamando “pollo” sea un engendro venenoso cada vez más nocivo para el ser humano. Pero ni así se pueden comparar los ritmos de desvalorización unitarios: ¡todos vemos que un computador último modelo vale cada vez menos comida! Para dar una idea cuantitativa (¡sin pretender  ninguna exactitud!) que puede hacernos captar la amplitud del fenómeno, digamos que hace 20 años un computador (¡que hoy no valdría 1 sólo dólar!) equivalía a más de 1000  comidas y era toda una inversión, hoy (uno último modelo) cuesta menos que unas 50 comidas. Otro ejemplo: cuando salieron los teléfonos móviles había que comer mal por lo menos un mes para comprarse el más barato, ahora te compras uno con lo que cuesta una sola comida…

Ahora en setiembre/octubre 2012 no caben dudas de que ya ha comenzado otra alza generalizada de precios de los artículos de primera necesidad. Ante la inevitable nueva ola internacional de luchas, refirmemos con fuerza que no es el cielo, la tierra o que hayan demasiados habitantes en la tierra lo que nos hambrea, sino el capitalismo. ¡Ni siquiera hay que buscar responsables entre quienes especulan con las mercancías, sino en la existencia misma de la mercancía!

 

No conformes con el hecho de que somos demasiados, también somos demasiado comilones, gastadores, imprevisores, y es justo que al fin nos presenten la adición por todos estos años de despreocupación en los que hemos vivido « por encima de nuestros medios » (sic). Por la magia de los juegos contables los déficits privados, que nos hacen pagar de un lado, se transforman en déficits públicos, que nos hacen pagar por el otro; evidentemente con todos los intereses acumulados y bolas de nieve que se fueron agrandando hasta caernos encima. Y si además, los Estados sólo logran conseguir dinero prestado en los mercados dominados, también por usureros, es también por nuestra culpa, porque nuestra insubordinación es la que hace perder la confianza en el país. Así como Sísifo empujaba la roca subiendo la pendiente haciéndola caer del otro lado y tenía que volver a empezar, a nosotros se nos empuja hasta el borde del agujero del crédito sin fondo, amenazándonos en hacernos caer si no lo tapamos (muchos mueren de privaciones de trabajo, por las balas del Estado y sus milicos, en los calabozos, en las guerras, por la miseria), bajo el control de las torretas y cámaras de vigilancia para lo cual tenemos que hacer otro agujero. Y así sucesivamente de generación en generación. A la hora de los « saneamientos presupuestarios » y otras « políticas de austeridad » (que por timidez lingüística hoy llaman púdicamente “hoja de ruta…”) que nos imponen con su jeta de apóstoles, reafirmemos con fuerza:

Opongámonos
a todo sacrificio
Destruyamos
la sociedad mercantil.

 

NOTAS:

1 De ahí algunos ideólogos « geniales » sacan la idea de que para continuar existiendo, la sociedad mercantil debiera decrecer. Al fin de los años 60 el club de Roma, que representaba a la derecha del capital, sostenía que no se podía crecer más, ahora esta idea del decrecimiento es presentada como más de izquierda, en ambos casos se trata de recetas sin perspectivas, porque el capital por su propia esencia requiere crecimiento. Sirven más para confundir y para contaminar ideológicamente que como auténtica perspectiva y política económica del capital.

2 Esta contradicción se multiplica además porque el capital debe siempre hacer bajar el salario relativo y por lo tanto la capacidad de compra de la población.

3 COMUNISMO No.59 (Mayo 2009) pagina 5



CO62.2 Crisis de valorización y movimiento revolucionario