Antagonismo total

La actual contradicción entre el capital y el ser humano sólo puede terminar en la revolución mundial o en la destrucción de la humanidad. ¡Cuánto más catástrofe, más se empuja al proletariado a la revuelta! ¡Cuánto más el capitalismo muestra todo su terror, más se generaliza la lucha contra el mismo!1

¡Cuanto más ataque a la Tierra y a todo ser vivo en nombre de la valorización del valor, más resistencia y revuelta contra el poder burgués y el Estado mundial del capital!

La barbarie de la sociedad capitalista es hoy inocultable. En todas partes se atacan seres humanos y se destruye la Tierra para que el dinero genere más dinero. Por todas partes se mata y tortura en base a las necesidades de la tasa de ganancia de la burguesía mundial.

Para ello, cada vez hay más milicos de todas las especies, cada vez más cárceles, hospitales psiquiátricos u otras formas de encierro. Cada vez más cuerpos represivos, cada vez más militarización de la vida, cada vez más publicidad en nombre del orden y la seguridad, cada vez más guerras imperialistas y masacres de seres humanos.

Los poderosos del mundo siguen, con completa consciencia de clase y con la desesperación de una clase en completa putrefacción, alegremente su cruzada infernal: más policía, más armas y ejércitos, más guerras y masacres, más destrucción y más terrorismo de Estado a escala planetaria.

Los proletarios pelean, como pueden y adonde pueden, y no hay dudas de que somos y seremos cada vez más. Pero ello no basta para imponer la revolución. Sin organización, sin perspectiva, sin dirección… el movimiento va de activismo en activismo y su gigantesca fuerza se desgasta. La lucha contra el capitalismo sigue creciendo, y se puede prever, con total seguridad, que habrá un salto cuantitativo y cualitativo provocado por otra suba generalizada de los precios alimenticios en todo el mundo, que, inevitablemente, vuelve a comenzar2. El capital no puede eliminar el hambre y la miseria, sino que sigue haciéndolas crecer. Habrá más sufrimiento, más gente en la calle, más revuelta. Ni siquiera habrá zonas más o menos exentas de ese necesario aumento de la miseria y la precariedad como antes.

Esa es y será la fuerza de la revuelta. La lucha contra el enemigo nos unifica, aunque todavía no nos reconozcamos como una misma clase, organizándonos en fuerza contrapuesta a todo el orden existente.

Desde el punto de vista mismo de la revuelta, el problema sigue siendo su capacidad a transformarse en revuelta social planetaria, con potencia revolucionaria, en fuerza revolucionaria mundial, sin lo cual el infierno capitalista seguirá siendo cada vez peor.

Activismo, ideologías
y falta de perspectiva

Cuanto más se desarrollan las contradicciones sociales y más se hace imprescindible la revolución, más se han ido desarrollando las ideologías que nos desvían de ese objetivo. Nunca se ha hablado tanto de anticapitalismo y tan poco de revolución social. Frente a la catástrofe actual, es normal que la lucha proletaria sea mucho mayor y será mucho mayor aún. Pero eso no nos acerca a la revolución si no hay ruptura clasista, ni ruptura programática y la mayoría se sigue moviendo enchaquetada en los “indignados” y con la banderita del “99 por ciento”. Hoy, toda la socialdemocracia mundial está indignada con el capitalismo3. En otras épocas se trata de que los proletarios no salgan a la calle, ahora que están en la calle, y que es evidente que habrá cada vez más proletarios en la calle y protestando, se trata de contener esa bronca social dándole un encuadre ciudadano y racional, como hicieron con la campaña internacional sobre los “indignados” (y unos años antes con las “anticumbres”4), que más que representar la lucha y esperanza de la protesta social busca encuadrarla y castrarla en función de la vieja ideología burguesa y ciudadana. Los libros de referencia, los manifiestos, lo que la gran prensa utilizó como “indignados” no es, ni podía ser, otra cosa que el chaleco de fuerza con el que se quería sujetar al proletariado que ya está saliendo a la calle.

El activismo mismo, que la izquierda burguesa despliega, es parte de ese plan general. En vez de ir a la raíz común de todos los problemas (el capital), se llama a un frenético activismo, siempre sobre causas diferentes, contra tal gobierno, contra el liberalismo o el neoliberalismo, contra tal ajuste de cinturones o contra tal supresión de subsidio…, haciendo que cada lucha quede sin un mañana cuando el gobierno de turno cambia o el plan tal es cambiado por tal otro. El activismo fomenta esa ideología a la moda que contiene la apología de lo local, de la autonomía regional, del particularismo y el individualismo así como del alternativismo y el gestionismo. El desgaste activista es parte de la dominación de clase que ejerce la socialdemocracia sobre el proletariado, porque el mismo lo deja sin perspectiva revolucionaria. De ahí, que toda reivindicación de dirección revolucionaria, de teoría de la revolución, de lucha por el internacionalismo y perspectiva revolucionaria unificada sea vista como teoricista o purista. La ideología del activismo en permanencia (parcialización, localismo, gestionismo, alternativismo…), que no conduce a ninguna parte, se encuentra en las antípodas de las necesidades y la lucha proletaria que requiere afirmación clasista, unificación de objetivos y perspectivas, centralización de los esfuerzos y luchas, dirección revolucionaria.

El proletariado mismo, en su inmenso desarrollo de los últimos años, está encerrado en ese activismo por la falta de perspectiva revolucionaria. Resulta evidente que hay más desgaste que dirección, y más dispersión que organización y consciencia. Todas las potencias ideológicas (medios tecnológicos y de comunicación, partidos, sindicatos, medios de difusión, provocadores y servicios policiales,… ) empujan a la actividad inmediata y localista para que la clase rechace la actividad más global e internacionalista y, efectivamente, han logrado imponer en el proletariado una preferencia real de los niveles más individualistas, espontaneístas, localistas, autonomistas, inconsecuentes y desorganizativos. La correlación de fuerzas en nuestra propia clase sigue ninguneando la real organización internacionalista y la consecuencia programática, la actividad teórica y la lucha para comprender y desarrollar prácticamente el programa de la revolución mundial.

Es justamente por esa falta de perspectiva y programa, que las extraordinarias protestas sociales contra el capital, que abarcan todo un país o incluso varios países, puedan ser desviadas por el accionar militar de las fuerzas imperialistas y trasformadas en guerras interburguesas, como en el Medio Oriente.

Necesidad de la revolución y dirección revolucionaria

Se habla mucho de anticapitalismo y de superar el capitalismo sin ninguna consecuencia, como si el capitalismo pudiera ser destruido sin revolución. Se ha puesto tan de moda ser “anticapitalista” que dicho discurso es normal en partidos gubernamentales y hasta en gobiernos. Pero es puro parloteo. Ninguno de ellos habla realmente de pelear por la revolución social y mucho menos llaman al proletariado a organizarse en fuerza revolucionaria para hacer efectiva la destrucción del capitalismo. ¡Y sin ello todo es mentira!

Hoy más que nunca, el movimiento social del proletariado necesita una dirección revolucionaria. No en el sentido vulgar leninista y estalinista de la palabra: dirección de jefaturas, ante lo cual debiera oponerse la otra jeta, la de la democracia, la “libertaria”, la anti jefes. Sino al contrario, en el sentido de saber adónde va el movimiento y del qué hacer. Es a eso lo que le llamamos dirección.

No, no están faltando ni democracias, ni jefes, ni los procedimientos para elegir, delegar o “constituirse”(en Asamblea y/o en Asamblea Constituyente), tampoco hace falta popularizar más el poder, ni hacer al poder más “de base”: el capital mismo funciona bajo la forma popularizada del poder, y hasta te invita a participar. No se trata de que la decisión la tomen más o menos proletarios; la libertad de elección, la masividad o la popularidad nunca fueron garantía. Por el contrario, carecemos de dirección revolucionaria, de dirección directa hacia la revolución.

Hay luchas por todas partes contra la catástrofe en acto de la sociedad burguesa, los proletarios luchan desde Aysen (Chile) a Nueva York, desde El Cairo a Madrid, desde los mineros Asturianos a los mapuches de Chile…., luchan por lo mismo y contra el mismo enemigo, y en todas partes, cuando se va lo suficientemente lejos, se abre siempre el gran signo de interrogación ¿qué hacer?

No, no estamos hablando de las dudas que se nos platean a todos los proletarios en los enfrentamientos cotidianos, en las diferentes fases de las luchas, pues en ellas hay inventiva e imaginación; la propia ruptura de los límites sectoriales o de cualquier otra línea divisoria, que el enemigo impone en nuestra clase, actúa como acicate para darnos fuerza coraje y dirección contra él. Nos referimos a ir más lejos e imponer nuestras necesidades contra la sociedad burguesa, y hoy, más que nunca, a eso hay que llamarle por su nombre: LA REVOLUCIÓN SOCIAL ES NECESARIA, IMPRESCINDIBLE.

El gran problema es que los proletarios, incluso cuando nos sentimos fuertes y organizados, como sucedió (pongamos dos ejemplos) en Argentina en el 2001/02, en Grecia en el 2008, no sabemos cómo hacer la revolución, no sabemos lo que la misma significa, carecemos de dirección revolucionaria, y es ahí adónde aparecen todas las desviaciones (politicistas, gestionistas…), que nos liquidan la perspectiva.

Ello se debe a muchas razones, la primera es que el proletariado si bien hizo muchas “revoluciones”, en el sentido de derrocar el poder político de tal o tal país o gobierno, no hizo todavía la revolución social, en el sentido en el que los revolucionarios lo han entendido siempre: destrucción del capitalismo, constitución de una sociedad sin explotados ni explotadores. O dicho de otra manera, incluso cuando en la calle los revolucionarios lograron imponerse momentáneamente, nunca la revolución ha logrado emprender un movimiento claro de destrucción del capitalismo, organizando la producción social sin mercancía5. La segunda razón, es que incluso ese programa, que debiéramos decir mínimo (en el sentido revolucionario y no socialdemócrata), porque la destrucción del capitalismo es indispensable para la vida misma, es lo mínimo para vivir, es lo básico (mínimo) para emprender una nueva vida realmente humana, no es conocido por los proletarios en lucha. Aunque los proletarios que luchan en la calle hoy no quieran más nada del capitalismo, debido a las ideologías deformadoras y ocultadoras de la revolución, a la ruptura orgánica y teórica con los revolucionarios del pasado, al desconocimiento de las experiencias de las grandes luchas históricas del proletariado y además al desconocimiento de la teoría misma de la revolución afirmada históricamente por las fracciones revolucionarias, se encuentran con un gran vacío de perspectiva y dirección (desconocimiento práctico del programa, del qué hacer revolucionario). Justamente, cuando la correlación de fuerzas entre las clases tiende a hacerse menos desfavorable al proletariado, es que más debemos asumir los problemas reales que tenemos para organizarnos internacionalmente y asumir una perspectiva revolucionaria unificada.

Nosotros no estamos indignados... Estamos hasta los cojones

 

Falsas salidas
y programa revolucionario

Además, todas las teorías dominantes están hechas para ocultar tanto la necesidad de la revolución, como el significado y contenido de la misma. No basta con “ser anticapitalista” (¡lo que casi se está poniendo de moda!) o decirse “revolucionario”. Concretamente, falta actuar contra el poder de Estado y decir cómo se destruye el capitalismo, como se hace la revolución, y actuar en consecuencia. Son cada vez más los gobernantes que no sólo se dicen socialistas, sino que pretenden estar “haciendo el socialismo”. En realidad hacen tal o cual medida populista (aumentando en algo el salario real6), tal o cual nacionalización, tal o cual desafío al “imperialismo” (situándose invariantemente del lado del imperialismo concurrente) como el propio Chávez, Ahmadinejad, Correa…y todo continúa funcionando como antes y, como prueba de ello, más tarde o más temprano, vuelve a estallar, en ese mismo país, un conflicto entre la ganancia del capital y seres humanos defendiendo la Tierra y su sobrevivencia.

Ni estatizando los medios de producción se destruye el capitalismo, ni haciendo que cada cual produzca o haga lo que quiera, se destruye el carácter mercantil de la producción. Hoy vuelven a estar de moda un conjunto de teorías gestionistas del capitalismo. Se habla de cambiar el mundo sin tomar el poder, de comunizar la sociedad, de autogestión generalizada. La cuestión no está en el nombre o denominación del proceso de cambio social, la cuestión vital es que sin destruir el poder de la sociedad burguesa no habrá ningún cambio social.

La revolución social plantea inevitablemente una cuestión de PODER social, sin la cual no puede haber revolución. Ver particularmente el número de la revista Comunismo 51 (febrero 2004): Poder y Revolución.

El poder hoy lo tiene la burguesía. Cualquiera sea el gobierno, el partido, el régimen, la dictadura o el parlamentarismo a que se haga referencia y cualquiera sea el método de gobierno elegido, el poder social lo tiene la burguesía porque no depende en absoluto, contrariamente a lo que quisieran hacernos creer, de quien gobierna.

Por poder tenemos que entender la capacidad de una clase social de imponer lo que le es esencial7a su propio ser. El poder de la burguesía consiste en realizar lo que más le conviene en función del capital, es decir imponer por la fuerza su necesidad de valorizar el valor al ritmo mejor posible (tasa de ganancia), independientemente de que esto sea totalmente contrario a la especie humana y, en general, a pesar de los efectos nefastos que pueda causar a todos los seres vivos. Es a eso que los revolucionarios denominamos la dictadura de la burguesía, o si se quiere dictadura (de la ganancia) del capital.

La revolución consiste precisamente en destruir ese poder. Sin las destrucción de ese poder, cualquiera sea el gobierno o incluso en el hipotético caso que una región o país se quedara “sin poder”, la dictadura de la burguesía se impondrá a través del mercado, o si se quiere como dictadura de la valorización del capital resultante de la ley del valor y de ese “no gobierno”, esa mano invisible o “anarquía capitalista”8 que garantiza ese resultado. No tiene sentido hablar de destrucción del valor y de la mercancía y hasta de “comunizar” sin la destrucción de ese poder, sin que prácticamente contra el despotismo de la ley del valor se imponga el poder de las necesidades humanas. Sólo las necesidades humanas constituidas en fuerza, en potencia social, en fuerza social organizada pueden destruir el valor valorizándose.

Pero no se trata de ninguna abstracción, ese poder está en desarrollo, ese poder es el que está resurgiendo en la calle, renaciendo en cada lucha proletaria, en cada contraposición radical a la lógica de la ganancia capitalista. Sólo el desarrollo de ese poder podrá destruir el poder de la ley del valor.

Esta es la dirección revolucionaria que necesitamos. O dicho de otra manera, es imprescindible combatir toda corriente que desarme esa perspectiva que es la revolución social, que es la constitución del proletariado en fuerza social destruyendo el poder de la economía burguesa, el poder de la ley del valor, el poder de hambrearnos.

¡ABOLICIÓN DE
LA LIBERTAD CAPITALISTA!

La tiranía del capital, es decir la de la tasa de ganancia, se basa justamente en la libertad. La dictadura de la tasa de ganancia solo puede imponerse socialmente a partir de la libertad del individuo, libertad de comprar y vender, libertad de propiedad privada, libertad de producir lo que se quiere…, libertad de reventar de todo tipo de carencias. Más aún, dictadura de la tasa de ganancia y libertad individual no pueden ser entendidos como conceptos separables, sino que son las dos caras de la misma forma social de producción. La clave de la sociedad del valor es justamente el carácter privado de la producción, o dicho de otra manera, toda la organización social de la producción se hace haciendo abstracción del destino social de la misma, como si cada uno produciendo para sí produjera para la sociedad, como si cada uno con su libre y egoísta libre arbitrio en la búsqueda de su mayor beneficio beneficiase a la sociedad. ¡Y sabemos bien a que barbarie, a qué catástrofe conduce esa realidad e ideología de la mano invisible!9 

La cuestión central de la revolución es entonces destruir esta libertad de producir para un mercado, destruyendo así el carácter privado e independiente de la producción de cosas que es lo que convierte a los productos en mercancías, lo que hace de este mundo un mundo de producción de mercancías y en donde estriba la dictadura histórica del capital.

Dicha destrucción requiere entonces que la producción sea directamente social, que sea la sociedad toda que decida como se produce y que lo haga en función del ser humano. Este resultado sólo es posible si se ejerce una dictadura contra la tiranía del capital, es decir si se destruye la producción privada e independiente para el mercado, para lo cual hay que destruir la empresa misma como entidad de decisión. Seamos todavía más explícitos, porque una empresa autogestionada por sus trabajadores que se pretenda “no capitalista” y en producción libre y autónoma también debe ser destruida justamente por el carácter privado e independiente de su producción. La empresa no es capitalista por tener un patrón o ser una sociedad anónima, sino que lo es por producir en forma independiente y privada, y porque su producción sólo se hace social a través del mercado.  De ahí que sea tan reaccionario, como utópico, llamar a la autogestión o a la comunización sin imponer la dictadura social efectiva contra el capital y sin que la sociedad decida a priori lo que debe y necesita producir. Es a este proceso social que los revolucionarios han denominado dictadura del proletariado (¡o dictadura revolucionaria o incluso dictadura de la anarquía!), proceso por el cual el proletariado, como fuerza, organiza socialmente lo que produce. Sólo si la producción es decidida y determinada por la sociedad toda y para la sociedad toda, se puede liquidar la libertad de la producción privada e independiente, que es la base de la sociedad mercantil. Esa es la clave de la abolición de la sociedad mercantil, del trabajo asalariado y de las clases sociales, incluyendo la autodisolución del proletariado en la comunidad humana mundial.

CONCRETANDO

No se puede hablar de destruir el capitalismo sin destruir su poder. Sin abolir la libertad capitalista, sin liquidar la autonomía e independencia de las unidades de producción privadas, es absurdo hablar de nueva sociedad o de comunización. No hay términos medios, no hay medias tintas. El poder, por ejemplo, no puede desaparecer o no ser de nadie. Todo el alternativismo, que empuja a hacer cosas sin destruir el poder del capital, solo sirve al capital. Lo mismo sucede con toda pretensión de autogestión de la empresa o de la mina, o con los emprendimientos productivos autogestionados. Como se ha verificado siempre con las colectivizaciones o empresas autogestionadas, al principio se mantienen como unidades autónomas (y se ensayan un conjunto de criterios para mantener la tan proclamada autonomía) apareciendo como si fuesen un doble poder o una oposición al poder. En los hechos funcionan integrados al capital a través del mercado y por eso mismo terminan siempre sirviendo al poder capitalista (¡que es el único que hay en el mundo!). ¡Cristina Kirchner agradece hoy a los baluartes del gestionismo en Argentina! Esos modelos de autonomía y gestión obrera se pretende hasta que sean un ejemplo para los países Europeos y Estados Unidos de cómo gestionar el capitalismo en crisis (lo que incluye esa recuperación de las autogestiones y colectivizaciones).

El capitalismo tampoco puede desaparecer por la “comunización” de espacios, de productos o de servicios, de empresas o de “toda la sociedad”. Ninguna comunización puede imponerse como nueva sociedad si no se destruye la ley del valor, que se reimpone inevitablemente por el funcionamiento mismo del mercado. Toda apología de la comunización que no plantee la cuestión misma del poder y de la destrucción práctica de la autonomía de las unidades productivas, es una forma ideológica más del gestionismo del capital.

 

La destrucción del mercado, del valor, de la ley del valor… requiere destruir socialmente el poder social del capital, el poder de la autonomía decisional. El verdadero programa de la revolución es unitarista, es esa totalidad de poder, de destrucción y de abolición. La nueva sociedad no puede ser otra cosa que el proceso mismo de esa abolición de la propiedad, de la ganancia, de todos los criterios capitalistas. Lo socialmente nuevo no puede ser otra cosa que la negación de todo esto, por eso lo más válido que nos legaron los revolucionarios, de todos los horizontes y de todas las épocas, son sus directivas destructivas de la sociedad presente, o dicho de otra manera, la necesidad de imponer el poder de la revolución, contra toda la formación social burguesa.

Por los límites mismos del lenguaje, así como también por aquello de que para unificar se requiere hacer énfasis en las dos facetas (o más) de una cosa, los revolucionarios siempre han resumido el programa de la revolución como síntesis de un aspecto que hace referencia al poder y otro que hace referencias a la destrucción del capitalismo y construcción de la sociedad comunista, la unidad de lo político y lo económico, en ese sentido la revolución es social, total y totalizadora. La revolución es necesariamente destrucción de la dominación capitalista e imposición de las necesidades humanas, dictadura del proletariado para abolir el trabajo asalariado, aplastar la dictadura capitalista imponiendo la dictadura del género humano, hasta que la humanidad toda sea una comunidad.

¡Viva la revolución
social mundial!

 

NOTAS:

1. Nadie dice que esto sea mecánico u automático, sino que, en la fase actual, la reproducción ampliada del capital mundial implica un ataque general a la vida que empuja y fuerza al proletariado a la revuelta.
2. Escribimos estas líneas en octubre 2012. Desde hace meses los organismos internacionales anuncian un aumento de los precios alimenticios mundiales, que ya empieza a ser perceptible en la vida de la mayoría de los seres humanos.
3. Las cosas han ido demasiado lejos, y hasta la izquierda de la burguesía se queja de que el capitalismo ha cometido injusticias y, por culpa de los financistas, banqueros, manipuladores, burgueses y especuladores internacionales, la situación es insostenible para la población. Detrás de ese “anticapitalismo” de fachada se está defendiendo el capitalismo honesto, productivo, regional (y nacional); se está intentando encerrar la lucha en la camisola de fuerza de la izquierda ciudadana. Por eso siempre se agrega que la culpa la tiene el “neoliberalismo”, la finanza internacional, la Troika o cualquier otra institución o grupo de conspiradores de la plutocracia internacional, en el fondo se está defendiendo el capitalismo a secas.
4 Ver “Contra las cumbres y anticumbres” en Comunismo 47, julio 2001
5 Habiendo tanta falsificación sobre todo lo que es decisivo, recordemos que la asociación de productores decidiendo colectivamente sobre lo que hay que producir para la sociedad (es decir planificando) y aboliendo así el carácter privado e independiente de todas las decisiones productivas y el carácter mercantil de lo que se produce (no se producen más mercancías, ni para un mercado), no fue concebido nunca por los revolucionarios como un objetivo lejano, sino como la primera de las tareas que una revolución debe hacer (conjuntamente con la expropiación de los capitalistas). Fue la socialdemocracia, el leninismo, el estalinismo que, por el contrario, hizo un programa en el que lo que tenía que hacer el proletariado eran las tareas democráticas burguesas…, dejando aquel programa revolucionario para las calendas griegas. Esa fue la forma clásica de negar el programa de la revolución y constituir un “socialismo” para cada país, en donde siguió funcionando el capitalismo con la totalidad de sus categorías.
6 No debe olvidar el lector que el buen funcionamiento del capitalismo implica un aumento del salario real, es decir del poder de compra de los proletarios, y que ese aumento es parte del modelo ideal del capitalismo. Evidentemente que esa reproducción ampliada del capital es totalmente compatible con un aumento de la tasa de explotación (disminución del salario relativo), y, que en general, esto es lo que explica las épocas de bonanza en el capitalismo.
Hoy eso es más bien excepcional, cuando en la mayoría de los países se confirma una tendencia a la baja del mismo, lo que permite a los gobernantes presentar dicha excepción (por otra parte poco verificable para la población total) como una panacea debido a su “socialismo”, a su “bolivarismo” y/o a su política “antineoliberal”. Ver en particular los discursos de los gobernantes de Venezuela, Nicaragua, Irán, Ecuador, Argentina…, que pretenden ahora dar lecciones a sus pares de Estados Unidos, Grecia, España, Alemania, Italia, Portugal…sobre cómo salir de la crisis.
7 Una vez más no estamos hablando de definiciones teóricas o académicas, sino del poder social real. Es decir la capacidad de imponer a toda la Tierra, a toda la especie humana, a toda especie viva sus decisiones.
8 Digámoslo una vez más, la anarquía del mercado o anarquía capitalista, hace referencia a que nada humano gobierna la economía burguesa. Siempre la burguesía ha hecho la apología de esta anarquía bajo la forma de la mano invisible (hasta su expresión más explícita el anarco capitalismo) que, según ella, regula el bienestar social. Los revolucionarios, por el contrario, la han denunciado como la causa de la miseria y la catástrofe. Esa anarquía, que surge del egoísmo mutuo y generalizado, es al mismo tiempo, dictadura social de la ley del valor y por lo tanto del capital. La misma nada tiene que ver (en realidad es su contraposición más absoluta) con la anarquía por la que socialistas, comunistas u otros revolucionarios han luchado siempre como objetivo final de una sociedad plenamente comunista, en donde consecuentemente, no existirá ningún tipo de gobierno o Estado.
9 “De la libertad” en “Contra la Democracia”, Miriam Qarmat, Libros Anarres, Colección Rupturas, Buenos Aires, Argentina.


CO62.1 Revolución