En enero de 2007, tras el anuncio de una nueva subida de precios de los productos de primera necesidad, una huelga paraliza Guinea Conakry -pequeño país de diez millones de habitantes, en África occidental- al emblemático grito de «¡Cambio!». El gobierno, dirigido durante las últimas décadas por Lansana Conté, proclama enseguida el estado de sitio y la ley marcial e impone un control total de la información cierre de cybercafés, radios, diarios... que escapan a sus órdenes. Los militares sitian la capital, Conakry. En los días que siguen todos los abusos típicos de las fuerzas del orden se intensifican. El balance de la represión, tras los 18 días de lucha, es de decenas de muertos, centenas de heridos, innumerables presos, la mayoría torturados.

Pero el movimiento, alimentado por largos años de humillación y miseria, es ascendente y esas primeras balas de la represión no logran paralizarlo. Un acuerdo entre los sindicatos y el gobierno, el 27 de enero, y la promesa del nombramiento de un nuevo primer ministro intentan simbolizar «el cambio» y consigue apaciguar la lucha momentáneamente. Sin embargo, cuando se sabe que el nominado es Eugène Camara, un político con fama de corrupto y próximo a Conté, la rabia vuelve a apoderarse de muchos proletarios, sobre todo jóvenes, que se mantienen organizados y se niegan a volver al trabajo.

Desde el 9 de febrero se reemprende la lucha; los proletarios, lejos de conformarse con desfilar como borregos, expresan su rabia enfrentándose contra la policía y alzando barricadas. Al día siguiente, el coche de Conté es apedreado por estudiantes de secundaria; dos jóvenes mueren en la acción. En Kankan, los proletarios matan a un militar que les estaba disparando. En Labe y Pita, los juzgados son incendiados. En Siguiri, los insurrectos queman el hotel del ministro de economía e intentan asaltar la cárcel para liberar a los compañeros presos. En otras localidades también se levantan barricadas y se destruyen y saquean mansiones, edificios oficiales y comisarías. En algunos casos, los proletarios se llevan las armas. Un redactor del Guinée Conakry Info se lamentaba de lo ocurrido: «Edificios públicos y supermercados han sido blancos del pillaje, muchos coches han sido destruidos, es inútil seguir describiendo los detalles de estos incidentes, acaecidos en la casi totalidad de ciudades del país».

El movimiento tiene tanta fuerza que contamina a las fuerzas encargadas de reprimir. El 12 de febrero, a pesar del aumento de sueldos para todos los militares del país, los soldados del campo de Alpha Yaya, próximo a la capital, desertan y se unen a los manifestantes portando armas y municiones.

Es comprensible que los insurrectos exigieran la salida de Lansana Conté, porque ese personaje simboliza la miseria que sacude al proletariado de Guinea y la representación de la burguesía mundial; no es, pues, un vulgar fantoche. Sin embargo, sólo las fuerzas burguesas pueden afirmar que los proletarios caídos en Conakry deseaban únicamente la destitución de este mandatario de setenta y tres años, enfermo de leucemia y diabetes. Exactamente en ese campo, el burgués, ubicamos al denominado «Grupo Comunista Revolucionario Internacionalista» que declaraba que «había que encontrar un fin positivo al levantamiento», como la partida de Conté y unas elecciones libres, es decir, una solución en el marco del capitalismo.

En Guinea Conakry, como en todas partes, si las relaciones de explotación no se suprimen, la renuncia de Conté no cambiará en nada este circo social. Nuestros explotadores tienen una enorme flexibilidad a la hora de tener a uno u otro garante y gestor de sus intereses, por eso no les preocupa si tienen que cambiar de gobernantes constantemente. Ha habido miles de ejemplos de cambios (con elecciones «libres», como en Francia en 2007, o los golpes de estado, como en Argelia en 1991) del personal que se sitúa en la cima del estado, y eso no ha hecho avanzar nunca a nuestro movimiento ni transformar nuestra condición de proletarios, de explotados. Al contrario, los cambios de gobernantes es una medida que consuela a muchos proletarios en lucha, que parecen conformarse con una lavada de cara del estado. El caso Evo Morales en Bolivia es un claro ejemplo.

En muchos conflictos, las consignas contra uno u otro mandatario en concreto fueron un motor de la lucha, porque unieron a millones de explotados bajo un mismo grito no respetuoso con el civismo que tanto necesitan los burgueses, pero a la vez fueron un freno porque el cese de un gobernante es una medida espectacular que suele paralizar las movilizaciones.

En el caso de Guinea Conakry, esa consigna expresó mucho más que la exigencia de que el cabrón de Conté abandonase el gobierno, expresaba la rabia y el hartazgo de las miserables condiciones de existencia del proletariado en dicho país (hambre, vida sin agua ni electricidad, paro, sueldos paupérrimos, miedo...). Sin embargo la misma muestra la debilidad, los límites de esa lucha y como tales debe ser criticada. Los pedidos de renuncias de tal o cual personaje siempre es un límite, en ese sentido pensamos que es importante el salto que significó el grito de «¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!» del proletariado en Argentina.

Los constantes cambios de explotadores no cambian en nada nuestra condición de explotados. Por eso, el comunismo no hace la guerra a individuos concretos, sino que como decía uno de nuestros compañeros del pasado, Mijail Bakunin, ataca el modo de producción terrorista que produce la guerra y la miseria permanente. Es el modo de producción, por su misma esencia de aumento de la ganancia y del beneficio, el que nos impone los mayores sacrificios, poco importa en el fondo qué figura se encarga de llevar a cabo dicha política. ¡Es al sistema capitalista en su conjunto el que hay que dinamitar!    

¡Abajo todos los gobiernos, todos los estados y todos aquéllos que se presentan para gestionar nuestras insufribles condiciones de vida!

La “patria de los derechos del hombre” es el mejor apoyo de la “dictadura” de Conté

 


Qué payasada la que hacen los medios occidentales llamando a Conté “dictador”. ¡Qué sería de este monigote sin el apoyo directo y total de la burguesía francesa y su ejército que, como todo buen “régimen parlamentario” nunca ha dejado de apoyar las “dictaduras” que aseguran la paz social necesaria a la valorización de su parte del mercado! ¡Cómo no recordar hoy las torturas y masacres francesas en Argelia, o la ayuda de todos los gobiernos franceses (especialmente los “socialistas”) a la formación de los escuadrones de la muerte del Con Sur de América y particularmente de las dictaduras de Pinochet y de los milicos argentinos! Fue esa misma burguesía francesa y sus cuerpos represivos que instalaron en su puesto a Conte y compañía en 1984 por medio de un golpe de estado y que lo apoya desde entonces financiando, formando y equipando al ejército guineano. ¿O acaso los dictadores no son además accionarios de las multinacionales francesas que hacen fabulosas ganancias? ¿O Total no realizó en 2006, una ganancia neta de impuestos de 12 mil millones de euros? Quienes llaman “dictador” a Conte tienen un interés evidente en el asunto: desviar nuestra lucha hacia cambios de personal a la cabeza de la empresa Guinea Conakry S. A. Quieren otros señores, otras jetas, otros uniformes, otros gritos contra nosotros, con tal que el sistema perdure.

Además del ejército oficial empleado contra el proletariado, el estado de Guinea Conakry se apoya en las “boinas rojas”, verdaderos escuadrones de la muerte que como sus pares en el mundo se encargan de imponer el terrorismo estatal y que comanda el hijo de Conte, así como también en comandos especiales formados en Liberia y Guinea Bissau. Y por sobretodas las cosas, cuenta con el apoyo de las fuerzas represivas francesas siempre prontas a actuar, como lo han hecho siempre en esa región. La mayor parte del contingente francés se encuentra acantonado en Gabón y un navío de guerra, que constituye el apoyo logístico indispensable, se estaciona en el propio Golfo de Guinea. Los instructores y otros profesores de tortura franceses se encuentran evidentemente en el país mismo. Hay que señalar que Francia es el principal abastecedor de ese país, cuyas reservas de bauxita (segundo productor mundial), así como de diamantes, llenan los bolsillos de los directores y accionistas de las multinacionales occidentales: Bouygues, Bollore, Total, BNP-Paribas, Alcatel, etc.

 

Otra debilidad de nuestra lucha en Guinea Conakry reside en la confianza que hubo en los sindicatos, la trampa número uno de toda movilización. Las dos centrales sindicales, la USTG y la CNTG, habían sido  las que habían llamado a la huelga en enero de 2007. Lo hicieron para negociar el precio de la fuerza de trabajo, y no para poner todo patas arriba y luchar por un cambio de las condiciones de vida. Luego, en varias ocasiones, declararon que se vieron superados por los acontecimientos y llamaron a la paz social. El 21 de febrero, en la mesa de negociaciones con nuestros verdugos, Ibrahim Fofana, declaró: «Hemos venido para que juntos contribuyamos a calmar la cosa y levantar el estado de sitio». En Guinea Conakry, como en todas partes, los sindicatos son los guardias de la patronal, un pilar básico del estado, son el estado, controlan a la clase obrera y la movilizan hacia los lugares en que saben que están los soldados esperando. Así en enero, una «marcha pacífica», encuadrada y dirigida por los sindicatos, fue detenida por una barrera policial sobre un puente, cuando llegaba a la capital Conakry. Los manifestantes de las primeras filas se arrodillaron y alzaron sus brazos al aire. La policía respondió con fuego y un camión militar se abalanzó sobre la muchedumbre, aplastando a varios manifestantes.

Demócratas occidentales deploran que estos bravos sindicalistas sean reprimidos como vulgares proletarios. En Guinea, algunos líderes sindicales, como otros sindicalistas de base, también sufrieron la represión e incluso fueron torturados. No sabemos cuántos siguen encarcelados. Esta realidad es aprovechada por el aparato sindical contra nosotros y nuestros intereses, metiendo mano en el movimiento con un prestigio reforzado.

Una rara lucidez hizo que la popular secretaria general de la CNGT, Rabiatou Serah Diallo, que en las manifestaciones se situaba en primera línea y por ello fue apaleada, declarara: «Soy mujer y madre de seis niños. Cuando meto en el fuego la marmita es para alimentar a mis hijos; pero la marmita está vacía y es eso lo que sitúa al país en el fuego». Declaraciones como ésa y su práctica en las manifestaciones le dieron una influencia en las movilizaciones que no pasó desapercibida para la contrarrevolución que, tras su gira europea durante la primavera, ¡la invitó a participar en la gestión estatal de la fuerza del trabajo local una vez pacificado el país! ¿Acaso Nelson Mandela, en Sudáfrica, no fue torturado y estuvo en la cárcel veinte años antes de convertirse en el maravilloso presidente negro querido por los demócratas de todo el mundo?

Los acontecimientos de enero y febrero de 2007 son la continuación de las luchas que, desde hace dos años, se producen en Guinea Conakry. En noviembre de 2005, al igual que en marzo y junio de 2006, las huelgas generales (puntuales o de varios días) interrumpieron la buena marcha del sistema capitalista.

Los sindicatos siguen haciendo llamados a la calma y embanderándose con la perspectiva de recambio en los centros de poder: «Es nuestra obligación decir a la gente lo importante que es participar en las [elecciones] parlamentarias para que podamos tener un parlamento que goce de credibilidad», Rabiatou Serah Diallo, directora de la Confederación Nacional de Trabajadores.

A pesar de los millones de euros de ayuda de la burguesía internacional, las elecciones están siendo aplazadas una y otra vez por falta de condiciones de seguridad para realizarlas. El temor ante nuevas olas de ira del proletariado sigue presente.

¡Desarrollemos «aquí» la lucha
de nuestros camaradas «allá»!

¡Rompamos los cercos con los que los burgueses aíslan nuestras luchas!

¡Viva el internacionalismo proletario!


CO57.5 Luchas proletarias en Guinea Conakry