El artículo que aquí reproducimos fue publicado en el Periódico “¡Libertad!” (Publicación del Grupo Anarquista Libertad) No. 40 enero-febrero 2007. Nos parece importante reproducirlo tanto por la importante y profunda crítica de fondo y a contracorriente de la democracia (sin comillas), sino porque nos da cuenta de lo que ha ido sucediendo en Argentina y explica la baja del nivel de lucha autónoma del proletariado. La denuncia de todas las fuerzas y mecanismos que contribuyen en ese proceso de cooptación estatal de las luchas proletarias es una tarea fundamental de los revolucionarios.

 

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La democracia imperante es el triunfo de la dictadura. Y habría que decir que demo­cracia no necesita de comillas ni de adjetivaciones que remarquen una supuesta false­dad por burguesa, representativa o imperfecta. Ni está corrompido su edénico origen ateniense ni está traicionada su finalidad social. Esto es verdadera democracia porque, más allá de que mute en tiempo o espacio, su carácter es siempre el mismo: el consen­timiento de la esclavitud, la participación de los oprimidos en la construcción de la propia cárcel. Por supuesto que no es perfecta, como algunos se lamentan; tiene errores, gracias a Dios...

La dictadura no es un error de la democracia. Aquella anida enfundada en el cinto de ésta hasta que los canales del diálogo entre la sociedad y el Estado -es decir, la política- resultan insuficientes para el mantenimiento del orden. Es entonces cuando es desenvainada de los cuarteles para formatear a la democracia de los escollos de su nor­mal proceso, el consentimiento de la esclavitud.

El pasado proceso de reorganización de la democracia, es decir, la dictadura, es decir, el exterminio sistemático de los opositores que amenazaron el normal exterminio sistemático realizado por la burguesía, cumplió sus objetivos. Objetivos que las fuerzas militares habían fijado en cumplir hasta en tiempos más o menos preestipulados. En Argentina el retorno a la democracia se vio precipitado porque las cúpulas militares se excedieron de su función del exterminio interno para aventurarse en una guerra no pautada: la de Malvinas. A diferencia, en Chile, la recanalízación democrática no fue negociada con la oposición permitida sino que fue el resultado de los propios meca­nismos institucionales que la propia cúpula militar había fijado.

El triunfo de la democracia -es decir, de la dictadura- consiste en su legitimización como orden social; afirmación que se sostiene tanto con la acepción de utopía perfectible como con la de mal menor preferible. Pero por sobre todo, la mentalidad que atraviesa las diferentes acepciones y que constituye el pilar de la legitimización de la democracia es el reclamo de enjuiciamiento a los operadores directos del exterminio.

  La reconciliación nacional reclamada por los sectores reaccionarios, y repudiada por la izquierda, se está llevando a cabo, precisamente, al afirmar a la legalidad y al Estado, junto con la policía, la cárcel, los jueces y todas las instituciones represivas, como los garantes del respeto humano. La reconciliación del Estado con la sociedad es el principal resultado de los reclamos y la puesta en marcha de su autodepuración, según las exigencias actuales. Esto no se dio sin contradicciones. Las primeras tentativas, a finales de 1a década de los ‘80, no habían logrado acumular la suficiente fuerza cívica y mediática y la depuración estatal apenas pudo dar unos pasos. La progresiva pérdida de la capacidad de resistencia de los sectores actuantes del Proceso gracias al creciente consenso democrático que, por un lado, los evidenciaba como ya obsoletos e innece­sarios y, por el otro, por las denuncias de los movimientos de derechos humanos que lograron eco en las capas medias y altas de la sociedad, propició, en el marco de una corriente internacional que resignifica y potencia el carácter absoluto de la Ley por sobre las relatividades nacionales, la reubicación de esos elementos usados en los espacios físicos del residuo social -las cárceles-, y como estigma de irracionalidad o de exabrupto estatal dentro del imaginario colectivo.

Los muertos y desaparecidos significan lo visible y manifiesto del Proceso mientras que el miedo, calado más profunda e invisiblemente en la conciencia colectiva, ha empujado a toda una generación social a refugiarse bajo el manto de los mismos verdu­gos que ayer masacraron á 30 mil personas. Los centros de detención legales son esgri­midos en respuesta a los que no estuvieron sancionados por la Constitución.  La cárcel, la misma tortura que siglos atrás era exhibida en forma de suplicio por las calles y hoy solapada con sombra y cemento, es legitimada como la dispensaría de lo humanamente justo, y el juez y el carcelero pasan a ser los fundamentales garantes de ello.

Hoy, los beneficiarios de la dictadura, la burguesía, -“los responsables intelectuales” ya “olvidados y perdonados”- son al mismo tiempo quienes reniegan de las tácticas pasadas empleadas y son los que se deshacen de los perros viejos. Estos andan sueltos, adiestrados y recelosos de sus amos, que no fueron tan leales como ellos mismos...

Las fuerzas del orden, cumplida ya su función de instaurar la democracia, son llamadas ahora a reorganizarse acorde a las exigencias de la legalidad. Los elementos regresivos y reticentes son limpiados o encausados desde esa exigencia que es legiti­mada como legalidad protectora y garante de humanidad. Los elementos directamente afectados resisten remarcando la importancia de la función que cumplieron para el mantenimiento de la seguridad estatal. Desechados por el Estado que busca reempla­zarlos por nuevas generaciones según la funcionalidad coyuntural, se mueven por los márgenes de la legitimidad que ahora aquél redelimita y redefine, apoyado en los movi­mientos que históricamente le reclamaron actualización.

En los casos de Julio López y Luis Gerez -éste último completamente oficializado y oficialista- el gobierno se ha puesto a la cabeza del reclamo de esos movimientos. Como ayer el Estado se apropió de la vida de miles, como ayer se apropió de los hijos de los desaparecidos; hoy, la apropiación de los desaparecidos por parte del Estado es reivindicarlos luego de torturarlos, alabarlos luego de arrojarlos desde aviones, rehabi­litarlos luego de la picana, de la capucha... El Poder se erigió pisoteando los cuerpos y hoy se pretende revestir con la lucha y con lo que una generación de jóvenes brindó. Mudos, acallados en las fosas, bajo las aguas, entre el cemento de columnas; el asesino se erige como vocero de sus víctimas y se apropia del derecho de venganza, haciendo del sadismo su justicia.

Semejante apropiación es solo posible por esta reconciliación social, resultado de una progresiva entrega de “todo”.

A.G.

Grupo Anarquista Libertad

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CO57.3 LA RECONCILIACIÓN DEMOCRÁTICA