La dominación burguesa se mantiene porque el proletariado no la destruye. Si hasta ahora no ha sido capaz de hacerlo es porque esta clase social no se ha constituido aún en fuerza lo suficien­temente compacta y potente para ello.

 Ahora bien, para constituirse en fuerza de abolición del sistema social se requiere que la lucha por la vida se cristalice en una actividad revolucionaria volunta­ria y consciente. La consciencia histórica de la necesidad de consti­tuirse en fuerza, en partido, está determi­nada a su vez por las condiciones materiales, por la explotación y la lucha contra la explotación, por la contradic­ción cada día más explosiva entre las posibili­dades que tiene la humanidad en función del desarro­llo de las fuerzas productivas y la miserable realidad en la que se mantiene la mayor parte de la especie humana.

Los revolucionarios han constatado más de una vez que esa determinación histórica general hacia la revolución social no es lineal, no es inmediata, y que puede ser retrasa­da, condicionada, desviada por muchísimos factores de orden político, ideológico, religioso, cultural, etc. Por eso en condiciones materiales impresionante­mente catastróficas, como las actuales, la protesta contra dichas condiciones no se asume, directamente, como quisiéramos, como acción organizada y centralizada para la destrucción del capita­lismo (2).

¿Proletario yo?

 

En esas condiciones hay diferentes tipos de movimientos sociales del proletariado, desde las simples protestas, huelgas o manifestaciones callejeras que responden a tal o cual acto de un patrón, un ministro o el gobierno, hasta movimientos mucho más generales y violentos que atacan a todos los partidos y fuerzas del capitalismo en presencia y que en los hechos están mostran­do una tendencia mucho más general a atacar todo el orden burgués. Pero incluso en estos casos la consciencia que tienen los protagonistas de pertenecer a una misma clase que lucha en todos los países del planeta, la necesidad de organizarse y centrali­zarse mundialmen­te, la consciencia de la necesidad de destrucción de la sociedad burguesa, no es para nada comparable con la que caracterizó al proletariado mundial en los años 1917-23, ni tampoco con la que se desarrolló en los años 1968-73. En muchos de nuestros trabajos intentamos trazar las líneas generales que determinan y caracte­rizan el período actual de lucha y la contradicción entre la fuerza con que reaparece aquí y allá el proleta­riado internacio­nal y su bajísimo nivel de organización interna­cional permanente, de asociacionismo, de conciencia de clase.

En nuestros diferentes textos analizamos los cimientos de la dominación burguesa, la democracia, los diferentes subterfu­gios de la misma para desarmar, desorientar y aplastar todo tipo de revuelta proletaria que no sepa, en un momento dado, pasar a la ofensiva y mostrarse como una fuerza centralizada compacta y decidida luchando por su dictadura contra la sociedad mercantil. 

No es por casualidad que las herramientas del poder del capital son siempre las mismas. La repolariza­ción de la sociedad en diferentes alternativas burguesas, del estilo derecha contra izquierda (3), antifascistas contra fascistas, liberales contra antineoliberales, nacionalis­tas contra imperialistas, frentepopulistas contra nacionalistas, dictadores contra demócratas, militaristas contra pacifistas, islamistas contra cristianos, republicanos contra monárquicos, no es una forma entre otras de reorganizar la dominación burguesa que está en peligro, sino el método general que tiene la sociedad (¡desde hace muchos siglos!) para transformar la rabia social contra la sociedad en rabia al interior de la sociedad, la guerra social en guerra interburgue­sa, la bronca proletaria en delegaciones y negociacio­nes al interior del estado, el cuestiona­miento de toda la sociedad en cuestionamiento de una forma particular de domina­ción, la lucha contra el capitalis­mo en lucha en contra de una fracción burguesa y a favor de otra.

 

Si el secreto de la revolución es la autonomía del proleta­riado y la constitución del mismo en clase y por lo tanto en partido; la clave de la contrarrevolución es la atomización del proletariado y su canaliza­ción dentro de la sociedad al servicio de la lucha de tal fracción contra tal otra. Si los mayores triunfos de la revolu­ción mundial están siempre ligados a la conquista de la autono­mía de clase, a la transformación de la guerra imperialista en guerra social revolu­cionaria como por ejemplo el proceso que conduce a la insurrec­ción de 1917 en Rusia o en Ucrania un poco después, los mayores triunfos de la contrarrevolu­ción están todos ligados a una liquidación del proletariado como fuerza autónoma y su repolarización dentro de las fuerzas burguesas, como por ejemplo el proceso que va desde la insurrec­ción proletaria de Asturias en 1934 y julio de 1936 en Barcelona hasta su alinea­miento interna­cional en el fascismo y antifascismo y el comienzo de la “segunda” guerra mundial.

Esta forma general de acción de la contrarrevolución se articula con un conjunto de elementos fundamentales de la democracia, como el terrorismo de Estado, las promesas parlamen­tarias, los escuadrones de la muerte, las guerrillas nacionalis­tas, las patotas patronales o/y sindicales, los llamados a elecciones, las movilizaciones para defender el Estado de derecho,... elementos todos que confluyen para desarmar y liquidar al proletariado. Nuestros trabajos sobre la actualidad contienen cientos de referencias y explicaciones concretas como tal o cual partido de tal o tal país utiliza la bandera electo­ral, la bandera nacionalista, la bandera de la paz, la bandera de los derechos del hombre ... para aturdir al proletariado en el momento decisivo, para desviarlo de sus objetivos propios, para hacer diversión en el mismo momento en que otras fracciones (¡o las mismas!) organizan la masacre y el aprisionamien­to de sus elementos más decididos. Al estos elementos podríamos designarlos aquí, solo a los efectos de ser más claros, como los elementos políticos de la dominación democrática.

 

En otros trabajos hemos descrito el funcionamiento normal de la sociedad burguesa actual, el proceso general de atomiza­ción cotidiano, de ciudadanización, de imbecilización generaliza­do que ha hecho del ser humano un bien amaestrado animal cuya actividad central consiste en ser espectador (¡y no solo televisi­vo!). Contribuyen a dicha obra (4) todos los medios de de información, lo que se llama arte y cultura, la escuela, la ciencia, las iglesias y sectas, las estructuras alternativas, los medios de comunicación y fabricación de ideas,  la urbanización, los productos químicos, drogas y psicofármacos, los juegos, la seguridad social, la medicina, la psicología, los circos y otras distracciones organizadas,…Solo para hacer esta exposición lo más clara posible los denominare­mos elementos sociales de la dominación democráti­ca.

Es indispensable tener claro que ambos tipos de elementos, al mismo tiempo que son diferentes caras de la misma realidad, están a su vez determinados por lo que es la esencia de la dominación democrática, la economía mercantil, la producción y reproducción de la sociedad como confluencia de vendedores y compradores libres de mercancías, como encuentro de individuos confinados en su propio ser, como pugna de egoísmos recíprocos, como la expresión de la lucha de todos contra todos, como contraposición libre de arbitrios e intereses privados. Al respecto no debe olvidarse que los tan cacareados derechos humanos no son más que la formalización jurídica de esta oposición recíproca entre los individuos, que “ninguno de los llamados derechos humanos va por tanto más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad burguesa, es decir del individuo replegado sobre sí mismo, su interés privado y su arbitrio privado y disociado de la comunidad” (Marx: “La cuestión judía”).

Está muy lejos de nosotros el pretender separar o dividir la dominación burguesa en sus aspectos económi­cos, políticos, ideológicos, sociales como hacen los estructuralistas como si aquellos aspectos pudiesen ser tratados como entidades separadas (¡que luego la teoría articula!); toda nuestra concepción concibe a la totalidad como calidad diferente de la suma de las partes. Además basta aislar un elemento para comprobar que en él se encuentra la totalidad, que lo social, por ejemplo, es a la vez económico, ideológico y político (5). No hay duda pues que no se tratan de diferentes realidades o estructuras sino únicamente de aspectos, de ángulos de percepción, de una misma realidad, como sucede por ejemplo con conceptos como el de capital, burguesía y Estado burgués por un lado o clase y partido proletario del otro.

Lo que hacemos es utilizar una clasificación relativamente arbitraria de los diferentes elementos para poner en evidencia mejor la democracia como globali­dad y el análisis que podemos efectuar por separado de los aspectos de esa totalidad sólo tiene validez entre nosotros en la medida que contribuye a captar la globalidad de la dominación burguesa (o que nos permite más fácilmente discutir de ella) y es concebido como parte de una acción contra esa globalidad. Como el lector puede comprobar, la mayoría de nuestros trabajos al respecto denuncian la totalidad de la dominación burguesa y están concebidos como armas de lucha contra la misma. Y ello incluso cuando tratamos únicamente de un aspecto de esa totali­dad, en la medida en que siempre ponemos en evidencia la ligazón efectiva que tiene ese aspecto con la lucha internacio­nal e histórica contra la sociedad burguesa en su conjunto. 

Es con esas premisas que definiremos el objetivo específico de esta pequeña contribución. Trataremos de analizar un elemento fundamental y de base que hoy es decisivo en la reproducción de la totali­dad, en la persistencia de la contrarrevolución. Como veremos en este artículo el elemento primario, que caracteriza la forma actual de la domina­ción burguesa y permite la coherencia actual de los elementos económicos, políticos y sociales de la democracia, es la inconscien­cia de clase, la mitología que permite al proletario hoy considerarse cualquier cosa menos un proleta­rio. Primario, básico, porque es sobre esa no consciencia de pertenecer a una misma clase que se fundamenta toda la domina­ción.

 

Pondremos en evidencia entonces que la clave de la domina­ción burguesa en la actualidad es el haber extendido la negación histórica del proletariado como clase, luego de las derrotas de las mayores olas revolucionarias de la historia (6) a un nivel tan generalizado que el proletariado mismo reproduce esa negación, porque en su vida de todos los días, se desconoce como clase, porque su práctica no es realmente práctica clasista. De más está decir que esa negación del proletariado como clase, base de toda esta sociedad de explotación, miseria y destrucción sin fin, aunque encuentre en la consciencia su expresión, no es una mera cuestión teórica y mucho menos una simple cuestión de ideas, sino un problema eminentemente práctico y que solo encontrará su solución histórica en la práctica revolucionaria.

La clave de la domina­ción burguesa en la actualidad es el haber extendido la negación histórica del proletariado como clase… a un nivel tan generalizado que el proletariado mismo reproduce esa negación, porque en su vida de todos los días, se desconoce como clase, porque su práctica no es realmente práctica clasista

La inconsciencia de clase

En efecto, la televisión y el fútbol, las elecciones y los sindicatos, la “droga” y la “música”, la play station y los consoladores (teléfonos móviles, chats…), la política de izquierda y de derecha, las distintas banderas nacionales, la corrupción y la “crisis”, el (¡¿neo?!)liberalismo y su oposición, las bandas parapolicia­les y sindicales, la guerrilla nacionalista y la islámica, el alternativismo y sus talleres autogestionados, los gobiernos populares y las campañas antiterroristas,... funcionan perfectamente como mecanismos de falsificación, de desviación, de canalización, de repolari­zación (7), de destrucción de los esfuerzos del proletariado por organizarse, porque el proletaria­do mismo no se reconoce como clase y porque desconoce su potencia histórica y su programa.

 

O formulado de otra manera. Si hoy le resulta tan fácil a la burguesía responder a una lucha proletaria en cualquier parte, ello se debe sin dudas a que el proletariado del resto del mundo no se reconoce en la misma, a que por un conjunto de mecanismos de control (y hasta de fabricación) de la información, de la historia... el capitalismo logra que los proletarios del mundo crean que lo que sucede en otra parte no tiene nada que ver con lo que sucede “aquí”, al hecho de que la ausencia de asociación, de discusión, de prensa proletaria internacionalista... se cristalice en una total inconsciencia en cuanto a la realidad, llevando a una dispersión total de la potencia proletaria mundial que queda reducida a un conjunto de espectadores que se imaginan que en “Albania la gente protesta contra una gigantesca estafa”, en “Argelia quieren imponer el islamismo”, en “Estados Unidos los que protestan son los negros o los latinos... de todas formas ahí no hay miseria”, que en “Argentina o Brasil hay saqueos porque hay hambre provocada por la corrupción”, que en “Irak la lucha es entre las masas dirigidas por los nacionalistas y el Estado central” o peor “entre diferentes fracciones islámicas” “que en África se lucha entre tal o cual tribu o etnia”, que en “México la alternativa es el subcomandante Marcos” ...(8) y/o que la contradicción es entre un Chavez y un Bush.

Ese sentimiento de que lo que pasa en otra parte es diferente, es evidentemente clave en la negación del proletariado como clase. A él contribuyen todos los mecanismos ideológicos. La insolidaridad general de clase, se sustenta en que a cada uno se lo hace creer que él no será afectado por lo que pasa en el mundo, que su salvación está en la mejora local (de la comuna o la ciudad), que él estará a salvo gracias al sindicato o a la mejora de la economía nacional. Todas las estructuras del capital le dirán que aquella lucha no es la suya y cuando no logran convencerlo organizarán una campaña humanitaria para destruir la solidaridad de clase y enfrentar la acción directa del proletariado en lucha.

“… no nos enfrentamos al mundo doctrinariamente con un principio nuevo: ¡Aquí está la verdad! ¡De rodillas! Nosotros partiendo de los principios del mundo, desarrollamos ante sus ojos nuevos principios.
No le decimos: deja tu lucha, es sólo una estupidez; tenemos la verdadera consigna de la lucha. Al contrario le mostramos por qué lucha propiamente,... y la consciencia es algo que tiene que asumir, por más que se resista.”


De una carta de Marx a Ruge 1843

 

Resultaría absurda una discusión que quisiera determinar si la destrucción del proletariado por la contrarrevolu­ción (luego de las diferentes olas revolucionarias de 1917/23 y en menor medida de 1967/73) es la que “explica” ese desconoci­miento general que tiene el proletariado de sí mismo como clase y consiguientemente el actual éxito en los mecanismos actuales de la democracia; o si por el contrario es el funcionamiento normal de esos mecanismos los que por su efectivi­dad en la idiotiza­ción (también en el sentido original de desconocimiento, desinterés por “la política”) generalizada hacen posible que el proletariado se desconozca a sí mismo, que ignore totalmente lo que sucede en el mundo hoy y lo que sucedió antes cuando efectivamen­te el proletariado se contraponía como fuerza mundial consciente (9) a todo el orden establecido. Es un hecho que ambos procesos han contribuido y contribuyen a ese desconocimiento de clase que caracteriza hoy al proletariado.

Resulta mucho más interesante para desmenuzar (analítica y  prácticamente) la dominación burguesa estudiar los diferentes niveles de este desconocimiento del proletariado de su propio ser, de esta autonegación negativa del proletariado como clase interna­cional: negación de su propia vida, de su propia lucha, negación que reproduce la dominación burguesa.

Entendemos por “negación negativa del proletariado” la que realiza el desarrollo mismo del capital, su reafirmación, su reproducción ampliada, porque en la misma el proletariado no es sujeto sino simple objeto: negación de su fuerza, atomización ciudadana, reducción a simple parte del capital reproduciéndose (capital variable). El ejemplo supremo de esta negación es la masacre generalizada en la guerra imperialista en donde como carneros con banderitas nacionales respectivas los hombres se matan entre ellos, constituyendo así parte indispensable del ciclo del capital reproduciéndose (crisis, guerra, reconstrucción, expansión, crisis…): aquí, el proleta­riado no es más que carne de cañón. En oposición a esto, como veremos en este texto, enten­demos por negación positiva del proletariado su constitución en fuerza, en clase dominante, para abolir el trabajo asalariado y el capital y por lo tanto todas las clases sociales, negándose así positiva­mente como clase. En ambos casos el proletariado se niega, pero mientras en la negación negativa el sujeto activo es el capital, en esta última, que es además una negación definiti­va e infinita­mente más rica en determinaciones, el sujeto es el proletariado mismo y es en este sentido que puede (debe) concebir­se la revolución comunista como la autonega­ción del proletaria­do.

Es precisamente esto lo que queremos tratar en este texto como pequeña contribución a la inversión de la praxis que concluirá con la reafirmación del proletariado, su constitución en clase y por lo tanto en partido, para su verdadera autonega­ción positiva: la constitución en clase dominante para abolirse como clase y abolir así para siempre todas las clases, toda la explotación y toda la dominación secular de clases y constituirse en verdadera comunidad humana mundial.

Sentimientos individual y colectivo, sociológico y político de la no pertenencia al proletariado.

El no reconocimiento del proletariado como clase, que encuentra su máxima expresión en los niveles sociales y políti­cos, cuando la mayoría del proletariado mundial desconoce como suya una lucha en cualquier otra parte, puede asumir innumerables formas o aspectos, desde las más particulares e individuales a aspectos mucho más generales e ideológicos.

Causa y/o consecuencia, resulta claro que hoy el proletario no siente como suya la lucha del proletario en otra parte del mundo, de la misma manera que tampoco se siente proletario en el sentido más elemental de la palabra.

A alguno lo hacen creer que no es proletario porque es empleado, el otro cree que no lo es porque está desocupado, el de más allá se siente campesino en oposición al obrero, otro se cree comerciante porque es vendedor ambulante, muchos otros se sienten demasiado niños o demasiado viejos para ser proletarios, habrá también quien por ser mujer se sienta menos concernida por la cuestión de su clase o quien sienta la opresión racial como más determinante que la de clase y en vez de sentirse proletario negro, proletario latino o proletario amarillo, se siente negro, latino o amarillo... y para quienes superen estas formas más elementales de negación inmediata de la realidad de proleta­rio habrá otras formas más político-ideológi­cas de esa misma negación como el sentirse “antiimperialista”, “antineolibe­ral”, “palesti­no”, “judío”, “cubano”, “de izquierda”, “francés”, “yanqui”, “aymara”, “kurdo”, “croata”, “obrero de un país rico”, “feminista”, “antiracis­ta”, etc. Justamente esas negaciones del proletario mismo son las que consolidan la ideología burguesa del “verdadero proletario” que como se sabe es obrero industrial hombre, nacional, y mira con desprecio al lumpen, al estudiante, al que saquea, al inmigrante, a la mujer y a “todos esos negros”

Un compañero de nuestro grupo que trabajaba en la indus­tria automo­triz como obrero fue convocado un día y se le dijo que cambiaría de estatuto, que sería promovido, que desde ahora en adelante no sería más obrero sino empleado. Fue toda una sorpresa el constatar la semana siguiente que solo ganaba medio por ciento más y que su trabajo continuaba siendo el mismo, pero que por supuesto se le había otorgado un estatuto por el cual ya no debía sentirse igual que los obreros que trabajaban junto a él, se lo invitaba así a participar en la ilusión de distinguirse de sus compañeros de siempre. Otro compañero que era granjero y vivía trabajan­do para pagar a los bancos que le prestaron para comprar la granja, a los capitalis­tas vendedores de la semilla y los fertilizantes, a los que le vendieron la poca maquinaria que compró a plazos... (en muchos casos se trata de una sola empresa que asegura todas estas funciones como capitalista) constataba que en la región ninguno de los que vivía como él se consideraba parte del proletariado, que era muy difícil proponer activida­des comunes porque casi todos se creían propietarios. Un vendedor de revistas en el subte (metro) y en los ómnibus nos contaba también que en dicha profesión la mayoría se cree libre, comerciante... y no tienen consciencia de que en la práctica están vendiendo su vida, su fuerza vital a cambio de unas migajas que les permiten subsistir.

 Entre los que se denominan “cuellos blancos” la inconsciencia de clase, es decir la ilusión de no pertenecer al proletariado, es todavía peor. El hecho de que la producción se cosifique bajo formas más abstractas y la ideología de distin­guirse del obrero manual aumenta la ilusión. Está el oficinista convencido no sólo de que su trabajo es menos fatigante y destructivo que el del obrero de fábrica o el minero y de que no es comparable cagarse la vista (¡y mucho más) con el computador 8 horas por día con la vida miserable de un minero, sino que en base a esto se considera muy superior y diferente del otro y ni por asomo se da cuenta que la esencia de su vida es exactamente la misma: la venta de sí mismo para poder subsistir. Está el maestro de escuela que porque modela cerebros en vez de otras materias mercantiles cree que es menos proletario o el empleado de estado a quien se le promete el empleo de por vida y por eso cree tener, a diferencia del resto de su clase que vive la amenaza permanente de la desocupa­ción, el futuro asegurado, una seguridad que lo situaría totalmente afuera del proletariado.

 

Los escolares, los estudiantes o en general los sectores que no están en ese momento vendiendo su fuerza de trabajo y «siendo directamente explotados» (10) se creen en general flotando entre las clases y mucho menos proletarios que el obrero que vive al lado o hasta ¡en su propia casa!. Todo lo que socialmente se designa por educación y cultura está destinado a producir trabajadores con consciencia de ciudadanos, proletarios con ideología de “hombres libres”, productores con la ideología de “consumidores”. A los hijos de proletarios que van a la escuela primaria, secundaria y/o universitaria, que reciben además unas buena dosis cotidiana de televisión y van siendo así formados como fuerza del trabajo del capital (¡toda la formación científico técnica es esto y nada más que esto!) se les inculca (¡de la misma manera que en la Edad Media se les imponía el cristianismo!) el libre arbitrio con respecto a sus vidas, se les oculta que son parte de una clase reprodu­ciéndose como esclava. Cuanto más libre se cree el proletario (“soy libre de decidir”) (11) más dócil y sumiso será con respecto a su explotación, más idiota útil será en toda su vida. Así, al mismo tiempo que se le va imponiendo, desde la guardería o los primeros años de escuela, elementos indispensa­bles para aceptar luego la disciplina de la oficina, la fábrica o el supermercado (disciplina y orden escolar, horario de trabajo, recreación como corta suspensión entre dos tiempos de trabajo, volver a la casa para reproducir sus energías para soportar... más escuela y luego más trabajo), se le hace creer que está estudiando para decidir lo que luego será, para poder ser “libre” luego. Así el aprendiz de esclavo repite la frase que le impone su opresor y que lo encadena: “estudio para poder trabajar en lo que quiera”. Lo que el esclavo asalariado cree que es su libertad son en realidad las leyes del mercado de fuerza humana que se ofrece al mejor postor para ser explotada. Aquella creencia permite que la oferta de fuerza de trabajo se adecue a las necesidades futuras del capital que se expresará en la demanda de esclavos asalaria­dos. Su función de clase reproducién­dose como explotada será mejor asumida en la misma medida en que sus componentes se crean realizando su libertad; esos esclavos preparando y afirmando su propia esclavitud asalariada serán tanto mejores en la misma medida en que se crean no pertenecer a la clase de los explota­dos. Incluso cuando los estudiantes de hogares proletarios entran en lucha no rompen o no lo hacen de manera suficiente­mente radical con toda esa ideología, esa inconscien­cia de clase se cristali­za en la pretensión de ser un movimiento propio, “el movimien­to estudian­til”, sin contar aquí la fuerza de las ideologías marxistas-leninistas u otras que hablarán de un “movimiento pequeño burgués” y repetirán a coro con toda la contrarrevolución que “los estudiantes quieren tal cosa o reclaman tal otra”, que “el movimiento estudiantil aspira a...” ¡cómo si pudiesen tener intereses propios!; ¡como si existiese entre el capital y el proletariado un tercer sector en el medio de las clases con intereses diferentes a ambas! Todas las ideologías sobre la originalidad del “movimien­to estudiantil” expresan los intereses de la clase dominante, su deseo de que exista entre ella y el amenazante proletariado una categoría sin clases que sirva de amortiguador, de colchón social. ¡Cómo si en una época de la vida los seres humanos pudieran reproducirse sin pertenecer a ninguna de las clases! ¡Cómo si por el hecho de ir al liceo o a la universidad se diluyera la pertenencia a una clase social!  

Lo mismo sucede con otras categorías policlasistas como la de campesino, que solo quiere decir habitante del campo (¡cómo ciudadano, quiere decir original y evidentemente, habitante de la ciudad!) y que invariantemente sirve para confundir y someter al proleta­riado agrícola. Al poner al trabajador del campo en una misma bolsa que el capitalista agrario y el terrateniente se lo aísla de su hermano proletario de la ciudad y de los otros países. Y sobre ese suelo mojado llueven luego los discursos sobre la miseria de los paisanos, sobre el aislamiento de los sin tierra y la pobreza del campesi­no,... La tan cacareada debilidad del campesino no es otra cosa que ese proceso ideológi­co de separa­ción y aislamiento que la burguesía de todos los colores reproduce por todos los medios a su alcance. Cuando además hay características raciales o económicas que permiten aumentar todavía más esta separación se insiste en ellas, como hizo históricamente el marxismo leninismo para aumentar la explotación y desarrollar el capital, como reproducen en la propaganda las organiza­cio­nes estalinis­tas y maoístas o hasta en el cine izquierdista latinoamericano. Así se habla de campesinos, de indígenas, de cuentapropistas, de paisanos pobres y medios, desconociendo incluso la unidad real del movimiento proletario en lucha contra el capital y el estado.

Miserabilismo y aislamiento de los que luchan

Pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre los miles de mecanismos más sutiles o más burdos con que el capitalismo le esconde la realidad inmediata de proletario a su enemigo histórico, negándolo como tal y haciendo de él, de esa manera, su víctima. Hasta la “inocente” descripción de la miseria absoluta, de la miseria extrema, acompañada de todo tipo de alternativas caritativistas forma parte de esta negación del proletariado como clase: la insistencia hasta el cansancio en el lado “objetivo” de la miseria (como por ejemplo se hace con “los indios de Chiapas” o los condenados al hambre en África) impide ver el aspecto dinámicamente subversivo de la misma y tiene por objetivo liquidar la solidaridad revolucionaria en nombre de la pobreza.

Así, cuando esos “pobres”, asumiendo prácticamente todas sus determina­ciones proletarias, entran en abierta revuelta contra el capital y el estado, los dormidos proletarios del resto del mundo, si por acaso se enteran, no ven en la misma más que una protesta de “pobres”. Sobre esta base es muy fácil para el estado organizar el aislamiento total de esos proletarios en lucha: a los “pobres indios”, a los “pobres negros” se les envía algunos kilos de arroz con la condición claro está de que abandonen su pelea. Las ONG, los humanita­ristas de izquierda y derecha, las iglesias, partidos y sindicatos utilizan esta inconsciencia de clase generalizada para que los proletarios de todo el mundo se queden con la consciencia tranquila por haber hecho un poco de caridad, mientras en realidad se transforman en partícipes objetivos de la liquidación de la revuelta proletaria.

 

La propaganda estatal o paraestatal tiene por función esencial, en todas partes, la división del proletariado. Cada reemergencia del proletariado como clase va acompañada de una descalificación voluntaria y consciente de los sectores de vanguardia proletaria, de los sectores que llevan la contraposición de la propiedad privada al terreno de la acción directa. En absolutamente todas las revueltas proletarias esa descalificación va dirigida, en primer lugar, a que los proletarios de esa misma región o país no se sientan concernidos, y si se puede que se opongan a la misma y en segundo lugar a aislar esa revuelta de los proletarios de otras regiones y países.

Así se descalificó como revolución campesina a la lucha del proletariado en México, Rusia y España en la primera mitad del siglo XX y en todos los casos se le atribuyó a la lucha objetivos diferentes que la lucha del proletariado internacional. Primero se negó el carácter proletario de la revolución en México con la participación de la gran mayoría de los partidos llamados socialistas y anarquistas que proclamaban que, en ese país, el proletariado tenía interés en desarrollar primero el capitalismo y que el gobierno de tal y cual era además de progresista antiimperialista. Luego se le atribuyó a la revolución en Rusia objetivos únicamente demócrataburgueses y de desarrollo del capitalismo, aislándose así a los proletarios que, en el campo y las ciudades de ese país, habían proclamado la revolución social contra el capital. Unas décadas después, contra la lucha del proletariado en España se creó un muro de falsificación antifascista, negando con el terror republicano y estalinista y la propaganda internacional antifascista la verdadera lucha de los proletarios en ese país. Y estos son sólo tres ejemplos, evidentemente importantísimos, de esa ola de lucha que conmovió todos los continentes.

Años más tarde, se le atribuyó a toda la ola revolucionaria internacional del 1968/73, en cada país objetivos diferentes, para lo cual sirvió muchísimo la división ideológica del mundo en tres (¡del primer al tercer mundo!) y cuando en países y regiones enteras el proletariado cuestionó con las armas el poder burgués, las organizaciones de izquierda cómplices se encargaron de aislar esas revueltas diciendo que eran movimientos del tercer mundo, que solo eran estudiantes, o que era la aristocracia obrera (12).

Más cerca de nosotros, al proletariado  insurrecto en Irán (fin de los años setenta), o años más tarde en Irak (principios de la década del 90), se lo descalificaba como islamista. Y en los últimos años toda la propaganda burguesa fue utilizada para decir que los piqueteros argentinos no eran más que desocupados y lúmpenes, que los jóvenes de los banlieues (suburbios) franceses no pertenecían al proletariado, que las revueltas en cualquier parte sólo son “revueltas de hambre”…

La propaganda burguesa para esa descalificación (del gobierno, y de la oposición y hasta de los que se proclaman revolucionarios) es siempre burda, primaria, racista, obrerista, sexista, imperialista, eurocentrista… Ni siquiera importan los argumentos, “son jóvenes”, “son lúmpenes”, “tienen otro color” “no tienen criterios y queman los autos de los obreros”, “son inmigrantes”, “son musulmanes”… lo importante es proclamar que el que lucha es diferente, que su color de piel no es el mismo, que su cultura explica ese “acto irracional”. Lo crucial es que el proletariado de ese país no se sienta solidario, que los proletarios de otras partes consideren esa revuelta como extraña a su propia vida, a su propia condición de existencia, a su propia pelea.

Ese tipo de falsificación es esencial a la dominación burguesa. La misma funciona porque el proletariado no puede entrar en lucha como totalidad mundial, sino que necesariamente las luchas son desiguales a nivel sectorial, regional… Aunque por su contenido la lucha proletaria en cualquier lugar contiene los intereses de la clase mundial y de la humanidad toda, la misma se manifiesta necesariamente en alguna parte, y precisamente en esa contradicción entre lo global y lo particular es que toda la contrarrevolución actúa, para que en lo particular no se asuma lo global, para que los proletarios de otras partes no sientan como suya la lucha de los proletarios en cualquier parte. Esa falsificación es el combustible mismo de este sistema y de la dominación de clase, es mucho más que un problema de ideas, es la negación práctica del proletariado como clase mundial y lo que le permite al capital enfrentar al proletariado paquete por paquete.

Así se da la paradoja que el capital que contiene en sí todas las divisiones, toda la competencia, todas las guerras y masacres imperialistas, actúa como unidad frente a toda acción proletaria en cualquier parte; mientras, que el proletariado que contiene la unificación humana, la comunidad humana surgiendo en contraposición con el capital en todas partes, que en cualquier lucha local está expresando por su contenido el porvenir comunista, actúa separado y desunido frente al monstruo capitalista mundial. Así se reproduce la dominación general del capital y el proletariado es negado en su vida misma como clase, como fuerza, como perspectiva y programa revolucionario.

El capital que contiene en sí todas las divisiones, toda la competencia, todas las guerras y masacres imperialistas, actúa como unidad frente a toda acción proletaria en cualquier parte.

El proletariado que contiene la unificación humana,… actúa separado y desunido frente al monstruo capitalista mundial.

El desarrollo de la negación: hasta la guerra imperialista

La negación efectiva del proletariado como fuerza, basada en esa propaganda obrerista, racista, elitista, imperialista, es la que permite aislar a los sectores en lucha, pero es además la que consolida la ciudadanización de los proletarios, la ideología principal para hacer a los proletarios cómplices de su propia burguesía, la que permite enviar a los batallones de obreros al campo de batalla contra la revolución, la que en última instancia permite que todas las guerras represivas e imperialistas sean posibles.

La negación del proletariado como clase es la que posibilita, por ejemplo, que la burguesía en México, en plena revolución proletaria y gracias a los servicios de la socialista y libertaria Casa del Obrero Mundial y su discurso “antiimperialista”, logre reclutar batallones represivos diciendo que los revoltosos solo son campesinos. Esa negación del carácter proletario de la revolución social en México, permitió aislar al proletariado de ese país en plena lucha de sus hermanos de clase en todo el mundo: la prensa internacional habla de revuelta campesina. Organizaciones “socialistas”, “libertarias”, de otras partes del mundo dicen que no es más que una lucha política para imponer tal o cual caudillo (13). No se trata solo de un ejemplo, particularmente importante porque es así que se liquida la primera gran revolución proletaria del siglo XX, sino del método general que la burguesía emplea para negar el movimiento proletario, aislarlo y destruirlo prácticamente.

¡No existen batallones de burgueses y generales para reprimir! Como en México entonces, siempre fueron y serán proletarios encuadrados por la democracia que tirarán contra los proletarios insurrectos. La reproducción ampliada de la sociedad burguesa en su conjunto depende de esta indispensable masacre de los proletarios en lucha por otros proletarios actuando como fuerza de choque capitalista.

La máxima expresión de esta negación del proletariado es la guerra imperialista, es decir cuando el proletariado en base a diferentes pretextos (la paz, la democracia, la patria…) es puesto al servicio de su propia burguesía y se lo alista al servicio de “su propio” estado. El festín máximo del capital es la guerra interimperialista, es decir esa suprema negación negativa del proletariado en donde los proletarios defendiendo sus respectivas “patrias” (en realidad los intereses del capitalismo) se masacran mutuamente. La desaparición del proletariado como clase llega a su máxima expresión cuando sólo actúan los pueblos despedazándose, las patrias enfrentándose. La destrucción de seres, la mutilación, la liquidación de los medios de vida necesarios al ser humano, confirma esa negación horrenda del proletariado llevada a su súmmum.

Más globalmente, en toda la historia del capitalismo se puede constatar que las potencias imperialistas se desarrollan como represoras y gendarmes internacionales de represión de toda revuelta proletaria, precisamente por la sumisión de “su propio” proletariado al funcionamiento de esa potencia imperialista: por proporcionar los hombres que realizan esa represión internacional, por contribuir a la misma con su trabajo, sus votos, su pasividad… Las acciones internacionales de represión del movimiento del proletariado internacional son posibles porque en las potencias que realizan esa represión la negación del proletariado como clase se encuentra lo suficientemente consolidada para que el estado pueda seguir reclutando para esas masacres y/o para la contribución pasiva a las mismas, en fin, porque la oposición a esa política imperialista no es más que una mera oposición de opinión y/o pacifista y no se logra cristalizar como una real contraposición proletaria, revolucionaria, que impida esas guerras y masacres.

Sin esa negación del proletariado que actúe al servicio del capital, sus guerras, sus masacres, sería imposible que esta sociedad siguiera existiendo. De ahí que sea tan importante la afirmación del proletariado como clase o mejor dicho afirmar el proceso por el cual el proletariado, contra todas las falsificaciones ideológicas, se define prácticamente como clase, como fuerza y proyecto revolucionario. Esto es lo que intentaremos delimitar en la segunda parte de este texto que publicaremos próximamente.

 

Notas:

1 “Definición” no en el sentido que le da la ciencia, la burguesía, no en el sentido meramente ideológico, conceptual, sino en el sentido de definición histórica, de determinación práctica, como veremos a los largo de esta contribución. Lo mismo es aplicable al término negación.

2 Entiéndase bien, que no decimos, como haría la socialde­mocra­cia, que esa lucha no es una lucha histórica sino inmediata, que tampoco decimos que es una lucha solo económica, etc., sino que subrayamos que aunque ella sea por su esencia una lucha de contraposición al capital y el estado no se asume como tal. Para nosotros no se trata de introducir la consciencia, ni el carácter final e histórico de la lucha contra el capitalis­mo porque en la medida que el progreso del capitalis­mo va desarro­llando toda su barbarie cualquier lucha que se base en las necesidades humanas se contrapone con la rentabilidad del capital y en su sentido más general es una lucha esencialmente revolucio­naria. Pero lo que decimos es que en períodos como el actual de poco asociacionismo clasista, casi nulo conocimiento del programa revolucionario, etc. esas luchas no asumen lo que realmente portan en su seno, no desarrollan la potencia que contienen, no se apropian de su propio contenido revolucionario, lo que se concreta en la no asunción de las tendencias inheren­tes a la generalización, la organización, la centralización... En ese sentido es mucho más correcto decir que “no se asume como acción revoluciona­ria centralizada” que decir “no se transforma en” aunque aquella construcción, es muy poco utilizada por resultar mucho más pesada.

3 No olvidemos que la realidad de esas categorías interbur­guesas es relativa como los revolucio­narios lo han afirmado siempre. No se trata de programas socioeconómicos diferentes sino de diferentes discursos de encuadramiento y dominación. No hay una derecha que sea realmente diferente de la izquierda. El fascismo que hoy se considera de derecha proviene de la izquierda y ha extraído su programa de la izquierda del socialismo italiano. El nazismo o el franquismo por su parte han realizado partes esenciales del programa de lo que entonces se autoproclamaba socialismo y del mismo frentepopulismo. En fin todo nacionalis­mo es inherente­mente imperialis­mo, la mejor de las democracias es incuestiona­blemente una dictadura y la más cruel de las dictaduras realiza la democra­cia...

4 Sería imposible hacer una enumeración exhaustiva de esos elementos tanto por la extensión como por la heterogeneidad de los mismos y porque necesariamente entre ellos siempre se pueden clasificar y reclasificar y unos se pueden incluir en otros y viceversa. No debe olvidarse que todos ellos aunque asuman formas de estructuras complejas o de instituciones producen mercancías y sobretodo contribuyen a la fabricación de la principal de ellas: la fuerza de trabajo siempre presta a aceptar la explotación y dominación.

5 Esto es todavía más claro si vamos más hacia lo particular y tomamos cualquier elemento importante, lo veremos reaparecer en todas las esferas en las formas más variadas. Por ejemplo la ciencia es como se dice clásicamente una fuerza productiva del capital cuando se pone al servicio de la producción (aumento de la composición técnica del capital) y explotación (control de tiempos y movimientos, gestión del personal,…) y se podría clasificar en lo económico. Pero inmediatamente aparece que la misma se utiliza para organizar las ciudades en función de las necesidades de circulación de las mercancías y contra los posibles levantamientos proletarios (y se llama urbanización), o para amansar a las masas en base a productos químicos de todo tipo, o para falsificar los alimentos, o para reprimir manifestaciones, o para la guerra o para ocultar el origen de la deficiencia inmunológica en vías de generalización y atribuírselo a un virus, o para cualquier otra campaña de intoxicación física y/o ideológica… Y sería fácil comprobar que con este análisis se podría hacer un enorme viaje hasta lo infinitamente pequeño.

6 Como dijimos en la nota acerca de la “definición” del proletariado, nosotros hablamos de “negación” en el sentido práctico, como derrota física, político/ideológica y como reproducción histórica de la misma. Ver más adelante.

7 No olvidemos que el trabajo mismo hace de la actividad vital una actividad enajenada, que la reproducción entera de la vida bajo el capital es reproducción de la enajenación, que produciendo el proletario reproduce al mismo tiempo el poder de su enemigo y su propia enajenación humana. Que todos los mecanismos ideológicos mencionados se sustentan en esa reproducción de la enajenación.

8 Ver en Comunismo número 45 el subrayado titulado “AMÉRICA ¡Arriba los que luchan contra el capital y el estado!” en donde constatábamos que las importantes luchas que se desarrollaban en un conjunto de países de América eran encasilladas y falsificada­s por todo el sistema dominante de información presentando lo que sucedía en cada país como algo totalmente diferente, cuando en realidad se trata en todos lados del mismo sujeto, el proletaria­do interna­cional: “campesinos e indígenas” en Paraguay, “indíge­nas” en Ecuador, “campesinos” sin tierra en Brasil, “familiares de los desaparecidos” en Argentina, “mineros” en Chile, “manifes­tantes” y “lumpenes” en Costa Rica, “estudiantes” en Mexico.

9 Para nosotros “consciente” no quiere decir nunca mayorita­riamente consciente, ni tampoco intelectualmente consciente. Habrá más de uno que nos diga que la mayoría no era consciente tampoco en el 1917/19 y/o que no hay documentos para afirmar el elemento consciente en el sentido de la totalidad del programa revolucio­nario. En efecto estarán constatando debilidades evidentes incluso presentes en la ola revolucionaria más importante que ha conocido la humanidad. Nosotros decimos “consciente” en términos relativos e históricos y porque en esos tiempos el proletariado llegó a existir como fuerza internacio­nal que se reconocía como tal: millones de proletarios en todo el mundo reconocían la lucha proletaria en otras partes como su lucha, como la misma lucha histórica de la humanidad contra la sociedad capitalista. Se trataba de una fuerza internacional consciente y actuante independientemente de los límites de esa consciencia, independientemente de mayorías o minorías en las diferentes regiones, independientemente de que dicha consciencia no llegase a expresar con toda su fuerza a nivel intelectual. En fin “consciente” en términos relativos a toda la historia de nuestra clase.

10 Es imprescindible aclarar tres cosas que, en realidad, sólo pueden ser comprendidas en toda su significación teniendo en cuenta la totalidad de la crítica de la economía y sociedad burguesa realizada por los comunistas desde siempre y en particular el conjunto de nuestras publicaciones acerca de la delimitación histórica de nuestra clase. Primero, que el conside­rar que los mismos no son producto­res de valor es el punto de vista del capital cuya utopía es sin dudas que toda la humanidad esté siempre producien­do inmediata­mente valor, pero en la realidad estos sectores reproductores de la fuerza de trabajo son indispensables en la valorización global del capital. Más, ese punto de vista refleja las dificultades de siempre del capital de concebirse como capital total porque el mismo no es otra cosa que suma de capitales individuales, de ahí que considere a todos esos sectores como improductivos. Segundo que incluso en los casos en que el capitalista individual no gane directamente a costa de ellos (como en los casos donde la enseñanza misma es un negocio particular), dichos sectores contribu­yen a la creación del valor (fuerza de trabajo valorizán­dose) y forman parte del trabajador colectivo que reproduce el capital total. Socialmente no son más que fuerza de trabajo desarro­llándose en función de las necesida­des del capital. Tercero, que nuestra posición de clase implica situarnos en las antípodas de aquel punto de vista. Cómo no partimos del valor reprodu­ciéndose (y mucho menos del capital individual), sino de la humanidad sometida a la dictadura de ese valor en proceso, los criterios de clase no los hacemos derivar en absoluto de la discusión acerca de la producción inmediata de valor o del absurdo inmediatismo que espera clasificar a cada individuo en una clase social. Como expondremos en este texto y en general en nuestras contribuciones las clases se determinan por sus intereses, por su lucha, por su contraposición.

11 Ver Comunismo Nº 43 “De la libertad”, “La libertad es la esclavitud asalariada”.

12 Este calificativo (como el de lúmpenes) fue utilizado por toda la izquierda burguesa para desconocer el carácter proletario de un sinnúmero de revueltas proletarias vanguardizadas por sectores radicales del proletariado, como por ejemplo, los mineros frente a los gobiernos de izquierda burguesa.

 

 

 

 


CO57.1 ¿Proletario yo?
Contribución a la definición del proletariado (1)
Primera Parte: Dominación de clase y negación del proletariado