El texto que publicamos a continuación es un testimonio contemporáneo, extremadamente rico, hecho por un compañero simpatizante de nuestra organización. Describe en el mismo el itinerario que le ha conducido a romper con el estalinismo y con todas sus variantes (marxistas leninistas, maoístas, trotskistas...).

Al leer este texto, uno se da cuenta de lo difícil que es exponer las diferentes etapas de su proceso de ruptura con una ideología y una práctica contrarrevolucionaria. La descripción de los motivos por los cuales se ha escindido, en el presente caso de una organización estalinista, obliga al autor a recolocarse en el modo, a menudo limitado y parcial, en que se formularon esas rupturas «en aquel momento». Como no se trataba, a fin de cuentas, más que de un «jalón» en el camino hacia una ruptura más profunda, el contenido político de esa ruptura quedaba a menudo cubierto de enormes escombros de la ideología hoy criticada. ¿Cómo hacer, entonces, para explicar, sin dejar de lado el punto de vista comunista que es el nuestro hoy, que al calor de una puesta en tela de juicio circunstancial del estalinismo pro ruso oficial y tras críticas formuladas en aquel entonces en la jerga marxista leninista, se encontraba ya actuando el viejo topo que ha conducido ulteriormente al abandono de toda ilusión socialdemócrata? ¿Cómo expresar, salvaguardando el punto de vista revolucionario, que una de las etapas que ha conducido a una minoría a «la afirmación de la necesaria organización afuera y en contra de los sindicatos» se caracterizaba primero por la crítica parcial de los sindicatos por la falta de radicalismo de los mismos? Es lo que este texto intenta hacer y si queda, aquí y allá, empañado por las dificultades que acabamos de evocar, no por ello queda disminuido en su calidad de testimonio notable, vivido desde dentro, de la manera en que la socialdemocracia asume su función de encuadramiento capitalista de los obreros buscando, como dice el autor, hacerlos «volver a la política como se vuelve a la religión».

Tan sólo una cuestión nos lleva a añadir algunas líneas: a pesar de todo su recorrido y de la riqueza de su crítica, no podemos ponernos del lado del compañero cuando afirma que «el comunismo no ha existido jamás en ninguna parte, pero es más que nunca nuestro futuro». El comunismo como sociedad, como proyecto social exitoso, en efecto no ha existido. La revolución no puede ser otra cosa que mundial y hacer creer que la Unión Soviética, edificada sobre la represión de las luchas revolucionarias de los años 1917-1923 en ese y otros países, haya podido ser «comunista» ha sido la mistificación más monstruosa llevada a cabo por la contrarrevolución para conseguir que los proletarios continúen sacrificándose en el trabajo, en la guerra... para el máximo beneficio del capital. Sobre esta cuestión, ninguna duda, estamos de acuerdo.

Pero el comunismo históricamente ha existido como modo fundamental de existencia del género humano, como comunidad humana y, a pesar de que estaba sujeto a los límites de la época, existía como comunismo primitivo en las sociedades humanas en donde la vida se movía en función de la satisfacción de las necesidades humanas, de las necesidades de reproducción de la especie, siendo la comunidad el individuo, el indivisible. Con el desarrollo del intercambio y el advenimiento de las sociedades de clases, la humanidad ha seguido manifestándose en sus luchas para reencontrar la comunidad perdida, para reconquistar el comunismo como forma de vida. La necesidad del comunismo es esta necesidad fundamental de la especie humana que se ha expresado desde la disolución de las comunidades primitivas hasta hoy a través de todas las luchas contra la separación del ser humano de sus medios de vida, contra la apropiación privada y el desarrollo de la mercancía... que iban transformado al hombre mismo en un objeto de acumulación. Sólo han cambiado las condiciones de esta lucha.

Actualmente, esta lucha histórica de la humanidad por reencontrar su comunidad se encuentra en todas las luchas proletarias que se desarrollan por el mundo, que aunque parezcan parciales y confusas, expresan el antagonismo fundamental-esencial entre necesidades humanas y capitalismo. El comunismo se manifiesta como movimiento de negación del orden social existente. Hoy es por medio de las luchas, como en Argelia, Argentina, Irak, Bolivia y en tantos otros lugares, cuando los proletarios queman las urnas, saquean los almacenes y supermercados, toman por asalto las comisarías, los bancos, los palacios de justicia..., negando violentamente la propiedad privada, el reino de la mercancía, de la democracia..., que la resistencia histórica de la humanidad, contra todo cuanto la destruye, sigue manifestándose. El comunismo existe hoy como prefiguración en las rupturas revolucionaras efectuadas por esas luchas en los cuatro rincones del globo, en las hechas por los militantes que intentan organizarse afuera y en contra todas las estructuras del estado y que buscan reapropiarse prácticamente del programa comunista. Es en este marco del comunismo, en tanto que ruptura y afirmación programática, que publicamos este texto.

El comunismo no es un proyecto social para el más allá, no es una creencia, no es un futuro por el cual nosotros sacrificaremos nuestras vidas presentes. Nosotros no luchamos por el comunismo como otros sueñan con un mundo mejor. El comunismo está presente como prefiguración, en los vínculos de solidaridad que tejemos a través de la lucha de cada momento contra este mundo del dinero, de la competencia, de la guerra de cada quien contra todos, a través de la lucha de cada momento contra todo lo que nos separa de nuestros hermanos de clase: el trabajo, las religiones, las fronteras... Está presente en cada momento de afirmación y de reunificación de las fuerzas de nuestra clase, pero sólo se realizará plenamente cuando sea impuesto por la dictadura del proletariado. Es importante subrayar, en efecto, que el comunismo no puede nunca estar presente, como afirmación positiva, en el seno de este sistema. El comunismo se afirma necesariamente de modo antagónico, como negación de todo el orden social existente y no podrá afirmarse positivamente como proyecto social finalizado más que cuando este mundo del dinero, la mercancía, el trabajo, el capital, destructor de la humanidad y de todo el planeta, sea destruido de arriba abajo por la revolución, que implica insurrección proletaria generalizada y dictadura de las necesidades humanas contra toda manifestación-supervivencia del valor. No es más que en ese sentido, porque luchamos por cambiar completamente la relación de fuerzas e imponer la dictadura del proletariado, que podemos afirmar que lo que hacemos desde el presente es prefiguración del comunismo, es movimiento comunista y que no hay diferencia entre este movimiento y su plasmación como sociedad. El comunismo sólo puede existir como futuro porque es realidad presente en nuestras luchas.

 

 

¡Proletarios de todos los países, unámonos!

 

 

Las rupturas aquí descritas tienen como punto de partida geográfico Bélgica, porque es allí que se ha desarrollado la trayectoria militante del autor, pero es evidente que el contenido de su experiencia tiene una validez universal: el cáncer estalinista y sus metástasis izquierdistas han servido siempre a la contrarrevolución y tanto la experiencia vivida en un lugar del globo, como las lecciones que puede sacar un militante, son válidas para todos y para todo lugar. Para facilitar la comprensión se encontrará en anexo una explicación sucinta de las siglas utilizadas en el texto, lo cual debería permitir a todo compañero internacionalista orientarse en la profusión de grupos y grupúsculos citados. Por otra parte, hemos igualmente insertado en el cuerpo del texto, y en forma de recuadro, dos comentarios que nos ha inspirado este testimonio: uno a propósito de la influencia de la de luchas de 1968-1973 en la aparición del maoísmo, y el otro sobre la metodología religiosa propia del marxismo leninismo.

 


A la consideración de aquellos y aquellas de mi generación que se reclamaron comunistas y que, a despecho de sus avatares estalinistas, trotskistas, marxistas leninistas, maoístas, libertarios... siguen ahora reclamándose comunistas.
A la consideración, también, de todos aquéllos y aquéllas que actualmente pretenden sinceramente serlo militando en las organizaciones izquierdistas que todavía subsisten.
Incluso si esos son deseos piadosos, pues son pocos los creyentes que ponen su fe en cuestión.
A la atención también y sobre todo de los jóvenes compañeros internacionalistas, dispersos por el mundo, que se esfuerzan en centralizar las luchas proletarias, en reconstruir la memoria obrera y en desarrollar el programa comunista a fin de que puedan sacar de mi modesto compromiso pasado las enseñanzas útiles en la profundización de las rupturas de clase.

 

«Recuperar el pasado para conocerlo, darle sentido y así impedirle intervenir en el presente, salvo para dar a conocer que determinados acontecimientos, no sólo han ocurrido sino que han sido constitutivos de vuestra identidad en el mundo.»

Enríquez M., Las envolturas psíquicas, 1987

 

 

 

Del estalinismo al comunismo

 

Introducción

La implosión de los regímenes de los países llamados socialistas no significa el fin del comunismo sino el de una mistificación que comenzó con la creación del estado soviético.

El hecho de que la revolución proletaria de 1917 en Rusia no haya podido extenderse mundialmente (fracaso de las insurrecciones revolucionarias en Alemania, en Hungría y otros países) de una parte, y, de otra, la falta por parte de los bolcheviques de ruptura con la socialdemocracia, por lo tanto con la burguesía (ocupación del estado y fortalecimiento del mismo en lugar de su total destrucción), condujeron a un encerramiento sobre sí mismo y a prácticas contrarrevolucionarias: construcción del socialismo en un solo país, paz de Brest-Litovsk, mantenimiento del trabajo asalariado, dictadura contra el proletariado, aplastamiento de los socialistas revolucionarios de izquierda, de los makhnovistas, de los insurrectos de Kronstadt y de toda oposición comunista, obsesión con los complots, concepción policíaca de la revolución.

Cercado, el poder de turno no pudo más que reforzar lo que la revolución había previsto abolir. Entonces no le quedó otra cosa que atribuir los fracasos en la edificación del nuevo estado a los enemigos internos, a quienes había que aniquilar. Esta tiranía que se sistematizó con el estalinismo y su culto a la personalidad, toma el relevo del sacrificio expiatorio propio de las religiones, sean estas divinas o terrenales, herencia de las sociedades agrarias oscurantistas y despóticas.

A despecho de la propaganda que enmascara la realidad y contribuye a mantener a generaciones de proletarios en sus ilusiones y en una fidelidad incondicional a la «patria del socialismo», la sociedad soviética seguía siendo una sociedad capitalista competidora de Occidente, constreñida al proteccionismo (mantenimiento de la ley del valor, propiedad de los medios de producción centralizada a nivel del estado con sus usufructuarios privilegiados, gestión burocrática de la producción...). La fórmula «capitalismo de estado» no me parece adecuada. Efectivamente el capital tiene necesidad del estado para asegurar su permanencia y su cohesión, es decir, de todo su aparato administrativo, represivo, sociopolítico y cultural. Pero el estado no puede ser otra cosa que capitalista ya que la sociedad comunista es precisamente la abolición de aquél. Mientras tanto conviene traer a colación los matices necesarios para caracterizar las diferencias organizativas del capital a uno lado y otro del ex «telón de acero».(1) 

De estado mayor de la revolución mundial fracasada, la Unión Soviética se convertía en el centro imperialista al servicio de cuyas ambiciones la Internacional Comunista [o Tercera Internacional] y sus secciones se transformaban en agentes serviles de ejecución, encargados de justificar todos los virajes «oportunistas de derecha o de izquierda» de un supuesto movimiento comunista internacional, de sus alianzas sin principios, de su presunto radicalismo clasista (frentes populares, España 1936-1939, pacto germano-soviético, participación antifascista en la carnicería de 1939-1945...).

Esa degeneración, ya en embrión al comienzo, principalmente vía aplicación de las 21 condiciones de la Tercera Internacional, gangrenó a todos esos partidos que se reivindicaban oficialmente del comunismo, terminando por transformarlos en sectas socialdemócratas radicales al servicio de una supuesta patria del socialismo. ¡Cuándo lo propio del proletariado, y por lo tanto de los comunistas, es no tener ninguna patria! El viraje antifascista les proporcionó la ocasión de salir de su aislamiento poniéndose también al servicio de la economía de sus respectivos países. Los PC (2) abrieron de este modo sus puertas de par en par a los demócratas burgueses y fue por antifascimo, y no por convicción comunista, que aquéllos ingresaron en las secciones nacionales de la Tercera Internacional.

Tras la teoría y la práctica contrarrevolucionaria del socialismo en un solo país, la teoría y la práctica del antifascismo completaba la liquidación de toda praxis comunista. Promoviendo con el frentismo la alianza del proletariado con unas fracciones del capital contra otras (antifascismo contra fascismo), los PC le hicieron perder no solamente su autonomía de clase sino que contribuyeron, en beneficio del capital, a su liquidación física masiva arrastrándole a participar en la carnicería imperialista de 1939-1945. Bajo la apariencia de una lucha «del bien contra el mal», fascismo y antifascismo son en realidad para el proletariado las dos mordazas de la misma trampa en la cual la izquierda del capital todavía hoy intenta hacerle caer.

Al comienzo de los años sesenta, que serán calificados por la burguesía como los golden sixties (los «sesenta de oro», o la «década de oro»), porque en los mismos se produce el momento álgido de la fase de valorización (tras la desvalorización de los años 1939-1945), la socialdemocracia de derecha e izquierda había perdido todo barniz de radicalismo.

Las luchas que tendrán lugar en el curso de esa década, después de lo que los medios militantes llamaban la «gran huelga de 1960-1961» en Bélgica (especialmente la de la cuenca minera de Flandes), y los enfrentamientos que, en África y en Asia, echaron abajo el poder colonial (incluso si dichos movimientos son recuperados, controlados por la burguesía a través de la conquista de la independencia nacional) harán necesario el refuerzo del encuadramiento de todo intento de ruptura clasista. Es cierto que la lucha del proletariado contra la miseria, la explotación y la opresión puede verse confiscada por y en provecho de fracciones burguesas si para ello los proletarios se alistan en una lucha de liberación nacional, abandonan aquellos objetivos y se convierten en soldados contra el proletariado y contra sus intereses de clase. Es sabido a donde llevaron las sirenas del nacionalsocialismo a los obreros de Alemania.

De ese modo nacerán, en el contexto belga, a la izquierda del Partido Socialista, los efímeros UGS (Unión de Izquierda Socialista), el PWT (Partido Walón de los Trabajadores) y a la izquierda del PCB (partido estalinista oficial), la escisión grippista.

El hecho de colocar en el pináculo la imagen del Che y la «heroización» de su muerte, así como las masivas y violentas manifestaciones de apoyo a las luchas de liberación nacional de Vietnam en las que, todas las organizaciones de izquierdistas enmarañadas gritaban «Ho-Ho-Hochi-Minh-Che-Che-Guevara», servirán de derivativo a una contestación, galopante aunque canalizada, del sistema.

La denuncia en los años sesenta del revisionismo (3), efectuada por los opositores marxistas leninistas en el seno del seudo movimiento comunista internacional, en plena disgregación, responde, en ese marco específico, a los mismos objetivos.

Indudablemente se trataba, para una tendencia más radical en el seno de los PC, de romper con una línea nacional reformista, que realizaba la colaboración de clase, de forma demasiado abierta. En realidad, esto correspondía a divergencias a nivel internacional. La mayor parte del campo llamado socialista (la Unión Soviética y sus retoños, las democracias populares) ponía el acento más en una colaboración con el otro campo imperialista (Estados Unidos y sus aliados) que en su rivalidad. China y sus aliados (Albania y, al principio, Corea y Vietnam del Norte, así como Cuba) cuyos regímenes «nuevos» eran el resultado no clasista de una lucha de liberación nacional, tenían por el contrario necesidad de afirmar su independencia nacional, de denunciar la agresividad del otro bloque, y, por consiguiente, dentro de su propio campo, de cuestionar la supremacía soviética.

Se trataba de rivalidades inter imperialistas en las que el proletariado era quien pagaba los platos rotos y cuya causa era el desarrollo de las luchas.

El estalinismo como tal esta hoy en día, sin lugar a dudas, derrotado. Sin embargo, fragmentos enteros de su ideología y de su modo de organización (alianzas de clase, nacionalismo, antifascismo, centralismo democrático, sindicalismo...) han dejado su impronta en la extrema izquierda, reclámese ésta o no del estalinismo.

Erigiéndose en defensora de la democracia contra el fascismo, es decir de la izquierda del capital contra su derecha, la extrema izquierda (neoestalinista, trotskista, maoísta, castrista...) sostiene, en realidad, bajo sus apariencias más liberales, la dictadura del capital (defensa de los «derechos del hombre», de las «libertades democráticas», del parlamentarismo) que pretende querer abolir y neutraliza así al proletariado imponiéndole alianzas con determinados sectores de la burguesía (luchas de liberación nacional, frentismo...).

Es interesante señalar que ciertos maoístas leninistas actuales, como los neoestalinistas del Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), por ejemplo (cuyos fundadores formados en el regazo jesuítico del catolicismo y/o provenientes de la burguesía acomodada, se sintieron naturalmente atraídos por la mística maoísta), los cuales, antes de la caída del muro de Berlín, denunciaban el revisionismo, la restauración del capitalismo en los presuntos partidos socialistas (incluida Cuba, pero ni Albania, ni Rumania, ni Corea, ni China) como colonias del «social imperialismo soviético» y de su régimen «social fascista» (¡desde Kruschev!), se presentan hoy como nostálgicos defensores de sus logros «socialistas» y de sus dirigentes «comunistas», que habían denunciado como monigotes de Moscú.

Pero lo que se mantiene, sean cuales sean las divergencias entre revisionistas, marxistas leninistas o/y maoístas, es que ninguna de esas fracciones ha erigido en principio el antiparlamentarismo, el antisindicalismo, el antifrentismo, incluso en el caso de algunas que denunciaban primariamente el cretinismo parlamentario, la traición de los sindicatos, y hasta ciertos aspectos del estalinismo, y que sólo aceptaban las alianzas que pretendían dirigir.

La dictadura de la burguesía es fundamentalmente la dictadura del valor. Esta dictadura se manifiesta de manera más o menos represiva en función de las necesidades de valorización del capital y de la resistencia que le opone el proletariado. La democracia es la dictadura del capital, se presente bajo un régimen liberal, socialdemócrata o antidemocrático, es decir fascista, o socialista o popular. Para perpetuar su relación social necesita la libertad de emprender y de explotar, de la igualdad contractual y de la competencia entre compradores y vendedores de la fuerza de trabajo, así como de humanismo que es la fraternidad mercantil característica de nuestra sociedad basada en el parné (dinero).

Es por eso que históricamente la democracia alcanza su pleno desarrollo junto con el de la burguesía, esto es con la culminación de la ruptura con el Antiguo Régimen, liberando al individuo de sus viejas dependencias y trabas a cambio del trabajo asalariado, a saber, la libertad individual de vender su fuerza de trabajo o reventar.

La actual función de la democracia es garantizar el poder de los gestores del capital más aptos para asegurar el perenne desarrollo del valor, sean éstos de derecha, de izquierda o de su extrema izquierda.

 ***

Este texto no tiene ninguna pretensión histórica. Es el resultado de una reflexión actual acerca de mi experiencia militante, a partir de mi práctica y de la relectura de mis notas personales y de documentos de diferentes grupos que obraban en mi poder.

Rupturas y lucha de clase

Más allá de los antagonismos inter imperialistas y de las luchas de tendencias que esos provocan en el seno de las organizaciones estalinistas, es importante subrayar que las rupturas dentro de esos partidos están igualmente determinadas, en esta época, por la lucha de clases que se desarrollaba y se intensificaba un poco por todas partes del mundo. Efectivamente, a fines de los años sesenta, las corrientes que rompían con la línea de Moscú, reencontraron fuera de los PC intentos proletarios reales de enfrentarse al estado. Dichas corrientes se hinchan con esas fuerzas, se acrecentan con esos movimientos que critican, en la práctica, la colaboración de clase, hasta provocar escisiones importantes en el seno de los partidos estalinistas, escisiones que, aunque determinadas parcialmente por la creciente agitación social, desgraciadamente no renunciaron, en el plano programático, al marxismo leninismo. Desde entonces, más que alinearse con las fuerzas revolucionarias que afloran espontáneamente en las luchas sociales a finales de los años sesenta, esos núcleos tienen por función recuperar los objetivos y el programa de esas luchas, e imponer su propia dirección frente a aquella –sin duda demasiado débil y confusa– que intentan forjar los movimientos dispersos del proletariado.

 

Las siguientes líneas simplemente intentarán, modestamente, a través de un recorrido individual, comprender no solamente las razones de mi compromiso en las filas estalinistas, haciendo el correspondiente balance, sino sobre todo mostrar que, a despecho de nuestros límites y debilidades individuales, sabiamente cultivadas por el capital, su arsenal ideológico y material de recuperación, la renuncia no es una fatalidad. Para salir de la barbarie, nos vemos forzados a abolir radicalmente y sin rodeos el orden de cosas existente, incluso si con la ayuda de la edad se renuncia al activismo y a formar parte de una organización.

El comunismo no ha existido jamás en ninguna parte pero es más que nunca nuestro futuro.

El compromiso militante

Era adolescente cuando por vez primera participé en una manifestación política: se trataba de una marcha del Partido «Comunista» Belga (PCB) organizada por el 1º de mayo.

¿Por qué? ¿Por qué uno se compromete y por qué en la extrema izquierda? Nada me conducía allí, si tomo en consideración mi educación o mi medio familiar. En cuanto al contexto de la época, caracterizado por treinta años de contrarrevolución y trece años de revalorización del capital desde el final de la guerra 1939-1944, tampoco existe nada que pueda conducirme a una práctica proletaria y a una conciencia revolucionaria. Hubo, claro está, esa necesidad de autonomía, de independencia, que no podía concretarse más que cogiendo la vuelta, oponiéndome, al medio social de espíritu pequeñoburgués, sin perspectiva, bien integrado, que fue mi mantillo. Alimentado de una cultura escolar humanista clásica, la provocación anticonformista se afirmará en primer lugar por el rechazo de la creencia en «Dios» para, seguidamente, colorearse de existencialismo sartreano (de Sartre, NDR). Mientras tanto, como muchos adolescentes, me sentí atraído hacia posiciones extremas, hacia las ideas fuertes. Me sentí entusiasmado por la pureza heroica, la entrega, percibiendo esta energía, esta vitalidad también, en la figura del guerrero fascista de «Gilles» de la novela de Drien la Rochelle, pero encontrándola más convincente en la causa del héroe bolchevique de la revolución de octubre, Pavel Korchaguin, al leer su autobiografía Así se forjó el acero.

Mi compromiso es producto, por tanto, de una emoción en apariencia literaria. Pero en realidad esta emoción traducía, sin duda de manera confusa, una honda aspiración de un mundo nuevo que yo creía estar idealmente encarnado por la Unión Soviética de Stalin. Este acercamiento halló confirmación al entrar en contacto con estudiantes simpatizantes de mi partido, que se proclama comunista y prosoviético, pero más particularmente por el trato con el hijo de un partisano afiliado a ese partido, partisano que había sido ejecutado por los nazis. ¿Cómo en ese nivel de conocimiento no identificar estalinismo y comunismo, así como a las organizadores estalinistas como representantes formales del partido histórico del proletariado en el sentido en que lo entendía Marx?

Este proceso no responde, por lo tanto, a mi interrogante inicial: ¿Cuáles son los factores que conducen a un individuo, más allá de la influencia de su entorno, a tomar partido?

Haber sido zarandeado afectivamente y materialmente afectado, a los quince años, por la muerte de mi padre ¿puede haber sido, éste aunque sea parcialmente, el motivo profundo? Guardémonos de cualquier explicación exclusivamente de tipo psicoanalítico ajeno a una interpretación de clase. Por muy desarrollado que pueda ser el medio familiar, no es más que una de las formas institucionalizadas basadas en la propiedad privada, que, por consiguiente, no puede ser impermeable a las agresiones, al mal vivir de una sociedad de explotación, de alineación. Sin negar la dificultad de separar lo que hay de condicionado, de reflejo (¿hasta de innato?) en nuestras conductas y lo que es resultado de una toma de posición tras una elección, una experiencia... ¿en que medida nuestra naturaleza humana, tan condicionada como puede estar por los valores mercantiles del capital, no nos determina, de una manera u otra, más o menos conscientemente o no, a llevar a término nuestra humanidad, a tener que recorrer el arco histórico que va desde el comunismo primitivo al comunismo del porvenir, no en tanto que hecho que ya ha tenido lugar sino en cuanto potencialidad?

Para poner punto y final a este aspecto de las cosas, diría, parafraseando a Hegel, que mi compromiso representaba la victoria de la pulsión de la «naturaleza humana contra lo que constituía la negación rotunda, absoluta, total de esa naturaleza»: mi situación en la vida.

A falta de respuesta satisfactoria al ¿por qué?, me limitaré a describir el desarrollo de mi compromiso que, intuitivo al comienzo, pero justificado «racionalmente» a continuación, condiciona mi existencia, a despecho de las dudas e ilusiones, y a colocar en su lugar las sucesivas rupturas.

 ***

Ese 1º de mayo, caminando junto a aquéllos y aquéllas que desfilaban bajo la bandera que yo creía que era la de la revolución social, esta presencia me comunica esa impresión de fuerza que un individuo puede experimentar cuando se identifica con un colectivo, con la pertenencia a una clase, sin tener necesariamente conciencia de su pertenencia. Como cosa anecdótica, cuando estaba viendo pasar la manifestación, antes de reunirme a ella, un chalán me advirtió hablándome al oído: «¡Desconfíe usted! ¡Son comunistas!». A lo cual, despreciando, yo repliqué: «¡¿Cómo puede uno temer a los suyos?!». Yo todavía ignoraba que bajo la palabra «comunista» se escondía la realidad teórica y práctica de una fracción de la socialdemocracia, que había perdido del todo su radicalidad de antaño.

 

Primeros pasos en la militancia

Mi adhesión a una organización «comunista», la «Unión nacional de estudiantes comunistas» (sic), la llevaré a cabo más tarde, cuando ingresé en la Universidad tras haber reflexionado sobre lo que implicaba una afiliación como esa.

El PCB y sus organizaciones estaban caracterizados, en ese momento, por el patriotismo antifascista, la fe en la Unión Soviética, considerada como la patria del socialismo y el parlamentarismo. A mi modo de ver y entender ser comunista y declararlo era provocar y romper con el conformismo ambiente, reemplazar el capitalismo por una sociedad nueva, igualitaria, situando a la clase obrera en el poder; la Unión Soviética había trazado el camino, aureolada además por su papel determinante en la derrota del nazismo. Dicho de otro modo: antifascismo, antirracismo, progreso y humanismo se confundían con comunismo, que las democracias populares edificaban en los países llamados socialistas.

A pesar de reconocer «errores» debidos a la inexperiencia y a la hostilidad de las democracias burguesas (lo que es un pleonasmo), leninismo y estalinismo eran presentados como la aplicación concreta de la revolución socialista a la situación particular de Rusia pero teniendo que servir en cualquier caso de referencia y guía para los demás países, reuniendo el fin a alcanzar (el comunismo) con los medios realistas (independencia nacional, frentismo, parlamentarismo, nacionalizaciones...). En nombre de su poderosa eficacia, la vía estalinista descartaba cualquier otra tendencia (trotskista o socialista de izquierda) que pretendiera representar al proletariado en su lucha primero por el socialismo y seguidamente por el comunismo.

Rápidamente tomé conciencia de mi ignorancia teórica (difícil de superar paralelamente a unos estudios universitarios para los que yo estaba mal preparado), de mi dificultad en tomar la palabra en una reunión, en comparación con una serie de militantes dotados intelectualmente o familiarizados con el clima político desde siempre. Esto me conducía al seguidismo de uno u otro militante en función del brío en las tomas de posición; siendo incapaz de ver claro con mi propia cabeza.

En esas condiciones me di cuenta que, junto a algunos nuevos adherentes, yo estaba siendo manipulado por trotskistas infiltrados en nuestras filas. Asistí a su «juicio» y a su exclusión y fui testigo del encarnizamiento a condenar pegando etiquetas infamantes sin interesarse realmente por el sólido fundamento o no de las posturas encontradas. Fue en esa ocasión que el partido, para «formarnos», nos envío a un veterano, Coenen. Este viejo militante provenía de las filas de la organización comunista de War Van Overstraeten, la cual luego de algunas resistencias se había fusionado con el grupo reformista de Jacquemotte, venido de la izquierda del Partido Obrero Belga. F. Coenen, al principio opositor, se alinea con el estalinismo luego de una estancia en Moscú. (4)

Durante este periodo, mi militancia era más del tipo folklórico estudiantil y diletante, a pesar de mi participación en las manifestaciones de apoyo a las luchas de liberación nacional de los pueblos argelino y congoleño. Solidaridad anticolonialista que nos parecía que caía por su propio peso, que era el abc para cualquiera que se reclamase del socialismo y el comunismo. Lo mismo pasaba con las otras tomas de postura del PCB, que voy a intentar sintetizar a través de mi experiencia estudiantil.

 

Si al salir de la carnicería intercapitalista de 1939-1945, el PCB todavía evocaba, en su entusiasmo tricolor y colonial «nuestro Congo», las luchas antiimperialistas, en todo su esplendor, recibieron a fin de cuentas su apoyo en nombre del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Es de esta manera que las declaraciones del partido belga a favor de un Congo independiente fueron consideradas como parte integrante de la lucha general del proletariado contra el imperialismo. ¡Debiendo ser el proletariado belga solidario del pueblo congoleño tanto si este último escogía el socialismo como si no! ¡Bonito ejemplo de frentismo interclasista!

Esta postura es la puesta en práctica de la teoría oportunista leninista acerca de la cuestión nacional y colonial, así como de aquella desarrollada en El imperialismo, estado superior del capitalismo. Siendo la consecuencia la disolución de la autonomía del proletariado, de su programa y de su organización, en base a la reivindicación de reformas parciales, minimalistas en frente común con fracciones de la burguesía.

 

 

Como otras formaciones, una vez expulsadas las posturas revolucionarias iniciales, el PCB permaneció mayoritariamente fiel a Moscú, a despecho de la involución del centro de la revolución mundial, que desde el fracaso de su expansión se va transformando en estado mayor de la contrarrevolución. Ese partido acepta obsecuentemente todos los virajes políticos de la Unión Soviética, sin abandonar totalmente un sentimiento nacionalista que encuentra su modo de realizarse en la resistencia antifascista.

Negando el carácter imperialista de la guerra 1939-1945, el partido «comunista» belga llegó a ser parte beligerante de un campo imperialista contra otro, lo que fue un aporte decisivo para conservar y reforzar el dominio del capital sobre el proletariado. Animando a este último a luchar por la liberación nacional y por la democracia contra el fascismo, desviaba al proletariado de su objetivo revolucionario por una mistificación que todavía en nuestros días es taquillera: ¡el antifascismo!

Precisamente porque su fundación no fue el resultado de una ruptura total con todo radicalismo reformista (fusión de un grupo comunista con un grupo socialdemócrata de izquierda) desarrollará, a instancia de los partidos «hermanos», en un contexto de reflujo de la revolución, posiciones en oposición al derrotismo revolucionario y al internacionalismo. Divididos entre dos patriotismo (su servilismo a la supuesta patria socialista soviética y su querencia nacional) todos estos PC pasaán sucesivamente del antifascismo (España en 1936, Munich en 1938) al derrotismo no revolucionario, al pacifismo y a una neutralidad frente a la Alemania hitleriana (pacto germano soviético de 1939-1940) para convertirse, después del 21 de junio de 1941, en punta de lanza de la defensa de sus dos patrias contra el ocupante.

Es por lo tanto ese mismo nacionalismo, invocado para liberar a la patria del ocupante extranjero, el que condujo al PCF, por ejemplo, a no solidarizarse oficialmente con los independentistas argelinos o indochinos que hacían el mismo tipo de guerra, con la misma ideología estalinista para los guerrilleros de Ho Chi Minh, y a consentir que ex resistentes y militantes de su propio partido volvieran a vestir el uniforme para ir a combatirlos. He aquí un magnifico ejemplo de sacrificio de proletarios en provecho del capital y su valorización.

En ese contexto, en el que en aquel tiempo el análisis clasista se me escapaba totalmente, era de pura lógica que convenía oponerse al militarismo alemán, al ascenso del fascismo, a los experimentos atómicos... para la defensa de la paz, sin concebir que la paz y la guerra son las dos facetas de la explotación del proletariado por el capital.

Nuestro análisis, supuestamente marxista, era que el mundo se dividía en dos bloques antagonistas: el campo socialista y el campo imperialista con similares fuerzas militares. Esta similitud los obligaba a negociar y a pasar de la guerra fría a una pacífica competencia que debía asegurar la victoria del sistema económico más capaz de garantizar la paz, la libertad y la prosperidad al mundo. Para nosotros no había lugar a dudas que ese desafío sólo podía ser afrontado por el «comunismo», pues gracias a los éxitos conseguidos por la Unión Soviética, ayer con Stalin en la industrialización del país y la victoria sobre el fascismo, hoy (es decir, a comienzo de los años sesenta) con Nikita Kruschev, considerado como quien guiaba ¡la Unión Soviética socialista hacia la fase superior, el comunismo! ¡Pueblos de todos los países, regocijaos, los camaradas soviéticos trazan el camino de vuestra felicidad!

A este propósito, y antes de ahondar en las implicaciones de esa coexistencia pacífica entre sistemas socioeconómicos supuestamente opuestos, diré algunas palabras sobre el veinteavo congreso del PCUS que, más allá de la «desestalinización» y su pretendido paso al comunismo, llevaba la apología del trabajo a su máxima expresión: «El trabajo y la disciplina no serán ya más un fastidio para transformarse en verdadera actividad creadora, en una fuente de alegría».

Los comentarios e interpretaciones hechos a esa frase en la publicación de los «Estudiantes Comunistas» de esa época, lejos de considerar que el comunismo no libera al trabajo de su aspecto alienante, ni lo hace atractivo, ni tampoco lo convierte en un placer, sino que lo suprime. En efecto, en el comunismo el desarrollo de las fuerzas productivas y la abundancia resultante permiten la supresión del trabajo a fin de dejar todo el espacio a la creatividad individual y colectiva. En vez de esta postura, esos «estudiantes comunistas» hacían del trabajo bajo el comunismo (sic), la primera necesidad del ser humano, el valor genuino del comunismo, pasando a ser «el mejor obstáculo en una sociedad de abundancia para que la misma no degenere en sociedad de anarquía y pereza» (sic).

Fines de la década de los cincuenta,
comienzos de la del sesenta

El PCB debilitado por las derrotas electorales (atribuidas al oportunismo de derecha o de izquierda según la ocasión, o a dirigentes anteriores) se hace abanderado de la coexistencia pacífica entre los dos campos imperialistas por temor a una tercera guerra mundial, como si las concesiones en ese terreno pudiesen ser una garantía frente al riesgo de guerra inherente a la naturaleza del capitalismo.

Esta línea política, al servicio de la Unión Soviética, implicaba de facto renunciar abiertamente a toda lucha de «clase contra clase» (5). Esta renuncia, que no tiene nada de táctica ni de estratégica, es el origen de la escisión del llamado «movimiento comunista internacional», tema sobre el cual volveré ulteriormente.

Será necesaria la denominada «gran huelga» de 1960-1961 para recordar esta verdad fundamental: que la lucha de clases no conoce respiro alguno y que no tiene en cuenta los deseos y pretensiones de los partidarios de la extrema izquierda del capital. Esos mismos hechos se encargaban de demostrar igualmente que la paz social nunca deja de ser otra cosa que la guerra del capital contra el proletariado.

En este caso, la denominación «extrema izquierda» no es realmente aplicable al PCB, cuyo buró político a lo largo de aquella huelga preconizaba, como respuesta a la ofensiva del capital, el realizar gestiones y conversaciones con dirigentes de la mayoría y que calificaba de «ulra izquierdistas» las propuestas de marchar hacia Bruselas y de abandonar los instrumentos de trabajo, atprobadas, no obstante, por centenas de miles de trabajadores. Llegó incluso a no solidarizarse de los huelguistas cuya bronca se había concretado en el ataque de la nueva estación ferroviaria de Guillemins, en Lieja, causando serios estragos.

Tal como lo escribía muy seriamente uno de los dirigentes del PCB en el otoño de 1959, la solución a los problemas planteados por la cuestión colonial, la paz y la situación material de la clase obrera exigían «la transformación profunda de la política gubernamental».

En el plano social, el partido se preocupa en esa época de la situación en el Borinage, de la crisis del carbón y de los cierres de empresas. Una serie de huelgas parciales habían precedido a la general de 1960-1961.

A propósito recojamos algunas frases esclarecedoras que «el partido» entrega a sus partidarios con motivo de la fiesta de su periódico «Drapeau rouge» (bandera roja) en 1959 y que podrían ser las de cualquier socialdemócrata o liberal de hoy: «La elevación general del nivel de vida, la protección contra los despidos y cierres de empresas, la seguridad de existencia, la salvaguarda de las riquezas económicas del país (sic) y la adaptación del aparato productivo del país a las nuevas necesidades (sic) son los imperativos que se desprenden de las múltiples acciones obreras que se desarrollan desde hace varios meses».

En la misma línea puede leerse en el periódico «En Avant» (Adelante), organización estudiantil del partido, a propósito de las enseñanzas políticas de la huelga de 1960-1961: «En los límites de las posibilidades ofrecidas por la democracia burguesa, la acción de masas necesita orientarse hacia soluciones nuevas y audaces (sic) para resolver los problemas económicos y sociales de Bélgica; la estructura económica belga tiene que ser transformada. Al día siguiente de esta gran huelga, para dar un paso decisivo en el camino hacia el socialismo y socavar las posiciones claves del capital financiero, el movimiento obrero puede exigir el derecho a participar activamente en la gestión de la economía».

Después de establecer «claramente (que) lo que se pone en cuestión (esto) no es el fundamento del estado belga sino el problema de apropiarse de su armazón (sic)» (memorando sobre el «Movimiento popular walón», de 1961, Jean Terfve), el PCB se declara partidario del federalismo como «el medio de asegurar a Bélgica una existencia más estable, más equilibrada, en cuyo seno los monopolios no tendrán ya más la posibilidad de utilizar en provecho propio las oposiciones de carácter nacional que fomenta la actual forma unitaria del Estado belga» (Proyecto de tesis 44, XIV Congreso, 1963).

No se puede de manera más límpida confirmar abiertamente su renuncia a lo que fundamenta el comunismo, la abolición del estado, ni dar mayores muestras de ingenuidad (o de mala fe) en lo que atañe a las posibles metamorfosis del capital.

Cuando, por boca de su secretario nacional (1961), el PCB se considera la izquierda «en el movimiento obrero de masas constituido por las organizaciones de la acción común socialista» (FGTB-mutualidades-cooperativas), susceptible de oponerse a «la ideología capituladora de la socialdemocracia que ha sumergido al movimiento obrero», revela no sólo su grado de integración en el sistema sino sobre todo su papel de sepulturero de la revolución, ya que pone el atractivo del comunismo como única alternativa al capitalismo para desarmar mejor el combate proletario.

Hacia una verdadera escisión
falsamente revolucionaria

Un retorno a las fuentes, a la historia del movimiento obrero, a su praxis, hubiese aportado la prueba de la superchería mistificadora del PCB. Pero la contrarrevolución ha trabajado bien para ocultar nuestra memoria obrera.

De 1962 a 1965, problemas personales me llevaron a distanciarme de la militancia y fue como espectador que seguí las peripecias de la escisión de la internacional estalinista y sus implicaciones en Bélgica, limitándome a tener conocimiento de las tesis enfrentadas para finalmente hacer mías las de los albaneses y las de los chinos, decidiéndome entonces por alistarme en la aventura grippista con los ojos puestos, durante cierto tiempo, en Tirana y Pekín.

Lo que me condujo a hacer esa elección fue, de una parte, posturas teóricas que me parecía reanudaban con los principios de la revolución de octubre (marxismo leninismo contra revisionismo), y, de otra parte, el radicalismo organizativo y programático de los opositores en relación al romo y blando reformismo de los kruschevistas.

Los años siguientes me convencerán de que detrás del radicalismo, de los llamamientos a la lucha de clases contra toda coexistencia pacífica, no había más que un intento vano de volver a pintar de rojo la fachada, pero hacía falta todavía superar otras escisiones más izquierdistas resultantes de la «gran revolución cultural proletaria china» y de mayo 1968: tras el grippismo apareció el maoísmo. Pero antes de llegar ahí, intentaré mostrar que la escisión grippista y su PCB bis, con el revisionismo kruschevista a la salsa belga, no fue sino formalmente organizacional volviendo en la práctica al estalinismo puro y duro.

Fieles de Moscú y partidarios
del cisma chino albanés

En el seno del PCB, para la mayoría, es decir los revisionistas modernos partidarios de las posiciones del PC de la Unión Soviética, la relación de fuerzas en el mundo de los años 1950-1960 se inclinaba a favor de las fuerzas de la paz y el socialismo, o sea, del campo «socialista» y de los movimientos de liberación nacional. Para ellos, esta situación reforzaba las contradicciones dentro del campo imperialista debilitaba a este último y facilitaba los compromisos entre los dos campos lo que permitía evitar la guerra, del mismo modo que permitía la competencia pacífica entre capitalismo y socialismo, lo que no podía llevar más que a la derrota del capitalismo y el tránsito pacífico al socialismo.

La minoría, aun compartiendo el análisis de la relación de fuerzas en provecho del campo «socialista», denunciaba como traición al marxismo leninismo, las estrategias y tácticas que los oficialistas deducían. Atribuía la causa al cambio de jefe a partir de 1953 (muerte de Stalin) y la denuncia, en el veinteavo congreso, efectuada por Kruschev y los suyos. Alineándose con las posiciones del PC Chino y del Partido del Trabajo de Albania, los disidentes consideraban que el campo imperialista no era más que un «tigre de papel», un «coloso de pies de barro», fuerte en apariencia pero en realidad débil, al revés que el proletariado y las fuerzas revolucionarias. Para estos incondicionales del marxismo leninismo no podía pues ser problema coexistir pacíficamente con el enemigo de clase en detrimento del «internacionalismo proletario», del cual ellos pretendían ser seguidores, enemigo de clase que era necesario despreciar desde el punto de vista estratégico, pero que había que tener muy en cuenta desde el punto de vista táctico. Si bien rechazaban formalmente contemporizar con el imperialismo y renunciar a la dictadura del proletariado (en realidad contra el proletariado), allí donde no se encontraba en el poder, en tanto que competidores electorales de los mayoritarios, no hacían más que radicalizar el combate colocándose en el mismo terreno: defensa de la democracia, parlamentarismo, antifascismo, avance por etapas y frentismo.

Mientras tanto fijémonos en lo que escribia en 1964, Jacques Grippa, secretario del CC del PCB «pro-chino» en «Theories et pratiques des révisionnistes modernes» (teorías y prácticas de los revisionistas modernos, E. Pekín, 1965) denunciando su legalismo sin estar él mismo en condiciones de ir más allá en la clarificación de la esencia de la democracia como dictadura del capital: «El capital emplea y empleará una doble técnica: de una parte la “democrática”, “auténtica”, “verdadera”, de otra parte la represión, el terror contrarrevolucionario empujados eventualmente a su forma más sangrienta, el fascismo».

Grippa se alinea, en efecto, con la postura de Lenin acerca de la democracia: «De la misma manera que es imposible concebir un socialismo victorioso que no realice la democracia integral, del mismo modo el proletariado no puede prepararse para vencer a la burguesía si no emprende una lucha general, sistemática y revolucionaria por la democracia... La dominación del capital financiero, como el del capital en términos generales, no puede ser eliminada por ninguna transformación, en el ámbito de la democracia política... Pero esa dominación del capital financiero no elimina en absoluto la importancia de la democracia política en tanto que forma libre, más amplia y más clara de la opresión de clase y de la lucha de clases». (Lenin, Oeuvres completes, tome 22, páginas 156-157 (6)).

En el plano interno, la escisión grippista estigmatizó los errores y traiciones de los revisionistas en el momento de la huelga de 1960-1961. Cómo dijimos antes mientras un millón de trabajadores había hecho huelga, el PCB había preconizado la organización de delegaciones que debían encontrarse con los parlamentarios y estimado aventurera y ultra izquierdista la idea de la marcha a Bruselas.

Igualmente, los escisionistas oponían a las tesis revisionistas de la transformación por etapas de la sociedad capitalista en sociedad socialista por medio de una serie de reformas estructurales, la siguiente concepción: «La nacionalización socialista es la obra de la revolución socialista, en las condiciones creadas por el poder de la clase obrera y de sus aliados, en las condiciones de la dictadura del proletariado. La nacionalización socialista realiza “la expropiación de los explotadores”, haciendo que los medios de producción se convierten en la propiedad de todo el pueblo.» («Marxisme léninisme ou révisionnisme»; marxismo leninismo o revisionismo, J. Grippa, 1963). ¡De esta manera la economía capitalista sería sustituida por la economía socialista!

Detrás del radicalismo de fachada y de la realización del socialismo en un solo país, se está lejos del programa comunista de abolición del valor valorizándose a escala mundial.

Partidario de la paz social y del pacifismo de corderos, el PCB perdía toda credibilidad revolucionaria y se veía contestado a su izquierda por un PCB bis que preconizaba una fraseología izquierdista y una activismo forzado, en el momento oportuno para encaminar al proletariado hacia nuevos callejones sin salida. Incapaz de una ruptura clasista, atribuyendo, como buen discípulo de Stalin, sus fracasos a conjurados anti-partido; «reforzándose en base a purgas», tratando a sus excluidos de polizontes-gángsters-fascistas-provocadores-agentes de la CIA-oportunistas-trotskistas-nacionalistas-patrioteros, ese partido acabará en el cubo de la basura de la historia.

Sea durante la escisión de 1963, o en las que vinieron a continuación, fueron numerosos los militantes animados por un deseo revolucionario de romper con organizaciones, que de comunistas sólo tenían el nombre, para reconstruir un partido proletario. A falta de iniciar un proceso de puesta en tela de juicio de teorías y prácticas del pasado, las divergencias y oposiciones internas no podían más que degenerar en ajuste de cuentas. Además del hecho que los insultos e injurias se ponía en lugar de las clarificaciones, los defectos y debilidades individuales, ignorados en los incondicionales, se denunciaban en los contestarios como la causa de su «traición». La línea de separación era la fidelidad al partido (y por lo tanto sinónimo de promoción). Para unos, esto significaba sumisión a la organización en tanto tal, a su dirección, incluso a su muy querido dirigente nacional o internacional. Para los otros era la sacrosanta línea ideológico política que la organización debía tener.

Del grippismo al maoísmo

El PCB bis estallará en 1967 notoriamente bajo la influencia de los acontecimientos conocidos con el nombre de «gran revolución cultural proletaria en China», que proporcionaron un nuevo impulso a muchos de nosotros.

Criticábamos la ausencia de democracia dentro del partido, considerado como un fin en sí, ajeno al proletariado («el partido siempre tiene razón» incluso contra el proletariado) y no como un medio al servicio del «pueblo». Era la concepción que teníamos en ese momento: el partido como herramienta para aportar a la clase la conciencia y el conocimiento de la ciencia marxista leninista. Pero, ¿no es en definitiva lo mismo expresado de modo diverso, sin relación con aquella concepción que me resultó tan difícil asimilar, a saber: la tendencia histórica del proletariado a organizarse en clase y por lo tanto en partido? Algunos (la mayoría de los estudiantes y jóvenes) estimaron que la noción de «partido» había sido prostituida por errores en la línea política y métodos de dirección incorrectos e intentaron encontrar las causas echando la vista atrás en la historia del PCB, notoriamente a partir de 1943 (fecha de la capitulación política de la dirección del PCB ante los nazis tras su detención, por estos últimos) y de sus tomas de posición en los años de la post guerra (participación en el gobierno...). ¡Rechazando la denominación «partido» y adoptando la de «movimiento», como forma de organización más modesta, esta tendencia quería formar la vanguardia enriqueciendo, simultáneamente, la práctica marxista leninista con el pensamiento Mao Zedong! De ahí su denominación «maos spontex». Junto a otros jóvenes, forman la UUU («Union Universités Usines», unión universidades fábricas) y de «La Parole au Peuple» (la palabra al pueblo). Yo compartía esa necesidad de reexaminar la historia del partido, dándole continuidad y a condición de llevar a cabo un profundo movimiento de rectificación. Con esta condición tomé partido por el ala «partidista» -el PCB (M-L) que pasará a ser el PCMLB y se unificará a finales de los años setenta con LC (M-L), habiendo resultado abortados los intentos de unificación con AMADA-, compuesta por la mayoría de veteranos y dirigentes del momento que no respetaron su compromiso e hicieron grippismo sin Grippa. Pero el nuevo entusiasmo suscitado por la «gran revolución cultural proletaria china» fue robustecido, más aún, por los acontecimientos de mayo de 1968, que vieron afluir nuevas generaciones de militantes.

La proliferación de grupos izquierdistas a finales de los años sesenta y en los años setenta es resultado, como se dice antes, de la falta de radicalidad de los sindicatos y partidos llamados obreros, de su insuficiente capacidad, así como la de sus escisiones, para encuadrar el ascenso de las luchas que se radicalizaban. El final de los golden sixties y el inicio de la recesión reactivaron las luchas obreras: las huelgas salvajes de los mineros de Limburgo, las de los estibadores de Amberes y de Gante, las de los metalúrgicos de Michelin, Citroën, Clabecq.

Ese papel de encuadramiento, pues, es desempeñado por la extrema izquierda que, buscando ganarse a los delegados sindicales combativos para desarrollar un sindicalismo de base, compensa su debilidad organizativa, debida a su grupusculización, con un radicalismo verbal, incluso un activismo agresivo, pero también con una reactivación de la ideología antifascista, recurriendo al culto de la resistencia anti nazi. En Francia, por ejemplo, por medio de Dominique Grange, cantando se proclamaban como «nuevos partisanos, francotiradores de la guerra de clases», celebrando así una adhesión a las posiciones de reformismo armado.

No analizaré con detalle los numerosos grupos que, unas veces rivalizando, otras veces en busca de unidad, marcaron esos años de «sueños y pólvora» desde su «irresistible ascenso» hasta el reflujo del «prurito revolucionario» y del fracaso de la teoría frentista de los «tres mundos» en el origen de la escisión chino albanesa y de sus incondicionales respectivos.

Más o menos, todas las corrientes que se reclaman del marxismo leninismo y del maoísmo, cualquiera que fuesen las denominaciones que se atribuyeran los unos a los otros (neo revisionistas, espontaneístas, anarcosindicalistas, intelectuales pequeñoburgueses) o sus divergencias respecto a la concepción del partido, de la historia del movimiento obrero..., pueden ser todos calificados como más o menos estalinistas, reivindicándose todos de la Tercera Internacional. Su radicalismo verbal y su activismo violento derivan de impaciencia por cambiar las cosas y del entusiasmo suscitado por la «gran revolución cultural proletaria China» y mayo del 68.

Los enfrentamientos en China nos aparecían como un nuevo Octubre en las condiciones del socialismo para evitar, por medio del llamamiento a las masas, la degeneración burocrática del partido y, consecuentemente, la restauración del capitalismo como en Unión Soviética y en sus territorios vasallos, y permitir de este modo un salto cualitativo hacia el «comunismo». Incluso se vio a trotskistas saludar, en sus inicios, a la «gran revolución cultural proletaria China». Cada vez más, militantes trotskistas y maoístas manifestaron los unos al lado de los otros su apoyo al FNL vietnamita, unidos para condenar el pacifismo, propio de balantes, del PC ortodoxo y otros reformistas.

Lo que sin duda unía a esos jóvenes rebeldes, que éramos nosotros, eran los aspectos anti autoritarios contra organizaciones esclerosadas que sustituían a las masas y sus necesidades, así como la necesidad imperiosa que sentían de abolir el capitalismo. Cegados y seducidos por consignas como «fuego al cuartel general de la burguesía en el seno del partido» uno se negaba a ver que el Stalin chino manipulaba a los revolucionarios, enfrentados en grupos rivales de guardias rojos, para liquidar a sus adversarios y opositores tanto a su derecha como a su izquierda.

A pesar de que en esa época yo estaba convencido de que Mao contribuía al desarrollo del marxismo leninismo (que entonces asimilaba al proceso revolucionario), ya consideraba que en Bélgica colocarse bajo la autoridad de su pensamiento no podía limitarse a citar, en cualquier parte y a cada momentos, sus obras, como se hacia, para paliar nuestra incapacidad de restablecer la invarianza del comunismo, sino que hacia falta extraer las enseñanzas útiles para nuestra lucha. De la misma manera que me preocupaba, por constatar que tras las formulaciones a la china, había una falta de rigor marxista leninista en ciertos artículos de Pekín Información. Así, a modo de ejemplo, para los supuestos materialistas que éramos nosotros, nos ponía los pelos de punta (que uno finalmente había perdido) el aceptar que la cura de enfermos en China se debiera al milagroso remedio del pensamiento Mao Zedong (ver Pekín Información, número 51, 1967).

No fue sino con el paso del tiempo que las ilusiones se disiparon, principalmente con lecturas como El tigre de papel (7) y Revolución cultural en China Popular (8), que contribuyeron a desmitificar la aventura maoísta y su mística.

Mientras tanto, las críticas que yo dirigía a la prensa y a los métodos de mi organización, que perjuraba rechazando cualquier rectificación de lo que había preconizado, resultaron en vano y me valieron recelo y denigración por parte de la dirección de mi partido, que perdía la poca credibilidad adquirida con ocasión de la conferencia de La Louvière en 1967. A finales de 1968 yo me iba golpeando la puerta, sin embargo seguí durante un buen número de años, mariposeando en el ambiente marxista leninista en busca del grupo cuyas posiciones permitieran la reconstrucción del partido del proletariado.

Lo precedente explica, sin duda de modo incompleto, el rechazo o la crítica de las organizaciones existentes y la aparición de grupos izquierdistas, grupos cuya incapacidad para reapropiarse de las posiciones de clase le dio a la burguesía una nueva oportunidad de reforzar su dominio.

Señalemos que el retroceso del post mayo de 1968 y el hecho de la reorganización del estado en China significaron el declive del izquierdismo, a través de la huída hacia delante de la aventura del «reformismo armado», calificado por la burguesía de «terrorismo» para encubrir su propio terror.

Sólo el PTB (ex AMADA-TPO) se mantendrá al precio de un oportunismo a todo trapo, después de haber fagocitado los residuos marxistas leninistas y haberse servido de organizaciones de masas como correas de transmisión para sus ambiciones políticas. En cuanto a su participación en las elecciones, ese grupo practicaba ya en ese tiempo el reclutamiento para sus listas, y con la ayuda de no importa quien, para obtener el mayor número de candidatos y afanar votos ¡qué llego hasta, incluso, calificar de comunistas!

Todos esos grupos izquierdistas (los dos PCMLB, AMADA-TPO-PTB, y también AC, UCMLB, La Palabra del Pueblo, OC, L’Etincelle –La Chispa-, LC, PCR, CCB...) se caracterizan por el seguidismo de las posiciones chinas y/o albanesas. Todos, críticos o no del periodo estalinista, se reclaman de la Tercera Internacional, incluso si algunos (UCMLB y AMADA) llegan hasta a negar la existencia de un partido comunista en Bélgica antes de su propia aparición. Subrayemos en desorden cronológico algunas de esas posiciones:

- Condena de las dos superpotencias que se reparten el mundo y sobre todo de la Unión Soviética, la más agresiva de las dos, de ahí la invención china (9) de la teoría de los tres mundos (alianza del «tercer mundo» y de los países europeos contra las dos superpotencias), que será una de las causas del cisma chino albanés.

- El llamado «tercer mundo» se encuentra en ebullición y las luchas de liberación nacional abren el camino a la revolución socialista.

- La lucha de clases contra una «democracia en camino de fascistización» tiene que radicalizarse.

- Defensa de la independencia nacional y de la democracia, antifascismo.

- Hay que vincularse a la clase obrera e instalarse en las fábricas («proletarización» de los intelectuales y estudiantes por parte «del establecimiento», por parte del sistema).

- Sobre el problema sindical, coexistirán posiciones que aspiran a crear una oposición revolucionaria en los sindicatos o intervenir en los mismos sin buscar recuperarlos o aún proponer practicar un sindicalismo revolucionario dentro o fuera de los sindicatos amarillos. En cuanto el PTB, que se llamaba en sus inicios AMADA-TPO, se presentaba como la organización de los comités de lucha, consideraba a los aparatos sindicales como integrados al estado y representaba a los delegados con aspecto de cerdos con brazaletes FGTB-CSC. Esta posición antisindical fue rechazada luego, por considerarse «ultraizquierdista» y los comités de lucha tachados de «anarquistas». Actualmente trata de regenerar el aparato sindical apoyando a los delegados «combativos» y a los miembros permanentes «buenos».

- Participación condicional en las elecciones, pero no al rechazo de principio.

A propósito de las aspiraciones socio nacionales de China y Albania, incluso de su chovinismo ultranacional (por ejemplo: defensa de sus intereses nacionales en detrimento de los del proletariado mundial y de sus luchas locales parciales), no hay que extrañarse si las mismas encontraron algunos ecos de simpatía en la extrema derecha, entre los adeptos «rojipardos» de un nacional socialismo revolucionario, de ahí los calificativos de nuevos nacional bolcheviques o nazis maos. A tal punto que hasta hubo algunos intentos de infiltración de grupos marxistas leninistas por parte de esos neo nazis. (10)

El credo de los marxistas leninistas era: hacer un análisis concreto de la situación concreta para determinar la línea. Y he aquí la puerta abierta para justificar todos los virajes oportunistas y negar los principios invariantes del comunismo: abolición del trabajo asalariado y de la democracia; internacionalismo y derrotismo revolucionario contra todo nacionalismo y toda defensa nacional; dictadura del proletariado contra el valor; contra el estado cualquiera que sea la forma que adopte.

Organizaciones como la UCMLB o el PCMLB intentan encubrir su anti comunismo cuando pretenden conciliar la autonomía del proletariado contra la burguesía con «un frente por la independencia nacional contra las dos superpotencias». AMADA (transformado en PTB en 1979 y que sostiene ser el nuevo partido comunista de masas) por lo que a él se refiere incluso ni se toma ya ese trabajo. En 1976, en el cuadro de la alianza contra Estados Unidos y sobre todo contra la Unión Soviética, llamaba a reforzar la defensa nacional por medio del armamento generalizado de los obreros y trabajadores así como a la disolución de la policía, conduciendo paralelamente la lucha contra la burguesía por una «democracia popular» (¡siendo la dictadura democrática popular una etapa previa a la dictadura del proletariado!). Para AMADA dominaban los factores de guerra y no los favorables a la revolución. En el curso de esta etapa de «democracia popular», las empresas de la «Bélgica patriota» no debían ser expropiadas, a fin de concentrar todos los golpes contra el social imperialismo ruso! Como diversión anti comunista, ¡¿quien puede ir más lejos?!

Creo no exagerar en la lectura «psicológica» de la formación de sus jefes atribuyendo la aptitud de los dirigentes de AMADA-PTB para los virajes políticos de 180º sin autocrítica, a la formación adquirida en colegios y universidades católicas donde integraron con provecho el sentido de la adaptación a las eventualidades y el del proselitismo.

Lo que todas esas organizaciones tienen en común, fuera los que fueren sus nombres o sus divergencias, son los cambios de línea política según la conveniencia del contexto y, sobre todo, en función de su alineación con uno u otro partido padre del momento.

Para los marxistas leninistas, el socialismo es en realidad una etapa transitoria en que la dictadura del proletariado no suprime ni el trabajo asalariado ni el estado, pero refuerza el aparato de este último que es lo que está en juego en la lucha por el poder. Dicho de otro modo, el comunismo es aplazado a las calendas griegas. Jamás se trata de suprimir el valor de cambio, ni en el socialismo, ni en el comunismo.

Para los marxistas leninistas, solamente las contradicciones inter imperialistas conducen a la guerra; no conciben que todos los estados capitalistas son imperialistas y que fundamentalmente el imperialismo como «estadio supremo» del capitalismo no cambia nada a la contradicción entre burguesía y proletariado. Esta contradicción, que ellos califican de «principal», con respecto a las contradicciones «secundarias» con las que ellos justifican sus alianzas oportunistas y su abandono en la práctica de la lucha del proletariado por el comunismo. Cuando la burguesía entra en guerra, destruye la superproducción y las fuerzas de trabajo sobrantes de los tiempos de «paz» se ven forzadas a oponerse al sistema para sobrevivir y emanciparse (siendo valorización y desvalorización del capital los dos aspectos del desarrollo del valor).

El «estadio imperialista» en la práctica arrumba la presunta contradicción principal entre proletariado y burguesía, cuya eliminación debiera ser la obra exclusiva de los «comunistas». Los marxistas leninistas tienen una concepción sociológica de la clase obrera; sólo los elementos que se encuentran en el origen de la producción material están considerados como parte integrante de aquélla. Los empleados poco calificados constituyen un «semiproletariado», la pequeña burguesía y los intelectuales son «posibles aliados». Por el contrario, para el comunismo, el proletariado está compuesto por diferentes capas de asalariados que están obligados a vender su fuerza de trabajo, producen plusvalía o contribuyen a producirla, pero que no sólo se constituyen en proletariado a través de la lucha por su emancipación.

 

En cuanto a su funcionamiento interno, todos esos grupos izquierdistas se refieren al centralismo democrático: sumisión servil a la línea y a la jerarquía de la organización y, en caso de discrepancia y de rechazo de la autocrítica, la expulsión por traidor, renegado y enemigo de clase, a no ser que se tome la delantera y se abandone la organización. Nada de poner en tela de juicio ni de hacer análisis de los errores, subjetivismo y triunfalismo, mala voluntad o mejor ojeriza y espíritu de inquisitorial. El partido, que tiene siempre razón, es concebido como una organización externa a la clase, a la cual tiene por tanto que vincularse para aportarle el conocimiento y mostrarle el camino de la revolución, pues la clase es incapaz de superar su espontaneísmo y sus reivindicaciones «inmediatas». El militante es un soldado de tipo religioso que debe dar pruebas de voluntarismo; en tanto que individuo no se pertenece más y se convierte en un engranaje de la organización que pone por delante el activismo a la formación. La insuficiencia de esto último justifica, en cada ocasión, los fracasos y las desviaciones de la línea siempre justa. En pocas palabras un buen camarada fiel y obediente. ¡Amén!

Ya sea con Jacques Grippa o con Fernand Lefévbre, los dirigentes respectivos del PCB bis y del PCMLB ilustran su concepción del centralismo democrático, despreciando, ellos mismos, esas consignas frente a sus propias tropas, o incluso autorizándose a transmitir informaciones internas del partido a elementos externos al mismo, cuando aquéllas son ocultadas a los miembros de la organización. Mucho apostaría a que la vaca más sagrada del PTB, Ludo Martens, lleva a cabo prácticas similares.

 

Haré algunas consideraciones más antes de cerrar este periodo del que salí con una depresión tan honda como lo habían sido mi euforia y entusiasmo.

El marxismo leninismo: infalible como la biblia

 

La ausencia de principios programáticos es la característica fundamental del leninismo. Todo está justificado por la «sacrosanta táctica», lo que hace prácticamente imposible toda discusión sobre la más mínima incoherencia de su «programa». A semejanza de los curas que aseguran muy tautológicamente que la existencia de Dios se descubre teniendo Fe en su existencia, el credo marxista leninista propone el seguidismo dócil de los zigzagueos políticos de Su Santísima Organización y la estúpida repetición de las explicaciones de sus incomprensibles cambios de rumbo, como medio para acceder a la Fe leninista. La justificación «táctica» hace las veces entonces de programa, el deporte favorito de los marxistas leninistas consistente en fabricar esos kilómetros de explicaciones políticas incoherentes a las que nos tienen acostumbrados, una literatura tan sofocante como abundante que lo explica todo y su contrario. Los estalinistas, por ejemplo, pueden perfectamente haber denunciado un día a los fascistas, luego haberse aliado con ellos al día siguiente y desmarcarse de nuevo algo más tarde; todo eso se justifica rápidamente por la ciencia de las «decisiones tácticas». De la misma manera, los socialdemócratas presentados ayer como terribles «socialfascistas» con los cuales no puede pactarse, inmediatamente después se transforman en respetables compañeros con los que construir el frente popular. Inútil intentar convencer a un estalinista de que defiende exactamente lo contrario de lo que defendía la víspera; os elogiará el genio de las disposiciones tácticas de su organización, capaz de cambiar de «línea política según la oportunidad del contexto». ¡Es infalible como la biblia!
Una manera interesante de observar (y de denunciar) este método es discutir sobre el propio Lenin (o sobre cualquier otro «héroe proletario» embalsamado por el marxismo leninismo). Desde el punto de vista del comunismo, el llamamiento derrotista revolucionario de Lenin a «volver los fusiles contra sus oficiales» en 1916 se sitúa en el campo de la lucha histórica del proletariado contra todas las patrias, mientras que su rechazó a seguir al guerra revolucionaria en 1918 y los pactos que firma con los generales alemanes expresan sin duda una posición histórica de la contrarrevolución. Es el mismo Lenin que ha tomado estas posturas, pero son programáticamente tan antagónicas como el hecho de defender o no defender la explotación capitalista. Para los leninistas, por el contrario, derrotismo revolucionario o acción patriótica, la totalidad es santificada en nombre de «la inteligencia genial de las intuiciones tácticas» de Lenin. De modo más global, los llamamientos proletarios a transformar la guerra imperialista en guerra revolucionaria son asimilados sin complejos a la firma de una paz separada con Alemania, a la NEP, a la militarización del trabajo, a la represión de los revolucionarios de Ucrania o de Kronstadt, en resumen, a todas las acciones que Lenin dirigió contra el proletariado para reconstruir en Rusia el estado capitalista. En vez de afirmar que se trata en un caso de una posición de clase, y, en todos los otros, de posturas simple y llanamente contrarrevolucionarias, el marxismo leninismo justifica el conjunto de las posiciones de Lenin como fruto de su «genio táctico». Cuanto más se manifieste el antagonismo entre revolución y contrarrevolución en la distancia, separando una toma de posición de otra, más aclamarán los marxistas leninistas «una increíble habilidad en cambiar de táctica en el momento preciso». La tautología de los métodos de explicación religiosos decididamente no tienen fallos.
De modo más marginal, y porque toda religión halla su religión contraria, todavía hay que poner de relieve que el antileninismo vulgar defenderá, «lo exactamente opuesto» de los marxistas leninistas, es decir lo mismo desde un punto de vista metodológico. Para proseguir con el ejemplo de la persona Lenin, hasta cuando este defenderá excepcionalmente una posición comunista, llamando a la insurrección o formulando la necesidad de destruir el estado, pongamos por caso, los antileninistas invalidarán aquélla tomando como punto de partida el presupuesto religioso inverso: puesto que Lenin ha llegado a ocupar el estado y a defender el desarrollo capitalista, las posiciones correctas que pudo adoptar antes no pueden ser más que engaños contrarrevolucionarios con la finalidad de ocultar su verdadera intención: desarrollar el capitalismo en Rusia. Los antileninistas producen la misma religión metodológica en torno a la cuestión de «la táctica». También ellos definen los cambios de posición de Lenin como la manifestación de una conducta perfectamente coherente y anudan sus sucesivas modificaciones programáticas a una acción lógica y resuelta, construida de cabo a rabo por un genio de la maniobra. Lo único que les diferencia de sus alter ego leninistas es que ven en Lenin el genio del mal, allí donde los marxistas leninistas lo han erigido en un genio del bien. Pero ni unos ni otros son capaces de definir la línea de demarcación que separa políticamente los proyectos sociales respectivos del proletariado y de la burguesía. Cegados por la imagen de Lenin, aún alcanzan menos a definir quien, del lado del proletariado o del de la burguesía, se encuentra detrás de esa o aquella posición puntual formulada en el curso del enfrentamiento entre las fuerzas revolucionarias y las contrarrevolucionarias.

 

La primera se refiere a la formación política. Fue prácticamente nula; cuando entré en la UNEC recibí algunas nociones básicas. La escisión de 1963 me obligó a leer documentos procedentes de los campos soviéticos y chino, además de la lectura frecuente del semanario grippista La voix du peuple (la voz del pueblo), porque el activismo dejaba poco lugar para el estudio. Dejando aparte la existencia del trotskismo, yo ignoraba evidentemente todo lo relacionado con la izquierda comunista. Lo que en la época me fascinaba era la historia de las luchas antifascistas (España 1940-1945), luego la historia del partido en Bélgica (casi no había escritos) y en Francia, pero también la de Albania, por su lucha de liberación nacional y su construcción del socialismo como «fortaleza cercada por el capitalismo».

Con el movimiento maoísta, mi interés también abarcó la experiencia china. Además de la lectura de la prensa de mi organización en la cual colaboraba de vez en cuando, leía asiduamente a «clásicos» del marxismo leninismo: Lenin, Stalin, Mao, Enver Hoxha y naturalmente el Manifiesto del partido comunista; Salario, precio y ganancia; El imperialismo, estadio supremo del capitalismo; El estado y la revolución; y, por supuesto, «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo», más algunas otras obras de orden didáctico sobre la dialéctica y la filosofía materialista (Las leyes fundamentales de la economía capitalista, de Baby o, incluso, Principios elementales de filosofía, de Georges Politzar), etcétera.

En realidad, mucho más tarde, después de numerosas lecturas y encuentros, debido al azar de las circunstancias y de la depresión y la resignación (toda abjuración estaba excluida), tomé conciencia que mi militancia se encontraba sustentada en una reflexión ideológica que descansaba en una comprensión desfigurada de los escritos de Marx. Hacía mía una interpretación vulgar de la obra de Marx, reduciendo, por desconocimiento del conjunto de su concepción y el carácter unitario de su obra, a lo que habían sido las formas de presentarla: una simple ciencia histórica, una teoría sociológica o incluso una doctrina «económica». Esa ausencia de visión global era lo que justificaba, a base de citas de sus escritos, estrategias y tácticas contrarrevolucionarias, cuando se trataba de una totalidad subversiva.

Si ahondo un poco en ese tipo de compromisos, tengo que constatar que, intentando adoptar el contrapié del egoísmo y mezquindad vulgar pequeñoburguesa, adherí a una concepción de tipo religioso, expiatorio. Militar por la causa significaba el olvido de uno mismo, la desaparición de su subjetividad en nombre de la emancipación colectiva y de abstracciones (clase, partido, proletariado) sin comprender su interacción dialéctica, puesto que se trataba de conquistar la plenitud de cada uno a fin de llevar a término la de todos. Hacer surgir en cada uno de nosotros su humanidad hoy enajenada, liberar nuestra vida de los obstáculos, para su pleno desarrollo, implica evidentemente la abolición del capitalismo. Pero lo que quiero decir es que la sociedad no es más que la representación de las relaciones humanas, de la misma manera que el hombre es la abstracción de los seres vivos. En ese sentido entiendo que el Hombre, con «H» mayúscula, en el sentido de «derechos del hombre», no es otra cosa que una ficción que no tiene en cuenta los seres vivos (los hombres) pertenecientes a clases antagónicas (burguesía-proletariado) que se hacen la competencia (trabajadores-parados)... Son estos últimos los que cuentan y hay que partir de ellos.

 

Parafraseando al filósofo Michel Henry, yo diría que a imitación de la materia y del espíritu, hombre y sociedad no se oponen como dos términos en sí contrarios, sino que sólo se oponen en la unidad de una misma esencia, en la unidad de la abstracción. Esos dos términos son distintos y forman una unidad. En aquel entonces, mi reflexión estaba guiada por conceptos sociales y económicos en tanto que categorías abstractas, cuando debiera haber estado guiada por los individuos vivos, su práctica social y sus intereses comunes. Por eso el interés por el otro, escucharle, sólo tenía real importancia en la medida en que era susceptible que compartiese la misma finalidad. Organizarse implicaba «el sacrificio del individuo por la causa trascendente del socialismo» (Alain Bihr). Nada que ver (ni lo uno ni lo otro, de otra parte...) con la lucha por el asociacionismo proletario. Yo pasaba del activismo empírico a su contrario, el intelectualismo, en lugar de elevarme de lo concreto a lo abstracto, de lo particular a lo general.

El estalinismo se justificaba en nombre del realismo y de la eficacia, cuando en la realidad pisoteaba nuestra subjetividad, nuestro componente irracional que aporta intuición e imaginación. Poner por delante de la intuición a la razón proviene de un proceso reductor, pues el pensamiento, como medio de expresión de nuestra humanidad, es al mismo tiempo manifestación racional e intuitiva. Intelecto y sensibilidad son idénticos en su esencia. En efecto, nosotros no conocemos la realidad objetiva exterior como si esta se reflejase tal cual, mecánicamente en nuestro cerebro, sino como resultado de un proceso de construcción a partir de nuestras percepciones. Para llegar ahí hizo falta romper con el Lenin filósofo y su «empirocriticismo», cosa que la lectura de los escritos de A. Pannekoek (11) me permitió hacer. Digamos a propósito de esto que los textos de la izquierda comunista no estaban de ninguna manera puestos en el índice, sino que sencillamente se los ignoraba como inexistentes. La contrarrevolución burguesa (de derecha o de izquierda) es de una eficacia pavorosa.

Yo había entrado, por lo tanto, en política como otros entran en religión. Mis emblemas eran el martillo y la hoz, como la espada y el crucifijo eran las armas de los cruzados y los misioneros. Creía ver en los regímenes capitalistas fuertemente estatizados de los países del Este un estadio socialista, preparatorio a la edificación del proyecto comunista. Nosotros no éramos los compañeros de K. Marx, sino los de Hegel y Ludwig Feuerbach. Por lo tanto me sumergía en los escritos de «Charlie» (12) pero también abordaba los de W. Reich y del «camarada vitamina» M. Bakunin, el primero interpretado por los estalinistas y los otros dos vilipendiados y despreciados.

 

En cuanto a mi motivación y mi implicación no muy fuerte con los revisionistas (de otra parte nada en ellos resultaba estimulante), lo fue mucho más con los grippistas, que eran los militantes más dinámicos, los que se habían escindido y cuyo pasado de dirigentes, de «partisanos armados», de veteranos del partido, me infundía respeto, me subyugaba. La organización grippista había desarrollado mi sentimiento muy fuerte de pertenencia y de real solidaridad en la lucha diaria y frente a la represión, pero el rechazo era de la misma índole: todo o nada. No he vuelto a encontrar este ambiente en las dos organizaciones izquierdistas ulteriores. Demasiado poco cuidadosos de la seguridad, dejando de lado a la familia, el otro sólo interesaba más en la medida en que podía servir a «la causa». Nuestro análisis, que quería ser un análisis concreto de la realidad concreta, en realidad no era más que un calco de nuestros prejuicios ideológicos a propósito de esa realidad. Actualmente me resulta claro que si, a continuación de circunstancias históricas diferentes, hubiésemos tenido que participar en el poder, o bien, como todos los estalinistas, hubiéramos colaborado en la represión, o bien hubiésemos sido liquidados por oposición a la línea. Afortunadamente sólo conocí el espíritu de camarilla, la desconfianza por ausencia de servilismo o por divergencias de opinión y por eso me fui, dando un portazo, cuando el diálogo se convirtió en imposible, negándome en los hechos a entrar en el juego de las autocríticas fingidas o a intentar formar fracciones condenadas a la liquidación. En una organización seudo comunista, o que degenera, uno o se somete o se da de baja; es la lección que yo saco de ahí. De aquí procede mi desconfianza de todo lo que es partido formal.

Con relación al revisionismo kruschevista y al radicalismo grippista, lo que el maoísmo y mayo del 68 han aportado, para reafirmar nuestra motivación militante y nuestro entusiasmo activista, es el hecho que aquí no se trataba tan sólo de mejorar las condiciones materiales de la clase obrera, de «revolucionar» el sistema permaneciendo en la lógica de la economía mercantil, sino de crear un hombre nuevo en un mundo nuevo. Sin embargo, para ello, y con toda la buena fe, nos metimos en atolladeros sin futuro.

«¿Qué hacer?» ¡Cuando todo desaparece!

En primer lugar, reponer la salud, acercarse a los suyos, que se habían dejado de lado, y a otros que sólo interesaban en la medida en que podían ser útiles a «la causa». Sin embargo yo estaba contento por no haberme descolgado por completo de la realidad, mi trabajo asalariado y mi función de sindicalista me la recordaban a diario. Si el trabajo no era otra cosa que una necesidad alimentaria, el hecho de convertirme en delegado de base me fue impuesto por los acontecimientos: o me protegía o les decía que me despidieran por no tener el perfil de joven cuadro dinámico exigido por el empresario. Arrojándome a la militancia sindical, hallaba la oportunidad de concretar mi compromiso izquierdista, lo que me valió la reprobación, no sólo del patrón, sino también del aparato sindical y, al final, el aislamiento y al impresión de no haber servido para nada; ¡en pocas palabras, de ser una mierda! Es sabido que esta situación ha llevado a más de un camarada al suicidio o a marchas atrás que hacen dudar de la sinceridad de su compromiso.

He tenido que hacer balance para comprender que en lo que estaba equivocado no era con respecto al fin a alcanzar, sino en cuanto a los medios para llegar a él. Lo que me ayudó mucho fue volver sobre la historia del movimiento comunista e igualmente la lectura de los itinerarios individuales de militantes que rompieron con el estalinismo pero que, a lo mejor, volvían al redil reformista, y cuya marcha atrás me angustiaba, haciéndome vislumbrar que no había otra salida. ¡En tal caso es mejor dedicarme a cuidar mi chacrita que seguir ese mismo camino!

Como señalé más arriba, los encuentros casuales me hicieron dar un paso cualitativo permitiéndome tomar conocimiento de experiencias como las de Ciliga, Valtin, Makhno, la izquierda comunista (KAPD...), pero también estudiar las posiciones de la ultraizquierda, las rupturas de clase en el seno del anarquismo, descalificadas tanto a derecha como a izquierda, en resumen reconstruir una memoria obrera oscurecida por cuarenta años de contrarrevolución. El proceso del conocimiento es largo y las rupturas de clase son penosas, como toda puesta en tela de juicio verdadero. Uno se cura, uno sale de eso reforzado, pero las cicatrices permanecen. Acaba de hablar de «azar», pero hubiese podido hablar, como al principio de este trabajo, de «determinismo», porque sean cuales sean los yerros, la realidad del capital y de su sociedad de mierda está ahí para reavivar nuestro odio de clase.

 

Sin embargo intenté profundizar un poco en las dificultades halladas en ese proceso de rupturas, sobre todo tras haber abandonado el territorio estalinista izquierdista, cuando buscaba mi camino en un espacio de no man’s land mental.

Tomar distancia con la militancia izquierdista era una operación saludable, incluso si esto hacía daño con respecto a la energía perdida. Pero superar el vacío, que corría el peligro de que se alojase en mí, era mucho más preocupante. En cuanto a echar abajo los restos de la ideología, carente de interés, que aún tenía bajo la gorra, eso era angustioso: miedo a tirar al niño con el agua sucia, miedo al vacío. En efecto, ¿cómo convencerme de que Mao, Hodja, Stalin o Hitler eran a fin de cuentas lobos de la misma camada? ¿Cómo reconocer, sin sentirme insultado, que me había unido objetivamente a las filas de un fascismo rojo? En primer lugar era necesario abandonar el terreno de lo emotivo, liberarme del pasado y de alguna manera «volver a mis raíces profundas».

Este aseo, propio de animales, fue tanto menos impecable cuanto que, en primer lugar, me hizo falta remojarme en las aguas turbias de eso que algunos llaman el «medio revolucionario» europeo. Para ir a lo esencial, y por razones de claridad y de síntesis, enumeraré, aquí, los principales puntos programáticos con lo que me hacia falta romper para reencontrar el hilo rojo y desarrollar las posiciones de clase.

1. La concepción leninista de partido: sustitucionismo y separación entre organización política y económica de clase.

2. El eurocentrismo: sobrestimación de las luchas obreras reivindicativas y de la capacidad revolucionaria del proletariado de los países occidentales y, paralelamente, subestimación del proletariado de los «países periféricos del capitalismo», presuntamente incapaz «de abrir la dinámica de la revolución mundial» (ver Revolution International número 45, CCI, 1986).

3. La teoría de la decadencia del capitalismo, teoría que opina que el capitalismo en su fase ascendente permitía la lucha obrera por conseguir reformas en el marco del sistema y hacia posible en el seno del movimiento obrero la existencia de corrientes «ni verdaderamente burguesas, ni verdaderamente revolucionarias» (ver Revolution International número 44, CCI, 1986). Esta postura deja la puerta abierta a la justificación de las alianzas interclasistas en detrimento de la autonomía del proletariado. A la inversa, y siempre según esta teoría, desde que el capitalismo ha entrado en decadencia «la obtención de reformas y de éxitos inmediatos, sin lucha por la revolución, ya no existe». En realidad, ésta concepción busca dar fundamento a diversas aspiraciones reformistas. Se trata, en primer lugar, de dar cuerpo a la opinión según la cual la burguesía pudo ser en su día un partido de progreso para el propio proletariado y que, en consecuencia, éste podía asociarse a aquélla (en la defensa nacional, por ejemplo: Revolution International números 49, 77, 78, CCI, 1987 y 1944). Se trata, seguidamente, de justificar la pretensión del reformismo de ser un factor de «evolución pacífica», cuando la paz entre los estados no supone jamás que el capital detenga su guerra contra el proletariado. En fin se trata de avalar la idea que la socialdemocracia, que ha cohibido la organización del movimiento obrero, solamente ha «traicionado» los intereses del proletariado, y que consecuentemente, a pesar de la experiencia histórica del proletariado, era justo intentar la reconquista de ese mismo partido socialdemócrata «traidor» por un trabajo opositor de fracción. Esta teoría niega de hecho la invarianza del programa comunista.

4. Una concepción idealista del proletariado que lleva a grupos como la CCI a considerar acciones violentas espontáneas, como el saqueo de almacenes (ya sea en Ámsterdam en 1848 o en Argentina hace poco) como «el hecho de un auténtico lumpenproletariado cuyas acciones desesperadas eran ajenas a un proletariado vuelto consciente y organizado» (ver Revolution International número 45, CCI, 1986). Este idealismo explica sin duda el hecho de que no captan de que manera la lucha de clases cruza todos los componentes sociales, ya se trate del lumpenproletariado, ya del campesinado o de la anarquía. Es en la práctica que se ve quien defiende posiciones de clase. Es siempre esa misma posición centrista la que está en el origen de la ceguera respecto a la revuelta proletaria en Irak, porque «la clase obrera allí es minoritaria, ahogada en una población agrícola o semimarginada en las barriadas» (Revolution International número 65, CCI, 1991) y sólo puede ser calificada como «insurrección de las poblaciones chiítas del sur de Irak» (Revolution International número 71, CCI, 1992).

5. El antianarquismo y el pro radicalismo socialdemócrata. Decadentismo, idealismo, izquierdismo reformista, también conducen a ese tipo de organización a tomar por dinero en efectivo los errores del campo «marxista» de la Primera Internacional, a condenar unilateralmente a los bakuninistas como agentes provocadores al servicio de la burguesía (Revolution International número 85, CCI, 1996). Esto apesta a represión leninista estalinista. Va de lo mismo la condena global, según la enseñanza de Engels, de los «ultrarradicales», es decir de los antisocialdemócratas de ayer y de hoy y, en cambio, la aprobación de concesiones hechas por los oportunistas reformistas socialdemócratas de la Segunda Internacional, incluso por sus sucesores centristas espartaquistas y kapedistas indudablemente. Y esto so pretexto de que las concesiones no están desprovistas de «críticas auténticas que tienen que ser hechas a las prácticas y teorías de los partidos socialistas» de la época dado que «proviene de dentro del movimiento obrero» lo cual no puede ser el caso de los «híper ultra radicales anarquistas al estilo GCI o Wild-Cat» (Revolution International número 84, CCI, 1996).

6. La subestimación del internacionalismo proletario y de la revolución mundial, por ejemplo, justificando la paz de Brest-Litovsk como un «paso atrás» necesario, cuando en realidad la ola revolucionaria todavía se propagaba y que, como lo han demostrado los hechos en Rusia, en Alemania (marzo de 1920 en el Ruhr) y más tarde en España, el proletariado tiene la seguridad de perder cuando pierde la iniciativa y renuncia a la ofensiva.

7. La posición de esos grupos frente al estado es que sostienen la necesidad de un estado durante el periodo de transición, que sería distinto de la dictadura del proletariado, cuando sólo dicha dictadura puede de abolir no solamente el trabajo asalariado sino todo estado a fin de impedir toda vuelta atrás. La revolución social no es un golpe de estado, sino la realización en marcha de la emancipación de la humanidad por la del proletariado. No hay ningún pretexto para restablecer el estado, como cuerpo burocrático amputado de la vida, represivo, so pena de reeditar, a otra escala, lo que pasó con la Unión Soviética.

8. El concepto «trabajo». Encadenar el hombre al trabajo constata una concepción sacrificial y religiosa, propia de la socialdemocracia y del izquierdismo. La reivindicación de su abolición (que concreta cada vez más el desarrollo de las tecnologías y el crecimiento de las fuerzas productivas) es considerado como «típica de la pequeña burguesía que se desintegra y elementos desclasados» (Revolution International número 86, CCI, 1996). Cuando uno se reclama del comunismo y de las contribuciones subversivas de Marx debería saber que la Gemeinwesen (comunidad humana, NDR) pone fin a la división trabajo-tiempo libre por la negación que hace de ésta la actividad humana.

9. La incomprensión del hecho de que la democracia, ya sea liberal o totalitaria, muestra, en cualquiera de sus apariencias, la dictadura del capital.

En conclusión, si al principio el llamado «medio revolucionario» me permitió descubrir aspectos de la historia del movimiento obrero escondidos por mi pasado (como, de otra parte, pero a otro nivel, las tesis situacionistas y las de ciertos grupos calificados de «modernistas» vinieron a enriquecer mi reflexión crítica), el análisis y la discusión me revelaron que detrás de su interpretación tendenciosa del movimiento obrero, más particularmente de la revolución alemana, ese medio vehícula, en nombre de la continuidad, todas las escorias heredadas de la vieja socialdemocracia, siendo incapaz de una saludable ruptura radical. Por eso no hace más que mantener, de este modo, la confusión en las filas de la revolución.

 

Me es forzoso reconocer que la cuestión sindical fue una especie de último baluarte de mis concepciones marxistas leninistas, por el hecho que el sindicalismo era al mismo tiempo mi terreno de militancia y lo que me permitía subsistir. A pesar de estar convencido de la integración de las estructuras sindicales en el sistema capitalista y del clientelismo de muchos de sus militantes, todavía durante cierto tiempo yo continuaba persuadido que hacia falta enfrentarse a esa realidad para transformarla desde dentro, porque era allí adonde se encontraban los trabajadores un poco organizados, y que a través de las luchas reivindicativas algunos podían ser ganados a la causa de la revolución. Contra los sindicatos, sí, hacia afuera, sí, pero también hacia dentro, yo pensaba, so pena de aislamiento, de marginación. Ahora bien, toda la experiencia histórica del proletariado enseña, con evidencia, que desde dentro uno no revoluciona una organización burguesa: uno se somete (supervivencia obliga, la tentación kamikaze o estilo crucificado, no, gracias...) o uno dimite (si se tiene los medios o la fuerza). Además compartía esta concepción leninista que hace de los sindicatos escenarios de organizaciones de luchas tan sólo económicas y reivindicativas, simples correas de transmisión del partido que aporta, él, la ciencia de la conquista del poder, concepción reformista que ratifica la separación de la lucha económica y la política.

Por otra parte, para sobrevivir profesionalmente, estaba obligado a invertirme sindicalmente al 100% y pasar a ser en los hechos un sindicalista permanente de empresa. Mi manera de ser (rechazo de la sumisión servil, espíritu crítico) reforzada por tomas de posición izquierdistas me valieron a la vez la hostilidad de la patronal y la de los bonzos sindicales, a cuyos ojos, no obstante, yo servía de garantía de izquierda perfectamente útil para perpetuar la imagen de su sindicalismo, como «agente de la transformación de la sociedad y preocupado por satisfacer las justas reivindicaciones de los trabajadores».

Pero también éste último «esquema» terminó por derrumbarse.

Profundicemos, aunque sea un poco, en esta aproximación crítica que se desarrolló con el tiempo.

Es incuestionable que sindicatos y sindicalismo se han revelado en la práctica, y desde sus comienzos, como organizaciones destinadas a vaciar de su ser clasista a las primera asociaciones obreras (que no denomino «sindicatos» para evitar toda confusión de términos) en lucha contra el capital y encuadrarlas bajo la bandera del reformismo, a pesar de efímeras veleidades contestatarias contra el sistema. Tal es, en todo caso, la situación en Bélgica, adonde el nacimiento de asociaciones estables de lucha de clase advino más tardíamente que en otras partes y que la Comisión Sindical de 1898 es una creación del POB de mayoría reformista.

El sindicalismo y sus estructuras en la actualidad, y desde hace tiempo, son parte del aparato del estado. Por esta razón tiene una doble función:

1. Una función policial, que consiste en desviar, por la disuasión o por la represión (chantaje, amenazas, exclusión), al proletariado de su necesaria autonomía de acción revolucionaria.

2. Una función de gestor de la economía capitalista por la obtención de reformas que, bajo pretexto de transformar la sociedad en sentido progresista, no hacen más que convertir en perenne el sistema de explotación y alineación, haciéndolo aceptar al proletariado.

Su papel fundamental es por lo tanto negociar la venta de la fuerza de trabajo, no abolirla.

En esas condiciones, toda posición que apunta poco o mucho a presionar sobre el apartado para radicalizarlo o recuperarlo, toda actitud que tienda a empujar a los delegados combativos contra sus bonzos (y por lo tanto a forjar la ficción de un sindicalismo de base eficaz y susceptible de derrotar a la burocracia), no puede más que perpetuar ilusiones, aislar, neutralizar y liquidar a los elementos subversivos.

En cuanto a la explicación leninista, justificando que hay que militar allí donde se encuentran las masas, considera equivocadamente que estas últimas son en sí un potencial revolucionario. En realidad, las masas de afiliados a sindicatos, incluso los delegados, se caracterizan actualmente por el seguidismo y el clientelismo. Y son estas características sindicales las que descargan todo su peso sobre las luchas o las reacciones de clase que estallan aquí y allí, y que, precisamente, si no se liberan del sindicalismo, acaban aisladas, sin futuro o ingenuamente se precipitan en la legalidad. Y las famosas masas, atrapadas en las redes del sindicalismo, no hacen, en tal caso, más que perpetuar la lobotomización de la memoria obrera emprendida por los reformistas, impidiendo toda conquista de una nueva autonomía de clase.

Entonces, ¡ «basta» (13) de aspirar a «conquistar a las masas» que se someten a estructuras cuyo objetivo es «desorganizarlas» y matar en ellas toda manifestación subversiva! ¡«Basta» de esa comprensión lloriqueante que, a pesar de todo, defiende que ante las agresiones patronales los sindicatos siguen siendo el último escudo de los trabajadores! ¡El sindicalismo reconforta a los trabajadores, sí, de la misma forma que la religión consuela a los pobres! ¡Prescindiendo de toda pompa, los sindicalistas están obligados a confesar, por fin, que su función se limita a convencer a los proletarios que para evitar dejarse entubar en seco es perentorio negociar con buena voluntad un suplemento de vaselina!

En definitiva, la realidad del buen delegado se reduce a ser, se quiera o no se quiera, una especie de asistente social relativamente protegido y el afiliado a un sindicato, un asegurado social a quien la cotización da derecho a unos servicios.

 

Qué concluir, ahora, sino que no basta con ser lúcido y lograr cierto nivel de ruptura, ni darse por satisfecho con no haberse dejado jamar por todos los que no consiguieron «meter mi rebelión en la tumba» (¡Gracias Renaud!) (14), ni tampoco con condenar este mundo, que es más repugnante que nunca, o con estar todavía persuadido, incluso si no será pasado mañana, que solamente depende del género humano que éste salga de su inhumanidad? Aún más es necesario hacer concordar su práctica social con su experiencia y saber teóricos so pena de retroceder.

Todavía hay que encontrar en uno mismo la fuerza para superar el peso del sistema y la desconfianza con respecto a todo colectivo en lucha, desconfianza, incluso rechazo, interiorizado por una excesivamente larga experiencia militante negativa. Pero esta fuerza esencial no es voluntarismo, no puede surgir y alimentarse más que a través de las luchas futuras, luchas que nos imponen, inevitablemente, el terror capitalista y el de sus lacayos, luchas que nos veremos forzados a encabezar si queremos (sobre) vivir.

 

ANEXO

A fin de permitir a los lectores orientarse en la profusión de grupos y grupúsculos citados, a la vez parecidos y diferentes, presento una descripción muy parcial y subjetiva. Primero va el nombre de la organización descrita y después, el nombre del periódico entre guiones y en cursiva.

PCB Partido Comunista de Bélgica (Le drapeau rouge, Bandera roja): fusión en 1921 del grupo comunista de War Van Overstraeten (en las posiciones de la izquierda comunista) y del grupo socialdemócrata de izquierda (Les Amis de l’Expoité, Amigos del Explotado) de Jacquemotte, bajo el impulso de la Tercera Internacional, y esto a pesar del rechazo inicial de los verdaderos comunistas belgas.
PCB Partido Comunista de Bélgica (La voie du peuple, La vía del pueblo): escisión grippista frente al revisionismo del PCB precedente. En diciembre de 1963, Grippa, su animador principal, declara reconstruir el partido a escala nacional sobre el fundamento del marxismo leninismo.
PCB(ML) Partido Comunista de Bélgica (Marxista Leninista) (L’exploité, El explotado): escisión del PCB La voie du peuple antigrippista y maoísta que tuvo lugar en junio de 1967, bajo el impulso de dirigentes de la Federación de Charleroi. Grupo obrerista tachado de «anarquista».
PC(ML)B Partido Comunista (Marxista Leninista) de Bélgica (Clarté, Claridad): escisión maoísta y antigrippista de la mayoría de militantes que ocurrió en octubre de 1967 y fue reconstituida como partido en noviembre de 1967, bajo el nombre de PCMLB. Calificado por otros grupos izquierdistas de grupo de L’exploité, con el que se reunificará en febrero de 1974, de «neorrevisionistas» por su arribismo, su línea oportunista y subjetiva. Conocerá escisiones: el grupo llamado Jeunes (Jóvenes) en 1968 (Ouvier en colère, Obrero en cólera, o con bronca), o el Groupe de libération de la classe ouvière (Grupo de liberación de la clase obrera) en 1971 y disuelto en 1972, el PCR(ML) en 1976. Casi la totalidad de su federación de Bruselas en 1980, militantes de Lieja, luego de los de Charleroi con el POB (Le prolétarien, El proletario), pero también habrá otros grupos que se unificarán con él: el Movimiento Comunista Borain (MCB), escisión en 1968 del PCB (Le drapeau rouge); de Guardia Roja (GR) de Lieja en 1972; de LC(ML) a fines de 1978.
AC Action Communiste (Acción Comunista): grupo nacido en 1971, resultado de mayo de 1968. Surgido y salido del trotskismo para reunirse con el marxismo leninismo estalinista. Se disolvió, en 1975, por haber sido incapaz de ahondar en su análisis de clase y de no ser más que una secta componente de la extrema izquierda.
UUU Usines Universités Union (Unión Fábricas Universidades): en 1968-1971 reagrupa a estudiantes de la Universidad Libre de Bruselas y a militantes maoístas del grupo Jeunes que habían roto con el PCMLB (Clarté).
PAP La Parole au Peuple (Palabra al Pueblo): grupo que es consecuencia, en 1972, de una escisión de UUU. Anarco maoísta, populista. Crítico del estalinismo. Antisindicatos, por la construcción de una autonomía obrera a través de la acción directa y por una nueva izquierda sindical obrera. Calificado de «mao spontex» por su desconfianza respecto a toda organización que se autoproclamara «partido». Desaparece luego de su autocrítica en 1976.
UC(ML)B Unión de Comunistas (Marxistas Leninistas) de Bélgica: organización resultante de la fusión, en 1972, de otros dos grupos, Tout le Pouvoir aux Travailleurs (Todo el Poder a los Trabajadores, TPT) en 1970, salido él mismo de UUU y de UR (Comité José Stalin por la Unidad Roja) en 1969. En rivalidad con AMADA por el título de mejor alumno marxista leninista. Dogmático, sectario y teoricista. Su manía de los complots le empujó a provocaciones y a prácticas fascistizantes que lo conducen a su fragmentación en 1976.
LC(ML) Lucha Comunista (Marxista Leninista): grupo surgido del movimiento estudiantil de Lieja en 1972, se desmarca de UC(ML)B y de AMADA por su proceso más crítico, analítico y porque rechaza el eclecticismo de AMADA, es decir el método que «consiste en tomar de la teoría y de la historia lo que cuadra con sus tesis, dejando de lado lo que le perturba». Su liberalismo en el estilo de trabajo, su debilidad organizativa, su diletantismo son factores de disgregación del grupo. En el momento de su unificación con el PCMLB, en diciembre de 1978, la mayor parte de sus militantes lo han abandonado.
PCR(ML) Partido Comunista Revolucionario (Marxista Leninista) (L’Exploité, El explotado): escisión en julio de 1976 del PCMLB, del que critica la falta de democracia interna por lo que respecta a los dirigentes y la adhesión a la teoría china de los «tres mundos». El PCR(ML) se alinea con las tesis albanesas. Acercamiento a CCB(NDR).
CCB Comité Communiste de Comunista de Bélgica (Nouveau drapeau rouge, Nueva bandera roja): grupo salido, en 1976, de disidentes fundadores de la UCMLB y de ex miembros de LC(ML). Dominado por la problemática de la «cuestión nacional». Acercamiento al PCR(ML) sobre la base del rechazo de la «teoría de los tres mundos» y la adhesión a las tesis «albanesas».
AMADA-TPO Alle Macht aan de Arbeides (Todo el Poder a los Obreros): grupo surgido en 1970 del movimiento estudiantil nacionalista de Lovaina de 1966. Donante de lecciones dogmáticas: para ese grupo, la teoría revolucionaria sólo puede ser aportada desde el exterior de la clase obrera. Electoralista y oportunista (cambia de línea política como de chaqueta). Ecléctico (ver más arriba). Para AMADA-TPO, todos los partidos comunistas que ha habido en Bélgica no han sido nunca otra cosa que falsos partidos comunistas que han traicionado a la clase obrera; el «comunismo» comienza con ellos. Desprecio y fagotización de las organizaciones de masas que no sirvan a su propio reforzamiento. Conoció una escisión organizada en 1971 (De Vonck, L’Etincelle, La Chispa). Numerosas entradas y salidas, entre ellas las de militantes procedentes de otras organizaciones marxistas leninistas, alrededor del núcleo dirigente de los inicios. Cambia de nombre en 1979 y todavía existe con el nombre de PTB-Partido del Trabajo de Bélgica. ¡Todo un programa!
PCR(ML) Partido Comunista Revolucionario (Marxista Leninista) (L’Exploité, El explotado): escisión en julio de 1976 del PCMLB, del que critica la falta de democracia interna por lo que respecta a los dirigentes y la adhesión a la teoría china de los «tres mundos». El PCR(ML) se alinea con las tesis albanesas. Acercamiento a CCB(NDR).
CCB Comité Communiste de Comunista de Bélgica (Nouveau drapeau rouge, Nueva bandera roja): grupo salido, en 1976, de disidentes fundadores de la UCMLB y de ex miembros de LC(ML). Dominado por la problemática de la «cuestión nacional». Acercamiento al PCR(ML) sobre la base del rechazo de la «teoría de los tres mundos» y la adhesión a las tesis «albanesas».
AMADA-TPO Alle Macht aan de Arbeides (Todo el Poder a los Obreros): grupo surgido en 1970 del movimiento estudiantil nacionalista de Lovaina de 1966. Donante de lecciones dogmáticas: para ese grupo, la teoría revolucionaria sólo puede ser aportada desde el exterior de la clase obrera. Electoralista y oportunista (cambia de línea política como de chaqueta). Ecléctico (ver más arriba). Para AMADA-TPO, todos los partidos comunistas que ha habido en Bélgica no han sido nunca otra cosa que falsos partidos comunistas que han traicionado a la clase obrera; el «comunismo» comienza con ellos. Desprecio y fagotización de las organizaciones de masas que no sirvan a su propio reforzamiento. Conoció una escisión organizada en 1971 (De Vonck, L’Etincelle, La Chispa). Numerosas entradas y salidas, entre ellas las de militantes procedentes de otras organizaciones marxistas leninistas, alrededor del núcleo dirigente de los inicios. Cambia de nombre en 1979 y todavía existe con el nombre de PTB-Partido del Trabajo de Bélgica. ¡Todo un programa!

 

NOTAS:

1 Cf. sobre este tema el artículo «Contre le mythe du capitalisme d’etat» (Contra el mito del capitalismo de estado) en Le Communiste No. 22 (ex nombre de la revista Communisme) Junio 1985, página 41

2 Las innombrables siglas estalinistas utilizadas en este texto que llevan por letra inicial una C para decir Comunista merecerían que añadiésemos sistemáticamente las comillas para subrayar la abismal distancia que separa el movimiento revolucionario comunista que se desarrolla ante nuestros ojos y esas organizaciones burguesas travestidas de «comunistas». No lo hemos hecho porque no queremos hacer pesada la lectura, ya muy indigesta, de esta suma de siglas.

3 Para evitar toda confusión en los términos, es importante señalar que el uso de la palabra «revisionismo» apunta, en el contexto del presente texto, a los que a continuación de Kruschev declararon que se demarcaban del estalinismo, los euro-«comunistas», etc.

4 Sobre los orígenes revolucionarios de la fundación del Partido Comunista en Bélgica, animado inicialmente por milit
antes de la izquierda comunista reagrupados alrededor de War Van Overstraeten, puede leerse la «Memoria obrera» publicada en Noviembre 1985 en Le Communiste Nº 23. Esta memoria obrera presenta el artículo «Ce qui nous sépare» (Lo que nos separa), publicado en Junio 1921 en L’Ouvrier Communiste (El Obrero Comunista), órgano del PCB, un artículo que expone las discrepancias fundamentales existente entre comunistas y socialdemócratas en el mismo momento en que la Internacional Comunista preconiza la fusión con las fracciones de izquierda socialdemócratas.

5 Recordemos que con el eslogan clase contra clase, la Internacional Comunista no hizo más que recuperar de manera oportunista y completamente momentánea una consigna que pertenece desde siempre al proletariado. El llamamiento a luchar clase contra clase forma parte de las afirmaciones y rupturas históricas del proletariado. El hecho que el estalinismo haya utilizado momentáneamente esos eslóganes para sus propios mercadeos burgueses en los cambios y recambios de alianzas no invalida para nada esas posiciones

6 Las referencias a las Obras Completas de Lenin son las efectuadas por el autor y se refieren a las Obras en francés.

7 El Tigre de papel, sobre el desarrollo del capitalismo en China, 1949-1971 Charles Reeves, Ed. Spartacus, 1972

8 Revolución Cultural en China Popular. Antología de la prensa de los Guardias Rojos (Mayo 1966 – Enero 1968), Ed. 10/18, 1974.

9 Tenemos entendido que esto de la invención no es cierto, que esa misma teoría de los Tres Mundos fue expresada antes por otros regímenes burgueses, lo que llevaba a muchos peronistas y otros populistas de América a decir que Mao imitaba a Perón (NDR)

10 Para una mejor comprensión del fenómeno, véase «National-bolchevisme. Stratégie communiste et dynamique conservatrice» (Nacional-bolchevismo. Estrategia comunista y dinámica conservadora). L. Dupeux. Ver igualmente las posiciones de grupos tales como el PCNE

11 Lenin filósofo, Anton Pannekoek.

12 Forma cariñosa de referirse en francés a Marx, como en castellano algunos dicen «Carlitos»

13 « Basta » en cursiva y en castellano en el original, tanto aquí como a continuación. En un texto en francés se utiliza la expresión castellana para subrayar el hartazgo NDR.

14 Hace referencia a una canción de Renaud que denuncia la liquidación de la lucha y la rebelión.

 

 


CO56.3 Del estalinismo al comunismo