La política internacional
de los bolcheviques

Hemos hecho diferentes trabajos en los que denunciamos el papel activo del leninismo como liquidador de la ruptura comunista. Hace ya más de veinte años publicamos una cronología acerca de la política internacional de los bolcheviques (1). Este trabajo, aunque inacabado e incompleto, es decisivo para captar el proceso de liquidación internacional de los grupos comunistas en ruptura, emprendido por el leninismo desde su origen, por lo que nuestro grupo espera poder corregirlo, mejorarlo y ampliarlo a los efectos de hacerlo público bajo otras formas.

En esa cronología pusimos en evidencia que la práctica de los bolcheviques, en el terreno internacional, fue desde el origen contraria a una política revolucionaria y comunista. Si al principio, en la medida en que la revolución seguía viviente en Rusia y en el mundo, hubo una mezcla rara de la vieja política diplomática e imperialista de la burguesía de ese país, con el impulso contrario que venía del proletariado revolucionario y empujaba a continuar la lucha revolucionaria y formar una Internacional consecuente, los bolcheviques desempeñan el viejo papel de los centristas socialdemócratas e impondrán aquella política a toda la internacional. La Internacional Comunista formal es el resultado de esa relación de fuerzas y si, al principio, hay  declaraciones que corresponden a elementos de la ruptura revolucionaria, que las vanguardias del proletariado exigían, muy pronto el predominio de la línea socialdemócrata de los viejos bolcheviques, que en su mayoría nunca defendieron la insurrección proletaria, lleva al dominio de los viejos métodos socialdemócratas y oportunistas y se abandona hasta la pretensión revolucionaria.

Así se puede verificar que, ya en la época de Lenin, hay un paralelismo evidente entre los elementos claves. En la misma medida que, en lo interno, se fue afirmando la política de desarrollo del capital, basada en el aumento del trabajo (con la consecuente represión de huelgas y grupos proletarios) y desarrollo del comercio, en lo externo se afirmó la política de entrar en el juego interburgués, como un estado más, hasta lograr alianzas y acuerdos comerciales y militares con las grandes potencias imperialistas. Cómo es lógico, esa política interimperialista del estado ruso fue acompañada de un abandono progresivo de toda ruptura comunista, pasándose de las afirmaciones generales del Primer Congreso de la Internacional Comunista (IC) a una política cada vez más abiertamente oportunista y liquidadora, que resultó dominante en el Segundo Congreso y, más abiertamente aún, en los congresos Tercero y Cuarto.

La dirección bolchevique quería utilizar el capitalismo y el estado para beneficiar al socialismo (2), pero en la práctica fueron el capitalismo y el estado los que utilizaron la imagen socialista radical de los bolcheviques para afirmarse y liquidar la revolución.

Es necesario insistir; esa política contra la revolución se verifica desde los primeros días posteriores a la insurrección de octubre. Desde entonces se realizan las primeras conversaciones y se intentan acuerdos con las potencias imperialistas, sacrificando, sin contemplaciones, la línea del derrotismo revolucionario y de la revolución mundial, lo que llevará a la liquidación de la izquierda comunista en Rusia. Con la fundación de la IC, que desde el principio fue dirigida por la dirección bolchevique, ésta hace más potente su influencia nefasta y actúa como un verdadero bulldozer liquidador de toda la ruptura revolucionaria, imponiendo el democratismo, el partido de masas, el sindicalismo, el parlamentarismo… y liquidando, por diversos medios (exclusión, falsificaciones, calumnias, amenazas, represión directa…), a los grupos y militantes que llevaban adelante aquella ruptura.

Es importante tener presente que la afirmación mundial de la contrarrevolución, que siguió pesando incluso en las olas importantes de lucha de clases, como la que tuvo lugar en 1968-1973 en todo el mundo (¡y que sigue pesando hoy!), no hubiera sido tan totalizadora sin aquella legitimidad espectacular, de la que gozaron los bolcheviques, para llevar adelante ese proceso liquidador; sin que éstos, transformados en verdadera autoridad, liquidaran toda la acción de las minorías comunistas. Para comprender ese proceso remitimos al lector a aquella cronología y nos contentamos aquí con resumir las cuestiones centrales de ese proceso liquidacionista, tal como se concreta, bajo la dirección del propio Lenin.

- Las minorías revolucionarias creyeron encontrar en los bolcheviques los mejores aliados para romper con la política contrarrevolucionaria de los centristas. Los bolcheviques, por el contrario, exigieron a los grupos comunistas que siguieran trabajando con los centristas o/y la izquierda de la socialdemocracia. A tales efectos promocionaron una política de captación o/y de alianza con sectores de la socialdemocracia, que lleva a la dilución de la vanguardia, a la creación de partidos masivos pero sin fuerza ni pretensión revolucionaria.

- Las minorías revolucionarias esperaban el apoyo de los bolcheviques para su acción directa contra el parlamentarismo. Los bolcheviques, bajo pretexto de «parlamentarismo revolucionario», impusieron el viejo parlamentarismo y electoralismo socialdemócrata. El electoralismo práctico liquidó los partidos «comunistas» como fuerzas de acción revolucionaria. En muchos casos, como por ejemplo unos años después en Italia, la participación electoral facilitó la acción de la policía y el estado en la liquidación de los cuadros y los militantes revolucionarios. Aquellos partidos, cuando no fueron liquidados por las fuerzas represivas, se transformaron en fuerzas estructurales de los estados burgueses.

- Las minorías revolucionarias querían crear un partido que fuera un verdadero núcleo revolucionario, que se pusiera a la cabeza de la revolución y lo definían como «factor unificador y dirigente de la acción de masas». Los bolcheviques impusieron una práctica de partido de masa, al estilo socialdemócrata, en donde los militantes aparecen ahogados dentro de una masa de electores democráticos. El partido bolchevique mismo había dejado de ser un grupo que, a pesar de sus oscilaciones, había logrado expresar tendencias militantes contra corriente y se había transformado en un partido de masas (¡más de medio millón de miembros un año después de la insurrección!) fácilmente manipulable por las burocracias, los congresos y otras maniobras democráticas.

- Las minorías revolucionarias llamaban a organizarse afuera y en contra de los sindicatos, consejos, u otras organizaciones unitarias, que habían sido transformadas en aparatos del estado burgués. Los bolcheviques impondrán una política sindicalista y de entrismo generalizado, en todo tipo de aparato del estado (hasta en las cooperativas de consumidores), liquidando, así, la incipiente ruptura revolucionaria que se había desarrollado.

- Las minorías revolucionarias consideraban como enemigos a todos los centristas que no habían roto con la socialdemocracia. Los bolcheviques llamaron no sólo al trabajo común, como muchos centristas, sino a un conjunto de (supuestas) tácticas, de cartas abiertas y de frente único con sectores socialdemócratas, que condujeron a una política globalmente frentista, de alianza y subordinación del proletariado al programa y la política de la burguesía.

- Las minorías revolucionarias luchaban por la ruptura con toda la democracia. Los bolcheviques impusieron consignas e incluso una política integralmente democrática y frentepopulista (3).

- Las minorías revolucionarias luchaban, junto a los proletarios de todos los países, sin distinción, contra «su propia» burguesía y «su propio» estado. Los bolcheviques impusieron una política de alianza y de frentes con diferentes burguesías, que ellos, según las oportunidades, llamaron «nacionalistas». Esa política contrarrevolucionaria y frentepopulista, que al principio se aplicaría en los países llamados «coloniales o semicoloniales», bajo la cobertura de la supuesta «lucha por la liberación nacional» (4), se aplicó en forma cada vez más general, bajo el pretexto del atraso de tal o cual país, incluyendo Europa, hasta su generalización total, como táctica antifascista, y condujo a la participación de los partidos «comunistas» en la guerra imperialista generalizada.

Reafirmamos integralmente lo que afirmábamos en la cronología antes mencionada:

«No, no fue a partir de la muerte de Lenin que las cosas comenzaron a andar mal como dice el mito; no, no fue a partir de entonces que se hicieron los acuerdos militares con las potencias imperialistas; no, no fue luego de la muerte de Lenin que la Internacional liquidó las posiciones y fracciones revolucionarios y se afirmó como mero instrumento de negociación en nombre del estado ruso en la arena del capital internacional. De la misma forma que en la práctica interna lo decisivo se produce en los primeros años, y a partir de 1921-1923 la política bolchevique dejará de tener las contradicciones del principio, que reflejaban la contradicción de fuerzas internacionales capitalismo-comunismo, para ser coherentemente contrarrevolucionaria. Al respecto, hay una coherencia general –que queda clara luego de la lectura atenta de la cronología– entre la afirmación de la política de acuerdos comerciales y militares con las grandes potencias, la liquidación del apoyo a las fracciones de vanguardia del proletariado, la participación en las conferencias de paz, las concesiones en Rusia al capital extranjero en nombre de los intereses comunes con los otros países, los compromisos de no agitación revolucionaria firmados con esas potencias para la coexistencia pacífica, y la afirmación en la Internacional de una política cada vez más democrática, de liberación nacional, y de sindicalismo; y una continuidad sin fisuras entre esa política y la que se afirmará luego, de frente popular, de frente antifascista, de frente nacional… de ingreso en la Sociedad de las Naciones, de disolución de la Internacional, de acuerdos de no agresión con Hitler, hasta la participación directa en la segunda guerra mundial.»

Diplomacia interimperialista
y liquidación de la ruptura revolucionaria
en la época de Lenin

Desde la insurrección misma de octubre 1917, los bolcheviques, a pesar de los buenos discursos, consideraron la victoria, no como una batalla ganada en una guerra general entre la burguesía y el proletariado mundiales, en la que las fronteras entre los países no cuentan más, sino como la conquista bolchevique del estado nacional ruso. Por eso, en vez de continuar la guerra revolucionaria internacional, que la insurrección había afirmado (¡hay que recordar que una parte importante de los bolcheviques, y particularmente de la dirección, no sólo no participó en la insurrección, sino que estuvo contra la misma!), enseguida se plantearon como un nuevo gobierno y se dirigieron a sus pares. Lo primero que abandonaron fue, entonces, aquel planteo proletario fundamental, de lucha contra la guerra y la paz burguesa y la lucha por la revolución social, que durante la guerra el propio Lenin había adoptado y, como los otros socialistas burgueses, pasaron a adoptar un planteo pacifista, típico del socialimperialismo. Antes de todo llamado a la continuidad de la lucha revolucionaria internacional, y desde los mismos días de la insurrección, los bolcheviques se dirigen a los diplomáticos (5) y los gobiernos de todo el mundo, buscando pactos y alianzas de todo tipo. La dirección bolchevique se resquebraja, por sus oscilaciones sobre la insurrección misma y la oposición de los viejos bolcheviques a una política clasista, y busca todo tipo de acuerdos con los otros partidos socialdemócratas, especialmente con los mencheviques, a los que les ofrecen (6) una participación gubernamental que fue rechazada. Al mismo tiempo, dicha dirección coquetea con los Aliados, que ven a los bolcheviques como los únicos capaces de reorganizar el viejo ejército, para que Rusia pudiera continuar la guerra. La amistad de Lenin y Trotski con Jacques Sadoul (militar y agente diplomático francés), que se desarrolla en esos primeros y agitados días (se reúnen a diario y muchas horas), logra mantener ese coqueteo permanente con los Aliados y entre bastidores se prepara la negociación con el estado alemán. Así, Sedoul fija, con Trotski y Lenin, las condiciones de una paz separada con Alemania (asegurándose el estado francés, a través de Sedoul, de que la misma sea imposible (7)), al mismo tiempo que recibe la promesa formal, de los bolcheviques, de reorganización del ejército ruso, que es lo que realmente busca la burguesía aliada. Durante el mes de diciembre de 1917, Trotski y Lenin prometen, en diversas reuniones informales y formales (de Trotski con Noulens embajador de Francia), la reorganización del ejército ruso que antes habían contribuido a descomponer. Lenin, desde el principio, es el más entusiasta partidario de la política imperialista de paz. Así, dice Sadoul, el 6 de diciembre de 1917, Lenin «me hablaba con entusiasmo de las conversaciones Noulens-Trotski. Se decía seguro de la colaboración amical de los Aliados y de su participación próxima en negociaciones generales de paz. Me costó mucho convencerlo del abismo que había entre sus esperanzas y la realidad» (8).

En febrero de 1918, «ante la nueva invasión del ejército alemán, Trotski intenta acercamientos diplomáticos para obtener la ayuda de las fuerzas imperialistas aliadas. Se negocia las posibilidades de reconstituir el ejército ruso en base a instructores aliados. Aunque las conversaciones no prosperan, por la desconfianza de éstos, es importante por constituir la primera aplicación de la teoría de participar en el juego de los equilibrios inter imperialistas, que años después Trotski achacaría a Stalin» (9). Merece subrayarse que, el 22 de febrero, se reúne el Comité Central del Partido bolchevique y acepta la propuesta de pedir ayuda militar y económica al imperialismo anglo-francés. En realidad esa política, que buscaba una alianza imperialista, había existido desde el día siguiente a la insurrección. Como dice Sadoul, en carta del 7 de enero de 1918: «Desde hace dos meses, no pasó una sola semana en la que los bolcheviques no hicieran la demanda, extraoficialmente es verdad, pero sinceramente, para que los Aliados los apoyasen».

Delegación rusa presidida por Trotski, Brest-litovsk.

 

No se ha subrayado lo suficiente que toda esta política es, por un lado, una renuncia total a la lucha del proletariado mundial contra todos los ejércitos nacionales (que los revolucionarios designaron como «capituladora») y, por el otro, la afirmación de los bolcheviques como jefes de un estado nacional más, sustituyendo a los otros socialdemócratas y al zarismo, en la continuidad de las guerras y las paces imperialistas. Nada más coherente entonces que la reorganización del viejo ejército burgués.

Así en febrero de 1918, pretextando la ofensiva alemana, se comienza la organización del ejército que Lenin y Trotski prometían a los Aliados: imposición del reclutamiento masivo, así como normas generales de disciplina militarista («formas exteriores de respeto», saludo militar, fórmulas obligatorias para dirigirse a un superior, privilegios para los oficiales...). Dichas medidas fueron aplaudidas hasta por los zaristas y posibilitaron la colaboración con viejos oficiales del zar, pero la aprobación de las mismas no impidió que, en esos mismos días, se aceptaran las condiciones fijadas por Alemania y, unos días después, se firmase el famoso tratado de Brest-Listovsk.

Esa afirmación de la línea política capituladora suscitó, como es lógico, una resistencia proletaria, en especial en los sectores revolucionarios. Fue en el propio partido bolchevique adonde la misma se expresó con mayor claridad. Unos días antes de la firma del tratado de Brest-Listovsk, y contra la capitulación, esa primera oposición comunista a la política de Lenin se expresa así en carta al Comité Central del Partido: «Ese consentimiento [dado por el CC del Partido a los Imperialistas alemanes] significa la capitulación de la vanguardia del proletariado internacional frente a la burguesía internacional… La decisión de concluir la paz a cualquier precio, decisión tomada bajo la presión de los elementos pequeño burgueses y de las corrientes pequeño burgueses, implica inevitablemente la perdida del papel dirigente del proletariado, no solo en Occidente, sino en Rusia mismo… Abdicar de las posiciones proletarias en lo externo nos conducirá inevitablemente a abdicar de ellas también en lo interno… Nosotros estimamos que luego de la conquista del poder político, luego de haber aplastado totalmente a los últimos bastiones de la burguesía, el proletariado se encuentra inevitablemente confrontado a la tarea de extender la guerra civil a escala internacional y ningún peligro no puede pararlo en la realización de tal tarea. Renunciar a la misma llevará al proletariado a su perdida por desagregación interna y equivale a un suicidio» (10). Como se ve, los sectores revolucionarios tenían una consciencia nítida de que lo que hacía Lenin y compañía era un abandono de las posiciones elementales del proletariado, una verdadera capitulación en lo externo frente a la burguesía mundial, que conduciría también a capitular en lo interno; de que la negociación entre hombres de estado era una capitulación frente a la burguesía mundial y que con ello se estaba renunciando a la más importante y decisiva tarea, la extensión mundial de la revolución. La declaración, de los compañeros en lucha contra Lenin y compañía, es clarividente en más de un sentido, aunque sea erróneo explicar esa política por la presión pequeño burguesa: es una política directamente burguesa, capitalista, imperialista. Como se subrayará a continuación, en las conversaciones sucesivas con la diplomacia imperialista mundial, los bolcheviques serían cada vez más explícitos, en esa renuncia a extender internacionalmente la revolución.

En términos concretos, la paz de Brest-Listovsk es un golpe muy duro para el proletariado y para la revolución en todo el mundo, y particularmente en la región es una traición evidente de los intereses de la revolución. Esa práctica contra la revolución de los bolcheviques fortifica a la burguesía en un período en que temblaba en todas partes, y contribuye consecuentemente a darle nuevos bríos a la guerra imperialista. La tregua bolchevique fortifica al imperialismo en todas partes, es una bombona de oxígeno para la burguesía y el estado alemán contra el proletariado de ese país en plena lucha revolucionaria. Más globalmente la firma de la paz deja librado al proletariado, de toda Europa central y del este, a las botas del militarismo alemán en Ucrania, Finlandia, Livonia, Estonia, Crimea, el Cáucaso, así como en un número creciente de territorios del sur de Rusia. En efecto, los milicos alemanes, que vivían ya un periodo de total inseguridad frente al derrotismo revolucionario, reciben con la firma de paz un verdadero espaldarazo de los bolcheviques, que los hace más fuertes frente a los proletarios de Alemania y que les permite, conjuntamente con diferentes fracciones burguesas nacional imperialistas, reimponer el terror blanco en esos territorios. En nombre del proletariado en Rusia y en base a la vieja consigna burguesa retomada del «derecho de los pueblos a su autodeterminación», que la socialdemocracia y Lenin habían reivindicado en nombre del ¡socialismo!, se le decía al proletariado de esas regiones en pleno movimiento revolucionario: «que cada uno se arregle como pueda». Todos los principios de la solidaridad internacional y de la lucha revolucionaria quedaban postergados en nombre de la tregua de Lenin y su política de oportunidades. «Nosotros ya hicimos la revolución ahora podemos negociar con vuestros verdugos». La misma guerra mundial se ve fortificada por esa capitulación que contribuye al imperialismo: por cientos de miles los soldados alemanes, incluso antes de la firma oficial del tratado, son trasladados del frente ruso hacia Italia, Francia... La tregua es un golpe brutal contra la fraternización y el derrotismo revolucionario, contra las insurrecciones en marcha y contra el movimiento revolucionario que estaba en pleno desarrollo. El verdadero significado contrarrevolucionario del tratado de Brest-Litovsk sólo puede comprenderse teniendo en cuenta todo lo que el mismo significó contra las insurrecciones proletarias que en esos mismos días se desarrollaban en toda Alemania. La tregua fortifica el imperialismo y la guerra imperialista como lo denuncia la izquierda comunista alemana, rusa y de otros países. Incluso la propia Rosa Luxemburg, que no es ni por asomo una comunista de izquierda, denunciará el significado contrarrevolucionario de ese «acomplamiento monstruoso de Lenin con Hindenbourg» en uno de sus últimos textos (11).

I. Steinberg (socialista revolucionario de izquierda) declara:

« No es tal o tal territorio o tal denominación de un territorio que aprecia el campesino o el obrero, lo que lleva en el corazón, es la población trabajadora que habita ese territorio o el régimen social bajo el que vive. El alma de la Revolución está afligida… por el hecho de que esas regiones pasaron del poder de la revolución al poder de la reacción, al poder de los terratenientes, de los zares, de poscapitalistas… la República rusa quisiera ser una Gran Potencia de la Revolución y del socialismo… La paz de Brest nos ha desviado de golpe de esta tarea de extensión. Nos ha privado del socorro y de la cooperación revolucionaria de millones de obreros y campesinos consciente y los ha privado a ellos, a la vez, de nuestra contribución y de nuestra cooperación». En Porqué estamos contra la paz de Brest Litowsk.

Lenin retomará, contra Kautsky, la acusación de la izquierda comunista según la cual el proletariado alemán traiciona al proletariado de Europa al participar en esa masacre y en la de Finlandia, Ucrania, Letonia, Estlandia…, pero calla el hecho de que la política de Lenin lleva a que, en esa misma traición, participe el proletariado ruso, al abandonar, por el armisticio y la ideología leninista de la autodeterminación nacional, a los proletarios de todas esas zonas a los milicos alemanes y a la represión internacional contrarrevolucionaria. Lenin dice: «En realidad, Kautsky sabe perfectamente que esta acusación la han lanzado y la lanzan los socialistas de izquierda alemanes, los espartaquistas, Liebnecht y sus amigos. Esta acusación expresa la clara consciencia de que el proletariado alemán incurrió en una traición con respecto a la revolución rusa e internacional al aplastar a Finlandia, Ucrania, Letonia y Estlandia». Es verdad que la política del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y del Partido Socialdemócrata Alemán Independiente (USPD) no sólo había logrado frenar la revolución, sino que favorecía abiertamente el militarismo alemán y permitía que se lo utilizara para masacrar a sus hermanos de clase en el mundo. Pero la política leninista conducía a lo mismo, y esto Lenin lo esconde sistemáticamente. El aislamiento en que se encuentran los proletarios de esas regiones, frente al terror blanco apoyado por el militarismo alemán, es también el resultado incuestionable de la política imperialista de paz de Lenin.

Esa política contrarrevolucionaria, presentada esa vez como «tregua indispensable», se transforma, más adelante, en el tipo mismo de política internacional leninista. Un día una alianza con un imperialismo al día siguiente con otro, siempre en nombre de que es un mal necesario, un mal menor. Lo que siempre se posterga es la lucha revolucionaria misma, sin alianzas y sin beneficiar a otra fracción de la burguesía. Siempre se argumenta que cualquier cosa es mejor que esa lucha porque se podría correr el riesgo de la «derrota de la revolución». ¡Como si esa política no fuese en sí la peor derrota de la revolución! ¡Como si hubiese algo peor, para la revolución, que la contrarrevolución lograda por el estado ruso y mundial, dirigido por Lenin, Trotski, Stalin…! Conviene subrayar que esta política leninista es, al principio, minoritaria en todas partes, en los comités, en el partido, en los soviets, en las ciudades, en el campo, y que Lenin y los suyos harán mil maniobras para imponerla democráticamente contra la mayoría y firmar en su nombre la paz. Más adelante, esa política de oportunismo y maniobras, descalificación y purgas, es la norma general de los viejos bolcheviques, que nunca habían sido partidarios de la insurrección (Kamenev, Zinoviev, Stalin…) para, junto a Lenin, imponerse en el partido, en Rusia y progresivamente en la IC.

En los mismos días en que se firma la paz de Brest-Litovsk, Lenin y Trotski, concretando sus promesas a los Aliados y en continuidad con la reorganización del ejército ruso (12), proyectan conjuntamente, con varios ex oficiales zaristas, la reorganización de la marina y, en general, de las fuerzas armadas, ejecutando, así, lo que realiza todo estado burgués y lo que, en esas circunstancias, la burguesía aliada les está pidiendo. En abril y mayo se decreta la posibilidad de movilizar militarmente a la población y se pasa del reclutamiento voluntario al enrolamiento obligatorio de obreros y «campesinos». Simultáneamente se intenta organizar la economía en base a las «concesiones al capital internacional» (13), se aprueban altos sueldos para administradores y tecnócratas y, al mismo tiempo, se aplican medidas tendientes a aumentar directamente la tasa de explotación de los proletarios, que el propio Lenin resumirá así: «El reforzamiento de la disciplina y el crecimiento de la productividad del trabajo (sic (14)), la introducción del salario a destajo, la aplicación de los numerosos elementos científicos y progresistas que contiene el sistema Taylor». Este programa, abiertamente burgués, buscando por todos los medios un aumento de la explotación del proletariado, y por lo tanto un aumento de la tasa de ganancia, es acompañado con todo tipo de concesiones y propuestas al capital internacional para explotar las fuerzas de producción «soviéticas»: ofrecimiento no sólo de los recursos naturales rusos, sino, explícitamente, de excelentes condiciones de explotación de los proletarios que, supuestamente, tienen el poder en ese país. Así, en mayo 1918, los bolcheviques entregan a Robins un memorando, que luego será presentado al Departamento de Estado de Estados Unidos, en el que, por primera vez, se exponen las ventajas que los bolcheviques proponen para los capitalistas norteamericanos si éstos participan en la explotación de las minas, la construcción de medios de transporte, la introducción de métodos modernos en la agricultura, la explotación de las riquezas marítimas de Siberia, a cambio de productos agrícolas. Este documento, en el que sin escrúpulos se llama a explotar a los proletarios en Rusia, al mismo tiempo que Lenin y su partido patrocinan el aumento, por todas las vías posibles, de la tasa de explotación, muestra hasta que punto ese partido, como haría hoy cualquier gobierno (de derecha o de izquierda e independientemente de todas las declaraciones y formulaciones socialistas) para atraer capitales, hace todo lo posible para ofrecerle las mejores condiciones de rentabilidad: es decir sacrifica a los proletarios, aumenta en todo lo posible la tasa de explotación y de ganancia del capital. En estas circunstancias, no debe olvidarse nunca que el aumento de la explotación en un país degrada las condiciones de supervivencia del proletariado mundial. En concreto, todo ofrecimiento de mejores condiciones de rentabilidad en Rusia, asegurado por Lenin y compañía, mejoraba no sólo la rentabilidad del capital internacional en ese país, sino la fuerza social y política del capital frente a los proletarios en lucha en todo el mundo, y se situaba objetivamente e independientemente de la voluntad o declaraciones de los bolcheviques del lado de la burguesía mundial contra los proletarios del mundo entero.

Sin embargo, al principio, esa política burguesa no encuentra en la burguesía mundial, salvo en contadas excepciones, toda la comprensión que los bolcheviques merecen ya como representantes de la contrarrevolución mundial. En efecto, la burguesía sigue aterrorizada por los bolcheviques. En los meses siguientes se produce internacionalmente una gran unificación de las fuerzas militares burguesas (rusas, japonesas, francesas, inglesas, norteamericanas…) contra Rusia, que lleva a los bolcheviques a una aparente radicalización, al abandono de aquella política abiertamente imperialista y a presentarse, en apariencia, como «proletarios internacionalistas». Como decimos en nuestra cronología, esa práctica provisoria y aparentemente «internacionalista», «no es el resultado de una línea estratégica invariante, sino de condiciones particulares de aislamiento y enfrentamiento de los estados nacionales… los bolcheviques, forzados a abandonar la política diplomática con los otros gobiernos, concentran su accionar internacional en los llamados al proletariado y a la revolución mundial». Esta fase radical, que dura hasta finales de 1920, coincide con la fase final de la mayor ola revolucionaria de la historia del proletariado, lo que hace aparecer el oportunismo bolchevique como si fuera, en algunos aspectos, revolucionario. Pero incluso en ese corto período, adonde los bolcheviques se hacen los abanderados de una «nueva internacional verdaderamente comunista y revolucionaria», siguen negociando y cerrando acuerdos con los represores directos del proletariado. Entre enero y abril de 1919, los bolcheviques realizan diversas tentativas de conciliación con los gobiernos aliados y declaran abiertamente que reconocen «las obligaciones financieras de los acreedores de nacionalidad de una de las potencias aliadas». Es decir, los bolcheviques declaran reconocer las deudas contraídas por el zarismo, manifestándose, así, frente a sus pares de todo el mundo, como verdaderos hombres de estado. Chicherin declara que ése es el primer ejemplo de un llamado a la conciliación internacional, en nombre de las ventajas financieras, y dice que ese es «uno de los aspectos más extraordinarios de la política extrajera de Lenin». ¡Si, muy extraordinario!, si se sigue creyendo que eso servía a los proletarios; pero es totalmente común y corriente si se tiene en cuenta que eso sólo sirve a un estado burgués particular, el estado ruso, como era el caso de la política de Lenin. Más aún si tenemos en cuenta el sabotaje práctico que esa política interimperialista significaba para el proletariado en lucha. Recordemos como ejemplo el sabotaje abierto que significó ese tipo de negociaciones en plena insurrección proletaria en marzo 1920 en Alemania.

La política de buenas relaciones interburguesas de los bolcheviques con los capitalistas del mundo entero, que se traducirá en la reafirmación del estado ruso como potencia imperialista, tal como lo había sido en la época zarista y que tendrá su apogeo en la época estalinista, determina siempre las relaciones con las fuerzas y organizaciones proletarias, que se encuentran en proceso de ruptura con la socialdemocracia. Desde los primeros coqueteos con la burguesía alemana y los mandos militares de ese país, los bolcheviques entran en contradicción con diversos grupos políticos proletarios en Rusia mismo: constitución de grupos de izquierda comunista dentro de los bolcheviques opuestos a la política leninista, resistencia y revueltas de los socialistas de izquierda y de grupos anarquistas o/y anarquistas comunistas. Desde junio-julio de 1918, las protestas contra la política burguesa de los bolcheviques da, con la revuelta de los socialistas revolucionarios de izquierda, la liquidación del embajador alemán y algunas tentativas de liquidar al propio Lenin, un salto de calidad. Esas oposiciones, tanto en posiciones como en acción, son muy variadas y contradictorias, y así como muchas de ellas son oposiciones fundamentalmente socialdemócratas (mencheviques, sectores libertarios defensistas…) o influenciados por posiciones nacionalistas, hay una real resistencia proletaria, representada fundamentalmente por sectores de los propios bolcheviques, de los socialistas revolucionarios de izquierda o por sectores que se reivindican del anarquismo, como es el caso del movimiento makhnovista.(15) Desde los primeros días en el poder, los bolcheviques reprimen, no sólo a las fuerzas contrarrevolucionarias, sino que se ejercerá el terror abierto contra las organizaciones proletarias y revolucionarias que se oponen a su política. Esa represión de grupos proletarios y de minorías revolucionarias, que existe desde los primeros días, es mayor desde mediados de 1918 y da un indudable salto de calidad con la represión del movimiento revolucionario en Ucrania y, más tarde, con la represión de la revuelta de Kronstadt en 1921. (16)

Las relaciones con los grupos revolucionarios y la política bolchevique dirigiendo la IC

Si la política oportunista de los primeros años crea evidentemente desorientación y desorganización general en los grupos proletarios de vanguardia en el mundo, el año 1919 (en el que se realizó el Primer Congreso de la IC) es considerado en general como el año en que la política bolchevique es más radical. Ello se refleja en los documentos principales de ese congreso (Plataforma y Manifiesto), que, en relación a lo que vendrá después, aparecen como elementos de ruptura con el capital internacional y, en particular, con la tradición socialdemócrata. Pero incluso en ese congreso se afirma la «utilización revolucionaria del parlamento», lo que es una posición abiertamente contra la ruptura comunista que se estaba procesando en todo el mundo: en más de 15 países se habían constituido grupos de importancia variable, en ruptura con el socialismo burgués. Todos esos grupos, que llamaban a la constitución de partidos afuera y en contra de la socialdemocracia, consideraban el parlamentarismo y el electoralismo, de todo tipo, como contrarrevolucionario y afirmaban, de diversas maneras, una crítica más global de la democracia y de la socialdemocracia.

Tropas del Ejército rojo atacando Kronstadt.

 

Durante todo el año 1919, en el que se suceden grandes movimientos insurreccionales y huelguísticos en todo el mundo, los bolcheviques, directamente o en tanto que Comité Ejecutivo de la IC, defienden el electoralismo y el parlamentarismo, contra el movimiento del proletariado y las izquierdas comunistas. Subrayemos, al respecto, que en la primera circular del Comité Ejecutivo («El parlamentarismo y la lucha por los soviets»), de septiembre de aquel año, se defiende ya la necesidad de la utilización «táctica» (sic) del parlamentarismo y que un mes después, en el Congreso de Heidelberg del Partido Comunista Alemán (KPD), Radek, en nombre de los bolcheviques, defiende la participación en las elecciones y en los sindicatos, oponiéndose abiertamente a la izquierda comunista en un momento crucial. El Congreso de Heildeberg se da en un momento de represión abierta, lo que impide la participación de las diferentes delegaciones, mayoritariamente de «comunistas de izquierda». Levi, con el apoyo decisivo de los bolcheviques, y particularmente de Radek, excluye a todos los militantes comunistas. Conviene subrayar que Radek ya había redactado, en esos momentos, su repugnante opúsculo: «Evolución de la revolución mundial y las tareas del partido comunista»; verdadera preedición de la «enfermedad infantil» de Lenin y que Antón Pannekoek responde en su importante trabajo de denuncia del leninismo: «La revolución mundial y la táctica del comunismo» (17). Ya en esas circunstancias Radek y Levi, que coqueteaban con la USPD (la izquierda de la socialdemocracia) contra todo lo que afirmaba la izquierda comunista alemana y lo que la lucha misma iba delimitando, defienden abiertamente el frentismo hablando de «bloque temporal» entre el KPD y el SPD. Lo importante es subrayar que esta práctica frentista se contrapone a la práctica misma de la vanguardia proletaria en lucha abierta contra la socialdemocracia. El momento culminante fue cuando, en plena insurrección del proletariado en la Ruhr en 1920, los jefes leninistas del KPD sabotearon el movimiento llamando a un frente con los enemigos directos del proletariado. Es decir, que en plena lucha internacional del proletariado, los bolcheviques, contra todas las expectativas rupturistas suscitadas, defienden abiertamente no sólo el sindicalismo y el parlamentarismo, sino la realización de un frente único (predecesor del frente popular y del frentismo supuestamente antiimperialista) con los enemigos abiertos del proletariado, que habían reprimido y seguían reprimiendo abiertamente la lucha insurreccional. En este sentido, la política contrarrevolucionaria de los bolcheviques en Alemania, justo adonde el proletariado había demostrado más fuerza, prefiguraba la que sería aplicada luego en todas partes. En el mismo momento que Lenin sostenía esa política contra las minorías comunistas, les escribe minimizando las diferencias. Un año más tarde, reconoce que también esto era pura maniobra, simple «cuestión táctica». Lenin declara que había sido necesario «soportar a la izquierda comunista» pero que «ahora no le hagamos más publicidad, no hablemos más de ella».

En 1919 se crea, en Ámsterdam, un Buró de la IC para Europa Occidental, que expresa un conjunto de tendencias extremadamente ricas, algunas de ellas en ruptura con la socialdemocracia, que critican el sindicalismo, el electoralismo y el parlamentarismo, el partido de masas..., y que dada la coincidencia de posiciones con fracciones comunistas de América del Sur (en Argentina, Uruguay, Chile…) y de América del Norte (Estados Unidos, México…) podría haberse constituido en una verdadera alternativa organizativa a la política oportunista de Moscú. Sin embargo, muy rápidamente se constituye otro buró en Berlín, a instancias de los bolcheviques, con personajes claramente centristas y opuestos a la ruptura decisiva como Levi, Zetkin y Radek. El Buró de Berlín parte del principio (¡en pleno1919!) de que «la revolución, incluso a escala europea, se hará lentamente» y se encarga de liquidar el otro Buró. La contradicción entre ambos burós es cada vez mayor y queda en evidencia, a principios de 1920, cuando la conferencia de Ámsterdam, impulsada por el Buró de esa ciudad, adopta las bases para el trabajo en Europa Occidental. En ellas, si bien por las discrepancias existentes y la acción represiva no se llega a afirmar la ruptura revolucionaria con toda la fuerza que ya se expresaban en diferentes países (no se pronuncia claramente sobre el entrismo o no en los sindicatos reaccionarios), se llama abiertamente a la ruptura total con los partidos socialpatriotas y particularmente con el laborismo en total contraposición con el oportunismo de Lenin, Radek, Zinoviev, Clara Zetkin y otros oportunistas decisivos de la dirección de la IC. La contraposición entre ambos organismos será cada vez mayor, hasta que Fraina, en nombre del Buró de Ámsterdam, afirma públicamente (18) un conjunto importante de rupturas revolucionarias: reivindicación de la escisión en Alemania con el oficialista KPD y de las posiciones del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD) de ruptura total con los sindicatos, el rechazo de la posición «masista» del partido y la afirmación del mismo como factor unificador y dirigente, la necesidad de ruptura con el centrismo definido como el principal enemigo y la definición como oportunistas de un conjunto de fuerzas (USPD, el Partido Socialista Norteamericano, la izquierda del Partido Laborista británico, el Partido Socialista Obrero Español) con las que Moscú coqueteaba. Fue demasiado, pues en los hechos se estaba denunciando abiertamente la política oportunista de los bolcheviques y la dirección de la IC. La respuesta del Comité Ejecutivo de la IC no se hizo esperar: se decidió lisa y llanamente liquidar el Buró de Ámsterdam. Es un antecedente importante de cómo se liquida a los discrepantes más adelante. Nada de discusiones, ni de consultas de los propios interesados, se decide oficialmente disolver el Buró de Ámsterdam y los interesados no son notificados de esta resolución directamente, sino que se enteran, por la radio, de que no existen más como Buró, que no son más representativos, que su mandato está anulado. Todavía no se utiliza la liquidación física pero se dice abiertamente que la decisión de «anular el mandato del Buró de Ámsterdam» es adoptada por el simple hecho de que «este último defiende, sobre estas cuestiones, un punto de vista opuesto al del Ejecutivo y principalmente en el rechazo del arma parlamentaria» (sic) y «el renunciar a hacer penetrar el espíritu revolucionario en los sindicatos». Muy rápidamente se verifica que el «arma parlamentaria» y el entrismo en los sindicatos liquida totalmente ese «espíritu revolucionario» y los partidos «comunistas» serán una nueva edición de los partidos socialdemócratas que siempre habían sido partidos parlamentarios y sindicales, es decir, partidos estatales (de control de los proletarios).

LA VIGENCIA CONTRARREVOLUCIONARIA DEL LENINISMO


No sólo quienes nos critican, sino incluso lectores y compañeros próximos, se sorprendieron de nuestra enésima insistencia sobre el leninismo, el bolchevismo, el estalinismo…, considerando que todo eso ya está quemado, superado o/y que todo eso se hizo pelota con la «caída del muro» y que sólo quedan absurdos resabios, caribeños u otros, que no tienen ninguna actualidad. Esa apreciación no se basa en la realidad de la dominación capitalista y el aporte que, a la misma, significó la contrarrevolución leninista-estalinista como «ciencia de la maniobra política, táctica y estratégica», que justifica todo y su contrario, sino en lo que los políticos dicen de sí mismos, o lo que es lo mismo, en los regímenes políticos o partidos formales que se llaman a sí mismos leninistas o marxistas leninistas.
El leninismo es, sin embargo, mucho más amplio e importante que los regímenes marxistas leninistas, que, no está de más recordarlo, abarcaron más de la mitad de la humanidad y Lenin fue el autor más divulgado de todos los tiempos hasta épocas muy recientes. El marxismo leninismo es una metodología general decisiva para dominar al proletariado, una verdadera «ciencia de la maniobra», como Trotski decía, por la cual, en nombre de intereses superiores, se liquida la acción directa revolucionaria. Si en el sentido más amplio todas las fuerzas y partidos, cuyo objetivo es controlar a los proletarios, constituyen el partido histórico de la socialdemocracia (sí, del viejo partido burgués para neutralizar a los proletarios), el triunfo de la contrarrevolución leninista hizo, de esa ciencia, la forma más desarrollada de la dominación de los proletarios, la metodología más perfeccionada para imponerle al proletariado, en nombre del futuro socialista, la movilización productiva y nacional imperialista.
El leninismo no sólo es utilizado por estalinistas, trotskistas, zinovievistas, gramscianos… que es verdad que cada vez son menos importantes, sino que, en forma consciente o inconsciente, es utilizado por nacionalistas, socialistas, libertarios, liberales, populistas, derechistas, izquierdistas… No es necesario leer a Lenin para encontrar esa misma dualidad característica, llevada a su expresión máxima, en nombre no tanto del partido, sino del socialismo futuro, el progreso, la nación, la democracia, la igualdad… Tampoco es necesario ser miembro de un partido para defender esa concepción; hoy la misma reflorece, como si se tratara de hongos, en las ONG, los sindicatos, las estructuras de ayuda social... que el estado instaura en los barrios pobres como táctica contrainsurreccional (en las favelas, en los banlieu, en los suburbios, en las villas…), en el pseudosocialismo latinoamericano, entre los piqueteros argentinos o adentro del movimiento de trabajadores sem terra de Brasil…
Se nos dirá que ese dualismo es esencial en todas las formas de dominación capitalista y que no son fruto del leninismo, ni de la socialdemocracia, lo que es totalmente cierto, porque la democracia misma, para disolver la clase en el individuo ciudadano, requiere de todo eso y, en ese sentido, todo partido interesado en el desarrollo y el progreso del capital tiene que utilizarlo. Sin embargo, en tanto que proletarios, explotados y dominados, en lucha contra el capital y sus estados, nos interesa de sobremanera las formas precisas en que esa dominación se estructura y, en particular, las formas de dominación destinadas a los proletarios, concebida para canalizar a quienes ponen su voluntad en la lucha contra esta sociedad. Es decir, nos interesa de sobremanera el papel de los partidos burgueses para el proletariado, es decir la socialdemocracia y su perfeccionamiento marxista leninista. Y al profundizar en la misma constatamos que no estamos frente a una forma cualquiera de dominación sino frente a la forma más perfeccionada que puede existir, más allá de la terminología que la misma pueda utilizar.
Así, el «mal menor» es un invariante en toda la historia de la opresión y dominación de clase. Siempre la clase dominante intenta utilizar y canalizar a sus propios explotados y dominados contra otros sectores diciendo que son peores, siempre se trata de cambiar algo para que todo quede como está. Siempre la socialdemocracia había utilizado ese expediente contra la autonomía proletaria y la acción directa. Pero el mérito de aplicar dicho expediente para liquidar toda la fuerza del proletariado insurrecto mundial de los años 1917 a 1919 y canalizarlo hacia el frentismo corresponde al leninismo en el poder (1918-1923) y a la consecuente propaganda marxista leninista. La forma más elevada de esa liquidación revolucionaria es precisamente esa transformación histórica hasta imponerle el frente único, luego el frente popular, el frente nacional, hasta la sumisión a la guerra interimperialista y su masacre generalizada. Desde entonces siempre la dictadura del capital, la democracia, para su dominación, crea el cuco del fascismo para legitimarse como antifascista y liquidar toda expresión autónoma en base a un frente (que como todo frente popular incluye el terrorismo de estado). Pueden variar las formas o las denominaciones pero todas las formas de dominación y liquidación del proletariado autónomo utilizan las bases socialdemócratas y el perfeccionamiento de las mismas que efectuó el leninismo y sus diferentes y numerosas variantes.

 

Como la ideología del parlamentarismo revolucionario o del entrismo en los sindicatos, la ideología de la liberación nacional coloca, ya en esos años leninistas, a los bolcheviques del lado de los estados contra la lucha del proletariado en varios países. Es decir, incluso antes del Segundo Congreso de la IC, en donde se da un debate sobre la cuestión con Roi, militante comunista de la India (19), la IC fija su posición frentepopulista de «apoyo a la liberación nacional» en los países «coloniales y semicoloniales»; los leninistas, en vez de apoyar a las minorías revolucionarias de Persia, Afganistán, India, China… buscan, a todo precio, una aproximación diplomática con la burguesía autoproclamada «nacionalista» de esos países y contribuyen objetivamente al aislamiento y por ello a la represión de los revolucionarios de esos países. Merece subrayarse que esa política diplomática de buenas relaciones interestatales, que se intenta desde 1917, se oficializa ya, en mayo de 1919, con el apoyo al régimen del Emir Amanullah de Afganistán y el consecuente intercambio de representantes diplomáticos. El propio Lenin insiste unos meses después, en una carta dirigida ni más ni menos que al primer mandatario de ese país, en «reforzar las relaciones de buena vecindad entre ambas naciones». A Lenin no le preocupaba ya la contraposición, que Marx siempre había subrayado, entre el interés del proletariado y el interés de la nación, ahora sólo pensaba en los intereses de «ambas naciones», «Marx no podía haber previsto» que en nombre del proletariado se hablara entonces de «las relaciones de buena vecindad entre ambas naciones».

Con esa misma política se organiza el Segundo Congreso Pan Ruso de Organizaciones Musulmanes Comunistas. En ese congreso, Lenin no tiene ningún reparo en poner como sujeto de la revolución, en primer lugar, no al proletariado revolucionario, sino a los «países oprimidos», es decir a la alianza de explotados y explotadores: «La revolución socialista no será sólo, ni será principalmente, la lucha de los proletarios revolucionarios de cada país contra su burguesía, sino que ella resultará de la lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo de todos los países dependientes contra el imperialismo internacional». Es totalmente falso que los llamados al frente popular y a las alianzas con la burguesía hayan comenzado con Stalin, como pretende por ejemplo el trotskismo en todas sus variantes; es una mentira gigantesca culpar a Dimitrov o Stalin de la política liquidacionista del frentepopulismo. Este tipo de llamados y manifiestos implicaban un llamado abierto a la lucha nacionalista y supuestamente antiimperialista. Ese tipo de proclamas, que se sucedieron desde entonces, contribuyen directamente a la liquidación de la autonomía del proletariado en el mundo entero. En efecto, sólo una versión nacional del desarrollo del capital, muy común en la ideología euroracista de la socialdemocracia y luego de la IC, puede pretender que esos llamados al proletariado para que apoyara a las burguesías nacionales, en su supuesta lucha contra los imperialistas, afecta únicamente al proletariado de tales o cuales países «coloniales o semicoloniales», y no a todo el proletariado mundial. Primero, porque esa supuesta «táctica» era un verdadero entreguismo estratégico de todo el proletariado mundial; al que se le llamaba explícitamente a considerar la contradicción nacional como más importante que la contradicción de clase y como conducente al mismo objetivo socialista, lo que es totalmente falso: jamás la liberación nacional conduce al socialismo, ni favorece los intereses del proletariado. Porque, en vez de afirmar la lucha mundial del proletariado contra la burguesía mundial, esos oportunistas, erigidos en jefes de estado, estaban llamando, en nombre del proletariado, a los proletarios de todo el mundo a apoyar tal o cual nación considerada oprimida, es decir a liquidar, en todas partes, la verdadera autonomía de clase y poner al proletariado como furgón de cola de cualquier burguesía del mundo que se definiera «contra el imperialismo». Segundo, porque la cuestión misma de «países oprimidos» se podía aplicar realmente en cualquier parte del mundo, lo que más tarde hacen los trotskistas y estalinistas por doquier. En efecto, exceptuando algún país (¡no se nos ocurre otro que Inglaterra!), todos los países del mundo podían ser, y serían, en algún momento de la historia, redefinidos como oprimidos o como semicolonias (por ejemplo, ¡fueron definidos así hasta países como Alemania o España!). E incluso, en esos poquísimos países «opresores» que quedarían totalmente exceptuados de esa tan interesada como absurda calificación (20), siempre se podía, y se podrá, encontrar otros «pueblos» o «naciones» oprimidas en su interior y, por lo tanto, también en ellos, justificar la alianza de los proletarios con las burguesías de esas «naciones oprimidas», lo que era, y será siempre, un arma contra la constitución del proletariado en clase y por lo tanto en partido. En los hechos, se proclamaba, de forma apenas encubierta, el viejo principio socialdemócrata de que la revolución socialista, por la que se luchaba, no era el resultado de la lucha contra el capital, y mucho menos contra el capital mundial, sino de una amplia alianza, popular y nacionalista, contra tal o cual «imperialismo», contra tal o cual país. Prácticamente se llamaba a renunciar a la lucha proletaria contra el capital y a aliarse con los capitalistas que se considerasen (y realmente se dejaba así la puerta abierta para toda política de alianza y pactos imperialistas como el que realiza algo después Stalin con Hitler y después con Roosvelt y Churchill) en cada caso particular como «antiimperialistas», o más adelante más demócratas que los otros. Como es sabido, ésa será la política de oportunidades, tan defendida por Lenin, en función de los intereses del capital nacional e imperial ruso, que marca las alianzas y los virajes de los dirigentes rusos desde la época de Lenin. Es totalmente lógico que, con esa concepción nacional imperialista, Lenin llamase cada vez menos a la revolución y mucho más a la paz entre las naciones. En diciembre de 1919, subrayando «su invariable anhelo de paz» (¡textual!), Lenin se dirige a todas las potencias de la Entente: Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Japón, Italia… Ese mismo mes, Radek afirma la necesidad de «la reconstrucción nacional» y la «construcción del socialismo», en «coexistencia pacífica con los estados capitalistas» y en base a un «compromiso con el capitalismo mundial». Años después Stalin, con la teoría del socialismo en un sólo país y su represión del movimiento obrero de cada país en función de los intereses y acuerdos del estado ruso, contrariamente al mito trotskista, no haría más que aplicar y llevar a las últimas consecuencias esta concepción de los bolcheviques, defendida cuando apenas habían consolidado el poder.

En 1920, los bolcheviques, al mismo tiempo que hacen algunas declaraciones rimbombantes y llamados al proletariado, se afirman cada vez más como continuadores del zarismo, llegando incluso a protestar porque en tal o tal tratado (por ejemplo, el tratado de París en febrero 1920) no se tiene en cuenta los tratados concluidos por el zarismo con anterioridad. Es decir reclaman internacionalmente, ante los otros gobiernos burgueses, ser aceptados como los continuadores de los derechos, privilegios y deberes del estado ruso zarista. Los dirigentes representativos del estado ruso (Lenin, Trotski, Joffé, Linvinov, Chicherin, Radek…) multiplican los comunicados y las conferencias de prensa, dirigidos a mostrar la buena voluntad y hasta la paridad del gobierno ruso con los otros gobiernos del mundo y no dudan en dejar claramente establecido que incluso renuncian a la lucha revolucionaria para mantener la paz. Radek declara en febrero de 1920 que «el gobierno soviético no desarrollará más actividades revolucionarias en los países capitalistas» (21) «exigiendo» para ello ¡la lógica reciprocidad! Es decir, los bolcheviques, como administradores del estado ruso, no sólo no lo ponen al servicio de la lucha del proletariado (22), sino que liquidan la lucha del proletariado en función de los intereses del estado ruso. Por lo tanto se sitúan del lado del estado mundial del capital contra la lucha del proletariado.

Cuando, unos meses después, se produce la guerra contra Polonia, es claro que de aquellas posiciones derrotistas revolucionarias, de guerra proletaria contra la burguesía en todas partes, no queda absolutamente nada y se afirma abiertamente como una guerra entre estados nacionales e imperiales. Los propios bolcheviques reconocen este hecho y proclaman abiertamente que se trata (no de una guerra de clases sino) de una guerra nacional. El ejército rojo, con Trotski a la cabeza, reintegra a oficiales zaristas (Kamenev, Vaisetts, Tukhchvsky), incluido el último comandante en jefe del zar, el general Brusilov. Toda la dirección bolchevique se afirma como nacional imperialista al participar, así, en la liquidación de la autonomía de clase que ese encuadramiento militar, y los llamados a la guerra nacional, implican para el proletariado. A los proletarios que habían triunfado en la lucha contra los zaristas se les obliga ahora a obedecerlos y se aplica todo el terror de estado contra quien se rebela. Los fusilamientos, calaboceadas y torturas fueron moneda corriente. Zinoviev, uno de los viejos bolcheviques que siempre había defendido la posición socialdemócrata de que la revolución en Rusia sólo podía realizar las tareas democráticas burguesas, que, consecuentemente con ello, se había opuesto a la insurrección en nombre de la ausencia de condiciones y que había colaborado con el enemigo denunciando sus preparativos, declara: «La guerra se vuelve nacional. No sólo los sectores avanzados del campesinado, sino incluso los campesinos ricos son hostiles a las imposiciones de los propietarios polacos… Nosotros, comunistas, debemos situarnos a la cabeza de ese movimiento nacional que unirá a toda la población».

Participantes en la represión de Kronstadt junto a Lenin y Trotsky.

 

Es en esas circunstancias, de unidad nacional rusa hasta con los generales zaristas, de terrorismo interno y de sumisión de los bolcheviques a la política capitalista e imperialista rusa, que Lenin escribe su inmundo panfleto «La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo», en el que caricaturiza la práctica de las izquierdas comunistas, se pronuncia a favor de la participación en los sindicatos, en los parlamentos, se defiende la política de compromisos y se afirma la política del frente único con la socialdemocracia y de «gobiernos obreros». ¡Cómo no ver la coherencia entre esta política de liquidación democrática del movimiento y las promesas bolcheviques de coexistencia pacífica, de paz social, de que «el gobierno soviético no desarrollará más actividades revolucionarias en los países capitalistas»! Las diferentes delegaciones de las izquierdas comunistas, que van llegando a Moscú, en especial las del Partido Comunista Obrero de Alemania, que esperaban ser apoyadas por Lenin y sus compañeros en la ruptura que estaban realizando y en la lucha contra el centrismo, sufren una decepción total: las posiciones de Lenin no sólo no son las de ellos, sino que son exactamente las mismas posiciones contrarrevolucionarias que las de Levi, Radek y compañía. El mito de Lenin estaba tan arraigado, incluso entre los revolucionarios, que es necesario enviar una delegación tras otra para convencerse de que Lenin estaba objetivamente del otro lado de la barricada. Esa obrita de Lenin sobre la «enfermedad infantil» es, más adelante, el manual de formación de base de todo cuadro al servicio de la contrarrevolución. Es algo así como la biblia que recitan los servicios de choque estalinista en el mundo entero.

Fue así, con tomas de posiciones a favor de los oportunistas y centristas, con todos los socialdemócratas que se disfrazaban ahora de «comunistas» y se mostraban partidarios de la IC, con afirmación del ejército dirigido por oficiales zaristas, que encuadraban y disciplinaban a los proletarios, con llamados al capital extranjero, con acuerdos comerciales y militares con diferentes estados burgueses del mundo, cómo los bolcheviques prepararon el Segundo Congreso de la IC. En el mismo momento en que mejoran las relaciones comerciales y militares con los gobiernos de la región (Irán, Afganistán…), firman acuerdos comerciales con varios gobiernos (por ejemplo Suecia), se reanuda el comercio con Estados Unidos (eliminación de las restricciones al comercio con Rusia por parte del gobierno estadounidense), y llegan a un «acuerdo pleno» con el gobierno británico, entre marzo y julio de 1920; los bolcheviques publican una serie de documentos en los que adoptan claramente, y sobre la totalidad de las cuestiones en discusión, la posición del centrismo internacional contra la ruptura que las izquierdas comunistas (incluso en Rusia) habían afirmado desde siempre. De esta forma, el Comité Ejecutivo de la IC dirige una «carta abierta al KAPD», cuyo contenido fue conocido en el Segundo Congreso de la IC, en el que se toma abiertamente partido contra ellos y a favor del partido contrarrevolucionario de Levi y compañía. Dicha carta llama a los miembros del KAPD a renunciar a toda la ruptura que venían efectuando, callando sus críticas al PC oficial, a ingresar en los sindicatos socialdemócratas, a participar en las elecciones nacionales y en el parlamento… Apelando a la autoridad póstuma de Luxemburgo y Liebneckt, se llama, o más aún se conmina, a los militantes de ese partido a renunciar a todo lo que los había llevado a constituirse como fuerza aparte, afuera y en contra de los partidos y los sindicatos del capital. Al mismo tiempo se los calumnia y desprestigia, diciendo que ayudan en la práctica a «la burguesía a prolongar su dominación de clase», que su concepción de partido es «propagandista», «anarquista»… y, simultáneamente, les dan un verdadero ultimátum para que se sometan a la disciplina, utilizando métodos que más tarde son moneda corriente.

En preparación del Segundo Congreso se redactan las 19 (luego se agregarán dos más) condiciones de adhesión a la IC, que, a pesar de que son presentadas como un parapeto contra reformistas, excluyen a los grupos y las organizaciones que habían afirmado una ruptura fundamental con la socialdemocracia. Ya antes del Congreso, esas condiciones circulan como «las condiciones de exclusión del Partido Comunista Obrero de Alemania». Ello queda bien claro en la discusión de junio, entre por un lado Lenin-Radek, en nombre de esas condiciones, y Merges-Rüle por el otro, en nombre del KAPD. También circulan una serie de artículos redactados por Zinoviev, que había pasado de ser considerado, por Lenin y Trotski, como el peor de los traidores, por su actitud policial durante la insurrección (¡y así lo decía antes Lenin!), a ser ni más ni menos que el adulado presidente de la IC. Entre esos artículos se destacan «Las cuestiones quemantes de la actualidad para el movimiento internacional, el Segundo Congreso de la IC y sus tareas» y «Lo que ha sido la Internacional hasta ahora y lo que debe ser en el futuro». En el primero se defiende la vieja concepción «masista» del partido y se trata de probar el éxito de esos partidos con el número de personas y adherentes y en general por los éxitos parlamentarios (como siempre había hecho la socialdemocracia), lo que se sitúa en las antípodas de la posición del KAPD. Los revolucionarios en Alemania contraponían al partido de masas socialdemócrata-leninista el partido «núcleo» y especificaban que utilizaban la palabra partido (como Marx) en el «sentido no tradicional del término». En el segundo texto de Zinoviev, lo más importante es la afirmación de que ahora hay que obedecer a la disciplina. Toda su perorata, en contra del reformismo, esconde mal que se buscaba liquidar la ruptura comunista, dado que se llama abiertamente a la unidad con el centrismo, a la unidad con los Levi, los Gramsci ¡y hasta con el Partido Laborista británico!

De la misma manera, Lenin, antes del Segundo Congreso de la IC, anuncia su color, definiéndose abiertamente no sólo por el parlamentarismo sino por la afiliación de los comunistas al Partido Laborista británico que la izquierda comunista, de ese país y del mundo, consideraba, con total razón, como el «último bastión de la defensa del capitalismo contra la revolución proletaria ascendente» (23). En el Congreso mismo, que se produce en Moscú en julio-agosto de 1920, se consolida toda la línea bolchevique y, también, el dominio total de éstos sobre la Internacional y sobre cada uno de los partidos adherentes: parlamentarismo, sindicalismo, «emancipación nacional». En cuanto a este último punto, se imponen, claro está, las oportunistas tesis de Lenin, aunque suavizadas para no cristalizar la organización de la izquierda comunista especialmente persa, corea, hindú… Así, en vez de la fórmula abiertamente frentepopulista que Lenin había elaborado -«la necesidad de que todos los partidos comunistas ayuden al movimiento democrático burgués de liberación»-, que pone al comunismo como sirviente de la burguesía, se termina aprobando otra mucho más vaga. Sólo en función de los intereses del estado y maniobrando en los corredores, los leninistas suavizaban las formulaciones derechistas para evitar que las minorías revolucionarias se reagruparan. Sin embargo, el alineamiento de los bolcheviques y del Ejecutivo de la IC «sin reservas, junto al oportunismo» (24) es denunciado abiertamente por los verdaderos comunistas que efectivamente habían roto con la socialdemocracia.

Como decimos en la presentación de la segunda parte de la cronología (25), el período que viene luego de ese Congreso y hasta fines de 1921 «se caracteriza por la ola de derrotas y un repliegue desordenado del movimiento revolucionario, que constituye, por un lado, la verificación práctica de que la revolución no podía avanzar sin romper programáticamente, a fondo, con el programa de la socialdemocracia (parlamento, sindicatos, apoyo al desarrollo del capital en Rusia, “derechos de los pueblos a la autodeterminación”, reformismo en todo los niveles…) y, por el otro, será refrendado por una “nueva política” que irá aún más lejos en la afirmación de la contrarrevolución -participación en la lucha intercapitalista internacional, frente único (“obrero” y “antiimperialista”), gobiernos obreros...-, que será oficializada por el Tercer y Cuarto congresos de la IC. Esa NEP (26) en lo internacional será acompañada por la liquidación real de toda la vanguardia comunista, desarticulada, vencida desorganizada, desarmada, separada de los obreros que ya se iban resoldando con su capital nacional para producir los monstruosos fenómenos que veremos unos años después: estalinismo, fascismo, frentes nacionales antiimperialistas, nazismo, frente popular».

La aplicación de las directivas del Segundo Congreso conduce a la adhesión masiva de socialdemócratas a los partidos comunistas o a la dilución de los comunistas en un partido socialdemócrata y el aislamiento y desautorización de los revolucionarios que se oponen al nacionalismo, el parlamentarismo, el sindicalismo. En nuestra cronología se dan muchos ejemplos de cómo esa política de la IC conduce a ese resultado en Alemania, Austria, Francia, Argentina, México. En Alemania, la política del partido de Levi, que apoya a la IC, es cada vez más cercana a la de la putrefacta USPD (la unificación ordenada desde Moscú se produciría unos meses después), llegando al extremo de publicar comunicados conjuntos, llamando a los proletarios a oponerse al movimiento insurreccional del proletariado definido como una provocación. El leninismo actúa como habían actuado los viejos bolcheviques que se oponían a la insurrección. El zinovievismo y el kamenevismo de los viejos bolcheviques contrarrevolucionarios se había internacionalizado, avalado ahora por Lenin y Trotski: la insurrección proletaria pasó a ser considerada aventurerismo pequeño burgués. ¡Esa caracterización sigue siendo utilizada hoy por socialdemócratas y estalinistas!

TERRORISMO DE ESTADO CONTRA EL PROLETARIADO

 

La contrarrevolución escondió, desde el principio, que el terror «rojo», que se aplicó bajo Lenin, no iba dirigido principalmente contra la burguesía, sino contra el proletariado. Ello es la consecuencia lógica del programa de desarrollo del capitalismo aplicado desde el principio por Lenin y los suyos: la defensa de los intereses elementales del proletariado se contraponen siempre a la política capitalista. Por eso aunque también se reprimen sectores de la burguesía y otros partidos capitalistas, cada vez más fuerzas burguesas serán cooptados o/y neutralizadas y el terrorismo de estado se aplicará masivamente contra el proletariado rural y urbano.
Desde la creación de la Checa, en diciembre de 1917, se definió como enemigo al «sabotaje y la contrarrevolución», categoría en la que entraron de primera quienes se oponían a la política nacionalista de los bolcheviques y a quienes saboteaban el desarrollo de la organización capitalista y tayloriana de la producción. Cuanto más se fue reafirmando la política nacionalista e imperialista, y en lo interno se iba cooptando para el aparato del estado a viejos funcionarios y militares zaristas, así como a viejos burgueses para gestionar el capital, más la represión contra el proletariado se fue agudizando. Si las primeras víctimas del terrorismo de estado, especialmente entre el proletariado agrícola, se producen en plena guerra civil (entre el terror blanco y el terror rojo) y se puede aducir una gran confusión en una contienda entre dos proyectos capitalistas, luego se fue concentrando en lo económico, en la represión contra toda tentativa proletaria de vivir menos mal. Eran acusados de especuladores quienes intercambiaban comida, quienes resistían a las requisiciones, quienes obtenían un pedazo de carne para comer, quienes hacían huelga en la fábrica, quienes resistían al reclutamiento forzado en el ejército y en general quienes promovían la lucha contra las medidas de agudización de la explotación que el leninismo imponía contra los intereses proletarios. Pero fueron reprimidos selectiva y más violentamente todavía quienes llamaban abiertamente a la resistencia frente a la política claramente burguesa de los bolcheviques y especialmente quienes actuaban organizadamente contra el estado, como siempre habían hecho. Los mismos partidos y grupos que más habían sido reprimidos por el zarismo son los primeros en ser reprimidos por los bolcheviques, que, no podemos olvidar, contaron con la colaboración de muchos de los viejos oficiales zaristas y experimentados milicos. En muchos casos, los militantes revolucionarios fueron arrestados en las mismas cárceles y en los mismos calabozos en los que habían estado durante el zarismo.
La cantidad y la calidad de la represión fue, desde la creación de la Checa, terrible: la tortura se generalizó desde el principio y la desaparición de personas y la liquidación física fue la política general. La época de más represión masiva abierta, en toda la historia de la Unión Soviética, medida, por ejemplo, por el número de muertos directos de la represión, contrariamente al mito, es bajo Lenin. Diferentes fuentes coinciden en afirmar que, en lo que se considera oficialmente época del Terror, es decir 18 meses (desde septiembre de 1918 a enero de 1920), hubo un promedio de un millón y medio de muertos por año. La declaración del Comité Central Ejecutivo de los Soviets, del 2 de setiembre de 1918, que legitima lo que denominarán «terror de masas» y que efectivamente fue terror contra las masas, fue aprobada en principio contra los opositores a la paz de Brest-Litovsk y particularmente contra la rebelión abierta de los socialistas revolucionarios de izquierda y contra quienes llamaban a continuar la revolución, a hacer la revolución permanente o «tercera revolución». Para quienes habían decretado que la revolución había terminado, que ahora había que trabajar y construir en alianza y colaboración con las diferentes fuerzas del capital y el estado mundial, quienes llamaban a continuar la revolución (¡cómo habían hecho los bolcheviques insurreccionalistas hasta octubre de 1917!) pasaron a ser definidos como «agentes de la burguesía». Algo más de un mes después, Lenin se justifica en Pravda: «Cuando la gente nos reprocha nuestra crueldad, nosotros nos preguntamos cómo olvidan los más elementales principios del marxismo» (publicado el 26 de octubre de 1918). Si Lenin se tomaba por él máximo interprete de dios Marx en la Tierra, para justificar lo injustificable, es totalmente lógico que Dzerjinsky, el primer jefe de la Checa, declarase que el hombre comunista se creaba matando a quienes resistían: «La imposición proletaria bajo cualquier forma, comenzando por la ejecución capital, constituye un método para crear el hombre comunista».
Un año y medio después, cuando el estado decide suprimir la pena de muerte, lo hace para utilizar toda la fuerza de trabajo y ponerla al servicio del desarrollo económico. Se consolidaba así la ideología leninista del indispensable desarrollo del capitalismo como paso al socialismo, se aplicaba el eslogan «genial» de Lenin de que el socialismo es «el poder de los soviets y la electrificación del campo». La aplicación estricta del trabajo forzado era necesaria para la realización de las tareas democrático burguesas en un país en ruinas. Se le impondrá al proletariado, por la ideología y el terror de estado, el máximo esfuerzo productivo posible. Los campos de trabajo forzado habían empezado a funcionar ya en 1918, en donde se habían creado dos. En 1920 se abrirían ocho campos de concentración más. En 1922, la dirección de la policía política controlará 56. Al mismo tiempo que la condena a «trabajos forzados», que Lenin y Trotski defendían, se seguía generalizando, hasta transformarse en la condena tipo contra «los que no querían trabajar y los saboteadores», es decir contra la resistencia proletaria. Las cárceles, que los proletarios habían vaciado en 1917, tendrán en sus inmundas entrañas, a la muerte de Lenin, 87.800 presos políticos, lo que incluye ya a muchos militantes que habían participado en la insurrección de octubre, incluidos militantes de la izquierda comunista del propio partido bolchevique.
El aparato policial, el terror de estado y los campos de trabajo forzado se transformaron así en la clave de la contra «revolución rusa» y del desarrollo del capitalismo (que luego Stalin obliga a llamar «socialismo») en un solo país. En el segundo aniversario de 1917, el propio Pravda escribía «“todo el poder a los soviets” se transformó en “todo el poder a las Checas”».

 

Es decir, en los países, en los que la revolución tiene todavía posibilidades de triunfar, la IC pone en práctica su línea oportunista situándose del lado de los contrarrevolucionarios. Si tenemos en cuenta que mientras el proletariado alemán luchaba contra sus explotadores y verdugos los dirigentes rusos negocian secretamente con las autoridades militares de Alemania sobre la posibilidad de reconstituir la industria rusa de armamento, se puede entender perfectamente porqué la línea de Zinoviev, Lenin, Trotski era tan abiertamente contraria a la lucha revolucionaria: esos dirigentes del «comunismo» no podían conciliar la lucha proletaria con los intereses del estado ruso y ya habían elegido a éste último. Mientras durante todo el año 1921, el proletariado alemán sigue sufriendo derrota tras derrota, los dirigentes bolcheviques van logrando que las grandes firmas militares alemanas (Albertossewerke, Krupp, Bonn y Vose) construyan en Rusia (evidentemente que explotando al proletariado de ese país) cañones, obuses, aviones, submarinos... Por supuesto que el propio Lenin insiste, contrariamente a lo que habían prometido en el momento insurreccional, en que esos acuerdos sean guardados en absoluto secreto. La abolición del secreto en los acuerdos imperiales, con el que tanto se habían llenado la boca «como ejemplo revolucionario», resultaba ya entonces una reminiscencia de la revolución. El progreso y la puesta en práctica de esas conversaciones conducen al célebre Tratado de Rapallo entre ambos estados, que preparaba ya las condiciones de la siguiente masacre interimperialista.

El oportunismo triunfante contra la revolución llega a niveles tales que Zinoviev, como jefe de la IC, sustituye la «lucha de clases» por la «guerra santa contra los ladrones y los opresores» en su discurso de apertura del Primer Congreso de los Pueblos de Oriente. Esas posiciones conducen a los bolcheviques a mantener excelentes relaciones con los represores nacionalistas del proletariado, que utilizan ya el método de la tortura y la desaparición de militantes. Mientras Mustafá Sufi y otros militantes comunistas turcos eran torturados y desaparecidos (al parecer lanzados al mar tras ser asesinados), los bolcheviques afirman las relaciones amistosas y comerciales con (los represores directos) el estado en Turquía, llegando a la firma de un tratado en el que, con total desparpajo e insolidaridad con respecto a los comunistas asesinados, se proclama «la afinidad mutua entre el movimiento de liberación nacional de los pueblos y las luchas de los obreros de Rusia por un nuevo orden social». En Persia sucede otro tanto, en 1921, se aísla y expulsa a los revolucionarios, imponiendo al partido «comunista» en ese país que abandone la lucha y colabore con el nacionalismo en el mismo momento en que los bolcheviques afirman las relaciones amistosas y diplomáticas con el estado represor. También en Afganistán afirman las relaciones interestatales, que habían comenzado desde la insurrección, aislando así a los revolucionarios de ese país.

Ni siquiera la política nacionalista burguesa de los bolcheviques es consecuente, porque (como siempre en el terreno interburgués e interimperialista) los acuerdos con los diferentes imperialismos los lleva a traicionar, una y otra vez, la política nacionalista prometida. Por ejemplo, los acuerdos imperialistas con Reino Unido llevan a los bolcheviques a no cumplir los acuerdos de publicar la revista «Los pueblos de Oriente», que se había acordado en el Congreso de los Pueblos de Oriente. Mientras el estado ruso va consolidando sus alianzas imperialistas y la política de atraer capitales, en Rusia, durante todo 1921, se siguen disminuyendo todas las raciones alimentarias e intentando, por todos los medios, aumentar la explotación de los proletarios, lo que conducirá a la última gran resistencia proletaria: huelga general en Petrogado, revuelta en los históricos talleres Putilov, «el crisol de la revolución», y luego la gran revuelta de los proletarios y marineros de Kronstadt.

Durante esa afirmación progresiva de la contrarrevolución internacional y de la política contrarrevolucionaria de los bolcheviques, se realiza el Tercer Congreso de la IC, en el que se consolida toda la política socialdemócrata de «ir a las masas». No quedan ni las huellas de la fraseología revolucionaria del Primer y el Segundo congresos. Todo es sustituido por la «conquista de la mayoría de la clase obrera» y otras frases clásicas del oportunismo y la vieja escuela socialdemócrata. Para ello, el verdadero debate es sistemáticamente saboteado y prohibido por los dirigentes de la IC, que hacen enormes y sensacionales discursos pero que acortan, todo lo posible, el tiempo de palabra de los delegados del KAPD, Roi u otros compañeros. Todos los discursos oficiales tienen como objetivo repetir la fraseología barata de Lenin, en su «enfermedad infantil», y descalificar a los compañeros de las izquierdas comunistas. El debate mismo, en el Tercer Congreso, es una caricatura, una burla, de la polémica real. A los delegados se los reúne aparte y se les explican las posiciones oficiales contra el KAPD; todo está preparado para su exclusión. A los delegados de esta organización se los reprimió en el uso de la palabra y sólo se los escucha un tiempo limitadísimo y en una sala ya convencida y sin interés en la polémica. Los compañeros cuentan que el rumor era permanente y que ni siquiera se los escuchaba. Se funcionaba como en los viejos congresos socialdemócratas y en general de la democracia: todo está cocinado de antemano, la polémica se sustituye por los discursos espectaculares que inducían los aplausos en función del prestigio espectacular del que lo pronunciaba. La IC no sólo defendía el parlamentarismo sino que se había transformado en un verdadero parlamento; todas las tareas propias del congresismo socialdemócrata se generalizaban nuevamente.

PRIMEROS PASOS DEL TERRORISMO DE ESTADO

 

La primera acción de la Checa fue aplastar una huelga de empleados y funcionarios de Petrogrado. La primera gran redada se realizó la noche del 11 al 12 de abril de 1918, fue contra organizaciones que se definían como anarquistas y sorprendió por su inusitada dureza. Durante la misma actuaron más de 1.000 milicos de la Checa que tomaron por asalto unas 20 casas de anarquistas de Moscú y apresaron a 520 personas, de los cuales asesinaron a 25 de ellos, acusándolos de «bandidos». Este apelativo se haría corriente en lo sucesivo contra los militantes que continuaban luchando contra el capitalismo y el estado.

 

TESTAMENTO DE UN REPRESOR LENINISTA ARREPENTIDO

 

El 16 de febrero de 1923 en pleno bulevar Nikitsky de Moscú, un miembro de la Comisión Gubernamental de Investigación y Dirección Política del Estado se suicida y como testamento deja la siguiente carta: «¡Compañeros! Luego de que me pusieron rápidamente al tanto de los asuntos tratados por nuestra principal institución para la defensa de las conquistas del pueblo trabajador, un estudio de los documentos de investigación y de los procedimientos aplicados conscientemente por nosotros, para afirmar nuestra situación, en base a las indicaciones del compañero Unschlich que los considera indispensables para los intereses del Partido, me obligaron a salir para siempre de tales horrores, de esas canalladas que practicamos en nombre de los grandes principios del comunismo y a los cuales yo participé inconscientemente como obrero del Partido Comunista. Quiero, con mi propia muerte, confirmar mi error y en ese sentido os dirijo mi última plegaria. Cambiad totalmente mientras todavía estéis a tiempo, no deshonren, con vuestros métodos, a nuestro gran maestro Marx y no sigáis alejando a las masas del socialismo». (27)

 

La apología leninista de los compromisos y los acuerdos con el enemigo, la maniobra permanente como «táctica genial», como «estrategia revolucionaria», la falta total de principios es erigida para siempre en el único principio general del Congreso. Trotski no se imaginaba hasta qué punto se estaba gestando el estalinismo y él estaba contribuyendo al mismo, cuando declaraba, en ese congreso, que la IC se había transformado en una «escuela de estrategia revolucionaria… superando su fase infantil» y que eso había sido posible gracias al dominio de «la ciencia de la maniobra política, táctica y estratégica».

Creemos que estos elementos resumen bien lo que es en Rusia, y especialmente en lo internacional, el leninismo como gran liquidador de las fuerzas revolucionarias en el mundo entero e introducen conceptualmente la liquidación práctica que se produce en todos los países, en los años siguientes, como expusimos y seguiremos exponiendo en otros trabajos.

El dualismo fundamental

«La ciencia de la maniobra política, táctica y estratégica» o leninismo es, entonces, el perfeccionamiento de la concepción de la socialdemocracia. Su principio de base es negar la unicidad fundamental entre los intereses inmediatos e históricos del proletariado y preconizar, invariantemente, tácticas y estrategias que contradicen los intereses más elementales del proletariado. Ésa es la clave, una argumentación (y luego propaganda) en nombre del comunismo, que contradice la práctica de siempre del movimiento comunista, que no puede ser otra cosa que el movimiento histórico concreto de combate contra el capitalismo y su desarrollo. Una teoría, una ideología, un partido, que invariantemente justifica la necesidad de desarrollar una política contraria a los intereses proletarios, en nombre de esos mismos intereses en el futuro. Sólo así se puede argumentar que: el proletariado debe trabajar lo máximo posible en vez de luchar contra el trabajo; que lo importante es desarrollar el capitalismo en vez de luchar contra el mismo; que hay que realizar las tareas de la burguesía (tareas democrático burguesas) en vez de realizar las tareas proletarias de abolición del trabajo asalariado y la sociedad mercantil; ir al parlamento y hacer una política electorera en vez de sabotear el parlamento y las elecciones; someterse a la disciplina sindical en vez de luchar contra los sindicatos, verdaderos aparatos del estado burgués; hacer frentes nacionales y populares con la burguesía, sus partidos, sus estados, en vez de enfrentarlos; defender la nación y la política estatal nacional en vez de luchar contra estados y fronteras; en fin… hacer acuerdos y alianzas con burgueses, milicos y generales, de otros países, que están reprimiendo a los compañeros, en vez de solidarizarse con éstos y seguir la lucha contra aquéllos. El estalinismo no es más que la consecuencia inevitable de todo ello: sin todos los presupuestos anteriores no se podían haber justificado los millones de proletarios encerrados en los campos de concentración, ni las alianzas y pactos políticos, económicos, militares con todos los enemigos del proletariado: desde los estados de Estados Unidos, Reino Unido, Francia… a la propia Alemania nazi, dirigida por Hitler. Todo absolutamente todo eso había sido defendido por Lenin (y Trotski) en el poder.

La sistematización leninista de todos los dualismos socialdemócratas generaliza la función de ese partido burgués para los proletarios. En efecto, sólo oponiendo al proletariado como clase con el partido, los intereses económicos de los proletarios con los intereses históricos del socialismo, se puede argumentar que, en nombre del socialismo, hay que dejar los intereses inmediatos y, por ejemplo, sacrificarse por la economía nacional. Todos los virajes y justificaciones leninistas, todos los sacrificios del proletariado, todas las «traiciones» de los partidos de izquierda, tienen como fundamento ese conjunto interminable de dualismos que hoy encontramos en todas las formas modernas de la socialdemocracia: intereses económicos e intereses políticos, programa mínimo y programa máximo, intereses inmediatos e intereses históricos, táctica y estrategia. La ciencia de la maniobra política se materializa prácticamente en el posibilismo y el realismo de la oportunidad política que todos conocemos: «si pero es menos malo que…», «no será socialista pero es lo que se puede hacer», «el parlamento es una institución burguesa pero hay que participar para denunciarlo», «las elecciones no permiten llegar al socialismo, pero mientras tanto votemos por...», «la liberación nacional es un paso… hacia el socialismo». A su vez este maniobreo sin fin, de las zanahorias políticas y del oportunismo erigido en método, en función de intereses ajenos al proletariado (intereses del partido o/y estado que lo lleva adelante y particularmente de la Unión Soviética), al mismo tiempo que conlleva la liquidación de las minorías revolucionarias, que siguen aferradas a los intereses proletarios, consolida la contrarrevolución mundial y se transforma en la forma, al fin encontrada, de liquidar toda la autonomía del proletariado, en nombre de ese mismo proletariado. Más allá de la falsa imagen radical de Lenin en sus primeros tiempos, el leninismo pasará a ser reconocido, por sus supuestos enemigos socialdemócratas y hasta por las otras fracciones de la burguesía, como un modelo exitoso. Los nazis imitarán los métodos de movilización de masa y propaganda, la policía política, los campos de trabajo y concentración, y las otras grandes fuerzas imperiales del mundo no se quedarán atrás en cuanto a los «grandes trabajos» y la consecuente movilización de masas durante el New Deal. Las escuelas de oficiales y militares, de todas las grandes potencias, leerán Lenin, no sólo como un enemigo a tener en cuenta, no sólo como un excelente interprete de Clausewitz, sino por el perfeccionamiento de los métodos de control y sumisión de las masas.

Trabajo forzado en un campo de concentración.

 

Evidentemente, en ese dualismo siempre hay un polo que es determinante y dominante -el partido, la teoría, la ciencia, la civilización, el progreso, el socialismo, el desarrollo de las fuerzas productivas…- y otro que es subordinado, oprimido, secundario, condenado al sacrificio -el proletariado, lo inmediato, lo táctico, las necesidades concretas, los intereses «economicistas»...-. Siempre la humanidad es sacrificada en nombre de una zanahoria que nos hace marchar y que esconde, invariantemente, el propio desarrollo de las fuerzas productivas del capital. En todos los casos se sacrifican los intereses proletarios, los intereses directamente humanos, en nombre de intereses superiores, se hace primar ese polo definido como superior. Sucede exactamente lo mismo que con la religión judeocristiana, el sacrificio aquí en nombre del más allá. Más aún, ese polo dominante se argumenta a sí mismo, es el que define los criterios de verdad, es la expresión misma de la ciencia incuestionable y ante la cual hay que sacrificarse. Si los proletarios no son más que el polo subordinado: ¿quién tiene esa función de la verdad en la Tierra, de la ciencia ante la cual hay que arrodillarse? Es evidentemente lo que el leninista llama «el partido». Exactamente como la iglesia era en la Edad Media la concreción de dios en la Tierra, el partido pasa a ser así la concreción del socialismo idealizado, de la ciencia, de la civilización y por lo tanto es incuestionable. Toda crítica de fondo pasa a ser un pecado y los críticos tienen como sanción la excomunión y la hoguera. La represión y el terrorismo de estado fueron, y son, la consecuencia inevitable del dogma revelado.

Esta concepción siempre estuvo presente en la socialdemocracia, desde Lasalle a Proudhon, hasta que fuera sintetizada y sistematizada por Karl Kautsky. Su discípulo Lenin la adopta (de ahí la importancia del texto de Barrot que presentamos a continuación) y la lleva a la práctica, en forma masiva, desde 1917. Stalin, Trotski, Zinoviev, Kamenev, Dimitrov, Gramsci... son los mejores discípulos contemporáneos del discípulo de Kautsky. Luego siguen no sólo otros discípulos declarados del discípulo, tales como Mao, Ho Chi Min, Giap, Kim Il Sung, Enver Hoja, Fidel Castro…, u otros menos declarados como los supuestos «anarquistas» españoles de la CNT (Abad de Santillán, Federica Montseny, Marianet…), que también en nombre de la lucha contra el estado defendieron abiertamente al estado presente y concreto, el estado capitalista, y pusieron al proletariado, organizado en la CNT, a su servicio. Pero más allá de esas aplicaciones, esa concepción vuelve y volverá a ponerse de moda en todo tipo de organizaciones sociales y políticas para paralizar al proletariado en su acción directa contra el capital y el estado en nombre de un supuesto interés superior.

La historia del leninismo (y en general de la socialdemocracia) contra la revolución, sólo existe en forma dispersa e inorgánica. En su forma moderna, esa concepción no ha desaparecido, sino que por el contrario se ha generalizado y dispersado, lo que la ha hecho más fuerte y constitutiva fundamental del modo general de pensamiento dominante moderno, considerado políticamente correcto. Todavía no existe una sistematización de esa teoría y de esa práctica tras casi un siglo de acción decisiva. De ahí la importancia de nuestro intento. Hoy, bajo otras formas o denominaciones, la socialdemocracia, con todo lo que el leninismo le ha aportado, sigue siendo fundamental en la canalización y la liquidación de la energía de millones de proletarios que quieren cambiar el mundo hacia su contrario. Es decir para que toda esa energía se utilice en las tareas democrático burguesas y, en general, en el progreso del capital.

 

NOTAS:

1 «La política internacional de los bolcheviques y las contradicciones en la Internacional Comunista», Comunismo números 17 y 18.

2 Muchos dirán que eso era lo que decían, que en realidad los bolchevique ya tenían por objetivo liquidar la revolución y que utilizaban el discurso socialista para sus fines, que como otros contrarrevolucionarios querían que todo cambiara para que todo quede como está. Nosotros no compartimos este análisis, que sitúa a esos individuos por encima de la historia, dirigiendo voluntariamente la contrarrevolución, sino que vemos esto como resultado de un proceso que los supera. Pensamos que la concepción contrarrevolucionaria de la socialdemocracia, que los dominaba, los hizo efectivamente creer en esa utilización progresista del capitalismo y el estado para fines socialistas. En esto desconocieron el abc de lo que es el capital y el estado.

3 Se nos dirá que el frentepopulismo formal recién fue aprobado en los años treinta, y es verdad. Pero nosotros no nos referimos al frente popular formal sino al real. El frentismo con «los otros partidos obreros», el frente unido o único, esconde que en realidad se trata de un frente popular porque los «partidos obreros», con los que se propone frente, son los partidos burgueses para el proletariado, son los partidos de la socialdemocracia, es decir partidos que todos los internacionalistas consideraban como abiertamente capitalistas. Por eso hablamos abiertamente de frente popular en general, más allá de que a partir de mediados de los años veinte, importantes dirigentes de la IC, como el propio Dimitrov, hicieron llamados abiertamente policlasistas y frentepopulistas.

4 Ver «Liberación nacional cobertura de la guerra imperialista» en Comunismo números 2 y 3.

5 El día siguiente de la insurrección, los bolcheviques anuncian que publicarán «una nota asegurando a todo el personal de las embajadas y de las misiones el respeto que quiere testimoniar la segunda revolución a los Aliados» (Jacques Sadoul, Notes sur la révolution bolchevique, página 55).

6 Según Sadoul este ofrecimiento lo hace, en primera instancia, el propio Lenin. En las obras de Lenin éste aparece, un poco después, opuesto a esta solución, que siguen defendiendo en el Comité Central consagrados bolcheviques, hasta que luego, al quedar en minoría y ser amenazados de exclusión, abandonan dicha posición.

7 «Yo ya les propuse toda una serie de condiciones preliminares a la conclusión de un armisticio que harán temblar de horror a los negociadores alemanes: continuidad de la fraternización y de la agitación revolucionaria, prohibición del transporte de tropas de un frente a otro, negociaciones en territorio neutro o ruso, condiciones militares muy desventajosas para los alemanes.» Texto citado de Sadoul, página 120.

8 Texto citado de Sadoul, página 161.

9 Extraído de la cronología citada, Comunismo número 17.

10 Esta carta fue presentada al Comité Central el 22 de febrero de 1918 y fue firmada por importantes miembros del mismo como Oppokov, Lomov, Ouritski, Bujarin y Boubnov, así como por varios Comisarios del pueblo como Stukov, Bronski, Iakovieva, Spundé, Pokrovski y Piatakov.

11 «Todavía emocionados por la escenas de fraternización con los soldados revolucionarios rusos, por las poses comunes para la fotografía junto a ellos, por los cantos y las hurras y la entonación de la Internacional, los ‘compañeros’ alemanes se lanzan, desde ahora con las mangas remangadas, hacia el fuego de las acciones masivas heroicas para abatir todos los proletarios franceses, ingleses e italianos. Gracias al refuerzo masivo en carne de cañón alemán, la masacre volverá a encenderse por todo el frente oeste y sur con una fuerza multiplicada por diez. Ello obliga a Francia, Inglaterra, Estado Unidos a realizar los esfuerzos más desesperados. Así, lo que resulta como efectos primeros del Armisticio ruso y de su consecuencia inmediata, la paz separada al este, no es para nada algo que apresure la paz general, sino 1)la prolongación de la masacre entre los pueblos y la monstruosa agravación de su carácter sanguinario que exige de ambos lados mayores sacrificios que sin duda harán palidecer todo lo que vimos hasta ahora y 2) una enorme fortificación de la posición militar de Alemania y de sus planes de anexión, de sus apetitos más osados.» Rosa Luxemburg, La responsabilidad histórica, enero 1918. Nos parece incuestionable lo que declara Luxemburg en este texto. Debemos recordar sin embargo, que a su vez, Rosa Luxemburg nunca llegó a romper con las bases ideológicas de la socialdemocracia y jugó un papel centrista contra la ruptura comunista en Alemania.

12 Por todo lo expuesto es lógico que hablemos de ejército ruso, e incluso de reorganización del ejército ruso (en contraposición a los guardias rojos o lo que luego se conocerá con el nombre de «ejercito maknovista»), en continuidad con el ejército zarista (se reconstituyen las normas y la jerarquía del ejército histórico del zarismo) y que no tenga ningún sentido hablar de ejército proletario como hicieron los aburguesados dirigentes bolcheviques. Esa denominación, o la de ejército rojo u otras, son pura mistificación del leninismo, el trotskismo y el estalinismo.

13 Las llamadas «concesiones al capital internacional» se presentan como meramente económicas pero, evidentemente, son también políticas, programáticas, contrarias al abc de la lucha comunista: el capital sólo entiende de ganancia, de tasa de ganancia y, por lo tanto, de aumentar la explotación de los proletarios. Lenin aseguró esto también.

14 Aquí se comprueba, una vez más, que Lenin ve las cosas como los patrones identificando aumento del trabajo (mayor disciplina, más cantidad y más intensidad del trabajo) con aumento de la productividad del trabajo que, como dijimos anteriormente, es todo lo contrario (¡menos trabajo para producir lo mismo!). La cita es de «Las tareas inmediatas del poder de los soviets. Tesis».

15 Es importante conocer las posiciones de quienes luchaban contra esa política en Rusia. Ver entre otros el número 18 de la revista Comunismo, adonde se publican varios textos de las oposiciones bolcheviques (Osinky, «Grupo del Centralismo Democrático», Declaración de los 22…), así como el número 20 de Comunismo, en donde se publica el «Manifiesto del Grupo Obrero del Partido Comunista Ruso».

16 Ver al respecto nuestros trabajos en Comunismo número 17 y Jacques Baynac, La Terreur sous Lenine (el Terror bajo Lenin).

17 Ver la traducción de la primera parte de este artículo en Comunismo número 20.
18 En el artículo «La Conferencia Comunista Internacional y los problemas de la Internacional».

19 Ver al respecto: Memoria Obrera, «La izquierda comunista en la India (1920)», en Comunismo número 7.

20 La calificación es absurda porque se le aplican términos que tienen sentido de clase, como explotación y opresión, a la relación entre países. Es falsa, en el sentido de que es absurdo decir, por ejemplo, que toda la nación es explotada y oprimida escondiendo que en ella hay explotadores y opresores. Pero como la misma sirve para dividir al proletariado, para transformarlo en furgón de cola de tal o cual fracción, es y seguirá siendo utilizada. Preferimos agregar que es también interesada, lo que explica la persistencia de lo absurdo.
21 Esta colaboración de Radek, y por su intermedio del estado ruso, con los represores directos del proletariado en Alemania había sido acordada por el propio Radek unos años antes, cuando de preso pasa a ser adulado hombre de estado. Radek pasa así de enemigo a colaborar abiertamente con el jefe de la Reichwsehr, general Von Seecket, y a preparar los acuerdos entre ambos estados que se concretarán unos años después (como el de Rapallo). Ver, por ejemplo, Sebastian Haffner, Le pacte avec le diable (el pacto con el diablo).

22 En realidad, la formulación es incorrecta. Sólo usamos la fórmula de nuestros enemigos para poner en evidencia su falsedad: un estado nacional nunca puede ser puesto al servicio de la lucha del proletariado, sino que hay que destruirlo; sólo el proletariado armado puede desarrollar aquella acción revolucionaria. La cuestión es que los marxistas leninistas confunden y asimilan una cosa con otra: el poder armado del proletariado con el estado burgués ruso que nunca fue destruido. Como explicamos, el desarrollo del capitalismo en Rusia, que Lenin tanto defendía, sólo podía consolidar el estado burgués en ese país, cualquiera fueran sus administradores. La aplicación del leninismo consolidó entonces al estado burgués en ese país y a los bolcheviques como sus administradores.

23 Agregando que «hay que desarrollar una lucha sin piedad contra el laborismo». Las dos citas son de las tesis de Fraina aprobadas por la Conferencia de Ámsterdam.

24 Del «Postcriptum» agregado por Pannekoek, luego del Segundo Congreso de la IC, a su texto «La revolución mundial y la táctica del comunismo» (el texto apareció entonces firmado con el seudónimo de Horner) ya citado.

25 Ver Comunismo número 18.

26 Se hace referencia a la Nueva Política Económica de Lenin favorable al capitalismo y el comercio privado en Rusia, que será aplicada con éxito para el desarrollo capitalista en ese país, lo que significará, como es lógico, un golpe brutal a la lucha del proletariado.


27 La carta fue reproducida por un corresponsal de Poslednia Novosti según cita Melgounov y nosotros la extrajimos del libro de citado de Baynac.


 

 


CO56.1 EL LENINISMO CONTRA LA REVOLUCIÓN

SEGUNDA PARTE:

EL LENINISMO COMO LIQUIDADORDE LA RUPTURA COMUNISTA