Introducción al texto:
« ¿Conquistar los sindicatos o destruirlos?», L’Ouvrier communiste, 1929.

En esta ocasión publicamos la traducción, inédita hasta este momento, de un texto sacado de la revista L’Ouvrier communiste (El obrero comunista), órgano mensual de los Groupes Ouvriers Communistes (Grupos de Obreros Comunistas). Dicha publicación existió entre 1929 y 1931 y fueron publicados un total de 13 números. La organización denominada “Grupos Obreros Comunistas”, que en esta presentación denominaremos con el nombre de su periódico, surge a partir de una escisión con la fracción de izquierda del PC de Italia, que se había constituido en 1928, en Pantin (Francia), y reunida entorno a la revista Prometeo (cuyo animador principal fuera Vercesi).

L’ouvrier communiste, que al principio se llamó Reveil Communiste (Despertador Comunista), tuvo como principal animador al militante revolucionario Michelangelo Pappalardi y se distingue, de otras agrupaciones en la época, porque desde un principio critica al conjunto de la «herencia» leninista. Primero en desacuerdo con las oscilaciones oportunistas de la fracción comunista italiana frente a Trotsky (participación de esa fracción en la oposición de izquierda y en la publicación -«Contre le courant»-, es decir «Contra la corriente»), las divergencias de este grupo se extendieron, luego, a un conjunto de puntos esenciales: la cuestión sindical (ver el texto presentado), la cuestión «rusa», la cuestión del partido, la cuestión nacional, etc. Poco a poco, esos núcleos de militantes se aproximarán a las experiencias y a las posiciones de otras izquierdas comunistas y, particularmente, a las de las llamadas izquierdas germano-holandesas (KAPD). Desgraciadamente, esa actitud anti doctrinaria, de tentativa de síntesis de los aportes de las distintas izquierdas comunistas, se convirtió luego en una adopción acrítica de las tesis consejistas y en la degeneración de L’Ouvrier communiste, hasta su hundimiento en el pantano de la ideología anarquista, particularmente bajo la influencia de la pareja A.-D. Prudhommeaux. Parte de ese grupo reintegrará, desde entonces, la fracción comunista italiana que, a partir de 1933, crea la revista Bilan (Balance, ver nuestras numerosas presentaciones de ese grupo), y desde allí seguirá desarrollando un trabajo esencial de critica del conjunto de la «herencia leninista» (1).

El texto « ¿Conquistar los sindicatos o destruirlos? » no debe tomarse como una postura definitiva al respecto, sino como un punto de partida importante para la comprensión y la práctica invariante de los comunistas, contra y fuera de todas las estructuras del Estado burgués, incluyendo las seudo-obreras. En ese sentido, el artículo sigue llevando la huella de la época en la que fue producido. Así, cuando rompe con la ideología leninista, que sostiene que hay que «conquistar a toda costa los sindicatos»,  lo hace basándose en un análisis que reutiliza, en parte, los conceptos leninistas, o sea esencialmente socialdemócratas. Es el caso de «aristocracia obrera» como una explicación formal y economicista de la «corrupción» y de la «traición» de los sindicatos y de la socialdemocracia. Ya hemos criticado el concepto burgués de «aristocracia obrera» (2), basado en una comprensión «económica, mecanicista vulgar y sociológica de la clase». En nuestra revista Le communiste n° 10-11, en su día pusimos en relieve el proceso fundamental del asociacionismo obrero contra todas las barreras capitalistas, incluidas las que impone el capital en el seno mismo del proletariado. Por otra parte, una base implícita del texto, que publicamos a continuación, sigue siendo el análisis decadentista del modo de producción capitalista que, supuestamente, implicaría diferenciaciones en los intereses y las necesidades de los proletarios según las épocas. También hemos criticado ampliamente esa tesis reformista (3), afirmando la invarianza de las posiciones comunistas, lo que a su vez es producto de que las necesidades e intereses históricos del proletariado son siempre los mismos. Lo que cambian no son por lo tanto aquellas posiciones esenciales, sino que las mismas resultan cada vez más nítidas a través de todas y cada una de sus luchas. Como dice Bordiga en la reunión de Nápoles de 1951 en las que se abordó el tema las «Lecciones de las contrarrevoluciones» (Invariance Número 4): «No tenemos que olvidar que el reformismo empezó precisamente afirmando y pretendiendo probar que nada es estable, que todo se transforma de manera microscópica y que el capitalismo de 1855 no era el de 1789. El marxismo respondió y responde que existen momentos de crisis, pero que no engendran distintos tipos de capitalismo (...) El capitalismo siempre es uno, desde su nacimiento hasta su muerte» (4).

Del mismo modo, si bien es cierto que L’Ouvrier communiste denuncia abiertamente el carácter contrarrevolucionario del Estado en la Unión Soviética, lo hizo usando fórmulas y explicaciones erróneas y próximas del trotskismo tales como «Estado bonapartista» y «revolución no puramente proletaria». No puso en evidencia el carácter mundial de la dictadura del capital y, por lo tanto, la existencia en Rusia de un Estado puramente capitalista, administrado y defendido por una clase burguesa y no por una «casta burocrática». Ver al respecto la polémica que se desarrollará entre L’Ouvrier communiste y  el grupo Prometeo.

Además, L’Ouvrier Communiste, aunque pretenda criticar la separación entre las luchas denominadas económicas y las llamadas políticas, reproduce dicha dicotomía  socialdemócrata en varias formulaciones, sin ver hasta que punto la lucha proletaria (así como el capital al que enfrenta) es una e indivisible. No hay más que una sola lucha del proletariado, que expresa, a distintos niveles de intensidad, de fuerza, de conciencia, etcétera, los mismos intereses y necesidades globales: la destrucción de arriba abajo del sistema de la esclavitud asalariada. El movimiento comunista es un movimiento social que abarca pues todos los aspectos de la realidad social, precisamente para destruir a esta última como totalidad y no como una suma de aspectos parciales. No hay pues un «movimiento económico» que es supuestamente el embrión de «un movimiento político»: solo hay un movimiento social (determinado en su intensidad por el antagonismo entre proletariado y burguesía) que se enfrenta al conjunto de la sociedad y a su Estado. También hay, en el texto, una serie de análisis que preludian la desviación consejista, que los «Grupos obreros comunistas» conocerán ulteriormente sobre todo cuando le dan un valor «en sí» a los consejos, como si fueran antagónicos a los sindicatos contrarrevolucionarios. Es decir, como los consejos fuesen en sí la solución revolucionaria. Ahora bien, toda la historia del movimiento obrero y, en particular, la experiencia revolucionaria en Alemania entre 1918 y 1923, nos muestra que la revolución no es una cuestión de forma de organización sino de contenido, ya sea revolucionario o contrarrevolucionario (contenido, pues, que determina su «forma» aún cuando esta es la herencia de un pasado proletario).  Por eso, la apreciación de Rosa Luxemburgo (que nunca rompió realmente con la socialdemocracia, ni con las concepciones pacificas, democráticas, sindicalistas, parlamentarias, reformistas,...) que afirmó haber «sacado las lecciones de la gran guerra» no nos convence en absoluto. Para nosotros, el «luxemburguismo» solo fue uno de los últimos obstáculos radicales que impidieron la ruptura con la socialdemocracia y con los sindicatos desacreditados por su  participación activa en la guerra. El luxemburguismo siguió manteniendo casi todas las posiciones burguesas de la socialdemocracia. En Alemania solo los ISD-IKD (opuestos a Luxemburgo y reales precursores del KAPD) materializaron un momento importante en el rompimiento con la contrarrevolución socialdemócrata. «El «luxemburguismo» no es más que la versión liberal del leninismo (y más tarde del estalinismo), no es por casualidad que el luxemburguismo unificó luego a todo el democratinismo desde los estalinistas hasta los humanistas. La ideología luxemburguista es, como su prima leninista, la perfecta continuación de la tradición socialdemócrata, que como otros, a pesar de utilizar el nombre de Marx, no es más que una vulgar mezcla de Proudhon y de Lassalle.

De igual manera, la subestimación de la acción de las minorías revolucionarias, y del papel de vanguardia que deben desempeñar los comunistas, es un preludio de la degeneración de L’ Ouvrier communiste hacia la ideología consejista.

Hemos realizado estas observaciones (podrían relevarse otras) para potenciar una mejor utilización militante y crítica de esta «memoria obrera». Solo nos falta volver a afirmar la importancia de la actividad de L’Ouvrier communiste que, más allá de sus límites en una época de afirmación contrarrevolucionaria y enorme aislamiento de las minorías revolucionarias, ha intentado reapropiarse, basándose en la experiencia vivida del proletariado, de nuestro patrimonio colectivo e impersonal de clase. Uno de los principios esenciales de ese patrimonio es que la naturaleza pasada, presente y futura del sindicalismo es contrarrevolucionaria. Más globalmente, esas minorías revolucionarias son la expresión histórica de la ruptura entre comunismo y socialdemocracia en su expresión leninista, de la denuncia del carácter capitalista del estado ruso y del hecho, en esos años innegable, de que todas las “tácticas leninistas” (sindicalismo, parlamentarismo “revolucionario”, “liberación nacional”, introducción de la conciencia desde el exterior de la clase…) lejos de servir al proletariado habían servido y servirían siempre a la contrarrevolución.

Texto:

« ¿Conquistar los sindicatos o destruirlos?»

En el siglo pasado, en los inicios del movimiento de la clase obrera, Karl Marx consideró que los organismos sindicales eran formas a través de las cuales la lucha de clases podía desembocar en una lucha política y revolucionaria. Las experiencias del cartismo, especialmente, contribuyeron a alimentar históricamente la opinión de Marx, según la cual los sindicatos, escuela del socialismo, eran el campo de batalla de la revolución. Si tenemos en cuenta el periodo histórico en que fue formulado, dicho juicio, resulta comprensible.

Sin embargo, si nos referimos a la época actual, hay que constatar que los sindicalistas han especulado de forma indigna con la vieja opinión de Marx, para atribuir a las formas sindicales la exclusividad del papel revolucionario. En Francia e Italia se desconoce en general el hecho de que Marx, como observador escrupuloso del desarrollo de la lucha de clases y como adversario incansable de cualquier conclusión dogmática, revisó su punto de vista a la luz de la experiencia histórica. Se dio cuenta de que los sindicatos, estancados en los pantanos de la resistencia económica, ya no eran los órganos naturales de la lucha de clases, contrariamente a lo que siguen afirmando los epígonos de la escuela leninista (Trotskistas, Bordiguistas, Brandleristas...), y de que su función se limita a resistir la tendencia de los capitalistas de disminuir lo máximo posible los gastos de existencia del capitalismo.

Está probado que esa resistencia de los sindicatos no puede aportar ninguna mejora real y general en la situación obrera. En los límites de la sociedad capitalista, la lucha económica no permite al obrero más que perpetuar su vida de esclavitud, incluso cuando las crisis de desocupación dejan sin medios de existencia a una gran parte de las masas.

Por otro lado, Marx constató que los sindicatos no desempeñaban el papel de educadores revolucionarios del proletariado, papel que, según él, era el elemento esencial de la lucha de clases hacia la victoria del socialismo. Es evidente que ningún revolucionario debía perder de vista ese punto de vista fundamental, que contenía en sí mismo la liberación del proletariado y de toda la sociedad. Lo que Marx no podía saber todavía, era que las organizaciones sindicales acabarían en los pantanos de la colaboración de clase como pudimos comprobar durante y después de la guerra.

Tras la guerra mundial y la revolución rusa, en el movimiento comunista se enfrentaron dos tendencias que daban al problema sindical soluciones completamente distintas. Los leninistas preconizaban la necesidad de conquistar los sindicatos, sea remplazando a los jefes reformistas por jefes comunistas, sea revolucionando los sindicatos reformistas. Los extremistas de Alemania y los tribunistas de Holanda preconizaban, la destrucción de los sindicatos oponiendo, como instrumentos de lucha directa de la clase proletaria, los consejos revolucionarios que surgieron espontáneamente en Alemania, durante los movimientos insurreccionales de 1918 y 1919. 

Obviamente, estas dos tendencias se manifestaron con grados intermediarios. Hubo quien, ya fuera comunista o sindicalista, preconizó el abandono de los sindicatos reformistas para formar sindicatos revolucionarios.  De hecho, el leninismo remarcó, sobre todo durante la guerra, la naturaleza contrarrevolucionaria de los sindicatos y la naturaleza burguesa de su burocratismo. Pero curiosamente dicho análisis no lo empujó a adoptar una posición más radical al respecto. En 1920 la escuela leninista, basada en la necesidad que resentía de captar la simpatía de las masas, condujo al movimiento revolucionario a entrar en el vicioso círculo de la conquista de los sindicatos. En realidad, la teoría según la cual los sindicatos eran los órganos naturales del proletariado no tenía ninguna justificación histórica. Si bien en sus orígenes podían haberlo sido, durante y después de la guerra ya habían dado prueba de su degeneración. Convirtiéndose, entonces, no sólo en órganos no-revolucionarios, tal como Marx los había definido, sino también en órganos que habían llevado a la colaboración de clase y a la victoria de las fuerzas contrarrevolucionarias. Por eso tuvimos tanto disgusto cuando leímos el discurso de Bordiga, del 2° congreso del Komintern, acerca de la cuestión parlamentaria, que sostenía que «el sindicato, aún cuando es corrupto, sigue siendo un centro obrero». Esa afirmación es tan infantil que cualquiera podría deducir su inconsecuencia. Bordiga, al querer legitimar la teoría leninista de la conquista, legitima la posibilidad de dicha conquista incluso en órganos sindicales reaccionarios y corporaciones fascistas. Esa manera de concebir el problema sindical es abstracta y a-histórica. Si los sindicatos se corrompen no es por la existencia del reformismo. Al contrario, el reformismo es un producto de la evolución de los sindicatos en un sentido contrarrevolucionario. El revisionismo, en Alemania, se desarrolla dentro de la socialdemocracia y la domina, pero tiene sus raíces y su fuerza en los sindicatos. La teoría de la conquista de los sindicatos, que admite la regeneración sindical, parte evidentemente del punto de vista de que son las fuerzas exteriores las que han corrompido a los organismos de resistencia proletaria y que hay que echar esas fuerzas para poner, en su lugar, a fuerzas revolucionarias. Si se parte del punto de vista de que la corrupción sindical, como fenómeno histórico, encuentra su fundamento en la naturaleza del sindicato, no tiene ningún sentido el querer conciliar las nuevas formas revolucionarias con las formas caducas y corruptas de la lucha de clases. Sin embargo, según la teoría de la conquista de los sindicatos, las elites políticas revolucionarias, cuyo embrión se encontraba ya en la socialdemocracia internacional, antes y durante la guerra, y que se manifestaron en los núcleos y partidos comunistas al acabarla, son los órganos surgidos para revolucionar las masas en el viejo organismo sindical. ¡Pero se va más allá! Los consejos de fábricas, que no son el producto de una acción de manipulación de las masas (especialmente los que se formaron en Alemania después de la guerra) y que entran en su forma y actividad revolucionaria en conflicto con los sindicatos. no tienen ninguna importancia para los partidarios de la teoría de la conquista de los sindicatos. Efectivamente, la teoría de la conquista de los sindicatos, cegándose con el conflicto entre sindicatos y consejos, redujo a estos últimos al rango de órganos legalizados, subordinados, a la línea contrarrevolucionaria de la CGT alemana. Así la naturaleza antidialéctica de esta teoría se pone en evidencia con la experiencia histórica del movimiento alemán. Niega el conflicto entre los consejos revolucionarios y los sindicatos, es decir entre las fuerzas proletarias en la fábrica y la burocracia sindical. Pretende emplear las nuevas fuerzas políticas para regenerar a los sindicatos, pero toda la actividad de los conquistadores de los sindicatos no impide que esas formas, que quedan por regenerar, se corrompan cada vez más. No impide la aplicación del arbitraje obligatorio: es más, las fuerzas que luchan por conquistar los sindicatos están obligadas a maniobrar dentro del ámbito de la colaboración de clase. El leninismo, que siempre se ha enorgullecido de estar por la destrucción del Estado, no comprendió que los órganos corruptos también debían destruirse. Con respecto a los sindicatos, se manifestó totalmente reformista por no decir reaccionario. La actividad revolucionaria de las elites políticas del proletariado no debería considerar nunca a los sindicatos dentro del proceso histórico, no debiera ocultar nunca los conflictos ni pretender resolverlos con un sistema de estrategia hacia atrás. El fracaso de esa estrategia leninista es hoy incuestionable, considerando los resultados que acabamos de resaltar nadie lo puede negar. Es totalmente inconsecuente el que quienes quieren conquistar los sindicatos se cojan a esa teoría como a un salvavidas, pues la experiencia histórica la ha condenado definitivamente. A las organizaciones corruptas no se las conquista sino que hay que destruirlas.

El «extremismo infantil», al que el leninismo (reforzado por sus éxitos temporales) dirigió sus críticas en 1920, no varió su teoría sobre la destrucción de los sindicatos; a pesar de la ola de entusiasmo leninista que, en ese entonces, cegó la mente de muchos revolucionarios. Y es que esa teoría no era abstracta, ni anti-dialéctica, ni pretendía aplicar sistemas anodinos a la historia. El leninismo logró, a través de la gran difusión de sus teorías y de sus concepciones, propagar una caricatura del extremismo. El mismo Bordiga contribuyó a desfigurar el extremismo al asemejarlo al sindicalismo, en su discurso del 2° congreso del Komintern, cuando la teoría «destructiva» del extremismo justamente es antisindicalista. El sindicalismo idealiza las formas sindicales, ve en ellas la renovación eterna de las fuerzas revolucionarias. En el sindicato, el socialismo logra su objetivo, sus formas perfectas. En resumen, para esa teoría, el sindicato es la única forma, la forma eterna que siempre se rejuvenece en la lucha de clases. Así, el sindicalismo, identifica la lucha de clases con el sindicato y, en eso, no se alejaría mucho del leninismo, si la cuestión del partido no estuviese allí para separarlos.

El radicalismo o extremismo se dio cuenta de las modificaciones que el proceso histórico aportó a las formas de la lucha de clases. Vio bien que lo que es corrupto nunca podrá sanarse. Es el producto de las experiencias de la historia de la lucha de clases en Alemania; es una fuerza viva que sobresale del desarrollo de la revolución. No es una teoría abstracta, como lo es el sindicalismo, no es un anacronismo en la revolución proletaria de Europa occidental, como lo es el leninismo. En Alemania, el revisionismo había preconizado la colaboración de clases y, teniendo sus raíces en las organizaciones sindicales, había invadido todos los medios socialdemócratas. La guerra estalla, el revisionismo triunfa. La burocracia sindical y la aristocracia obrera ya habían infectado a la socialdemocracia y a los sindicatos. Eran el producto del desarrollo capitalista y de las formas meramente económicas que había asumido la lucha de clases. Esas formas puramente económicas de lucha por las reivindicaciones parciales alimentaron, en el seno de la clase obrera, el social-chovinismo y la creencia de que las mejoras del proletariado eran posibles dentro del régimen capitalista. Obviamente, ese prejuicio llevaba a los obreros a creer que su bienestar dependía, ante todo, de la supremacía de su patria capitalista (ese prejuicio sigue siendo común hoy en día entre los obreros franceses). Así la lucha por los medios de existencia llevó, a través de las formas sindicales, a la colaboración de clases. La guerra integró el aparato burocrático de los sindicatos en el aparato gubernamental de la burguesía (lo que también ocurrió en Francia con la CGT). La colaboración de clases fue proclamada oficialmente por los órganos sindicales, que negaron la posibilidad de la lucha de clases durante la guerra y que incitaron a los obreros a la guerra capitalista, como fieles lacayos del imperialismo.

La clase obrera alemana se encontró, así, frente a un fenómeno histórico que convertía a órganos, originalmente clasistas, en armas dóciles en manos del capitalismo. Sin duda alguna, los sindicatos habían luchado por las ocho horas, por los aumentos de salarios, habían sabido aprovechar los momentos de coyuntura económica para arrebatarle al capitalismo concesiones que tuvo que respetar, inclusive durante los periodos de crisis. Pero esas concesiones eran relativas, considerando el desarrollo gigantesco del capitalismo y de sus ganancias. Eran, como lo mostraron los eventos posteriores, extremadamente precarias.

Los resultados de la lucha, por los medios de subsistencia, llevaron a la formación de sindicatos que abarcaban a millones de obreros. En la cumbre de esos organismos se formó un aparato burocrático centralizado y numeroso. Esa capa burocrática, centraba sus fuerzas en la parte más privilegiada de la clase obrera, la aristocracia obrera. Ésta, que nunca comprendió las aspiraciones de las capas inferiores del proletariado, no podía tener un carácter revolucionario y clasista. Al contrario, se alejó totalmente, en sus costumbres, de la clase de la cual provenía. Así, su ideología se volvió capitalista y conservadora. Efectivamente, la conservación de esta capa social solo era y sigue siendo posible por medio de la perpetuación del régimen capitalista. La meta de la revolución proletaria es la supresión de todo lo que es parasitario en la sociedad. Ahora bien el burocratismo no es más que un fenómeno parasitario que el auge del capitalismo ha desarrollado y que las clases explotadoras han, en su interés, favorecido y sostenido. El burocratismo estatal tuvo un crecimiento increíble bajo la dominación burguesa incluso en países en los cuales al principio solo era un elemento menor. El burocratismo sindical funcionó, en su desarrollo, junto con el burocratismo de Estado. En Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, esos dos elementos sociales no se diferencian en absoluto. No es nada extraordinario que el burocratismo sindical haya absorbido la ideología burguesa ni que haya intentado, ciertas veces con éxito, la mistificación de la ideología proletaria y la corrupción de la propia clase obrera. Al alejarse de la clase obrera, como fuerza histórica revolucionaria y colaborar con el capitalismo, la burocracia sindical idealizó su condición social en una teoría de colaboración interclasista y, naturalmente, extendió dicha teoría a toda la clase obrera.

Hay quienes explican el fenómeno de colaboración entre sindicatos y Estados como un fenómeno transitorio, como una consecuencia de un periodo de calma en la lucha de clases. Esos elementos idealizan al sindicato. Hacen de él una forma eterna de la lucha de clases. No comprenden la diferencia que existe entre el proceso entero de la lucha de clases y sus formas, que no siempre son las mismas. Creen incluso que, como a diferencia de ellos, nos oponemos a la idealización de las formas (que los hace identificar “lucha de clases” con “forma sindical” NDR) estamos negando la lucha de clases.

El mismo Trotsky no se dio cuenta de que las formas naturales de la lucha de clases, hace algún tiempo, ya no son los sindicatos. Afirma, en su documento acerca de 1917, que en otros países que Rusia, los órganos de la revolución serán probablemente, además de los comités de fábrica, los sindicatos. Esta es una evidente confusión. El eclecticismo lleva a Trotsky a sostener que esas dos formas de la lucha de clases son idénticas. Según esa concepción, el sindicalismo puro se mezcla con el radicalismo, la antitesis histórica de esas dos formas desaparece y la ideología burocrática es asimilada a la ideología puramente proletaria. El reformismo hace frente único con la revolución. Por cierto, es sorprendente que los elementos de «Revolución Proletaria» no se hayan apercibido todavía de aquel argumento que León Trotsky les atribuye con tanta ligereza. A través de la idealización de los sindicatos, esos elementos han desembocado, hoy en día, en la idealización de la apología del laborismo. Louzon, el líder teórico de la liga sindicalista, ha logrado encontrar el punto de unión entre lo económico y lo político en el laborismo ingles y belga, sobre la base de un determinismo geográfico que no tiene nada que ver con el determinismo histórico y materialista. Resolvió, práctica y consecuentemente, los problemas de la revolución en el terreno ideológico de la liga sindicalista, que Loriot planteó teóricamente en su folleto. Le dio una forma viva al espectro ideológico de Loriot. Chambeland fue más allá, acercando prácticamente la liga sindicalista al laborismo y haciendo una apología muy diplomática de la conciliación obligatoria, a posteriori. Pierre Naville, que aún no ha encontrado una forma precisa para su surrealismo revolucionario, añade un toque apologético a ese cuadro laborista: ¡La honradez revolucionaria! No es posible imaginar nada más grotesco que atribuir al sindicato el papel de dirección en la revolución. ¡El sindicato, que ha quebrado todos los movimientos revolucionarios, con su colosal e infecto burocratismo! ¡El sindicato que en Rusia es, hoy en día, el arma del Estado bonapartista para mantener el régimen del triangulo en las fábricas soviéticas! ¡El sindicato que, en Italia, ya no se encuentra más que en las formas de la pura opresión del proletariado, a través de las corporaciones!

Quienes han idealizado el sindicato hasta verlo como el órgano más sensible, e incluso más revolucionario durante la dictadura del proletariado, no han considerado los resultados de un siglo de lucha de clases. No han visto, y siguen ahora sin ver, que, si bien por un lado, la lucha de clases ha creado al sindicato, hoy en día para alcanzar formas mas elevadas, formas revolucionarias, ya no puede realizarse a través de las organizaciones sindicales. No comprenden que si el punto de partida de la lucha de clases suele ser puramente económico, el desarrollo de la conciencia va, históricamente, más allá del impulso puramente económico. Dicha concepción rebaja la dialéctica materialista al nivel de una teoría puramente utilitarista. Quienes la sostienen no han comprendido que las formas económicas de la lucha de clases contrastan con las formas revolucionarias, precisamente porque las primeras ponen un límite a estas últimas.

Sin duda la lucha económica ofreció, y sigue ofreciendo, un campo de experimentación que, por cierto, se encuentra cada vez más reducido. Incluso las agitaciones económicas son muchas veces (no siempre) el punto de partida de agitaciones revolucionarias. Esa tendencia de los movimientos económicos a convertirse en movimientos políticos es un fenómeno que se explica por la naturaleza de las clases. Pero esa tendencia espontánea no puede servir a la realización de la revolución por sí sola. De lo contrario, la revolución ya se habría realizado hace tiempo.

El elemento de espontaneidad revolucionaria encontraba sus límites en la falta de experiencia de la clase obrera. Esos límites llevaban a las masas a sus posiciones económicas iniciales. Los sindicatos han sido y son la expresión organizada de esos límites.

En ciertos periodos, la espontaneidad de la lucha de clases y sus movimientos tienden a generalizarse y a ser cada vez más potentes. En Alemana e Italia, en la época de mayor efervescencia revolucionaria, desembocaron en la formación más o menos incompleta de los consejos de fábrica. En Italia la espontaneidad del movimiento revolucionario revistió una forma original desde el punto de vista histórico. En la ocupación de fábricas, la espontaneidad del movimiento llevó a la clase obrera hasta la expropiación directa de las fábricas, sin ser realizada por el decreto de algún gobierno constituido, sino por la acción de las masas obreras más avanzadas. Por cierto, no se debe confundir esa acción revolucionaria con la acción puramente sindical, la cual nunca ha llegado más allá de la defensa de una escala móvil y de una política de tarifas, un absurdo desde el punto de vista revolucionario. El movimiento de los metalúrgicos italianos rebasa precisamente los límites de lo que se suele llamar lo económico. Aquí se nos podría hacer notar que, desde el punto de vista marxista, nada es puramente económico y que todo movimiento económico es un movimiento político embrionario. Hemos puesto de relieve de que todo movimiento económico del proletariado tiende a convertirse en un movimiento político y hemos remarcado también que existen fuerzas que reducen esos movimientos al ámbito de lo económico. Y es que el elemento económico tiene un doble aspecto; se desarrolla basándose en un dilema: la lucha por los medios de existencia o la lucha por la revolución. Hasta la fecha, hay muy pocos ejemplos en que ese dilema haya encontrado una solución histórica revolucionaria, y cuando ha ocurrido siempre ha sido fuera de las formas de organización sindical. El ejemplo de la ocupación de las fábricas nos muestra el camino que tomará la revolución en un porvenir próximo en Italia. Superó, en su espontaneidad, a todos los métodos precedentes de lucha. Además se presentó como un fenómeno de unidad real. Primero fue una iniciativa de los metalurgistas, pero después se extendió entre otras categorías. De no haberse detenido dicho movimiento habría alcanzado a toda la clase obrera. Muchos creen que fue el producto de la acción sindical de la federación metalurgista. En sus memorias Angélica Balabanoff pretende disminuir la importancia de ese movimiento, aludiendo a un movimiento similar que, al parecer, fue provocado por los fascistas previamente a la ocupación de las fábricas en septiembre 1920. Sin darle importancia al gran movimiento de septiembre y sin analizar en absoluto sus causas y su desarrollo. Es obvio que para ella, como para tantos más, solo se trató de una acción puramente sindical.

La ocupación de septiembre fue precedida por dos movimientos muy significativos, el de los consejos de fábrica en Torino y el de la ocupación de la Kliani y Silvestri en Nápoles. El primero fue llevado, por los elementos comunistas de Ordine Nuovo (5), hacia un terreno puramente reformista de control de la producción. La ocupación de la Fliani y Silvestri fue un síntoma muy significativo de las tendencias revolucionarias que agitaron a las masas italianas. Este movimiento, que no tuvo lugar en el centro industrial de Nápoles lo que incrementó su aislamiento, se resolvió con la resistencia de los obreros frente a las fuerzas policiales y por el asesinato de un miembro del Soviet, que se había constituido dentro de la fábrica ocupada. La gran ocupación de septiembre de 1920 fue provocada por la ocupación espontánea por parte de los obreros de algunas fábricas de Liguria y de Milán. Fue tras esos movimientos cuando la Federación de los Metalurgistas tomó la iniciativa de ocupar fábricas, lo que por lo demás habría ocurrido aun sin la voluntad de los dirigentes del movimiento sindical. Y no fueron solo los obreros de esa organización, sino la totalidad de los obreros metalúrgicos los que participaron en dicho proceso... Los dirigentes de la Federación declararon que el carácter del movimiento era puramente económico. El movimiento de los consejos, que se desarrolló durante la ocupación de las fábricas, preocupó, extremadamente, a los funcionarios sindicales, que le propusieron, tal y como lo habían hecho los Ordinovistas en Torino, el papel reformista de control de la producción. Es bastante raro y contradictorio que Bordiga se haya servido de este argumento para condenar al «Oridinovismo» y, que a su vez, reivindique el papel clásico de la CGT italiana. Bordiga demuestra no haber comprendido la realidad del conflicto que tuvo lugar durante la ocupación de las fábricas en Italia. Evidentemente, para él, la tradición clasista de la CGT italiana ganó sobre los consejos que incluso le parecieron ser órganos reformistas. Obviamente, la forma con la que los ordinovistas y reformistas italianos intentaron dar a los comités de fábrica fue reformista. Pero su forma real tendía a realizarse como hegemonía política y en esto era revolucionaria. El desarrollo ulterior de la ocupación de las fábricas hubiera atribuido a los consejos de fábrica el papel de dirección política. No obstante, los límites de lo económico, representados por la Federación Metalúrgica, por la CGT italiana y por todas las organizaciones sindicales (Unión sindical Italiana, Federación de Estibadores, Sindicato de Ferroviarios...) y políticas, le impusieron los límites económicos a los movimientos o, lo que es lo mismo, aceptaron ese hecho sin oponer resistencia. Entre ellos también se hallaban los elementos que, cuatro meses más tarde, fundaron el Partido Comunista en Livorno. El movimiento de septiembre 1920 en Italia da prueba, una vez más, que si el punto de partida económico puede llevar al proletariado hasta posiciones espontáneamente revolucionarias, los sindicatos tienden a llevarlo nuevamente a su punto de partida. La victoria de los consejos en Italia hubiera significado el fin de las organizaciones sindicales. La aristocracia obrera en Italia se había desarrollado poquísimo y la burocracia sindical era, comparada con la de otros países, relativamente limitada, aunque no era ni menos corrupta ni menos astuta.

Las organizaciones sindicales, encabezadas por socialistas de extrema izquierda, anarquistas y sindicalistas revolucionarios fueron órganos que se opusieron a la marcha de la revolución, a la par de los demás. La cercaron en los límites de lo económico y provocaron la ofensiva reaccionaria y el fracaso del proletariado. Aquellas organizaciones cuyo maximalismo verbal, por parte de sus jefes, expresaba por lo general el temor de las masas revolucionarias, fueron, en el proceso revolucionario de la lucha de clases en Italia, organismos contrarrevolucionarios. El camino de la revolución en Italia, como en el de otras partes, no es el de los sindicatos. La tentativa de renovación de la experiencia sindical, tras el fin ignominioso de este movimiento, es un anacronismo contrarrevolucionario. Colaborar en la restauración de órganos, que la revolución ya ha definido como enemigos, significa trabajar en el sentido de la contrarrevolución.

«Prometeo» ha constatado que negamos toda forma de organización de masas en Italia. Desde que nos fuimos de la fracción bordiguista, empezamos a pensar con un cerebro más libre. Miramos la realidad sin ningún compromiso disciplinario ni cretinismo dogmático y era un tanto distinta a la que se nos había hecho ver. La realidad que vimos y examinamos no era el sueño de nuestro pensamiento, sino la historia del movimiento clasista en Italia. Efectivamente, existen organizaciones de masas en Italia, son las corporaciones fascistas que, a la par de los sindicatos en Alemania, en Rusia, etc.., son las cárceles de la conciencia de clase, del espíritu proletario. Las corporaciones son, con respeto a los sindicatos, lo que el fascismo es con respecto al reformismo. Es decir, dos cosas perfectamente análogas y complementarias. Esa es la experiencia extraída en lo espontáneo: allí donde los sindicatos no se caracterizaron por una potente burocracia y una fuerte corrupción de la aristocracia obrera, igualmente cumplieron un papel contrarrevolucionario, llevando a los obreros progresivamente a la colaboración de clase o al fascismo económico.

La enorme influencia que tuvo el movimiento de los consejos de fábrica en las corrientes ideológicas de Alemania puso de relieve la importancia y la significación histórica del conflicto entre sindicatos y consejos revolucionarios y demostró la necesidad de destruir los sindicatos.

Reconozcamos primero que, aún antes de la guerra, Rosa Luxemburgo ya había planteado el conflicto entre la lucha por el trozo de pan y la lucha por la revolución, especialmente en el folleto «Sozial-reform oder Revolution». Como la teoría no es capaz de resolver de antemano los problemas, Rosa Luxemburgo no podía prever las formas concretas de esa lucha. Los consejos aportaron esa solución histórica al gestarse y desarrollarse en las fábricas como órganos de la lucha revolucionaria. No porque, simplemente, fueran organismos preferibles a los sindicatos por su estructura organizadora, sino porque fueron el producto de un nivel elevado de conciencia histórica.

En Francia, se desconoce o ignora la influencia que ejerció el movimiento de los consejos sobre los mejores teóricos y combatientes revolucionarios, como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

En el «Discurso sobre el Programa», pronunciado el 30 de diciembre de 1918 en el Congreso de fundación del Spartacusbund y cuya traducción se encuentra en los números 11 y 12 de Lutte de Classes, Rosa Luxemburgo realizó la siguiente apreciación sobre el movimiento de los consejos revolucionarios:

«Compañeros, ese es un campo enorme por labrar. Es preciso preparar desde abajo el poder de los consejos de obreros y soldados, pues cuando derribemos el Gobierno Ebert- Scheidemann u otro parecido no será más que nuestro último acto.

(...) Debemos tomar el poder y debemos plantear el asunto de la toma de poder de la siguiente manera ¿qué es lo que cada consejo hace, puede hacer o debe hacer Alemania?

(...) «La dirección de las luchas económicas, y su amplificación en vías cada vez más extensas, debe estar en manos de los consejos obreros».

Al atribuir la dirección de la lucha económica a los consejos de fábrica, Rosa Luxemburgo, en realidad, ¿no estaba negando el papel desarrollado por los sindicatos en la lucha de clases, no se basaba acaso en la lección de la primera guerra mundial y su colaboración directa con el gobierno, bajo la consigna «No a la lucha de clases en tiempos de guerra»? ¿No veía acaso en los consejos la expresión directa de la universalidad de la clase obrera, guiada por sus elementos más explotados y más revolucionarios, en oposición, en tanto que organismo de clase, con la maquinaria dominada por los burócratas sindicales alimentados con privilegios corporativos? Seguramente, Karl Liebknecht estaba de acuerdo cuando exclamaba:

«La socialdemocracia y los sindicatos alemanes están podridos desde los pies a la cabeza... Han aniquilado el edificio, antaño tan soberbio, de las organizaciones obreras. Han llevado al movimiento proletario a una lucha intestina mortífera que durará años... Una lucha que no paralizará las fuerzas revolucionarias del proletariado, que no las debilitará tampoco, porque las fuerzas de los luchadores, liberados del fetichismo disciplinario y de la organización burocrática acelerarán la marcha hacia la revolución.»

Más tarde, poco antes de su muerte, el héroe proletario, escribió en sus «Anotaciones políticas» contra los reformistas Legien y Kirdorf: «Sí a la unidad de espíritu de lucha, ¡siempre! - No a la unidad de forma que mata al espíritu de lucha; ¡jamás! La destrucción de una organización que representa una cadena para la clase obrera (en referencia a la Confederación alemana del Trabajo) equivale a devolverle su fuerza de combate. Conservar y reformar esa cadena equivale a precipitar a la clase obrera en la desdicha».

Aquí, Karl Liebknecht no sólo proclama la necesidad de destruir los sindicatos reformistas, también golpea de antemano a los partidarios de la conquista de los sindicatos. Cuando Lenin se reía con desdén del «infantilismo» alemán, también se refería a Liebknecht y Rosa, pues se dirigía a los representantes más clarividentes y valerosos de la parte más consciente del proletariado mundial. La historia ya hizo justicia en su inexorable desarrollo. Los mismos leninistas, en la última sesión del ejecutivo del Kommintern, tuvieron que reconocer el fracaso de la teoría que defiende que hay que conquistar los sindicatos y hoy admiten que los sindicatos reformistas están enteramente soldados a la maquinaria estatal de la burguesía y que los millones de adherentes de la Confederación alemana del Trabajo se encuentran bajo la absoluta dominación, numérica e ideológica, de la aristocracia obrera. Este reconocimiento no se produce porque los leninistas de la III Internacional sean revolucionarios sinceros, que reconocen sus errores, sino porque el Estado bonapartista ruso no puede ejercer su influencia en la clase obrera internacional, más que entre los miembros cuya situación y organización no estén vinculadas con los diversos estados nacionales de las demás burguesías, de manera profunda y reforzada. Y este es el caso de los aristócratas obreros y de la burocracia reformista. El estalinismo abandona las posiciones que ya no le dan capacidad de maniobra. El giro a la izquierda del neocapitalismo ruso, que le atribuye a la burocracia soviética el papel de liquidación del leninismo, no es la última sorpresa que nos reserva. Al mismo tiempo, la burocracia soviética se pretende leninista, táctica que ha sido definitivamente abandonada tras los acontecimientos en Europa occidental.

Hoy en día, los teóricos y apologistas de la conquista de los sindicatos, los defensores de la tradición y la unidad sindical se basan en el descontento de los miembros aristocratizados y reformistas de las secciones occidentales de la III internacional. Esos miembros aspiran a una colaboración más fructífera que la que los encadena a Moscú y a una colaboración con su propia burguesía y su propio gobierno. Los derechistas de todos los países, encabezados por burócratas destituidos del leninismo exaltan la neutralidad sindical y aspiran al laborismo. Esto implica que encontremos en la oposición de derecha al antiguo comunista de izquierda Paul Froelic, en la última etapa de su lenta degeneración, que en 1919 en la «Correspondencia Comunista de los Consejos» (n° 11) había proclamado:

«Los sindicatos no tienen, ni hoy ni mañana, el más mínimo papel que representar. Se han convertido en un obstáculo para la revolución y, por consiguiente, no queda más que destruirlos... La organización necesaria para la lucha revolucionaria es la organización desde las fábricas, la que el PC alemán deberá edificar».

Es absolutamente imposible no reconocer que la situación en Alemania, en 1919, exigía una ruptura completa con la Confederación General del Trabajo y una tarea revolucionaria teniendo como base los consejos de fábrica. Aquella fue, en efecto, la orientación primitiva del Spartacusbund (“Liga Espartaquista”) y del Partido Comunista. En el tercer Boletín de Combate del Partido (6 de mayo 1920), se proclamaba que los consejos obreros no podían mantener los vínculos con las organizaciones. En la reunión plenaria de los consejos de los suburbios berlineses (octubre 1920), fue votada por unanimidad, y bajo la preponderante influencia del Partido Comunista, una resolución que afirmaba entre otras cosas que «no había que conceder lugar alguno a las organizaciones que no fueran fundadas sobre el puro sistema de los consejos de fábricas”. La Internacional, bajo la dirección de Lenin, usando la autoridad de haber sido los héroes de octubre y teniendo el apoyo de social-demócratas y, sobre todo, el prestigio ilimitado de la Revolución rusa, le impuso al Partido Comunista alemán un cambio completo de dirección, contra esa corriente espontánea de la conciencia revolucionaria en Alemania.

Se entra en la organización reformista para conquistarla y se abandona los consejos como base de la acción. El divorcio entre el movimiento de los consejos y el Partido Comunista; la incorporación de los consejos al movimiento reformista y al Estado, con la complicidad de los comunistas oficiales; el aislamiento de los núcleos de resistencia revolucionaria y proletaria, que subsistieron y siguen basándose en los consejos de fábricas, produjo, a partir de 1921, una fase de degeneración en la que los consejos obreros fueron legalizados, sindicalizados y, por lo tanto, vaciados de su contenido revolucionario original.

Una vez más se demostró que no se puede garantizar a ninguna organización contra la degeneración, cualquiera que sea la naturaleza de su origen o de su estructura. Los sindicatos también tuvieron su época de trabajo sano y útil, pero mientras que fueron artificialmente protegidos contra la ascensión revolucionaria de las masas por los mismos dirigentes comunistas, en Alemania, por el contrario: los consejos fueron artificialmente llevados hacia la degeneración por esos mismos comunistas.

El nacimiento del movimiento a favor de los consejos revolucionarios tiene menos de doce años y ha coincidido con la ascensión y el apogeo revolucionario en Europa occidental. Es probable que ese mismo movimiento, con formas distintas pero análogas, esté destinado a realizar en el porvenir, la labor revolucionaria que se había propuesto en 1919: la destrucción de los sindicatos y la toma del poder bajo la forma de la dictadura directa de la clase obrera.

Para preparar el éxito del próximo impulso de la clase obrera europea, la élite de los proletarios alemanes en lucha, reunidos en el Partido Comunista Obrero y en otras organizaciones como la Unión General Obrera (que al parecer y desgraciadamente ha renunciado a una parte de su intransigencia), luchan desde hace más de diez años contra el leninismo, teniendo como base los organismos de fábrica y, como terreno el marxismo revolucionario.

En cuanto a nosotros, debemos aclarar que nuestra posición no presenta ninguna originalidad: participamos en una experiencia revolucionaria menos completa que la de nuestros compañeros alemanes y fue, especialmente, difícil sacar conclusiones de la historia porque no nos fueron impuestas por la práctica. Particularmente complicado fue librarnos de la autoridad y de la disciplina de los jefes. Al estar aferrados a la tradición bordiguista, tuvimos que realizar grandes esfuerzos para desarraigar de nuestro pensamiento el sistema de prejuicios que nos ocultaba la realidad. Una realidad sacada directamente de la lucha de nuestros compañeros alemanes y que hoy nos proporciona una gran alegría entenderla.

Como dejamos entrever, anteriormente, el proceso revolucionario en Italia desembocó en un conflicto entre sindicato y consejo de fábrica que, prácticamente, no cristalizó en el movimiento ideológico. En Alemania, rebasó los límites de lo puramente objetivo o espontáneo y se reflejo en la ideología con una particular energía. El consejo obrero domina tanto en la lucha revolucionaria como en el pensamiento de los ideólogos proletarios. No hay en los últimos ningún dogmatismo, ningún aspecto de estabilidad definitiva, ya que esas evoluciones del pensamiento marxista son el reflejo de una realidad revolucionaria y proletaria pura que precisamente explica el conflicto con el eclecticismo leninista.

Karl Marx caracterizó el origen del movimiento sindical de la siguiente manera: “La tendencia general de la producción capitalista no se traduce por el aumento del salario medio normal, sino por su disminución”. Para defenderse contra “la agresión del capital” dirigida contra el nivel de existencia de la clase obrera, el proletariado tiende a oponer su resistencia a la tendencia general del capitalismo. Para Marx, en 1864, esa resistencia económica del proletario tenía resultados positivos porque el alza de los salarios no significaba aumento del precio de las mercancías y, en consecuencia, existía una reducción general de las ganancias capitalistas. En efecto, Marx se opuso a la tesis del inglés Weston según la cual los salarios regulan los precios de las mercancías (“si los salarios aumentan, los precios aumentan” decía Weston), comprobando que esa tesis no es más que una tautología. Le opuso su teoría del valor de cambio. Es obvio que esto también vale para un mercado “libre”. Marx ya tenía razón en 1864, cuando el monopolio no era más que una simple tendencia; ahora el capitalismo monopolístico y trustificado (distinto del capitalismo sin competencia de Bujarin) tiene la manera de oponerse a la disminución de los precios o de oponerse, con su alza, a una disminución de las ganancias en el caso que suban los salarios nominales. En realidad, el aumento de los salarios reales ya no existe desde hace muchos años para la totalidad de la clase obrera. La lucha por los precios ha dejado de representar un objetivo positivo común a todos los obreros. Esa lucha solo da resultado a las capas limitadas de obreros, cuando no llega a implicar, si se generaliza su éxito, una reacción del capitalismo con el aumento de los precios... (coalición, inflación...).

En el estado actual del capitalismo, para el proletariado, como clase, el movimiento sindical es un callejón sin salida. En el siglo pasado, los sindicatos representaban órganos de unificación del proletariado en su resistencia a la disminución de los salarios pero, hoy en día, representan órganos por los cuales se introduce desigualdades de condiciones y situaciones en la clase proletaria. Para la mayoría son un instrumento inútil y, para otros, un medio para constituirse privilegios y salvaguardarlos con compromisos de clase.

El movimiento sindical no puede, en sí mismo, ser ni toda “la lucha de clases” ni toda “la escuela del socialismo”. Eso fue señalado, por Marx en la obra ya citada, los sindicatos “faltan a su meta general porque se limitan a una guerrilla contra los efectos inmediatos del sistema actual, en lugar de obrar para su derrocamiento y en vez de emplear la fuerza organizada de la clase obrera para su emancipación definitiva, es decir, la supresión del salario”.

Debido a su clara evolución, el carácter reaccionario de los organismos sindicales frente a la revolución mundial es un hecho indiscutible, pero los derechistas lo explican diciendo que la naturaleza misma del sindicalismo es un movimiento elemental de las masas obreras. En lugar de considerar las formas ideológicas como, únicamente válidas para esa época, pudiendo convertirse después en algo contrarrevolucionario, aseguran que el fracaso de los sindicatos demuestra el fracaso de la iniciativa y de la espontaneidad obrera. No hay duda de que el sindicalismo ha sufrido una continua regresión desde su legalización, a fin del siglo pasado. Sin embargo, los derechistas asimilan lo económico a lo espontáneo, identifican la estructura archiburocrática de los sindicatos con una creación autónoma del proletariado. Pretenden, como Lenin, que “la clase obrera por su sola fuerza, no puede alcanzar más que la conciencia trade-unionista (es decir sindicalista)”. Por eso el proletariado no puede ser sensible más que a una de las caras de la realidad, no es capaz de reaccionar más que a ciertos aspectos de su propia condición, y solo logra sistematizar sus reacciones de una manera tan incompleta que implica una impotencia definitiva, si no fuera por la intervención providencial del “revolucionario profesional”. En el ¿Qué hacer? Lenin separa la ideología política comunista del desarrollo histórico del proletariado. Para él, la conciencia revolucionaria del proletariado es un reflejo de la ideología socialista, que es a su vez, “el resultado natural y fatal del desarrollo del pensamiento de los intelectuales socialistas-revolucionarios”. Así pues, para Lenin, el socialismo es “un elemento importado desde afuera y no algo que surge de él espontáneamente”.

Con esta base teórica se entiende bien porque Lenin llegó en 1919 a la teoría de conquista de los sindicatos. Pretendió introducir en los sindicatos la ideología y la conciencia socialista desde fuera. O sea que Lenin no ve grados en la conciencia revolucionaria. Esa conciencia es un a priori, que no evoluciona a medida que la lucha de clases evoluciona. La ideología socialista sigue siendo, en su sustancia, algo inmóvil. En efecto, si Lenin hubiese considerado al proceso de la ideología socialista y la lucha de clases como procesos separados (lo que hubiese sido otro error), que evolucionan paralelamente, no hubiera podido hablar de elemento importado desde afuera. ¿Cómo se puede imponer un elemento desde afuera si este no es preciso y si se repite sistemáticamente en la lucha? Vemos claramente que, para Lenin, el pensamiento socialista es una cosa completa, una ciencia exacta a la cual el proletariado no contribuye en absoluto. El grado de conciencia revolucionaria en las masas se descarta. Éstas tienen tan solo la posibilidad de absorber, por grados, la conciencia socialista que planea sobre sus cabezas. Lenin no vio la relación que existe entre el desarrollo de la lucha de clases y la ideología socialista, que tiene justamente grados. La conciencia proletaria evoluciona e influye en el desarrollo de la ideología socialista. Lenin cae así en la metafísica y las verdades definitivas. ¡Este es el feudo de su pensamiento filosófico! En su libro Materialismo y empiriocriticismo, en el cual sostiene argumentos muy justos contra el Machismo, ignora las relaciones dialécticas existentes entre lo subjetivo y lo objetivo. Puede parecer contradictorio que en ese libro sea lo objetivo lo que, sobre todo, es condenado a la inmovilidad. Lo mismo ocurre en el ¿Qué hacer? El error fundamental de la teoría de la conquista de los sindicatos se desprende de aquella rigidez metafísica del pensamiento de Lenin, este mismo resultado de las condiciones objetivas de Rusia, donde la revolución no podía ser puramente proletaria. Esas son huellas evidentes de la naturaleza equivoca de la ideología de Lenin, semiburguesa y semiproletaria.

La base marxista no tiene más que esto de definitivo: la liquidación de lo definitivo, de la inmovilidad metafísica. No busca conquistar los sindicatos desde arriba de la masa proletaria. Estudia las formas de la lucha de clases de las cuales saca conclusiones, que no tienen nada que ver con la supuesta estrategia a priori del leninismo. No nos impone formulas dogmáticas que se convierten después en armas de reacción. Por lo demás, para Marx, la clase obrera solo podrá romper sus cadenas por medio de su propia iniciativa y con su única fuerza. Es evidente que Marx asimilaba el desarrollo de la ideología proletaria a esa fuerza. La ideología comunista no es una simple tradición de intelectuales burgueses, que han analizado y condenado la estructura económica y política de la sociedad burguesa. También es una fuerza en constante desarrollo, y que siempre se enriquece con nuevos elementos. Esos progresos de la ideología revolucionaria son subordinados al desarrollo de la lucha de clases. No es cierto lo de que la clase obrera, dejada a sus propias fuerzas, solo pueda alcanzar la conciencia trade-unionista (sindicalista). El ejemplo italiano, en el que todas las fuerzas políticas que decían pertenecer a la clase obrera desempeñaron un papel contrarrevolucionario, es la prueba de que la espontaneidad de la clase obrera ha sobrepasado, en la acción, a todos los elementos ideológicos. Los consejos son una prueba patente de ello, en Alemania y también en Rusia. Y la constitución artificial de partidos comunistas en Francia y otros países no ha elevado de ninguna manera el nivel ideológico del proletariado. La ideología recibe la influencia de la lucha proletaria y se encuentra condicionada por la dialéctica de las fuerzas antagonistas. Cuando la clase proletaria sea agresiva y cuando sus ataques se hagan cada vez más furiosos, asistiremos a un nuevo desarrollo de la ideología socialista. Desde luego la fuerza y el dinamismo de las masas siguen existiendo en el periodo de retroceso de las fuerzas revolucionarias y durante ese período el arma de la crítica prosigue su incesante investigación. Pero cuando el retroceso se transforma en un largo periodo de estancamiento, asistimos a una descomposición cada vez más intensa en las organizaciones políticas e, incluso, a su desmoronamiento.

Si la ideología y las formas políticas de la lucha de clases son una simple parte del desarrollo revolucionario, ¿por qué el proletariado no ha logrado vencer en su reciente ofensiva contra el capitalismo?

Respondimos a esta pregunta en otro texto, diciendo que era porque el proletariado aún no había alcanzado un grado suficiente de experiencia y conciencia revolucionaria. No porque faltara un partido verdaderamente revolucionario, sino porque hacían falta las premisas de este partido. ¿Hay que admitir la imposibilidad de que se forme una conciencia política en el seno de la clase obrera? Rosa Luxemburgo enfocó ese problema en un artículo escrito antes que empezara la guerra y respondió negativamente. No es posible que el proletariado, como clase, pueda alcanzar el nivel ideológico alcanzado por la burguesía francesa antes de la revolución porque no tiene los medios económicos para lograrlo. El proletariado todavía no ha conseguido los medios materiales necesarios para desarrollar la ciencia, como lo había hecho la burguesía antes de la revolución. No tiene la posibilidad de desarrollar sus fuerzas intelectuales hasta utilizarlas como un incentivo para un nuevo cambio técnico y social de la sociedad. Pero esta constatación no debe llevarnos a una negación total de las fuerzas espirituales del proletariado que ya han dado prueba de su potencia. En su discurso sobre el programa, Rosa Luxemburgo ya veía nítidamente que las energías revolucionarias tenían sus raíces en la masa viviente del proletariado. Ella también condenó la teoría de la conquista de los sindicatos. Un siglo de lucha económica nos ha proporcionado suficiente experiencia para comprender que ese método, dado el desarrollo internacional del capitalismo, no es una solución en si y que las organizaciones basadas en ese método solo pueden desembocar en la colaboración de clases.

Un nuevo aspecto de estructura no es una garantía eterna para preservarnos eternamente de la deriva oportunista. Más cuando esos organismos efectivamente se proponen convertir las luchas económicas del proletariado no en movimiento revolucionario sino en un compromiso con el patronato. La participación en todas las luchas parciales del proletariado es totalmente necesaria, pero la constitución de organismos permanentes basados en las formas inferiores de la conciencia y de la lucha clasista no tiene ninguna razón para existir en un tiempo en el cual la revolución puede surgir en cualquier momento. Todo órgano que busca en un camino engañoso la salvación de la clase obrera, cuando eso solo se encuentra en la toma de poder es, por consiguiente, un agente de la contrarrevolución. Es precisamente la razón por la cual el método leninista es reaccionario. Consiste en acompañar e inducir a las masas en su equivocación para obtener de ellas una confianza (bien mal colocada) y encabezarlas. Es un método que encadena a la conciencia obrera con los errores del pasado y que le proporciona amparos a la contrarrevolución. Ya sabemos que se nos objetará que incluso el reformismo sindical es la vanguardia de las masas, y que las masas son pasivas y no pueden llegar directamente en el terreno de la lucha política. Sería suponer que las masas, en el impulso de los acontecimientos, no pueden ponerse en movimiento por ellas mismas para el asalto. Lo que significaría que los amparos edificados ante las masas sólo serán obstáculos para ellas en el momento de la revolución. Los partidos políticos y los actuales sindicatos organizan principalmente a la parte del proletariado que puede conseguir algo del capitalismo o que se imagina que lo puede hacer. Entonces, ¿por qué motivo las capas inferiores y profundas de la clase obrera, que ya no esperan nada, y que lo sufren profundamente, habrían de participar hoy en día en tal organización? Para ello, habría que mentirles, hacerles creer que recogerán algo luchando en el sentido reformista, de manera transigente, o incluso de manera agresiva. ¿Por qué no se les dice de una vez la realidad? ¿Por qué no se les dice que los sindicatos son los órganos de la aristocracia obrera y que los partidos están corruptos por su adaptación al régimen que pretenden abolir? ¿Por qué no decirles que durante la crisis mortal del capitalismo, la clase proletaria, debe de concretizar, en las organizaciones de fábricas, los resultados de su experiencia y tomar conciencia, por sí misma, de los desarrollos históricos acelerados que la ponen frente a su tarea o a su suicido? ¿Qué debe de lanzarse a cuerpo descubierto a la pelea en la que los proletarios “ tienen un mundo que ganar y solo cadenas que perder”?

Postfacio.

P

referimos mantener, globalmente, la introducción a la presentación de este texto, que nuestro grupo había realizado, hace años, en la revista central en francés. Ahora nos parece pertinente agregar algunas aclaraciones o/y revalorizaciones para encuadrarlo mejor con los materiales presentados en este número. Queremos también corregir o matizar algunas interpretaciones, rígidas o/y críticas inmerecidas, que se encuentran en la introducción que nuestro grupo había hecho entonces.

Cuantos más años pasan, más valoramos el esfuerzo de estos compañeros, en esa época tan difícil, remando contra toda la corriente marxista leninista y sus apoyadores críticos trotskistas, consejistas, bordiguistas.

Merece ser subrayado que este texto, así como otros materiales de ese mismo grupo, es una de las mejores expresiones de la mal llamada la izquierda comunista internacional. Más allá del título, más allá de la cuestión sindical en sí, más allá incluso de la crítica a la concepción socialdemócrata y leninista de la importación de la teoría científica y de la concepción leninista de partido y de la “rigidez metafísica” que ella implica y que queremos subrayar, este texto es una tentativa de crítica global del leninismo, que, en nombre de la “táctica” y de la “ida a las masas”, había impuesto una política totalmente contraria a la ruptura comunista que se había expresado en lo mejor de la ola revolucionaria de 1917/21. Ese texto es un eslabón fundamental en la tentativa del balance de la revolución y contrarrevolución que hicieron las izquierdas comunistas y que, de una u otra forma, liga, por su unidad programática, a los militantes que en Rusia rechazaban la política capitalista e imperialista de Lenin, a los grupos del KAPD tratando de reorganizar una internacional verdaderamente revolucionaria, a los militantes de Prometeo y Bilan, y a muchos otros grupos que continuaron y continúan ese mismo e indispensable esfuerzo.

Como representante del verdadero movimiento comunista internacional, el texto denuncia no solo posiciones, sino expresiones organizadas concretas como los gramscianos, “los socialistas de extrema izquierda”, “los anarquistas y sindicalistas revolucionarios”…; así como también las organizaciones sindicales de masa concreta en la que los bordiguistas sostenían que se debía trabajar: “existen organizaciones de masas en Italia, son las corporaciones fascistas que, a la par de los sindicatos en Alemania, en Rusia, etc.., son las cárceles de la conciencia de clase, del espíritu proletario”.

El leninismo es denunciado por su papel internacional de liquidacionista de los grupos revolucionarios, por haber utilizado todo el prestigio que le había dado la revolución rusa contra la revolución internacional. “La Internacional, bajo la dirección de Lenin, usando la autoridad de haber sido los héroes de octubre y teniendo el apoyo de social-demócratas y, sobre todo, el prestigio ilimitado de la Revolución rusa, le impuso al Partido Comunista alemán un cambio completo de dirección, contra esa corriente espontánea de la conciencia revolucionaria en Alemania”

El texto sitúa a “L’ouvrier communiste” como una de las mejores expresiones de la llamada izquierda comunista italiana, tanto por la posición clara contra el entrismo en los sindicatos, como por la denuncia del leninismo. No solo por afirmar que: “con respecto a los sindicatos se manifestó totalmente reformista por no decir reaccionario”, sino porque denuncia muchos otros aspectos como la caricatura y falsificación que hará de las posiciones de los comunistas de izquierda. También nos parece fundamental la crítica de las ambigüedades de Bordiga en la cuestión sindical, así como por su contribución a falsificar las posiciones, de lo que los compañeros llaman “el extremismo”, es decir las posiciones de la izquierda comunista internacional y particularmente de la izquierda comunista alemana. Importante también, que esos compañeros hablen de inconsecuencia, de infantilismo y de querer legitimar al leninismo mismo, que será el gran límite de Bordiga. En general los grupos bordiguistas posteriores, en vez de retomar esta crítica radical de la izquierda comunista italiana, reproducirían las Tesis de Roma y otros documentos que recogen esas posiciones centristas  y oportunistas de Bordiga que aconsejan no solo el entrismo en los sindicatos, sino hasta la aceptación de la disciplina de las grandes centrales sindicales. Por eso, en la cuestión sindical los bordiguistas funcionarán, como la mayoría de los grupos de la izquierda burguesa, llevando a militantes que se reclaman de la “izquierda comunista”, a funcionar como colaboracionistas de todo tipo de sindicato.

El texto denuncia perfectamente el papel contrarrevolucionario de los sindicatos y de todo trabajo en su interior, pero quedan formulaciones, como si los mismos contribuirían a la “resistencia económica”, quedan que no son correctas. Para nosotros, ni siquiera es correcto decir que los sindicatos se limitan “a resistir la tendencia de los capitalistas de disminuir lo máximo posible los gastos de existencia del capitalismo”. Si bien, las asociaciones proletarias parten de esa resistencia, y muchas veces van más lejos, cuando no es el caso, y luego de un cierto ciclo, se terminan transformando en aparatos del estado. Los sindicatos, a los que se refieren los compañeros de Pappalardi, son evidentemente estos, es decir los mismos que conocemos nosotros con ese nombre. Dichos sindicatos, a pesar de la apariencia que ellos mismos quieren dar, no representan en absoluto una verdadera resistencia económica de los proletarios. Aunque los sindicatos tienen su razón de ser, en esa resistencia, son la expresión de la canalización burguesa de las necesidades y reivindicaciones proletarias. No expresan los intereses del proletariado en su lucha contra la explotación, sino que expresan la digestión por el capital y el estado de aquella resistencia. Son efectivamente la expresión burguesa de los intereses proletarios, su codificación reformista. Representan al trabajo subsumido en el capital, a la sociedad misma, a la conciliación de intereses que la hace persistir, a la economía nacional. Como tales representan a la clase social que tiene interés en su reproducción: la burguesía. De alguna manera, es lo que tal vez creemos expresan los compañeros de L’Ouvrier Communiste, cuando dicen que, si los sindicatos se corrompen no es por el reformismo, sino que el reformismo “es un producto de la evolución de los sindicatos en un sentido contrarrevolucionario”. En efecto luego queda muy claro que, para esos compañeros,  no es algo exterior lo que corrompe, como creen los que critican la corrupción y quieren conquistar a los sindicatos, sino que los sindicatos mismos son contrarrevolucionarios y por eso se corrompen los dirigentes.

Esto nos permite comprender y valorar mejor otras afirmaciones que se encuentran en el texto y que no habíamos valorado lo suficiente en la introducción que hiciéramos antes. Los compañeros entienden, no que los sindicatos defienden los intereses económicos del proletariado, como expresan a veces, sino que como órganos contra la revolución, su objetivo es el encerrar a los proletarios en las reivindicaciones económicas, o mejor dicho aún en las reformas económicas y la colaboración de clases necesarias al buen funcionamiento de la economía nacional. De ahí a hacerlos participar en la guerra imperialista no había más que un paso. Esa política “llevaba a los obreros a creer que su bienestar dependía ante todo de la supremacía de su patria capitalista (ese prejuicio sigue siendo común hoy en día entre los obreros franceses)”. Es decir que hay partes del texto que son perfectamente claras, en cuanto a la diferencia entre intereses económicos de los proletarios y su transformación en reformas sindicales, conciliación y política imperialista: “Así la lucha por los medios de existencia llevó, a través de las formas sindicales, a la colaboración de clases. La guerra integró el aparato burocrático de los sindicatos en el aparato gubernamental de la burguesía. La colaboración de clases fue proclamada oficialmente por los órganos sindicales, que negaron la posibilidad de la lucha de clases durante la guerra y que incitaron a los obreros a la guerra capitalista, como fieles lacayos del imperialismo”

A este éxito de la política sindical al servicio del capitalismo, que los compañeros de L’Ouvrier Communiste intentan explicar, no lo habíamos subrayado como se merece en nuestra introducción: “No es nada extraordinario que el burocratismo sindical haya absorbido la ideología burguesa ni que haya intentado, ciertas veces con éxito, la mistificación de la ideología proletaria y la corrupción de la propia clase obrera. Al alejarse de la clase obrera, como fuerza histórica revolucionaria y colaborar con el capitalismo, la burocracia sindical idealizó su condición social en una teoría de colaboración interclasista y, naturalmente, extendió dicha teoría a toda la clase obrera”.

Es verdad que, en otras partes, se hace una cierta oposición entre lo económico y lo político, aunque hoy, nos parece exagerado hablar de “dicotomía socialdemócrata en varias formulaciones”, como habíamos dicho en la vieja introducción, dado que hay suficientes tentativas de relativizar esa oposición tal como la socialdemocracia lo formula. Pero es evidente que cuando se presenta como un dilema “lucha por los medios de existencia o la lucha por la revolución” es un error. Para nosotros en ese tipo de formulaciones los compañeros cometen el clásico error de aceptar como “lucha por los medios de subsistencia” la política sindical (lo que hace que aparezca como separado u opuesto lo que en realidad no lo es), que como indicamos es la traducción de esa lucha en términos digeribles por el capital y el estado, en términos burgueses de la economía nacional. Esa no es la verdadera lucha por los medios de existencia, que si es consecuente conduce a la lucha revolucionaria contra el capital y el estado. Son los sindicatos (y todas las fuerzas socialdemócratas) que se han encargado de que sus obreros no luchen por ello, sino que se conformen con las reformas. Es decir con las migajas que patrones y sindicatos utilizan como zanahorias. Pero relativicemos una vez más, por momentos los compañeros expresan también esto, perfectamente.

Justamente es, en torno a estas cuestiones, que creemos, que nuestra vieja introducción plantea algunos problemas de interpretación rígida o simplista, que en vez de aclarar caricaturizan u oscurecen el texto de Pappalardi y sus compañeros. Así nuestra introducción dice que la crítica al leninismo se “hace basándose en un análisis que reutiliza, en parte, los conceptos leninistas, o sea esencialmente socialdemócratas” y luego enumera básicamente dos elementos:

1) “Es el caso de «aristocracia obrera» como una explicación formal y economicista de la «corrupción» y de la «traición» de los sindicatos y de la socialdemocracia. Ya hemos criticado el concepto burgués de «aristocracia obrera».

2) “Por otra parte, una base implícita del texto que publicamos a continuación sigue siendo el análisis decadentista del modo de producción capitalista que, supuestamente, implicaría diferenciaciones en los intereses y las necesidades de los proletarios según las épocas”

Leyendo y releyendo lo que escribieron, no solo en ese artículo sino en otros, los compañeros de “L’ouvrier communiste”, consideramos que ninguna de estas afirmaciones es correcta, que si bien nosotros rechazamos la explicación dominante sobre la aristocracia obrera o la teoría de la decadencia, el texto no cae en ninguna de ambas cosas y el error, de entonces, se basó en la asimilación de algunas frases o conceptos con las interpretaciones dominantes.

1) Concretamente, no es correcto decir que el concepto de “aristocracia obrera” es burgués o leninista, dado que, justamente, fue acuñado, en forma más o menos vaga y confusa, por los sectores revolucionarios del proletariado a mediados del siglo XIX para denunciar a la burocracia sindical y socialdemócrata, a la “aristocracia del trabajo” (Bakunin), a capa de obreros aburguesados ( Engels) que defendían el capitalismo contra la revolución y que eran retribuidos por asegurar la dominación de la burguesía contra los proletarios. El término aristocrático tenía el sentido clásico de aristocracia entre los obreros, capa que por su tipo de vida e ideología defiende al capitalismo entre los proletarios y que, más concretamente, defiende la política burguesa para los proletarios: sostienen que el interés del proletariado es la defensa de la economía nacional, de la patria. Aunque haya también formulaciones poco claras, nos parece que es en ese sentido que lo utilizan los compañeros, cuando la ponen como capa privilegiada, de donde saca su fuerza la burocracia partidaria y sindical, que como dicen ha “infectado a la clase obrera”, imponiéndole la ideología del “socialchovinismo”, de que “su bienestar dependía ante todo de la supremacía de su patria capitalista” y no de su lucha contra el capital. Lejos de ser una explicación economicista, ésta es una denuncia clara y concreta de la contrarrevolución socialdemócrata, de la acción del partido burgués para los obreros, para transformar la lucha por los intereses proletarios en su contrario la lucha por los intereses de la patria. Es decir ponen el acento en la función política reaccionaria de esa aristocracia entre los obreros y en ninguna parte pretenden dividir capas en función de lo económico, como hacen los leninistas o/y  los partidarios del cambio desigual. Por eso nos parece abusivo decir que los compañeros hacen una “explicación formal y economicista de la «corrupción» y de la «traición» de los sindicatos y de la socialdemocracia” como afirmamos entonces. Lamentablemente en aquella introducción, nosotros, por la simple mención del concepto de “aristocracia obrera”, asimilamos toda la explicación de Pappalardi y sus compañeros con la explicación general burguesa, con la que el marxismoleninismo ha construido y según la cual existirían, verdaderas clases, con diferentes intereses, adentro de la clase obrera misma, que es a lo que realmente respondemos en el texto que citamos “Aristocratie ouvrière: une formule de division”. En efecto, la fórmula de la “aristocracia obrera”, que ha desarrollado el marxismo leninismo, atribuyendo dicho término a sectores enteros de la economía o a países enteros, en base a la superganancia monopólica, y como novedad de la época imperialista y monopólica, es evidentemente una explicación formal y economicista, que nosotros rechazamos totalmente, pero que no es la que expresan los compañeros.  La ideología leninista de la “aristocracia obrera” es, como decimos, una fórmula de división y de confusión que no solo ha servido y sigue sirviendo al estado y a la burguesía incluso para reprimir a los sectores claves de la clase obrera acusándolos justamente de ser la “aristocracia obrera”. En Rumania, en Rusia, en Bulgaria,… así como también en el Chile de Allende el estado reprimía a los mineros o/y a los astilleros diciendo que ya ganaban mucho más que los otros y que eran la aristocracia. Pero todo el asco que podemos sentir con esta ideología de división y represión no justifica el error cometido al atribuirle dicha teoría a los compañeros de “L’ouvrier communiste”.

2) Lo mismo debe decirse,  sin dudas, del concepto de decadencia. La visión de los compañeros no es fundamentalmente decadentista, en el sentido común y socialdemócrata del término, como dos fases diferentes del capital, como si el capitalismo hubiese cambiado de naturaleza, lo que como sabemos es la puerta abierta para todo revisionismo. Los compañeros de l’Ouvrier Communiste, como cualquier militante revolucionario, hacen comparaciones de épocas y de formas de organización, de fases de lucha y de fases de retroceso,  de fases en las cuales tales asociaciones servían a los proletarios en su lucha y de fases en las que las mismas fueron recuperadas por la contrarrevolución y lo expresan (con toda la dificultad de expresar algo contracorriente, dinámico y no solo contra el medio en el que se mueven sino contra toda la ideología y lenguaje dominante) como pueden. Las fórmulas no son, ni podían, ser claras, (tampoco hoy pueden ser totalmente claras, ¡el lenguaje es también parte de la ideología dominante!) y, como vimos con lo económico y político, hay veces que los términos parecen oponerse, a pesar de que los compañeros digan claramente que no existe la oposición entre económico y político, pero de ahí a atribuirle la concepción completa de la teoría de la decadencia, es también un error de nuestra introducción.

Para terminar este postfacio queremos subrayar la importancia que tenía en la época la denuncia del papel de los sindicatos en el régimen fascista y en el régimen leninista, el papel claramente estatal y contrarrevolucionario de los sindicatos en el fascismo y en el estalinismo, el sindicato como forma de la pura opresión fascista a través de las corporaciones, el sindicato como arma del estado en Rusia, como cárceles de la consciencia de clase. Y sobretodo la denuncia que hacen los compañeros del extraordinario paralelismo, entre esos dos sistemas sociales surgidos de la acción de la socialdemocracia y el sindicalismo: 

“Efectivamente, existen organizaciones de masas en Italia, son las corporaciones fascistas que, a la par de los sindicatos en Alemania, en Rusia, etc.., son las cárceles de la conciencia de clase, del espíritu proletario. Las corporaciones son, con respeto a los sindicatos, lo que el fascismo es con respecto al reformismo”.

 

Notas:

 

1. ” L’ouvrier communiste” (“el obrero comunista”) participó también activamente en la liberación de Miasnikov, líder del “Grupo obrero” del Partido Comunista Ruso, verdadera fracción comunista constituida contra la degeneración del Partido Bolchevique. Miasnikov, al cabo de inmensas dificultades logró alcanzar Francia e integró las actividades de los “Groupes Ouvriers Communistes” (“Grupos Obreros Comunistas”). Ver al respecto la presentación general que aparece en Comunismo número 18: “Rusia: contrarrevolución y desarrollo del capitalismo” y en particular el “Manifiesto del Grupo Obrero del Partido Comunista ruso bolchevique” publicado en Comunismo número 20.

2.  Ver nuestro texto; “Aristocratie ouvriere: une formule de division” (“Aristocracia Obrera: una formula de división”) en la revista central en francés “Le communiste” N°10/11.

3. Ver nuestro texto: “Teorías de la decadencia: decadencia de la teoría” en Comunismo número 25.

4. Notemos al pasar que si en ese texto, como en otros, Bordiga vuelve a afirmar la tesis marxista de la unidad y del carácter mundial del capital, también desarrolló de una manera obviamente contradictoria con esta última “restricciones geográficas”  a esta teoría justificando las infames y contrarrevolucionarias “luchas de liberación nacional” o/y lo que púdicamente denominó “revoluciones dobles”.

5. El grupo que publicaba “Ordine Nuevo” cuyos elementos serán denominados “ordinovistas” fundado y dirigido por Gramsci cumple en todo ese proceso un papel de freno y de desviación reformista del movimiento del proletariado. Dado el mito que existe sobre este personaje es importante subrayarlo.


CO55.3 « ¿Conquistar los sindicatos o destruirlos?»