LA CONTRARREVOLUCIÓN

Rusia y la URSS nunca fueron socialistas. La política de los “partidos comunistas” de todos los países nunca fue revolucionaria. Bien por el contrario, la URSS fue un gran campo de trabajo y acumulación capitalista, un campo de concentración cuyos primeros ocupantes fueron los verdaderos revolucionarios (1). Los “partidos comunistas” en todo el mundo, en nombre de muy variables cambios tácticos, siempre se opusieron a la lucha proletaria por la revolución y, cuando no pudieron desviarla y liquidarla ideológicamente, no dudaron en hacer parte decisiva de los cuerpos de choque de la contrarrevolución, utilizando sistemáticamente la tortura y la desaparición de personas, para enfrentar a los que si luchaban por la revolución (2).

Yalta, 1945: Churchill; Roosevelt y Stalin.

 

 

Durante décadas, revolucionarios de diferentes latitudes denunciaron el mito del socialismo ruso y a los partidos dirigidos por Moscú por lo que realmente eran: fuerzas de la contrarrevolución internacional. Pero la contrarrevolución se seguía afirmando y cada vez hubo menos revolucionarios para gritar la verdad y menos oídos para interesarse en los hechos reales. La liquidación física de militantes revolucionarios (en Rusia o en España, pero también en otros países de Europa, Asia, América… adonde la GPU los designaba como blancos a liquidar) se generalizó simultáneamente, con una enorme capa de cemento ideológico, en la que todo aquel que no reconocía “los éxitos del socialismo” era considerado agente del imperialismo. Las depuraciones gigantescas, que se iniciaron en los años 20 y 30, fueron decisivas en todas partes, para liquidar a los revolucionarios y a la revolución misma como perspectiva proletaria real. Hay que señalar que la versión “comunista” no solo convenía a quienes la habían creado, a los marxistas leninistas de Moscú o del exterior, sino que el resto de la burguesía mundial se complacía en que “eso” fuera el “comunismo”, en que el “socialismo” que tanto habían temido se pareciera tanto a la gran fábrica y se mostrara tan capaz de disciplinar en el trabajo a millones de seres humanos. ¡En que ese “comunismo” no pusiera en cuestión ni a la mercancía, ni al estado! ¡Marx había sido superado! La burguesía de todos los países se regocijaba en constatar que los “comunistas”, fuera de la contienda interimperialista en el reparto del mundo y por su influencia sobre las masas, ya no eran peligrosos revolucionarios que organizaban huelgas insurreccionales y querían abolir el dinero y el estado,  sino que se habían vuelto colaboradores racionales, demócratas, progresistas, posibilistas, sindicalistas, colegas parlamentarios, … con los que no solo se podían entender, en los diferentes aspectos del progreso social, sino incluso consultar y decidir juntos las diversas políticas de gestión (¡y represión!) de la fuerza de trabajo.

Precisamente, gracias a esa confusión e identificación sistemática de socialismo con URSS, de “comunismo” con la política contrarrevolucionaria de los partidos que portan ese nombre y con los diferentes frentes únicos, unidos, populares y antiimperialistas, que los mismos conforman juntos a otras fuerzas socialdemócratas (“socialistas”, “libertarios”, progresistas, …), la contrarrevolución se perpetuó, se desarrolló en reproducción ampliada y el desencanto de las grandes masas proletarias con respecto al “comunismo” fue cada vez mayor. La defensa del programa comunista, como práctica y como consciencia actuante, fue perseguida inquisitorialmente y reducida a su más mínima expresión semisecreta, como en las primeras épocas sectarias del movimiento comunista. Durante todo el siglo XX la contrarrevolución mantuvo su hegemonía totalizadora, la historia fue rescrita por quienes ganaron. En base al esfuerzo de los interesados hombres de estado en la URSS y al de los intelectuales orgánicos del capitalismo internacional, el “socialismo real”, negación absoluta del socialismo a secas (sin capital, sin mercancía, sin estado…), pasó a ser la verdad absoluta: la única alternativa “real” al “capitalismo”.  La maniobra de avalar como “Real”, lo que decían los hombres del Estado Ruso sobre su propio mundo (que evidentemente concordaba con los intereses de la burguesía mundial), fue una gran operación publicitaria de gran envergadura y que tuvo un éxito total. Eso pasó a ser considerado como la explicación materialista, realista, hasta tal punto que el termino “socialismo real” fue digerido por gran parte de sus propios críticos que hasta llegaron a adoptar aquella absurda denominación. Los profesores de Economía Política Marxista –sic-, fabricadores de la ideología, en particular en los países de Europa del Este recitaban: “si, es verdad que Marx había dicho que en el socialismo no existiría ni dinero, ni mercancía, ni trabajo asalariado… pero ahora, que existe el socialismo, vemos que aquel se equivocó, que ‘realmente’ todo eso sigue existiendo y existirá hasta el comunismo”. ¡Lo que no era más que un círculo vicioso, se transformó en la explicación científica por excelencia! Esa era la “realidad” del socialismo para la economía política y para la ciencia en todo el mundo. ¡Ya hace mucho tiempo que Marx denunciaba a los hombres de ciencia por buscar exponer no la verdad, sino lo que es agradable a la policía! El terrorismo de estado fue perfeccionado con la consecutiva descalificación generalizada de todo aquel que dijera que eso no era socialismo, o que simplemente pensara que la humanidad tenía intereses contrapuestos, no con tal o cual país, sino con la sociedad mercantil generalizada. El realismo estatal encerraba a la humanidad en su lógica: ¿Si usted no está de acuerdo con el socialismo que existe realmente en Rusia, con el socialismo de que otro país está de acuerdo?”. La lucha revolucionaria quedaba así relegada a una utopía que no partía de la “realidad socialista”.

Pero ¿de donde viene esa “Realidad”?. No viene del hecho de que Stalin, antes de ser quien fue, había sido un buen monaguillo, aunque tal vez hasta este hecho, anecdótico y sin importancia, tenga mucho que ver: en toda la ideología dogmática desarrollada por el estado estalinista hay huellas eclesiásticas (3).Viene del hecho de que toda la ideología dominante en el capitalismo es de origen judío/cristiano (o si se quiere judío/cristiano/musulmán), que hasta los términos, que parecen más verdaderos, son puro producto de la ideología y particularmente de la concepción religiosa monoteísta. Así,  “la realidad”, contrariamente a lo que se puede pensar, no surge de la vida y las relaciones sociales de ningún país, sino que, por el contrario, “la realidad” es un término culto creado por los teólogos, al igual que el “socialismo real” que tampoco proviene de la sociedad sino de las ideas, de la fe. Como dice Agustín García Calvo: “el nombre (realidad) no viene de la lengua corriente, es un nombre que viene de las escuelas de teólogos que inventaron ese termino para aplicarlo a Dios, naturalmente que tenía que ser la Realidad de las Realidades. Lo que pasa es que luego este nombre que viene de las escuelas ha tenido tanto éxito que ya hay por todas partes mucha gente que declara que tal o cual cosa es Real, que Realmente pasa esto, que la Realidad es así, hijo mío y declaraciones por el estilo” (4) “… la Realidad está constituida por Ideas que al mismo tiempo son creencias. No se debe distinguir entre Ideas y Fe. Ideas y Fe vienen a ser lo mismo” (5) Como con Dios, la Realidad estalinista no parte de lo que realmente sucede sino del conjunto de ideas dominantes validadas por toda la clase dominante y su fe profunda en que el mundo solo puede ser así.

El socialismo, el comunismo, en tanto que sociedad en donde no existe la mercancía, ni el dinero, ni la explotación del hombre por el hombre… fue, desde entonces, reducido al rango de “utopía”. No faltaron incluso aquellos que defendieron una sociedad sin mercancía y sin estado pero, en nombre de.. La Utopía. Y construyeron así toda una reivindicación de la utopía que, en los hechos, acepta el mito de que el socialismo “real” eran esos gigantescos campos de trabajo y concentración, que se autodenominaron “países socialistas”. Grupos autodenominados anarquistas, que muy confusamente habían criticado aspectos del estalinismo (6) (¡cuando no se habían hecho totalmente cómplices de él, como la CNT española en la década del 30, que llego hasta el extremo de hacer la apología de la URSS y del propio Stalin!), aceptaban en los hechos el mito de los países socialistas, llamándolos de esa manera y llamando “comunistas” a los partidos que habían masacrado a los comunistas en todas partes. Hoy mismo, muchos de los que declaran anarquistas han renunciado a llamarse comunistas o anarcocomunistas, como lo hacían en el pasado, y no tienen vergüenza en llamar “comunistas” a los partidarios del estado y del “socialismo real”, a los propios represores y contrarrevolucionarios. Contribuyen, así, a la mentira burguesa más gigantesca de todo el siglo XX, y aún vigente ahora: el comunismo sería un gran campo de concentración. Los que, en nombre de la anarquía, proceden de esta manera, no solo traicionan a generaciones y generaciones de anarquistas comunistas, sino que se sitúan del lado de todos los estados del mundo, del estado mundial contra el proletariado, en su necesidad de denigrar el comunismo.

La construcción ideológica estalinista propiamente dicha, sobre las supuestas etapas y distinciones entre socialismo y comunismo, fue totalmente secundaria en toda esta imposición mediática. Fue más importante la monopolización de los medios de fabricación de la opinión pública y la acción de la policía política estalinista en todo el mundo, reprimiendo a los verdaderos revolucionarios y comunistas, que las imbéciles explicaciones “para marxistas” sobre el hecho de que había que distinguir entre socialismo y comunismo, que en el primero si había dinero, mercancía, trabajo asalariado… pero que en el segundo, no. Y por si todo eso fuera poco, cuando la crisis misma de la acumulación capitalista en Rusia empezó a empujar al cuestionamiento de las diversas fracciones burguesas en ese país, por ahí por mediados de la década del 60, ellas mismas no dudaron en cagarse en todo eso, a los efectos de intentar otra operación mediática. En medio de la crisis económica y política de la burguesía rusa, en medio de las contradicciones al interior de la clase dominante que se expresan en las demandas de reformas y autonomía financiera de las empresas, el PC de la URSS declara sin vergüenza que el socialismo ya estaba superado, que se entra en pleno comunismo… pero por supuesto con la misma sociedad mercantil de siempre, ahora en plena bancarrota. Con ello la confesión del carácter capitalista de la sociedad rusa y del imperio soviético, que Bordiga ya había previsto, fue postergada unos años más. Con la caída del muro cayeron mitos y máscaras, pero la confesión misma fue disimulada por enormes operaciones mediáticas y nos vendieron, así, las supuestas “transformaciones operadas a la caída del muro” o incluso la “vuelta al capitalismo”. Todo se organizó para ocultar la verdad histórica, era mucho más rentable ideológicamente, para la contrarrevolución mundial, el afirmar que se volvía al capitalismo, que admitir que nunca había habido socialismo, ni comunismo, ni nada parecido.

Los trotskistas se tragaron todo esto sin denunciar nunca el verdadero carácter capitalista de la URSS (con la honrosa excepción de la última compañera de Trotsky y de Munis que por eso mismo rompió con el trotskismo), sin decir claramente nunca que la propiedad estatal no liquida el carácter privado de la propiedad, sin denunciar las raíces del estalinismo. Las fórmulas del estado obrero deformado o/y degenerado y sus llamados a una revolución exclusivamente política sitúa, a los trotskistas de todo pelo y color, en abierta complicidad con el estalinismo: se niega la necesidad de una revolución social. Las críticas a la burocracia, a la corrupción, a la “degeneración del socialismo”, como en cualquier otro país capitalista, corresponden, no a la crítica proletaria del capitalismo en Rusia, sino a una serie de ajustes de cuentas al interior de la clase dominante y no aspira, para nada,  a cuestionar el sistema social en su globalidad, sino a la gestión política de la sociedad.

Larga vida al ejército de la vida.

 

 

La máxima expresión de la contrarrevolución fue la guerra misma, lo que la burguesía mundial catalogó como “Segunda guerra mundial”. Y ello en todos los terrenos. La guerra terminó de destruir físicamente al proletariado que la contrarrevolución había logrado liquidar política e ideológicamente. De los millones de proletarios luchando por la revolución social en 1917,  1918, 1919…, 20 años después no quedaba nada. El aislamiento de los grupos verdaderamente revolucionarios es el peor de la historia – “es medianoche en el siglo”. El proletariado mundial, salvo contadas y breves excepciones, había sido reducido a una inmensa masa productora y reproductora de capital mundial, que se movilizaba nacionalmente para defender su propia explotación. El socialismo nacional, el nacional socialismo, la democracia, el frente único, el frente popular, el frente de liberación nacional eran diferentes estructuras y banderas para ese mismo objetivo (7): trabajar mucho por la patria y preparar así la guerra. Esa gigantesca farsa tenía como verdadero objetivo el terminar de domar al proletariado para hacerlo cómplice de su explotación, para transformarlo en pueblo ruso, pueblo yanqui, pueblo francés, pueblo alemán… en carne de cañón del imperialismo mundial.

Como broche de oro, ese mundo de la verdad única, y de la guerra por todas partes, constituyó un gran enemigo absoluto y misterioso, que justificaría todas las barbaries de la civilización occidental, cristiana y democrática. Así, luego de que todos habían coqueteado con los fascistas y habían hecho pactos con los nazis, en la medida de que fascistas y nazis van perdiendo la guerra, se esconde el origen de esos partidos (en realidad variantes de la socialdemocracia y versiones diferentes del socialismo nacionalista) y se los va definiendo como el enemigo absoluto. La atrocidad fascista nazi debe redefinirse no solo como peor que todas las otras atrocidades, sino que fue definida como la atrocidad en sí, como la atrocidad que está prohibido comparar con cualquier otra. Hay que dejar chiquito a las decenas de millones de muertos en los campos de concentración estalinistas, a Hiroshima, a Nagasaki,… a Dresde, a las matanzas en Grecia, a los campos de concentración aliados. Hasta se inventaron palabras, procedimientos, leyes, prohibiciones para que el verdadero genocidio no sea el cometido por las Cruzadas, ni por la Inquisición, ni el cometido contra los indios de América, ni contra los negros de Africa, ni contra los liquidados en las bombas atómicas tiradas en Japón, ni contra los liquidados en el Congo belga, ni por los campos de concentración leninoestalinistas, sino el cometido por ese enemigo en sí. El proletariado mundial vencido y humillado fue así arrodillado ante el totalitarismo democrático bendecido por todos, incluidos los supuestos comunistas. El cuco del fascismo y el nazismo servía, así, para legitimar el integrismo democrático. El comunismo, que había surgido y que se había desarrollado en contraposición total con la democracia, a la que siempre había definido, con razón, como dictadura de la burguesía, como dictadura que había que derrotar totalmente, había sido totalmente asesinado por los que, en su nombre, se plegaban a la gran cruzada democrática. Yalta y otras fiestas capitalistas anteriores y posteriores, en donde los representantes de los más poderosos del mundo se abrazaban, fueron la canonización general de esos valores. A la humanidad esclavizada se la condenó a someterse frente a quienes repetían la famosa frase de Churchill de que el sistema democrático es el peor de los sistemas a excepción de todos los otros. El totalitarismo del mal menor se hizo omnipotente y toda crítica fue obligada a plegarse al mismo: “de lo único que podemos quejarnos es de no tener bastante democracia”.

¡El integrismo democrático había vencido!

LAS FUERZAS QUE HICIERON POSIBLE ESA LIQUIDACIÓN

Pero ¿cómo empezó toda esta mierda? ¿Cómo se liquidó la revolución social que, desde México a Rusia, desde Alemania a España,… había hecho temblar a la burguesía mundial? ¿Cómo se liquidó la fuerza histórica del proletariado contraponiéndose a la dictadura mundial de la democracia y el capital? ¿Cómo y sobre que bases la burguesía pudo reorganizar su dominación de clase mundial?

¿Es que acaso fue una cuestión militar? Sin lugar a dudas no. Aquí y allá los proletarios destruyeron ejércitos y potencias militares, pero los proletarios que triunfaban eran prisioneros de un partido y una concepción que los llevaba, no a la destrucción del capitalismo, sino a su defensa, no a abolir el trabajo asalariado, sino a desarrollarlo. Ese partido fue globalmente la socialdemocracia, en sus diversas versiones u organizaciones formales, y muy especialmente el leninismo.

Como desarrollamos en muchos de nuestros trabajos, la socialdemocracia es específicamente un partido burgués para los proletarios, es decir un partido que en nombre del socialismo, el comunismo, la anarquía, el socialismo revolucionario, el comunismo anárquico…, llama a desarrollar el capitalismo y hace pasar la dominación burguesa como positiva para los proletarios. Así se presenta la dictadura de la burguesía, la democracia, como un paso hacia el socialismo, el mismo desarrollo económico del capitalismo como parte del camino hacia el socialismo. En cada uno de los grandes procesos revolucionarios del siglo XX, Mexico, Rusia, Alemania, España…, la potencia del proletariado armado y triunfante, pero dirigido por la socialdemocracia histórica, fue puesta al servicio del trabajo asalariado, del desarrollo del capital y la revolución misma fue liquidada.

El día que asumió la presidencia del país, Friedrich Ebert declaró finalizada la revolución y en nombre del socialismo la necesidad de desarrollar el capital. “A partir de este momento -dijo- hay que desarrollar el capital pacíficamente, porque sólo un capital llevado hasta los límites de su desarrollo podrá ser socializado”.  Se resume así todo el programa de la socialdemocracia: no solo “viva el capital”, sino que “el socialismo es el reparto de los frutos del progreso del capital”. No hay ni una sola ruptura entre capitalismo y esa socialización. Palabras más palabras menos es lo que defendió Lenin apenas asumido el poder: “el capitalismo de Estado sería un paso adelante en nuestra República de los Soviets. Si por ejemplo en seis meses lográsemos instaurar el capitalismo de Estado, ello sería un triunfo enorme [...]. El capitalismo de Estado sería un inmenso paso adelante, incluso si [...] ello lo pagamos más caro que en el presente. [...] El capitalismo de Estado es, desde el punto de vista económico, infinitamente superior a nuestra economía actual. [...] Nuestro deber es el de insertarnos en la escuela del capitalismo de Estado de los alemanes” (8) Unos años después, y en la misma medida en que se reprimía al proletariado en toda Rusia (sangrientas represiones del proletariado agrícola, de las huelgas de Petrogrado, de la revuelta de Kronstadt), Lenin insistiría en su “táctica” (9) de desarrollar el capitalismo a toda costa y a no temerlo: “Hay que desarrollar por todos los medios y a toda costa el intercambio, sin temor al capitalismo… Esto podrá parecer una paradoja ¿el capitalismo privado en el papel de coadyudador del socialismo? Pero no es ninguna paradoja, sino un hecho de carácter económico absolutamente incontrovertible… se deduce de modo absolutamente inevitable la importancia primordial que tiene en estos momentos el intercambio local, en primer término, y en segundo término también la posibilidad de que el capitalismo privado preste la ayuda al socialismo” (10). La CNT española, en los años 36 y siguientes, en nombre del antifascismo y del frente popular antifascista, impuso la misma política de renuncia a la revolución y de desarrollo del capitalismo. La renuncia a la lucha contra el estado, la contribución al mismo se basa en el argumento de que había que hacerle la guerra a los fascistas pero sobretodo en trabajar mucho y reorganizar la producción.

El frente popular y los sindicatos basarían su estrategia constructiva en el trabajo. En todos los casos, en nombre de la revolución y el socialismo futuro se liquidó toda organización autónoma de proletarios, se reorganizaron las fuerzas represivas y toda la fuerza del proletariado se la puso al servicio de la producción. La apología de la gran industria y los esfuerzos productivos del estado, la apología del trabajo y la represión de los grupos proletarios que luchaban contra la explotación (¡hasta en las colectivizaciones!), el taylorismo y el stajanovismo, el sindicalismo estatal, los campos de trabajo, el brutal aumento de la tasa de explotación fueron el común denominador del proceso contrarrevolucionario dirigido por quienes se llamaban comunistas, socialistas, anarquistas…La clave de la contrarrevolución es precisamente este tipo de partido y de programa que dirigen al proletariado hacia la defensa del capitalismo y busca disciplinarlo en el trabajo. Siempre en nombre de un futuro mejor y socialista, siempre en nombre del trabajo, esa fuerza ideológica preconiza el mal menor y llama, explícitamente o no (¡todo llamado a trabajar más es invariantemente un llamado al desarrollo del capital!), al desarrollo del capitalismo. Toda la fuerza y energía proletaria es liquidada, así, en el trabajo, en el frente productivo o/y en el frente de batalla.

Tenemos que aumentar la disciplina en el trabajo y seremos invencibles.

 

 

El programa económico social de la socialdemocracia en general, y de Lenin en particular, es entonces el desarrollo del capital apoyando lo que denominan el capitalismo monopolista de estado, que en realidad se resume a la estatización (cambio meramente jurídico) de la propiedad privada. La revolución se resume, para ellos, a la política, a un cambio (violento o no) en la dirección del estado; y es muy importante tenerlo en cuenta porque esta será la concepción leninista y la concepción realmente puesta en práctica en la política económica y social de los bolcheviques tanto en lo interno como en lo externo (11). Según Lenin “…en un estado verdaderamente democrático y revolucionario, el capitalismo monopolista de estado significa inevitablemente, infaliblemente, un paso o pasos adelante hacia el socialismo…Pues el socialismo no es otra cosa que la etapa inmediatamente consecutiva al monopolio capitalista del estado puesto al servicio del pueblo entero y que, por eso mismo, ha dejado de ser un monopolio capitalista” (12) Como se ve la misma dictadura del proletariado no se concibe como destrucción de todas las relaciones sociales, sino por el contrario, como control del capital que por eso mismo pasa, según cualquier socialdemócrata o Lenin, a ser socialismo (13). ¡Qué lejos se está de Marx que siempre denunció la ilusión de poder controlar gubernamentalmente al capital! Lo que se llama revolución es en realidad “revolución” (14) exclusivamente política y reformismo económico social. No se destruye el capital sino que el estado controlado por quienes toman el poder se apropia del capital y lo “dirige” (15), como en toda “revolución” burguesa. Y como toda “revolución” burguesa, el interés manifiesto es que se trabaje lo más posible. Para ello, Lenin patrocinaba, ya desde antes de la toma del poder,  las medidas más radicales, incluido el trabajo forzado, que se concretarían algo más tarde en los campos de trabajo obligatorio y que serían un modelo internacional que luego los nazis imitarían. Si considerar que ese sistema económico, basado en los campos de trabajo forzado, era para el estalinismo, y en gran medida para el trotskismo, sinónimo de socialismo (o “estado obrero”), puede parecer hoy una exageración, es necesario subrayar que no lo es en absoluto y que para el mismísimo Lenin era, no solo, “un paso inmenso” hacia el mismo, sino que era una garantía que no admitía vuelta atrás:

“El servicio de trabajo obligatorio instituido, regulado, dirigido por los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, no es todavía socialismo, pero ya no es más capitalismo. Es un paso inmenso hacia el socialismo, un paso luego del cual es imposible, siempre en democracia integral, volver hacia el capitalismo, al menos que se use la peor violencia contra las masas…” Lenin en “La catástrofe inminente y los medios para conjurarla” de octubre de 1917.

El marxismo leninismo es paradigmático en ese sentido. No en el sentido de que sea “original” con respecto a la socialdemocracia, porque todo su programa es socialdemocrático, sino porque, cuando la socialdemocracia era cuestionada, en todo el mundo, la misma resurge con nuevos bríos bajo esta nueva forma marxista leninista para imponerse por doquier. Al aparecer como opuesto a la socialdemocracia y reivindicando “el comunismo”, el marxismo leninismo conferirá una nueva juventud a aquel viejo y putrefacto programa.

CARACTERIZACIÓN DE LA SOCIALDEMOCRACIA
Y SU CONTRAPOSICIÓN CON EL COMUNISMO

Como lo dijimos en muchas oportunidades, la socialdemocracia no es, ni nunca fue, un partido proletario, sino un partido de la burguesía “para” el proletariado, es decir para encuadrar al proletariado (16).

Todo partido de la burguesía tiene como proyecto social desarrollar el capital, es decir el trabajo. La única especificidad de este partido es dirigirse especialmente a la clase que tiene interés objetivo en destruir esta sociedad, en declarar que tiene ese mismo objetivo, pero, desde su origen, esa declaración no es más que un anzuelo para cumplir mejor su función de encuadrar a los proletarios y someterlos al trabajo, al desarrollo del capital.

Consecuentemente con ello, y contrariamente al comunismo, la socialdemocracia no se define nunca contra el capitalismo sino por su desarrollo, por su progreso y dentro del mismo dice representar al “factor trabajo”. No se define contra la dictadura democrática de la burguesía sino por su mejora. Su programa es, en nombre de la igualdad social, el de la realización de la democracia. De ahí su apelación. Su objetivo es el de democratizar las reivindicaciones sociales o, dicho de otra forma, el de transformar las exigencias proletarias en reformas democráticas. Como expresaba Marx, su función es la de limar las puntas revolucionarias del programa del “partido social” para hacerlo democrático. 

Por eso las estructuras básicas de ese partido son el sindicato y el parlamento, es decir los principales organismos de encuadramiento político/social del estado, que tienen por misión el transformar las reivindicaciones proletarias en reformas económicas o políticas. De ahí que la socialdemocracia identifique sistemáticamente dos cosas que son tan opuestas como los intereses de las clases que representan: la reivindicación y la reforma. La primera es la exigencia proletaria y la segunda lo que el capitalismo y el estado puede realizar para calmar aquella exigencia, limitándola a las necesidades de valorización del capital (17). Resumiendo, esos aparatos del estado burgués, parlamento y sindicatos que la socialdemocracia dice utilizar, cumplen siempre la función de transformar una reivindicación proletaria, que tiende a imponerse por la acción directa contra el capital, en una reforma sindical o política (legislación parlamentaria) que el estado burgués concede con el objetivo social (sea consciente o no este proceso) de impedir que aquella acción cuestione la esencia del capital y el estado.

La democratización, el progreso, el desarrollo… son para la socialdemocracia no solo algo positivo en sí, que beneficiaría a todo el mundo, sino el objeto mismo de sus afanes. Esa es otra de las grandes trampas, porque el progreso, en esta sociedad, no puede ser más que progreso del capital (¡piénsese en la guerra que incuestionablemente está ligada a toda la historia del progreso capitalista y que no es precisamente un progreso para los seres humanos!), que desarrollo de la explotación. Las tareas democráticas burguesas no pueden ser otra cosa que el desarrollo de las fuerzas productivas del capital. El presentar su propio progreso como progreso en sí, su propio desarrollo como igual al desarrollo de la humanidad, es una condición indispensable de todo partido de la clase dominante para asegurar su dominación.

Punicion ycastigo para los que no trabajan.

 

 

Como partido de la clase dominante para los explotados, como partido democrático para integrar las reivindicaciones sociales, es lógico que su objetivo sea al mismo tiempo la distorsión permanente del programa de la revolución, del programa comunista. Para eso, en todos los países y épocas históricas, la socialdemocracia tiene en su interior, al lado de las fracciones abiertamente democráticas y opuestas a la revolución, fracciones que, en nombre de la revolución, presentan un conjunto de reformas democráticas. Aunque el objetivo siempre es el desarrollo del capital, “para mejorar la situación de la clase obrera”, mientras las primeras son directamente parlamentarias y gradualistas, las segundas hablan de revolución, intentan tomar el poder y utilizan la violencia en el terreno político (lo que en los hechos corresponde a las luchas intestinas por el poder político), pero su “revolución” no es más que un conjunto de reformas (en general estatizaciones, nacionalizaciones, colectivizaciones, socializaciones, comunizaciones (18)) que se supone mejorarían la situación de los proletarios.  Contrariamente al comunismo, que es ruptura social del orden establecido, destrucción total del capitalismo, es decir de todas las relaciones sociales de producción burguesa, ese proyecto “revolucionario” plantea la reforma como un conjunto de mejoras del edificio social que en general se limitan al ámbito de la distribución, de la repartición. La trampa está en llamarle revolución a ese reformismo radical para dirigir la rabia revolucionaria del proletariado hacia el reformismo.

La socialdemocracia no representa en ningún caso los intereses del proletariado contra el capitalismo, sino, como ella misma lo dice, los intereses del trabajo en el capitalismo. La trampa está en presentar como sinónimo de la contradicción entre burgueses y proletarios a la dupla capital trabajo y definirse en la misma como partidario del polo trabajo.  Concedámosle este mérito, la socialdemocracia es el partido del trabajo (19). Esta confusión es corriente, incluso en sectores que se pretenden continuadores de la izquierda comunista (20). Quien está en contradicción con el capital no es el trabajo, sino el trabajador y no lo está en tanto que trabajador sino en tanto que ser humano. El trabajo no solo no es contradictorio con el capital, sino que es su esencia, el trabajo es la materia misma del capital capitalizándose. En la contradicción proletariado/burguesía, el trabajo, el máximo trabajo, está necesariamente del lado del capital contra el ser humano. Este, en tanto que trabajador, no se opone al capital sino que al contrario le da vida, renuncia a su vida para afirmar la vida del ser que lo vampiriza. Como trabajador no vive como ser humano, sino que renuncia a su humanidad. Como trabajador no es su propia vida, sino que es vida del capital, es capital reproduciéndose. En efecto, el capital es también trabajo acumulado y en el proceso de producción subsume al trabajo vivo. Más aún, si desde el punto de vista del proceso de trabajo, el trabajo aparece como el sujeto activo del mismo, al transformar los medios de trabajo, desde el punto de vista del proceso de valorización es el trabajo muerto que dirige al trabajo vivo. Por eso, toda apología explícita del trabajo es necesariamente apología implícita del capital y apología de la subsunción del trabajo en el capital. ¡Por eso en la sociedad mercantil generalizada toda apología abierta del trabajo es apología encubierta de la explotación de clases!  ¡Piénsese en toda la historia del leninismo y el marxismo leninismo en Rusia, en China, en Cuba, en Albania, en los países de Europa del Este, en Vietnam, Laos, Camboya, Corea,…! ¡y también en los países en que los marxistas leninistas apoyaron “críticamente” los diferentes frentes, gobiernos y estados “populares”, “antiimperialistas”, “progresistas”…!

La contraposición programática entre comunismo y socialdemocracia encuentra aquí su máxima nitidez: mientras que el comunismo lucha por la abolición del sistema de trabajo asalariado, punto decisivo del proceso hacia la abolición del trabajo mismo, la socialdemocracia es el partido del trabajo, el partido de la generalización del trabajo. Por eso mientras el comunismo, como movimiento social, renace en toda lucha contra la explotación y opresión, mientras el comunismo expresa la oposición proletaria a todo el progreso de la valorización y a la industrialización misma, la resistencia contra todo aumento de la extensión e intensidad del trabajo, la socialdemocracia es, por el contrario, el partido de la gran industria, de la masificación del trabajo, de los grandes movimientos para trabajar lo más posible, de los llamados al trabajo voluntario, al trabajo de emulación socialista, a los sábados comunistas, de los campos de trabajo, de los campos de concentración (inventados precisamente para eso).…

Lenin en “Una gran iniciativa” (julio de 1919) que lleva el significativo subtítulo de: “El heroísmo de los obreros en la retaguardia, los sábados comunistas” dice: “Y esos obreros hambrientos… organizan ‘sábados comunistas’, trabajan horas extraordinarias sin ninguna retribución y consiguen un aumento inmenso de la productividad del trabajo a pesar de hallarse cansados, atormentados y extenuados por la subalimentación ¿No es esto un heroísmo grandioso?¿No es el comienzo de una transformación de importancia histórico universal? La productividad del trabajo es, en última instancia, lo más importante lo decisivo para el triunfo del nuevo régimen social… El comunismo representa una productividad del trabajo más alta que el capitalismo, una productividad obtenida voluntariamente por obreros conscientes y unidos que tienen a su servicio una técnica moderna. Los sábados comunistas tienen un valor excepcional como comienzo efectivo del comunismo y eso esto es algo extraordinario, pues nos encontramos en una etapa en la que se ‘dan solo los primeros pasos en la transición del capitalismo al comunismo’ (cómo dice, con toda razón, el programa de nuestro partido)

La apología que hace Lenin del trabajo y del aumento de la productividad del trabajo, como fundamental en la transición hacia el comunismo, es totalmente contrarrevolucionaria y en los hechos una apología del capital. Lo que Lenin defiende aquí no tiene nada que ver, a pesar de la apariencia, con el hecho lógico, de que en plena lucha revolucionaria pueda suceder que sectores del proletariado tengan puntualmente que trabajar y que ese trabajo, coyunturalmente, sea considerado parte de la lucha revolucionaria tendiente a la abolición del trabajo asalariado y del trabajo a secas. Aquí lo que queda en evidencia es, por el contrario, que Lenin, como todo socialdemócrata, no concibe el comunismo como una sociedad que ha abolido el trabajo, sino como una sociedad que lo afirma. Queda en evidencia que Lenin no concibe la transición hacia el comunismo como un proceso en donde se lucha por trabajar lo menos posible, como un proceso de destrucción del trabajo asalariado y del trabajo mismo, sino como una sociedad en la que se trabaja “voluntariamente” cada vez más. Más aún, que Lenin, como cualquier patrón o economista vulgar, identifica productividad con la extensión del tiempo de trabajo. En efecto, si leemos bien, constatamos que en el caso considerado, es mentira lo que Lenin dice: que habría un aumento de la productividad del trabajo. En el ejemplo citado NO hay ningún aumento de la productividad del trabajo, sino que, como el propio Lenin nos informa, los sábados comunistas implican más trabajo, implican que los proletarios trabajan horas extraordinarias sin ninguna retribución. Lo que consiguen así no es para nada “un aumento inmenso de la productividad”, sino que el mismo trabajo sigue produciendo lo mismo y lo que sucede es que los trabajadores trabajan más. El trabajo no es más productivo sino que se trabaja más. El trabajo sería más productivo si trabajasen lo mismo (o si trabajasen menos), si tuviesen el mismo desgaste humano produciendo un resultado mayor, lo que como Lenin lo confiesa, al decirnos que trabajan más, no es para nada el caso. Como además lo hacen “sin ninguna retribución”, lo que aumenta no es la productividad sino la tasa de sobretrabajo, el sobretrabajo dividido por el trabajo necesario, el porcentaje que va para el capital (¡pues ni Lenin niega que éste sigue existiendo!) en relación con el que se apropian los proletarios, es decir la mismísima tasa de explotación y, en última instancia, la tasa de ganancia del capital. ¡Lo que aumenta no es la productividad del trabajo, sino la explotación y es esto lo que Lenin celebra! La productividad del trabajo queda constante pero lo que aumenta es la productividad del capital: con el mismo capital se obtiene más. La confusión entre una y otra cosa es típica de los capitalistas y hombres de estado. Es lógico para ellos, lo que les interesa es obtener más capital, más cosas con el mismo capital. Para ellos, es exactamente lo mismo que ese resultado sea obtenido poniendo más máquinas o modernizándolas (en ese caso sí puede haber aumento de la productividad) o poniendo jefes y, si se quiere, látigos para que los trabajadores trabajen más (más tiempo o más intensamente). Pero para los trabajadores no es para nada lo mismo: un aumento de la productividad del trabajo no significa nunca trabajar más sino menos para obtener lo mismo, en cambio un aumento de la extensión del tiempo de trabajo siempre significa más desgaste humano, más tripalium, más tortura.

Vemos entonces que Lenin, cuando afirma “El comunismo representa una productividad del trabajo más alta que la del capitalismo”, no entiende para nada lo mismo que Marx, un proceso por el cual, una vez abolida la sociedad mercantil, el aumento de la productividad del trabajo permite trabajar cada vez menos (menos tiempo de trabajo y además trabajo menos intenso), hasta su abolición total, sino totalmente al contrario: para Lenin, como para todo socialdemócrata, el comunismo es la realización de una sociedad del trabajo. No conocemos ningún texto leninista, ni de otro de los bolcheviques que integraron el estado, que haga, al menos, una crítica del trabajo y asuma el proyecto comunista de abolición del trabajo. Más aún para la socialdemocracia, para el leninismo y el estalinismo, los discursos, las canciones, las banderas y símbolos del “comunismo” siempre contienen loas al trabajo y la apología de los medios mismos con los que se trabaja. Nada más lógico entonces que los martillos y las hoces, hayan sido consagrados como los símbolos del leninismo, del trotskismo, del estalinismo, del maoísmo…, los símbolos históricos de los partidos del trabajo, de los partidos del tripalium, de los partidos de la tortura, de los partidos de la sumisión del ser humano a la no vida. En plena contrarrevolución internacional, la apología marxista leninista del trabajo, como sinónimo de realización del ser humano, llegó a subsumir totalmente el movimiento obrero mundial, hasta tal punto que toda crítica del trabajo, podía ser catalogada (como todas las posiciones revolucionarias) como “pequeño burguesa” y la misma lucha silenciosa, pero persistente de los proletarios en todo el mundo para trabajar lo menos posible (trabajo a desgano, indisciplina, baja del ritmo, ausentismo, sabotaje, …) como contrarrevolucionaria. Tal vez la película “Tiempos Modernos” de Chaplin, en la que tantos proletarios se identificaron, nos libró de que los PC del mundo sustituyeran los martillos por las cadenas de montaje en los panfletos y banderas. ¡Hubiese sido coherente con lo que ellos defendían y siguen defendiendo hoy! El progreso, el perfeccionamiento, de la explotación del hombre por el hombre.

Aunque lo hemos hecho muchas veces, merece subrayarse la contraposición total que hay entre Marx, que siempre defendió la lucha por la supresión total de los dos polos de la relación capital/trabajo asalariado, así como del trabajo mismo, con respecto a la socialdemocracia que invariantemente se definió por el polo trabajo del capital, por los intereses del trabajo en el capitalismo. ¡Cómo si en la práctica el capitalismo pudiera tener otros intereses que no sean el trabajo! ¡Cómo si la economía nacional del capital pudiese tener otros intereses que el desarrollo del trabajo!

El propio Lenin fija así la actividad de los sindicatos en Rusia en pleno poder bolchevique: “Los sindicatos deben desplegar su actividad en todos estos aspectos, no desde le punto de vista de los intereses de cada departamento, sino desde el punto de vista de los intereses del trabajo y de la economía nacional en su conjunto” (21) ¡Los intereses del trabajo (22)!y ¡de la economía nacional en su conjunto! Ambos aspectos solo pueden ser intereses capitalistas, Marx pasó toda su vida a señalar la contraposición total e invariante entre los intereses del ser humano y los intereses de “la economía nacional en su conjunto”, entre los intereses del ser humano y los “intereses del trabajo”

El progreso del trabajo y del partido del trabajo es necesariamente progreso del capitalismo y extensión e intensificación de la explotación. El proletariado es la contraposición viviente de ese progreso del capital y la explotación. Claro que esto no quiere decir, como pretende la socialdemocracia, que ello implica luchar por la vuelta de la rueda de la historia para atrás. El proyecto revolucionario no es volver a las cavernas. Este es el tipo de descalificativo barato que utilizan nuestros enemigos en toda discusión. La lucha por la disminución de la jornada de trabajo o contra el aumento de la intensidad del trabajo o también por aumento del salario, es decir en general toda la lucha contra el aumento de la tasa de explotación (con el que el capital intenta siempre contrarrestar la tendencia a la disminución de la tasa de ganancia), que caracteriza desde siempre a la lucha de los explotados y que es necesariamente resistencia al desarrollo del capital, también empuja el desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad y obliga, por ejemplo, al capital a sustituir trabajo por fuerzas tecnológicas y por lo tanto también al desarrollo de las fuerzas productivas. Pero hay una diferencia abismal en plantear, como siempre hizo el movimiento comunista, el progreso del capital como contradictorio con la humanidad y afirmar que, gracias a la resistencia contra ese progreso, el mismo es algo menos nocivo, que hacer la apología a secas del progreso como si fuera algo neutro. ¡Cómo si el progreso de la sociedad del capital beneficiase al ser humano!

La transformación comunista de la sociedad no partirá de las cavernas sino obligatoriamente, nos guste o no (¡y en realidad no nos gusta!), del imponente (en el sentido fuerte de esa palabra) desarrollo de las fuerzas productivas del capital, que serán apropiadas por el ser humano. Pero justamente, como ese impresionante progreso no es neutro, ni beneficia a todas las clases (sino que efectivamente es también progreso contra el ser humano), el comunismo debe cuestionar todo, absolutamente todo. No basta con la destrucción de las relaciones de producción capitalista, sino que resulta indispensable cuestionar absolutamente todas las fuerzas de producción existentes e irlas sustituyendo en la medida de que sea posible. En efecto, desde el pan que comemos hasta la máquina más perfeccionada, desde el último computador hasta el tractor, desde el hospital a la escuela, desde el armamento hasta las oficinas, desde las casas a los cuarteles…, todo lo que asume o asumió la forma mercantil está necesariamente marcado (concebido) por la dictadura del capital. Nada, absolutamente nada de este mundo tecnológico es neutro, todo objeto o medio de trabajo es el resultado de la dictadura de cientos de años del capital contra el ser humano, del valor contra el valor de uso, que hacen a estos tan inhumanos. La misma ciencia, verdadero dogma religioso de la sociedad burguesa (y muy particularmente de la socialdemocracia), lejos de ser algo que beneficiaría a ambas clases, está, hasta la médula, determinada por la dictadura del valor en proceso, por la tasa de ganancia del capital. Por lo que, si bien es cierto que no se puede destruir todo y empezar de cero, sino necesariamente se parte de lo que se hereda, es indispensable cuestionar todas las fuerzas productivas que heredará la humanidad del capitalismo para irlas sustituyendo lo más rápido que se pueda. Es clave, en el proceso de dictadura del proletariado, la sustitución total de esas fuerzas productivas concebidas para aumentar la explotación por fuerzas productivas determinadas por criterios humanos, que no requieran más trabajo, ni más intensidad del trabajo sino que, al contrario, lo disminuyan y lo tiendan a suprimir, que estén determinadas por las necesidades humanas, por la buena salud de los seres humanos (ejemplo alimentación) y no por la ganancia de los empresarios que hoy contamina todo. Se trata no solo de abolir la dictadura social del capital, sino de abolir todo valor de uso que ha sido producido bajo la dictadura del valor, incluso el más anodino y necesario para los hombres, porque en su concepción tiene concentrado muchos siglos de opresión, de dictadura del valor contra el valor de uso. Todo “bien” lleva, en su seno, esa opresión histórica. Pongamos el ejemplo más banal, el pan (23) (y no por ejemplo las armas,  los contadores de gaz  o los edificios de bancos, las cárceles, los parlamentos… ¡qué se trata simplemente de abolir lo más rápido posible!) no solo está contaminado por los pesticidas, herbicidas y otras porquerías químicas que se le pone al trigo, a la levadura y al pan mismo, en su proceso final, por ejemplo, para conservarlo, para transformarlo, para venderlo, sino que no está concebido en función de las necesidades humanas sino de ganar lo más posible: en su concepción no entra por ejemplo la necesidad de consumir fibras, ni de que sea un producto verdaderamente fresco (sino que parezca: conservantes, colorantes, preservativos…), que corresponda a la evolución histórica del aparato digestivo humano (incompatibilidad cada vez más generalizada con el gluten, degeneración de los cereales, etc.). El pan no se ha ido modificando, a través de los siglos, en función de las necesidades humanas, sino, bien por el contrario, en función de la rentabilidad del capital que produce y distribuye el pan (no de todo el capital, ejemplo reducción del valor de la FT) . Por ello ha “mejorado” únicamente como soporte del valor valorizándose. El valor de uso se ha ido adaptando a las necesidades de la tasa de ganancia, es decir que en ese mismo proceso ha empeorado como pan, como valor de uso de la humanidad. Este ejemplo permite ver hasta que punto la dictadura de la tasa de ganancia se concreta en la “putrefacción”, en el degeneramiento de la cosa misma. Por ello, la dictadura del proletariado tiene que cuestionar todos los valores de uso aplicando, en forma consecuente, esos dos criterios de base en todos los sectores productivos: dictadura total de lo que el ser humano requiere y menos trabajo. Es decir que la destrucción de la dictadura del valor tiene que llevarse a las últimas consecuencias, destruyendo toda aquella herencia. O como decía Engels, sobre el estado, solo podrán conservarse, los valores de uso de la sociedad actual, “en los museos de la historia”.

El comunismo es ese movimiento histórico de contraposición a la sociedad del capital y, como tal, es heredero de toda la resistencia de la humanidad contra las sociedades de clase. Desde la resistencia de la comunidad primitiva contra la explotación y opresión, a la resistencia de los esclavos contra la esclavitud (o/y la lucha de otras clases explotadas y oprimidas contra sus explotadores y opresores, luchas que fueron diferentes según las diversas regiones del mundo), a la lucha del proletariado contra el capital hay una línea invariante de objetivos y medios, y solo puede superarse como revolución comunista mundial. En contraposición con eso, la socialdemocracia es heredera de todas las clases dominantes del pasado, que han presentado su progreso como el progreso de toda la humanidad (24) En coherencia con eso, los progresistas socialdemócratas ven el pasado con ojos racistas y civilizadores porque como progresistas son los herederos de los colonizadores, de los conquistadores que, junto con la espada, llevaron la cruz y la biblia de los inquisidores a todo el planeta. A veces lo reconocen así, a veces no. La socialdemocracia siempre discutió si era buena o mala la colonización, hubo fracciones que protestaron y algunas que se opusieron, pero nunca hicieron una verdadera lucha abierta contra la burguesía y el estado de las potencias colonizadores. Además, la socialdemocracia siempre se definió a favor del carácter civilizador del capital, siempre defendió la separación histórica entre la comunidad humana y los medios de vida, es decir la expropiación de las comunidades primitivas, en nombre del progreso. Ese progreso, que permitió el asalariado, lo defendieron todos, desde Bernstein a Kautsky, desde Erbert a Lenin, desde Proudhom a Abad de Santillán, desde Stalin a Mao, desde Trotsky a Fidel Castro, desde Ho Chi Min a Rocker … Lo que ocultan o relativizan, con sus apologías del desarrollo de las fuerzas productivas del capital y la famosa “necesidad de las tareas democrático burguesas”, es que ese progreso siempre se hizo y se hace a sangre y fuego, que ese progreso significa millones de muertos en todas partes, que contra ese progreso resistieron nuestros compañeros “comunistas primitivos”, que el proletariado se constituyó como clase, no en base al apoyo a ese progreso, sino peleando, resistiendo contra él con todas sus fuerzas. ¡Qué el proletariado se constituyó en clase e intentó conformarse como partido y fuerza autónoma, en una lucha a muerte contra el progreso del capitalismo! Lo que ellos piden es que el proletariado renuncie a esa resistencia, que acepte el progreso de sus enemigos. ¡Pero como no lo hace, lo reprimen! ¡Como no acepta, lo mandan a los campos de concentración! La socialdemocracia no se siente nunca heredera de esa resistencia histórica. Al contrario, los socialdemócratas se sienten mucho más afines con los defensores de la “revolución francesa” (25), síntesis suprema de realización de las tareas democráticas que ellos se encargan de imponer al proletariado. Nunca se solidarizaron con quienes lucharon en todo el mundo contra los efectos civilizadores del capital.

La contraposición programática entre comunismo y socialdemócrata que constatamos hoy es, en el fondo, la misma que hubo en toda la historia del capitalismo. El primero luchando contra la separación histórica entre el ser humano y sus medios de vida y por lo tanto contra toda explotación. La segunda afirmando esa separación, a favor del progreso, del trabajo, de la explotación. La humanidad resistiendo al permanente aumento histórico del tiempo y la intensidad de trabajo, la socialdemocracia llamando al progreso, al desarrollo del trabajo asalariado y al trabajo mismo.

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La globalidad programática, que acabamos de resumir, es el producto histórico del desarrollo de la socialdemocracia como partido, y contiene, a su vez, otro conjunto de determinaciones derivadas, incluidas, en la misma, que esquematizaremos aquí (26) para terminar de caracterizar ese partido.

 -Así, esa política implica necesariamente la política del mal menor (27) que, en los hechos, consiste en oponerse a la revolución social en nombre del “realismo”, en nombre del posibilismo. Así, todo cuestionamiento, que va a la raíz de la sociedad, es rechazado en nombre de las “condiciones realmente existentes”. Es esencial e invariante, en la socialdemocracia, el decir que “las condiciones para hacer la revolución no están dadas”. ¡Nunca están dadas! Y  por lo tanto hay que preferir el menor de los males, es decir aceptar la política reformista del capital o, en el caso de los más radicales, en nombre de la revolución de mañana luchar por las reformas hoy.

-Evidentemente esto está ligado a todo un esquema de preferencia burgués, cuyo principal objetivo es la liquidación de la lucha del proletariado por la revolución y su transformación en lucha interburguesa: se prefiere la izquierda a la derecha, el progresismo al conservadurismo, lo demócrata a lo dictatorial, lo republicano a lo fascista, lo popular a lo aristocrático, la liberación nacional al imperialismo (28)… Desde el punto de vista comunista, lo importante no es discutir, en cada caso, si esto es realmente más o menos malo que aquello, si tal o cual político o política será mejor o peor para los proletarios, sino denunciar la esencia de esa zanahoria:  llevar al proletariado a luchar por intereses que no son los suyos, sacarlo de la lucha revolucionaria y hacerlo servir de carne de cañón no solo en tal o cual lucha burguesa, sino hasta de todas las guerras imperialistas en donde, siempre, se podrá argumentar que uno u otro campo es mejor que el otro.

-El posibilismo, el mal menor, el cuadro de preferencias burgués determina otra característica esencial de la socialdemocracia: el frentismo. Como la política exclusivamente revolucionaria, exclusivamente proletaria… nunca “es realista”, siempre “es utópica”, como la insurrección es, siempre según ellos,  “puro aventurerismo político”, siempre es necesario saber renunciar a “ir por el todo”, a la lucha final. ¡Cómo en España en que la CNT, en el momento clave de junio del 36, decide no ir por el todo sino ingresar al comité de milicias antifascista!” someterse a la colaboración interclasista, primer estribo para montar al estado, antes de la integración total al mismo. La argumentación posibilista se presenta invariantemente como vía para conquistar aliados, para ir a las masas, para ser creíble, para no asustar a los timoratos, para desarrollar el frente más amplio posible con otros sectores sociales. El frentismo es el complemento indispensable de esa política de renunciación, de mal menor, de supeditación de los proletarios a la democracia, a la burguesía, al frente democrático, al frente popular, al frente único, al frente antiimperialista, al frente unido…

- El apoyo a la llamada liberación nacional es en realidad una forma particular de frentismo, en nombre del progreso del capital (nacional) y la oposición a tal o cual imperialismo se llama a hacer un frente con tal o cual fracción de la burguesía. La liberación nacional es un anzuelo que busca enganchar al proletariado en un frente nacional para usarlo como carne de cañón en la guerra imperialista (29).

- Se puede decir que en la práctica todas las zanahorias son buenas para sacar al proletariado de su terreno de clase, de su práctica revolucionaria. Todo reclamo económico o social, transformado en “algo más realista”, en reforma, puede servir para hacer marchar al proletariado, bien sometidito, como el burro detrás de la zanahoria; toda la cuestión es la capacidad de neutralización de la crítica radical y de convocación hacia el cambio reformista.  La socialdemocracia tiene invariantemente como objetivo la liquidación de la autonomía del proletariado, su transformación en base de apoyo de tal o cual fracción burguesa progresista, o/y de un capitalismo con jeta o careta algo más  humana.

- Cuando ese objetivo no se logra cabalmente, cuando no se logra someter el proletariado a esas zanahorias más clásicas para destruir la autonomía de clase, cuando no se lo logra encuadrar en el posibilismo y el realismo politicista, cuando resulta difícil transformar al proletariado en furgón de cola de tal o cual frente, se utilizan otros mecanismos más sutiles pero que tienen exactamente los mismos objetivos. Un ejemplo de ello es la política del apoyo crítico. Así cuando no se logra que los proletarios apoyen un régimen social que los explota y oprime, cuando salta a la vista que la explotación y la represión aumentan, cuando las críticas proletarias son inevitables, se recurre a un tipo de formalismo crítico que disimule el apoyo, al “apoyo crítico” (que, aunque a menudo nos olvidamos, siempre debiéramos escribir entre comillas, porque así lo llaman, aunque lo de “crítico” queda reducido, en la práctica, a una cuestión de oportunidad). Concretamente se argumenta que “lo otro” podría ser mucho peor, que esta opción, aunque no es la buena, es mejor que la otra, que por eso “hay que apoyarla críticamente”, “que hay que preservar los logros”, que “no hay que hacer el juego de la derecha”, que no se debe “entrar en el juego del capitalismo” buscando, así, que las críticas queden en un cuadro respetable, no revolucionario. Fue así que el trotskismo (y otros socialistas influenciados por ellos) logró atenuar y canalizar políticamente una parte importante de las críticas que se hacían al poder en Rusia: no había que “hacerle el juego al capitalismo”, “había que preservar los logros de la revolución”. Esa concretización política del mal menor y del apoyo crítico, que se expresa también en los frentes únicos, que funcionan como anzuelos de los frentes populares, genera la confusión general y funciona como enganche de izquierda para el apoyo del statu quo. Ese hermano menor del estalinismo, que es el trotskismo, se contrapuso terminantemente a la denuncia del carácter capitalista del estado en Rusia y dividido, entre su ala de derecha y su ala de izquierda, apoyó “críticamente” toda la política de su hermano mayor (“big brother!) (30). Es difícil decir si, de no existir esta política de canalización política de la contradicción social, el proletariado hubiese tenido la fuerza de reemprender el camino de la revolución, pero es seguro que, desde el punto de vista de la dominación, esa política de apoyo crítico es una colaboración decisiva para su reproducción, y no es exagerado decir que si el trotskismo en Rusia no hubiese existido, Stalin hubiese tenido interés en inventarlo. ¡Aunque más no sea para atribuirle todos los fracasos y sabotajes que, contra la producción burguesa, hacía el proletariado! ¡Hasta en esto había complementariedad entre los hermanos! Al acusar a todo saboteador de trotskista, se impedía la unificación de los verdaderos saboteadores del capitalismo, en su lucha por la revolución social.

- Pero el apoyo crítico no es utilizado solamente en ese caso extremo, también sirve de complemento de izquierda de cualquier política frentista. Todo frente popular, todo frente antifascista, todo frente “antimperialista”, tiene sus apoyadores críticos. Son una especie de brigada de reclutadores de los desconformes. Son los que impiden que la ruptura llegue a su raíz. Son los que más posibilitan que la crítica radical y total de esos frentes, de encuadramiento burgués de los proletarios, sean denunciados por lo que son. El trotskismo, que formalmente se opone al frente popular en nombre de otro frente (¡el “frente único” con la socialdemocracia, que en el fondo es otro frente popular!), con su táctica de “apoyo crítico” aportó una enorme contribución a la sumisión generalizada del proletariado, a la desaparición de la autonomía de clase, a su transformación en carne de cañón de la guerra imperialista en Europa y en el mundo entero.

¡No hablen durante el trabajo!

 

 

- Además, los trotskistas no son los únicos apoyadores críticos. ¡Cuántas veces en nombre del anarquismo se apoyó a los defensores del estado! ¡Cuántas veces en nombre del comunismo se llamó a la defensa de las medidas económicas de tal o cual gobierno invocando el apoyo crítico! ¡El antifascismo mismo, que desde hace ya 80 años es el modelo de frentismo y de reclutamiento de proletarios para la guerra imperialista, siempre funciona con apoyadores críticos que se dicen marxistas leninistas, anarquistas, comunistas, trotskistas, libertarios! La Segunda Guerra Mundial, que comenzó con la liquidación de la tentativa revolucionaria en España y su transformación en guerra fascista antifascista, fue un modelo en ese sentido. La CNT, en nombre del mal menor y del apoyo crítico al antifascismo, colaboró en la liquidación del proletariado revolucionario en España y también en la guerra imperialista. Esa es una historia emblemática de cómo transformar la lucha del proletariado por sus intereses en su exacto contrario, lo que, como se sabe, terminó con la transformación de los proletarios en carne de cañón que entronizó mundialmente a Stalin, Churchill y Roosvelt. ¡Si será útil el mal menor, el apoyo crítico, el frentismo… que ha logrado, en nombre del comunismo y del anarquismo, disolver la fuerza del proletariado e imponer la mayor sumisión de clases de la historia! Si hoy sigue utilizándose tanto el cuco del fascismo (¡hasta el extremo de inventar cualquier cosa para darle veracidad!) es porque ningún otro frente burgués histórico logró tanta adhesión como el antifascista, porque es el ejemplo supremo de totalitarismo e integrismo democrático.

- Lo que la socialdemocracia presenta como táctico, el mal menor, el frente,…, es en realidad estratégico. Lo supuestamente estratégico, el socialismo, la revolución, pasa a constituir en realidad un conjunto de principios ideales que sirven de anzuelo, pero que no tienen, ni tendrán, nunca una concreción. Así, es en nombre del comunismo o el anarquismo, por los que luchan los proletarios, que los partidos, que se autodenominan de esa manera, llaman a preferir tal o cual fracción de la clase dominante, tal o cual política o grupo de poder. Claro que eso siempre se hace en nombre de la táctica, se declara que el objetivo final sigue siendo el comunismo o el anarquismo. Pero así, se puede pasar toda la vida esperando que al fin se luche por el objetivo final. En realidad la socialdemocracia nunca lucha por ese objetivo final, nunca llama a los proletarios a esa lucha, lo que, contrariamente a lo que se declara, muestra que el mismo no es para nada su objetivo, sino más bien un anzuelo para que se apoye, críticamente o no, a todos los males menores que nos proponen. Esa es la historia de la izquierda burguesa, podrán pasar 100 o 200 años, siempre es, y será, en nombre de ese futuro inalcanzable, que la socialdemocracia engancha proletarios hoy, para limpiarle las botas a tal o tal fracción de la clase dominante.

- El dualismo entre principios y táctica, entre programa máximo y programa mínimo, entre histórico e inmediato, entre político y económico… está omnipresente en todas las teorías, todos los discursos, todas las maniobras, todas las explicaciones socialdemócratas. El principal de todos esos dualismos es cuando claramente nos dicen, como Ebert y Lenin, que citamos antes, que hay que desarrollar el capitalismo (¡de estado o no!) en nombre del socialismo, que gracias a ese desarrollo podremos lograrlo después. Toda la obra de Lenin es, como resumimos luego, la apología de la táctica, de la maniobra, de la capitulación, del apoyo o el compromiso con tal o cual fracción de la burguesía, de la oportunidad, de las bondades del capitalismo y de trabajar lo más posible,… en nombre de preservar “el socialismo” o la “patria socialista” que, en los hechos, solo funciona como anzuelo adonde se fueron a ensartar todos los que lo siguieron.

- Pero en general es menos explícito y directo. Cuando es sutil puede tener hasta decenas de mediaciones antes de llegar a los mismos objetivos. En nombre del socialismo, se llama al apoyo crítico de tal frente, en nombre de ese frente a apoyar un gobierno y el estado, en nombre de ese gobierno y ese estado en colaborar al envío de tropas de pacificación de la ONU a tal o cual país. Es imponente con la facilidad con que se utiliza, así, a los proletarios como carne de cañón, es imponente con la facilidad con que se moviliza por objetivos completamente contrarios a lo que se decía defender, es imponente el grado de especialización de los líderes socialdemócratas en este tipo de “táctica”.  En nombre de las necesidades de los trabajadores se llama a la defensa del salario, en nombre del salario se llama a la defensa de la fuente de trabajo, en nombre de esa fuente de trabajo se llama a ser comprensivo con la necesaria rentabilidad de la empresa y de la economía nacional, en nombre de la rentabilidad de la empresa y de la economía nacional a hacer sacrificios, en nombre de todo eso se termina invariantemente utilizando a los proletarios como base de apoyo de la burguesía nacional y carne de cañón de la guerra imperialista.

- Justamente todo aquel dualismo no tiene otro objetivo que ese, que sacar al proletariado de su terreno de clase y llevarlo a defender los intereses del capitalismo y la economía nacional. Es clave, en la dominación de clase, este oscurecimiento de los objetivos. Desde el punto de vista revolucionario, la cuestión es bien simple en todos los casos, países, épocas, circunstancias,… los intereses de los explotados y los explotadores no solo son diferentes, sino opuestos, antagónicos. Cómo no se puede negar que el capitalismo y el comunismo son cosas diferentes (¡aunque tampoco faltaron quienes en nombre del comunismo dirán que no son tan diferentes! (31)), la clase dominante debe necesariamente introducir estas dicotomías. “El ‘renegado’ Kautsky y su discípulo Lenin” (32) lo confesaban, cuando consideraban diferentes los intereses inmediatos e históricos por los que luchaba el proletariado, y que era la socialdemocracia la que aportaba la consciencia socialista, que era un producto de la ciencia: ¡la famosa introducción de la consciencia de clase desde afuera, por parte de los intelectuales y científicos, de toda la socialdemocracia y el leninismo, es precisamente esto! Es así que nos dirán que en el futuro lucharemos por el socialismo o/y el anarquismo pero que ahora, por cuestiones prácticas, tácticas, inmediatas… o como carajo lo llamen… hay que hacer justo lo contrario y apoyar a tal o cual política capitalista. “No ahora no hay condiciones para imponer el programa máximo, por lo tanto luchemos por el programa mínimo…” “Es verdad que este gobierno es burgués pero debemos apoyarlo porque es menos malo que el fascismo” “Ahora no podemos exigir aumento de salario”…

- A la claridad y unicidad del programa comunista se opone la oscuridad y dualismo del programa socialdemócrata. Nosotros proletarios, no tenemos diferentes intereses económicos y políticos. Nuestros enemigos solo pueden asegurar la dominación dividiendo y oponiendo ideológicamente lo que es una unidad. Si los proletarios se aferran a sus propios intereses, necesariamente luchan contra el capital y el estado y, aunque no lo sepan, o solo lo sepa una pequeñísima minoría de entre ellos, están necesariamente luchando por la revolución comunista. El dualismo entre programas, entre táctica o estrategia, entre tal o cual aspecto del programa, no puede venir, en absoluto, del proletariado, sino de la dominación ideológica de la burguesía y, prácticamente, reproduce esta dominación. La dualidad no está en los intereses del proletariado, ni en su programa, ni en su propia vida. En todos los casos su interés es único y contrapuesto siempre a todo el capital, a todas sus fracciones. El hecho de que se pueda presentar tal o tal programa, táctica, principio, frente,… como bueno para el proletariado, al mismo tiempo que se le pide sacrificios, es necesariamente algo que proviene de la clase dominante. Contrariamente a lo que dicen los socialdemócratas, como Kautsky o Lenin, en su defensa de la introducción, en la clase, de la consciencia socialdemócrata, el interés económico del proletariado es el mismo que su interés político, la verdadera lucha por sus intereses económicos es una lucha revolucionaria. Por ello esa introducción ideológica socialdemócrata, desde el exterior, desde la ciencia, desde ese dios de la socialdemocracia, es necesariamente antagónica con la totalidad de los intereses del proletariado.

- Así, nuestro interés es resistir a todo aumento de la tasa de explotación; esa lucha es inseparable de la lucha contra la explotación misma y por su supresión. Mientras el capital tiene siempre interés en aumentar la explotación, gracias a lo cual puede contrarrestar el aumento de la tasa de ganancia, el interés económico del proletariado es siempre luchar contra ese aumento. Ahora bien, es imposible pedirle a los proletarios que luchen contra sus propios intereses, por eso la socialdemocracia, como todo partido de la clase dominante, cuando se dirige a los explotados tiene por objetivo convencerlos de que es imposible luchar contra todo el capital y el estado y, consecuentemente con ello, convencerlos de que, aunque los objetivos finales (o políticos, o principistas…) son tales y cuales, hoy lo mejor es, precisamente,… lo contrario. Solo así, en nombre del socialismo, se lo podía y se lo puede reclutar para apoyar el desarrollo del capitalismo.

- Este fenómeno ha hecho creer, a muchos revolucionarios, que la socialdemocracia no defiende los intereses históricos del proletariado, pero si sus intereses inmediatos; y justifican, así, el papel histórico del sindicalismo. Ello es absolutamente falso, la socialdemocracia y el sindicalismo nunca defienden los intereses del proletariado, sino su recuperación estatal; y la confusión proviene de confundir la reivindicación con la reforma, el reclamo proletario inmediato, que una lucha expresa, con lo que los patrones o el estado están dispuestos a conceder: la reforma.

CARACTERIZACION DEL LENINISMO
Y EL MARXISMO LENINISMO

Formalmente, el marxismo leninismo es una invención de Stalin, consagrada como religión de estado, a partir de la muerte de Lenin. El fastuoso entierro de Lenin, organizado por Stalin, y el culto a la personalidad de aquel será la forma elegida de presentar, ante las masas arrodilladas, esa “nueva” ideología, verdadera religión de estado. El marxismo leninismo es la ideología que desarrolló el estado capitalista ruso, dirigido por el stalinismo, para regentar “el movimiento comunista mundial”, en función de las decisiones de los dirigentes del estado ruso y de los intereses del capital imperialista centralizado en ese país.

Sin embargo, la política que caracterizará al estado ruso, desde la toma del poder bolchevique, y  la imposición de la política “leninista” o bolchevique, a los grupos y partidos que iban rompiendo con la socialdemocracia, existe desde la consagración de los bolcheviques como sinónimo de los verdaderos revolucionarios, fenómeno operado desde la insurrección de octubre y la idealización del papel que los bolcheviques habrían desempeñado en la misma, que se expandirá por doquier. Es en esa medida, que puede hacerse extensiva la denominación de leninismo, bolchevismo o marxismo leninismo (que podemos considerar como sinónimos), a esa política inaugurada con Lenin en el poder. Es así que utilizamos dicha denominación aquí, desde que Lenin mismo gobierna, dándole así un carácter más general, que nos parece totalmente pertinente, incluso antes de que se consagrara formalmente la misma, a la muerte de Lenin.

Si el marxismo ya había sido una ideología de completa falsificación de la obra de Marx (que llevó a declarar al propio Marx: “yo no soy marxista”), para afirmar la concepción socialdemócrata de partido, que en nombre del socialismo pusiera al proletariado al servicio del capital, el leninismo y el marxismo leninismo pasarían a ocuparse de las franjas más activas del proletariado en lucha por la revolución social, particularmente de aquellas que se denominaban comunistas ( y que de alguna forma habían iniciado una ruptura con la socialdemocracia formal), con el mismísimo objetivo de ponerlas al servicio del capital y el estado.

Como el resto de la socialdemocracia, el marxismo leninismo llama revolución socialista o comunista, no a la destrucción del capitalismo, a la abolición del trabajo asalariado y las relaciones de producción mercantiles, sino por el contrario, a la toma del poder político para la realización de un conjunto de reformas económicas. Ese dualismo político y económico corresponde, evidentemente, al dualismo de siempre de la socialdemocracia, del que hablamos antes. Lenin mismo definió todo su programa “comunista” en su célebre frase: “El comunismo es el Poder soviético más la electrificación de todo el país” (33). ¡En toda la obra de Lenin, como en la de Stalin o en general de otros socialdemócratas, no hay nada, absolutamente nada, concreto en cuanto a la destrucción de la dictadura del valor, el dinero, la mercancía;… nada claro y explícito en cuanto a la abolición concreta de las relaciones de producción y explotación propias a la sociedad burguesa! Contrariamente a la apariencia de radicalidad que el leninismo tuvo en su época, su concepción de la revolución socialista es completamente reformista, contrarrevolucionaria. Se reduce a tomar el poder para modernizar el capitalismo y, complementariamente con ello, se estatiza, es decir se hace pasar la propiedad privada  (jurídica, formal) a manos del gobierno. Ese tipo de reforma nacional fue lo que inició el leninismo y terminó de concretar el estalinismo en Rusia, lo que en los hechos fue la forma que encontraron de reorganizar y modernizar las relaciones de producción capitalistas. El marxismo leninismo, como ideología, sirvió para presentar esa modernización, en nombre de Marx y de Lenin, primero, como un paso hacia el socialismo (sin olvidar que para Lenin paso al socialismo y desarrollo del capitalismo es lo mismo), luego, con la ideología del socialismo en un solo país, como el “socialismo” mismo. Así, el “socialismo” pasó a ser en todo el mundo sinónimo de un desarrollo acelerado del capitalismo, basado principalmente en el trabajo, en la apología del elemento trabajo y trabajador del capitalismo. Aunque la generalización de los campos de concentración, los campos de trabajo forzado (¡qué Rusia desarrolló antes que Alemania!) se ocultaron, especialmente frente al exterior, fueron el elemento esencial del marxismo leninismo y de la construcción del “socialismo” en el mundo. Toda la producción de la Unión Soviética y su potencia en la competencia interimperialista era función de forzar al máximo el trabajo en todas las ramas productivas. Dada la diferencia comparativa tecnológica desfavorable a Rusia con respecto a otras potencias, ese tipo de desarrollo capitalista, en donde predomina la plusvalía absoluta (aumento de la extensión y de la intensidad del trabajo), es el único que el estalinismo logró realizar. Los campos de trabajo forzado como realidad económica y como amenaza generalizada marcaron el ritmo y las fluctuaciones de la gestión de la explotación y las aceleraciones y crisis de la producción “socialista”. Si llamarle a esa monstruosidad capitalista “socialismo” fue una invención genial de la contrarrevolución marxista-leninista, es decir del estado estalinista (ese país de la “mentira desconcertante”), se comprende enseguida que dicha denominación fue acogida con complacencia por la burguesía mundial. Nada le había dado tantos beneficios a la clase dominante mundial para dominar a sus esclavos asalariados. ¡Este fue el mayor negocio capitalista del siglo XX!

Contra el comunismo, la socialdemocracia presenta, invariablemente, las nacionalizaciones y estatizaciones como parte del programa socialista, y hasta como la cuestión central del pasaje al socialismo. Contra los comunistas de izquierda en su propio partido, que denunciaban el desarrollo del capital y las estatizaciones como tendencias al capitalismo de estado, Lenin defendió abiertamente al capitalismo de estado, como un paso hacia el socialismo. Como el concepto mismo de revolución, sustentado en la  destrucción de las relaciones sociales basadas en el valor, es ajeno al proyecto leninista, es totalmente lógico que para Lenin no haya mucha diferencia entre capitalismo de estado y socialismo (ni en general entre capitalismo y socialismo), o que la misma se reduzca a quien tiene el poder. De ahí que para los leninistas todo es cuestión de “toma del poder” y nunca de destrucción del poder del capital. ¡Cómo si el poder fuese algo que se toma y se usa para otra cosa! ¡Cómo si el estado fuese solo un instrumento! ¡Cómo si la revolución proletaria fuera una mera revolución política! Es lógico también que, a la muerte de Lenin, se haya dado el pasito final llamándole “socialismo” a ese capitalismo jurídicamente estatizado (34) y que, luego, el marxismo leninismo fuera la doctrina general de todo lo que se autoproclamó “campo socialista”.

El marxismo leninismo en la URSS será simplemente este desarrollo del capitalismo efectuado en nombre de la “gran revolución de octubre”. Todo lo que no coincide en absoluto con lo que Marx había indicado como socialismo, se explicará aduciendo que Marx está superado por la teoría de Lenin y luego de Stalin, que corrigieron los errores de aquel. Más aún, el estalinismo globalizará, así, una nueva teoría (en realidad una modernización y adecuación de la teoría socialdemócrata presentada como nueva), en la cual el dualismo, propio a la socialdemocracia e imprescindible para poner al proletariado al servicio de la contrarrevolución estalinista, será presentado como la teoría del marxismo modernizada, como la teoría del marxismo corregida por Lenin y Stalin y aplicable a la época imperialista. La teoría de lo nuevo, de que la época había cambiado, de que el capitalismo había cambiado pasando de su fase competitiva a su fase monopólica, imperialista (35), fue la clave del leninismo y de la revisión general de la teoría de Marx que culminaría con el estalinismo. Todo lo que no coincide con Marx sería explicado, por el leninismo y luego por el estalinismo, no como resultado de su propio revisionismo, sino justificado por el cambio de época. Lenin tenía siempre en la boca la expresión “Marx no pudo haber previsto que…”. Merece destacarse el hecho de que la teoría de Lenin, sobre el imperialismo como estado supremo del capitalismo, tiene como fuentes, reconocidas por Lenin mismo, la derecha revisionista de la socialdemocracia, particularmente del libro de J.B. Hobson “El Imperialismo” (1902) y del de  Hilferding “El Capital Financiero” (1912). Dicha concepción, que Lenin reproduce, y que es la de los principales jefes socialdemócratas, es dominante en los Congresos socialdemócratas de Chemnitz y de Basilea. Como se sabe, la platónica denuncia del imperialismo, que toda la socialdemocracia efectuó en esos y otros congresos, no le impidió ser el partido con mayor capacidad de reclutar proletarios para la guerra imperialista iniciada en 1914.

El reformismo mismo es defendido por Lenin, utilizando ese procedimiento revisionista, afirmando que “ahora” la relación entre reforma y revolución es diferente a la que había establecido Marx. “Sólo el marxismo ha definido con exactitud y acierto la relación entre las reformas y la revolución, si bien Marx tan sólo pudo ver esta relación bajo un aspecto, a saber: en las condiciones anteriores al primer triunfo más o menos sólido, más o menos duradero del proletariado aunque sea en un solo país…Después del triunfo del proletariado, aunque sea en un solo país, aparece algo nuevo en la relación entre las reformas y la revolución. En principio el problema sigue planteado del mismo modo, pero en la forma se produce un cambio, que Marx, personalmente no pudo prever, pero que sólo puede ser comprendido colocándose en el terreno de la filosofía y de la política del marxismo… Hasta el triunfo del proletariado, las reformas son un producto accesorio de la lucha de clases revolucionaria. Después del triunfo, ellas (aunque a escala internacional sigan siendo el mismo ‘producto accesorio’) constituyen, además, para el país en que se ha triunfado una tregua necesaria y legítima en los casos en que es evidente que las fuerzas, después de una tensión extrema, no bastan para llevar a cabo por via revolucionaria tal o cual transición” (36) En vez de la contraposición clara entre reforma y revolución, Lenin, diciendo que “Marx no lo previó, ni lo podía prever”, sostiene que el reformismo sería una especie de ayuda de la revolución, de repliegue indispensable para que la revolución avance, con lo que podrá justificar cualquier cosa.

Junto con ese argumento, de lo que Marx no había previsto, el leninismo reafirmará toda la ideología socialdemócrata de la falta de condiciones para realizar la revolución, del atraso generalizado de las condiciones económicas y la consciencia de las masas. Toda la política contrarrevolucionaria se justificará diciendo que el atraso de las masas no permite otra política. En Rusia, todo lo contrarrevolucionario se justificará por el atraso del país o de la falta de consciencia de las masas, ocultando tanto la potencia del capitalismo en ese país como la fuerza y consecuencia que había mostrado el proletariado en la lucha. Así, para Lenin, no se podía pasar del capitalismo al socialismo en Rusia por el atraso de las masas: “No cabe dudas de que en un país donde la inmensa mayoría de la población está formada de pequeños productores agrícolas, sólo es posible llevar a cabo la revolución socialista a través de toda una serie de medidas transitorias especiales, que serían completamente innecesarias en países de capitalismo desarrollado, donde los obreros asalariados de la industria y de la agricultura constituyen una mayoría aplastante… Sólo en países donde esta clase se halla desarrollada en grado suficiente, el paso directo del capitalismo al socialismo es posible…” (37) Y luego, para defender la necesidad de restablecer el comercio, que el proletariado insurrecto había comenzado a destruir, Lenin insiste en que no se puede pasar al socialismo y que es indispensable más capitalismo: “…no es posible retener el poder proletario en un país increíblemente arruinado, con un gigantesco predominio de los campesinos, igualmente arruinados, sin ayuda del capital(sic), por la que, lógicamente cobrará intereses desorbitados” (38). ¡Con el argumento del atraso, el leninismo hace pasar al capital como si fuese algo neutro,  como si se tratara de una cantidad de dinero, o de tecnología, que podría ayudar al socialismo y no como lo que es: una relación social de explotación y dominación que liquida toda posibilidad de socialismo!

Pero, junto con la importancia de la ola revolucionaria en todo el mundo y la imagen que adentro de la misma se va forjando la revolución proletaria en Rusia, el marxismo leninismo adquirirá una importancia mundial, no solo como ideología para encuadrar a capas radicales del proletariado, sino como dirección formal del proletariado. En efecto, será esa dirección rusa que liquidará la fuerza revolucionaria del proletariado que, con muchas dificultades, se había ido constituyendo como fuerza afuera y contra la socialdemocracia.

Aportamos la tecnica a las masas.

 

 

Como es sabido, la ruptura con la política contrarrevolucionaria de la socialdemocracia, que desarrolló el proletariado en todo el mundo desde principios de siglo XX y que puso el capitalismo en cuestión (México, Rusia, Hungría, Alemania…), se expresó también en núcleos o grupos de militantes que llamaban a la ruptura total con la socialdemocracia, especialmente cuando la participación de ésta en la carnicería imperialista (en nombre del socialismo, del comunismo, del anarquismo…) dejó en evidencia el carácter contrarrevolucionario de aquel partido. Esa ruptura, que existió a diferentes niveles en todos los países, tenía por objetivo la constitución del proletariado en partido aparte y opuesto a todo el orden establecido, y se expresó, particularmente, en núcleos de revolucionarios que llamaban, en oposición a la política contrarrevolucionaria y proimperialista de la socialdemocracia, a la revolución social.

RUPTURA COMUNISTA VERSUS SOCIALDEMOCRACIA

Esa ruptura puede ser esquematizada así (39):


1. Contra la política defensista, socialimperialista y centrista de la socialdemocracia se llamaba a la lucha abierta contra el capitalismo, contra todos los estados. Contra la guerra imperialista, los revolucionarios oponían el derrotismo revolucionario, la guerra contra “su propia” burguesía y “su propio” estado en todas partes, la revolución social mundial. Contra la guerra y contra la paz burguesa, guerra revolucionaria contra la burguesía y los estados de todos los países; revolución comunista mundial.

2. Contra el apoyo al polo progresista del capital y la defensa de las tareas democrático burguesas, la acción directa contra el capital, la democracia, el estado.

3. Contra la división programa máximo programa mínimo de la socialdemocracia, se luchaba por la defensa de todos los intereses del proletariado y por la revolución social.

4. Contra la defensa de la democracia, la lucha contra la dictadura burguesa en todas sus formas.

5. Contra el parlamentarismo, el electoralismo;  la acción directa contra sus explotadores y dominadores directos.

6. Contra el sindicalismo (contra el economicismo y el politicismo), la lucha afuera y contra los sindicatos, verdaderos aparatos del estado y del reclutamiento imperialista. Esa lucha se concretó en la creación de nuevas asociaciones proletarias y estructuras revolucionarias (consejos, soviets, otras organizaciones unitarias, núcleos comunistas …) en ruptura total con el capital y el estado.

7. Contra el colonialismo y la liberación nacional, en que se dividían los socialdemócratas, la lucha del proletariado contra los burgueses y los estados de todos los países.

8. Contra el partido de masas, el partido electoral, el partido parlamentario; la organización de los comunistas en núcleos revolucionarios capaces de dirigir el partido y la revolución comunista.

9. Contra la socialdemocracia formal en todas partes, organización específica de los revolucionarios.

10. Contra todo frente con la burguesía, contra todo frente con la socialdemocracia.

11. Contra la utilización del estado o la toma del poder del estado, la destrucción de todos los aparatos estatales y la destrucción del estado mismo.

Si nuestro interés fuera el individuo militante Lenin, podríamos, aquí, entrar a juzgar en que medida el mismo fue parte integrante de esa ruptura. Constataríamos que Lenin forma parcialmente parte de esa ruptura, por su práctica contra la guerra imperialista, su derrotismo revolucionario, así como sobre la defensa de la revolución violenta, en contra de la mayoría de los socialdemócratas, incluyendo a sus propios compañeros de partido. Al mismo tiempo veríamos que Lenin, por su concepción global del capitalismo y la ideología de  las “tareas democrático burguesas”…, siguió siendo integralmente socialdemócrata y considerando que en Rusia solo se podía hacer una “revolución burguesa”. Entraríamos así a preocuparnos de sus incoherencias y nos concentraríamos en su política fluctuante, vacilante, y dubitativa en los momentos decisivos (que ¡hasta en pleno período insurreccional sostuvo la posibilidad de una revolución pacífica!). Pero a nosotros no nos interesa la práctica contradictoria, y oscilante, del individuo militante Lenin. Lo que nos interesa, por el contrario, es como el nombre de ese militante Lenin pasa a asociarse a una práctica social decisiva, a una concepción que será internacionalmente determinante. Es en ese sentido que sí nos interesa Lenin, en la medida que su nombre fue ideológicamente asociado a una visión que impondrá el estado en Rusia y que dirigirá  a los partidos comunistas en todo el mundo hacia su liquidación. Nos interesa el leninismo, en la medida en que, así definido, es clave en todo el proceso contrarrevolucionario del siglo XX, mucho más allá del militante llamado Lenin. El culto de la personalidad, de quien fuera a su vez presentado como el padre de la revolución rusa, contribuyó evidentemente a sobredimensionar la importancia de ese individuo y a darle más fuerza a la política contrarrevolucionaria, dirigida desde Moscú, desde la fundación de la Internacional Comunista (que abreviamos en lo que sigue como: “IC”).

Debemos, sin embargo, subrayar que la política socialdemócrata de los bolcheviques es característica dominante de ese partido desde siempre y explica las posiciones oscilantes del mismo, desde su constitución y particularmente durante el proceso insurreccional de octubre de 1917, entre democracia burguesa y lucha proletaria, entre apoyo a los gobiernos provisorios o continuidad de la lucha proletaria hacia la insurrección.  Al respecto, nos parece sumamente ilustrativo el tomar los mismos puntos generales de ruptura en ciernes, que enumeramos antes y que expresaban los sectores más radicales del proletariado en los años 1917/21, y situar al leninismo en relación a esa ruptura; primero con Lenin, Trotsky, Zinoviev… a la cabeza del estado y de la Tercera Internacional y luego con Stalin como jefe supremo.

1. Esa política derrotista revolucionaria, que situará a los bolcheviques a la cabeza de la insurrección proletaria en Rusia junto con otras minorías revolucionarias, es totalmente abandonada, por la dirección del partido y el estado, desde los primeros días del poder en base a la firma de una paz separada con el militarismo alemán (40). No solo se traiciona, así, la consigna de “transformación de la guerra imperialista en revolución comunista mundial”, sino que se sacrifica y aísla a sectores del proletariado que habían hecho o estaban en plena insurrección. Es una práctica concreta, contra la insurrección proletaria que estaban en plena gestación en Alemania y una verdadera entrega, del proletariado insurrecto en Ucrania y otras regiones, a la represión contrarrevolucionaria.

2. El leninismo reimpondrá, desde el principio, la vieja política socialdemócrata de realización de las tareas democrático burguesas y desarrollo del capitalismo (41), tanto en Rusia, bajo la consigna de “control obrero”, como en todos los países, defendiendo el polo trabajo del capitalismo.

3. Tanto en el terreno nacional, en donde se reclama sacrificios, trabajo y hasta taylorismo, como en el terreno internacional, en donde los leninistas impondrán la política de entrismo en los sindicatos; se reintroduce aquella separación entre programas mínimos y máximos y se defiende abiertamente el minimalismo, el gradualismo, el etapismo, el reformismo, el desarrollismo, el democratismo...

4. Si bien se critica la democracia como dictadura del capital, se preconizan diferentes tácticas, en donde se trata diferente a los diferentes partidos del capital, preconizándose la “táctica de las carta abierta” y luego del frentismo con diferentes partidos democráticos y particularmente con la socialdemocracia. La política del leninismo para el proletariado es, también, la realización de la democracia más democrática posible “la democracia proletaria es un millón de veces más democrática que cualquier democracia burguesa” (42)

5. Se considera infantilista la ruptura con el parlamentarismo. El viejo parlamentarismo socialdemócrata es impulsado ahora bajo la denominación del “parlamentarismo revolucionario”. Fue un verdadero parlamentarismo, por más salsa Lenin que la IC le pretendió agregar. En la práctica, el parlamentarismo llevará a liquidar, electoralistamente, a los partidos surgidos para la revolución. La fase electoralista y legalista, al mismo tiempo que alejó a los partidos de la acción directa, será sumamente útil a la represión, para fichar a los cuadros revolucionarios.

6. Contra la ruptura, el leninismo defenderá el sindicalismo, para lo cual, en muchos casos, utilizará, también, el adjetivo engañoso de “sindicalismo revolucionario” y llamará, permanentemente, al trabajo en los sindicatos socialdemócratas.

7. Se proclamará la necesidad, una vez más en nombre de las tareas democrático burguesas y el “necesario” desarrollo del capitalismo, de la lucha por la liberación nacional. En los hechos, esta política no solo implicará el apoyo al nacionalismo burgués, la complicidad con diferentes fracciones burguesas e imperialistas, sino el abandono de toda política autónoma proletaria, la liquidación de las minorías comunistas en todos los países. Subrayamos que esa política, aunque haya sido diseñada para aquellos países o naciones considerados colonias o semicolonias, se concretará en una política contrarrevolucionaria de supeditación del proletariado a la burguesía en todas partes (43).

8. El leninismo, con su política de “ir a las masas”, aplicará la misma y vieja receta socialdemócrata electoralista, parlamentarista y liquidadora de la organización estrictamente comunista, que es indispensable en la constitución del proletariado en partido opuesto a todo el orden establecido.

9. Se buscará hacer innumerables frentes, con la socialdemocracia formal, y se aconsejará, a las minorías en ruptura, disolverse dentro de las estructuras y partidos centristas (44)

10. La política frentista funciona en todos los casos, con el viejo argumento socialdemócrata del mal menor, y conduce a la defensa de la democracia bajo diferentes formas.

11. El leninismo nunca luchará por la destrucción del estado, sino que, por el contrario, defenderá, como la socialdemocracia, la utilización de aquel para la realización de los intereses proletariados, la toma del poder; reduciendo así la “revolución” a un cambio político, a un cambio en la administración del capital.

Luego de la muerte de Lenin, toda esa política será confirmada por el marxismo leninismo, dirigido por Stalin. La diferencia entre ambas épocas es que en la época de Lenin se trató, en nombre del socialismo, de desarrollar el capitalismo en Rusia y se hablaba abiertamente de las supuestas virtudes del mismo o/y del capitalismo de estado. En la época de Stalin, basándose en la consolidación de la estatización jurídica del capital, se dirá que todo eso es socialismo, que el país es ahora socialista. Es verdad que en la época de Lenin ya éste hablaba de “patria socialista” o de “socialismo”, en sus discursos y en sus llamados al sacrificio, al trabajo y a la defensa de la patria; pero frente a la crítica de los comunistas de izquierda, de su propio partido, Lenin admitirá, claramente, que se trata no de la realidad socialista de ese país, sino de una formula de propaganda. Claro que, incluso, esta deformación de la realidad, en nombre de la necesidad de la propaganda, este oportunismo, que hasta el propio Lenin reivindicará, le servirá a la burguesía soviética, al stalinismo, para la defensa del capitalismo, en nombre de la teoría del socialismo en un solo país. Los campos de trabajo y de concentración, que se habían fundado en la época de Lenin, en base de la vieja ideología de defensa del trabajo, se generalizarían durante toda la época stalinista, hasta convertirse en característica central de la organización del trabajo, represión social y desarrollo capitalista en ese país.

Muy rápidamente, retomamos la enumeración de las rupturas contra la socialdemocracia, que habían caracterizado la época revolucionaria, para ver como el stalinismo se situó en continuidad con el leninismo y la socialdemocracia.

1. No queda absolutamente ninguna huella de la política derrotista revolucionaria. El stalinismo consolidará a Rusia, como una potencia imperialista más, utilizando su poderío militar para dividirse el mundo con las mayores potencias militares del globo. El mismo hará pactos, con todas las potencias incluidos los nazis, participará en todas las guerras y concluirá como abanderado del pacto de Yalta. Como potencia imperialista reprimirá las revueltas proletarias que se desarrollan en su órbita.

2. Se había pasado de la reorganización del capital al desarrollo normal y acelerado del mismo, en base a las campañas stajanovistas (trabajar más tiempo y más intensamente) y a aumentar así, al máximo posible, la tasa de plusvalía (tasa de explotación).

3. En todas partes se defiende el dualismo programático que permite el máximo de sacrificio del proletariado y la apología del trabajo en nombre de tal o tal reforma o/y del “socialismo”.

4. No queda nada de la crítica de la democracia como dictadura del capital. La defensa de la democracia es generalizada, se sostiene que el socialismo en construcción tiene “la constitución más democrática del mundo” y, en todas partes, se preconizarán frentes populares con los demócratas o/y con los nacionalistas (incluidos los fascistas), siempre con sectores abiertamente burgueses.

5. Se defiende el parlamentarismo en general y se participa en todo proceso electoral, como siempre lo había hecho la socialdemocracia.

6. La apología de los sindicatos es general, se participa en todo tipo de sindicato y otros aparatos estatales.

7. Constituidos en fuerzas del estado burgués en todas partes, los PC stalinistas trabajarán, con otros partidos burgueses, para la consolidación de las liberaciones nacionales y llevar adelante las guerras imperialistas en nombre del bloque imperialista ruso.

8. Todos los partidos stalinistas se consolidan como partidos de masa y participan en todos los niveles estatales: los parlamentos, la represión, las instituciones internacionales, los gobiernos…

9. Los “PC” son partidos totalmente socialdemocratizados con la única especificidad de responder y defender los intereses del capital y el imperialismo ruso.

10. Se participa en todo tipo de frentes burgueses y se reprime a las minorías y en general a los proletarios que rechazan dicha política.

11. En todas partes los partidos marxistas leninistas son partidos estatales (idem que en el punto 8).

LA IMAGEN RADICAL DE LOS BOLCHEVIQUES

Los bolcheviques eran, a nivel internacional, una de las tantas expresiones del proletariado en ruptura con la socialdemocracia, que se desarrollaban por doquier. Dicha ruptura era llevada adelante, tanto por grupos que estaban adentro de la socialdemocracia formal, como por otros que se encontraban afuera de la misma. Pero la ruptura de los bolcheviques no era la más radical, ni mucho menos. Como vimos, la misma nunca fue a la raíz de lo que es la socialdemocracia, como partido burgués para encuadrar a los proletarios. Nunca retomó la crítica que Marx había efectuado del capitalismo, ni la que había iniciado de la socialdemocracia y sus programas formales: crítica del valor, del dinero, del trabajo, del progreso, de la democracia,… y definición del socialismo como la negación generalizada de la sociedad mercantil (destrucción del valor, del dinero, de la democracia…). Nunca se situó en la trayectoria histórica de la lucha comunista, de la resistencia histórica de la comunidad a no ser separada de sus medios de vida; sino en la línea del progreso, del desarrollo, de las tareas democrático burguesas. Los bolcheviques, y el propio Lenin, se consideraban como herederos de los “revolucionarios franceses”; y siempre imaginaron la “revolución rusa” como continuidad de la revolución francesa y no de la lucha de los indígenas expropiados, los esclavos… ¡Cantaban la Marsellesa más que la Internacional! Veían el progreso del capital como el suyo propio y concebían el comunismo, no como la verdadera contraposición humana al capital, sino como su continuación, cómo su evolución suprema a lo que solo era necesario agregarle “el poder obrero”, el “poder soviético”. La resistencia humana, contra la acumulación capitalista y el progreso del capital, era, para ellos, un arcaísmo que había que superar con el desarrollo mismo del capital en el campo. Nunca hicieron una verdadera crítica del trabajo, sino que solo criticaban la apropiación de la plusvalía por los patrones, como toda la socialdemocracia y hasta la izquierda de la economía política. La revolución, para los bolcheviques, se situaba, así, no en la esfera del modo de producción, sino en el de la distribución: había que tomar el poder, para liquidar aquella apropiación. El comunismo es, para ellos, el desarrollo del capitalismo controlado por ese mismo partido y con una mejor distribución. El estalinismo, del que reniegan tantos leninistas o/y trotskistas hoy, no fue más que la aplicación consecuente de ese programa.

Sin embargo, el bolchevismo, el leninismo… desde 1917, adquirió una imagen completamente diferente a esta realidad. Con la insurrección de 1917, como reivindica Lenin “El bolchevismo ha venido a ser un fenómeno mundial” en total oposición a lo que fue en su origen… “el bolchevismo, al iniciarse la Revolución de Octubre, era considerado como una curiosidad” (45) Las dos clases de la sociedad vieron, entonces, al bolchevismo no como era en realidad, sino como la concretización misma del comunismo. Para los proletarios de todos los países, el bolchevismo pasó a ser el ejemplo mismo del movimiento revolucionario consecuente; para la burguesía mundial, pasó a ser equivalente del terrorismo generalizado contra sus propiedades, contra su futuro, contra sus vidas. El mismo terror, que la burguesía siente entonces, y las espectaculares medidas antiterroristas que adopta, prestigia al bolchevismo frente a los sectores revolucionarios del proletariado y contribuye a darle esa imagen de radical, tan alejada de la realidad: “Después de la revolución proletaria en Rusia y de sus victorias a escala internacional, inesperadas para la burguesía y los filisteos, el mundo entero se ha transformado y la burguesía es también otra en todas partes. La burguesía se siente asustada por el “bolchevismo” y está irritada contra él hasta casi perder la razón; precisamente por eso acelera, de una parte, el desarrollo de los acontecimientos y, de otra, concentra la atención en el aplastamiento del bolchevismo por la fuerza, debilitando con ello suposición en otros muchos terrenos... Los millonarios de todos los países se conducen hoy de tal modo en escala internacional que debemos estarles reconocidos de todo corazón. Persiguen al bolchevismo con el mismo celo que lo perseguían antes Kerenski y compañía y, como estos, rebasan también los límites y nos ayudan igual que Kerenski. Cuando la burguesía francesa convierte el bolchevismo en el punto central de la campaña electoral, injuriando por su bolchevismo a socialistas relativamente moderados o vacilantes; cuando la burguesía norteamericana, perdiendo por completo la cabeza, detiene a miles y miles de individuos sospechosos de bolchevismo y crea un ambiente de pánico propagando por doquier la nueva conjuraciones de bolcheviques; cuando la burguesía inglesa, la más ‘seria’ del mundo, con todo su talento y experiencia, comete inverosímiles tonterías, funda riquísimas ‘sociedades para la lucha contra el bolchevismo’ crea una literatura especial sobre éste y toma a su servicio, para la lucha contra él, a un personal suplementarios de sabios, agitadores y curas, debemos inclinarnos y dar gracias a los señores capitalistas. Trabajan para nosotros, nos ayudan a interesar a las masas por la naturaleza y significación del bolchevismo. Y no pueden obrar de otro modo, porque han fracasado ya en sus intentos de ‘hacer el silencio’ alrededor del bolchevismo y ahogarlo. Pero al mismo tiempo, la burguesía ve en el bolchevismo casi exclusivamente uno de sus aspectos: la insurrección, la violencia, el terror; por eso procura prepararse de modo particular para oponer resistencia y replicar en este terreno…(46)

STAKANOV , el obrero modelo ruso, tiene el honor de aparecer en la tapa de Times. Símbolo de la intensidad de trabajo, símbolo del aumento de la explotación y de la tasa de ganancia, la burguesía mundial expresa bien (independientemente de la ideología liberal o socialista), su preferencia por el trabajador modelo.

 

 

La propaganda burguesa, incluida, muy especialmente, la que realizan todos los sectores de la socialdemocracia, acusando al bolchevismo de antidemocrático, prestigian a los leninistas frente a las masas. ¡“Trabajan para nosotros”, se jacta Lenin, y era verdad! Pero esa propaganda NO trabaja para la revolución, porque los bolcheviques no eran lo que esa propaganda decía (47). Dicha propaganda sirve, por el contrario, a la recuperación de los revolucionarios en ese proyecto híbrido, centrista, que, en los hechos, reproducía la ideología socialdemócrata, aunque la misma se pintara, ahora, con más color rojo. Así, no solo a los bolcheviques se los ve como totalmente partidarios de la “insurrección, la violencia y el terror” (¡cuando defendían más bien la democracia, el parlamento, el sindicato…y hasta las cooperativas de consumidores!), sino que cuando la burguesía injuria “por su bolchevismo a socialistas relativamente moderados o vacilantes” no es una tontería, tan grande como Lenin cree, sino que está generando una confusión ideológica generalizada. Esa confusión es fundamental en la dominación mundial burguesa, pues sirve para esconder la verdadera ruptura que el proletariado estaba intentando, detrás de organizaciones formales que no empujaban para nada a esa ruptura. Pues sirve para reencuadrar al proletariado en opciones, estructuras, programas, que no son los suyos.

Es típico de la sociedad burguesa, y de dominación ideológica de masas, esa cultura de lo formal, esa concentración de la espectacularización del mundo en lo formal. La ruptura, que el proletariado y su vanguardia estaba operando, queda totalmente oculta detrás del mito de los bolcheviques y Lenin, y de otro conjunto de socialdemócratas centristas, que buscaban volver a fundar la Segunda Internacional, pero luego de una lavada jeta, y que querían llamarle Tercera Internacional. El Partido y los jefes formales que aparecen en escena, y que dirigirán la Internacional Comunista  y los Partidos “comunistas” en todas partes (los Lenin, Levi, Zinoviev, Trotsky, Stalin, Kamenev, Radek, Clara Zetkin, Dimitrov, Gramsci, Codovila, Ghioldi,…) CONTRA LA REVOLUCIÓN, esconden el verdadero desarrollo del partido del proletariado en constitución y terminarán por liquidarlo.

Aquella propaganda, aquel trabajo burgués “para nosotros”, se concretó, desde el punto de vista del proletariado, en el hecho de que lo que decían los bolcheviques, aunque fuera reaccionario, era entendido como revolucionario. En el mundo entero, los militantes revolucionarios creyeron que los leninistas eran la encarnación misma de la lucha contra el capitalismo, contra la democracia, contra la socialdemocracia, contra el sindicalismo, contra el parlamentarismo y que realmente luchaban en todos los frentes contra el capitalismo y el estado. En esos mismos años Lenin y los suyos, al mismo tiempo que negociaban con presidentes, generales y ministros y se consolidaban como sucesores del zaarismo en el estado nacional ruso, llamaban a reintegrar los sindicatos, a organizar elecciones, a participar en los parlamentos, a desarrollar el capitalismo, a hacer frentes y alianzas con los socialdemócratas y frentes únicos, populares y nacionales supuestamente antiimperialistas. Todo el prestigio, que esa organización y partido formal habían conquistado, serviría para liquidar y aislar a las minorías revolucionarias, que acarreaban la ruptura real con la socialdemocracia, y para consolidar internacionalmente, en la llamada Internacional Comunista, una política oportunista, contrarrevolucionaria. La emergencia misma de la Internacional, en vez de ser entonces la concreción histórica del partido del proletariado revolucionario, será la reproducción ampliada del socialoportunismo de la socialdemocracia y de la Segunda Internacional.

Resulta importante subrayar que, desde el punto de vista del espectáculo, es lo mismo que había sucedido unos años antes con la socialdemocracia en Alemania e internacionalmente. La conformación formal, de dicha organización, se había concretado en base a un programa formal (Programa de Gotha), que Marx y Engels criticaron violentamente, anunciando que se desolidarizarían públicamente del partido (“estaríamos obligados a intervenir públicamente contra tal depravación del partido y de la teoría” (48)), dado que se los tenía como responsables del mismo. Pero esa crítica se mantuvo en privado y nunca hicieron esa declaración pública de denuncia de la socialdemocracia, que Marx y Engels habían anunciado. Ello le sirvió a los jefes de ese partido podrido, para presentarse como continuadores de la obra de aquellos.

¿Pero, porqué Marx y Engels no denunciaron ese programa y ese partido por lo que realmente era? Según ellos, porque ese programa confuso y reformista, ese programa burgués, pasó a ser considerado como subversivo y comunista por todas las clases sociales. Así, dice Engels que la prensa, en lugar de ridiculizar ese programa, lo consideró radical: El programa “es desde todo punto de vista desordenado, confuso incoherente, ilógico y vergonzoso… pero esos burros de periodistas burgueses… tomaron ese programa totalmente enserio y vieron en el mismo lo que no se encontraba y lo llegaron a interpretar incluso como comunista. Los obreros parecen hacer exactamente lo mismo. Esta circunstancia real es la única que nos a permitido a Marx y a mi, el no desolidarizarnos públicamente con ese programa: mientras nuestros adversarios y nuestros obreros prestarán a ese programa esas intenciones, nosotros podremos callarnos” Evidentemente, esa callada de boca fue el error, más grande, de la vida de Marx y Engels, pues al callarse concedieron y sirvieron al enemigo. Aquel espectáculo de  revolucionarismo socialdemocrático servía al enemigo, porque era precisamente eso: solo espectáculo. Gracias al mismo, la burguesía, la socialdemocracia, se fortificó en el nefasto encuadramiento de los proletarios, utilizando también el nombre de aquellos revolucionarios.

El bolchevismo, el leninismo, el marxismo leninismo, al ser identificado internacionalmente con la revolución rusa y con la revolución a secas, gozaría, entonces, del mismo mito espectacular que había gozado la socialdemocracia, pero con un tinte todavía más radical, porque supuestamente, “habían hecho la revolución” (49). Como con la socialdemocracia, enemigos y partidarios considerarían a los partidos dirigidos desde Moscu como comunistas, como revolucionarios… cuando no eran más que partidos burgueses para los obreros. Esta confusión fue decisiva en el encuadramiento de proletarios radicales, en todo el mundo, por parte del leninismo y el estalinismo. Y también en el aislamiento y liquidación de los grupos de vanguardia revolucionaria consecuentes.

En efecto, los bolcheviques y el marxismo leninismo se transformarían en una verdadera autoridad moral de todo el movimiento revolucionario, con capacidad para imponer la práctica de cada partido, u organización formal, que se reivindicaban del comunismo y la revolución. Pero como no impulsaban, en absoluto, la verdadera ruptura revolucionaria, reimpondrán la vieja política de los centristas, llevando a que los “partidos comunistas” sean una nueva versión de la socialdemocracia, con el agregado de defender los intereses imperialistas del estado ruso. Esa política contrarrevolucionaria, aislará y contribuirá a la represión de los grupos de militantes revolucionarios y particularmente de lo que, en algunos países,  se autodenominarán fracciones comunistas, o fracciones de la izquierda comunista. Los “partidos comunistas” culminarían su evolución como fuerzas de choque y de represión contrarrevolucionaria en todo el mundo y participarán abiertamente en la carnicería imperialista denominada “segunda guerra mundial”.

 

PRESENTACIÓN DE LOS TEXTOS SIGUIENTES

En el próximo número publicaremos la segunda parte de este texto y veremos las características más importantes del leninismo como liquidador activo de la ruptura comunista.
Seguirán diferentes textos, tanto en este número de Comunismo, como en otros materiales de nuestro grupo, en el que se verá la práctica de esta política contrarrevolucionaria dirigida desde Moscú y expresiones de la lucha contra ella.
En este número presentamos dos textos, redactados por diferentes autores y en diferentes épocas, pero que tienen como punto común la denuncia de la política contrarrevolucionaria del leninismo y que ilustran lo desarrollado en este texto.

 

NOTAS

1 En la época en que se proclamara la teoría del socialismo en un solo país circulaba entre los militantes el horrible chiste de que “si, existe un país socialista, el país constituido por los campos de concentración en donde todo lo que está encerrado es socialista y comunista”.

2 En Argentina, así como en otros países del Cono Sur, la desaparición sistemática de militantes revolucionarios fue considerada por muchos, incluso por muchos grupos que se pretenden revolucionarios, como algo original, inédito y fruto de la maldad propia a los militares de ese país. Ello revela una ignorancia o/y ocultación total de la historia de la lucha de clases: nosotros no nos atrevemos a decir cuando empezó; con seguridad la desaparición física de personas como centro del terrorismo de estado debe remontar a la aparición misma del estado. Pero podemos afirmar que durante todo el siglo XX se practicó de manera sistemática, que el estalinismo se impuso y se consolidó aplicando sistemáticamente esa metodología, no solo en Rusia y las otras repúblicas soviéticas, sino contra los militantes considerados C discrepantes de todos los países del mundo. Las invitaciones a Moscú de los discrepantes contenía siempre esa posibilidad y hasta el día de hoy no se han censado los desaparecidos. Lo mismo puede decirse de los militantes, que los agentes estalinistas y el partido “comunista” de ese país, torturaron e hicieron desaparecer en España entre 1936 y 1939.

3 Por ejemplo la concepción misma del partido leninista, infalible, perfecto, expresión del dogma revelado y necesariamente infalible, también viene de ahí. En efecto, la concepción del partido de la socialdemocracia que hace derivar el mismo no del proletariado y su lucha, sino de la ciencia y la civilización (común a Kautsky, Lenin, Stalin…) es básicamente religiosa. Esto lo mostraremos en la continuación de este texto que publicaremos próximamente.

4 Entrevista a Agustín García Calvo publicada en CNT número 324 de junio 2006.

5 Agustín García Calvo, Idem.

6 Mientras las izquierdas comunistas en su proceso de constitución y ruptura con los “partidos comunistas” oficiales, siempre criticaron las bases económicas de la sociedad estalinista y denunciaron el carácter capitalista, la mayoría de los grupos denominados anarquistas nunca criticaron las bases económicas de esa sociedad contentándose, como otras fracciones de la socialdemocracia (incluido el trotskismo), en hacer una crítica superficial y política. Esta crítica, como la efectuada por ejemplo por Arthur Lehning en “Marxismo y anarquismo en la Revolución Rusa”, se limita a la crítica de “la dictadura” leninista, estalinista, a la crítica de la falta de democracia y la ausencia de los derechos humanos, etc. Esta crítica “anarquista” o/y “socialista” avala como comunista, lo que en realidad es capitalismo.

7 Aquí mencionamos la democracia tal como se utiliza normalmente solo como una forma de organización del poder burgués. Como lo hemos dicho muchas veces la democracia es mucho más que eso, es la esencia de la dominación del capital, producto de la generalización de la sociedad mercantil y en este sentido más global todas esas banderas y estructuras (incluyendo el fascismo, el estalinismo, el frente popular…) son expresiones formales de la democracia.

8 Lenin: “Sobre el infantilismo de izquierda y las ideas pequeño burguesas”

9 El pretexto socialdemócrata es siempre que se trata de algo táctico; pero la contribución activa del leninismo al desarrollo del capitalismo es, en la práctica, fundamental, estratégico.

10 Lenin: “Sobre el impuesto en especie”

11 Ver al respecto “Contra el mito de la transición socialista: la política económica y social de los bolcheviques” en Comunismo número 15/16.

12 Lenin: “La catástrofe inminente y los medios para conjurarla” octubre de 1917

13 Desde nuestro punto de vista es claro que el cambio político no implica ninguna revolución y, consecuentemente, que en Rusia, en la medida en que no se ejerce ninguna dictadura contra el capital, es decir destructiva de las relaciones sociales burguesas, resulta totalmente absurdo hablar de “dictadura del proletariado”, que es precisamente ese proceso destructivo (en lo económico social)

14 Ponemos “revolución” entre comillas porque en realidad esas “revoluciones” son, precisamente, lo contrario a lo que los revolucionarios entendemos por revolución. Se trata de un cambio del poder político, seguido de un conjunto de reformas, que tienden a mantener el viejo sistema social, como sucedió incluso con lo que se llama “revolución francesa” y en última instancia también con la “revolución rusa”. En todos esos casos se trata de la liquidación de la revolución, de la contrarrevolución.

15 Incluso eso de “dirigir” el capital es sumamente relativo, la dinámica del capital mismo implica que sea indirigible o si se quiere que quienes aparecen dirigiendo al capital sean en los hechos dirigidos por él.

16 En todo lo que sigue, nosotros no llamamos socialdemocracia a tal o cual partido formal, sino al conjunto de fuerzas de integración capitalista específicamente destinado a encuadrar al proletariado y tal como lo caracterizamos en lo que sigue. Este verdadero partido histórico del capital para los proletarios, como lo señalamos en muchas oportunidades, comprende a fuerzas que se denominaron de muy diferentes maneras: socialistas, comunistas, anarquistas, marxistas leninistas, trotskistas, bolcheviques leninistas, maoístas, guevaristas, castristas…

17 Sobre la transformación de los intereses proletarios en la reforma recomendamos al lector el libro de Miriam Qarmat “Contra la democracia”, Colección Rupturas, Libros de Anarres, 2006, Buenos Aires, y también el artículo “Consignas ajenas consciencia enajenada”

18 Los más modernos de los socialdemócratas postmodernos han puesto a la moda ahora una palabra más radical “las comunizaciones”, la comunización para sustituir a aquellas ya muy desgastadas. Pero al igual que sus colegas nunca queda claro en sus teorías como se puede hacer comunismo sin la dictadura revolucionaria y la consecuente destrucción del capitalismo.

19 Ver al respecto nuestro número “Contra el trabajo” (Comunismo número 12) y particularmente nuestro texto: “Acerca de la apología del trabajo”.

20 Ver por ejemplo el CICA (Circulo Internacional de Comunistas Antibolcheviques) www.geocities.com/cica_web. El CICA es el ejemplo típico de grupo que se reivindica de la izquierda comunista sin romper con la esencia de la concepción socialdemócrata. Ver al respecto nuestro sitio Internet www.geocities.com/icgikg/

21 Lenin “Acerca del papel y de las tareas de los sindicatos” (publicando en enero 1922).

22 Es sistemática y típica, de todo partido burgués para los proletarios, esa confusión e identificación permanente entre dos cosas que son antagónicas: los intereses del trabajo con los intereses de los trabajadores. ¡Estos consisten precisamente en trabajar lo menos posible, en imponerse contra los intereses del trabajo!

23 Lo que decimos aquí para el pan, es evidentemente válido para el arroz, o los derivados de ambos, así como para cualquier otro elemento alimenticio de base.

24 Ello no implica no reconocer que la socialdemocracia no es un partido burgués cualquiera. Es un partido burgués específicamente dirigido a encuadrar, dirigir, encausar a quienes tienen interés en destruir el sistema social para que no lo hagan, es un partido burgués para encuadrar a los proletarios.

25 Lo que se llama “revolución francesa” no es la revolución que intentaron los proletarios agrícolas y urbanos, en esa época en Francia, ejecutando terratenientes, nobles y curas, quemando títulos de propiedad y conspirando por hacer la revolución permanente (intento de dictadura de los pobres, conspiración por la igualdad, Babeuf, Buonarroti…) sino todo lo contrario, la liquidación de esa revolución social y la transformación en mera “revolución” política antimonárquica y la proclamación de la república democrática burguesa y de los derechos democráticos del hombre y del ciudadano.

26 Lo que sigue es evidentemente un esquema en el que se presenta una enumeración de cuestiones consideradas tácticas que en realidad forman un todo estratégico contra la revolución.

27 Ver nuestro texto “El argumento del mal menor, sirviente caballero del capitalismo” Comunismo No. 42

28 Es evidente que esta enumeración la hacemos tal como nuestros enemigos la expresan, porque esas oposiciones tampoco son tales: ejemplo la democracia no se opone a la dictadura sino que es dictadura del capital, la liberación nacional es necesariamente proimperialista del “otro lado”, lo que es derecha en un país es izquierda en otro y viceversa, la aristocracia también puede hacer una política popular, el fascismo no es más que un producto orgánico del estado democrático y hasta del antifascimo que lo desarrolla como cuco indispensable para sus intereses...

29 Ver al respecto “Liberación nacional cobertura de la guerra imperialista” en Comunismo Números 2 y 3.

30 El mejor documento histórico de cómo funcionaban las diferentes fracciones trotskistas en Rusia contribuyendo a la reproducción del estalinismo y saboteando toda crítica de fondo, es sin dudas el libro de Ante Coliga “Dix ans au pays du mensonge déconcertant” Desconocemos si existe traducción castellana y en francés aconsejamos la única obra completa “Editions Champ Libre” y no la versión parcial publicada por 10/18.

31 Por ejemplo Lenin dice: “El impuesto en especie es la transición del comunismo de guerra a un justo intercambio socialista de productos” y 6 renglones después: “El intercambio significa la libertad de comercio, es capitalismo” En la Conclusión de “Sobre el Impuesto en especie”. O sea que el intercambio de productos es según Lenin ¡socialista y capitalismo al mismo tiempo! Así se manejó la dirección del estado ruso hablando simultáneamente de patria socialista, de los beneficios del capitalismo de estado, de empresas comunistas, de las ventajas del intercambio capitalista… la confusión generalizada sirvió para desorientar totalmente al proletariado y someterlo nuevamente al trabajo, al capital, a la economía nacional.

32 Ver al respecto el texto de Jean Barrot: “El ‘renegado’ Kautsky y su discípulo Lenin”

33 Lenin en el “VIII Congreso de los Soviets de Toda Rusia”.

34 Como ya lo hemos señalado, en muchas oportunidades, discrepamos con llamarle a ese régimen “capitalismo de estado” porque en realidad el capital solo está estatizado formalmente, jurídicamente. Además, la continuidad de las relaciones sociales mercantiles hace imposible un verdadero control central de la economía, lo que irá quedando claro, contrariamente a las ilusiones que los marxistas leninistas se habían hecho, en los años siguientes. Ese estrepitoso fracaso en el control del capital muestra también hasta que punto, el capital en la URSS no era capitalismo de estado, ni siquiera era controlado por el estado y que ese supuesto socialismo, defendido por los marxistas leninistas, no era competitivo a nivel internacional.

35 Lo falso es esa oposición entre monopolio y competencia (o entre exportación de mercancías y exportación de capitales…) u otras oposiciones que esa ideología hace, cuando en realidad el capitalismo contiene necesariamente ambas realidades, todo monopolio implica competencia y viceversa (toda exportación de mercancías es exportación de capitales y viceversa). Por otra parte el imperialismo existe durante toda la historia del capitalismo e incluso desde antes. En fin no hay ningún cambio en la naturaleza esencial del capital, tal como Marx lo había descrito. Los supuestos cambios son subterfugios ideológicos de los socialdemócratas, desde que existe el partido socialdemócrata, para revisar la esencia de la teoría revolucionaria y justificar todo tipo de revisión de la teoría de Marx, en nombre de que la época “ha cambiado”.

36 Lenin: “Acerca de la significación del oro ahora y después de la victoria del socialismo” 1921

37 Lenin en “Informe sobre la sustitución del sistema de contingentación por el impuesto en especie” en el X Congreso del PC (R) de Rusia (1921)

38 Idem.

39 La enumeración, que sigue a continuación, no es exhaustiva y no pretende ser más que un claro esquema, ilustrativo, que facilita la exposición y la explicación. Todo lector atento puede decirnos, con razón, que la separación en puntos es totalmente arbitraria, que en realidad uno y el siguiente se recubren parcialmente, etc. A pesar de esto, resulta sumamente útil, para nuestra explicación, hacer una enumeración característica de esa ruptura, para luego contrastarla con lo que fue el marxismo leninismo.

40 Ver nuestro artículo: “Brest-Ltovsk: La paz es siempre paz contra el proletariado” en Comunismo número 15/16 así como el documentado trabajo de Guy Sabatier: “Traité de Brest-Litovsk 1918 coup d’arret a la revolution” Spartacus.

41 Ver “Contra el mito de la transformación socialista: la política económica y social de los bolcheviques, la continuidad capitalista” Comunismo número 15/16

42 Lenin en “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”

43 No solo porque en todos los países se encontrarán causas nacionales para defender, sino porque se subordina, al proletariado de todos los países, a los apoyos interminables de las liberaciones nacionales, porque bajo esa cobertura se impone el apoyo de los proletarios a las burguesías de todo el mundo.


44 Sobre este punto y el anterior ver en este mismo número el artículo “Lo que nos separa”

45 Lenin en el IX Congreso del PC de Rusia en 1920.

46 Lenin en “La enfermedad infantil del ‘izquierdismo¡ en el comunismo” (1920)

47 El lector hará inevitablemente el paralelismo con lo que los dominantes del mundo condenan hoy como “el islamismo”. Dicho paralelismo tiene bases históricas reales y puede explicarse por muchas otras razones, aunque también podríamos señalar diferencias, pero dicho análisis, tanto en el sentido de las concordancias como en cuanto a las diferencias, nos alejaría de los objetivos de este texto.

48 “Y termino aquí, aunque habría que criticar casi cada palabra de este programa,…Hasta tal punto que, caso de ser aprobado, Marx y yo jamás podríamos militar en el nuevo partido erigido sobre esta base y tendríamos que meditar muy seriamente en qué actitud habríamos de adoptar frente a él, incluso públicamente. Tenga usted en cuenta que, en el extranjero, se nos considera a nosotros responsables de todas y cada una de las manifestaciones y de los actos del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán. Así por ejemplo, Bakunin en su obra Política y Anarquía, nos hace responsables de cada palabra irreflexiva pronunciada y escrita por Liebknecht…” Engels carta a Begle 18-28 de marzo de 1875.

49 Más allá de que, en esa afirmación, se reduce la revolución a la insurrección, conviene subrayar que ni siquiera esto era cierto. Los viejos bolcheviques, el famoso “partido de Lenin”, con sus planteos y reivindicaciones democrático burguesas, siempre habían ido detrás del proletariado revolucionario en Rusia, siempre se opusieron a la lucha por la revolución social en ese país y se dedicaron al apoyo más o menos crítico de los partidos burgueses y de la democracia. Durante la insurrección de octubre actuaron como partido oscilante y los viejos dirigentes se opusieron a la misma.


CO55.1 El leninismo contra la revolución
Primera parte: socialdemocracia, leninismo, estalinismo