Civilizar, nos dice el diccionario, significa «elevar el nivel cultural de sociedades poco adelantadas» o «hacer pasar una colectividad a un estado social más evolucionado». Nosotros sabemos que el nivel adelantado por excelencia es el que determina el polo de centralización capitalista, que esa elevación del nivel no es otra cosa que la sumisión de la comunidad humana a la valorización del capital con todo lo que ello implica de masacres y de destrucción.

 

Bajo las órdenes del rey Leopoldo II, entre 1890 y 1910, el Estado belga ha contribuido con una sólida piedra al edificio de la civilización en África diminuyendo a la mitad la población de la región del Congo, territorio sobre el que se ejercían los favores de su colonialismo. Esta región de África fue azotada por esa concepción tan personal que tiene el capitalismo de «elevar el nivel cultural de sociedades poco adelantadas». Así, se estima que en menos de veinte años la explotación del marfil y el caucho cobraron la vida a cerca de diez millones de africanos. Asesinatos masivos para forzar al trabajo, hambre y agotamiento junto con la destrucción de pueblos enteros y los intentos de escapar a la carnicería capitalista, desarrollo de enfermedades y caída de las tasas de natalidad fueron los efectos de las condiciones generales en las que se efectuó la acumulación acelerada de capital en esta parte del mundo. Estos datos fueron sacados de un libro aparecido recientemente: Los fantasmas del rey Leopoldo – Un holocausto olvidado, de Adam Hochschild (1). El autor introduce su texto de esta manera:

“Yo no conocía prácticamente nada de la historia del Congo hasta hace algunos años cuando un día caí sobre una nota en el transcurso de mis lecturas (…) La nota se refería a una cita de Mark Twain, escrita, había precisado él, en la época en la que estaba comprometido con el movimiento contra la esclavitud en el Congo, sistema que había segado de cinco a ocho millones de vidas. ¿Movimiento mundial? ¿Cinco a ocho millones de vidas? Quedé estupefacto. Las estadísticas relativas a los crímenes masivos son a menudo difíciles de corroborar. Pero yo me hice la reflexión de que, incluso si esas cifras estuviesen sobrestimadas, el Congo había sido el teatro de una de las masacres más importantes de nuestra época. ¿Por qué razón no se había hecho estado de esos muertos en la letanía habitual de los horrores de nuestro siglo?... Más avanzaba en mis lecturas, más adquiría la convicción que el número de muertos decimados en el Congo en el último siglo era comparable al del Holocausto...” (2)

Más lejos, fundándose en diferentes estimaciones, el autor confirma que “durante el periodo del régimen de Leopoldo y el que le siguió inmediatamente después, la población del territorio diminuyó en cerca de diez millones de personas.” (3)

Hemos extraído de ese libro algunos pasajes que, además de permitirnos apreciar la obra civilizadora capitalista en África, nos hace comprender la diferencia esencial entre civilización y barbarie.

Comencemos por la civilización. Henry Morton Stanley, el más célebre de los exploradores capitalistas, y el hombre de Leopoldo II en el Congo, nos explica los objetivos de la civilización:

“Cada vez que encuentro un aborígen con cara cordial, dirijo hacia él la misma mirada que un agricultor dirige a su niño con los miembros sólidos; él constituye un nuevo recluta para los rangos de soldados-obreros” (4)

 

Los civilizados tienen la ventaja de tener sus intenciones claras cuando encuentran esos salvajes de cara cordial, inmediatamente quieren beneficiarlos de las ventajas del progreso: servir de carne de cañón o trabajar. En todo caso está fuera de cuestión dejar desprovistos de una actividad útil y rentable a tan débiles aborígenes. Leopoldo II, quien  no perdonaba ni siquiera a los niños para procurarse la soldadesca a bajo costo, confirma:

“Yo soy de la opinión de abrir tres colonias de niños. Una específicamente militar en el Alto-Congo hacia el ecuador, con religiosos para la instrucción religiosa y la sección profesional. Otra en Leopoldville bajo el mando de religiosos, con un militar para el entrenamiento militar. Finalmente, una en Boma como esa de Leo... El objetivo de esas colonias es sobretodo proporcionarnos soldados. Entonces será necesario construir en Boma, Leo y hacia el ecuador tres grandes cuarteles... pudiendo abrigar cada una hasta mil quinientos niños más el  personal director” (5)

Tener un salario o un sueldo es también poseer la facultad para entrar en el mundo del comercio, otro dominio en el cual la civilización ha tenido que intervenir con determinación. Un oficial de Stanley nos describe aquí cómo inculca las leyes del intercambio a los salvajes:

“Nosotros hemos terminado nuestra última banana hoy (...) los indígenas no comercian. Como no están dispuestos a hacerlo, solo nos queda como recurso el capturar más mujeres de ellos” (6)

En todos los casos, el encuentro entre civilización y barbarie es siempre un choque. Así lo atestigua otro oficial de Stanley. Frente a la carnicería manifestada por la escena que él mismo describe...

“Era muy interesante mantenerse escondido en el bosque mirando a los indígenas ocuparse tranquilamente de su labor cotidiana. Algunas mujeres fabricaban harina de banana machacando aquellas que estaban secas. Podíamos ver a los hombres construyendo chozas o realizando otras tareas. Los niños y niñas corrían y cantaban.”

...el oficial no duda en hacer intervenir valientemente la civilización:

“Abrí la caza apuntando a un tipo en pleno pecho. Cayó como una piedra. Inmediatamente, una salva barrió al pueblo.” (7)

La escena puede parecer brutal, pero una vez reexplicada y puesta en perspectiva por algún dirigente capitalista, no lo parece más. Leopolo II nos recuerda con felicidad que los métodos utilizados en el Congo no tenían otro objetivo que alejar a los bárbaros de los horrores de la pereza y hacerlos descubrir las virtudes del trabajo.

“Cuando se trata con una raza compuesta desde hace miles de años por caníbales, es necesario utilizar métodos que sacudan su pereza y que les hagan comprender el aspecto sano del trabajo” (8)

Otro civilizado, coleccionista de mariposas y cabezas humanas, confirma la horrible situación en la que se encontraban esos salvajes antes del desembarco de la libre empresa. Describe el régimen infernal del cual fueron arrancados por la sociedad civilizada y el estado de confusión mental en el cual se encontraban:

“La principal ocupación del Negro, aquella a la que consagra la mayor parte de su existencia, consiste en tenderse sobre una estera bajo los calurosos rayos del sol, como un cocodrilo sobre la arena... El Negro no tiene ninguna idea del tiempo y preguntado sobre ese tema por un europeo, generalmente responde con  una tontería.” (9)

Frente a semejante desórden, la civilización capitalista, que sabe bien que tiempo es dinero, debía intervenir y probar que no existe alternativa a la dura labor. Esta intervención era aún más urgente cuando el desarrollo y el progreso capitalista de entonces exigían una cosecha masiva y rápida de caucho. En efecto, en 1895 estalla el boom del caucho. En todo el mundo la industria se muestra ávida y los competidores capitalistas compiten codo a codo para construir lo más rápido posible: neumáticos, mangueras, tubos, juntas, aislantes, etc. La demanda de caucho es enorme y precisamente la selva tropical ecuatorial, que cubre la mitad del Congo, está repleta de lianas de caucho salvaje que serpentean hasta lo alto de los árboles. Conciente de la ganga, el buen rey Leopoldo acosa a sus funcionarios para que activen la cosecha de caucho a cualquier precio porque la competencia acecha:

“Leopoldo se inquietaba sobre todo por la competencia del caucho cultivado, que no viene de una liana sino de un árbol. No obstante los árboles de caucho necesitan numerosos cuidados y muchos años de crecimiento antes de poder ser sangrados. El rey no cesaba de exigir vorazmente mayores cantidades de caucho salvaje del Congo, pues sabía que su precio caería cuando las plantaciones de América Latina y  Asia llegaran a su punto de  madurez. Finalmente esto se produce, pero ya entonces el Congo había aprovechado desde hacia una veintena de años del boom del caucho salvaje. Durante este periodo la colecta no conoció ningún límite.” (10)

Para la civilización, los beneficios sacados del caucho fueron un don del cielo. Al contrario, para los salvajes fue como si el cielo les cayera sobre la cabeza. Misioneros, oficiales y diplomáticos se fijaron como tarea imponer al Negro el gusto por el trabajo.

 

“Ningún salario en chucherías o barras de cuero habría sido suficiente para que la gente se quedara varios días seguidos en la selva inundada, donde debían cumplir un trabajo tan esclavizante y doloroso físicamente. Un colector debía desecar el caucho pegajoso para hacerlo coagular, la única manera de lograrlo era extender la substancia sobre sus brazos, muslos y torso. Un oficial de la Fuersa pública explica esta situación a su periódico en 1892:

‘Las primeras veces no es sin dolor que el hombre arranca las partes pilosas de su cuerpo. El indígena no quiere hacer el caucho, es necesario forzarlo’” (11)

¿Cómo? Tomando mujeres y niños como rehenes, cortando sus manos, quemando pueblos recalcitrantes...

“La lista de masacres conocidas y documentadas es interminable. El territorio estaba literalmente cubierto de cadáveres. ‘En el lugar donde un curso de agua cae en el lago Tumba, escribe el misionero sueco E. V. Sjöblom, ‘yo ví flotar en el agua del lago cadáveres con la mano derecha cortada; a mi retorno el oficial me explicó por qué los habían matado. Por causa del caucho. Atravesando el rio vi algunos cuerpos colgando de las ramas hasta el agua. Cuando me apartaba de ese horrible espectáculo, uno de los caporales indígenas que nos seguía dijo: ‘Oh, eso no es nada, hace algunos días volviendo de un combate, llevé al hombre blanco ciento sesenta manos, que tiraron al río.” (12)

El capitalista, el dinero, el trabajo, el progreso hicieron así su espléndida aparición bajo el sol de un Congo que finalmente se desarrollaba, después de tantos años de insostenible somnolencia. Todo se militariza. Cada compañía posee su propia milicia y se lanza en toda suerte de operaciones para aterrorizar a los futuros proletarios y meterlos al servicio de accionistas con las manos limpias de la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company. Aquellos que rechazan trabajar y que huyen a la selva son sistemáticamente perseguidos y ejecutados. La resistencia al trabajo es metódicamente reprimida y el Estado contrata para esos efectos a “salvajes negros”  recientemente cooptados. Demasiado recientemente sin duda, ya que el ejército debe verificar su trabajo. Así, para controlar la buena utilización de las municiones provistas, el Estado exige de esos soldados que restituyan los cartuchos no utilizados y que devuelvan por cada cartucho tirado una mano derecha, prueba de que su tarea fue llevada a buen término. Pero esas operaciones, así dolorosas que puedan parecer, no tienen otro objetivo, recordémoslo, que familiarizar la población local con las reglas de una sociedad que busca volverlos libres para trabajar. Puesto que enfin, estar contratado por la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company no puede decirse que no sea nada como situación. En suma, todas estas operaciones no son más que acciones humanitarias, como no duda en remarcarlo un oficial de la Fuerza pública de ese entonces: “Yo les hago la guerra. Un ejemplo ha sido suficiente: cien cabezas cortadas y desde entonces los víveres abundan en la estación. Mi objetivo es, en suma, humanitario. Yo he suprimido cien existencias, pero eso permite vivir a quinientas otras.” (13)

¡Sólo había que explicarlo! Igualmente fue en nombre de lo humanitario y de los derechos del hombre, o mejor todavía, en nombre de la abolición de la esclavitud, que Leopoldo II encargaba a sus funcionarios de hacer comprender a los Negros “el aspecto sano del trabajo”:

“En Europa continuábamos indignándonos de los traficantes de esclavos ‘árabes’ basados en Zanzíbar y en la costa oriental de África... Leopoldo II se encarga, una vez más, de pulir su reputación de filántropo y humanista... Sus denuncias vigorosas del tráfico de esclavos impresionaban tanto que le valieron ser nombrado presidente honorario de la Aborigenes Protection Society, venerable organización británica de derechos del hombre” (14)

 

Podríamos creer -y los adeptos del progreso y del desarrollo capitalista lo intentarán- que todo esto pertenece al pasado; que la humillación, a la que el capitalismo ha sometido en África, a aquellos que liberaba de la pereza, para lanzarlos al trabajo, es un dato colonial enterrado por el tiempo; que el cinismo con el cual los mercaderes explotaban y humillaban hablando de “buenas obras” no existe en la actualidad. Y sin embargo es bajo la cobertura de una operación humanitaria que actualmente, ni más ni menos que en 2002, el mal aliento de ese periodo ha venido a parar en los bordes de un pueblito belga, donde se ha propuesto al público, por pocos euros, echar una miradita sobre un extraño zoológico en el que evolucionan nada menos que pigmeos.

Terminaremos, entonces, este pequeño viaje al país de las maravillas del desarrollo y progreso capitalista con una carta que Yolanda Mukagasana envió en 2002 a las asociaciones belgas “de lucha contra el racismo” para indignarse de su silencio frente a la exhibición humillante de pigmeos en Yvoir, en un museo situado en la región valona de Bélgica. Más allá de una que otra reacción de ciudadana indignada, más allá de ciertos aires escandalizados llamando a la dignidad de los “hombres ricos”, posturas que parecen revelar las numerosas ilusiones que conserva su autora sobre el sistema capitalista, esta breve carta tiene el mérito de romper la repugnante ausencia de reacciones que ha reinado, al principio, en Bélgica frente a esta siniestra exhibición. En un segundo momento, y como les corresponde, también las asociaciones antirracistas pusieron el grito en el cielo asumiendo, así, su tradicional función de pacificadores sociales y asegurando a los ciudadanos belgas que el exceso, del que habían sido testigos, sería rápidamente corregido y que podían seguir viviendo y trabajando tranquilamente bajo la vigencia del “estado de derecho”.  El texto de esta carta restablece, en perspectiva, las humillaciones que sufren desde hace siglos los proletarios de África. Si la hemos hecho preceder de estas notas, sobre las masacres perpetradas en el Congo entre 1890 y 1910, es precisamente para recordar que hoy todavía reina el mismo sistema basado en la ganancia e, infelizmente, la misma ceguera global frente a los crímenes capitalistas.

Cuando el texto pregunta con insistencia “¿adónde están ustedes? ¿adónde están ustedes? ¿adónde están ustedes?”, esperando obsesionadamente una respuesta que venga de alguna parte, se siente claramente que sólo el vacío ha hecho eco a sus llamadas y que su autora se encontró, como un orador perdido, en una inmensa sala quien, agarrado a su pupitre, sigue gritando “¿hay algún ser humano en la sala?”.

Los periodistas clasificarán bajo la rúbrica de “asuntos diversos” el tema de los pigmeos expuestos. Para nosotros, esos hechos recuerdan, antes que nada, hasta qué punto el capitalismo se empecina en parecerse al capitalismo. En ese contexto, la fuerza de trabajo de un proletario africano, poco escolarizado, poco experimentado, poco controlado, no es más que una mercancía que contiene menos valor que aquella de otro proletario. Su fuerza de trabajo tiene simplemente menos trabajo social (policía, cura, sindicalista, maestra, psicoanalista...) incorporado. Y como en el siglo pasado, esos proletarios a los que no se les puede ni siquiera explotar haciéndoles vaciar  latas de basuras o prostituyéndolos, se les saca un poco de dinero sometiéndolos a humillaciones todavía más terribles.

El capitalismo humilla de forma permanente a los proletarios categorizándolos, fichándolos, clasificándolos étnicamente, reduciéndolos a una identidad nacional, comprando su fuerza de trabajo al precio más bajo. Sea lo que fuere que la autora de esta carta esperaba, no será, infelizmente, dirigiéndose a la conciencia del hombre y a sus derechos que esta situación cambiará. Ni la conciencia de las angustias de la esclavitud, ni de las masacres coloniales, ni de los genocidios en Ruanda lograrán transformar profundamente el mundo e impedir que el sistema mercantil de funcionar como tal. Sólo nuestra unión solidaria, más allá de toda categorización y de toda frontera, nos permitirá un día, como proletariado mundial, como fuerza organizada, como partido revolucionario, corregir de una vez para siempre la manera como la burguesía canta la historia.

 

Señor director 25 de julio de 2002
Centro por la Igualdad de Oportunidades y Lucha contra el Racismo
Tema: Operación « humanitaria » pigmea en la propiedad de Champaille en Yvoir, región Valona.

Señor:


En nombre de la investigación científica, Occidente clasificó étnicamente a mis ancestros, midiendo sus sienes y el largo de su nariz. ¡Eso fue hecho en el siglo XX!. En ese contexto la Bélgica colonial les creó una carta de identidad étnica dividiéndolos en Hutu, Tutsi y Twa y a estos últimos los clasificó como raza pigmoide.
En ese mismo siglo nació un bebé, que era yo, al que se le otorgó el llamado derecho a la vida marcándolo étnicamente y de manera indeleble sin que ese bebé lo supiera.
En ese mismo siglo Bélgica se revela incapaz de ratificar la convención europea sobre la protección de minorías.
Durante ese siglo veinte en mi país, como causa de y gracias de esa carta de identidad étnica, unos masacran a otros en nombre de diferencias decididas por Bélgica. Miles de muertos y decenas de miles de refugiados en cada una de las masacres. ¡Los que eran hermanos se convirtieron en enemigos!
Durante este mismo siglo yo crecí marginada como consecuencia de la marca étnica y, como si esto no fuera suficiente, fue preciso que todo terminara en un horrible genocidio que me arrancó todo lo que había podido crear. Todos mis niños, mi marido, mi hermano y mis hermanas fueron asesinados ante la pasividad cómplice de ciertas autoridades belgas, que quedarán impunes para siempre y a la indiferencia de tantos otros.
Bélgica conserva un doble lenguaje luego del genocidio. Por un lado el Primer Ministro fue a pedirle perdón a Ruanda y, por el otro, en nombre de la investigación científica, la cooperación financia la producción de un centro de investigación regional que insiste en publicar listas étnicas sobre la África de los Grandes Lagos, incluso después del genocidio y con una seguridad elemental tan difícil a encontrar. Estas listas étnicas « empujan a los crímenes » que han enlutado mi país y rasgado mi corazón de madre herida para siempre. ¡Esta lectura étnica de nuestra sociedad impulsa la división, el odio y al asesinato!
Durante ese mismo siglo veinte, Bélgica, en nombre de la cultura, exhibe en Tervuren, durante la exposición colonial, a « seres » congoleses, a « salvajes desnudos » desprotegidos del frío. Quien vaya a visitar el Museo Africano de Tervuren puede ver todavía las huellas de ese espectáculo africano: sus tumbas. Este recuerdo odioso no solo nos choca. Un siglo antes Inglaterra exponía en el zoológico a una joven africana hotentote como si fuese un animal. Todo el mundo podía ir a ver un ser extraño, una hembra africana tan distinta. Como resultado de la presión ejercida por una asociación de lucha por los derechos humanos, ella fue comprada y expuesta en las ferias de Francia para terminar su vida en el museo de las ciencias: el cerebro y los órganos genitales en formol, el esqueleto en colección y su molde para que no se la olvide. Los despojos mortales fueron recientemente reclamados por su país de origen, África del Sur. Pequeños comentarios irónicos en la prensa se burlaban de la preocupación de la diplomacia africana de repatriar dignamente a esta víctima increíble de los esquemas racistas y étnicos de Occidente. Cuando se trata de África, toda afrenta a la dignidad más elemental está autorizado, se piensa que un poco de caridad condicional será suficiente para hacer desaparecer nuestro asco y nuestra rabia.
Incluso hoy me pregunto si en Bélgica es posible sacar lecciones de estas historias. ¡Sino como explicar que en nombre de un proyecto « humanitario » y una vez más bajo el pretexto de la cultura, nuevamente se exhiben seres humanos: la operación pigmeo en Yvoir!
¿Quién imagino tal proyecto? ¿Quién lo financió?
¿Quién hizo la publicidad en la televisión y la radio nacional belga?
¿Quién trajo a los pigmeos de África?
¿Quién otorgó sus visas?
¿Quién concluyó su seguro de enfermedad?
¿Adónde van a parar los 6 euros pagados todos los días por persona y por visita?
¿Adónde está la embajada de Camerún? ¿Es cómplice del deshonor africano?
¡Exhibición vergonzosa! ¿Adónde están ustedes, Centro por la Igualdad de Oportunidades?
¿Adónde está el Movimiento contra el Racismo y la Xenofobia?
¿Adónde está la Liga de los Derechos del Hombre?
¿Adónde está la sociedad civil belga?
Como hoy día exhiben africanos, mañana podrían exhibir a los SDF (Sin Domicilio Fijo), a vuestros pobres, a vuestros discapacitados o a los enfermos mentales para apiadar al parroquiano. ¡Todo parece bien para ganar dinero! ¡Quien calla consiente, es un proverbio de vuestro país! ¿Ustedes están todos en vacaciones, ausentes, ciegos, sordos? ¡Esto esta ocurriendo en vuestro propio país en pleno año 2002! ¡Yo denuncio en nombre de África y de los africanos! Hoy por la « operación pigmeo » denuncio al organizador, al financista y a aquellos que han dado las autorizaciones, a todos los actores de esta vergonzosa exposición en nombre de lo humanitario y de la cultura. ¡Por tal exhibición los africanos son insultados, como si no fueran humanos, sino animales de circo y del zoológico! ¡Yo denuncio al racismo!
¿Podríamos imaginar hoy una exposición en África, en nombre de lo que sea, de los sin-techo belgas? Podríamos tirarlos entre cartones poniendo poner al lado de cada uno de los miserables belgas una botella de vino abierta, pedirles que hagan un poco de cine para mostrar su pobreza y así poderlos ayudar? ¿Cuál sería la dignidad de seres humanos? Indignos son todos los hombres ricos y oportunistas que no comprenden que su dignidad consiste en respetar a los pobres, pues también ellos son hombres y no objetos de exposición que sirvan a la distracción o para conmover o apiadar.


Sin más Señor Director,
lo saluda atentamente,
Yolanda Mukagasana

Notas:

1 Los fantasmas del rey Leopoldo – Un holocausto olvidado, Adam
Hochschild, ed. Belfond, 1998.
2 Ibid., pp. 11-12.
3 Ibid., pp. 264-275.
4 Stanley, The Congo and de Founding of its Free State: A Story of Work and Exploration, t.II, pp. 93-94.
5 Leopold II a Van Eetvelde, 27 de abril 1890, citado en Marchal, J. El Estado libre del Congo, t.II, p. 209.
6 Los fantasmas del rey Leopoldo – Un holocausto olvidado, Adam Hochschild, ed. Belfond, 1998, p. 122.
7 Ibid., p. 122.
8 Leopoldo II, entrevista de Publishers’ Press, aparecida en el New York American el 11 de diciembre de 1906.
9 Léon Rom, El Negro del Congo, pp. 5-6. Léon Rom, escritor, era igualmente pintor, cuando no coleccionaba mariposas o cabezas humanas, pintaba retratos y paisajes. Cinco de sus cuadros se encuentran todavía hoy en el Museo Real de Africa Central en Tervuren, Bélgica.
10 Los fantasmas del rey Leopoldo – Un holocausto olvidado, Adam Hochschild, ed. Belfond, 1998, p. 192.
11 Ibid, p. 194.
12 Ibid, p. 266.
13 Ibid, p. 200.
14 Ibid, p. 115.


CO54.3 Ayer, hoy y mañana.
La obra civilizadora