El jueves 11 de marzo, a las 7:35 de la mañana, estallaban en Madrid 3 trenes cargados de mercancía proletaria que se dirigía a “sus” centros de trabajo y estudio. Casi 200 muertos y 1500 heridos y mutilados. La burguesía tardó bien poco en ponerse manos a la obra para sacar tajada de la sangre proletaria. Todos los medios burgueses, aconsejados por el Ministerio del Interior, responsabilizaron a ETA del atentado. Un primer análisis hacía tener dudas sobre la autoría de ETA (el hecho de que no hubiese habido una llamada avisando, lo indiscriminado del atentado), aunque también es cierto que en su guerra contra el Estado español, el embrionario ejército estatal que es hoy ETA, ha pasado por los típicos “tempos” de la guerra interburguesa (treguas, negociaciones, liberación de prisioneros, “amnistías”), incluyendo, por supuesto, los “daños colaterales”. Por distintas razones, responsabilizar a ETA facilitaba las tareas a la hora de llamar a la “unidad nacional”: por un lado, allana el camino en la aplicación de medidas jurídicas que, con la excusa perfecta de ETA, permiten sojuzgar más eficazmente al proletariado (Ley de partidos y asociaciones, que permite ilegalizar asociaciones que simpaticen con “el terrorismo”; Ley del menor, que endurece las penas a menores – que afecta especialmente a los proletarios más jodidos: inmigrantes, “marginados”, ... -, aprobada para perseguir “la violencia callejera proetarra”), y por otro, también permite a la “fracción” burguesa dominante, cuyo posicionamiento es más “centralista”, desacreditar a otras “fracciones” más “descentralizadoras” (1), y así fortalecer la “unidad nacional”, tan necesaria para el mantenimiento de la paz social. Por estas razones la opción de ETA es la elegida por el Gobierno y los medios. Sin embargo sucede que 3 días después, el 14 de marzo, habían convocadas unas elecciones políticas, por lo que los partidos políticos estaban en la recta final de la campaña en el momento del atentado. En el plano electoral, la autoría de ETA beneficiaba claramente al partido en el Gobierno, el PP, cuya línea “más centralista” podía salir más respaldada en detrimento de la del PSOE, cuyos entresijos internos y pactos con nacionalistas catalanes (ERC), le obligaban a posiciones de “mayor descentralización administrativa” (2). En este contexto, y aunque los partidos políticos den por terminada su campaña e insten “a la ciudadanía” a la “unidad contra el terrorismo”, cada uno buscará sacar  tajada  del atentado. Así, los medios del grupo “Prisa” (El País, SER, Canal+), más afines al PSOE, contradecían las afirmaciones tajantes del Ministerio del Interior, y comenzaron a dar informaciones que apuntaban al “terrorismo islámico” (3). Las cada vez más claras evidencias de que no había sido ETA llevan el sábado por la tarde, día 13, en plena jornada de reflexión electoral, a mucha gente a salir a la calle y concentrarse en sedes del PP, principalmente en capitales como la propia Madrid, Barcelona, Valencia, etc. En este punto es donde es necesario realizar un análisis clasista de estas protestas. Como siempre, para proyectar una perspectiva clasista y revolucionaria en el contexto de la lucha de clases, es necesario observar el movimiento real, los intereses reales en pugna, y no lo que los proletarios lleven en sus pancartas. Los proletarios que protestaban más o menos pacíficamente (había cacerolas también allí) no estaban, ni muchísimo menos, protestando como clase, sino como “ciudadanos” atomizados, indignados con la “manipulación del Gobierno”. Sin embargo, el proletariado, obligado por su propio ser, por su propia realidad, consecuencia del invariante antagonismo de clases, intuye, siente, aunque todavía sea como “ciudadano”, que sus intereses chocan con los del Gobierno, condena al sistema (¡cuando un proletario dice que “este mundo es una mierda”, está condenando, aún sin perspectiva de transformación, aún como indignación hueca, aún como “ciudadano”, el orden actual de las cosas!), esboza levemente el antagonismo de clases (“Vuestras guerras, nuestros muertos”). Que estas protestas, como la de cualquier lucha proletaria en el mundo, sean todavía “condenas” a los Gobiernos, a presidentes, “a la manipulación”, etc, es consecuencia de la acción clave de la contrarrevolución socialdemócrata. El autorreconocimiento y constitución del proletariado en clase, y por lo tanto con intereses autónomos y antagónicos respecto a la clase enemiga, la burguesía, es la base sobre la que descansa el programa histórico de nuestra clase, y naturalmente, la burguesía, “encarnada” en la socialdemocracia, pone todo su empeño (¡le va la vida en ello!) en recuperar y canalizar el antagonismo social hacia cauces ciudadanistas, pacifistas, sindicalistas, nacionalistas, indigenistas, politicistas, etc (“ofensivas neoliberales”, “pueblos oprimidos”, “gobiernos corruptos”, «no a la guerra» ...).Son inevitables, por proximidad temporal y por la canalización burguesa, las comparaciones de estas protestas con las protestas contra la guerra en Irak. Sin embargo nos parece importante destacar una diferencia cualitativa muy importante respecto a aquellas. En aquellas protestas el proletariado fue movilizado por los medios y la socialdemocracia utilizando argumentos de legalidad e ilegalidad (exactamente como la clásica dicotomía fascismo-antifascismo), y llevándolas a un plano de “indignación democrática”, con los típicos tintes filantrópico-imbéciles de la izquierda del capital. Por el contrario, en las protestas (todavía ciudadanas) tras los atentados de Madrid, el proletariado no se movió por ningún sentimiento «humanista» ni caritativo, sino que sintió, de forma muy clara, que es su propia vida la que está en juego, que ésta se contrapone a “cómo está montado todo esto”, percibió, aún de forma desenfocada, la relación directa entre el proletariado masacrado en Irak y él mismo, todo esto, repetimos, bajo el nefasto influjo socialdemócrata. Las hoy todavía minorías clasistas debemos tener la suficiente lucidez para ver en las deprimentes “protestas” ciudadanas y en la debilidad de las luchas proletarias alrededor del mundo la consecuencia de la actuación de la contrarrevolución socialdemócrata, para combatirla teórica y prácticamente como lo que es: la recuperación burguesa que impide el autorreconocimiento y  constitución del proletariado en clase.

 

Notas


1. Creemos que es incluso exagerado hablar de fracciones burguesas en el Estado español. La burguesía que la historiografía burguesa coloca como “nacionalista” o “independentista” ha representado  un papel importantísimo en el fortalecimiento del Estado español. El hecho de que a principios del siglo XX comiencen a constituirse claramente movimientos políticos “separatistas” de la burguesía catalana y vasca es debido al debilitamiento total del Estado español en el panorama internacional (en 1898 el Estado español pierde su última colonia, Cuba) que hace que las burguesías más desarrolladas confirmen que ya no encuentran sino un freno en el Estado central (el régimen español todavía estaba muy controlado por vestigios “feudales” como la Iglesia y la gran burguesía latifundista). Son estas lógicas diferencias entre la “burguesía central” y la “burguesía periférica” las que crean el “nacionalismo” vasco y catalán. Así, la burguesía nacionalista catalana mientras  se enfrentaba en nombre del “progreso” a la “España reaccionaria”, no dudaba en reclamar la intervención de las fuerzas represivas “españolas” para masacrar al combativo proletariado “catalán” y respaldar y bendecir el régimen de Primo de Rivera. Con el advenimiento de la II República española en 1931, el líder nacionalista catalán, Macià, renunciaba al “Estat Català” para “salvar al Estado central”. Por supuesto las burguesías nacionalistas no olvidaban a su enemigo histórico, el proletariado, y tanto el proletariado “vizcaíno” como el proletariado “catalán” eran apaleados y ametrallados en defensa de la “unidad nacional” vasca y catalana, con el beneplácito de personajes como Companys. En julio de 1936, cuando se levanta el Ejército ante el avance cada vez más incontenible del proletariado, la burguesía nacionalista junto con “socialistas” y republicanos, allí donde pudieron, no hicieron más que impedir (lógicamente) que el proletariado tomase las armas de los cuarteles, allanando el paso al Ejército. Más recientemente, en la llamada “transición” democrática, el PNV (partido nacionalista vasco) y CiU (nacionalista catalán) no tuvieron ningún problema, todo lo contrario, en abrazar la monarquía borbónica española, heredera del régimen franquista que tan bien había contenido al proletariado durante 40 años, como baluarte de la unidad de España. Y actualmente el famoso “Plan Ibarretxe”, junto con todas las propuestas de reformas estutarias de tinte «descentralizador», no son más que un intento de la única “autodeterminación” que entiende la burguesía: autodeterminación para reprimir, explotar, anular y encerrar al proletariado (control de la educación, del poder judicial o de los impuestos). La burguesía nacionalista vasca y catalana siempre han tenido muy claro donde estaba su enemigo.

2. Que quede claro que estamos hablando en “lenguaje burgués” ya que las diferencias reales entre PP y PSOE, o las de que cualquier otro partido político que aspire a gestionar la dictadura del capital simplemente no existen. El PSOE ha sido el partido que más y mejor ha jodido al proletariado “español”. Sin remontarnos a épocas de la II República, en la que la alianza republicano-socialista asesina y encerraba al proletariado, la entrada en el Gobierno por parte del PSOE en 1982 fue necesaria para la burguesía porque ningún otro partido político que no fuese el “socialista”, con la complicidad de los sindicatos, hubiese podido implantar tan fácilmente las reformas que la economía española necesitaba en los años 80 para adaptarse al mercado europeo, con los consiguientes ataques a las condiciones de subsistencia del proletariado que ello conllevaba (reconversiones industriales, flexibilización del mercado de trabajo). A parte de que bajo el Gobierno “socialista” actuaron los escuadrones de la muerte del GAL.


3. Por supuesto no existen medios burgueses “más manipuladores” que otros, “mejores o peores” que otros, sino que simplemente se mueven según sus intereses. Que a la SER o a El País les haya tocado “estar más cerca de la verdad” en el tema de la guerra de Irak o en los atentados de Madrid, no responde más que a los intereses que en ese momento estaban en liza. Para ello, naturalmente, también pueden mentir. Sin ir más lejos, la SER mantuvo “que se habían encontrado posibles restos de terroristas suicidas” en los trenes de Madrid, lo cual era falso.

 


CO52.4 NOS ESCRIBE UN COMPAÑERO

Sobre las protestas consecutivas a los atentados de Madrid y las dificultades del proletariado para reconocerse como clase.