Nuestro enemigo está en nuestro propio país.
Es nuestra propia burguesía.
Karl Liebknecht, 1915

Desde hace dos años, los análisis sobre lo que sucede en Irak abundan. Se ha dicho, escrito, discutido y publicado absolutamente de todo. Miles de páginas nos han explicado las contradicciones que se viven en el seno del gobierno estadounidense: entre la pareja Chirac-Schröder y su amante Bush, la competencia entre la sociedad petrolera Halliburton y la francesa Total-Elf-Fina, el imperio estadounidense y sus intereses estratégicos, el enfrentamiento entre EEUU y China, el dólar contra el euro, el gas, el petróleo, la jugosa operación de reconstrucción en Irak, la venta de armas de guerra, etc. Pero deberíamos añadir que esta sobredosis de palabras, toda esta propaganda, no refleja más que el terrible atolladero en el cual se encuentra hoy el proletariado (y sus vanguardias) atrapado en los marismas del análisis burgués. Lo esencial nos ha sido escondido, ocultado, enmascarado, travestido: el enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía queda encubierto. Se ha consolidado así el discurso dominante, cuya ideología es el anuncio del fin de la historia (de las luchas de clases) y la perpetuación de un capitalismo que los burgueses quisieran ver eterno, únicamente perturbado por los enfrentamientos que se libran entre sí las diversas fracciones propietarias de los medios de producción.
Nuestro punto de partida es radicalmente distinto. Como comunistas, nosotros no analizamos los acontecimientos simplemente para observarlos, sino para transformar la realidad, cambiarla totalmente y poner FIN a esta sociedad de miseria, de guerra y de hambre. Perder el tiempo en describir las angustias de esta sociedad antropófaga, es complacerse en un papel eminentemente pasivo y transformarse en un ayudante de laboratorio practicando la biología del capital, más que participando en su necrología, en su entierro, en su fin brutal. Partir del punto de vista, que nos parece más evidente y esencial, del análisis de la

 

destrucción de aquello que a diario nos consume como proletarios, implica situarse abiertamente en el corazón de los acontecimientos que se desarrollan en Irak como parte activa de esos hechos, como fuerza agitadora, como vanguardia. Afirmamos esto a pesar de que hoy esta palabra asuste y sea en general entendida en su versión leninoide.
Hace casi tres años las tropas anglo-americanas invadían Afganistán en nombre de la “lucha contra el terrorismo”, luego le tocó el turno a Irak. Pero en todo este tiempo, no hemos encontrado, en ninguna parte, palabras explicativas sobre la cuestión central: ¿Adónde se sitúa el proletariado en todo este burdel? ¿Qué es lo que hace? ¿Cuáles son las alternativas que enfrenta en su intento por autonomizarse y destruir a todas las fuerzas burguesas? Sobre esto deberían discutir hoy los escasos núcleos proletarios que, en el ambiente nauseabundo de paz social que nos oprime, intentan mantener en alto la bandera de la revolución social. Pero la mayoría de ellos quedan atrapados en la problemática si tal o cual la contradicción interburguesa es o no fundamental. Y al afirmar esto, no hemos considerado todavía lo peor: la incapacidad de un gran número de proletarios de percibir en estos acontecimientos la lucha de nuestros hermanos de clase. La más miserable indiferencia con respecto a esta nueva masacre de proletarios se une el eurocentrismo y su correspondiente racismo. ¿Cuántas discusiones se pierden en el análisis sociologizante reduciéndose a saber si en Irak existe o no algo a lo que pueda llamarse proletariado? Con esto se olvida apresuradamente la unicidad del modo de producción capitalista, su carácter mundial desde hace más de cinco siglos, análisis que hemos expuesto en varios artículos de esta misma revista, y que dejan caducas las elucubraciones acerca de que en Afganistán, Estados Unidos busca desarrollar un modo de producción capitalista y que ello sería la causa de la invasión. Como también quedan caducas las ideologías que sostienen que en toda esa región el proletariado no existiría y que en ella solo existirían una serie de tribus y modos de producción particulares como el feudalismo. Argumentos escuchados tantas veces y que impiden una verdadera discusión sobre las necesidades reales de nuestra clase y las respuestas a aportar, pues lamentablemente se encandilan con los modos de producción inmediatos -a menudo herederos de antiguas estructuras precapitalistas (que han mantenido ciertas formas antiguas), sin percibir hasta que punto aquellos se encuentran subsumidos en el modo de producción capitalista.
Olvidar que el capitalismo es el único modo de producción que en la historia de los hombres ha logrado someter a todos los otros modos de producción, es caer en las ideologías socialdemócratas que socavan, hoy como ayer, el campo del proletariado y lo sumergen en falsas respuestas. Un ejemplo de ello es el sostén a las luchas de liberación nacional, una de las formas más vulgares e imbéciles de antiyanquismo. Descubrir en 2004 que el capitalismo es mundial –caso de Attac, El Mundo Diplomático o José Bové- es reírse en la cara de nuestra clase, de su historia y de las rupturas que ha operado con el mundo del capital. Ya en 1867, Marx escribía en el capítulo IV del primer tomo del Capital (insistimos, 1867): “La circulación de mercancías es el punto de arranque del capital. La producción de mercancías y su circulación desarrollada, o sea, el comercio, forman las premisas históricas en que surge el capital. La biografía moderna del capital comienza en el siglo XVI, con el comercio y el mercado mundiales”. Sin comentarios.
Compañeros, salgamos de esa ciénaga ideológica del análisis burgués para tomar verdaderamente el camino de la revolución social y plantearnos los problemas que nuestra clase necesita resolver. Bajemos de los balcones ideológicos del falso saber para retomar nuestro lugar en el seno de las luchas de clase y tomar los eventos que se desarrollan en Irak sin los lentes deformantes con los que esta sociedad en descomposición quisiera que los viéramos. Para hacer caminar la historia sobre sus propios pies, proponemos hacer una rápida aproximación a lo que ha ocurrido en esa región del Medio Oriente, tan rica en luchas.

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Pese a toda la propaganda efectuada para hundirnos en el olvido debemos remarcar que, desde hace décadas, el Medio Oriente y el Oriente Próximo constituyen un verdadero polvorín social. Uno de los criterios principales de intervención, de todas las burguesías en esta área geográfica, ha sido el permanente intento de estabilización. Sin ir más lejos, podemos definir un ciclo de lucha que se inicia en la década de los setenta y cuyo punto álgido fue el año 1979, momento de un levantamiento proletario generalizado en Irán. De un golpe era barrido el cuarto ejército mundial, el ejército del Sha y sus terroríficos servicios secretos. Un levantamiento que la burguesía local tuvo dificultades en contener, pese a haber recurrido durante varios meses a diferentes pretendientes al trono. Finalmente debió hacer un llamado a una de la fracciones más radicales de la socialdemocracia, adornada con los colores locales del turbante de los ayatolás, único medio que permitió quebrar el potente movimiento de lucha. La guerra lanzada por Irak y sostenida por todas las fracciones burguesas del planeta (de la URSS a Francia, pasando por los EEUU e incluso Israel) ha venido a rematar este trabajo, sosteniendo a los ayatolás en su innoble obra contrarrevolucionaria, alistando a los proletarios en la defensa de la patria, del islamismo, del panarabismo. He aquí, de manera muy sucinta, como los burgueses del mundo están unidos, como todas sus fracciones se unifican para hacer frente a una sola pesadilla que no ha cesado nunca de aterrorizarlos: la revolución social, el derrumbe de su sistema de muerte.
Es en este tipo de acontecimientos, como en las insurrecciones parisinas de 1871 o en la Rusia de 1917, cuando podemos constatar la materialización de un verdadero estado mundial del capital, en base al proceso de reagrupamiento de todas las fracciones de la burguesía en pos de la defensa general del sistema, de su reproducción sobre bases cada vez más amplias, concentrándose siempre en un punto de gravedad en torno a las estructuras estáticas preexistentes. Cuando la revolución social golpea con toda su fuerza la puerta de la historia, todas las fracciones explotadoras olvidan (por un tiempo, evidentemente) sus intereses inmediatos y se posicionan tras la fracción más capacitada para defender los intereses del capitalismo contra los asaltos del proletariado. El estado mundial es, efectivamente, ese proceso, ese movimiento de reafirmación permanente del monopolio de la violencia de clase, de lucha interfracciones y unificación generalizada frente al enemigo histórico. En cada fase afirmativa, el estado mundial se define con más fuerza, expresando cada vez en forma más explícita la organización del capital como potencia dominante exclusiva, como fuerza de explotación que, para asegurar el orden social mundial, requiere de niveles cada vez más delirantes de monopolización de la violencia en manos de la burguesía y en particular de su fracción más potente. En tanto que estado mundial, el capital teme a la catástrofe permanente que él mismo genera, pues ésta provoca inevitablemente reacciones violentas, armadas, no controladas. Reacciones que le es indispensable vencer para mantener su dominación. En esos casos resulta evidente la dificultad de razonar en términos de país: el proceso que lleva a una fracción burguesa, más decidida, a imponer el orden en una región socialmente perturbada, supera a menudo la división burguesa comúnmente admitida entre los estados. Podemos afirmar que en el seno de los Estados Unidos, es decir, al interior de estructuras como el Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA, la Fuerza Aérea o el ejército, se afirma hoy una fracción burguesa más decidida que las otras a tomar el papel de gendarme mundial, apoyada por todas las otras fracciones, incluso por aquellas con las que se encuentra en competencia. Durante la guerra Irán-Irak, y pese a la existencia de dos bloques, todas las fracciones, incluso aquellas que ayer se declaraban enemigas, guardaron -por un tiempo- sus diferencias dentro del armario a fin de hacer frente a un proletariado que, no olvidemos, venía de derrocar a uno de los gobiernos más poderosos del planeta: el régimen del Sha.
Los diez años de duración de esa matanza sin nombre fueron similares a la carnicería humana de 1914-1918. Inevitablemente, como durante aquella masacre, esto generó contradicciones: las deserciones, el rechazo a combatir, las huelgas y los motines se expandieron como una epidemia empujando a los proletarios bajo uniforme a unirse, a fraternizarse, para hacer frente a los dos ejércitos. Fue lo que sucedió por ejemplo en la Península de Fao, del lado de Basora, y de las montañas del noreste de Irak alrededor de la región de Halabya. La respuesta de los burgueses estuvo a la altura del rechazo de los proletarios a sacrificarse por una causa que no era la suya: represión, aprisionamientos, fusilamientos, raptos y bombardeo químico (1). He aquí lo único que puede ofrecer este mundo moribundo a aquellos que no quieren someterse a sus necesidades antropófagas. Esta situación no podía durar eternamente. La paz entre los dos beligerantes fue necesaria para calmar a los proletarios de ambos lados de la frontera, pese a que el epicentro del movimiento de descontento se había desplazado de Irán hacia Irak, donde el régimen de Saddam Hussein tenía cada vez más dificultades para retener la bronca que subía contra él y contra los sacrificios que la innoble patria asesina había, durante diez años, reclamado a los proletarios, ahora exhaustos. La solución para mantener esta bronca fuera del enfrentamiento social fue rápidamente encontrada: desviar esta sobrecarga de miseria y rabia hacia uno de los vecinos ricos de Irak y dejar a los miserables saciar su ira contra la burguesía y su guerra, participando como mercenarios en el pillaje del rico Kuwait. La continuación se conoce. Invasión de Irak al Emirato con la bendición del estado de Estados Unidos, que paralelamente buscaba, hacer marcar el paso a los proletarios, conformando la coalición más formidables desde de la II guerra mundial. Ese fue el precio del reordenamiento en la región. El primer objetivo de la fracción burguesa que dirigía la Coalición era terminar, de una vez con todos esos proletarios que, armas en mano, desafiaban desde hacía mucho tiempo la autoridad de los explotadores; el segundo, deshacerse de Saddam Hussein y su fracción quienes se habían mostrado incapaces de asumir plenamente ese trabajo. Pese a los 500.000 guerreros armados hasta los dientes y la formidable fuerzas aérea y naval que concentró, la coalición no logró apoderarse de Bagdad. Los proletarios retomaron nuevamente su camino de clase volviendo sus armas en contra de sus propios oficiales. Basora, Bagdad, Sulemania y otras ciudades se insurgieron contra la burguesía. Aparecieron las shoras o consejos, formas de auto-organización de nuestra clase, que de un golpe echaron por tierra todos los sueños de la Coalición y sus planes guerreros. Frente a su incapacidad para reprimir la insurrección generalizada, la Coalición dejó en el norte a los nacionalistas kurdos y el resto de Irak a Saddam Hussein. La Guardia Republicana, que había milagrosamente quedado intacta en los bombardeos aéreos, tuvo carta blanca de la Coalición para una nueva ola represiva contra el proletariado insurrecto.
Pero en la historia de la lucha de clases no hay ni azar ni milagro. Si los aviones de la coalición no habían derramado sus toneladas de bombas mortales sobre dicho cuerpo armado especializado en el mantenimiento del orden social burgués, es porque sabía que éste podía ser necesario en el caso de una sublevación masiva. La insurrección generalizada confirmaba que el cálculo había sido correcto: la Guardia Republicana era indispensable. Este escenario había sido lógicamente examinado por la burguesía mundial en sus diferentes planes. ¿Quién pretende que nuestros enemigos son estúpidos? Infelizmente para nosotros ellos conocen sus intereses generales y sucede a menudo que reflexionan en términos de clase. Era necesario dejar a Saddam Hussein en el gobierno y reintentar, en una próxima ocasión, implantar los sanguinarios planes de conquista establecidos por el Pentágono y la ONU.
Los explotados pagaron caro haber osado tomar las armas e impedir a la fracción más decidida de la burguesía mundial de reimponer el orden bajo la máscara de la Coalición en Irak. Luego del millón de muertos de la guerra Irán-Irak y otro millón de muertos debidos a la guerra, a los bombardeos aéreos y a la represión de 1991, los diez años que siguieron no fueron más dulces para nuestros hermanos de clase. Un gigantesco embargo fue decretado por esa guarida de criminales que es la ONU, matando a fuego lento a centenas de miles (siendo los niños los más afectados). En total, un nuevo millón de muertos iría a parar los cementerios. Paralelo al embargo, los bombardeos aéreos continuaron, pero ésta vez bajo la etiqueta de la cobertura humanitaria. ¿Será solo una casualidad que militarismo rime con humanitarismo?. El embargo se consolidó día tras día con la ayuda de la aviación anglo-americana, quien había derramado en Irak, después de 1991, casi la misma cantidad de bombas que en Alemania durante la segunda guerra mundial. Eso permitió a Saddam Hussein y a su camarilla consolidar su influencia sobre el proletariado, ya que éste no podía comer otra cosa que aquello que el gobierno iraquí (con la ayuda de los carroñeros de la ONU) distribuía bajo forma de ración, ya que el mercado negro era algo inalcanzable para los miserables. El hambre fue un arma terrible en manos de la burguesía que usó y abusó de ella para destruir y someter a nuestros hermanos de clase en lucha. En el norte del país, donde nacionalistas kurdos e islamistas se daban la mano para aplastar al proletariado, la política de cambiar armas por comida fue sistemáticamente organizada con la bendición de la ONU, de los Estados Unidos y de las ONGs presentes en el lugar. Esta política arrinconó a cada proletario poniéndolo frente al dilema de dejar su fusil para comer, como le aconsejaban hábilmente todos los humanitaristas y otros derechodelhombristas presentes en el lugar, o a servirse de su arma para obtener aquello que él y su prole necesitaban.
Después de haber hambreado y bombardeado a los proletarios durante años con el silencio cómplice de los medios, los estrategas del Pentágono declararon, luego de los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001, que había llegado el momento de terminar con ese absceso, verdadera pústula de inseguridad y subversión. Una nueva invasión, que seguía la huella de aquella de Afganistán, fue planificada. La arrogancia, de quienes hoy se consideran los dueños del mundo, es tan increíble que el ministro de la guerra de EEUU, Donald Rumsfeld, hizo el anuncio de que con menos de un décimo de la Coalición anterior, las tropas estadounidenses desfilarían por Bagdad en sólo algunas semanas. Mucho más prudentes, los militares del Pentágono despacharon cerca de 200.000 hombres en una coalición, formalmente menos amplia que la de 1991, aunque tras el espectáculo cinematográfico efectuado por la pareja Chirac-Schröder y su acólito Putin, todas las fracciones burguesas del planeta estaban fuertemente asociadas al sherif Bush en pos del objetivo primordial de la operación: restaurar el orden en esa región. No faltó un sólo explotador a esa cita bélica contra el proletariado, como tampoco ni uno de ellos (incluso los que anunciaban escandalosamente su oposición a la guerra) hizo algo en serio para detener el conflicto. Así, el espectáculo de la supuesta oposición a la guerra no impidió a Chirac organizar, junto con las tropas de EUA, el sobrevuelo del espacio aéreo francés por las fortalezas volantes B52, las cuales partían directamente de los aeródromos situados en Gran-Bretaña para derramar sus toneladas de bombas sobre las ciudades y sobre los barrios obreros de preferencia. Mientras tanto el estado alemán, que pregonaba una política pacifista, contribuía discretamente aportando millones de euros para llevar a cabo la operación de policía maquinada por las tropas anglo-americanas. Juego de equilibrista que permitió el triunfo en las elecciones legislativas del canciller SPD Schröder junto con sus aliados ecologistas, surfeando así sobre la ola pacifista que en ese momento estallaba en Europa, y tomando a cargo una parte substancial de los 230 millones de dólares que envía la Unión Europea a Irak, bajo la cobertura de ayuda humanitaria. Por su parte, Putin recibió la autorización del gendarme mundial, para reimponer, a su vez, el orden en Chechenia, una especie de carta blanca total otorgado al terrorismo de ese estado, a cambio de su apoyo diplomático y muy discretamente militar en la versión II de la guerra del golfo (2). En fin, el espectáculo contra la guerra no podía estar completo sin la puesta en escena de las votaciones a repetición en la ONU y las mediáticas tomas de posición de su secretario general Koffi Annan, quien al mismo tiempo de la publicación de sus resoluciones preparaba la invasión de Irak recolectando informaciones ultra-confidenciales bajo la cobertura de la ayuda humanitaria. Este espionaje dirigido discretamente por los agentes de la ONU, presentes en el lugar, dentro del cuadro de ayuda a las poblaciones civiles, y transmitido directamente a la CIA, hoy ya no es más que un secreto a voces.
Esta segunda intervención en Irak no era solo una guerra generalizada entre diversos capitalistas enfrentándose para conquistar el mundo y eliminar a sus adversarios en una corrida loca, sino que se asemeja furiosamente a una operación policial como aquellas que ocurren a diario en la ciudades de São Paulo y Río de Janeiro, donde los escuadrones de la muerte pagados por ricos comerciantes eliminan con facilidad a niños, jóvenes proletarios que bautizan como delincuentes para poder liquidarlos con mayor facilidad. Igual que los policías cariocas o paulistas, los militares de Estados Unidos fueron llamados a reponer el orden a un nivel superior en una región donde la inestabilidad social se había convertido en un problema demasiado importante. He aquí, salvo diferencias en la manera de proceder, el objetivo que persigue el estado mundial detrás del cual se encuentra toda la burguesía coaligada. Mientras unos, seguros de su fuerza, decidieron ir a la guerra pasándole por arriba a las resoluciones de la ONU, los otros prefirieron acudir al lugar bajo la bandera azul del humanitarismo y del derechodelhombrismo, esperando evitar a toda costa el nacimiento de una guerrilla que pudiera desestabilizar completamente la región, cuestión que en caso de victoria de las tropas de invasión, podía repercutir socialmente en el mundo entero. Es por ello que Chirac, Schöder, Putin y Annan hicieron bloque tras el equipo Bush, esperando secretamente ver a los republicanos estadounidenses morder el polvo y ser reenviados a la oposición parlamentaria durante las siguientes elecciones presidenciales estadounidenses. Cifran su esperanza en que un demócrata se convierta en presidente y calme el ambiente jugándose todo sobre Irak, pero bajo la bandera de la ONU. Es evidente que este tema amerita un desarrollo más profundo, pero todo esto sobrepasaría el objetivo que esta corta contribución se ha fijado.
Pero esta vez militares y humanitaristas no se habían equivocado. La operación policial fue dirigida sin rodeos, las cuatro semanas del conflicto fueron una verdadera paseata, pese a los obstáculos encontrados y a los 55.000 civiles asesinados bajo el innoble vocablo de “daños colaterales”. Las tropas estadounidenses no se privaron de tirar sobre todo lo que se movía. Las órdenes del alto mando eran explícitas: disparar primero y después verificar.
Del campo de batalla desaparecieron súbitamente el ejército iraquí y sus fuerzas especiales, dejando la vía libre a las tropas anglo-americanas en su entrada a Bagdad. La relativa facilidad de las tropas de invasión para atravesar, casi sin tropiezo, todo el país, de norte a sur, probaba una sola cosa: que los proletarios movilizados en Irak, alistados, preparados en los cuarteles y enviados al frente para sacrificar su vida bajo el altar de la patria, se negaban a hacerlo. Como durante la guerra Irán-Irak de los años 80 y como en la primera guerra del golfo, el proletariado en Irak dio, una vez más, el ejemplo a sus hermanos del mundo entero al negarse a combatir en favor de sus propios opresores. Esta actitud admirable no ha sido resaltada por nadie, en todo lo que hemos tenido ocasión de leer sobre estos acontecimientos (3). Este pequeño “detalle” dice mucho más que cualquier análisis sobre el estado de espíritu del proletariado en ese momento. He aquí porque Saddam Hussein ha perdido la guerra, no a causa de supuestas o probadas traiciones de sus colaboradores o cómplices, sino simplemente porque la carne de cañón de las guerras, los proletarios -habitualmente tan dóciles- se negaron a pelear, se negaron a morir por intereses que no eran los suyos. Es así como unidades enteras se auto-disolvieron en sólo algunos minutos sobre los bordes de las rutas abandonando insignias, uniformes, oficiales, zapatos, vehículos y carros para volverse civiles, pero -es importante resaltarlo- tomando cuidado en guardar sus armas. Así, los proletarios desertaron, pero armados, y volvieron a sus casas para ver que iba a pasar.
Un segundo acontecimiento interesante merece ser subrayado, dejando de lado todas las peripecias militar-diplomático-políticas con las que nos bombardean los medios y que son totalmente ininteresantes a los efectos del análisis aquí realizado, nos referimos a la manera cómo nuestros hermanos de clase acogieron a aquellos que pomposamente se habían auto-proclamado los “liberadores del nuevo Irak”. No hubo nada de la eufórica alegría que Europa occidental había conocido durante el paso de las tropas anglo-americanas luego de la retirada de los alemanes en 1945. Pese a la falsa propaganda hecha a los milicos estadounidenses, los “liberadores” fueron acogidos con poquísimo entusiasmo. ¡Fue con enorme desconfianza que los proletarios de ese país recibieron a las tropas de la coalición!. Aquellos tienen demasiado fresquito en su cabeza que quienes dicen, venir a liberarlos, apoyaron durante décadas a Saddam Hussein. Recuerdan muy claramente que en 1991, después de haberlos incitado a levantarse contra Saddam, los “liberadores” actuales frenaron su ofensiva para permitirle a las fuerzas represivas de ese mismo Saddam hacer su trabajo. Apenas las tropas de invasión se deshicieron de las últimas bolsas de resistencia, centenas de miles de proletarios se arrojaron a las calles, pero no para aplaudir a sus “liberadores”, sino, por el contrario, para saquear todo lo que representara al detestado poder del Partido Baas y de Saddam Hussein. Y los condenados de la tierra no se detuvieron allí. El pillaje fue general: desde los palacios presidenciales a los cuarteles pasando por los ministerios. También fueron tomadas las residencias de los ricos, así como las mezquitas. Como prueba tenemos el llamado, ampliamente difundido, de un oscuro “comité supremo de la revolución islámica” que reagrupa a la mayoría de imames y que pedía “humildemente a los fieles de devolver todo aquello que fue saqueado”. Los imanes explicaron estos acontecimientos como “un momento de extravío” por parte de los fieles. Estos vendedores de opio ideológico olvidaban que en 1991 los proletarios insurrectos de Najaf y en Karbala utilizaban esos burdeles que ellos llaman “lugares santos” para mear; lo que muestra toda la consideración que nuestros hermanos de clase sienten por esos vendedores de paraíso adulterado. Pese a las pocas informaciones que se filtran desde esta región, podemos afirmar que hoy en día muy pocos de los objetos pillados fueron restituidos, demostración suplementaria de los límites actuales de la influencia que estas fuerzas de la burguesía, que son los islamistas, ejercen sobre el proletariado en Irak.
Esperando calmar la rabia del proletariado, las tropas ocupantes no se atrevieron a impedir los pillajes, sino que se limitaron a preservar todo aquello relacionado con el famoso ministerio del petróleo: pozos, oleoductos, refinerías, terminal marítimo, depósitos, camiones de transporte, etc. Sin duda, la fracción reagrupada en torno a Bush hijo quiere hacer el sucio trabajo de la represión al servicio de los intereses del capital en su conjunto, pero no por ello olvida sus intereses más inmediatos ligados al petróleo y al armamento, cuestión que tiende a enfadar a sus competidores, quienes a su vez no se cansan de recordar, al equipo de Bush, sus propios intereses. Con continuidad dialéctica, podemos decir que es únicamente aquí donde se encuentran las disensiones -sobreanalizadas por toda una serie de grupos que se reclaman de la revolución social- entre los burgueses de Halliburton y BP (British Petroleum), los de la Total-Elf-Fina y las sociedades rusas y chinas de petróleo que habían firmado acuerdos de exclusividad de explotación del subsuelo iraquí antes de la guerra. Por el “respeto a la propiedad privada” pero bajo la cobertura del “derecho de las gentes” y otras pamplinas jurídicas, Chirac y sus consortes recordaron a las tropas ocupantes que ellas no pueden permitir que los proletarios ataquen impunemente a los burgueses y su propiedad. Una apariencia de orden fue reestablecida a punta de metralleta y cuando eso no fue suficiente fue con armas de artillería que las tropas ocupantes recordaron quiénes eran los dueños. Pero la arrogancia de los dirigentes estadounidenses era tal, que no fueron capaces de prever que serían incapaces de controlar una situación que, sólo algunos días después de haber conquistado Bagdad, se les escapó de las manos. Dopado por una victoria demasiado fácil, Donald Rumsfeld, en contra de la opinión de una serie de especialistas en la pacificación social (tales como Bernard Kouchner quien estaba listo para “sostener a los americanos” y “ponerse al servicio de Irak libre”), disolvió por decreto no solamente el Partido del Baas y el gobierno de Saddam Hussein, sino también el ejército iraquí e incluso la policía. Fue así como provocó un gigantesco caos que los saqueos y las ocupaciones de edificios oficiales por centenas de familias despojadas ayudaron a generalizar. Todo aquel que creyó en el discurso oficial de los ocupantes sobre el “nuevo Irak”, el “fin de la dictadura”, la “democracia”... sufrió una terrible desilusión.
Seguros de una victoria fácil y con una colosal capacidad de golpear a disposición, las tropas de EUA no se imaginaron entonces que alguien intentaría levantar cabeza. En el Pentágono los problemas que engendraron el pillaje y el caos fueron considerados como epifenómenos que rápidamente entrarían en orden, apenas el poderío del ejército estadounidense decidiera ponerles fin. Fue por ello que los estrategas, a cargo de la invasión, no planificaron “el después” de la guerra. Pensaron que, después de la golpiza que el ejército de Saddam Hussein recibiría, todo el mundo iba a cerrar la boca y todo entraría en orden. Nuevamente no contaron con la determinación de los proletarios a no someterse. Durante el verano las manifestaciones se transformaron rápidamente en motines que estallaron por todas partes. Así sucedió en Basora los días 10 y 11 de agosto del 2003 cuando varios soldados británicos fueron masacrados por una multitud hastiada con la idea de vivir bajo un nuevo yugo, en una situación de miseria que no para de crecer. Las mismas causas producen los mismos efectos, miles de proletarios salieron a las calles en Falluya, Ramadi, Mossul exigiendo a las fuerzas de ocupación el reestablecimiento de la electricidad, del agua, de las rutas y de la comida. En pocas palabras, todo aquello que es imprescindible para subsistir luego de una guerra. La única respuesta de las tropas anglo-americanas fueron los arrestos y la dispersión de los amotinados a tiro limpio. Sólo algunos comandantes, un poco más listos, se dieron el trabajo de volver a poner en funcionamiento un mínimo de infraestructura. Rápidamente las tropas de ocupación reconocieron haber aprisionado a más de 10.000 personas por “atentado contra el orden civil”. Sin embargo, nada de eso fue suficiente para calmar a las masas proletarias. Desde principios del año 2004, cada vez más desocupados se organizan para manifestarse a través del país. Así, el fin de semana del 10 al 11 de enero del 2004 en Amarah, miles de proletarios protestaron para pedir mejoras en las condiciones de existencia y terminaron por transformar su desfile en revuelta, atacando a los responsables inmediatos de su situación miserable: la alcaldía y el Cuartel General del primer batallón de infantería ligera británica. Los policías iraquíes y las tropas inglesas no dudaron en tirar contra el grueso de los manifestantes dejando un pesado balance: más de 6 muertos y decenas de heridos.
Mientras el discurso oficial del “nuevo Irak” afirmaba que todas las infelicidades, todos los males de los que sufrían los iraquíes eran consecuencia de la codicia del régimen de Saddam, la realidad que vive hoy el proletariado es aún peor que entonces. A menudo falta comida y ello pese a los grandes flujos de mercaderías que se tiran sobre las veredas de las grandes ciudades después que las fronteras se han reabierto al comercio. No hay trabajo, y por lo tanto no hay salarios, se ha incrementado el estado de miseria en el cual gran parte de la población se debate desde hace varias décadas. Oficialmente las tasas de desocupación se aproximan actualmente al 70% de la población activa. La disolución del ejército ha acelerado el proceso de pauperización, ya que son miles de familias que se ven afectadas por la supresión de esos salarios. Todo ello sin hablar de las infraestructuras destruidas y de las desnacionalizaciones/privatizaciones que fuerzan todavía más a los proletarios a la desocupación, a la miseria. No hay que asombrarse entonces de que ciertos proletarios tomen las armas contra las tropas anglo-americanas y se decidan por la guerrilla o incluso la reapropiación social a gran escala para sobrevivir. Sabotajes, ataques y pillajes de convoyes, voladuras de oleoductos, atentados contra los milicos en patrulla, contra las refinerías, se desarrollan por doquier, provocando como respuesta represalias, muchas veces indiscriminadas, dirigidas siempre con más violencia y arrogancia por las tropas de Estados Unidos y las otras fuerzas ocupantes. Esta situación provoca a su vez el descontento y una reacción de rechazo generalizado contra las tropas de ocupación. Los blancos golpeados testimonian la resistencia de los proletarios locales a someterse dócilmente. Vale la pena que nos detengamos un instante en este punto como forma de comprender mejor lo que realmente pasa en Irak.
No pasa un día sin el anuncio de que un soldado estadounidense ha explotado sobre una mina o ha sido liquidado en una emboscada. Lo mismo ocurre con los policías locales del “nuevo Irak” que ven muy a menudo sus edificios tomados como blanco, de preferencia el día de pago, cuando todos se encuentran reunidos. En este caso el objetivo es perfectamente comprensible y la situación no es diferente respecto a los otros ataques que, desde que la ocupación comenzó, se dirigen contra todos aquellos que pueden representar la imposición del orden a los proletarios de esta región. Recordemos que uno de los primeros ataques estuvo dirigido contra la embajada de Jordania el 7 de agosto de 2003. Poco tiempo después, en el transcurso, del mes de octubre, se supo que el estado de Jordania, con la discreta ayuda de los servicios secretos franceses y alemanes, había recibido la ingrata tarea de contribuir al orden de la región formando 30.000 policías en apenas 8 semanas. No puede entonces asombrarnos que sus edificios hayan sido blanco de un atentado. El 19 de agosto el cuartel general de la ONU es tomado como objetivo, matando al jefe de la misión en Irak Sergio Vieira de Mello, así como a la mayoría de sus colaboradores. ¿Acaso es necesario recordar la ira de los proletarios frente a esta institución mundial que ha organizado durante años la hambruna, y que hoy participa con fuerza en la instauración del orden en Irak? Diez días más tarde, el 29 de agosto, le tocó el turno del dirigente del Consejo supremo de la Revolución islámica en Irak, el ayatolá Al Hakim, liquidado en un atentado en Nadjaf. El 2 de septiembre, nuevo atentado contra el cuartel general de la policía de Bagdad, destruyendo la oficina de su jefe Hassan Ali. El 20 de septiembre se produce el asesinato de Akita Al Hachimi, baasista muy conocido que trabajaba junto con Tarek Aziz en el ministerio de Asuntos Extranjeros de Saddam Hussein y que el 2 de septiembre había sido nombrado por los Estados Unidos como miembro de la autoridad iraquí provisoria. El 18 de septiembre, nuevo ataque contra la refinería Baïji, la más grande del país, bloqueando durante varios días la exportación del petróleo. El 23 de septiembre, nuevo atentado contra el Cuartel General de la ONU que, pese a los discursos de Koffi Annan anunciando la partida de sus hombres después del primer atentado, había todavía dejado en el lugar a 4.000 funcionarios, la mayoría de origen iraquí, para continuar su sucio trabajo de pacificación. El 10 de octubre, ejecución de José Antonio Bernal, sargento-jefe de la aviación española, pero en realidad agente del servicio de información español (CNI). Siete otros agentes de información fueron liquidados, algunas semanas más tarde, obligando a que el 29 de noviembre el gobierno de Aznar cerrara su embajada y repatriara a una serie de civiles y de diplomáticos que también trabajaban en la pacificación del país. El 12 de octubre, un coche con explosivos explota delante del hotel Bagdad que hospeda principalmente a miembros de la CIA, a miembros del gobierno iraquí provisorio, así como a toda una serie de hombres de negocios estadounidenses llegados para hacer “buenos negocios” a costas de la miseria de nuestros hermanos de clase. El 23 de octubre, en el mismo momento en que el Pentágono pretendía hacer un llamado al ejército turco, para que reprimiera la rebelión en Irak, un coche bomba explotó ante la embajada de ese país. El 27 de octubre es Paul Wolfowitz, número 2 del Pentágono después de Donald Rumsfeld, quien escapa por poco a la muerte; varios mísiles se estrellan contra la fachada del hotel Al Rachid donde él se hospedaba. El 3 de noviembre, tres explosiones golpean al Cuartel General del ejército estadounidense en Bagdad. El 12 de noviembre, explosión de un proyectil delante del tribunal de Rassafa al este de Bagdad. Desde entonces muchos jueces han sido liquidados. El 21 de noviembre, ataque con mísiles contra el ministerio del petróleo y el Hotel Sheraton, donde un civil estadounidense (4) que trabajaba para Halliburton es gravemente herido. En diciembre se sabía que Paul Bremer, responsable en jefe de la pacificación en Irak, había escapado hasta la fecha a dos atentados. Y el viernes 19 de diciembre es el turno de Ali Al-Zalimi, alto dirigente del Partido Baas, responsable de la represión durante el levantamiento de 1991, quien es linchado por manifestantes en Nadyaf (5).
Podríamos ampliar indefinidamente esta lista, pero ello no añadiría nada a lo que decíamos más arriba: todo el aparato, los servicios, los órganos, los representantes del estado mundial, que se encuentran en el lugar, son sistemáticamente elegidos como objetivo. Lejos de ser actos ciegos, esta resistencia armada tiene una lógica si hacemos el esfuerzo de salir de estereotipos y de la falsa propaganda ideológica que los burgueses nos proponen como única explicación de lo que pasa en Irak. Detrás de los objetivos, así como en la guerrilla cotidiana dirigida contra las fuerzas de ocupación, se pueden percibir designados los contornos de un proletariado que intenta luchar, organizarse, contra todas las fracciones burguesas que han decidido imponer el orden y la seguridad capitalista en la región, aún si todavía es extremamente difícil juzgar el grado de autonomía de nuestra clase en relación con las fuerzas burguesas que intentan encuadrar la rabia de nuestra clase contra todo aquello que representa al estado mundial. Los actos de sabotajes, atentados, manifestaciones, ocupaciones, huelgas... no son hechos de islamistas o de nacionalistas panárabes. Dicha interpretación es demasiado simplista y va en el sentido del discurso dominante que quiere encerrar nuestra comprensión en una lucha entre “el bien y el mal”, entre “los buenos y los malos”, un poco como en una película de cowboys, eliminando una vez más la contradicción mortal del capitalismo: el proletariado.
Un ejemplo ilustrará mejor la contradicción que vive el proletariado. Esto ocurrió en Duluya, un pueblito situado al norte de Bagdad en el famoso “triangulo sunita”. Desde que la ocuparon, en marzo de 2003, las tropas militares son regularmente objeto de ataques a tiros tanto contra sus convoyes, como contra sus hombres. Como reacción decidieron arrasar con varios miles de palmeras que proporcionaban dátiles y que bordeaban las rutas de la región. Circularon rumores sobre una misteriosa organización baasista que habría sido la causante de esos ataques sistemáticos. Eso fue lo que la prensa árabe resaltó en sus columnas, mientras que el periódico israelí Ha’aretz explicaba que esos misteriosos ataques habrían sido la obra de “jóvenes desocupados” que, por 1.000 a 1.500 dólares pagados por organizaciones islamistas, organizaban el ataque contra las tropas de Estados Unidos. Y el diario citaba a uno de esos jóvenes: “Es la mejor manera de ganarse la vida hoy en Irak”. Pero, como por azar, después de que las tropas arrasaron las palmeras, para combatir los insurgentes y que decenas de obreros agrícolas fueron privados de esos dátiles, que servían de sustento, los ataques contra los milicos norteamericanos, no solo no disminuyeron, sino que se han vuelto todavía más frecuentes.
Todo va a jugarse en el período que viene, los proletarios que se oponen muy claramente a todas las fracciones mundiales del capitalismo ¿tendrán la fuerza de no hundirse en el islamismo radical, o en el panarabismo que, desde la captura de Saddam Hussein (domingo 14 de diciembre) tiene aires de ir viento en popa? ¿Tendrán nuestros hermanos en Irak la fuerza de no liarse en una guerra popular de liberación nacional? La respuesta no puede venir sólo del proletariado que vive en ese lugar, que, mientras se mantenga tan dramáticamente aislado en su lucha, tendrá dificultades en no caer en los brazos de una o de otra fracción burguesa que intente enrolarlos como carne de cañón bajo uno de sus estandartes. Todo depende de la relación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía a un nivel más global, al nivel mundial, y particularmente en los países de origen de las tropas de ocupación. Infelizmente debemos constatar que esto no está a nuestro favor, incluso si nos llegan bocanadas de oxígeno de Bolivia o Perú. La responsabilidad de nuestros hermanos de clase en el mundo, y particularmente en Estados Unidos, Inglaterra, Polonia, España e Italia, es de reaccionar, agitar, organizar y negarse a ser carne de cañón, transformando esta guerra en guerra social contra su propia burguesía.
Sin embargo, no se mueve gran cosa en esos centros de la represión internacional. El proletariado de los Estados Unidos está hundido en un ferviente patriotismo condensado en el famoso slogan support our boys (apoye a nuestros muchachos), que completa para, los “más críticos” una cruzada de carneros llamando al pacifismo más beato. Nos es necesario subrayar que en ese contexto, y a contra-corriente de este ambiente, algunas reacciones interesantes han tenido lugar en la costa oeste de los Estados Unidos, en el momento del inicio de la guerra, reacciones de las que da cuenta un diario francés y que nosotros reproducimos en el recuadro al lado.
Fue en esas manifestaciones, que algunos proletarios blandieron un calicó afirmando “apoyamos a nuestras tropas cuando tiran contra sus oficiales” que aparece en la tapa de esta revista. Magnífica burla al slogan oficial del gobierno llamando a “apoyar nuestras tropas”.
Pero si esa inversión del slogan oficial nos parece simpática e indica la vía a seguir en la lucha del proletariado, es forzoso constatar que esa actitud, que expresa con fuerza la posición de siempre de nuestra clase, el derrotismo revolucionario, queda infelizmente aislada en un marisma donde el pacifismo frecuenta el tercermundismo más chato. Incluso dentro de las asociaciones de padres de los milicos, en la punta de la lucha contra la guerra en Irak, todos apuestan más por un equipo demócrata en las próximas elecciones presidenciales -“para traer a nuestros niños lo más rápido posible al país”- más que por una acción directa contra el ejército que los envía a “reventar lo árabe”. En el seno del ejército de Estados Unidos, mientras que la contradicción se hace más fuerte entre lo que el soldado cree que será cuando está en formación y la prosaica realidad de no ser más que un milico enviado a través del planeta a reprimir miserables de su mismo medio social, son todavía poco numerosos aquellos que renuncian a ser mercenarios (Ver recuadro al fin del texto).
No son los 1.500 militares que desertaron o se negaron a ir a matar a Irak, que pueden inclinar la balanza a nuestro favor. Recordemos que durante la guerra de Vietnam eran oficialmente ¡más de 200.000! Tampoco pueden hacerlo las valientes declaraciones, en medio de la histeria patriotera que reina en Estados Unidos desde los atentados del 11 de septiembre, de algunos desertores que reivindican alto y fuerte el negarse a ir a matar civiles, en la situación de sumisión catastrófica en que se encuentra hoy el proletariado


No eran los más numerosos, pero sí los más organizados y los más determinados: en San Francisco, donde nacieron los movimientos radicales de los años sesenta, los pacifistas retomaron esa larga tradición militante. Desde hacía meses habían preparado acciones de guerrilla urbana a la espera del primer golpe sobre Irak. Movilizados a través de sus redes de Internet, los manifestantes convergieron hacia el centro de la ciudad durante el amanecer de ese jueves. Allí pusieron cintas naranja y un cartel «trabajos» en una de las salidas principales del puente, el Bay Bridge. Simple y eficaz. El acceso a la ciudad quedó inmediatamente cerrado para los habitantes de las afueras que iban a trabajar. Fue en el puente donde manifestantes y policía midieron sus fuerzas. Desplazándose en pequeños grupos móviles, los manifestantes, varias decenas de miles, del amanecer a media noche, no vacilaron en enfrentar a las fuerzas del orden. San Francisco se transformó en un campo de batalla. Entre la revuelta –vitrinas rotas, tiendas atacadas- y la improvisación, un grupo, los Pukers for Peace, vomitadores por la paz, organizaron un vomit in delante de los edificios oficiales. Para los policías esa fue una jornada de «lucha contra los comunistas y los anarquistas». (...)
Al otro lado de la bahía, la universidad de Berkeley también reencontraba su tradición militante ocupando el campus, la policía arrestó 500 estudiantes. Por la noche el número de detenciones se elevaba a 1350 manifestantes, cifra jamás alcanzada desde las grandes protestas contra la guerra de Vietnam. Desbordada por el número de detenidos y sin suficientes buses para trasladar a los arrestados, la policía se vio en la obligación de requisar los buses municipales. En toda California se llevaron a cabo acciones de protesta. Incluso en Los Ángeles, hecho raro, los numerosos manifestantes bloquearon la circulación y no vacilaron en resistir a los policías. Viernes en FRISCO, los militantes lo hicieron de nuevo. Menos numerosos, sólo sesenta personas fueron arrestadas por la policía.

Libération, (Diario francés )- 22 de marzo del 2003

 

en ese país, en relación a su propia burguesía. Pasa lo mismo con otros estados que envían tropas a Irak y que no encuentran, por el momento, casi ninguna oposición a ello.
Pero estemos seguros, la ocupación sangrienta de Irak no está terminada, las tropas estadounidenses y aliados deberán quedarse todavía por largo tiempo y ese lodazal, que empieza a parecerse a aquel de Vietnam, va seguramente a obligar al Pentágono a enviar cada vez más tropas para hacer frente al creciente número de ataques (6).
“Nos faltan medios para medir si ganamos o perdemos la batalla mundial contra el terrorismo. Mi impresión es que hoy no hemos hecho progresos decisivos”. Extracto del memorandum de Donald Rumsfeld al Congreso de los Estados Unidos, el 14 de noviembre del 2003.
Las últimas cifras que poseemos señalan más de 500 milicos muertos desde el inicio de este conflicto (7), sin hablar de aquellos que se encuentran en misión secreta (undercover) y que se inhuman discretamente en el desierto (varias tumbas han sido recientemente descubiertas). Los heridos superan hoy el número de 15.000 pese a las protecciones en Kevlat que la mayor parte de los soldados portan y la inmediata toma en cargo de los heridos por los equipos especializados. Eso significa más de diez heridos por día, de los cuales la mayor parte se encuentran en estado de gravedad y quedaron incapacitados de por vida. Como lo señala el periódico ultra-conservador americano, The New Republic: “...los medias han tratado el número de muertos en combate como la medida más fiable de progreso cumplido sobre el campo de batalla, pero es el número de heridos que revela la situación sobre el terreno”.

Las últimas cifras que poseemos señalan más de 1000 milicos muertos

Nunca antes desde Vietnam, el ejército estadounidense había tenido que hacer frente a un número de heridos tan elevado que repatriar. Operación que se realiza en aviones de carga y de preferencia durante la noche para evitar las cámaras y la desmoralización de las tropas que se quedan en el país. Los suicidios, entre las tropas involucradas, aumentan día a día, aunque las cifras al respecto no circulen y la cantidad de soldados oficialmente repatriados por “problemas de salud mental” (milicos a los que le saltan los fusibles) se elevaba a 478 en septiembre de 2003. Recordemos, también, que el número de ataques contra las fuerzas del orden se acerca hoy a un promedio de 70 a 75 por día, y que la mayoría de los milicos que están en el terreno ya cumplieron más de un año y medio de servicios. Esto comienza a hacerse largo de más y produce descontento entre los hombres de tropa que “ya no comprenden porque están allá”. Agreguemos a eso la incapacidad del Pentágono a reemplazarlos, por falta de efectivos, lo que es particularmente visible en sus llamados al enrolamiento de reservistas que han pasado la edad de poder ser implicados en operaciones militares. Así, muchos reservistas de la Guardia Nacional de más de 50 años se negaron a dejar su mujer, hijos y trabajo para ir a “defender Estados Unidos en Irak”. He ahí un cóctel que se hace cada vez más explosivo para la fracción burguesa que se afirma como gendarme mundial.
¿En todo esto debemos ver los signos de una posible brecha de la unidad nacional, una brecha similar a la que 40 años antes se produjo respecto a la guerra de Vietnam? En aquel momento una gigantesca fisura se abrió en el seno de la sociedad estadounidense. Entonces la única esperanza que tenía un oficial, de evitar ser brutalmente herido o liquidado por un soldado, era oponerse por todos los medios a una implicación en la guerra. Y esos medios, de una simplicidad infantil, consistían sobre todo en evitar enviar los soldados a enfrentar el enemigo. Practicando el “fragging” (literalmente fragmentar los oficiales), que consistía en tirar granadas sobre los oficiales, los soldados que se oponían a la guerra habían sembrado tanto el terror entre sus superiores que éstos ya no se atrevían a enviarlos al enfrentamiento, perdiendo así el control de sus tropas. En 1970, el Pentágono publicaba la cifra oficial de 65.643 desertores, ¡es decir el equivalente a cuatro de las divisiones de infantería! Señalemos otra cifra interesante de esos años: la existencia de más de 300 periódicos clandestinos contra la guerra editados directamente por los soldados y que contribuían ampliamente a romper el aislamiento, generalizando de esta forma la oposición a la guerra. Eran las manifestaciones cotidianas en Estados Unidos, los sabotajes, las huelgas, las ocupaciones las que impedían verdaderamente la continuación de la guerra. Fue así como, a inicios de los setenta, el gobierno norteamericano se vio obligado a frenar su implicación en Vietnam y a retirar poco a poco a sus tropas. Sólo recordando estos hechos significativos, de la terrible pesadilla que vivieron los burgueses de entonces, podemos no solo medir el enorme abismo que nos separa hoy de aquel periodo de lucha, sino también reconocer e indicar la única vía que pondrá fin a esta carnicería.
Nuestra conclusión sólo puede ser provisoria. Hemos intentado captar en sólo algunas líneas, los acontecimientos que se desarrollan ante nuestros ojos, intentando salir de las categorías periodísticas que no pueden aprehender en absoluto la compleja realidad de lo que se desarrolla allá. Seguir hablando de shiítas, sunitas, kurdos, baasistas, islamistas, de tal o cual tribu, de tal o cual clan, es borrar la contradicción esencial que impone el capital al intentar ordenar una región perturbada desde hace varias décadas por un proletariado combativo y que no ha aceptado todavía someterse a la dictadura de la economía. No podemos más que renovar el llamado a nuestros amigos, lectores y a todos los compañeros para que consideren la lucha que conducen nuestros hermanos de clase en Irak como la suya propia. Solo podemos romper su aislamiento generalizando las luchas contra nuestras propias burguesías, ahí donde nos encontremos, además de permanecer intransigentes en relación a nuestro programa y a nuestros objetivos de clase. Sólo el derrotismo revolucionario puede estremecer significativamente esta sociedad, que no tiene otro proyecto que la acumulación de montañas de cadáveres, y abrir las brechas decisivas para su destrucción violenta.


¡ ABAJO EL ESTADO MUNDIAL DEL CAPITAL !


¡ ABAJO SU GUERRA !


¡ VIVA LA REVOLUCIÓN SOCIAL !

¿Usted dijo carne de cañón?

A diferencia de lo que sucedía en la guerra en Vietnam, el ejército de Estados Unidos que hoy opera en Irak, es un ejército profesional compuesto por soldados que han “elegido” combatir. Una elección relativa ya que está determinada, en la mayoría de los casos, por la condición social de quienes se alistan. Los reclutadores de carne de cañón de todo el mundo saben, desde siempre, que un proletario hambriento y sin perspectiva está siempre dispuesto a aceptar las gratificaciones que la patria reserva a aquellos que la sirven militarmente. Un sueldo, un pedazo de tierra, una beca de estudios, una carta de residencia o un puñado de dólares, etc.: las posibilidades de cooptar a los “pobres” para la defensa de la nación son casi infinitas.
Consciente de esto, el Pentágono ha fijado como blanco de su campaña de reclutamiento a los proletarios “latinos” en general y, a los “mexicanos”, en particular (8). Se trata de una comunidad compuesta principalmente por hombres en edad de combatir y cuya población está en crecimiento acelerado en Estados Unidos. Pero la razón principal de esta campaña particular es que esos proletarios disponen de medios de vida muy exiguos y tienen escasas o nulas perspectivas de trabajo o estudio. Es así de simple y cínico. El objetivo declarado del Pentágono es que el porcentaje de soldados “latinos” presentes en el ejército americano llegue a ser el doble del que es actualmente. Estadísticas recientes demuestran que los “latinos” son utilizados en las operaciones de combate más peligrosas, marcando una desproporción respecto al porcentaje total que representan dentro del ejército. Actualmente sólo componen alrededor del 10% del conjunto de las fuerzas armadas estadounidenses, pero su presencia en las acciones de guerra sube al 17,7%. En Irak el primer milico muerto con el uniforme de GI (General Infantry) no era un ciudadano nortemaericano, sino guatemalteco: José Gutierrez.
Estos soldados son los que deberían constituir las primeras líneas de fuego del ejército norteamericano y servir de carne de cañón para las guerras presentes y futuras. Sin embargo, el reclutamiento también incluye a varias decenas de miles de proletarios ingresados ilegalmente a Estados Unidos, y a quienes se les promete la ciudadanía estadounidense inmediata si se alistan. Haciendo la comparación con los 5 años previstos para la obtención de la famosa “carta verde”, el plazo es atractivo.
Se cifra en cerca de 37.000 el número de proletarios latinos enrolados actualmente en el ejército norteamericano. Pero pareciera que el número todavía no es suficiente: la necesidad de carne de cañón no tiene límites y los sargentos-reclutadores norteamericanos han decidido atravesar la frontera mexicana en busca de jóvenes proletarios que hayan abandonado la escuela y que buscan obtener papeles y residencia en Estados Unidos. Los generales juzgan “eminentemente positivo” el deseo de numerosos proletarios de México de obtener la nacionalidad estadounidense y no titubean en alistarlos a cambio de la promesa de una carta de identidad nueva.
Este interés por la carne de cañón “latina, chicana....” estriba también en la certeza que el anuncio de la desaparición en el frente de un ciudadano de origen no estadounidense, tendrá menos impacto sobre la “opinión pública” de ese país.
Los militares nombran esta estrategia de alistamiento selectivo “Reclutamiento de la Pobreza”, y está en funcionamiento en todos los lugares en los que se concentra el proletariado más desprovisto, sea al interior del país como fuera de sus fronteras. En Estados Unidos los perros de guerra comienzan su trabajo de reclutamiento alabando las ventajas de ser militar desde la escuela primaria hasta el fin de los estudios, comprendida -naturalmente- la universidad. Esto ha llevado a crear diferentes asociaciones de resistencia a estas prácticas. El Movimiento americano contra el reclutamiento (anti-RTOC) está en su quinta huelga contra el alistamiento y la guerra. Por su parte, la organización Student not soldiers (estudiantes pero soldados no) ha lanzado una campaña contra la presencia del ejército en las escuelas. En México, este movimiento de resistencia ha tomado un cariz muy material: en Tijuana, los reclutadores norteamericanos venidos de San Diego y sostenidos por algunos cómplices mexicanos, que han difundido en repetidas ocasiones publicidad llamando a alistarse en el ejército norteamericano, han sido simplemente botados de las escuelas a patadas en el culo. ¡Un ejemplo a imitar!

 

Contribuciones sobre la guerra en Irak,

aparecidas en nuestras revistas precedentes:

 

Comunismo No. 35 (octubre 1994)
Revolución y Contrarrevolución en Irak

Comunismo No 33 (julio 1993)
Acción directa e internacionalismo! A propósito de una pegatina internacional

Comunismo No. 30 (julio 1991)
Derrotismo revolucionario en Irak.

Comunismo No. 25 (Octubre 1988)
La masacre de Halabya!

Comunismo No. 19 (junio 1985)
Irán/Irak: guerra de clases contra guerra imperialista

Comunismo No. 10 (junio 1982)
La guerra y la paz contra el proletariado - Manifiesto (redactado en Irán/Irak)

 

Notas

1 El cinismo de la burguesía no tiene límites y está a la altura de su estado de putrefacción. Mientras que todavía ayer los bombardeos químicos organizados, sostenidos y financiados por todas las fracciones burguesas (a la cabeza de las cuales se encontraba el estado alemán para el suministro de gas y el estado francés para el de los aviones) dejaban miles de muertos e inválidos, hoy son estos mismos estados los que denuncian y rechazan dichos bombardeos como “excesos” cometidos por el individuo Saddam Hussein y su esbirro Ali, llamado el químico.

2 Cabe subrayar además la ayuda rusa para la invasión que consistió en proporcionar a los milicos dirigidos por Bush los planes de las instalaciones militares iraquíes así que las tácticas que el ejercito iraquí podría utilizar dado que habían sido los oficiales de la ex URSS que habían construido, formado y entrenado al ejército de ese país.

3 Solo conocemos un grupo que en occidente subrayó la lucha del proletariado en Irak: UHP Ver “Arde!” No. 6 (mayo 2004): Editorial, “Iraq. Contra la guerra de los ricos, guerra contra los ricos” Edita U.H.P. Apartado postal 8079, 33280 Xixón, Asturias ESPAÑA http://nodo50.org/crimental

4 Hay que subrayar que, cuando en todas partes se habla de civiles, con respecto a las fuerzas de ocupación, se está escondiendo las funciones directamente represivas de muchos de esos mercenarios, que son contratados para servir a la ocupación. El propio ejército de ocupación contrata, para la realización de sus fines, a una serie de empresas privadas que proporcionan a los ocupantes: vigilantes, especialistas en interrogatorios (torturadores), guardaespaldas; además claro está de los diferentes cuerpos parapoliciales (escuadrones de la muerte) que utilizan la cobertura “civil” como en todo el mundo.

5 Este artículo fue redactado, en primera instancia, en enero de 2003 para ser publicado en nuestra revista central en francés. Desde dicha fecha al día de hoy, cuando preparamos la salida de la revista en castellano (setiembre 2004), la situación de los ocupantes no ha cesado de empeorar. Los ataques, manifestaciones, saqueos, ocupaciones, se han generalizado masiva y geográficamente. La resistencia se extiende, en la actualidad, a todas las regiones de Irak. En ninguna parte del territorio de ese país, quienes, de cerca o de lejos, representan el estado mundial, y quiere imponer el orden social capitalista, se encuentran al abrigo Desde las tropas de ocupación y los milicos locales a los mercenarios de cualquier tipo, desde los nacionalistas kurdos a los políticos irakíes, incluyendo a los altos dignatarios del “Nuevo Irak Independiente”, sean ellos laicos o miembros de la jerarquía religiosa, todos saben que pueden ser liquidados en cualquier momento.

6 Lo que evidentemente no excluye que el propio Pentágono y en general el estado estadounidense, junto a muchos otros, apueste a mediano plazo a la preparación de una fuerza mucho más internacional de represión, con mejor cobertura pacifista proporcionada por quienes se opusieron a la guerra y por ello con mayor legitimidad humanitaria y de la ONU.

7 Cuando estamos por publicar Comunismo ya se admiten oficialmente más de mil.

8 Para nosotros es evidente que los proletarios no tienen patria. Si utilizamos los términos “latinos” o “chicanos” es únicamente para aligerar el texto y no tener que repetir sistemáticamente que se trata de proletarios originarios de México, de Puerto Rico o de otra parte.

 

 


CO52.1 Algunas consideraciones
sobre los hechos que sacuden actualmente
a Irak