Para concluir, exponemos la contraposición global que existe entre la concepción de la revolución social y esa ideología a la moda, del cambio de mundo sin destruir el poder del capital.

Todos los enemigos tienden a deformar la concepción revolucionaria. Por eso los partidarios de las tesis de “la no lucha por el poder” se empecinan tanto en decir que la diferencia entre reforma y revolución ha sido superada. ¡No, no ha sido superada nada! ¡Hasta la revolución social misma existirá la contraposición entre revolución y salvación del capitalismo en base a reformas!Lo que sucede es que estos reformistas tienen vergüenza en asumirse por lo que son. Saben que son mucho más eficaces, en su obra de confusionismo ideológico, presentándose como una mezcla de reformismo y revolución. ¡Ni siquiera en esto son originales! Kautsky pasó su vida haciendo equilibrios entre lo que en su época se denominaba reforma y revolución y en la práctica su concepción fue una de las mayores expresiones ideológicas que actuaron como freno de la revolución, es decir una de las mejores armas de la contrarrevolución.

Como vimos, en los diferentes ejemplos dados en este número, ellos no niegan solo la lucha por el poder, niegan antes que nada la lucha por la destrucción del poder burgués y consecuentemente la lucha por la constitución de un poder proletario, la lucha revolucionaria en su sentido totalizador.

En efecto, la lucha revolucionaria es necesariamente una lucha por el poder. O el poder lo tiene el capital o el poder lo tiene la revolución. ¡No hay término medio! Si bien  regionalmente pueda haber un brevísimo período, que coincida con lo que históricamente se denominó la “dualidad de poderes” (ejemplo Rusia de 1917), una situación de ese tipo por naturaleza no puede perdurar y necesariamente debe resolverse a favor de la conservación del orden o por la revolución social: si no se destruye el poder del capital, el mismo destruye necesariamente el poder surgido de la revuelta. Toda ilusión de contrapoder, sin acción destructiva del poder del capital, solo puede favorecer la reorganización de este último. Esto es lo que ocultan los actuales partidarios de la “teoría del contrapoder”. Como también ocultan que ninguna situación actual es comparable a una situación de dualidad de poderes. ¡Y sería una ingenuidad total, sino fuera pura propaganda burguesa, el pretender que los “caracoles zapatistas” puedan ser un día un verdadero contra poder! Solo para que el contraste sea más evidente, recordemos que en Rusia del 17, se trataba de una insurrección proletaria contra el estado burgués, que había dualidad de poderes por la descomposición revolucionaria de todas las fuerzas represivas, que en forma cada vez más notoria, dejaban de aceptar las órdenes del estado y los soldados y regimientos enteros, en rebeldía abierta, se ponían al servicio de los órganos proletarios, que la misma revolución iba creando, desarrollando.   

Dicho este abc, nos parece fundamental, en un período en que el desconocimiento del programa, por el proletariado y por las vanguardias que se afirman en la calle, asume carácter de tragedia, afirmar algunos elementos centrales de la lucha revolucionaria, que las teorías actuales de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, o de la “socialización o comunización del mundo”, sin la destrucción del poder del capital, tienden sistemáticamente a ocultar o desfigurar.

La revolución social implica dos aspectos inseparables:

- la destrucción del aparato armado de la burguesía y más globalmente la demolición de todo el estado capitalista incluyendo evidentemente todas las instituciones que aseguran la reproducción de la dominación de clase y la explotación (partidos, sindicatos, iglesias, prisiones, ejércitos, escuelas...).

- la destrucción de la dictadura económica del capital, que a su vez se sustenta en la autonomía de las estructuras productivas, en las decisiones autónomas que adoptan las unidades productivas, basadas en la propiedad privada de los medios de producción.

Si el primer punto es bien conocido de las vanguardias internacionalistas en todas partes del mundo, el segundo es lamentablemente menos conocido e históricamente ha sido muy poco explicitado por los diferentes grupos revolucionarios. Toda la obra de Marx pone en evidencia que la clave de la sociedad mercantil (¡y el capitalismo es la sociedad mercantil generalizada!) es que la producción es privada y que solo se hace social a través del cambio. La esencial destrucción de la producción para el cambio implica la destrucción del carácter privado de la producción y por ello de las decisiones autónomas de las empresas y de las empresas mismas, como sujeto de decisión libre e independiente, base de todos los derechos democráticos. Ello solo puede realizarse si la producción es directamente social, y esto implica la centralización orgánica de todas las decisiones acerca de la producción, es decir la dictadura revolucionaria de los productores asociados. La revolución tiene que destruir no solo el modo de distribución (como quiere hacer todo socialismo burgués) sino el modo de producción mismo, el contenido mismo de la producción y decidir sobre bases totalmente diferentes el “qué se produce” y el “cómo se produce”. 

Dicho de otra forma. La barbarie de la sociedad capitalista no estriba solo en el hecho de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, como todo socialismo vulgar se ha cansado de repetir, la barbarie de la sociedad capitalista estriba en que el objetivo de la producción no es el ser humano, sino la ganancia, y por eso todas las mercancías producidas, desde hace siglos, no son más que la caricatura de lo que el ser humano necesita (¡los valores de uso no son más que el soporte del valor!), por eso todas las cosas y servicios, que fueron producidas como mercancías, contienen la marca indeleble de la producción privada de mercancías, de la producción para esclavizar al hombre  No solo todos los objetos de consumo están contaminados por la dictadura histórica de la tasa de ganancia, y por ello concebidos no para la vida humana sino para vender, sino que también todos los medios de producción fueron concebidos, no para ahorrar trabajo, sino para aumentar la tasa de ganancia. Por eso, la revolución social implica la puesta en cuestión de la totalidad de la producción material, la liquidación de toda decisión autónoma (empresarial, municipal, asamblearia...), que necesariamente tiende a tomarse en función de las posibilidades de cambio. La base de la revolución social es precisamente el cambio total de todas las relaciones de producción y del objetivo de la producción, sin lo cual todo discurso sobre “la nueva sociedad” no es más que masturbación idealista. La profundidad de la revolución social se medirá precisamente en esa capacidad para transformar radicalmente (¡hasta la raíz!) toda la producción, en abolir las decisiones autónomas de la propiedad privada, y por lo tanto las relaciones de explotación, en la imposición orgánica y generalizada de las necesidades humanas que hagan de toda la producción una producción humana. Será la primera vez que el ser humano no esté determinado por las relaciones de producción, sino que al contrario sea el ser humano que, al decidir todos los aspectos de la producción material, liquide la dominación del mundo objetivo sobre él (la economía) y pueda comenzar a vivir su verdadera historia como humanidad consciente.

Los reformistas con sus teorías, de no lucha por el poder, niegan todos los aspectos de la lucha revolucionaria: no solo la destrucción del capital como fuerza política, represiva e ideológica, lo que evidentemente es muy grave, sino también la destrucción de la producción privada, cuyo principio de la autonomía de decisión es la clave de la producción para el cambio, la esencia del capitalismo como modo de producción mercantil generalizado. No solo niegan la destrucción del capitalismo, sino la consecuente e ineludible construcción de una fuerza política centralizada revolucionaria. El gran vacío teórico que existe en todos esos reformistas, sobre el estado en el período de transición, es evidentemente consecuente con su ideología de no destruir el estado burgués, con su negación implícita, cuando no explícita, de la dictadura del proletariado, de esa negación en acto de todo estado.

La apología de las unidades autónomas (de los gobiernos locales autónomos en el caso de Marcos y compañía), de la ocupación y gestión autónoma de las empresas, de la autogestión vecinal, local, productiva, distributiva, hasta el concepto mismo de la defensa de todos los particularismos en una entidad superior (la multitud!) (1) de las redes de cambio e intercambio, de las redes difusas, empuja al desarrollo de esas bases autónomas y por ello necesariamente privadas, que son la clave de la sociedad mercantil, de la sociedad burguesa. Multitudes, redes difusas, autogestiones, redes de cambio, no pueden hacer otra cosa que producir como unidades privadas autónomas, que reproducir el carácter privado de la producción. A lo máximo que puede aspirar esa “libertaria” sociedad múltiple de cambio es a alguna reformita distributiva (¡e incluso esto nosotros lo vemos totalmente limitado: el reformismo actual, en plena catástrofe social, es incapaz de verdaderas reformas!) y siempre y cuando no moleste demasiado a tal o cual otra fuerza del capital armado. Pero las unidades múltiples y variadas, las juntas de buenos o malos gobiernos, los caracoles o las cooperativas, las empresas grandes o chicas, las granjas ecológicas y las autogestionadas, las ocupadas o bajo control obrero, tenderán irremediablemente todas a lo rentable y se revelarán como totalmente impotentes contra la absurda (inhumana) producción actual, fruto de siglos de dictadura del valor que esclaviza al ser humano. La dictadura de la tasa de ganancia seguirá dirigiendo lo que se produce y cómo se produce.

 La dictadura revolucionaria del proletariado, por el contrario, liquidará las raíces mismas de esta sociedad, impondrá la dictadura de las necesidades humanas contra toda producción autónoma y el consecuente mercantilismo, liquidará la producción para el cambio (y por lo tanto, para el lucro) y cuestionará la totalidad de las “cosas” producidas (que en su totalidad fueron concebidas por criterios inhumanos) para forjar una producción material (2) decidida, al fin, por el ser humano y concebida, al fin, para liberar al hombre del trabajo y en función de sus verdaderas necesidades y deseos humanos. Hasta ahora el hombre no decidió nunca su propia historia, sino que fueron las contradicciones materiales, y en particular las relaciones sociales de producción, las que se le impusieron al hombre. La libertad del hombre y la autonomía de decisión no pueden ser otra cosa, sin la destrucción del capital, que la dictadura de la ley del valor sobre la especie humana. La condición para que el ser humano comience su propia historia es, justamente, que imponga sus verdaderas necesidades como ser humano y que destruya violentamente, y sin ninguna contemplación, la ley económica que se esconde detrás de las palabras libertad, autonomía, democracia, autogestión...: la ley del valor.

No  esperéis a que un gobierno ponga en vuestras manos la tierra, el taller, la fábrica, la mina, el barco, el ferrocarril, todo lo que es necesario para la producción de la riqueza. Esto lo debemos tomar con las armas en la mano desconociendo el ‘derecho’ que los capitalistas se otorgan a si mismos de retener en sus manos lo que las manos de sus trabajadores han hecho...

De Ricardo Flores Magon,  “Regeneración”, 29 de julio de 1911

 

 

Notas :

1. La unidad de la que hablan los partidarios de la multitud es una unidad de categorías separadas por el capital. Se insiste en mantener lo particular del obrero, el desocupado, la ama de casa, el estudiante, el indígena, el minero,... todas categorías producidas por el trabajo asalariado, por el capitalismo. La unidad de la que siempre se reivindicaron los comunistas es, por el contrario, la unidad de la clase que se opone en toda su vida a la propiedad privada y el capital, la unidad del proletariado no está basada en lo inmediato y la separación categorial, sino por el contrario en la comunidad de lucha contra el capitalismo y consecuentemente en el comunismo como lucha y como perspectiva social.

2. Todo absolutamente todo debe ser cuestionado porque absolutamente todo está determinado por la tasa de ganancia: todos los objetos de consumos humano fueron históricamente determinados por la maximización del beneficio, todos los medios de producción fueron concebidos para ahorrar capital y no esfuerzo humano, todas las formas de extracción de productos de la naturaleza tienen cuenta exclusivamente de la tasa de ganancia.


CO51.8 Del poder y la revolución II