Continuamos publicando algunas reflexiones y discusiones que se suscitaron a partir de la lucha del proletariado en Argentina, en la medida que las mismas desbordan lo que sucedió en ese país y que provocan posiciones antagónicas por todas partes que son, y serán, decisivas en luchas futuras en el mundo. Nos centramos particularmente en la cuestión del poder y la revolución.

1. Lucha revolucionaria


Algunos compañeros, como a quien habíamos citado en el número anterior (en base a aquella aportación sobre las fuerzas sindicales y partidarias que intentan digitar los piquetes (a)), critican también otra cuestión clave del texto publicado en el Número 50, que  nos parece decisivo analizar ahora. Dice así:  “Considero que el calificativoviolencia revolucionaria del proletariado’ (utilizado por ustedes)  es una exageración. Sobre todo cuando en ese momento estaba de moda la consigna: no somos revolucionarios, sino rebeldes sociales, ”no queremos tomar el Poder sino hacer otro Poder desde abajo...” sub-comandante Marcos”.

A lo que respondimos: “Si hubiese que esperar a que el proletariado grite “dictadura del proletariado, destrucción del capital”, para poder llamar por su nombre a la violencia de clase contra la propiedad privada y el estado, nunca los revolucionarios podrían hablar de ello. Ni en la Comuna de Paris, ni en la Revolución en Rusia, ni en ningún otro ejemplo histórico de lucha revolucionaria del proletariado, las consignas expresan claramente lo que el proletariado está llevando a cabo, y no vamos a repetir aquí la cantidad de consignas burguesas que estaban de moda en esos movimientos que, a pesar de ello, fueron una expresión concreta e internacional de la ‘violencia revolucionaria del proletariado’. Justamente son nuestros enemigos, pero en general toda la opinión pública, la que toma las cosas únicamente en función de lo que los protagonistas expresan o creen (que invariable e inevitablemente son las ideas de la clase dominante), mientras los militantes revolucionarios no tienen ningún miedo en afirmar, a contracorriente, el contenido real del movimiento, independientemente de las ideas expresadas por los protagonistas. Pensá en Blanqui o Marx,  hablando de lucha por la dictadura del proletariado en Francia, o en Flores Magón afirmando que la lucha del proletariado en México es por la abolición de la propiedad privada, la iglesia y el estado. Más todavía, esa afirmación, hecha por los revolucionarios, de lo que el movimiento contiene, contra la corriente, constituye un elemento decisivo de la acción revolucionaria de dirección, la inversión de la praxis en el proletariado se va procesando precisamente por ese accionar decisivo, por la organización de esas posiciones en fuerza de dirección hacia los objetivos realmente revolucionarios. En ese sentido no solo nos parece importante seguir afirmando el carácter revolucionario del movimiento del proletariado en Argentina, en 2001/2002, sino el de denunciar todas las consignas burguesas como las del llamado subcomandante Marcos, como hacemos en nuestro texto denunciando a las corrientes gestionistas que justamente son las que desarrollan esa ideología que se contrapone a la acción revolucionaria del proletariado”.

En síntesis:la lucha del proletariado es revolucionaria por su contenido, porque asume en la práctica la contraposición con el capitalismo y no por lo que declaran los protagonistas y mucho menos por lo que dicen los admiradores de Marcos y compañía (¡qué también existen en Argentina!)  que en el fondo reproducen la ideología de la burguesía en el movimiento.

Aclaremos un poco más lo que los revolucionarios entendemos por lucha revolucionaria. Digamos primero que, para nosotros, no hay dos tipos de luchas, como teoriza la socialdemocracia (incluido evidentemente el marxismoleninismo, el trotskismo, el proudhonianismo, el gestionismo libertario...), una económica y otra política, una inmediata y otra histórica, una reivindicativa y otra revolucionaria. Afirmemos enseguida, que esa separación ideológica es un arma de la burguesía contra el proletariado, que sirvió y sirve todavía para cosas tan horribles como para hacer trabajar más a los proletarios y cobrar menos en nombre de la revolución social o/y del socialismo (por ejemplo en Cuba, como ayer en Rusia); cuando en realidad se está aumentando la tasa de explotación capitalista, lo que evidentemente se contrapone con los objetivos (inmediatos e históricos) de una revolución proletaria. Ninguna verdadera revolución proletaria puede basarse en ese antagonismo. Al contrario, la generalización de la lucha por las necesidades inmediatas determina la revolución social, el objetivo invariante de la revolución proletaria es trabajar lo menos posible, viviendo lo mejor posible, objetivo que en última instancia es exactamente el mismo por el que luchaba el esclavo cuando se contraponía a  la esclavitud, hace 500 o 3000 años. La revolución proletaria no es algo diferente a la generalización histórica de la lucha por los intereses materiales de todas las clases explotadas de la antigüedad, no tiene una naturaleza diferente a la generalización de la lucha por los intereses inmediatos, económicos del proletariado y es por eso mismo, que se afirma como una revolución esencialmente humana, contra la deshumanización histórica del hombre llevada a su máxima expresión por el capitalismo. Consecuentemente, la lucha por la mejora total de las condiciones de vida es vitalmente revolucionaria, y solo con la afirmación de la revolución realiza sus objetivos (1). La lucha proletaria, por la apropiación de la mayor parte del producto social es, pues, inseparable de lucha por la reducción de la intensidad y la

EL PROGRAMA INVARIANTE DEL JUSTICIALISMO DE PERON A MENEM

 Menem: «el justicialismo jamás combatió el capital; al revés, procuró que el capital llegue para hacer crecer la República. Y eso fue lo que hicimos nosotros a partir de 1989».

Por otra parte Menem siempre subrayó que Perón ya en 1944 decía que «hay que hacer a un lado al colectivismo en la Argentina y posibilitar el ingreso de capitales. Aquí no queremos ni colectivismo, ni marxismo, ni comunismo. Queremos fundamentalmente Argentina y el justicialismo es lo verdadero en la política».

 

 

extensión de la jornada de trabajo. Es en ese mismo proceso de enfrentamiento al capital y a su concentración en fuerza de dominación (estado) que el proletariado se va apropiando de todo lo producido y aboliendo el trabajo asalariado y, en última instancia, el trabajo a secas.

En Argentina, el proletariado entra en lucha porque no tiene más remedio, por el brutal deterioro de todas sus condiciones de existencia. En ese mismo proceso se encuentra lógicamente enfrentado a las diferentes fracciones burguesas y al estado. En su práctica ya liquida aquella separación entre lo económico y lo político, por el simple hecho que no puede haber ninguna solución económica sin “hacer política”, o mejor dicho todavía, sin contraponerse a toda la política de la clase dominante. No se trata de una idea de tal o cual militante, sino de lo que todos pueden verificar prácticamente: el que “se vayan todos” es el grito que expresa, en Argentina, esa crítica generalizada de la política, que existe en la generalización de todo movimiento revolucionario. Se dirá aún que tal o cual proletario, o el conjunto de los proletarios luchan por razones inmediatas. Pero, respondemos, aunque sólo crean moverse por los famosos y exclusivos intereses inmediatos (lo que ya nos parece un absurdo, porque el desarrollo mismo del asociacionismo proletario, contrapuesto a la propiedad privada organizada, siempre se plantea, aunque más no sea en forma incipiente, elementos hacia la resolución del antagonismo de clases), la lucha misma está revelando el antagonismo histórico. Independientemente de la conciencia de los protagonistas, los hechos están poniendo en evidencia que la vida del capital hace cada vez peores las condiciones inmediatas de esos proletarios, está mostrando que todo progreso del capital requiere empeorar todas las condiciones de la vida humana. La unidad de lo inmediato y lo histórico no es una cuestión de conciencia sino de antagonismo práctico vital. Como decía Marx: “Poco importa lo que tal o cual proletario o incluso el proletariado entero se imagine que es su objetivo momentáneo. Lo que importa, es lo que él es realmente y lo que estará históricamente forzado a realizar en conformidad con su ser. Su objetivo y su acción histórica le son trazadas visible e irrevocablemente, en las circunstancias mismas de su vida como en toda la organización de la sociedad burguesa...”

El carácter revolucionario de la lucha del proletariado en Argentina, no viene pues de la conciencia de sus objetivos, sino de su práctica efectiva. Justamente lo que constatamos es que el desfasaje, entre la  práctica y los niveles de conciencia explícita (2), expresado por el movimiento, es todavía más grande de todo lo que se dijo; y si bien nos parece imprescindible subrayar la fuerza revolucionaria de la acción del proletariado, no podemos dejar de expresar la debilidad de conciencia, de dirección, que el movimiento ha mostrado.

El movimiento revolucionario se encuentra todavía encadenado a un conjunto de ilusiones que lo limitan en cuanto a su perspectiva, y es a eso que se refieren los compañeros cuando dicen que la lucha no es revolucionaria. Pero ese punto de vista es idealista, pues parte de las ideas expresadas y no de las determinaciones contenidas en el movimiento, ni de la contraposición objetiva entre proyectos antagónicos evidenciada en la lucha de clases.

Justamente la principal debilidad del movimiento es, creer que exista una solución no revolucionaria a la situación social. El principal límite ideológico es, precisamente, partir de las absurdas ideas de la mayoría, que incluso en plena lucha, se imagina, que se puedan solucionar los problemas que nos afectan, sin destruir, los fundamentos mismos, de la sociedad del capital. El desfasaje mencionado parece ser una característica que se confirma en los movimientos del proletariado en la actualidad, producto, sin duda, de la contradicción entre la catástrofe cada vez más visible del capital mundial y de la total inconsciencia de clase que caracteriza al proletariado mundial: inconsciencia de constituir una clase, inconsciencia del proyecto histórico comunista.

En los capítulos siguientes nos interesa insistir en esa contradicción, que es la que expresa el desarrollo de nuestro propio movimiento. Para ello comenzaremos por enumerar algunos elementos de fuerza, derivados del tipo de organización territorial que caracterizó el movimiento en Argentina, con el objetivo, no de hacer la apología del mismo, pues creemos que las condiciones que produjeron ese movimiento están presentes en otras latitudes ya hoy y tenderán a generalizarse, sino para ir un poco más lejos en el análisis de las características de las luchas de clases en la época actual, subrayando “nuevos” elementos de fuerza y debilidades que creemos que no será un “privilegio” o la “desgracia” particular de ese país, sino que, como expresa bien la “carta abierta al proletariado argentino”, que publicáramos en el número anterior (“vosotros sois tan solo unos de los primeros”), está mostrando el tipo de enfrentamiento de clase que tenderá a reproducirse (3).

2. Fuerzas


Muy pocas veces en la historia de la lucha de clases, se han producido movimientos tan generales de unificación y polarización de clases. La organización del proletariado en organizaciones territoriales de lucha y su contraposición abierta a la propiedad privada y a todas las estructuras del estado (no solo al poder ejecutivo, sino al legislativo y judicial, a los aparatos represivos, a los partidos, a los sindicatos...) es una afirmación revolucionaria objetiva, hasta ahora, lamentablemente excepcional en la historia. Fuera de los ejemplos de las mayores luchas revolucionarias del siglo XX, como en México (1910-1917), Rusia (1917-21), Alemania (1918-21), España (1934-37) y en menor medida en otros países en esos lindos años de revuelta generalizada (1917-21), solo conocemos ejemplos como en Irán (1979), Irak (1991), en alguna medida en Argelia (2001/2002) y... Argentina 2001/2002. Por supuesto que no podemos pretender que esta enumeración sea completa, ni mucho menos (como lo decimos muchas veces, una gran debilidad de nuestra clase es ignorar nuestra propia historia); por otra parte, la naturaleza misma de la cuestión, implica una apreciación subjetiva, dado que es imposible medir objetivamente niveles prácticos de autonomía; pero a pesar de ello, nos parece fundamental hacer unas reflexiones y subrayar algunos elementos cualitativos sobre la relativa excepcionalidad de esa lucha proletaria en Argentina, aunque sea imprescindible también señalar sus límites con respecto a otras experiencias de la clase. La importancia de lo que sigue, no es, por lo tanto, la valoración, siempre discutible, de la fuerza o debilidad de la lucha de clases en Argentina, sino el análisis de la condiciones actuales de la lucha del proletariado que tienden a manifestarse en otras latitudes y que expresan trágicamente la contradicción actual, entre la catástrofe de la sociedad del capital (que empuja al proletariado a la lucha revolucionaria mostrando cotidianamente lo utópico y reaccionario de todo tipo de reformismo para solucionar los problemas humanos) y la inconciencia de clase del proletariado, concretizada en la falta de organización del proletariado en partido, en fuerza revolucionaria mundial.

Resulta esencial analizar dicha contradicción, pues es en ella que se inserta la práctica revolucionaria.

 

De más está decir que los elementos que subrayamos abajo “ordenadamente” son inseparables y se mezclan entre ellos, sólo los hemos ordenado para expresarnos.

- Lo primero que nos parece cualitativo es esa constitución del proletariado en clase (4), su organización en asambleas territoriales en contraposición a los poderes del estado. Asambleas de piqueteros, luego asambleas de barrio, pero que además,  en muchos casos centralizan, o al menos se coordinan, con otras estructuras como la asambleas de algunas fábricas, imprentas, trabajadores en lucha, estructuras barriales, servicios (con el notable caso de los “motoqueros”), sector público y también realizan asambleas de asambleas, coordinadoras, etc. Esto tiene una importancia decisiva, pues marca una ruptura no solo con las ilusiones individuales e individualistas, que derivan directamente del mercado y su imagen espectacular, sino también en cuanto a la salvación profesional o por gremio o categoría. La catástrofe de la sociedad capitalista hace que todas las promesas de un futuro seguro se hayan hecho añicos y que solo organizado como clase el proletariado pueda aspirar a defender sus intereses más inmediatos. Esa organización del proletariado en clase está marcando, no una conciencia explícita de su necesidad de actuar como fuerza proletaria, pero al menos una conciencia implícita, de que solo no se va a ningún lado, de que tampoco le sirve unirse como trabajador de tal o cual rama, de que excluidos e incluidos (según la separación ideológica de la burguesía) si no se unifican están jodidos (5). Justamente es esa unificación territorial, entre mujeres y hombres, desocupados, trabajadores, jubilados, pensionistas, empleados, estudiantes... que constituye un elemento excepcional.

- Eso determina un segundo elemento cualitativo, las estructuras asociativas del proletariado se constituyeron directamente asumiendo los problemas generales, los que conciernen a toda la comunidad que entra en lucha. Todo tipo de reivindicación sectorial, categorial, sindical,... resultaba ridícula, lo que limita mucho la acción contrarrevolucionaria de diferentes aparatos del estado (poderes municipales, partidos, sindicatos, instituciones, ongés,....), destinados precisamente a canalizar y encausar legalmente los descontentos. O dicho de otra forma, como la estructuración del proletariado como clase del capital se basa en aquella separación (y todos los aparatos de dominación están previstos para dar respuesta en base a dicha separación), la unificación territorial implica siempre históricamente un salto de calidad en la organización del proletariado como clase contra el capital.

- Ahora bien, esa generalidad no es una generalidad abstracta como la generalidad democrática expresada por un gobierno, un partido o la televisión, en nombre del pueblo o la nación, que se basa en la renuncia consciente o inconsciente a sus propios intereses particulares. Por el contrario, en esa unidad en la acción, que se produce en Argentina, nadie renuncia a nada; por primera vez en la vida, muchos actúan en función de sus propios intereses particulares y es en la parte que encuentran los intereses del proletariado todo, que prácticamente se identifica con los intereses orgánicos del proletariado como totalidad en lucha. En cada barrio, en cada piquete, en cada fábrica, en cada empresa ocupada, se vive la necesidad de asumir el hacer, el luchar, el discutir... de una lucha que se siente por primera vez única, en cada parte comienza a vivirse la lucha como generalidad orgánica.

- La producción material en función de las necesidades de los que luchan y de la lucha misma (ejemplo panaderías, huertas, ...), la organización barrial de servicios totalmente desertados por las estructuras del estado, y que resultan indispensables para la lucha, como por ejemplo los servicios de salud, la puesta al servicio del movimiento de algunas empresas ocupadas (imprentas), constituye también una importante afirmación revolucionaria del proletariado que esboza, todavía en forma elemental y burda, lo que podría ser una sociedad en donde, al fin, no sería el mercado y la tasa de ganancia que dirijan todos los aspectos de la producción material, sino la dictadura de los productores y la de sus necesidades humanas. Claro está, que es sumamente difícil mantener este tipo de práctica a largo plazo, especialmente fuera de un período de lucha abierta y que por otra parte, dada la importancia actual de la ideología gestionista en Argentina, con las ideologías de trueque, la autogestión, y de “no lucha por el poder”, hace indispensable una crítica permanente acerca de la posibilidad de cambiar la sociedad sin destruir la dictadura mercantil (b).

- Todas esas estructuras, por las cuales el proletariado se afirma como fuerza social, se asumen en contraposición al poder de la clase dominante y como tales actúan. El hacer y no delegar, el actuar como necesidad vital y sobre todo el actuar como fuerza contra el estado, es el elemento unificador. La acción directa aparece así como una cuestión de vida o muerte, como el objetivo explícito de todas esas asambleas.

- Pero simultáneamente, ese pasaje a la acción pasa por la discusión, pasa por la reunión, pasa por asumir que no se puede confiar más en nadie, sino en “nosotros mismos”. Ello implica un proceso de negación de todas las estructuras de autoridad y gestión de la sociedad burguesa, de todo la estructuración de la dominación democrática. El descontento generalizado se transforma en capacidad de actuar y pensar colectiva y unitariamente. En cada barrio se organizan forum, charlas, formaciones, cursos, para lo cual se ocupan locales y predios desafiando a la propiedad privada y las estructuras jurídicas que la protegen. En ese hacer teórico práctico hay una crítica implícita de la delegación, del parlamentarismo y hasta una crítica incipiente de la democracia.

Merecen una especial mención, por su carácter contradictorio, los deseos expresados de horizontalidad, de “democracia directa”, de lucha contra el verticalismo, de bases contra direcciones. Por un lado expresan la crítica a los sindicatos y partidos, y en ese sentido una ruptura embrionaria con todo el espectro político, así como una estructuración de comunidad de lucha que se va afirmando y busca formas adecuadas a su desarrollo, pero por el otro una fetichización de las formas de decisión, como garantías en sí. Al respecto debe señalarse que esa misma fetichización sobre la forma, la ideología de la democracia de base, mantiene encandiladas, en muchas partes del mundo, a las masas proletarias en formas horizontales de decisión, impidiéndoles ver que lo importante es el contenido de la decisión y no su forma, la perspectiva y dirección del movimiento y no que la misma sea adoptada por una mayoría o una minoría, que jamás podrá garantizar nada. Por eso es indispensable analizar, al menos someramente, la otra cara de esas asambleas.

3. La otra cara de las asambleas


Todas las afirmaciones del asociacionismo proletario contra la dictadura del capital no se asumen nunca por lo que son, nunca se pone en el centro el antagonismo capitalismo o revolución social. La falta de teoría comunista, de perspectiva revolucionaria, de crítica a las bases mismas de la sociedad mercantil, encierran al movimiento en el empirismo más chato, en el concretismo, en el inmediatismo, en el realismo, en el posibilismo, en el apolitismo. A falta de contenido, el “hacia adonde ir” cede el lugar en las asambleas al “como ir”, la forma de decidir es considerada mejor garantía que el contenido mismo de la decisión. La idealización de lo concreto impone su dictadura sobre la perspectiva: “no discutamos de política”, “hay que hacer cosas concretas”. El endiosamiento de la democracia directa y la horizontalidad liquidan el contenido de las decisiones en nombre de la forma: solo es importante que “todos decidan”, “que todos opinen”, ... se busca la garantía en que “nadie hable demasiado”.

La crítica que se realiza de los partidos, sindicatos y otras estructuras del estado se reduce también, por esa vía, a una crítica de forma: se los critica por ser burocráticos, corruptos y muy pocas veces por representar a la clase enemiga, por ser partidos y sindicatos del capital, del estado burgués.  No se ve que la gigantesca putrefacción de las fracciones políticas, sindicales, judiciales,... de la burguesía argentina son la expresión misma de la pudrición del sistema social capitalista. Por eso se buscan garantías en el control político ciudadano. Se considera que la decisión tomada por las bases es una garantía en sí, desconociendo que el capitalismo también se impone por medio de esa decisión democrática de todos, que las imponentes condiciones de explotación impuestas por el sistema solo pueden destruirse atacando las bases mismas de la producción de mercancías.

Peor, al pretender oponer democracia contra burocracia, se desconoce que la democracia y la burocracia siempre funcionaron juntas, que toda democracia, incluso de base, produce burocracia, que todo sistema electivo basado en el individuo democrático produce necesariamente el individuo burocrático. Pedirle a la democracia que liquide la burocracia equivale a pedirle, a la empresa capitalista que salve a la humanidad y olvide su esencia (el lucro).

La totalidad de la crítica antiburocrática se queda así empantanada en la cloaca democrática, en la mísera y putrefacta ideología burguesa del individuo controlando mayoritariamente a sus representantes, del ciudadano intentando que el dirigente político no se pudra. La ausencia de visión social hace predominar el formalismo político. Cómo no se afirma un programa social abiertamente revolucionario, no queda más remedio que caer en la solución política: el democratismo, el control político de todo y en última instancia la apología de la base, de la mayoría (o la unanimidad).

La democracia, que es el modo de organización de la sociedad capitalista y de la dictadura del capital, cuya fuerza consiste en la disolución de toda fuerza o proyecto histórico antagónico en el individuo atomizado, no puede servir al proletariado en su lucha, ni como método de organización, ni en tanto que perspectiva (ideologías del socialismo democrático) (6).

Abramos un pequeño paréntesis histórico al respecto, para recordar que sobran los ejemplos en que mayorías controladas por todos adoptan decisiones contra los intereses del movimiento y, también, en que minorías revolucionarias asumen decisiones que hacen avanzar a todo el movimiento. Más aún, ningún movimiento revolucionario ha avanzado, ni puede avanzar, sin la audacia de minorías que asumen orgánicamente los intereses de la totalidad, sin actos inconsultos de proletarios de vanguardia que se organizan conspirativamente, sin militantes que a contracorriente afirmen el carácter proletario y revolucionario de una lucha en donde predominan las ilusiones democráticas, sin quienes indican y asumen el camino insurreccional en asambleas o soviets en donde dominan las ideas de pacificación social o de asambleas constituyentes.

La ideología de la democracia de base, de la democracia directa, del control democrático asambleario, del horizontalismo(que no solo es predominante en la Argentina sino que hoy es dominante en todo el mundo, incluso en ambientes de lucha)impulsa a decidir en función del mínimo común denominador, que es necesariamente burgués y reformista, y tiene por resultado objetivo el aislamiento de las minorías que actúan en ruptura con la ideología dominante. Los planteamientos revolucionarios, en este contexto democratista, pasan, claro está, por ser “demasiado teóricos” o “abstractos”. En dicho marco predomina el reformismo más chato bajo la forma de gestionismo de lo cotidiano. Las cuestiones centrales de la vida humana, bajo la dictadura del capital, y la consecuente necesidad de revolución social son evacuadas en nombre de la unidad, del “ser prácticos”, de que “no se trata de tomar el poder sino de desarrollar un contrapoder”, de “que hay que hacer cosas concretas y no discutir de política”. Como siempre en la historia, la teoría contrarrevolucionaria, presentada como nueva, se concentra en liquidar lo más importante de la perspectiva revolucionaria: la cuestión del poder, la cuestión de la revolución social. 

Suponemos que el lector comprenderá, entonces, que la importancia, que le hemos dado a las discusiones sobre la lucha de clases en Argentina, reside en el hecho de que las mismas trascienden de lejos lo planteado en ese país e inevitablemente se plantearán todavía con más fuerzas en otras latitudes.

4. La cuestion del poder


Evidentemente, en todo ese proceso, el proletariado afirma una relación de fuerzas, un poder que se sitúa contra el poder de la sociedad burguesa. La cuestión del poder es, evidentemente, clave en la lucha histórica del proletariado en todas partes del mundo. Vemos que en Argentina, dicha cuestión cristaliza todos los problemas históricos de nuestra clase: falta de teoría revolucionaria, falta de dirección, de perspectiva.

Todas las concepciones dominantes sirven, evidentemente, para camuflar, desviar, llevar hacia callejones sin salida, la potencia y fuerza desarrollada por el proletariado.

Contra la izquierda burguesa (contra la socialdemocracia, es decir contra el leninismo, contra los stalinistas y su variante trotskista, contra la ideología de los grupos guerrilleros marxistas leninistas o/y nacionalistas), los comunistas siempre afirmaron que no se trata de tomar el poder del estado sino de destruirlo (c), que no se trata de ocupar el estado burgués y gestionar el capitalismo, como hicieron los bolcheviques (y como teorizó luego el marxismo leninismo), sino por el contrario se trata de destruir el estado y el capital. La revolución del proletariado no es, para los revolucionarios, una revolución política, consistente en ocupar el estado y gestionar el capital, sino bien por el contrario, es una revolución social, que se afirma como poder, como potencia social contra la sociedad mercantil y el estado capitalista. Si la clave del capitalismo es la dictadura del valor valorizándose, la clave de la transición, es la dictadura del proletariado aboliendo el trabajo asalariado; o dicho más globalmente, la dictadura de las necesidades humanas contra todas las leyes mercantiles, hasta la abolición de la mercancía misma y la instauración de la comunidad humana mundial.

Ahora bien, otros sectores de la izquierda burguesa, que históricamente se han autodenominado libertarios o autónomos y hoy se identifican como postmodernos, markistas (por el subcomandante Marcos), alternativos, o altermundialistas , repiten ese abc. Pero no lo hacen para afirmar la necesidad de una revolución social que destruya el capital y el estado, sino por el contrario, para oponerse a esa revolución, en nombre de una rebeldía, que no tiene por objeto la destrucción del poder del capital. Consecuentemente desconocen o niegan que solo el desarrollo de la fuerza destructiva revolucionaria puede, al mismo tiempo, organizar una nueva sociedad. Como resumía el compañero que citamos antes, hoy está de moda decir: “no somos revolucionarios, sino rebeldes sociales, ‘no queremos tomar el poder sino hacer otro poder desde abajo...’ sub-comandante Marcos”.

Evidentemente, esa teoría contra la revolución, como todo lo que produce material e ideológicamente el capital, se presenta como nueva (la moda de lo nuevo, como en todas las otras mercancías, es inherente a la fase actual del capital), diciendo que ya está superada la “vieja” contraposición entre reformismo y revolución. No se necesita ser ninguna lumbrera para reconocer, detrás de esa supuesta superación, a la vieja y putrefacta teoría reformista, utilizando para la ocasión nuevas y variadas formulaciones. La clave de la misma sigue siendo esencialmente la misma: la afirmación de que se puede cambiar el mundo poco a poco, sin revolución social, sin destruir el capital y el estado. En otras palabras hacen propaganda contra la revolución diciendo que la misma no es necesaria para “cambiar al mundo”.

La teoría de estos contrarrevolucionarios (pues explícita o implícitamente lo son) se expresa hoy diciendo que se puede “cambiar el mundo sin tomar el poder”, según el ultra citado título del libro de un tal John  Holloway. Dicha corriente de pensamiento, que sostiene que la guerra de clases se terminará sin que sea necesaria la dictadura del proletariado (aunque implícitamente desconocen la guerra de clases), ni la consecuente destrucción de la dictadura del capital, con la que simpatiza toda la socialdemocracia, pues expresa lo que este partido histórico siempre representó, tiene como principales representantes a Tony Negri, Hardt, Holloway, el comandante Marcos y sus seguidores, así como una serie de grupos (como el colectivo Situaciones de Argentina que criticamos en un número anterior) en diferentes países del mundo. La terminología que utilizan es la que es la usada por el espectáculo de los medios  autodenominados alternativos: autogestión, dignidad, multitud, red difusa, contrapoder, economía alternativa, horizontalidad, etc.

Por supuesto que no se trata solo de teorías o de ideas sin importancia, sino que tienen un peso social. En efecto, en la medida que el proletariado ha ido rompiendo con el encuadramiento politicista y populista del  izquierdismo clásico (marxista leninista, trotskista,...), lo que podemos constatar en diferentes países y particularmente en Argentina, las viejas teorías reformistas, gestionistas y libertarias, en base a un buen lavado de jeta (nuevas formulas, nuevas frases, nuevas terminologías) y una buena dosis de propaganda internacional, vuelven a ponerse de moda y por lo tanto a cumplir un papel contrarrevolucionario importante. Hay evidentemente que señalar que, mientras que a los revolucionarios se los persigue, se los aprisiona y se le cierran todas las formas de difusión, ese tipo de teorías, que en el fondo anuncian que no será necesaria la revolución para cambiar el mundo, gozan de todo tipo de condescendencia en los grandes medios y hasta sus representantes se expresan en la televisión nacional o en ceremonias en las mejores aulas universitarias. Como si ello fuera poco, un tipo como John Holloway recorre el mundo anunciando su “nueva”: “se puede cambiar el mundo sin tomar el poder”. Y sistemáticamente recorre lugares álgidos de la lucha de clases haciendo propaganda a favor de esa “novedad”: Colombia, Chiapas, Buenos Aires... ¡Dicho libro fue presentado por el autor en persona en Buenos Aires en un local de los piqueteros del “MTD” Solano! ¡Si será pues importante enfrentar a tales posiciones!

En el 180 aniversario de la Universidad de Buenos Aires, en junio del 2001, John Holloway declaraba, hablando del MST en Brasil y de los zapatistas: “...Y estos movimientos, con todas sus diferencias, tienen en común el hecho de que no están tratando de conquistar el poder estatal, ni militarmente, ni por medios electorales. No conciben la violencia como un medio de transformar el mundo. Y que sus actos no son clandestinos, sino desafíos abiertos al poder”.¡Cómo si fuera una virtud moderna la no clandestinidad, edulcorada además, con una guiñada al legalismo! ¡Cómo si Benstein no hubiera sido criticado! ¡Cómo si fuera original concebir la transformación del mundo, sin la violencia revolucionaria!

 

Nosotros no conocemos mucho esos autores a la moda y nos costó un buen esfuerzo tragarnos ese inmundo tratado de la conservación social, que es el libro del Sr. Negri, para publicar aquí los comentarios y extractos que el lector puede encontrar en este mismo número. Por lo mismo, no encontramos quien estuviera, entre nosotros, decidido a leerse la mierda del libro de Holloway; por lo que habiendo encontrado una crítica, que nos parece buena y valiente, la reproducimos aquí, incluso sin conocer la fuente, ni al autor y a pesar de constatar problemas y diferencias con el mismo (7).

Todos esos planteos, contra la lucha por el poder, se basan en la teorización de las debilidades del proletariado. Por ejemplo, se toma la crítica que el proletariado ha comenzado

«Las viudas de la revolución»    raúl abraham

Tristemente, con la apatía de los vencidos, culmina sus caóticas pá­ginas el libro de moda entre la pequeña-burguesía bienpensante y culposa: ¿”Entonces, cómo cam­biamos el mundo sin tomar el po­der”? se pregunta, “Al final del li­bro como al comienzo, no lo sabe­mos”. Se responde, faltaba más. Empalagosamente John Holloway abrió su exposición en Rosario: “El capitalismo es una mierda”, dijo, y una claque de alegres anticapitalistas lo ovacionó. ¿Qué duda cabe? No por sabido el dicho deja de ser efectivo. Queda bien decirlo, y - sobre todo - no jode a nadie, principalmente a los capita­listas, quienes ocultan pudorosa­mente los potentes orgasmos que les sobrevienen cuando escuchan las críticas éticas al capitalismo. Nada suena mejor a los oídos del capital como una crítica de este tipo: el capitalismo corrompe, el capitalismo mata, el capitalismo es una mierda. Tamaña acusación resbala sobre las curtidas concien­cias de quienes efectivamente co­rrompen y matan. Los asemeja a una fuerza de la naturaleza, y los empareja con cualquier otra for­ma de organización social: cier­tamente el esclavismo no fue (es) mucho mejor.

Previsiblemente Holloway calló (no por ignorancia, afirmo) que el capitalismo frena el desarrollo de las fuerzas productivas, que expul­sa trabajadores, condenándolos a no a ser separados de su produc­ción, sino lisa y llanamente a retro­ceder a formas pre-capitalistas de producción, y - last, but not least - que el capitalismo está destru­yendo las condiciones materiales de reproducción de la existencia de la humanidad, serruchando la rama en la cual estamos todos alo­jados: el planeta Tierra.

Posiblemente Holloway descali­fique esta forma de presentar las cosas: se sabe, demostrar con el rigor de los números que la irra­cional forma de producción y apro­piación del excedente lleva a la barbarie es muy largo, tedioso, y requiere de complejos estudios en disciplinas áridas como la econo­mía y otras igualmente aburridas. Mucho más rápido y efectista es revelarnos que “el estado no baila, el estado no ríe”. Se refería, claro, a que los hombres sí podemos ha­cerlo. Notable comprobación, so­lamente tras largos años de estu­dios en venerables universidades europeas se llega a tales extremos de sabiduría. O tal vez después de escuchar las profundas reflexio­nes del sub-comandante Marcos, quién convenció a Holloway de que “preguntando caminamos”. Nada en contra tendríamos que decir a esto. Lamentablemente el docto irlandés, quizás bajo los efectos de una sobredosis de mezcal, escuchó al sub-comandan­te, pero no miró alrededor. Mar­cos - cuya producción teórica es, cuando menos, bastante superfi­cial - opera como el sumo sacer­dote de la “nueva revolución”, y -como todo sacerdote - intenta sal­var almas, aún a costa de la propia. De tal modo que postula el viejo principio del “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”: ¿Qué otra cosa, sino construir un aparato es­tatal, están haciendo en Chiapas? Con las particularidades que cada situación propone, pero tratando de dar respuesta al par de preguntas fundamentales que debe contestar quién pretenda construir poder, contrapoder, o antipoder: ¿Quién, y cómo, organizará la producción, circulación y distribución de bie­nes y servicios en una sociedad?

Estas cuestiones el irlandés las ig­nora, lo que de por sí es malo, o las desprecia, lo cual es peor. Para Holloway todo se reduce a que los revolucionarios del siglo XX - to­dos - estaban equivocados. Porque perdieron. También alguna infe­rencia sobre su escala de valores podría hacerse, pero no es el obje­tivo de esta nota. Es olímpico el desprecio que siente el irlandés por la fuerza descargada por el ca­pitalismo sobre todas las experien­cias revolucionarias, sin ocultar sus falacias, Dios nos libre. Para mitigar el dolor que el fracaso de las revoluciones del siglo pasado le produce, Holloway ensaya ex­plicaciones históricas capciosas. No otra cosa es sugerir un posible paralelismo entre las transiciones del feudalismo al capitalismo, y una hipotética construcción del so­cialismo entre los “intersticios” del modo de producción capitalis­ta. Estas “grietas” del sistema se­rían así susceptibles de ensanchar­se, y convertirse en las grandes alamedas, dónde - más temprano que tarde - pasará el hombre nuevo, redimido de las lacras individua­listas. ¿Será esta la “vía hollowayniana al socialismo”?

Es ciertamente tierno, suena hasta bucólico: una nueva Arcadia nos espera, en la que yacerá el león junto al cordero. Lamentablemen­te, la experiencia, sin pretensiones de análisis marxista, indica que por lo general el león se come al cor­dero, y, si en algún momento de­muestra cierta vacilación es sim­plemente por que está eligiendo con qué salsa lo va a adobar. Al respecto, quizás convendría recor­darle a Holloway la fábula del es­corpión y la rana: “está en mi natu­raleza”, dijo el escorpión, mien­tras se hundía en el río, después de picar al crédulo batracio. Tampo­co estaría de más que reflexionen sobre esto ciertos líderes políti­cos sudamericanos prontos a triun­far en elecciones organizadas por el sistema para encontrar una sali­da al rendimiento decreciente de la tasa de ganancia.

Tal vez en la imaginación de Holloway subyace una forma de organización social de pequeñas comunidades, autosuficientes, que trocan productos con otras simila­res en pie de igualdad. La poderosa irradiación de su ejemplo obraría como excitante para que más y más grupos humanos se organicen de esta forma, y al final del proceso nos encontraríamos en un mundo cambiado, sin haber “tomado” el poder. Para Holloway nada ha pa­sado desde Saint-Simón hasta nues­tros días, pero en esto hay que reconocer que no está sin compa­ñías: a fuerza de ser tan pos-mo­dernos algunos filósofos, por lo general franceses, han logrado ser pre-modernos, y a fuerza de dis­cursos herméticos - cuánto más inentendible mejor - la emprenden contra la ciencia y su, por otra parte, solapada ideologización. Rompiendo lanzas contra el neo-positivismo propician el retorno de los brujos. Buena manera de arrojar al bebé junto con el agua sucia.

Muchas cosas oculta, o disfraza, el irlandés devenido chiapaneco. Pero entre ellas ninguna menos disimulable que su toma de postura en el debate “Reforma o revolución”. Mientras nos dice que la cuestión ha quedado superada, por que am­bas estaban equivocadas, toma partido por la primera. Está en su de­recho a hacerlo -qué duda cabe- pero el muy pillo lo escamotea, y se dice revolucionario de nuevo cuño, pero no pasa de ser un triste reformista de segunda, si le conce­demos la honestidad, cosa que tam­bién es discutible. No contento con “desmitificar” el saber revolucionario, la emprende Holloway contra el fetichismo del capital, nos recuerda la separación del productor de su producto, la enajenación que supone para el tra­bajador no dominar los medios de producción, y describe para noso­tros la alienación que este forzado divorcio supone para la psique hu­mana: ¡Gracias!

O no tanto, pues las conclusiones que infiere Holloway son perver­sas: supone que es en los espacios que el modo de producción capita­lista deja libres dónde podremos resolver la tensión intrínseca entre la forma de producción -social- y la apropiación del excedente, indi­vidual. Si algo nos dejó en claro el iracundo filósofo de Tréveris es la contundencia de sus argumentos, libre de medias tintas: la humani­dad tiene la oportunidad de reem­plazar un modo de producción irra­cional y anticientífico por otro en el que la planificación nos evite el bochornoso espectáculo de ham­bre, guerra, enfermedades y otras lacras evitables, ya que no son fe­nómenos de la naturaleza, y esto desde el punto de vista científico. Pero esta posibilidad sólo la brin­da el colosal desarrollo de las fuer­zas productivas que provocó la globalización capitalista iniciada en el siglo XVI. Sólo desde la formidable acumulación de riqueza que el capitalismo produjo se puede pensar en la construcción de un modo de producción racional. ¿O acaso alguien cree que el creador del ejército rojo apostaba al triunfo de la revolución en Alemania por simpatía personal con los espartaquistas? Indudablemente que el capitalismo ha demostrado una capacidad de supervivencia mayor a la esperada en tiempos de Marx, y que experiencias de construcción del socialismo han fracasado. Pues bien: ¡Tanto peor! Será más difícil el camino, y más dulce la recompensa, a despecho de aquellos que no se han recuperado de la  conmoción cerebral producida por los trozos de mampostería caídos del muro de Berlín, pero que du­rante años se negaron a ver que la existencia del muro, y no su caída, era la aberración del pensamiento revolucionario. El capitalismo no caerá porque alguien lo afirme, y menos estas líneas, pero muchísi­mo menos porque alguien propon­ga organizar carnavales que reivin­diquen el hedonismo.

Nada positivo saldrá del puro voluntarismo, sino del estudio de las condiciones objetivas de la for­mación económico social que nos ocupe, de la correcta apreciación de la correlación de fuerzas de cada momento, de la fuerza que apliquemos en los eslabones po­dridos del sistema, y - fundamen­talmente - de que podamos federar todas las luchas antisistémicas y apropiarnos de la riqueza que el desarrollo actual de las fuerzas pro­ductivas permite generar. Para eso deberán aunar esfuerzos todos les actores sociales involucrados con­tra el capital, articular las alianzas de clase necesarias, y -críticamente - dictar un programa de organización de la producción y distribución de bienes a toda la sociedad.

Salvo que alguien crea que el capi­talismo permitirá que la propiedad de los medios de producción cam­bie de manos sin lucha, o que la creación de “falansterios” siglo XXI terminará por derrumbar un sistema que corrompe, degrada y mata.

 Extraído de la haine, udi414@ hotmail.com

 

a realizar, en Argentina, de la democracia representativa y represiva, así como de las organizaciones izquierdistas que la defienden (nos referimos, por ejemplo, a aquellas que proclaman como perspectiva la asamblea constituyente u otras reformas democráticas). Se constata que, en esa lucha, no se habla de explícitamente de destrucción revolucionaria del capitalismo. Y estos señores, en vez de hacer la crítica de esa debilidad, hacen la apología de la falta de perspectiva que eso genera. ¡Cómo si el “contrapoder” de la calle fuese en sí una alternativa! 

Digámoslo bien neto: el contrapoder, si es algo más que un juego de palabras, solo puede existir si actúa CONTRA EL PODER del capital, si se contrapone a él práctica e insurreccionalmente. Si tiene por objetivo la destrucción del poder del capital o, dicho de otra manera, la dictadura de ese “contra poder” destruyendo prácticamente la sociedad burguesa. En caso contrario, las relaciones mercantiles, por un lado, y la ineficacia política de todo tipo de gestionismo popular frente al estado capitalista, por el otro, terminan inevitablemente por destruir ese “contra” poder, por disolverlo prácticamente en la sociedad civil. Toda la utilidad de esas teorías de “cambiar al mundo sin tomar el poder”, que prácticamente quieren decir sin destruir revolucionariamente el poder del capital, muestran toda su utilidad contrarrevolucionaria en esos momentos en que el proletariado necesita dar otro salto de calidad.

Lo que es más triste es la falta de crítica y denuncia de estas posiciones contrarrevolucionarias (evidentemente no consideramos que sea una crítica a ello la proveniente del parlamentarismo o de los planteos de asamblea constituyente), la carta blanca con la que se impone el gestionismo y todo ese discurso de moda sobre el “poder de la base” en Argentina, que repetimos, se contrapone a la indispensable revolución social. La ausencia de conciencia explícitamente revolucionaria, la falta de minorías revolucionarias, está pesando terriblemente contra nuestro movimiento. En ese sentido, el movimiento del proletariado en Argentina de 2001/2002 es efectivamente menos profundo que muchos otros movimientos proletarios del siglo XX, ya no sólo de la gran ola revolucionaria del 17 al 21, sino incluso de los movimientos de los años 66 al 73: en algunas ciudades de Estados Unidos, en China, en Italia, en Francia, en España, en Perú, en Chile, en Uruguay, en la propia Argentina, así como unos años después en varios países del Medio Oriente, en donde la revolución social se planteó abiertamente, y minorías, más o menos claras, pero con incidencia social, intentaron llevarla adelante.

Aunque no desconocemos para nada la conciencia implícita del movimiento, que ha hecho posible todo lo que el proletariado fue afirmando y que hemos intentado subrayar, se impone constatar que es terrible la inconsciencia de clase del proletariado,

La Universidad de las Madres

Las Madres de Plaza de Mayo ahora asesoran a empresas ofrecen consultoría gratuita en marketing y negocios a fábricas autogestionadas. Empezaron a partir de un pedido de ex empleados de Cerámicas Zanón. Actualmente están capacitando a ex trabajadores de Bruckman y de Supermercados Tigre.

“Hay tres principios que cualquier proyecto económico tiene que respetar: ser rentable, productivo y eficiente.” La definición no corresponde a un ejecutivo de una multinacional o a un consultor de empresas, sino a Sergio Schoklender, el apoderado legal de las Madres de Plaza de Mayo, que hace unos meses comenzó a asesorar a las fábricas autogestionadas, por medio de  una asociación civil bautizada Rebeldía y Esperanza.

Como si se tratara de una consultora de negocios, aunque en forma totalmente gratuita, la asociación hoy ofrece un servicio integral de asesoramiento a este tipo de fábricas. Sus servicios incluyen desde la capacitación para las fábricas que quieren dar sus primeros pasos como exportadores hasta servicios de marketing y contaduría, pasando por consultoría en desarrollos industriales y hasta el diseño de las marcas y logos. Este tipo de servicios los ofrecen a través del cuerpo de profesionales que conforman el plantel docente de la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo y  trabajan totalmente ad honórem.

“Comenzamos de casualidad, a partir de un pedido de la fábrica de Cerámicas Zanón, que hoy se encuentra bajo gestión obrera. Ellos se contactaron con nosotros porque necesitaban colocar sus productos y no tenían la cobertura legal para facturar ni la estructura administrativa”, señaló Schoklender.

 El primer paso que dio Rebeldía y Esperanza, que se constituyó como una asociación civil sin fines de lucro, fue otorgarle la posibilidad a Zanon para que facture por cuenta y orden de la entidad, y a través de esta modalidad la fábrica de cerámicos pudo retomar algunos de sus canales tradicionales de comercialización.

 “La operación más importante que concretamos fue el acuerdo para proveer, a través de un distribuidor, a la cadena Easy”, sostiene Schoklender. “El acuerdo que tenemos es para venderles 140.000 m2 de cerámicos, lo que representa $ 1,5 millón mensuales, y lo importante es que es la primera vez que una fábrica autogestionada coloca sus productos en una multinacional”,agregó. Para volver a ganar mercados, Zanón lanzó dos nuevas líneas de productos: Piedras del Sur y Fasinpat (Fábrica Sin Patrones), y su próximo objetivo es comenzar a exportar parte de su producción. “Estamos dando los primeros pasos en este sentido, aprovechando la red de contactos internacionales que tienen las Madres”, reconoció Schoklender.

El apoderado legal de Rebeldía y Esperanza aseguró que el próximo proyecto en el que ya están trabajando es armar una propuesta para presentar ante la Justicia y de esta manera levantar el concurso de acreedores que arrastra la firma.

 Schoklender señaló que además de Cerámicas Zanón están trabajando con otros proyectos de asesoramiento empresarial, con la única condición de que se trate de fábricas autogestionadas o bajo control obrero.

“Estamos colaborando con los trabajadores de Bruckman en el reacondicionamiento de algunas máquinas que están en desuso y también asesoramos a los ex empleados del Supermercado Tigre que están intentando reabrir el negocio”, señaló Schoklender.

 Por Alfredo Sainz De la Redacción de LA NACION

 

el desconocimiento del programa revolucionario, la falta de crítica abierta y explícita a la sociedad mercantil (que se refleja en toda la ilusión acerca de la economía alternativa) y especialmente la falta de presencia de la teoría revolucionaria con respecto al estado. Es patente este hecho cuando las discusiones dominantes siguen siendo entre la teoría reformista de la toma del poder y la teoría reformista de la no toma del poder, sin que se afirme contra todo eso, la teoría revolucionaria de la destrucción del poder burgués.

Décadas de contrarrevolución internacional, ruptura de la relación orgánica y teórica con respecto a la revolución del pasado, decenas de miles de militantes masacrados por el terror del estado o destruidos por el aislamiento sufrido durante la “vuelta a la democracia”, están pesando profundamente, como no podía ser de otra forma, sobre todo el movimiento del proletariado en Argentina. Por eso se habla más de cómo gestionar la empresa ocupada que de cómo hacer la revolución, y hasta la Universidad de Las Madres de Plaza de Mayo se ocupan de ¡hacer rentable las empresas autogestionadas! Cualquiera sean los argumentos para este sometimiento a las leyes despóticas del capital, es importante decir que, para nosotros, ello confirma lo reaccionario de todas las ideologías acerca de la economía alternativa y el “contrapoder”. Si no se imponen las necesidades de extensión y radicalización del movimiento contra la dictadura del capital, esos supuestos “espacios de libertad” terminan sometiéndose a ella y todas las relaciones humanas vuelven a ser sometidas a la ley del valor. El círculo se cierra y la autogestión muestra su verdadera e invariante función histórica: frenar el proceso revolucionario, cuando el estado burgués está desorganizado, contribuir, en los momentos decisivos de la batalla, a hacer diversión dentro de los sectores radicales del proletariado, desgastarlo en una actividad productiva que, más tarde o más temprano, se somete a la dictadura del valor, aislar a las fracciones radicales del proletariado, permitiendo, así, que el estado burgués se reorganice y pueda reprimir selectivamente.

5. Otras tácticas estatales contra el movimiento


Simultánea y complementariamente, el estado utiliza otras tácticas para liquidar el movimiento del proletariado. Nos parece indispensable mencionar aquí el significado real de la reciente anulación de las leyes de impunidad (así como los esfuerzos estatales para suprimir los escraches, los piquetes...), que habían sido aprobadas durante los gobiernos anteriores, pues este punto puede permitirnos aclarar mejor todos los otros.

Indudablemente, solo quien es cómplice de nuestros torturadores y de los asesinos de nuestros hermanos, puede no sentir alegría ante el hecho de la liquidación de las leyes de impunidad. Pero inmediatamente hay que dejarse de especular sobre los personajes del estado y su mayor o menor corrupción (¡Menem, Alfonsin, Kischner, De la Rua,... son la misma bosta!) y saber que quien hizo esto fue el estado burgués, el mismísimo que hizo las masacres y que votó y refrendó la impunidad. Si, se nos dirá “¡se lo arrancamos en la lucha!”. Y es verdad, la lucha contra la impunidad, y particularmente la fuerza de los escarches, terminó por producir dicho resultado. Pero, aunque el estado lo haya hecho, porque no tenía más remedio, es él quien decide formalizar ese resultado, y por supuesto que no lo hace para negar su función esencial de dominación, sino para reimponerla, para volver a imponer su monopolio de la violencia: solo el estado puede juzgar y perdonar. Es el estado que formaliza jurídicamente esa correlación de fuerzas que los escraches han logrado imponer en la práctica. Y lo hace porque espera, de esa manera, ganar lo que ha perdido de autoridad en la calle. El objetivo de ese paso jurídico, que el estado hace, es, sin lugar a dudas, el canalizar la bronca dentro de los aparatos del estado, debilitar la acción directa que desarrolla la condena social y, en última instancia, liquidar lo que más teme: los escraches. Por ello sigue afinando, simultáneamente, los mecanismos represivos de ese tipo de acción proletaria. Una vez más la zanahoria y el garrote buscan liquidar la acción directa. 

En el movimiento, si bien, todos expresan la alegría, porque a todos nos parece bien que un torturador y asesino de nuestros hermanos se pudra en la cárcel, muchos desconfiamos del festejo, también desconfiamos de que los dejarán pudrir en las cárceles y llamamos a estar alerta y a continuar con los escraches. Nos alegró ver, en diferentes discusiones compañeras, posiciones sumamente claras al respecto, tanto de algunos compañeros de HIJOS, como de compañeros de comisiones de escraches de asambleas de barrio: “claro que nos alegra que vayan en cana, pero nosotros no luchamos por ello sino por la condenación social y seguiremos luchando por ello”. Los torturadores y desaparecedores tienen mucho más miedo al aislamiento social, miedo a vivir el desprecio en cada lugar público, repudiados a veces por su propia familia, a quien siempre le habían ocultado su nefasta función social, miedo al escándalo y la vergüenza, miedo a tener que vender todo y mudarse intentando vivir en otra parte encubiertos hasta que los escrachen otra vez, miedo a terminar en el asilo de locos, miedo a que sigan saltando y se conozcan más detalles de sus crímenes, miedo a todo ser humano... Hasta para alguno de los asesinos, la condenación jurídica puede aparecer como un alivio, en la medida que se delimita en el tiempo y en el tipo de condena (la prisión) el castigo. Incluso esto se corresponde con la ideología y religión dominante, así como con los objetivos del poder judicial: se paga por los pecados, se cumple la pena por los delitos. En cambio, la condenación social, impuesta en la lucha, no tiente límites, como no la tiene la desaparición de nuestros hermanos. No hay olvido, no hay perdón, no hay pena que pague, ni perdón divino por rezar. Además, en la condena social, el proletariado no solo desarrolla su fuerza, implicando a todos los vecinos, lo que lo hace socialmente más potente, sino que además su potencia se hace más destructiva eliminando esa inmunda vida de torturador encubierto. En ese sentido, la continuidad de la lucha contra la impunidad establece una correlación de fuerzas con los actuales órganos represivos del estado, que les impide actuar sin la impunidad necesaria. Y los burgueses más lúcidos saben bien que eso carcome las fuerzas represivas en Argentina, o en cualquier otra parte, lo que en última instancia puede contribuir a su destructuración y, finalmente, a su liquidación revolucionaria.

Recíprocamente, en países en donde la lucha contra la impunidad no tuvo esa fuerza, como en la España postfranquista, los escuadrones de la muerte y otras formas represivas siguieron y siguen desarrollándose democráticamente con gobiernos socialistas y populistas: el aparato represivo del franquismo siguió modernizándose, los socialdemócratas también hicieron escuadrones de la muerte y hoy las cárceles españolas con sus terribles FIES, servicios especiales de aislamiento, son consideradas, por los presos, como verdaderos centros de exterminio.

Resulta importante saber que la lucha en Argentina contra la impunidad, los escraches, han sido ejemplo para el proletariado de muchos países. Si el gobierno de Kischner deroga las leyes que consagraban la impunidad es porque con ello no solo la burguesía y los milicos argentinos piensan que dormirán mejor (aunque alguno sea condenado) sino porque con ello se trata de parar la generalización e internacionalización del escrache y que puedan dormir tranquilos otros burgueses, otros represores,... en otras partes del mundo. ¿Porqué sino los medios de difusión internacional, siempre cómplices de la represión y el terrorismo de estado, hubiesen hecho la propaganda que hicieron acerca de aquella derogación y aplaudido tanto que todo se encamine hacia “la solución democrática”?

Volviendo a la Argentina, hay que señalar además que al mismo tiempo, el plan de pacificación social incluye reprimir a los proletarios consecuentes, denigrando los escraches y los piquetes. No debe extrañarnos, entonces, que la burguesía argentina considere que el derecho humano fundamental sea hoy ¡el de desplazarse! y se acuse a los piquetes de fascistas, ni que se diga que, ahora que los desaparecedores y torturadores serán jurídicamente condenados, los escraches son antidemocráticos, que es fascista que la  justicia se haga en la calle y que hay que confiar en la justicia democrática. ¡Bush no dice otra cosa para justificar las actuales masacres en todas partes del mundo!

6. Futuro del movimiento en Argentina


Todo conspira contra la continuidad, radicalización y extensión de la lucha del proletariado:

- El terrorismo del estado democrático contra los piquetes, los escraches, combinado con tácticas de formalización jurídica, ilegalización y represión de los más consecuentes.

- La negación ideológica del carácter clasista del movimiento en Argentina por organizaciones de ese país y del mundo que aíslan la lucha proletaria en ese país, estableciéndose un verdadero cordón sanitario internacional.

- La pérdida de autonomía clasista de todas las organizaciones de lucha y su recuperación por parte de sindicatos y partidos.

- La propia inconsciencia de clase del proletariado, de que no se trata de un problema local, ni inmediato, sino cada vez más histórico e internacional.

- El politicismo y la capacidad de la socialdemocracia para canalizar el movimiento hacia reformas políticas, como ahora con el supuesto fin de la impunidad, el parlamentarismo, la asamblea constituyente, etc..

- El mercado capitalista, sus leyes y la ideología autogestionaria.

- El peso del reformismo tipo Marcos, Tony Negri, Holloway y consortes y las consecuentes ilusiones de cambiar el mundo sin revolución social.

- La ilusión de considerar los problemas como argentinos y frutos de la corrupción y no como problemas internacionales de la contraposición de clases, de la contraposición entre preservación del orden burgués o destrucción revolucionaria.

-  Y sobretodo su aspecto más caricaturalmente reaccionario: el peso del nacionalismo y las banderitas argentinas.

Es extraordinario lo que el movimiento del proletariado en Argentina ha aportado, en la fase actual, a la lucha internacional. No tenemos dudas que el asociacionismo territorial, el piquete y diferentes formas de escrache caracterizarán las luchas más consecuentes, que necesariamente se desarrollaran en otras latitudes.

Pero como vimos los problemas son enormes, las tácticas liquidadoras son variadas y complejas y la conciencia implícita que el proletariado ha ido mostrando en Argentina es insuficiente para la continuidad y desarrollo del movimiento.

- El proletariado se ha organizado como fuerza, pero no tiene conciencia de clase, ni conoce su proyecto histórico.

- El proletariado ha desafiado la propiedad privada, pero no ha afirmado socialmente que sin destruir la propiedad privada la humanidad no puede vivir.

- El proletariado ha desafiado al estado y luchado abiertamente contra él, pero no ha proclamado socialmente la necesidad de destruirlo.

- El proletariado se ha contrapuesto prácticamente a las formas democráticas e impuesto su fuerza antidemocráticamente (es evidentemente cierto que el piquete, la ocupación de fábricas, el escrache, ... no respeta ninguna de las leyes democráticas), pero la crítica de la democracia como dictadura del capital brilla por su ausencia.

- El proletariado ha salido a la calle e impuesto su fuerza contra la mercancía y la ley del valor, lo que es una brutal afirmación revolucionaria, pero no ha gestado una dirección que reivindique el contenido de esa acción y que proclame abiertamente la necesidad de la dictadura contra el mercado y sus leyes.

- El proletariado ha afirmado su movimiento revolucionario contra toda la sociedad del capital, pero lo ha hecho solo implícitamente sin afirmar abierta y socialmente la necesidad de la revolución social.

Aclaremos un poco más esa cuestión de la conciencia implícita y explícita. En la práctica contra el capital y el estado, el proletariado ha mostrado tener una conciencia que no logra expresar con la fuerza necesaria para generalizar y profundizar su movimiento. La consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno sólo” es, evidentemente, una consigna que va mucho más allá de la política e incluso, como crítica a la democracia, es mucho más clara que las que se expresaron en movimientos insurreccionales muchísimo más potentes, incluido el de octubre de 1917 en Rusia, en donde las consignas centrales eran “pan y paz”. También lo es, en los meses anteriores a diciembre del 2001, la conciencia implícita que tiene el movimiento de que hay que reventar al gobierno, que estamos generalizando la revuelta proletaria no solo contra tal o cual político corrupto sino contra el sistema, e incluso que la democracia es una dictadura. Sin ir más lejos es lo que expresa el grupo Bersuit (¡ya en el año 2000!) en sus canciones: “se viene el estallido, se viene el estallido... de mi guitarra, de tu gobierno,... y si te viene alguna duda, che, vení agarrala que está dura, si esto no es una dictadura, ¿qué es?...” O cuando denuncia: “a todos”, “los que tienen el poder y lo van a perder”, “son todos narcos” y “váyanse todos a la concha de su madre”, “los demócratas de mierda y los forros pacifistas”, “elección o no elección, para mi es la misma mierda, hijos de puta” ...“¿y sino el sistema qué?...”

 

 Sin embargo, las carencias señaladas anteriormente pesan terriblemente contra el movimiento. Las banderas de la revolución social no se afirman claramente. Es trágico que, a pesar de la fuerza revolucionaria del movimiento, se haya denunciado tan poco la propiedad privada y la sociedad mercantil, que se haya denunciado más, a tal o cual hijo de puta, y hasta a “todos los hijos de puta”, que a la verdadera fábrica de “todos esos hijos de puta”. Que no se haya gritado lo suficiente que ¡es la propiedad privada de los medios de producción  la que asesina en todo el mundo! Es patético, que nuestros gritos no hayan tenido la fuerza de imponer la evidencia de que si no abolimos la sociedad mercantil, ésta terminará por abolir a la especie humana. Es terriblemente conservador que, en vez de hablar de revolución, se hable de cambiar la vida cotidiana sin destruir revolucionariamente la sociedad. Es trágico lo poco que se ha denunciado la dictadura del capital, la dictadura del valor, la imposibilidad de acomodar la vida a esa dictadura. Es funesto que, en vez de eso, la contrarrevolución reaparezca, en cada círculo proletario y hasta en cada fábrica ocupada; que la ideología contrarrevolucionaria se imponga conduciendo, de mil maneras, al sometimiento a la dictadura de la rentabilidad. Está faltando a gritos la teoría comunista, el conocimiento por las minorías más activas del proletariado de su propio proyecto social.

El mismo aislamiento del proletariado en Argentina es fundamentalmente un problema ideológico, de falta de afirmación teórica: ni siquiera hay conciencia de la unidad en la acción que se ha ido desarrollando. No hay ninguna duda de que, en toda la región sudamericana, la lucha del proletariado se ha ido radicalizando durante los primeros años de este siglo. En Bolivia, Perú, Ecuador, Paraguay y, en menor medida, en otros países de la región (Brasil, Chile, Uruguay) el proletariado ha desarrollado el mismo tipo de lucha, los bloqueos de ruta (los piquetes), las manifestaciones violentas, los escraches y combatido exactamente los mismos enemigos (los mismos burgueses, las mismas empresas, los mismos planes del FMI, las mismas fuerzas policiales coordinadas por el mismo centro imperial, los mismos discursos sindicales y aguantaderos socialdemócratas). Pero, como es evidente, esa verdadera unidad de acción, esa comunidad de lucha práctica y la comunidad de objetivos revolucionarios que implica no han sido explicitados por el movimiento mismo, tampoco ha habido una verdadera afirmación teórica de los objetivos revolucionarios comunes de todo el movimiento.

El argentinismo, acompañado de una especie de complejo de superioridad racista, que siempre desarrolló la burguesía local con respecto al proletariado de otros países de la región (el desprecio por el “indio” boliviano, peruano, paraguayo o incluso de la propia Argentina sigue teniendo la potencia de prejuicio socialmente admitido y los diversos gobiernos -como el de Menem- no han hecho más que explotarlos para dividir), el buscar la culpa en tal o tal “hijo de puta” (las explicaciones particulares de partidos políticos y sindicatos en donde la miseria de la gente se presenta como fruto de una corrupción o putrefacción originalmente argentina, en vez de como expresión inevitable de la catástrofe de la sociedad dirigida por el lucro) son todas ideologías que separan al proletariado en Argentina, de sus hermanos y al proletariado a secas, de la revolución social.

7. Y a pesar de todo... hay una y solo una perspectiva: ¡la revolución social!


Hay una y una sola salida: la revolución. Como siempre (aunque hoy más que nunca), la afirmación de la perspectiva revolucionaria del proletariado, contra toda la corriente, constituye un elemento decisivo de la práctica revolucionaria. Contra todas las alternativas gestionistas o/y politicistas, resulta indispensable la lucha consciente y voluntaria por la organización y centralización de las fuerzas proletarias, la dirección del movimiento actual hacia la única alternativa posible: la dictadura del proletariado para destruir la sociedad mercantil y el trabajo asalariado.

Afirmar esa perspectiva, dirigir el proceso de afirmación proletaria hacia la organización del proletariado en clase, en partido, en fuerza revolucionaria, es la tarea de los revolucionarios en todas partes del mundo.


 

Notas :

1. Esta lucha del proletariado actual se diferencia, claro está, de la lucha del esclavo de la antigüedad (¡no de la del actual esclavo que es también un proletario!) por la universalidad del capital que lo determina como clase mundial, con proyecto social para toda la humanidad. Se ha insistido demasiado en la diferencia con el esclavo, que solo podía aspirar a “dar vuelta la rueda de la historia hacia atrás” . Se admite, a lo máximo, que esa lucha podía permitirle liberarse a sí mismo, o reconstituirse en comunidad en lucha aislada y en general, en lucha interminable contra los esclavistas y luego contra el capital (kilombos, palenques, etc.). Se ha insistido mucho menos en que incluso esa posibilidad, a pesar de sus límites, era profundamente humana y determinada por los intereses materiales de esos seres humanos. Se ha ocultado sistemáticamente (¡fuerza de la concepción progresista de la historia: esos esclavos en lucha se contraponían al sacrosanto progreso y a la civilización!) que la lucha histórica del proletariado no hereda sus determinaciones de la clase “revolucionaria” y progresista que fue la burguesía, sino de la lucha histórica de todas las clases explotadas y que todavía tiene mucho que aprender de las mismas (problema de la memoria histórica).

2. Evidentemente que toda oposición entre práctica y conciencia puede ser criticada y debe ser relativizada. La práctica efectuada por el proletariado, la afirmación en la calle del proletariado en Argentina, implica un nivel de conciencia que nos parece importante subrayar, como haremos más adelante, lo que nos obliga a distinguir entre conciencia implícita y conciencia explícita.

3. Cuando escribimos estas palabras, no se había producido todavía el movimiento del proletariado, en Bolivia de octubre 2003. Creemos, que el mismo, confirma lo que aquí se dice (sí, se había producido en cambio el movimiento de febrero en ese país)

4. Podríamos subrayar el carácter relativo de esta constitución en clase, por el hecho de no expresarse consciente, ni abiertamente y no existir una verdadera constitución del proletariado en partido, y en cada uno de los puntos que sigue relativizar lo afirmado, pero insistimos en que nuestro objetivo es analizar globalmente esa contradicción.

5. Para expresarnos, nos hemos visto obligados a distinguir entre conciencia implícita y conciencia explícita. Rogamos no tomar esta distinción relativa, como un nuevo invento conceptual, o algo por el estilo, que como los lectores saben, no nos gusta realizar. Simplemente, no encontramos otra forma de expresar lo que vemos de particular en la fase actual de lucha proletaria, y nos molestaba todavía más, el quedarnos en el reduccionismo y simplismo dualista, práctica-conciencia, afirmando que la práctica es clasista y la conciencia todavía no lo es. Por otra parte este esquema era totalmente insuficiente a la hora de poner en evidencia los niveles de ruptura y de conciencia que el propio accionar proletario implica.

6. Nuestra posición al respecto ha sido expuesta en nuestras Tesis de Orientación Programática (ver tesis 11, 12, 14 y muy especialmente la 29). La misma ha sido argumentada, en varios artículos, entre los cuales recomendamos, “La mistificación democrática”, Comunismo número 32.

7. Solo a título de ejemplo y en la medida que indica concepciones diferentes señalemos que eso de que se retrocedería a formas precapitalistas es un sin sentido (se trata por el contrario del más puro capitalismo), que para nosotros la revolución no implica ninguna alianza de clases, sino todo lo contrario.

a. Ver Comunismo Nº 50 página 19.

b. Ver más adelante, así como los dos números anteriores de Comunismo.

c. Ver nuestro número especial “Contra el Estado”, Comunismo 31 y especialmente el editorial: “El comunismo como contraposición histórica al Estado”


CO51.2 Acerca de las luchas proletarias en Argentina - Tercera parte