No hay, ni hubo, ni habrá jamás capitalismo sin guerra. Si queremos impedir las guerras hay que abolir el capitalismo. No existe otro camino para llegar a un mundo sin guerra.

Para destruir el capitalismo es indispensable que la parte de esta sociedad que compone el ser explotado, y que se manifiesta como la contradicción viva a la tiranía económica, se constituya en una sola clase revolucionaria frente a la burguesía, en un solo partido, estructurando su fuerza mas allá de toda religión de toda ideología, de toda nacionalidad.

El internacionalismo es la respuesta proletaria frente a los esfuerzos desplegados por los diferentes capitalistas en competencia para sujetar a los explotados a la economía nacional y enviarlos a asesinarse detrás de las banderas de sus respectivas: naciones, regiones, frentes de liberación nacional, países socialistas, frentes antiimperialistas, pueblos oprimidos... El camino para salir de las contradicciones con las que el capitalismo intenta aislar al proletariado en paquetes, dividirlo en estados, se encuentra en el rechazo absoluto de todo tipo de enrolamiento en un campo nacional. Los explotados del mundo entero no tienen ningún interés común con quienes los explotan, y nada en las contradicciones interimperialistas puede eliminar la agravación de su situación de explotado. Nada en la pugna entre fuerzas interburguesas puede relativizar su interés de combatir sin descanso a la clase capitalista.

Para atar al proletariado a los valores patrióticos, la burguesía recurre sistemáticamente a artificios ideológicos, que intentan dar consistencia a la ficción nacional y que la burguesía vende a aquellos que domina. La investigación universitaria burguesa inventa orígenes prehistóricos a la nación, «descubre» a los primeros habitantes y rápidamente los transforma en un «pueblo» al que se trata de definir a través de una comunidad de lengua, cultura y religión. Una vez definidas esas «raíces», el historiador transforma ciertos aspectos de la lucha de clases en luchas de «liberación», enarbola héroes locales «muertos por la patria», santifica los sufrimientos de los pretendidos mártires y así queda establecido el nacimiento de la nación. La historia de las «constituciones nacionales» es así jalonada de toda una serie de leyendas que pretenden justificar la mitificación nacional, construir una unidad que tiene como única función la de ocultar ideológicamente la constitución del capital en estado y permitir, al capitalismo, la disposición de un proletariado dócil, domesticado, que acepta su condición en nombre de la unión ficticia existente entre él y aquellos que lo explotan.

Y en el juego de leyendas, cuanto más los ideólogos nacionalistas logran presentar su creación patriótica, bajo los rasgos de una pequeña víctima oprimida, clamando en alto y con fuerza las vejaciones impuestas por algún poder rival, más logran, los agentes capitalistas, inscribir las contradicciones sociales en la leyenda de la ideología nacional y constituir en torno a dicha nación oprimida un consenso nacional. «La opresión de un pueblo» es la puerta de entrada ineludible tomada por los capitalistas locales para perpetuar sus crímenes y encerrar al proletariado en la trampa de la defensa nacional.

En la realidad, no hay «naciones oprimidas», ni «naciones opresoras»: sólo hay contradicciones capitalistas, que todas las fracciones burguesas intentan ocultar para encubrir la explotación con la ficción nacional.

La «nación» se transforma en una fuerza bien real y material cuando logra que toda la sociedad civil, comprendido el proletariado, se deje embaucar y defienda su inmunda bandera, en una especie de unión matrimonial entre proletarios y burgueses, sórdida unión que permite a estos últimos enviar a los primeros al matadero en nombre de la defensa de la patria. La unión patriótica, materialización más clara e importante de la ideología nacional, es determinante para el desencadenamiento de las guerras capitalistas.

Sea cual sea la fuerza material de esta ficción nacional, en todos los casos tenemos que recordar que concretamente el explotado permanece sometido a la represión policial, a los impuestos, a la represión, a la cretinización, al trabajo, a la extorsión de la plusvalía... sea cual sea la patria en la que se encuentra encuadrado. El proletariado no tiene patria, su interés se encuentra en la unificación de sus fuerzas mas allá de las fronteras, fuera y en contra del terreno que las diferentes fracciones burguesas erigen para llevar adelante sus batallas capitalistas. La victoria del proyecto comunista, que la clase revolucionaria porta en sus entrañas, depende directamente de su capacidad de imponerse como partido internacional, como fuerza apátrida, a-nacional. Esta verdad, que afirman los revolucionarios desde que existe el asalariado, jamás tuvo más actualidad que hoy en día, y la dificultad de imponer esa perspectiva conduce a situaciones cada vez más dramáticas.

Lo que sucede actualmente en Oriente Próximo es un ejemplo espantoso de la invariable y podrida unidad entre capitalismo y guerra y de las dificultades que encuentra el proletariado para encontrar el camino, necesariamente internacionalista, de la lucha para destruir las clases. Sin embargo, las violentas contradicciones, que provoca esta situación de guerra generalizada, determina a los proletarios de los campos en presencia a buscar otras vías que aquellas en las que se trata de encerrarlos. Esas vías conducen a la lucha directa contra «su propio» explotador, a la lucha contra «su propia» burguesía, a no tirar contra sus hermanos de clase, a construir redes que permitan a los soldados de ambos campos desertar, a organizar una resistencia frente a «sus propios» oficiales, a «su propio» estado, al rechazo de toda guerra. Es decir, a la organización del derrotismo revolucionario.

En este artículo queremos subrayar algunos ejemplos que se inscriben en este camino y situarlos en una perspectiva histórica, republicando, al final de este artículo, un volante internacionalista redactado en yiddish y difundido por algunos militantes revolucionarios en plena «segunda guerra mundial», en el mismo momento en el que la polarización entre fascismo y antifascismo destruía toda unidad proletaria. Esos revolucionarios rechazaban el antifascismo y la publicidad unilateral que se daba a las atrocidades perpetradas por los verdugos fascistas para empujar a la unión entre proletarios judíos y burgueses judíos. Luego de la reproducción de este volante, publicamos algunas notas históricas a propósito de sus autores.

 

 

Israelí o palestino, todo patriotismo es asesino

 

Israel, Palestina, cada día aporta su lote de informaciones unas más insoportables que las otras. Bajo los ojos azorados de una mayoría de los espectadores indiferentes, casi silenciosos, convencidos de su impotencia, los medios de imbecilización de la opinión pública preparan cotidianamente un festival de imágenes que permiten «admirar», casi en directo, los últimos avances del arte guerrero: una casa es reventada por un tiro de helicóptero, un niño asesinado en los brazos de su padre, una enfermera recoge brazos y piernas en el medio de una pizzería, una mujer llora a su familia enterrada viva bajo los escombros, un combatiente agoniza ensangrentado... Los días se suceden, los hombres políticos e intelectuales se turnan para lanzar una opinión tan circunstancial como inoperante sobre las matanzas cotidianas, los bombardeos diarios, las ejecuciones arbitrarias, las demoliciones de las casas, las destrucciones de barrios enteros, los encarcelamientos masivos, los francotiradores, los kamikazes, los tanques y los helicópteros omnipresentes en las ciudades. Estos comentarios de falsa desolación no son sólo declaraciones de impotencia, sino que tienen como objetivo hacer que el ciudadano se familiarice con una sociedad en la que todos los aspectos de la vida son progresivamente militarizados, y en la que reina el terror por todos lados.

Para no inquietar al idiota útil extasiado frente a la televisión, para impedir que actúe y asegurarse que irá a trabajar al día siguiente sin protestar, se completa la información con reportajes sobre los esfuerzos de paz, sobre el envío de emisarios especiales, sobre el voto de resoluciones; se hace intervenir a aquellos que fueron galardonados con el premio Nobel, se muestra a parlamentarios extranjeros, pacifistas europeos en los check-points («lugares de control») israelíes. Para terminar se asegura a todo el mundo de que personas «autorizadas» tomarán a cargo la cuestión y harán todo lo posible para resolverla. Lo que sin lugar a dudas permite al ciudadano aceptar al día siguiente las mismas imágenes sangrientas sin sentir la necesidad de reaccionar.

Y a los proletarios que se plantean, a pesar de todo, ciertos interrogantes, se les tranquiliza asegurándoles que no son capaces de cambiar el rumbo de los hechos. Para obligarlos a permanecer indiferentes frente a lo que enfrentan sus hermanos de clase en Oriente Próximo, se les sumerge en explicaciones que metódicamente llevan toda reflexión sobre la guerra a una cuestión de naciones rivales o conflictos religiosos seculares e inextricables. Tanto desde la derecha como desde la izquierda, escuchamos la afirmación según la cual la única solución es la creación de un estado palestino que coexista pacíficamente al lado de su vecino, el estado de Israel.  Lo máximo de lo que es capaz el pensamiento democrático queda en evidencia cuando el mismo se detiene en la concepción de nuevas fronteras, en la organización de mejores cuerpos policiales y  la estipulación de las nuevas condiciones de explotación que surgirán de las nuevas relaciones de fuerzas entre estados.

Estado palestino, nación israelí, religiones judía y musulmana... ése es el círculo de fuego en el que la ideología dominante pretende encerrar toda tentativa de entender lo que pasa empujando inevitablemente, y es el interés de la burguesía, a una polarización, a una demarcación entre aquellos que defienden a «los israelíes» y aquellos que defienden a «los palestinos».

Nunca se hace la más ínfima referencia a la existencia de intereses sociales opuestos, a la pertenencia a clases sociales diferentes; jamás se menciona que entre un alto responsable político y un soldado, entre un comerciante en armas y un desocupado, entre un banquero palestino y un adolescente de Gaza que tira piedras, por ejemplo, existe un antagonismo tan profundo como aquel que opone al predador con la presa que ambiciona. Para el mundo presentado por los medios de comunicación, las clases sociales simplemente no existen, . Los periodistas ignoran voluntariamente todo lo que puede separar al joven reservista israelí catapultado en el frente, del general de carrera que lo envió ahí como carne de cañón. Poco importa si el primero es un desocupado y el otro un gran accionista, los defensores del orden tratarán siempre de meternos en la cabeza que son antes que nada israelíes o/y judíos. De la misma manera, los jóvenes estudiantes que se suicidan haciendo reventar un ómnibus son asociados, como palestinos, musulmanes, a los muy bien protegidos mollahs que los convencieron de que ser mártir es un «don de Alá» y el medio más rápido de acceder al paraíso.

 

Beber el mar en Gaza

Amira Hass

 

Los lustrados cromos de los cochazos estacionadas delante de los flamantes inmuebles y de los lujosos hoteles de la ciudad de Gaza han hecho correr muchos rumores dado el contraste gigantesco entre su espectacular y rápido surgimiento  y el deterioro general de la economía.

Desde la instauración de la Autoridad palestina, sus dirigentes firmaron una serie de importantes acuerdos de monopolio con las compañías israelíes. Los dos primeros fueron concluidos con la sociedad Nesher, que obtuvo así la exclusividad del suministro de cemento en todos los territorios administrados por la autoridad, y con Dor Energy, que obtuvo así el monopolio de la gasolina, el fuloil y el gas doméstico. Estas transacciones no solamente violaban el principio de la libre competencia, a la que la Autoridad se declaraba vinculada, sino que eliminaba del circuito a centenas de minoristas, de importadores y transportistas palestinos que vendían, hasta entonces, sus productos en los territorios ocupados. Los consumidores se vieron también afectados por estos acuerdos, puesto que los precios aumentaron, incluso cuando la Autoridad tenía reducciones sobre los productos.

Acuerdos similares fueron firmados con firmas israelíes productoras de carne congelada, harina, pintura y madera; la comercialización fue confiada a un puñado de agentes palestinos. Todas estas gigantescas transacciones fueron llevadas adelante por intermedio de Al-Bahr, una sociedad palestina montada justamente después del establecimiento de la Autoridad y que funcionaba en una zona opaca, medio privada, medio gubernamental. Según múltiples fuentes dignas de fe, los propietarios anónimos de Al-Bahr son personajes de alto rango del ejecutivo palestino y de los servicios de seguridad, que tienen decisiva influencia en todas las negociaciones políticas. Ellos disponen, evidentemente, de permisos especial como VIP, que les evitan los problemas de confinamiento a los que están sometidos otros hombres de negocios.

Al-Bahr ha montado filiales, cada una a cargo de una docena de businessmen locales, que se encargan de la distribución de mercancías en todo el territorio bajo administración palestina...

Al-Bahr y la Company for Comercial Service controlan una parte importante de la industria de comunicación y de la informática en los territorios sometidos a la Autoridad. Responsables de la Autoridad o miembros de sus respectivas familias tienen participaciones en estas sociedades o se encuentran implicados de múltiples maneras...

Más allá de los beneficios personales, la Autoridad, al eliminar la competencia, se asegura entradas importantes, un mejor control del reparto de los beneficios y la posibilidad de fijar los precios. En los puntos de paso fronterizos, los policías de la seguridad palestina velan por los intereses de la Autoridad, asegurándose de que todo cargamento no entre en competencia con las mercancías bajo control de los monopolios. Además existe una unidad especial, la Seguridad Económica, encargada de verificar las mercancías y a los transportistas...

Una gran parte, por no decir la totalidad, de los beneficios engendrados por esas transacciones nunca llegan hasta las cajas del Tesoro, y no aparecen en la columna de los ingresos del presupuesto. Numerosos son aquellos que piensan que una buena parte del dinero es derivado hacia cuentas bancarias en Israel...

 

Extraído de Beber el mar en Gaza, capítulo 12,

de Amira Hass. Ed. La fabrique, 1996.

 

 

La poderosa realidad democrática crea y desarrolla permanentemente la ideología y penetra metódicamente todo el espacio social, hasta sus más escondidos rincones, para asimilar, a todos los niveles, al proletariado a «su» estado, para ahogarlo en una falsa comunidad nacional y disolverlo en el pueblo. Las nociones de «pueblo palestino» y de «pueblo israelí» sofocan toda contradicción de clase; materializan la igualdad del mundo de la mercancía, un mundo en el que no existen ricos ni pobres, ni banqueros ni refugiados, ni terratenientes ni obreros agrícolas, sino donde únicamente reina el interés común de defender un mismo estado.

El poder de la burguesía podría medirse precisamente, además de su pretensión de negar a su adversario proletario, según su capacidad de disimular su propia existencia como clase. Es por ello, y de forma complementaria, que la ideología dominante evita publicitar los acuerdos que hacen los burgueses entre ellos cuando se supone que se están haciendo la guerra. Así, con respecto a Oriente Próximo no existe razón alguna para perturbar la solidez del escenario basado en los «enemigos nacionales irreconciliables», ni mostrar las trastiendas burguesas de esta impostura, trastiendas cimentadas con grandes acuerdos comerciales, financieros y económicos entre «judíos» y «musulmanes» supuestamente en guerra. La embestida informativa evacua casi sistemáticamente todo lo que podría designar de alguna manera la existencia de estos intereses comunes que enlazan, independientemente de su nacionalidad, a los capitalistas israelíes con los capitalistas palestinos.

Así, por ejemplo, cuando la Autoridad palestina se instaló en Gaza, los periodistas hicieron todo lo posible para no hacer la más mínima alusión a las importantes concesiones monopolísticas refrendadas por los dirigentes palestinos a favor de compañías israelíes. Así no se hará ni una sola referencia a las gigantescas transacciones a favor de las firmas israelíes que permitían, a una serie de personajes de alto rango del ejecutivo palestino, enriquecerse rápidamente. Tampoco dijeron nada de las personalidades palestinas que, rentabilidad obliga, corrían apresuradamente a colocar sus dividendos en las cuentas bancarias... del estado de Israel. Como todo esto no corresponde a los esquemas que la ideología dominante impone, los medios de difusión no tienen reparos en no mencionarlo. Israelíes o palestinos, la realidad muestra que los capitalistas no tienen patria, sino aquella que les da más beneficio y que no tienen problema alguno para, tanto en un lado de la frontera como en el otro, explotar a sus compatriotas, firmando alegremente contratos entre ellos. Justamente el revelar estos hechos podría poner al desnudo las verdaderas contradicciones de clase y revelar la función esencial que juega el patriotismo en la organización social capitalista, es decir, disimular el antagonismo social. Por eso estos hechos no saldrán de la boca de los periodistas de los principales medios. Son buenos perros guardianes del orden social.

Frente a la situación caótica que reina en esta región y frente al impresionante cordón ideológico, queremos recordar, en las líneas que siguen, que únicamente el camino de la lucha proletaria podrá eliminar en Oriente Próximo, como en todo el mundo, la guerra, y que esta ruta pasa inevitablemente por la ruptura clara y definitiva con las uniones nacionales que cada estado se esfuerza por reproducir. Las rupturas realizadas por el proletariado en Palestina y la determinación con la que continúa enfrentándose al terrorismo burgués son un paso importante en esta dirección.

 

Ruptura con la paz social en Palestina y resistencia a la recuperación nacionalista y religiosa

 

La continuidad de la lucha contra todos los estados, que desde hace muchos años lleva adelante el proletariado en Palestina, es ejemplar. Ella se enraíza en la situación intolerable que se le impone. A los proletarios, encerrados en su mayoría en campos de concentración, como el de Gaza, sólo se les permite existir como ejército industrial de reserva, como una inagotable fuente de fuerza de trabajo que los burgueses palestinos e israelíes utilizan según sus necesidades. Esta concentración de proletarios en su gran mayoría desocupados, obligados a aceptar cualquier trabajo, por las dificultades enormes que tienen para sobrevivir en los campos, permite al mismo tiempo a las burguesías de ambos lados de la frontera mantener una presión general sobre los salarios. Esta realidad confiere un papel doble al ejército israelí: ejército de ocupación y verdadera policía regional que garantiza a la burguesía local el mantenimiento de las condiciones de explotación en vigor.

Frente a estas condiciones extremas de explotación, frente a esta represión particularmente violenta, necesaria para mantener esas condiciones, el proletariado lleva una lucha incesante, antes que nada contra el ejército israelí, que es el enemigo directo que tiene enfrente, que destruye sus casas, humilla a los proletarios, asesina cotidianamente, pero también contra el estado y la policía palestina, contra todas las fuerzas que se oponen a su lucha.

En este breve texto, cuyo objetivo es subrayar algunas acciones que se sitúan en la perspectiva de una respuesta internacionalista y derrotista revolucionaria, no vamos a retomar la historia de múltiples luchas que jalonan la combatividad proletaria en Palestina, particularmente desde el establecimiento de un estado palestino oficial. Mas allá de la resistencia permanente a las agresiones de los policías y de los soldados israelíes, mencionemos rápidamente los enfrentamientos violentos con la policía palestina, los ataques a las prisiones, las liberaciones de prisioneros denunciados como terroristas por ambos estados (israelí y palestino), los ataques a las comisarías, los sublevamientos generalizados en diferentes zonas... que constituyen  ejemplos de una práctica que se contrapone a fronteras, banderas e intereses de la nación local.

La última ola de revueltas en la franja de Gaza, Cisjordania, y otros lugares, desatada cuando el estado de Israel y la OLP fundaron en común acuerdo el nuevo estado palestino, fue particularmente significativa. La misma atestigua de la enorme ruptura con la pacificación social emprendida por el estado palestino, sus jefes, su policía torturadora. En efecto, desde la decisión internacional de oficializar la existencia del estado local palestino, surgieron sucesivas intifadas (1)  en los territorios ocupados que muestran hasta que punto el proletariado de la región se encuentra poco inclinado a aceptar la «nueva» realidad que la clase dirigente pretende imponerle.

Así, los proletarios apiñados en la franja de Gaza reaccionaron desde que vieron que el nuevo estado palestino ponía en marcha una serie de medidas para favorecer la acumulación de los ricos comerciantes, banqueros y otros OLP «tres estrellas», que de buenas a primera podían enriquecerse más rápidamente: apoyo a los representantes de los grandes clanes, atribución de puestos ministeriales a los terratenientes, aparición de una casta de funcionarios palestinos bien pagados, bien alojados y circulando en espléndidos autos nuevos... Es decir pasó en Palestina lo mismo que había sucedido en Europa del Este luego de la «caída del muro»: los burgueses se hicieron más visibles y la miseria se hizo más flagrante. Como toda lógica capitalista, el dinero de las subvenciones tenía que servir para «estimular la iniciativa y la inversión privada», lo que significaba concretamente favorecer a los empresarios palestinos, como por ejemplo a los muwâttanîn, familias ricas de abolengo y a todos aquellos que habían logrado acumular capital durante la ocupación, y estimular financieramente el establecimiento de negociantes palestinos de la diáspora que anhelaban invertir junto a otros capitales extranjeros. Asimismo, las donaciones internacionales fueron esencialmente utilizadas para construir altos edificios en el centro de Gaza con apartamentos que cuestan entre 45.000 y 60.000 dólares. Cabe subrayar que estos precios son para la  región sumamente caros, no obstante ser más baratos que los apartamentos de lujo en los que viven los altos responsables de la Autoridad palestina (2) .

Los refugiados, los obreros, los desocupados de Cisjordania y Gaza tienen muy pocas razones para festejar la constitución del nuevo estado palestino. Como pudieron constatarlo práctica y amargamente, el espacio del que disponen no solo está delimitado por los alambrados electrificados israelíes que protegen a los colonos, sino también por los límites que le impone la necesidad de desarrollo de los capitalistas palestinos. Esto es lo que constata una periodista a propósito del escaso lugar de que disponen los refugiados en Gaza: «El campo de Khân Younis no puede desarrollarse, ni siquiera provisoriamente, hacia el oeste por las colonias que lo rodean. El campo de Shâti tenía un poco de margen al norte, pero la Autoridad palestina ha preferido atribuir estas preciosas tierras gubernamentales a un proyecto privado para la construcción de un hotel de lujo». ¿Qué más elocuente ilustración, que ese miserable espacio dejado a los refugiados, de la manera como el proletariado entra en las previsiones de los planes de expansión capitalista, sean israelíes o palestinos? «¿Porqué las playas permanecen cerradas?», se interroga un refugiado palestino en 1996, «el mar es el único lugar donde es posible olvidar un poco. Acá se construye un hotel, allá un club de oficiales y entre los dos hay un gabinete de Arafat. Y tanto en el sur como en el norte, colonias judías». Los proletarios, que detrás las banderas de la «liberación nacional palestina» pensaron que luchaban por un pedazo de tierra siguen en el mismo encierro infernal: la única patria que les concede el nuevo estado palestino se sitúa entre los alambrados eléctricas de las colonias judías y los hoteles de lujo palestinos.

Otro ejemplo del interés del estado palestino por sus «compatriotas» proletarios es el silencio que se hizo, durante las negociaciones de los acuerdos de paz, sobre la cuestión de los 11.000 proletarios de Palestina encarcelados por el estado de Israel. En un primer momento, la cuestión de los prisioneros fue pura y simplemente «olvidada». Luego de una serie de violentas manifestaciones de protesta, se incluyó este punto en los acuerdos del Cairo de 1994 pero tampoco se hizo nada con respecto a los presos. Hisham Abdel Razeq, responsable palestino de las negociaciones sobre la cuestión de los prisioneros, expresa su decepción: «No tengo explicación válida para darles [a los prisioneros] sobre las razones por las que aún están en la carcel. [...] Tienen la impresión de que sus jefes los abandonaron en el campo de batalla. Los prisioneros jamás imaginaron que llegaría el día en que ministros palestinos vendrían a visitarlo a la prisión» (3) .

Concretamente, para el proletariado el establecimiento de un nuevo estado nacional implicó claramente una degradación de sus ya miserables condiciones de existencia. En 1996 se dio un aumento de la tasa de desocupación de un 8,2 % en seis meses, alcanzando así el 39,2 %, mientras que en 1995, los habitantes de Gaza que tenían «la suerte» de tener un empleo en la franja de Gaza perdieron un 9,6 % de sus salarios, y aquellos que trabajaban en Israel un 16 % (4) . Todo esto mientras que, por el contrario, la clase capitalista se enriquecía sobre la base de los acuerdos establecidos con diferentes empresas israelíes.

Sin embargo, no fueron únicamente los comerciantes los que se beneficiaron con los acuerdos de Oslo, el estado palestino pudo también desarrollar su policía gracias a dichos acuerdos. Es totalmente normal que la perspectiva de una expansión comercial capitalista vaya de par con la intensificación de la represión. Recordemos que desde 1994, en que empezó a funcionar la policía palestina la misma no dejó de encarcelar y de utilizar la tortura como medio de represión y terror social (5) . Desde entonces la situación no ha cesado de empeorar. A partir de febrero 1995, Arafat, para cumplir con la promesa que hizo a Rabin de luchar contra el terrorismo, puso en pie la Corte Militar Suprema para la Seguridad del Estado, que emprende toda una serie de procesos nocturnos y expeditivos. En 1996, la Seguridad palestina no duda en ejecutar a «activistas» y, en 1997 se cuenta ya una veintena de muertos en las cárceles del flamante estado palestino.

Los acuerdos del Cairo, pactados entre los estados de Israel y Palestina en 1994, preveían el despliegue de una fuerza de 9.000 hombres, entre los cuales 7.000 miembros del Ejército de Liberación de Palestina, hacia Gaza y Jericó. Apenas dos años más tarde, la policía palestina contaba ya con 21.000 miembros, y esas cifras no han parado de aumentar. La policía palestina se ha transformado rápidamente en la principal empresa y la principal fuente de salarios en la franja de Gaza. A las Fuerzas de seguridad general, de investigación y de defensa civil, previstas en los acuerdos, se ha adicionado progresivamente las de la Seguridad Preventiva, que entre otras cosas se ocupa de controlar el paso de palestinos a Israel, trabajo que antes únicamente asumían los milicos israelíes, así como de la investigación militar, la guardia presidencial, la Fuerza 17 y la Fuerza 87 destinadas a «misiones especiales», y la policía de fronteras. Cada rama de la Seguridad dispone de sus propias prisiones (solamente en la franja de Gaza, en l996 habían 24), sus propios investigadores, su propio espíritu de cuerpo. Cada habitante de Gaza puede ser arrestado en repetidas ocasiones por diferentes ramas de la Seguridad. Se propuso también a ciertos disidentes de Hamás entrar en la policía para formar un «departamento de la moral», encargado de la lucha contra la prostitución, el consumo de alcohol..., algunos obtuvieron inmediatamente el grado de oficiales de policía y el salario correspondiente. En pocas palabras, los proletarios no tardaron mucho a constatar que en Gaza se contaba un milico por cada cincuenta habitantes (6) .

Evidentemente, el ejército israelí no tuvo ningún reproche con respecto a esa «violación» del acuerdo del Cairo, pues esperaba sinceramente que la policía palestina, formada parcialmente por él mismo, pudiese suplantarlo en su tarea represiva. Un ejemplo característico de esa afortunada colaboración entre policías fue la transmisión, a los milicos palestinos, de la tarea de filtrar la entrada en Israel de los obreros palestinos en el famoso punto de chequeo de Erez.

«La policía palestina se encargó de filtrar a los trabajadores a través de una serie de cordones escalonados hasta la frontera. Incluso los soldados israelíes tuvieron que admitir que a ellos le era muy difícil enfrentarse a las súplicas de aquellos que intentaban pasar sin permiso. Entonces de lo que se trataba era de ahorrar a los israelíes este penoso trabajo y de delegarlo a la policía palestina. [...] No fue necesario mucho tiempo para que los de Rafah ridiculizaran amargamente los siete cordones palestinos que tenían que pasar antes de llegar al punto de control israelí (7) ».

La policía israelí, como todas las fuerzas del orden del mundo, sabía perfectamente que una policía local («de proximidad», como la formula hoy en día el eufemismo republicano francés para designar a sus policías de los barrios obreros) sería mucho más aceptada que un ejército de ocupación, que un milico «extranjero». Sin embargo, el rechazo de la paz social, cuyo testimonio son las sucesivas intifadas, ha arruinado parcialmente esa historia de amor que unía a las policías palestinas e israelíes (8) . El estado palestino, completamente desbordado e incapaz de mantener el orden, no tuvo otra posibilidad que la de verse obligado a dejar volver a su «maestro», su referencia en materia de represión: el ejército israelí que intervendrá nuevamente, retomando posiciones en las ciudades autodenominadas autónomas, deteniendo y/o asesinando a los militantes, reprimiendo toda expresión de bronca proletaria.

El estado palestino, casi totalmente desacreditado tras tantos de años de controles policiales, encarcelamientos, torturas, no tenía otra solución que la de jugar de nuevo la carta de la «oposición a Israel». Los ricos comerciantes y los políticos palestinos provenientes del extranjero, que apenas tuvieron tiempo para construirse un barrio chic en Gaza, reprocharon al estado de Israel la ruptura de los acuerdos concertados y denunciaron una nueva agresión. Luego, para asegurarse que en tanto que capitalistas «menos-poderosos-que-sus-rivales-israelíes» no serían puestos en el mismo saco que «el enemigo sionista», enviaron a sus milicos y soldados a mezclarse con los jóvenes proletarios en lucha para tirar algunas balas contra los tanques israelíes, preparando así la coartada de una nueva y sórdida unión nacional.

Sin embargo, el discurso antiisraelí no logra, sino a duras penas, proteger a la OLP y la dirección del estado palestino de la rabia que sienten los reprimidos por él. Yasir Arafat ha estrechado la mano de muchos responsables políticos israelíes, colaborado en la constitución de una policía local con su susodicho enemigo, permitido, ver impulsado, la represión, la tortura, encarcelado a aquellos que el estado de Israel pedía, entregado prisioneros palestinos al estado de Israel...

Pero claro, el estado palestino continúa jugando la carta de «el enemigo israelí», para recomponer la unión nacional interna y ocultar el papel represivo que juega a dúo con el estado de Israel desde hace años, pero no es suficiente; la unión patriótica a la que llama la OLP sigue siendo sumamente frágil, a pesar de asumir su función desorganizadora, frente al proceso de autonomización que tiende a seguir una buen parte del proletariado en Palestina.

Una consecuencia perversa del descrédito de la OLP y de Yasir Arafat es, evidentemente, la fortificación de otros grupos nacionalistas y religiosos, como Hamás o la Yihad Islámica, que logran desviar y recuperar, en sus propias redes, la combatividad que se expresa en los «territorios ocupados». Estos grupos sacan un enorme beneficio de la situación desesperada en la que se encuentran los proletarios palestinos, sofocados por la enorme máquina de guerra israelí, y que cada día se ven confrontados a la pérdida de un amigo, un pariente, un vecino. Toda la ciencia de los grupos islámicos reposa en la transformación del odio proletario contra la guerra que le es hecha (¡odio también contra su enemigo directo que le tira a matar!) en una agresividad asesina «contra los judíos» en sí. Como en Francia durante el período de 1940-1945, cuando los francotiradores y partisanos del Partido «Comunista» intentaron liquidar el combate anticapitalista con la célebre consigna «A chacun son boche!» («¡A cada uno su alemán!»); hoy, grupos como Hamás y demás se vanaglorian de la desesperación de quienes no tienen gran cosa que perder y desvían su rabia contra «los judíos», «los impíos», «los ateos». Estas bandas palestinas, sean nacionalistas y/o religiosas, tienen como función social la de transformar el rechazo violento de las condiciones sociales impuestas a los proletarios en Palestina en una simple guerra nación contra nación, y a las víctimas no resignadas de la guerra en asesinos convencidos de los «enemigos de la nación».

Pero el éxito de los promotores del martirologio es relativo. Muchos parientes de los jóvenes proletarios enviados al matadero se enfrentan a los comanditarios. En una emisión de la televisión israelí, para las familias de militantes palestinos encarcelados o asesinados en el transcurso de atentados suicidas, un padre y una madre exclamaron «¡Qué los mollahs que enviaron a mi hijo vayan ellos al martirio!». Esta revuelta contra la utilización de los proletarios como carne de cañón es indudablemente mucho más general de lo que nos deja entrever la propaganda oficial. Por otro lado, toda la combatividad en Palestina no es recuperada por esas estructuras nacionalistas o religiosas; varios grupos de militantes continúan estructurándose de manera autónoma y escapando a las recuperaciones nacionalistas y antisemitas. En realidad existe una combatividad general del proletariado que manifiesta regularmente una voluntad de autonomía, tanto frente a la Autoridad palestina como frente a los grupos islámicos. Así, por ejemplo en octubre de 2002, un proletario quiso vengar a su hermano, asesinado por la policía antidisturbios durante una manifestación contra Arafat, ejecutando al responsable policial de esa unidad represiva. Los milicos palestinos se lanzaron a su búsqueda, pero no lograron capturarlo por la buena y simple razón de que los habitantes del barrio donde vivía hicieron todo lo que pudieron para impedir su detención, ocultándolo y  lo defendieron con todas sus fuerzas atacando, incluso, los vehículos de la policía. La Autoridad palestina atribuyó estos hechos a Hamás, pero los habitantes del bario en cuestión desmintieron explícitamente esa acusación (9) . Esta situación no es para nada excepcional; cada vez existen más situaciones similares, en las que la necesidad de actuar diferenciándose de todos sus enemigos empuja, en los hechos, al proletariado a contar sólo con sus propias fuerzas.

En la multiplicación de estas acciones de resistencia y en la extensión de la autonomía política que ésta implica se encuentra, sin duda alguna, la posibilidad de desarrollar la respuesta anticapitalista, y por ello internacionalista, que opone el proletariado a todas las condiciones atroces a las que está sometido. Una respuesta basada en la diferenciación de clase y no de nación; una respuesta que tenga en cuenta la oposición total existente entre soldados y oficiales, entre obreros y patrones, entre proletarios y burgueses; una respuesta que estimule y fomente las oposiciones existentes y que empuje a los proletarios que hay bajo el uniforme del ejército israelí a reconocerse en el combate social que llevan adelante sus hermanos en Palestina, y no en las órdenes asesinas de sus oficiales. Una respuesta que, por sobre todas las cosas, delimite programas excluyendo de sus propias filas a los falsos amigos del proletariado,  a todos aquellos que buscan recuperar el odio de clase y transformarlo en combate nacional o religioso por un nuevo estado, un nuevo espacio capitalista mejor adaptado a sus necesidades.

Es evidente que el camino del internacionalismo pasa hoy en día en Palestina por la respuesta inmediata contra las humillaciones y las torturas impuestas. No se trata de esperar con beatitud que la solidaridad internacionalista surja espontáneamente de las cabezas de los soldados israelíes que actúan asesinando. Es precisamente la acción directa, llevada adelante por los proletarios en Palestina contra los soldados israelíes que les disparan, que los encierran en los campos y los torturan, que constituye la más poderosa incitación a los soldados del otro campo, para que rompan con la unidad nacional y se subleven contra sus oficiales.

Sin lugar a dudas, esta acción directa del proletariado toma hoy en día una serie de formas, más o menos confusas, más o menos dirigidas. Los colonos y el ejército israelí son claramente objetivos de primer orden de aquellos que resisten al terror militar, pero es evidente que la situación desesperada en la que se encuentra el proletariado, encerrado en los campos frente al asesinato sistemático de sus hijos, parientes, amigos, compañeros, exacerba hasta tal punto su profunda necesidad de golpear al enemigo que a veces se enturbia y se hace aproximativo el blanco al que se apunta, así como el método que se utiliza (10).

No obstante, queremos subrayar aquí la hipocresía y el cinismo de aquellos que ponen en una misma bolsa a una franja de proletarios que intenta resistir y volcar su desesperación en una acción más o menos suicida y al enemigo de clase que toma la forma de asesinos determinados, perfectamente entrenados y sobrealimentados, que no vacilan en disparar sobre niños refugiados en los brazos de sus padres, liquidar a los heridos que son transportados en ambulancias, enterrar vivos a los habitantes que no quieren abandonar sus casas, tirar mísiles sobre edificios llenos de proletarios...

 

Una noche ordinaria

   

Nos encontramos en un pequeño pueblo, en plena noche. La calma reina, solamente un perro ladra, perturbado por la aproximación de un ligero tintineo. Rápidamente, el silencio deja lugar a un estrepitoso ruido. Blindados bloquean todos los accesos al pueblo. A culatazos los soldados de las unidades especiales echan abajo las puertas de las casas. Los niños lloran, los adultos también están aterrorizados. Militares seleccionan, clasifican al ganado humano. Algunos aldeanos son fusilados en el mismo lugar; otros, arrestados para ser torturados en las cárceles del estado. Al mismo tiempo, los asaltantes colocan dinamita y hacen estallar los hogares de las familias de aquellos que son arrestados.

 

Esta escena de terror podría haber ocurrido en 1903 en Rusia, o en la «noche de los cristales rotos» en 1938 en Alemania, o en Chile, en 1973, o también en un pueblo ruandés en 1994... ¡Pero no, esta escena se da hoy, en octubre del 2001 en decenas de pueblos de lo que se llama territorio palestino!. El agente local de esta acción terrorista no es  otro que el gobierno israelí. Para agregar cinismo a la situación, los militares bautizan esta intervención como Operación Gandhi. Este raid no es ni el primero ni será el último, sino el pan cotidiano del proletariado en la región. A este terror ejercido por el estado israelí corresponde aquel impuesto a los proletarios por los grupos nacionalistas y/o islámicos palestinos, que no son los últimos en intimidar, pedir rescate y hasta asesinar a los proletarios recalcitrantes. Tanto en período de paz como de guerra, para el proletariado la vida bajo el capital significa terror cotidiano.

 

 

¿Qué dosis de cinismo le hace falta a la burguesía internacional para intentar hacernos pasar por «terroristas» las reacciones de los proletarios en los campos y por «lucha antiterrorista» la acción de esos soldados que destruyen las casas, encarcelan y torturan o bombardean poblaciones enteras de los campos de refugiados, como fue el caso, recientemente, en Rafah y Khân Youonis, que son las zonas más pobres de todos los territorios palestinos? ¿Qué comparación puede hacerse con el terror que los soldados imponen cuando se divierten tomando como blanco las cisternas de agua que hay en los techos o reventando a culatazos las puertas de las casas para aterrorizar a los niños, cuando confiscan los documentos de identidad con cualquier pretexto o golpean a los prisioneros con grandes cables eléctricos utilizados como látigos? ¿Qué comparación es posible con la situación en los campos de refugiados, donde el simple desplazamiento de un proletario de una ciudad a otra, de un pueblo a otro, incluye invariablemente todo tipo de vejaciones? Ni hablar de las humillaciones cotidianas: el guardia de frontera que tira por tierra el puesto de tomates de un pequeño vendedor, los militares que vacían sus basuras en los barrios obreros, los funcionarios que cortan la electricidad de barrios completos por el no pago de una u otra factura... Los hacedores de guerra israelíes saben perfectamente bien que una guerra se gana desalentando al adversario, con más razón si éste se manifiesta más en el terreno social que nacional, y ésta es la razón por la que el ejército asesina deliberadamente un número imponente de civiles, niños, obreros..., crímenes que fingen llorar como errores (11). Un estudio de la asociación israelo-palestina, Physicians for Human Rights (PHR), observa que durante los cinco años de la primera Intifada, cada dos semanas un niño menor de seis años recibió una bala en la cabeza. Recientemente, un tirador de élite del ejército israelí explicaba a una periodista que las órdenes de los superiores eran de «tirar contra los niños de más de doce años y de aspecto peligroso» (12). ¿Puede alguien creer, todavía, que se trata de errores?

¡Cuanta hipocresía es necesaria para invocar «el terrorismo», para descalificar las pocas balas proletarias que, en respuesta a este terror, alcanzan sus objetivos! ¡Qué siniestra comedia aquella que habla de «lucha contra el terrorismo» para designar las artimañas de los colonos israelíes organizados en verdaderos escuadrones de la muerte, que no dudan en asesinar a proletarios desarmados, torturar y matar a sus prisioneros, bajo el ojo benevolente y la bendición del ejército!

Los proletarios en Palestina abren el camino del derrotismo revolucionario, desobedeciendo a «sus propias» burguesías, rechazando la paz social y las condiciones de vida que le son impuestas, actuando con autonomía de clase. A través de su acción, alientan y estimulan en la práctica a los proletarios en Israel para que desobedezcan también a sus propios dirigentes, primera etapa que hará posible una comunidad de lucha internacionalista en la que se afirme la lucha contra la burguesía de ambos campos, contra los ejércitos de los dos lados, contra los capitalistas de cualquier país.

 

Brechas en la unión nacional del estado de Israel

 

El descrédito de los jefes palestinos oficiales, el rechazo de la paz social en Palestina y la combatividad del proletariado frente al gendarme israelí no han impedido que la situación del proletariado en los territorios ocupados siga siendo horrible tanto por la  política llevada a cabo por los dirigentes palestinos como por la política de terror que lleva adelante el estado de Israel. Luego de la reemergencia en septiembre de 2000 de una nueva Intifada en Palestina, dicha zona es el escenario de masacres casi cotidianas, masacres que expresan la enorme desproporción de fuerzas militares, a favor del ejército israelí, como podemos constatar en la fría contabilización de muertos de un lado y otro: desde septiembre del 2000 se cuentan aproximadamente 1.800 muertos del lado palestino y 600 del lado israelí (13) .

Este poder militar encuentra sus orígenes en el apoyo indefectible que recibe el estado de Israel por parte del campo occidental, y particularmente por los Estados Unidos, apoyo que se relaciona directamente con la principal función que se le atribuye: la represión general del proletariado no solamente en Palestina y en Israel, sino en toda la región, conocida por su agitación social. La función de gendarme atribuida al estado de Israel, en los hechos la represión de todo movimiento social en la zona, permite a la burguesía occidental, tanto local como internacional, la explotación, en términos de relativa paz social, de las fuentes petroleras de Oriente Medio, fuentes vitales para la industria internacional (14) . Las cifras de apoyo occidental traducidas en términos financieros son una imagen de los intereses imperialistas concentrados en la región. Desde 1984, solamente la ayuda oficial anual de la burguesía de Estados Unidos al estado de Israel fue de 3.000 millones de dólares, desglosados en un 40 % de apoyo económico y un 60 % del militar. Si a esta suma le agregamos los 2.000 millones suplementarios de ayuda indirecta (diferentes programas particulares militares, apoyo militar proveniente del ministerio de defensa, garantías no exigidas...), llegamos a una cantidad anual aproximada de 5.000 millones de dólares, lo que significa, más o menos, el tercio del presupuesto de ayuda exterior estadounidense (15).

Pero si hacemos abstracción de la ayuda militar occidental directa, ¿en qué se asienta la correlación de fuerzas tan favorables al estado de Israel? En que se construyó, principalmente, como en toda guerra, sobre el poder de la unión nacional, una unión que se extiende más allá de las fronteras del estado oficial y que, alimentado por las campañas antiterroristas internacionales, murmura que «Israel tiene también todo el derecho de defenderse contra el terrorismo», derecho que le reconoce también el estado palestino. La lucha «contra el terrorismo» es la puerta de entrada de la represión, es un verdadero permiso de matar internacionalmente, otorgado por el conjunto de fracciones que apoyan permanentemente la represión llevada adelante por el estado de Israel, en particular por los estados de Estados Unidos y Europa.

El apoyo internacional al papel represivo que juega el estado de Israel en la región hace evidentemente primordial esta unión nacional, una unión particularmente organizada en torno al ejército: militarización omnipresente, servicio militar extremadamente largo y valorizado, justificación del rol de susodicho protector del Tsahal, construcción de prejuicios favorables a los soldados, economía militarizada, población militarizada, gigantesco presupuesto militar...

Desgraciadamente, el proletariado en Israel cuestiona poco esta situación súper militarizada, a pesar del desarrollo que tuvo y aún tiene la lucha en Palestina. Concretamente, los sublevamientos repetidos en Cisjordania y Gaza no han impedido que los proletarios en Israel se acantonen en una influencia culpable frente a las masacres perpetuadas por el ejército israelí, cuando no son pura y simplemente alineados detrás de los planes de la burguesía israelí para aplastar las sucesivas Intifadas. Hay que constatar que, la mayoría de las veces, los proletarios en Israel no han hecho más que reproducir la ideología del enemigo de clase, lo que, en el contexto de enfrentamientos sociales que se desarrollan en Palestina, es particularmente grave en consecuencias para sus hermanos de clase.

Las justificaciones de las acciones llevadas adelante por el ejército israelí se arman de diversas ideologías, según las fracciones que las defienden: los rabinos bendicen las armas que asesinan a los palestinos en nombre de «la lucha contra el Mal», mientras que los laicos, con Simón Peres, premio Nobel de la paz, a la cabeza, estigmatizan «la lucha contra el terrorismo»; pero todas se reivindican de la «madre patria», en realidad «la madre-ejército», al que no se llama más «ejército», sino por su sobrenombre Tsahal, ¡cómo si se quisiera diferenciar de los otros ejércitos para darle un carácter protector y bienhechor de esos asesinos!

Más aún, lo que es común, a todas esas explicaciones de la guerra de destrucción que lleva adelante el estado israelí, es la consolidación que encuentran en esa especie de reivindicación mística de los sufrimientos históricos del «pueblo judío», que se levanta como garantía indiscutible de la validez de la actual acción represiva. Como en todos lados, pero en este caso con mucha más fuerza, el estado impone la justificación profunda de su existencia en una mezcla de ideologías y religiones que impiden toda contestación, todo cuestionamiento de la versión oficial de las razones que fundamentan su acción. «El holocausto es la nueva religión de estado en Israel», declaraba una artista israelí judía, para explicar la dificultad de formular cualquier crítica al estado (16) . En efecto, reproduciendo las mismas justificaciones emitidas durante la mayoría de las guerras llevadas adelante por el campo occidental en estas últimas décadas, el estado de Israel legitima el terror, que siembra actualmente en la medida que su ejército avanza, hablado del supuesto abismo que separaría a sus propios crímenes de las atrocidades cometidas con respecto al proletariado judío por el campo vencido, el estado alemán, durante la llamada segunda guerra mundial. Estas sórdidas comparaciones en la escala de horrores capitalistas, además de lo que ocultan (17) , son los cimentos de un enorme consenso nacional en el que todo cuestionamiento del terrorismo del estado local choca con este extraordinario dogma que induce que «no existe ningún sufrimiento infligido a quien sea que se pueda comparar con la persecución que sufrió el pueblo judío durante el nazismo». Un universitario de Tel Aviv, militante contra la guerra llevada adelante por el estado de Israel, denuncia recientemente el cinismo que se oculta detrás de este implacable razonamiento, en lo que describe como «la lógica de Auschwitz»:

 

 

 

«He ahí la lógica de Auschwitz en un cascarón de nuez. Ramallah no es Auschwitz, Israel no es el Tercer Reich. No tenemos campos de exterminio y no hemos masacrado un tercio de la población palestina en las cámaras de gas. Por ello, lo que hacemos es correcto. Podemos cubrir los territorios ocupados de gases lacrimógenos y de sangre, podemos asesinar y herir y torturar y amenazar y desposeer, podemos encerrar a millones de personas con alambrados electrificados y con tanques en los minúsculos enclaves, podemos asediar y bombardear cotidianamente, podemos enviar a las mujeres en cinta caminando al hospital, y podemos también disparar sobre las ambulancias, puesto que mientras permanezcamos, aunque sea a 10 centímetros por debajo de las atrocidades de la Alemania nazi, todo irá cada vez mejor, y ni se atreva a hacer una comparación. Se dice a veces que lo Mejor es amigo del Bien. Israel está mostrando que lo Peor es el mejor amigo del Mal. Y muchas gracias a Adolfo Hitler por haber puesto tan insuperables normas».(18) 

Estas notas no parten del punto de vista proletario, pero le valieron a su autor toda una serie de amenazas e intimidaciones que certifican la lógica de hierro que nuestra clase tiene que afrontar cada vez que se emite la más mínima crítica al estado de Israel. Es peor todavía atacar la religión del holocausto en Israel que cuestionar el integrismo democrático en Europa occidental. Cuando vemos, por ejemplo, la manera como se descalifica como «filofascista» toda reacción que busca salir del parlamentarismo (19), podemos imaginar el terror que debe representar para un proletario en Israel lanzar una crítica a la religión del estado local, lo que evidentemente, no disculpa la falta de solidaridad práctica de ese proletario con su hermano en Palestina.

Y ni hablar de las críticas al ejército y de todos aquellos que se resisten al enrolamiento militar generalizado. La objeción de conciencia es, particularmente en tiempo de guerra, considerado un delito clasificado de «alta traición» (20), el pacifismo toma, en Israel, otras dimensiones, distribuir un simple volante que llame a parar la guerra o que se oponga a la proliferación de las colonias, equivale a arriesgar el pellejo frente a los militantes del Kach o a los colonos.

Sobre esta base la unidad nacional en Israel es muy poderosa y, como ya lo subrayamos, el proletariado se encuentra prácticamente disuelto en ella. Es por eso que las pocas rupturas que se designan últimamente frente al orden social local son aún más interesantes; rupturas que parten de soldados israelíes y que parecen generalizarse a otros sectores. Así, el 26 de enero de 2002, 53 oficiales y soldados de reserva del ejército israelí hicieron público su rechazo de «combatir en esta guerra por la paz de las colonias [...], de combatir en los territorios ocupados para dominar, expulsar, matar de hambre y humillar a un pueblo entero». El llamado fue publicado en el cotidiano israelí Haaretz.

Ésta no es la primera reacción en este sentido. En agosto de 2001, 62 estudiantes anunciaron su decisión, por motivos políticos, de no responder a un eventual envío hacia los territorios ocupados. Pero esta nueva reacción publicada en un diario israelí como si fuese una publicidad  y firmada directamente por militares en ejercicio, sacó a plena luz una realidad por lo general cuidadosamente ocultada.

Así, como lo hicieron los 53 firmantes, más de 400 reservistas o soldados israelíes han pronunciado, desde el comienzo de la nueva Intifada en septiembre de 2000, públicamente su rechazo a combatir en los «territorios ocupados», y 40 fueron encarcelados por ello. Yair Hilu, de dieciocho años, fue recientemente condenado a prisión militar por haber rechazado el servicio militar «en esa entidad violenta que es el ejército», según sus propias palabras. El estado israelí no da, evidentemente, mucha publicidad a estos hechos, como tampoco el estado palestino; por ello es difícil conocer el número exacto de proletarios que se oponen a la guerra, pero se calcula, sobre la base de estimaciones del mismo ejército, que por una persona que hizo público su rechazo a servir al estado, hay ocho o nueve soldados que expresan la misma posición, sin animarse a enfrentar directamente a sus superiores. Durante la primera Intifada, de 1987 a 1991, más de 2.500 soldados se negaron claramente a ir al destino que tenían acordado: Cisjordania y Gaza. Sobre la base de los cálculos establecidos precedentemente,  ello significaría que hubo aproximadamente 20.000 soldados que se opusieron a partir hacia el frente y de una manera u otra, se vieron confrontados a la represión del estado.

El ejército israelí relativiza esta realidad y, a pesar de los testimonios y el número creciente de toma de posiciones que van en ese sentido, repite incesantemente que «la moral es buena» y que los «soldados están motivados». Sin embargo las reacciones del estado no dejan ninguna duda con respecto al miedo a que la desobediencia se generalice. Un síntoma evidente de esto es que las autoridades militares israelíes evitan sistemáticamente encarcelar en sus prisiones a los refractarios acusándolos abiertamente de eso. Justamente, para evitar que se agite la causa del rechazo a la guerra se acusa, muchas veces, a los refractarios de cualquier otro delito. Por otro lado, aquellos que resistieron muy ostensiblemente al estado tienen, por su rechazo general al sistema, derecho a un tratamiento particularmente humillante, para así servir como ejemplo y desalentar a otros refractarios. Otro síntoma: la prohibición explícita a todo periodista extranjero de hacer cualquier reportaje, que no sea sobre la base de la información oficial suministrada por el ejército israelí. Esta decisión fue tomada luego de que varios conscriptos, entrevistados en el mismo campo de batalla, plantearan su desconcierto y su incomprensión de los objetivos de esas batallas frente a las cámaras. Pero el terror a la desobediencia social del proletariado toma un cariz más manifiesto aún en la adopción, el 22 de mayo de 2002, del plan de austeridad presentado por Sharon, que prevé una reducción de los subsidios para las familias cuyos hijos no han hecho el servicio militar. La unión nacional incondicional en torno a la guerra llevada por el estado de Israel es claramente el objetivo al que se dirige esta medida.

En efecto, se trata de impedir todo apoyo a aquellos que son denunciados como «saboteadores de la moral de la nación». El verdadero problema actual de la burguesía israelí es ¿cómo impedir que los problemas planteados por los proletariados, a los que se les impone el uniforme, se transformen en una respuesta social y revolucionaria del conjunto del proletariado? Sin lugar a dudas, por más inconsistentes y dispersas que sean, estas reacciones de proletarios en Israel frente a la guerra contienen los gérmenes de una polarización social que puede transformar la guerra entre los estados israelí y palestino, en un enfrentamiento de clase, un enfrentamiento entre, por un lado, los defensores de la nación y el capitalismo y, por el otro, una clase social que va tomando conciencia que la defensa de la nación, a la cual la fuerzan, solo sirve a los intereses de quienes la explotan.

Para ejemplificar estos gérmenes de polarización social, basta detenerse en la lectura de ese primer llamado de 53 soldados israelíes a no combatir «en los territorios ocupados» y en las reacciones que provocó. Si solo nos quedamos en lo que el texto explicita veremos que contiene enorme cantidad de debilidades: los que firman justifican los sacrificios hechos en el pasado a favor del estado de Israel, toman como referencia la seguridad del estado, deploran la degradación de la imagen «humana» (sic) del Tsahal  (ejército de Israel) y pretenden continuar sirviéndolo. Pero más allá de lo que expresa formalmente el texto, lo que es interesante es la negativa de ir a masacrar como lo ordenan los superiores, que el llamado implica. Para apreciar a su justo valor la importancia de esta posición contracorriente hay que tener en cuenta el contexto de unión nacional compacta que reina en Israel y no olvidar que el rechazo efectuado por esos soldados de las conminaciones de sus superiores conlleva, en ese país un conjunto de consecuencias muy duras: represión social, insultos, desprecio, aislamiento... No se trata de una reacción antimilitarista en un contexto de paz social o en el marco de «permisividad» de la democracia parlamentaria, se trata de una ruptura frente a uno de los estados nacionalmente más unidos del mundo, un estado que juega un papel de gendarme decisivo en toda la región. Oponerse a la lucha que impone el Tsahal, denunciando los sufrimientos infligidos a los proletarios en Palestina, equivale a enfrentarse directamente a toda esa coherencia política sacada de la mitología del pueblo mártir y armada de la ideología del antifascismo internacional, cimiento ideológico de los estados vencedores y dominantes desde la llamada segunda guerra mundial.  Por eso dicho enfrentamiento no puede ser banalizado.

Inmediatamente sus autores fueron calificados de «revisionistas», «traidores», «judíos rencorosos», «antisemitas». Dichos insultos se aplicaron también a todos los que habían apoyado el llamado (21) , y el diario que lo había hecho público fue denunciado y numerosos «intelectuales» inmediatamente se demarcaron de este documento. Para contrarrestar los efectos derrotistas de ese llamado y el entusiasmo que produjo entre numerosos proletarios, que finalmente veían escrito, bien clarito, lo que muchos ya pensaban pero no se atrevían a formular, el estado reaccionó rápidamente con su terrorismo inherente. El ministro de Educación, Limor Livnat, exigió la inculpación de 200 universitarios que apoyaban a esos soldados, la prensa burguesa y los religiosos llamaron a apoyar la moral de los militares, el cotidiano Yediot Aharonot, publicaba el 7 de mayo de 2002 cartas de los niños de escuelas públicas religiosas que llamaban a los soldados a «matar a la mayor cantidad de árabes posibles», a «agujerear a los palestinos con los F-16»... Asimismo, el parlamento israelí estudia propuestas de ley que estipulan una pena de cinco años de encarcelamiento a todo aquel que manifieste «la expresión de un apoyo a una organización terrorista», y por ello condena todo contacto con todo tipo de organización palestina.

De una manera u otra, y a pesar de que es muy pronto para hablar de un movimiento que se generaliza, si este pequeño texto ha suscitado tantas reacciones por parte del estado, es porque revela las brechas que tienden a formarse contra la unidad nacional. Luego de la publicación de este texto, en enero de 2002, el número de los que lo firman se ha extendido, las últimas cifras que poseemos datan de marzo de 2002 y señalan 357 firmantes. Pero más allá de esa iniciativa, otras informaciones hablan de más de mil proletarios israelíes que, de una manera u otra, no cumplen su servicio militar, sean estos conscriptos, reservistas o incluso oficiales. A éstos se les llama refuzniks, y según diferentes asociaciones, y con toda la prudencia necesaria cuando citamos estas cifras, el apoyo que tendrían en el interior de la sociedad llegaría al 25%.

 

Al Ministro de Defensa, Ben Eliezer                19 de marzo de 2002

Ministerio de Defensa

 

 

Un oficial que se encuentra bajo su responsabilidad, me ha condenado hoy a veintiocho días de prisión militar por haberme negado a prestar el servicio de reserva obligatorio. No solo me he negado a prestar servicio en los territorios ocupados palestinos, como lo hice estos últimos quince años, sino que me niego también a servir en el ejército israelí bajo cualquier forma. Desde el 29 de septiembre de 2000, el ejército israelí lleva adelante ‘una guerra sucia’ contra la Autoridad palestina. Esta guerra sucia incluye ejecuciones extra judiciales, asesinatos de mujeres y niños, la destrucción de las infraestructuras económicas y sociales de la población palestina, el incendio de terrenos agrícolas, la eliminación de árboles.

Ustedes han sembrado el terror y la desesperación, pero no han llegado a obtener su objetivo fundamental: el pueblo palestino no ha renunciado a sus sueños de soberanía e independencia. Tampoco han logrado la seguridad de su propio pueblo, a pesar de toda la violencia destructiva del ejército del que ustedes son responsables.

A la luz de vuestro amplio fracaso, ahora somos testigos de un debate intelectual de la peor especie entre israelíes: una discusión acerca de la eventualidad de deportar y asesinar masivamente a los palestinos.

El fracaso de la tentativa de los dirigentes del Partido Laborista para imponer un acuerdo al pueblo palestino nos ha arrastrado a una ‘guerra sucia’ que tanto palestinos como israelíes pagan con sus vidas.

La violencia racista de los servicios de seguridad israelíes, que no ven personas sino únicamente ‘terroristas’, ha agravado el círculo vicioso de la violencia para los palestinos y los israelíes. También los israelíes son víctimas de esta guerra, son víctimas de la agresión irresponsable y errónea del ejército del que usted es responsable. A pesar de vuestros terribles ataques contra el pueblo palestino, usted no ha cumplido con vuestro deber de proteger a los ciudadanos israelíes. Los tanques en Ramallah no han podido frenar vuestra más monstruosa creación: la desesperación que estalla en los cafés. Usted y los oficiales militares a sus órdenes han engendrado seres humanos cuya humanidad ha desaparecido en la desesperación y la humillación. Ustedes han creado esa desesperación y ya no pueden pararla.

Para mí está claro que usted ha arriesgado nuestras vidas para que la construcción ilegal e inmoral de las colonias continúe, para Gush Etzion, Efrat y Kedumim: para desarrollar el cáncer que consume el cuerpo social israelí. En el transcurso de los treinta y cinco últimos años, las colonias han transformado la sociedad israelí en una zona peligrosa. El estado israelí ha sembrado la desesperación y la muerte entre los israelíes y los palestinos. Es por ello que no quiero servir en vuestro ejército.

Su ejército, que se llama Israeli Defende Force (Fuerza de Defensa de Israel), no es más que el brazo armado del movimiento de las colonias. Este ejército no existe para defender la seguridad de los ciudadanos de Israel, sólo existe para garantizar la prosecución del robo de la tierra palestina.

Como judío, los crímenes que comete esta milicia contra el pueblo palestino me repugnan. Mi deber, como judío y como ser humano es el de rechazar categóricamente todo tipo de participación en ese ejército. Como hijo de un pueblo víctima de pogromos y de destrucciones me niego a jugar cualquier papel en vuestra política malsana. Como ser humano es mi deber negarme a participar en toda institución que comete crímenes contra la humanidad.

 

Sinceramente,

Sergio Yahni

 

 

Se han producido otras iniciativas públicas, del tipo de los 53 firmantes. Por ejemplo la carta de Sergio Yahni, codirector de Alternative information center (22), enviada el 19 de marzo de 2002 al ministro de Defensa Ben Eliezer, que tuvo un cierto eco, y presenta con mayor profundidad la contradicción contra el estado, no solo por negarse a ir a combatir en los territorios ocupados, sino en general, en el ejército israelí: «Como judío, los crímenes que comete esta milicia contra el pueblo palestino me repugnan. Mi deber, como judío y como ser humano es el de rechazar categóricamente todo tipo de participación en ese ejército. Como hijo de un pueblo víctima de pogromos y de destrucciones me niego a jugar cualquier papel en vuestra política malsana. Como ser humano es mi deber negarme a participar en toda institución que comete crímenes contra la humanidad». Reproducimos esta carta en el recuadro adjunto.

Las referencias a los «crímenes contra la humanidad» y otras expresiones fetiches del estado de Israel, que utilizan cada vez con más frecuencia los proletarios judíos para denunciar la política de la burguesía israelí, muestran que la cohesión nacional construida a partir del pasado como mártires es cada vez menos sólida. Es una señal interesante de erosión de la unión nacional. La nación israelí, aunque esté bien sellada por una serie de factores extremadamente poderosos y se arraigue en la leyenda aclasista de un pueblo judío portador de una inmensa tragedia histórico religiosa cuya función es la de fijar toda contradicción social, no puede sin embargo impedir que el proletariado se rebele contra la degradación material de sus condiciones de existencia.

 

 

 

Muchos de los que ayer proclamaban su adhesión incondicional al estado de Israel, sobre la base del mito de la tierra prometida, del pueblo elegido, de las dificultades de crear esa pequeña patria en el medio del desierto, a los sufrimientos padecidos durante la segunda guerra mundial..., hoy tienen muchas dificultades para justificar la actividad terrorista y asesina del estado israelí. La guerra y la degradación de la situación social determinan que un número cada vez más grande de proletarios se encuentren en contradicción con la ideología de «su» burguesía. Supresión de los subsidios, aumento de los impuestos escolares y de los gastos de salud, planes de austeridad cada vez más dolorosos, espacio de vida completamente militarizado, represión de todo cuestionamiento, diferencia cada vez más ostensible entre ricos y pobres, aumento visible y espectacular de la tasa de suicidio (23) ..., todos estos son los elementos del paisaje nacional actual que conduce inevitablemente a los proletarios en Israel a definirse materialmente en tanto que explotados y no en tanto que judío o israelí. Y a este nivel, una vez cuestionados los mitos específicos sobre los que descansa, mitos diferentes en cada estado, el estado de Israel revela su verdadera naturaleza y aparece por lo que es: una maquina de opresión como todo estado capitalista, con la especificidad de ser un gendarme en toda la región del Oriente Próximo. Más allá del mito igualitarista de los «padres fundadores de Sión» y de los proyectos de la Tierra Santa, se designa simplemente la exigencia de una clase dominante que, para asegurar el buen funcionamiento del capitalismo en la región, estructura su desarrollo en torno de la búsqueda de benéfico, con todas las consecuencias que ello implica en términos de política de terror en lo interior y lo exterior. Como toda clase dominante, la burguesía israelí no solo necesita que reinen el orden en el interior de sus fronteras para que funcionen sus empresas, sino también tiene que tener los medios de asumir su expansión frente a sus competidores. Por ello, para disciplinar a «su» proletariado, mantener el orden capitalista en la región y permitirse un desarrollo imperialista, es necesario un ejército compacto y disciplinado, imponer el servicio militar obligatorio, desarrollar un estado fuerte, capaz de reprimir, extenderse, colonizar, gestionar las deportaciones, asumir las masacres..., en pocas palabras, capaz de cometer una serie de crímenes totalmente similares a los que denuncia en contra de los judíos y que precisamente han servido de justificación al establecimiento del estado de Israel en Palestina

Efectivamente, la necesidad imperiosa de conquistar territorios obliga al estado, en Israel como por todo el mundo, a desvelar la naturaleza inhumana de su ser. Como consecuencia de esta situación, los oficiales y ministros están obligados a exponer claramente sus consignas, a afirmar explícitamente sus intenciones, y el mito de la nación mártir comienza a reventar. «Rómpanles los huesos» ordenaba Yirtzhak Rabin a principios de la primera intifada, y sus soldados actuaron sin ninguna contemplación. Hoy se habla pura y simplemente de deportar o de asesinar masivamente a los proletarios encerrados en los campos. El ex general Efi Eitam, apenas nombrado ministro por Sharon, encuentra la idea de «transferir» políticamente «atractiva»; según este antiguo miembro del partido laborista, en caso de guerra generalizada, «pocos árabes quedarán. [...] Ahora somos testigos de un debate intelectual de la peor especie entre israelíes: una discusión alrededor de la eventualidad de deportar y asesinar masivamente a los palestinos» (24). «Purificación étnica», «transferencia», «deportación», «apartheid»... son los términos que se pronuncian cada vez más seguido como solución final en las discusiones internacionales de la burguesía con respecto a los proletarios en Palestina. El capitalismo sigue siendo el capitalismo, sea cual sea su tipo o color y se llega a cualquier tipo de caricatura: oficiales israelíes han tomado la, no tan original, iniciativa de tatuar números en los brazos de los palestinos que detienen.

En pocas palabras, los proletarios israelíes escuchan menos crédulamente las fábulas que cuentan los burgueses para enviarlos regularmente, a ellos y a sus hijos, al frente. El precio humano que deben pagar por la defensa de la idea nacional entra, cada vez más violentamente, en contradicción con, las implicaciones sobre sus propias vidas, del horror material de la guerra.

Claro está, que estas resistencias tienen actualmente grandes dificultades para superar las barreras del prejuicio nacional. Ya vimos que las raras reacciones se limitan, en la mayoría de los casos, a un punto de vista que opone la «buena» política a la «mala» política para el país. Sin embargo, sin subestimar el peligro que representa la ausencia de un verdadero programa revolucionario, persistimos en defender que esas ilusiones ideológicas son menos importantes que los mismos hechos. Hoy en día, en Israel, jóvenes proletarios rechazan el servicio militar y se enfrentan decididamente al desprecio social del que son objeto. Los conscriptos hacen públicas las razones por las cuales no quieren combatir;  soldados ya retirados hacen llamados a no ir a los territorios ocupados; familias enteras apoyan a reservistas refractarios, a pesar de lo jodido que puede ser para la familia la perdida de todo el salario (25).

El asco a la guerra toma diferentes caminos, de la objeción de conciencia al rechazo puro y simple, y más allá de la inevitable confusión propia a todo esbozo de resistencia al capitalismo y a la guerra, la realidad esta ahí: en un espacio también controlado ideológica y militarmente, como el de Israel, los proletarios comienzan a reafirmar sus intereses elementales -como el de no reventar- y comienzan a organizarse para defenderlos.

La carta enviada, por un joven soldado israelí, a «su» general, en la que se niega a combatir, revela mucho más explícitamente este punto de vista de clase y oposición de intereses existentes entre generales burgueses y soldados proletarios. Esta carta, titulada «Mi respuesta al general», es otro testimonio, ciertamente aún tímido pero interesante, de ese proceso que, en todas partes y épocas, conducen en un momento u otro a soldados, que fueron empujados por sus jefes hacia el odio del proletariado vecino, a darse vuelta y mirar más bien del lado de los emisarios asesinos, del lado de los patriotas, del lado de la autoridad militar.

El reservista Yigal Bronner responde, al general que lo convoca en octubre pasado a «participar en operaciones militares» en la franja de Gaza, diciendo que sabe que dicha misión implica obedecer a órdenes y que, en un momento u otro, se encontrará en un tanque frente a un oficial que también obedece órdenes superiores y que le ordena lanzar un obús sobre palestinos. «Yo soy artillero, soy el tornillo más chiquito de una  perfecta maquinaria de guerra. Yo soy el último más pequeño eslabón de la cadena de mando. Se supone que yo tengo simplemente que obedecer a las órdenes, reducir mi existencia a un estímulo-reacción, escuchar la orden de ‘fuego’ del comandante y apretar el gatillo para concluir el conjunto del plan. Se supone que yo tengo que hacer todo esto con la simplicidad y naturalidad de un robot que a lo máximo sentirá las sacudidas del tanque cuando el obús es eyectado y vuela hacia su blanco... Pero tengo un defecto, afirma parafraseando a Brecht, soy un ser humano y puedo pensar. [...] Entonces, me veo en la obligación de desobedecer a vuestra convocatoria. No apretaré el gatillo.»

 

Ver, en recuadro, el texto íntegro.     

 

 

Mi respuesta al general

 

General, tu tanque es un vehículo muy poderoso. Puede arrasar bosques enteros y aplastar centenas de personas, pero tiene un defecto: necesita un conductor. Bertolt Brecht

 

Estimado General:

En su carta, usted escribe que ‘dada la guerra en Judea, Samaria y en la franja de Gaza, y de acuerdo a las necesidades militares’, se me convoca para ‘a participar en operaciones armadas’ en la franja de Gaza.

 

Le escribo para comunicarle que no tengo la intención de concurrir a su convocatoria.

Durante los años ochenta, Ariel Sharon erigió docenas de colonias en el mismo corazón de los territorios ocupados, una estrategia que tenía como objetivo último la sumisión del pueblo palestino y la expropiación de sus tierras. Hoy en día, estas colonias controlan prácticamente la mitad de los territorios ocupados y estrangulan las ciudades y pueblos palestinos, obstruyendo, cuando no se prohíbe totalmente, los desplazamientos de sus habitantes. Ahora Sharon es primer ministro, y este último año se ha consagrado a realizar la etapa definitiva de un proyecto comenzado hace veinte años. En efecto, Sharon ha dado órdenes a su lacayo, el ministro de Defensa, y a partir de ahí estas órdenes corren a lo largo de la cadena de mandos.

El Jefe del Estado Mayor declaró que los palestinos constituían una amenaza de cáncer, y dio instrucciones para someterlos a quimioterapia. El brigadier impuso el toque de queda por tiempo ilimitado, y el coronel ordenó la destrucción de los campos palestinos. El comandante de brigada estacionó los tanques en las colinas, entre las casas de los palestinos, y prohibió a las ambulancias evacuar a los heridos. El teniente coronel anunció que se reemplazaban las reglas de penetración por un azaroso  ‘abrir fuego’ y el comandante del tanque toma como objetivo cierto número de personas y da orden a la artillería de tirar un obús.

Yo soy artillero, soy el tornillo más chiquito de una  perfecta maquinaria de guerra. Yo soy el último y más pequeño eslabón de la cadena de mando. Se supone que yo tengo simplemente que obedecer a las órdenes, reducir mi existencia a un estímulo-reacción, escuchar la orden de ‘fuego’ del comandante y apretar el gatillo para concluir el conjunto del plan. Se supone que yo tengo que hacer todo esto con la simplicidad y naturalidad de un robot que a lo máximo sentirá las sacudidas del tanque cuando el obús es eyectado y vuela hacia su blanco.

Pero, como escribió Bertolt Brecht: General el ser humano es muy útil, puede volar y puede matar, pero tiene un defecto puede pensar.

En efecto, mi general o a quien corresponda —coronel, brigadier, jefe del Estado Mayor, ministro de Defensa, o todos juntos—, yo soy capaz de pensar. Tal vez no pueda hacer gran cosa más, confieso que en tanto soldado no soy particularmente dotado o valiente, no soy un excelente tirador y mis capacidades técnicas son limitadas. Tampoco soy muy deportivo, y no consigo que el uniforme me quede bien. Pero soy capaz de pensar.

Puedo ver adónde me quieren llevar ustedes, comprendo que vamos a matar, destruir, caer herido y morir, y que ello no acabará nunca. Sé que ‘la guerra en curso’, como usted la llama, se prolongará todavía más y más. Puedo comprender que si ‘las necesidades militares’ nos conducen a asediar, cazar, matar y hambrear a todo un pueblo, hay algo en esas ‘necesidades’ que no va para nada bien.

Entonces, me veo en la obligación de desobedecer a vuestra convocatoria. No apretaré el gatillo.

Por supuesto que no me hago ilusiones. Usted me echará y encontrará otro artillero..., uno que sea más obediente y capaz que yo, no faltan soldados de ese tipo. Su tanque continuará circulando; no es un insecto zumbador como yo el que logrará parar un tanque en marcha, y menos aún una columna de tanques y con certeza todo ese desfile de locura. Pero una avispa puede zumbar, irritar, exasperar y a veces hasta morder.

Y finalmente, otros artilleros, otros conductores y comandantes, que serán testigos de esos asesinatos sin sentido y del ciclo de la violencia sin fin, comenzarán también a pensar y a zumbar. Ya somos muchas centenas y cuando termine el día nuestro zumbido se transformará en un ensordecedor rugido, un rugido que repercutirá en sus orejas y en las de nuestros hijos. Nuestras protestas formarán parte de los libros de historia, para las futuras generaciones.

Entonces, general, antes de echarme, quizás usted podría, también, pensar un poquito.

 

 

Sinceramente,

Yigal Bronner

 

 

 

 

Para recompensar su franqueza, Yigal Bronner fue condenado a veintiocho años de prisión, durante los cuales es objeto de malos tratos y de humillaciones incesantes. Trabaja catorce horas por día en la cocina de un cuartel de jóvenes conscriptos, se le prohíbe hablar con los otros prisioneros, se le confisca sus pertenencias personales, no tiene ni una almohada ni una manta para dormir, y se le humilla obligándolo a ponerse un sombrero todo el día (26). En resumen, soporta, como a todos los que se intenta someter a una obediencia imbécil, la corriente vileza de todos los ejércitos del mundo, de todos los estados del mundo. Pero a la imagen de lo que soportan muchos otros proletarios en Palestina, en Israel u otros lugares del mundo, estas vejaciones construyen las determinaciones de mañana, aquellas que hoy portan los refuzniks israelíes a transformarse mañana en revolucionarios internacionalistas. Y cuando se constituyan como tal, no será solamente a través de cartas que el proletariado responderá a la violencia de los generales.

 

 

¡No somos israelíes, ni palestinos, ni judíos, ni musulmanes,...

somos el proletariado!

 

La consigna que ha servido de título a este artículo, se inspira de la respuesta mordaz que huelguistas británicos dieron a sus propios explotadores que, durante la llamada primera guerra mundial, los acusaban de ser cómplices del enemigo: «¡no somos ingleses, ni alemanes, somos el proletariado!». Esta precisión política, remitida aquí con vigor y orgullo, a la jeta de los nacionalistas británicos, implica en una situación de guerra imperialista, un salto de calidad esencial para el desarrollo de la revolución. No solo porque se desolidariza con la unión nacional, y por ello contiene el enfrentamiento con «su propia» burguesía, sino también porque cuando rechazan la identidad nacional, con la que nuestros enemigos pretenden encadenarnos, los proletarios afirman simultáneamente los lazos naturales que los unen a los proletarios de otras naciones.. He ahí la esencia fundamental del derrotismo revolucionario. Denunciar a «su» burguesía como su enemigo directo, y enfrentarse («no somos ingleses...»), afirmándose como clase revolucionaria («somos el proletariado...»), es un estímulo fenomenal para la generalización de la lucha de clases, inclusive en el campo llamado adverso.

Es también el reto que estas brechas podrían contener, es decir, desarrollarse en el interior de esa unidad nacional tan indispensable para el estado de Israel para poder continuar asumiendo su papel de gendarme en Próximo Oriente. No hay dudas de que esos conscriptos que se niegan a servir al ejército le resultan abiertamente molestos al estado, pero para que sean algo más que simples «objeciones de conciencia», relativamente soportables y encuadradas por el estado, tienen que armarse de una perspectiva social. Una perspectiva social que no sólo resida en la extensión del los refuzniks, sino principalmente en el hecho de que estos proletarios definan abiertamente su rechazo al ejército como un enfrentamiento contra el capitalismo, como un enfrentamiento no únicamente contra los ministros «corruptos» y los «malos» generales, sino contra todo el sistema que los produce, contra «sus propios» burgueses, contra el estado en su totalidad.

«No somos israelíes...»: la explotación no tiene fronteras, no podemos defender fronteras que dirigen nuestra explotación; no tenemos intereses comunes con los burgueses que nos explotan y que nos envían a combatir; queremos la derrota de «nuestros» explotadores, de «nuestros» burgueses, de «nuestro país» para abolir toda explotación y toda frontera...

«Ni palestinos...»: provocando la derrota del capitalismo allí donde nos encontremos, fomentamos prácticamente a que los proletarios del otro campo continúen e intensifiquen su lucha; llamamos a nuestros hermanos de clase, sometidos en el campo nacional adverso, a reconocerse como hermanos de clase, a asociarse en los filas de aquellos a los que llaman refuzniks, a desobedecer a sus propios oficiales, a utilizar nuestras redes para desertar, a fraternizar con nosotros, a utilizar nuestros propios espacios para derrotar juntos a toda la burguesía...

«¡Somos el proletariado!»... Nuestra identidad no es nacional, sino social, pero somos más que obreros de la construcción en Gaza o en Tel Aviv, más que aquellos que lanzan piedras en Palestina o que los refuzniks israelíes; mucho más que las categorías sociológicas en las que intentan encerrarnos... En tanto que proletarios somos más que una masa de explotados, somos un proyecto social revolucionario que tiende a abolir toda clase social, somos el comunismo.

Sin lugar a dudas el proletariado en Israel no tiene aún la capacidad de desarrollar una práctica revolucionaria que se articule entorno a estas audaces formulaciones (como tampoco en Palestina o en el resto del mundo hoy en día), pero las rupturas que hemos saludado en este texto, por más aisladas o confusas que sean, testimonian del desarrollo ineluctable de la contraposición a los proyectos mórbidos y bárbaros del estado capitalista, y se van enmarcando en ese camino.

 

Al cierre decidimos agregar y subrayar algunos elementos que confirman las dificultades que tiene el estado de Israel para seguir con su política de masacres.

 

Del El Periódico - edición impresa Internacional, setiembre 2003: «El jefe de la Fuerza Aérea israelí, el general Dan Halutz, ordenó ayer la expulsión del Ejército de 9 pilotos del grupo de 27 que el miércoles protagonizaron una rebelión al escribirle una carta informándole de su decisión de no acatar la orden de bombardear zonas civiles de los territorios ocupados y de no perpetrar asesinatos selectivos. Los nueve pilotos sancionados están en activo. El resto son pilotos de la reserva a los que ya no se les exige volar y que, de momento, no han sido sancionados».

En otro orden de cosas y según los diarios oficiales de Israel, hoy un millón de habitantes de Israel pasan hambre y, según fuentes opositoras, uno de cuatro niños viven subalimentados.

El estado de Israel, para llenar el hueco financiero que le esta dejando la guerra, sigue retirando subsidios sociales, aumentando los impuestos a los artículos de primera necesidad: papas, legumbres ... 

Contra ese aumento de la pobreza se han producido un conjunto de manifestaciones, ocupaciones y otras formas de lucha, algunas de las cuales nos parece importante subrayar:

- En Jerusalén, frente al Ministerio de Finanzas, las madres solteras han acampado y denuncian permanentemente la situación degradante en la que viven.

- En Tel Aviv, en una plaza que se encuentra al centro de los comercios de lujo, se han instalado, desde hace más de un año, en lo que se llamaba la Plaza del Estado, un conjunto de «sin casas» y de miserables que rebautizaron esta plaza como la Plaza del Pan.

- Manifestaciones, concentraciones, y otras formas de lucha se repiten sistemáticamente. En ellas se contrapone al Eslogan lanzado por el gobierno de «luchar y tomar la bandera de nuestra seguridad», el de «nuestra seguridad es que nuestros hijos coman y tengamos techo». Se denuncia el hambre, «como destructor de nuestra inteligencia, el terrorismo que este contiene: mal en el estómago, terror de conseguir que comer, los padres venden lo poco que les queda para alimentar a sus hijos ...»

 

 

Ya lo observamos, la fuerza de estas rupturas es que surgen del interior, que se enfrentan prácticamente a su propio ejército, a su propio estado, a sus propias ideologías..., y todo esto a pesar de que la claridad programática aún está dramáticamente ausente, que  las formulaciones no solo no sean lúcidas, sino totalmente inadecuadas. La vía de la lucha de clase está trazada por el mismo desarrollo de la catástrofe capitalista, por la incapacidad del capitalismo a ofrecer otra cosa que una agudización de la explotación y de las guerras, y son estas determinaciones las que obligarán al proletariado a reconocerse más abiertamente como sujeto revolucionario, y a afirmar plenamente la abolición del estado como perspectiva.

Si aún socialmente no es el caso, en la actualidad ya ciertas minorías intentan, en contra de la corriente, defender ciertos aspectos de esta perspectiva. Así, por ejemplo, un volante firmado «Judíos contra el sionismo», distribuido el 18 de mayo de 2002 en Londres, durante una manifestación izquierdista «por los derechos de los Palestinos», en el que «judíos» denuncian los crímenes de «su» estado, dentro de una perspectiva mucho más global que asocian a la abolición de todo estado:

«El sionismo es un producto intrínseco del nacionalismo mundial, del colonialismo y del estatismo. El sionismo, que nace en el momento en el que mundo está a punto de ser dividido y el sistema estado-nación europeo consolidado, es el cómplice de Occidente y una calamidad para los palestinos. La alianza sionista, con el poder y la tiranía, no hace de él, el protector de los judíos. Colabora permanentemente con los racistas y los asesinos para continuar la colonización de Palestina. En oposición a esto, nosotros apoyamos a todos aquellos que buscan derrocar a ‘sus propios’ gobiernos, a ‘sus propios’ dirigentes. Nosotros apoyamos las luchas que buscan derrotar al estado y al capitalismo [...]. Los fundadores del sionismo rechazan la posibilidad de vencer el antisemitismo a través de la lucha popular y la revolución social [...]. El racismo y la opresión, que demuestra el estado de Israel, no tiene nada de extraordinario. Las traiciones históricas del sionismo no tienen nada de excepcional: es el lote de toda forma de nacionalismo. Nuestro antisionismo se basa en la oposición a todo estado, a toda frontera, a toda nación; se basa en la oposición a los dominadores y a los explotadores del mundo enero.

 

¡Por una intifada global

y por la abolición de toda frontera!» (27) 

 

  

 

Los campos de batalla permanentes que constituyen los estados israelí  y palestino como espacio de vida, como utilización macabra del martirologio para alimentar sus necesidades respectivas de carne de cañón, propulsan, cada vez más, a los proletarios a romper con la religión de cada estado respectivo, y a designar el enemigo común. Enemigo común que en toda época y sea cual sea «nuestra nacionalidad» es el capitalismo, el estado que lo estructura, el ejército que lo defiende, la burguesía que lo encarna.

Frente a todos aquellos que intentan canalizar nuestras revueltas anticapitalistas en un terreno nacional, reivindiquemos alto y fuerte la bandera de los sin patria, la lucha de los sin grado, la perspectiva internacional de una sociedad sin clases.

Desarrollemos nuestras organizaciones sin tener en cuenta «nuestras nacionalidades». Luchemos por la fraternización, por tomar contacto a ambos lados de la frontera y desarrollar los vínculos militantes que permitan a los proletarios de cada lado escapar a los oficiales, a los mollah o a los rabinos que pretenden enrolarnos.

¡Desarrollemos juntos la lucha contra «nuestra propia» burguesía! ¡Demos vuelta nuestras armas y apuntemos contra quienes nos envían a masacrarnos! ¡Desarrollemos el derrotismo revolucionario!

Es en este contexto de lucha sin cuartel que lleva adelante el proletariado en Palestina, en el contexto de las primeras brechas en la unión nacional que se producen en el estado de Israel, que proponemos a continuación en «Memoria Obrera» un volante que fue producido en 1943, en el que militantes revolucionarios llaman a los proletarios «judíos» a luchar contra «su propia» burguesía, rompiendo abiertamente con el antifascismo y el estalinismo que buscaban designar a todo alemán como su enemigo.

«No creáis en los mentirosos nacionalistas. Los obreros alemanes e italianos son, como nosotros, víctimas, son nuestros hermanos de clase», declaraban los militantes de los Comunistas Revolucionarios cuando se dirigían en yiddish a los obreros «judíos».

Ayer, hoy y mañana, frente a todos aquellos que pretenderán dividirnos, distorsionar nuestras luchas, encontrar «diferencias» de situación para justificar mejor la pertenencia a un pueblo específico, sea éste el «elegido» o el «mártir», repliquemos, como los autores del volante: «¡los capitalistas se unen contra nosotros, unámonos contra los capitalistas!».

 

 

Marzo de 2003

Obreros judíos, compañeros:

 

El primero de mayo es el día del proletariado internacional, el día de la fraternización proletaria. La nueva guerra mundial dura desde hace cuatro años. Es una guerra que no toca casi a los ricos y en la que las víctimas son los pobres. Ustedes son perseguidos, maltratados, explotados y exterminados.

 

Clase contra clase

 

El capitalismo internacional necesita sin parar carne de cañón fresca, mano de obra barata. Los obreros franceses, alemanes, poloneses, italianos, checos, y muchos otros, son oprimidos como nosotros, judíos. En África, en América, en Rusia, los trabajadores, creyentes o no, latinos, árabes, negros, amarillos, blancos, son despedazados por sus propios opresores. En todas partes del mundo, el imperialismo ha encerrado a los proletarios en un inmenso campo de concentración.

 

¿Cuántos capitalistas judíos fueron deportados? Ni uno solo. Todos se fueron de Francia, mientras que las masas de proletarios judíos revientan, deportados en vagones blindados hacia los campos de la muerte. Muchos viven en la clandestinidad, sin papeles ni dinero, abandonados por los burgueses y burócratas judíos.

 

Clase contra clase

 

Ningún capitalista francés fue deportado, ningún capitalista alemán o italiano cayó en el frente oriental, ningún capitalista anglo-americano reventó en los desiertos de África.

 

Todos los proletarios son vendidos y explotados por sus capitalistas. Todos los esclavos son nuestros hermanos, todos los capitalistas y todos los traidores son nuestros enemigos. Nunca más pueblo contra pueblo, sino clase contra clase.

 

Los esclavos alemanes, judíos y otros tienen que trabajar, en la organización Todt, oprimidos por las SS y a veces controlados por los milicos judíos. Los guardias móviles franceses persiguen a los obreros franceses. La Gestapo persigue a los desertores y refugiados alemanes. La GPU fusila a los comunistas rusos. Los milicos ingleses y americanos reprimen las huelgas en Inglaterra y en América.

 

Pero los trabajadores responden

 

En Arcachón 400 trabajadores alemanes y 1.000 judíos franceses lanzaron una huelga por una alimentación mejor. 10 alemanes y 25 judíos fueron fusilados, pero la huelga continúa. Los alemanes comparten la comida con los judíos, pues las SS han prohibido la distribución de víveres a los judíos. Los obreros franceses y extranjeros coinciden en la lucha contra los gendarmes franceses y alemanes.

 

Los obreros alemanes desertan, la resistencia pasiva se extiende por el país. En todo el mundo se dan huelgas y luchas. La guerra imperialista se transforma en guerra civil contra los verdugos capitalistas.

 

Trabajador judío, compañero, ¿dónde está tu lugar?

 

¿Con los burgueses judíos? Ellos siempre te detestaron y traicionaron. Se benefician con la guerra mientras tu sangre corre. Siempre están unidos con los capitalistas no judíos.

¿Cuáles son los objetivos que persiguen los sionistas cuando se les propone una alianza con la burguesía judía, por un ‘país judío’? Hoy en día, Churchill, Roosvelt y Goebbels se muestran igualmente partidarios de un país judío que sería un nuevo campo de concentración para las masas judías. ¡Gracias por tal país judío! La cuestión judía sólo puede resolverse por la fraternización de todos los trabajadores, por la revolución en el mundo entero. Sin victoria de la revolución proletaria generalizada, los judíos serán siempre explotados y perseguidos. Vuestro lugar está con los proletarios del mundo entero.

 

El movimiento sionista crea colonias y muchos jóvenes van, sin que hayan muchas posibilidades de vida para esta juventud. ¿Dónde va el dinero destinado a la juventud? La burocracia de la federación UGIF usurpa todas las responsabilidades. Juventud judía, no te dejes explotar por los sionistas y la burocracia judía.

 

Compañeros

 

Pensad en nuestros muertos, pensad en tus hermanos que te esperan en los campos, pensad en tus hermanos, hermanas, en tus hombres y mujeres, en tus novias, en tus niños, padres y madres, que están en los campos con millones de polacos, checos, rusos, franceses y alemanes, deportados en el infierno. Ellos esperan tu acción para su liberación.

 

Ellos comprendieron que sólo la acción de todos los oprimidos puede salvarnos. ¿Nuestros compañeros cayeron inútilmente? ¿Podéis olvidar a nuestros hermanos en los campos de la muerte?

 

¡No esperéis nada de Roosevelt, Churchill o Stalin! Contad únicamente con vuestras propias fuerzas, con los proletarios revolucionarios de todos los países.

 

No creáis más en los embusteros nacionalistas. Los obreros alemanes e italianos son como nosotros, víctimas. Son nuestros hermanos de clase. Las SS son, para ellos como para nosotros, el enemigo principal.

 

¡Los capitalistas se unen contra nosotros, unámonos contra ellos! ¡Nosotros somos los más fuertes, nosotros somos las masas!

 

¡Abajo la guerra imperialista!

¡Abajo el nacionalismo!

¡Basta de pogromos, masacres y deportaciones!

¡Viva el Primero de Mayo, jornada de fraternización proletaria internacional!

¡Adelante con la revolución proletaria internacional!

¡Paz! ¡Libertad! ¡Pan!

 

Primero de Mayo de 1943 - Los Comunistas Revolucionarios

 

 

A Propósito del volante y de sus autores: los «Comunistas Revolucionarios»

Los rastros de las experiencias que los comunistas han ido sacando de nuestra lucha histórica son escasas y al mismo tiempo, sumamente preciosas. La burguesía también tiene conciencia del valor de esos materiales históricos y utiliza una inmensa energía para ocultar la memoria de nuestra clase, difamar nuestros viejos compañeros, desnaturalizar sus luchas, destruir su prensa ...

En el cuadro de la lucha por la reapropiación de nuestro pasado presentamos este volante, firmado «Los Comunistas Revolucionarios» y difundido el 1º de mayo 1943, en plena guerra, en el sur de Francia (28).

La poca información que poseemos sobre el documento y el grupo que lo difundió la extrajimos de las fuentes siguientes:

Ante todo, encontramos la traducción en francés de este volante en el libro de Maurice Rajfus «L’an prochain la revolution. Les communistes juifs immigrés dans la tourmente stalinienne. 1930-1945» («El año próximo la revolución. Los comunistas judíos inmigrados en la tormenta estalinista») Ediciones Mazarine, Paris, 1985. El único comentario que este historiador hace es el siguiente:

«Este volante es, mas allá de la terminología y de los eslóganes copiados del "Tercer período" de la Internacional comunista, un documento remarcable puesto que rompe con la confianza absoluta en rigor acordada a los "grandes aliados" » (29).

Luego, nuestra investigación sobre  las minorías comunistas durante este periodo de derrota  del proletariado nos llevó a delimitar mucho más de cerca la trayectoria histórica del grupo que produjo este documento. «¡Jüdische  Arbeiter, Kameraden!» fue escrito publicado y difundido por militantes organizados en el grupo RKD «Revolutionäre Kommunistern Deutschland» (Revolucionarios comunistas de Alemania).

La filiación organizacional y programática de los comunistas de Europa central, que llevará a la constitución de la organización RKD, es interesante y la vamos a resumir a continuación.

En 1935, en Austria, varios grupos de militantes de los Jóvenes del KPÖ «Kommunistische Partei Osterreichs»(Partido comunista de Austria), formaron una fracción que criticaba cada vez más abiertamente al partido estalinista. Luego rompen y se transforma en organización autónoma bajo el nombre de RKÖ «Revolutionäre Kommunisten Österreichs» (Revolucionarios Comunistas de Austria)  Los RKÖ publicaron en 1936-37 el órgano Bolschewik (bolchevique) cuya divisa era: «¡el enemigo esta en tu propio país!». Su militancia representó una referencia incontestable para numerosos militantes que, como ellos, se inscribían en un proceso de ruptura con la corriente trotskista, entre otras con el grupo de «Bolschewiki-Leninistern» (bolchevique leninistas). Desde 1937-38 los RKÖ, extraordinariamente críticos con respecto a la corriente trotskista, afirmaron su carácter internacionalista en la revista «Der Einziger Weg»(«El único camino») que publicaron en común con revolucionarios de Suiza y de Checoslovaquia.

En 1938 la represión los forzó al exilio en Europa del Oeste. Se aproximan entonces a las posiciones de la RWL «Revolutionary Workers League» (Liga de trabajadores Revolucionarios) de USA que en oposición abierta a la corriente trotskista defiende el derrotismo revolucionario durante la lucha de nuestra clase en España. En ese entonces publican algunos folletos, los «Juniusbriefe»(Carta de Junius, de Rosa Luxemburgo).

En 1939 y 1940, en Amberes Bélgica, los RKÖ publican la revista «Der Marxist»(El marxista) y en Francia el «Bulletin oppositionnel» (Boletín de la Oposición). Alrededor de 1941 se constituyen como un polo de ruptura para un cierto número de militantes trotskistas alemanes en el exilio, y cambian su nombre RKO por el de «Revolutionäre Kommunisten Deutschlands» (RKD).

En 1941, los RKD, implantados principalmente en el sur de Francia, desplegaron una importante actividad militante publicando, a pesar del exilio, la clandestinidad y la represión, regularmente su prensa: el «RK-Bulletin» (RK-Boletín), desde 1941 a 1943 y «Spartakus» desde 1943 a 1945,  diez volantes internacionalistas (en alemán, yiddish, francés, e italiano), en condiciones de extrema inseguridad. El número de «Spartakus» de abril 1945 contiene un  «Llamado de los Comunista Revolucionarios de Alemania al proletariado Alemán» del cual reproducimos algunos preciosos extractos:

«No olvidemos que es el capitalismo que ha puesto a Hitler en el poder. Es el capitalismo   que ha provocado la nueva guerra mundial ....  Los explotadores de todos los países se unen, a pesar de sus divergencias imperialistas, contra el «peligro» de la revolución proletaria que, para ellos, es el peligro mortal ...

Los capitalitas aliados y rusos se precipitan a socorrer a la burguesía alemana contra el proletariado alemán. Los capitalista rusos, con Stalin a su cabeza, ahogan todo movimiento revolucionario, cuando precedentemente liquidaron en Rusia las conquistas proletarias y revolucionaria de Octubre 1917. Los comunistas en Rusia fueron encarcelados y fusilados. El proletariado fue reducido a esclavo, como aquí.

Así, es lógico que los asesinos de la revolución rusa deporten actualmente a vuestros padres e hijos, a vuestros maridos y hermanos, para someterlos a trabajos forzados. Ellos prohíben a sus propios soldados el diálogo con ustedes, lanzan calumnias acusándolos a ustedes de «nazis» porque temen y quieren impedir a todo precio, la fraternización entre obreros alemanes y rusos.

Por el contrario, hacen la paz con una parte de los capitalistas y verdugos alemanes, con el Mariscal nazi Von Paulus. Apoyan a los bonzos nazis y a aquellos verdugos SS que les dieron el indulto. Según ellos, solamente los proletarios alemanes y rusos tendrían el deber de odiarse y de asesinarse; mientras que los Señores capitalistas se enriquecen: he ahí la voluntad de los Hitler, Stalin, Churchill y Compañía.

Los burgueses ingleses, americanos y franceses no actúan diferentemente ....»

Afirmar las posiciones comunistas es también demarcarse de sus enemigos:

«no somos socialdemócratas, ni estalinistas, ni trotskistas. La cuestión del prestigio no nos interesa. Somos comunistas, espartakistas revolucionarios»

En 1942, en Francia, se formaron grupos de CR, «Comunistas revolucionarios», que en la revista «Fraternisation prolétarienne» (fraternización proletaria) en 1943 y 1944 defienden posiciones similares a las que desarrollaron los RKD.

A pesar de la autonomía organizativa conservada por los dos grupos, intentaron unir sus fuerzas, centralizando sus actividades contra el capital. Organizaron clandestinamente reuniones, discusiones, debates, etc. Juntos, crearon una comisión internacional y publicaron un órgano, «L’Internationale»(La internacional).

En 1944, se constituyó la  OCR «Organisation Communiste Révolutionnaire» (Organización comunista revolucionaria) que publicará  dos órganos en común con los grupos preexistentes de CR : « Rassemblement communiste révolutionnaire » (Agrupación Comunista Revolucionaria) y « Pouvoir ouvrier » (Poder Obrero). Los RKD, con la OCR, publicaron « Vierte Kommunistische Internationale»(Cuarta Internacional Comunista)  en 1944 y 1945. Durante los años 40, surge un espacio revolucionario en la que estos tres grupos, CR, OCR y RKD, afirman sus posiciones programáticas confrontándose (y demarcándose), con los bordiguistas, «anarquistas», consejistas y trotskistas de izquierda.

En 1945, la represión termina imponiéndose contra los militantes RKD, que definiéndose contra las fronteras, las familias políticas, la represión y la desmoralización tuvieron la extraordinaria capacidad de defender nuestro programa, el comunista.

 

  

 

A pesar del aislamiento prolongado y la represión de los años más negros de la contrarrevolución (décadas del 30 y 40),  estos tres grupos de militantes comunistas desarrollaron, de ruptura en ruptura, una actividad de clase. Obraron en la reconstrucción programática, luego de la derrota de la ola de lucha 1917-23 (30), resistiendo a las fracciones que a pesar de autollamarse comunistas se mantuvieron estancadas en la oposición centrista (trotskismo y bordiguismo principalmente) y se mantuvieron encerradas en la problemática de apoyo y sumisión a la política de la URSS que sentó su dominación en la derrota de la revolución y en la recuperación de la «Internacional Comunista». Esta última, gangrenada desde su constitución por la contrarrevolución, terminó siendo unas de sus punta de lanza internacional. En pocas palabras, los militantes organizados al interior de los CR, OCR y RKD resistieron al proceso histórico de la contrarrevolución.

Fue en este cuadro, y a contracorriente, que estos grupos llevaron de frente:

 el balance necesario de las luchas revolucionarios de los años 1917-23, que los condujo a asumir, a través de sus diversas rupturas, la organización del ..

 ... derrotismo revolucionario, principalmente por la difusión, en varias lenguas y en varios países, de llamados a desarrollar y unificar la lucha contra la guerra que comportaban claras denuncias de la solidaridad de todas las fracciones burguesas, de todas las patrias contra el proletariado y consignas organizativas que correspondían al interés único y mundial del proletariado.

 El trabajo de reagrupamiento y de centralización internacional de fuerzas revolucionarias.

Contra el estalinismo, ultra dominante en esa época, miles de proletarios se dirigieron hacia el trotskismo para estructurar su lucha contra la burguesía. Si el trotskismo defiende globalmente el programa reformista burgués, la corriente trotskista, en aquel momento encuadra a un gran número de proletarios combativos, en ruptura parcial contra el estalinismo (la experiencia de la revolución y la contrarrevolución en España nos es preciosa en este sentido) tratando de imponerles la política suicida y contrarrevolucionaria de su «apoyo crítico». El movimiento comunista, que atraviesa toda la sociedad burguesa, va expresarse entonces en aquellas minorías que, no se detienen en la pseudo ruptura trotskista, sino que rompen también con el mismo trotskismo a quien denuncian como expresión centrista, como parte de la contrarrevolución y en base a ello afirman las invariantes e intransigentes posiciones clasistas, internacionalistas. Los RKD representaron un ejemplo claro de esa afirmación comunista, organizados, primero, al interior de la izquierda de la Oposición oficial trotskista, para luego constituirse como portadores de posiciones revolucionarias, en ruptura total con la corriente trotskista. Toda la fuerza y la claridad de su ruptura, como la de los CR y de la futura OCR, se encuentra, a partir de la necesidad de tomar claramente posición en relación a la guerra, en el cuestionamiento que hicieron de su propia trayectoria y en las lecciones programáticas que sacaron. Al respecto es fundamental la ruptura con la concepción trotskista de apoyo crítico al estalinismo y a la URSS definido como un estado obrero («deformado o degenerado») dominado por una burocracia de origen obrero, cuando (como vimos en el extracto arriba mencionado), los RKD definen claramente a la URSS como capitalista y a la clase dominante en ese estado también como capitalista. No se trataba de una simple discusión teórica; la misma llevaría al trotskismo y su apoyo crítico de la URSS a separarse totalmente del internacionalismo proletario, a participar y reclutar para la guerra, a integrar abiertamente un campo burgués contra los intereses del proletariado mundial, contribuyendo así a la contrarrevolución y  a la mayor carnicería del siglo.(31)  

Los compañeros del RKD, que firman el volante que llama a la solidaridad proletaria y al derrotismo revolucionario contra todos los campos burgueses, son parte de esa pequeña minoría de militantes que, de ruptura en ruptura, surgió como una de las raras organizaciones militantes que afirmaron el derrotismo revolucionario, durante la mal llamada «segunda» guerra mundial, como materialización viviente del internacionalismo proletario. Los militantes de hoy y de mañana tienen mucho que aprender de la actividad de estos militantes revolucionarios. La republicación de este documento es de una importancia crucial por varias razones en las que queremos insistir.

A pesar de que se dirija a proletarios «judíos» que se expresan principalmente en yiddish, es uno de los raros documentos que supera y critica la especificidad judía. Definirse pro o anti judío, pro o anti sionista,  pro o anti Israel... es siempre una actitud racista, contrarrevolucionaria., es someterse a una polarización burguesa. El siguiente párrafo del volante es de una claridad y de una subversividad  extraordinaria, que mantiene hoy en día toda su fuerza:

«Trabajador judío, compañero, ¿dónde está tu lugar?

¿Con los burgueses judíos? Ellos siempre te detestaron y traicionaron. Se benefician con la guerra mientras tu sangre corre. Siempre están unidos con los capitalistas no judíos».

El proletariado no es judío, ni alemán,  ni francés, ni americano, ni chino, es una clase mundial con intereses idénticos: la revolución comunista por el advenimiento de una sociedad humana., es una clase que soporta la misma explotación perpetuada por una sola clase mundial, la burguesía. Esta burguesía se descompone en mil caras ... en competencia sobre el mercado de nuestra explotación, más fundamentalmente ella tiene los mismos intereses por todos lados: la perpetuación del capitalismo. Poner esta realidad adelante en 1943 tiene una fuerza que es necesario destacar.

Denunciar la ideología del «pueblo judío» es muy importante por diferentes razones. La ideología de la persecución judía ha dado mucha estructuración durante, y sobre todo, después de la guerra, en relación a dos ejes:

 crear una justificación para la constitución de un Estado judío gendarme, en la región del Oriente medio.

 crear/reforzar la polarización burguesa fascismo/antifascismo. Esta polarización encierra aún hoy en día a numerosas reacciones proletarias en el terreno burgués, es una carta que la burguesía aún no ha agotado.

Únicamente las posiciones de clase permiten a los comunistas negar/superar ese ensopado sociológico–historicista anti-proletario que es la supuesta especificidad judía.

Publicar hoy ese volante, que se sitúa claramente en nuestro terreno de clase, de lucha contra las naciones y las patrias, ... contra el capital y todas sus guerras, es participar en la defensa invariante de la posición histórica de los comunitas, el internacionalismo. La consigna: «Nunca más pueblo contra pueblo, sino clase contra clase», es una consigna internacionalista.

Es verdad que los estalinistas, en sus constantes cambios de alianza utilizaron la última parte de la misma. Pero en forma totalmente distorsionada porque la verdadera lucha contra la clase burguesa internacional implicaba lógicamente luchar contra el estalinismo internacional y contra todos los partidos «comunistas», que respondían a Rusia, en todos los países del mundo y que ya eran, sin excepción partidos burgueses, que como es lógico ya estaban reclutando para la guerra imperialista. En ese mismo período el estalinismo fue el principal verdugo de la revolución social en España último gran freno a la guerra. Luego, la fracción burguesa internacional estalinista, en esa misma trayectoria contrarrevolucionaria promocionaría el racismo y el nacionalismo, bajo la cobertura del anti-nazismo llevando la carnicería internacional a los niveles que conocemos. Citemos al poeta estalinista Ilya Ehrenbourg que vomita, durante toda la guerra, inmundos llamados al asesinato y a la violación:

«¡No decimos más buenos días o buenas noches! Por la mañana decimos: «¡Matad al Alemán!» por la noche: «¡Matad al Alemán!» ... ¡Abatid al Alemán!, es el ruego que te dirige tu vieja  madre ... Destroza por la violencia el orgullo racial de las mujeres germánicas. Tomadlas como botín legítimo. Matad, matad, valiente soldado del Ejército rojo ...»

La reapropiación de la consigna «Nunca más pueblo contra pueblo, pero clase contra clase» lanzado por los militantes del RKD en 1943 no es, entonces, como lo deja sobrentender el historiador Rajfus, un «eslogan calcado sobre el «tercer periodo» de la Internacional comunista, sino ¡una expresión de lucha del proletariado que intenta imponer su combate bajo su terreno, el internacionalismo!

El proletariado fue destruido por la polarización fascismo/antifascismo. Decenas de millones de proletarios fueron enrolados y tragados en los campos del fascismo y del antifascismo estalinista, socialdemócrata, «anarquistas», cristianos, etc. Luego de la derrota de la revolución, hacia 1923, esta polarización preparó la destrucción masiva del proletariado en los años 1938-45.

La corriente RKD intentó perpetuar la herencia programática de los comunistas de la ola de lucha 1971-23. Para ilustrar nuestro propósito citemos un «Llamado del Ejercito Insurreccional», llamado makhnovista, de mayo 1919. Este llamado formaba parte de la lucha intransigente de nuestros compañeros en Ucrania contra los pogromos judíos y por la lucha internacionalista:

«Debemos  proclamar que nuestros enemigos son los explotadores y opresores de todas las nacionalidades: el fabricante ruso, el dueño de las fundiciones alemanas, el banquero judío, el propietario latifundista polaco ... La burguesía de todos los países y de todas las nacionalidades se ha unificado para una lucha encarnizada contra la revolución, contra las masas laboriosas del mundo y de todas las nacionalidades».

Pedro Archinoff «Historia del Movimiento Machnovista  (1918-1921)»

Si hemos subrayado los puntos fuertes de este volante, fuerza es de constatar que existen confusiones o límites que debemos pasar por las armas de la crítica, para fortificar las rupturas militantes de nuestra clase. Veamos:

«Los SS son, para ellos como para nosotros, el enemigo principal».  Nuestro enemigo principal, nuestro solo enemigo, es el capital y todas las fracciones competitivas que lo reproducen. En Francia no fueron los SS, sino la policía y la gendarmería francesa, que asumieron lo esencial de la represión durante los años de guerra. Estas fuerzas armadas de la burguesía contaron con la contribución, entre otros, de la estalinistas que asesinaron o denunciaron a la Gestapo a varios de nuestros compañeros históricos. La ideología del enemigo principal sobreentiende la existencia de enemigos secundarios y por ello respuestas proletarias distintas según el caso, lo que equivale a definir un ... programa mínimo de resistencia y un programa máximo para después de la revolución.

Contra esta ideología de enemigos principales y secundarios, el proletariado supo oponer la consigna «el enemigo esta en nuestro propio país, es nuestra propia burguesía» La posición de los revolucionarios frente a la guerra capitalista es siempre la misma: oponer la revolución social a la guerra, luchar contra «su propia» burguesía y «su propio» estado nacional. Históricamente esta posición se llamó derrotismo revolucionario puesto que proclama abiertamente que el proletariado tiene que luchar contra el enemigo que le hace frente en «su propio»país, que tiene que actuar para provocar su derrota y que es solamente así que participa a la unificación revolucionaria del proletariado mundial, es solamente así que se desarrolla la revolución proletaria en el mundo (32).

Otra posición del volante nos parece problemática, la consigna final de «¡Paz!» ¿De que paz hablamos? No hay paz en si, la burguesía impone la paz social a través de las masacres generalizadas... de proletarios y la destrucción de nuestras fuerzas de clase. Sabemos que la paz del capital es la continuación de su guerra contra nuestros intereses, nuestras propias vidas, nuestro proyecto social de revolución. El proletariado, para terminar con las masacres y las deportaciones, deberá intensificar su guerra de clase, revolucionar el mundo, destruir el poder del dinero y del terror personificado por la burguesía. El proletariado, frente al terror burgués, esta obligado a utilizar su terror de clase, y al mismo tiempo lucha históricamente por la abolición de todo terror, de todo Estado.

De manera general, la consigna «pan, paz y libertad» es una consigna de la socialdemocracia. Pero si bien bajo la consigna de «paz» se oculta incuestionablemente la burguesía, es verdad también que el proletariado utilizó las consignas de «paz y libertad» en la lucha por sus intereses. Sin embargo el hecho de que en numerosos países luchas proletarias hayan levantado esta bandera, no significa que no debamos criticarla, pues nuestra lucha histórica de afirmación del programa revolucionario, implica la necesidad de demarcarse netamente de nuestros enemigos y de oponerle a su demagogia politicista y desorganizativa, consignas precisas que orienten nuestra lucha.

 

  

 

En una época de derrota total de esa ola revolucionaria, en pleno periodo de intenso terror blanco y guerra burguesa (1938-45), nuestros compañeros de RKD nos mostraron que el proletariado seguía buscando ser algo contrapuesto al papel de carne de cañón que los explotadores le habían asignado y que relanzaba el desafío comunista frente al mundo burgués.

Expresión de la vanguardia comunista, el grupo de «Comunistas Revolucionarios» lejos de desanimarse y abandonar la lucha, da perspectivas claras a nuestro combate histórico, que hoy se mantienen totalmente vigentes. A pesar de que este periodo sea globalmente un periodo de derrota y aplastamiento para el proletariado; vemos que incluso ahí existen vestigios de la lucha ultra minoritaria de los comunistas.

Compañeros, si poseen informaciones complementarias sobre este grupo y en general sobre toda expresión de nuestra lucha durante y luego del periodo 1939-45 les pedimos encarecidamente que nos las hagan conocer.

 

¡Contra la amnesia,

 

con la que pretende golpearnos la burguesía,

 

participemos a la reapropiación de nuestra memoria de clase!

 

 Notas

1. «Intifada» significa en árabe, rebelarse, sublevarse.

 

2. Es ante el centro renovado de la ciudad de Gaza que se extasían periodistas y delegaciones diplomáticas que vienen a saludar el dinamismo de la región. Y, en efecto, es ahí donde van las donaciones internacionales y también donde se concentran las instituciones y los altos funcionarios.

 

3. Extraído de Boire la mer à Gaza, capítulo 9, de Amira Hass. Ediciones La fabrique (1996).

 

4. Economic and Social Conditions in the West Bank and Gaza Strip, del Coordinador general de la ONU para los territorios ocupados (UNESCO). Gaza, octubre de 1996.

 

5. Ver Subrayamos: Palestina: los acuerdos de paz contre el proletariado, en Comunismo 37, agosto de 1995.

 

6. Boire la mer à Gaza, Op. cit. capítulo 12.

 

7. Ídem.

 

8. Decimos parcialmente puesto que las historias de amor entre estados jamás terminan verdaderamente cuando se trata de reprimir al proletariado. Así, la guerra entre el estado de Israel y el de Palestina no impide la cooperación entre ambos estados, y luego del 11 de septiembre, el estado palestino no tuvo ningún escrúpulo en comprar armas al estado de Israel, que deberían servir para la represión de los grupos que habían manifestado su aprobación con respecto a los atentados en Nueva York. Cuando se trata de reprimir al proletariado, el estado burgués muestra abiertamente su verdadera jeta supranacional.

 

9. Extraído de Dazibao, Escenas de la lucha de clases. Edita UHP Madrid, verano de 2002. Email: uhpmadrid@yahoo.es.

10. Aquí no nos referimos, evidentemente, a los grupos islámicos que acabamos de denunciar y que utilizan fríamente la desesperación reinante en los campos para transformar a los pobres diablos que anestesian con su opio religioso en carne de cañón, en «asesinos de judíos o impíos».

 

11. «Durante el fin de semana, nueve de los doce palestinos asesinados por Tsahal durante algunos combates fueron civiles inocentes. A Toubas, en las afueras de Jenine, cuatro adolescentes fueron así pulverizados por los mísiles de dos helicópteros que intentaban ‘liquidar’ a un jefe de las brigadas de mártires Al Aksa. Unas horas más tarde, en Kyriat Arba, al lado de Hebrón, cuatro obreros agrícolas fueron asesinados sin ninguna razón aparente. Finalmente, en Gaza, un hombre joven muere de una bala en plena cabeza tirada sin motivo alguno», Le Soir, diario belga, 3 de septiembre de 2002.

Este tipo de información, sacada por azar de la actualidad reciente, se ha transformado en algo tan habitual que cada vez nos preguntamos si no se trata de una información escuchada el día anterior.

 

12. «Hospital al-Ahli (Hebrón), […] en el interior hay varios heridos, entre los cuales una pequeña niña que se despertaba de un coma profundo, con el cráneo fracturado por una bala ‘de caucho’, en realidad de acero recubierta de caucho, de aquellas que, utilizadas con malicia, asesinaron o cegaron a numerosos niños. Salvo que la malicia no reside en la maldad de tal o cual soldado, sino en las órdenes recibidas, documentadas por una periodista de Haaretz, Amira Hass, durante la entrevista a un tirador de élite del ejército. Las órdenes eran tirar sobre los niños de más de doce años y de aspecto peligroso. El análisis de las heridas y las circunstancias de las muertes descritas por diferentes fuentes confirman la voluntad de dispara a matar.» Ver Lettera dai territori, Marina Rossanda en Questione palestinese, número 13, enero de 2001.

 

13. Las cifras oficiales en el 6 de septiembre de 2002 eran de 1.835 muertos del lado palestino y 604 del lado israelí.

 

14. El 99 % del apoyo constante y sonante que da la burguesía norteamericana al estado de Israel se produce después de 1967, es decir, cuando Israel dio pruebas de su poder en la región, al ganar la guerra llamada de los Seis Días. Hoy en día, este apoyo se justifica por el «deber histórico de defender Israel» y se refiere explícitamente «al derecho de los judíos a disponer una tierra». Pero lo que tiene muy bien guardado el estado norteamericano son las razones por la cuales Israel no se benefició del mismo apoyo entre 1948 y 1967, en el momento en el que verdaderamente era mucho más vulnerable. Los caminos de la hipocresía son infinitos.

 

 

15. «Israel recibe, grosso modo, un tercio de la totalidad del presupuesto para la ayuda exterior, mientras que su territorio alcanza menos del 0,001 % de la población mundial. [...] En otros términos, Israel, país de aproximadamente seis millones de personas, recibe más ayuda de Estados Unidos que África, América Latina y el Caribe juntos, si exceptuamos Egipto y Colombia.» Matt Bowles en Left Turn, número 4, marzo-abril de 2002. Se puede encontrar más información en la pagina web: http:/www.sustain campaign.org.

 

16. De la película documental alemana intitulada Balagan, de 1993, realizada en torno a la obra Arbeit macht frei, de un grupo de teatro israelí compuesto por actores palestinos e israelíes.

 

17. Finalizada la guerra, los vencedores no solamente imponen a los vencidos sus condiciones en términos económicos y políticos, sino también su cuadro ideológico dentro del cual, a partir de entonces, se tiene que justificar su victoria y «pensar y escribir» la historia. Así, los vencedores del conflicto de 1940-1945 no tuvieron ningún reparo en encuadrar las conquistas que les aseguraba la guerra imperialista en una inmensa batalla «antifascista», llevada adelante para liberar al mundo del antisemitismo nazi y de los campos de concentración. Para hacer pasar esta versión, se tuvo evidentemente que dejar de lado los aspectos contrarios a esta verdad: las múltiples alianzas con los nazis (el pacto Hitler-Stalin fue uno de ellos), el rechazo de los estados «antifascistas» a albergar a judíos expulsados de Alemania, la existencia de campos de concentración en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Grecia, el apoyo de Winston Churchill a las masacres de Mussolini en Abisinia, la colaboración abierta de los estados occidentales en las deportaciones de judíos hacia Alemania...

 

18. Sacado de Letter from Israel, de Ran HaCohe, también podemos leer diferentes textos en inglés en la página web que reagrupa sus reacciones (http:/www. antiwar.com/hacohen/).The Auschwitz Logic fue escrito en marzo de 2002, durante la protesta provocada por la comparación que se animó a hacer el escritor portugués José Saramago entre los campos de concentración nazis y la situación en los territorios ocupados, cuando fue a Ramallah en el marco de una delegación del Parlamento Internacional de Escritores (International Parliement of Writers, IPW).

 

19. Esto salta a la vista cuando vemos como se descalificó la última ola abstencionista en Francia: ocultación de cifras reales, asimilación de aquellos que no votaron a los nazis, persecución ideológica del abstencionismo. Todo aquel que no votó fue acusado de ser enemigo de la patria, de la república y de la democracia, y por ello se le obligó a hacer un mea culpa y a comprometerse públicamente a votar en la segunda vuelta. ¡La inquisición democrática existe, los abstencionistas la encontraron!

20. El sobrino del antiguo primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se declaró objetor de conciencia y afirmó públicamente su rechazo a servir en los territorios ocupados. Su relación de parentesco con Netanyahu permitió que se hiciera un poco más de publicidad de su caso, pero no impidió que los militares israelíes  lo enviaran a prisión, en la que se encuentra desde cuatro meses (diciembre de 2002).

21. La cantante israelí Yaffa Yarkoni, de setenta y seis años y equivalente local y femenino de Frank Sinatra en Estados Unidos, pasó de un día al siguiente de ser considerada como un «monumento nacional» al de «traidora» y «negacionista», por haber apoyado públicamente «a todos aquellos que hoy rechazan prestar servicios en los territorios palestinos».

 

22. El Centro de Información Alternativa (AIC), reagrupa a militantes israelíes  y palestinos en lucha contra la ocupación israelí, muchos de ellos han sido el blanco de toda una serie de diligencias judiciales. Para comunicarse con esta organización o con Sergio Yahni, escribir a: AIC, POB, Jerusalén, Israel. E-mail: rtic@alt-info.org.

 

23. Un informe publicado en el cotidiano Yerdioth Ahronoth observa el aumento vertiginoso de la angustia y de los trastornos emotivos en los jóvenes de Israel. En 2001, más de un millar de jóvenes pretendieron suicidarse, y entre ellos una buena centena de niños de ocho a doce años. Estas cifras representan un aumento de 10 % con relación al año precedente.

Por otro lado, «en el terreno del abismo entre ricos y pobres, un informe presentado esos días en Kenesset revela que Israel es el segundo país occidental en el mundo, luego de Estados Unidos, en término de diferencia de ingresos». La Repubblica, 4 de diciembre de 2002.

 

24. Con respecto a los detalles sobre la manera como ha progresado, en el interior de los diferentes componentes de la sociedad y los partidos burgueses israelíes la idea de «transferencia» ver «El cáncer de las colonias israelíes» y «Esos israelíes que sueñan con transferir» en Le Monde Diplomatique, junio de 2002 y febrero de 2003.

 

25. Los soldados que se niegan a combatir son encarcelados y no reciben más el salario que obtienen por su empleo regular, contrariamente a aquellos que aceptan el servicio militar. Esta amenaza es, evidentemente, un enorme obstáculo material, instituido por el estado para disuadir a los proletarios de enrolarse en el campo de los refuzniks.

 

26. No obstante, no pierde coraje, en una carta afirma que «no hay duda alguna que más vale pudrirse en una prisión, aislado, el sombrero sobre la cabeza, silencioso, lavando la vajilla, pelando cebollas. Prefiero de lejos verter lágrimas cuando pelo cebollas, un saco tras otro, que las lágrimas que me vienen cada vez que veo en mi espíritu las imágenes de la ocupación».

 

27. Los propios autores denuncian como «izquierdista» la manifestación «por los derechos palestinos» en la que distribuyeron este volante. Y se asociaron a «los aguafiestas anticapitalistas» poniéndose a la cabeza de la manifestación con un cartel que decía: «Judíos contra el sionismo... y contra todos los estados». Dirección de contacto: JewsAgainst Zionism@hotmail.com.

Más allá de las criticas que deben hacerse a este volante (no pone explícitamente al proletariado como sujeto revolucionario, y a pesar de hacerlo para ponerlas en cuestión, queda muy encerrado en el terreno de las categorías burguesas: los palestinos, los judíos). Lo publicamos porque la religión de estado israelí es aquí atacada por proletarios que supuestamente tendrían que estar sometidos a ella, lo que da aún más fuerza a los posiciones que defienden. Se nos objetará que el proletariado no tiene patria y que no hay razón alguna, a priori, para referirse explícitamente a los países o las culturas de la que son originarios estos militantes que llaman a la destrucción del estado. Pero la contradicción sólo es aparente, pues no es en tanto que nacionales israelíes que estos compañeros firman, sino en tanto que antinacionales, en tanto que enemigos de la nación israelí, de toda nación, de todo nacionalismo. Esa es la dinámica del derrotismo revolucionario. En última instancia, es precisamente el camino recorrido entre el origen de los autores (la religión judía o la nacionalidad israelí) y el objetivo (contra todo estado, todo nacionalismo) que hace que su proceder sea profundamente internacionalista y que su llamado no sea un llamado oportunista o platónico. Para resumirlo de otra manera, levantar un cartel con la consigna «¡Abajo el estado de Israel, abajo todos los estados!» tiene una dimensión política mucho más fuerte que ese mismo cartel en Palestina.

 

28. Este volante fue publicado inicialmente en lengua yiddish, pero impreso en alfabeto latín. A la ocasión de la publicación de este volante, así que esta presentación, en nuestro segundo numero de nuestra revista central en alemán, Kommunismus, febrero 2000, tradujimos en alemán la versión francesa que poseíamos. La versión española es la traducción de la versión en francés.

 

29. La referencia del autor al « Tercer periodo » de la Internacional Comunista, para calificar las afirmaciones « clase contra clase » del  volante que reproducimos, denota una influencia clara dela crítica trotskista o en general demócrata del estalinismo. En efecto, la IC solo recuperó, en ese famoso tercer período, de manera oportunista y totalmente momentánea las consignas pertenecientes desde siempre al proletariado y es totalmente contrarrevolucionario asimilarlas ahora a las fracciones burguesas que las utilizaron. Así, la denuncia de la socialdemocracia como partido burgués o el llamado a luchar clase contra clase forman parte de las rupturas históricas y de las afirmaciones de siempre del proletariado. El hecho de que el estalinismo  haya utilizado momentáneamente estos eslóganes para sus propios necesidades falsificadoras burguesas en los cambios y recambios de alianzas, no invalidan en un ápice estas posiciones.

 

30. El texto de la Organización Comunista Revolucionaria que apareció en «Le prolétaire» , en 1946, «Révolution et contre-révolution en Russie »  y que publicamos en «Comunismo» No. 18 constituye un aporte inestimable en la comprensión del proceso de reapropiación programática del proletariado en Rusia durante la ola de luchas 17-23; período de grandes luchas y  de límites en las rupturas que explican sus trágicas derrotas. Este texto es un jalón fundamental en la crítica internacionalista, clasista, militante de esa gigantesca y terrible experiencia de enfrenamientos revolucionarios de nuestra clase, que lo hicimos preceder de una presentación de la actividad de la OCR en Francia durante los años 40.

 

31. Recomendamos al lector la lectura de nuestro artículo «Trotskismo: Producto y agente de la contrarrevolución» Comunismo No. 3

 

32. Si el lector está interesado en un desarrollo más consecuente de esta cuestión central, le aconsejamos la lectura de nuestro texto «Invarianza de la posición de los revolucionarios frente a la guerra –Significado de la consigna de siempre de «derrotismo revolucionario», publicado en nuestra revista central Comunismo No. 44, setiembre de 1999.

 


CO50.4 Nosotros no somos israelies, ni palestinos, ni judios, ni musulmanes...

somos el proletariado !