SEGUNDA PARTE:  CONTRA LAS CAMPAÑAS BURGUESAS DE DESCALIFICACIÓN DE ESAS LUCHAS Y ALGUNAS DISCUSIONES ENTRE COMPAÑEROS.

 

 

La burguesía y sus lacayos en todo el mundo hacen de todo para descalificar y falsificar las luchas del proletariado en Argentina. Pensamos que ello se debe a que en muchos sentidos esas luchas están mostrando, con sus fuerzas y debilidades, lo que puede pasar en otras latitudes. Por eso mismo las mismas han suscitado un conjunto de discusiones entre compañeros de todas partes. Por ambas cosas volvemos y volveremos sobre el tema: porque la defensa del carácter proletario de esas luchas y esas discusiones tienen una validez de perspectiva internacional.

 

 

1- NEGACIÓN DEL PROLETARIADO EN ARGENTINA, REPRESIÓN.

 

La dominación burguesa requiere negar a su enemigo histórico, negar que pueda existir un proyecto antagónico a la sociedad actual. El terrorismo de estado directo o la acción de los medios de difusión realizan esa misma negación: el proletariado no existe, no existe su lucha... La liquidación física de los militantes, la propaganda estatal, las teorías de las universidades y de las organizaciones políticas de la clase dominante, la acción de los partidos socialdemócratas, la falsificación y el ocultamiento de la historia de nuestra clase, son diferentes mecanismos de opresión para negar (destruir) al proletariado. Como mostramos muchas veces, la lucha es presentada como lucha nacional y hasta nacionalista, como lucha entre etnias, como lucha de los desocupados, de los pobres, de los comerciantes, de los jubilados, de los estudiantes, de los obreros, de los campesinos... en fin cualquier cosa, para negar el carácter revolucionario del movimiento y para negar al proletariado mismo como fuerza histórica.

Como ya lo denunciamos cuando escribimos el texto «Acerca de las luchas proletarias en Argentina» en el número 49 de Comunismo (1), todas las teorías dominantes se concentraron en presentarnos el movimiento proletario dividido en componentes sociológicos: lumpen, «clase media», estudiantes, obreros, ahorristas, asambleas barriales... De esa forma queda fuera de la historia el proletariado, se liquida el sujeto de la revolución y su proyecto revolucionario, Se abona así el terreno para hablar de «nacionalizaciones», «privatizaciones», asambleas constituyentes, gestiones y autogestiones, acciones cívicas y pacíficas, planes para los ahorristas, cambios gubernamentales o sindicales, economía alternativa y cualquier otro invento local... Si la lucha no es una lucha del proletariado contra el capital, no tiene ningún sentido hablar de revolución social.

Así se reconstituye la historia y se dice que los piquetes, los saqueos y las violentas luchas contra los aparatos de la burguesía son la acción desesperada del «lumpen», de los «desclazados», de los «desocupados»;  la protesta contra el corralito, los caceroleos y hasta las asambleas unitarias que se desarrollaron en Capital Federal se le atribuyen a las «clases medias» o la «pequeña burguesía»; en fin se marginaliza a los «obreros» de las fábricas ocupadas teorizando que los mismos se encuentran sumergidos en una revuelta policlasista o interclasista.

La autollamada «Corriente Comunista Internacional» presenta un ejemplo clarísimo de esa manipulación ideológica burguesa, como puede comprobarse en el recuadro correspondiente.

 

En las movilizaciones sociales que se han producido en Argentina ha habido tres componentes:

Primero, los asaltos a supermercados protagonizados esencialmente por marginados, gentes del lumpen y también por jóvenes parados. Estos movimientos han sido ferozmente reprimidos por la policía, los vigilantes privados y los propios comerciantes...

El segundo componente ha sido el «movimiento de las cacerolas».
Este ha sido protagonizado esencialmente por las «clases medias» exasperadas por el golpe bajo que ha significado el secuestro y devaluación de sus ahorros en el llamado «corralito». La situación de estas capas es desesperada: «entre nosotros, la pobreza se liga con el alto desempleo; en ella van cayendo además los «nuevos pobres», ex habitantes de la clase media, en virtud de una movilidad social descendente, inversa a la de la pujante Argentina migratoria de comienzos del siglo XX Empleados del sector público, jubilados, algún sector del proletariado industrial, comparten con los pequeño burgueses la misma puñalada del corralito: sus humildes ahorros conseguidos con el esfuerzo de una vida se han convertido prácticamente en humo; los complementos a unas pensiones de hambre se han volatilizado. Sin embargo, ninguna de esas características otorga al movimiento de las cacerolas un carácter de clase proletario sino que su naturaleza es la de una revuelta popular interclasista dominada por planteamientos nacionalistas y «ultrademocráticos».

El tercer componente lo forman toda una serie de luchas obreras. Mencionemos, en particular: las huelgas de docentes en la gran mayoría de las 23 provincias argentinas; el combativo movimiento de los ferroviarios a nivel nacional; la huelga del hospital Ramos Mejías en Buenos Aires o la lucha de la fábrica Bruckmann en el Gran Buenos Aires, en los cuales ha habido choques tanto con la policía uniformada como con la policía sindical. Lucha de los trabajadores de Banca.

Los revolucionarios saludan evidentemente la enorme combatividad de que la clase obrera ha dado prueba en Argentina. Pero como lo hemos dicho siempre, la combatividad, por fuerte que sea, no es el principal y único criterio para tener una visión clara de la relación de fuerzas entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado. La primera pregunta a la que debemos contestar es la siguiente: esas luchas obreras que han estallado por todo el país, ¿han desembocado en un movimiento unido de toda la clase obrera, un movimiento masivo capaz de superar los cortafuegos instalados por la burguesía (especialmente sus fuerzas de oposición democrática y sus sindicatos)? La realidad de los hechos nos obliga a responder claramente: NO. Y es precisamente porque las huelgas obreras quedaron dispersas y no han podido desembocar en un gran movimiento unificado de toda la clase obrera por lo que el proletariado en Argentina no ha sido capaz de ponerse a la cabeza del movimiento de protesta social y arrastrar tras sí, tras sus propios métodos de lucha, al conjunto de las capas no explotadoras. Al contrario, por su incapacidad para colocarse en la vanguardia del movimiento, sus luchas han quedado anegadas, diluidas y contaminadas por la revuelta sin perspectivas de las demás capas sociales, las cuales, por mucho que sean ellas también víctimas del desmoronamiento de la economía argentina, no tienen ningún porvenir histórico. Contrariamente a su visión fotográfica y empírica, no ha sido el proletariado quien ha arrastrado a los estudiantes, a la juventud, a partes importantes de la pequeña burguesía, sino justamente lo contrario, la revuelta desesperada, confusa y caótica de un amasijo de capas populares la que ha anegado y diluido a la clase obrera. Un examen somero del planteamiento, las reivindicaciones y el tipo de movilización de las Asambleas populares de Barrio que han proliferado en Buenos Aires y se han extendido por todo el país lo prueba de forma fehaciente. ¿Qué pide la convocatoria de cacerolazo mundial del 2/3 de febrero de 2002 y que tuvo un eco entre amplios sectores politizados en más de 20 ciudades de 4 continentes? : «Cacerolazo global. Todos somos Argentina. Todo el mundo a la calle, New York City, Porto Alegre, Barcelona, Toronto, Montreal (agrega tu ciudad y tu país). ¡Que se vayan todos! FMI, Banco mundial, Alca, multinacionales ladronas, gobiernos, políticos corruptos, ¡Que no quede ni unos solo! ¡Viva la Asamblea popular! ¡Arriba pueblo argentino!» Este «programa», por mucha rabia que manifieste contra «los políticos», es el que estos están defendiendo todos los días, desde la extrema derecha a la extrema izquierda pues incluso los gobiernos «ultraliberales» saben darse toques de «crítica» al ultraliberalismo, las multinacionales, la corrupción etc. 

Por otra parte, ese movimiento de protesta «popular» ha estado profundamente marcado por el nacionalismo más extremo y reaccionario...

Al ser un movimiento interclasista, popular y sin perspectivas, no podía hacer otra cosa que preconizar las mismas soluciones reaccionarias que han conducido a la trágica situación en la que está hundida la población y con las que se han llenado la boca los partidos políticos, sindicatos, Iglesia etc. es decir, las fuerzas capitalistas contra las que el movimiento quiere luchar. Pero esa aspiración a repetir la situación anterior, ese buscar su poesía en el pasado, es una confirmación muy elocuente de su carácter de revuelta social impotente y sin porvenir...

Argentina muestra con claridad ese peligro potencial: la parálisis general de la economía y convulsiones importantes del aparato político burgués, no han sido utilizadas por el proletariado para erigirse como una fuerza social autónoma, luchando por sus propios objetivos y ganando tras su estela a las demás capas de la sociedad. Sumergido dentro de un movimiento interclasista, típico de la descomposición de la sociedad burguesa, el proletariado se ha visto arrastrado a una revuelta estéril y sin futuro.

 

La «demostración» de la CCI  (2) consiste como siempre en una enumeración sociológica de componentes de la sociedad burguesa, separando ideológicamente los tipos de protestas (negando la unidad práctica de las mismas, así como el proceso unificación real que se dio en la pelea en torno a los sectores más combativos del proletariado) pasando luego a denunciar todo lo que el movimiento tiene de ideología burguesa, en primer término el nacionalismo. ¡Habrán visto estos señores una «revolución proletaria» que no tenga ideologías burguesas, ideologías nacionalistas! La idealización de una clase obrera pura (sin lumpen, ni obreros de países periféricos, ni saqueadores), de la autonomía proletaria (no como un proceso que se afirma en la lucha, sino como un «deber ser») y de una revolución proletaria sin ideologías burguesas, no solo les lleva a negar ideológicamente el movimiento real de afirmación del proletariado sino a contribuir a desorientar y dividir al proletariado. No hay nada más coherente entonces con esa concepción que esa docta conclusión a la Plejanov («no había que haber empuñado las armas»): la revuelta es ¡»estéril y sin futuro»!

La contraposición no puede ser más evidente (tanto a nivel local, nacional como internacional) entre por un lado, todas las ideologías y fuerzas que dividen al proletariado ideológica y prácticamente y por el otro la acción real del proletariado tendiendo a afirmarse como clase y como partido.  

Como señalábamos en el artículo del número 49, el proletariado se había ido unificando en la acción directa (de la ocupación de la calle, de las asambleas, del piquete, del saqueo, del escrache, del ataque a los centros represivos y económicos del sistema) superando las divisiones y haciendo participar en la lucha a obreros y empleados, ocupados y desocupados, niños, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, habitantes del campo, de la ciudad, del barrio, de la villa. Como señalábamos en ese artículo el proletariado había superado en su práctica las reivindicaciones categoriales, cuestionando en forma creciente los sindicatos, los partidos y conjuntamente con ello tendía a organizarse en asambleas territoriales, lo que siempre es un salto de calidad del movimiento (ver Autoorganización de la clase, piquetes y asambleas página 11 a 18, así como el recuadro con la reproducción de la tesis Nº 15). En dicho proceso se fue afirmando como clase ocupando toda la calle, atacando la propiedad privada que lo hambrea y los aparatos del estado que la protegen.

Agreguemos también que los propios trabajadores que ocuparon y ocupan fábricas (a mediados del 2003 hay más de 100 empresas que continúan ocupadas por sus trabajadores) tuvieron la lucidez de ver este salto de calidad entre la fábrica y la calle, el piquete de fábrica y el corte de ruta, entre asamblea de empresa y asamblea territorial. Así, por ejemplo, los propios proletarios de la Cerámica Zanon ya desde 1996/97 pasan de los piquetes de fábrica a los cortes de ruta para oponerse a la distribución de mercancía y a unificarse en los piquetes y asambleas con otras franjas proletarias (especialmente con el Movimiento de Trabajadores de Neuquen). En Capital se da algo similar con el ejemplo de Brukman y la participación de esos trabajadores en lucha en las asambleas vecinales, lo que posibilitó una unificación grande con otros sectores del proletariado para enfrentar los intentos de desalojos violentos por parte de las fuerzas represivas. Así los proletarios de las empresas ocupadas (más allá de la dificultad de mantener a largo plazo esa posición conquistada en la lucha, haciendo que la ocupación sirva a la lucha, dada la enorme presión ideológica que existe para encerrarlos en el  gestionismo –ver al respecto el texto anterior) serán elementos dinamizadores de las asambleas de los barrios, las protestas en la calle, los escraches: las mismas empresas ocupadas sirven muchas veces de locales de reunión. 

Todas las ideologías burguesas tienden a minimizar ese proceso, a negarlo, a hablar de una especie de unidad interclasista y hasta de conciliación entre pequeño burguesía y  proletariado negando que en la práctica, no se fue hacia una protesta pacífica, ciudadana, demócrata, políticista, como querían todos los sectores partidarios de esa conciliación, de esa canalización, todos los organizadores de las protestas cívicas, sino que por el contrario fueron los sectores decisivos del proletariado, que ya estaban en la calle, que arrastraron a los otros a desbordar todos los aparatos del estado. No, no fueron las consignas moderadas, los pacíficos caceroleos que propagandearon los medios de difusión, ni los piquetes «sin cortes totales de ruta y sin capuchas», ni las marchas ovejeriles organizados por partidos y sindicatos que determinaron el movimiento, sino que por el contrario fue el movimiento que salía de los barrios, de los piquetes totales, de los escraches, de las asambleas, de las huelgas y ocupaciones de fábricas que vanguardizó el salto de calidad ocupando la calle, en forma cada vez más masiva y organizada, por asociaciones proletarias de todo tipo y con consignas cada vez más generales, contra todas las estructuras del estado.

Mientras que el proletariado, en ese mismo proceso de lucha, de afirmación clasista, genera una crítica a muchas de sus propias consignas y consecuentemente los militantes de vanguardia denuncian el nacionalismo, el democratismo, el gestionismo o/y el politicismo, es decir, un conjunto de ideologías y banderas contrarrevolucionarias presentes en todo el movimiento (lo que es una invariante histórica de todo gran movimiento proletario), todos los aparatos nacionales e internacionales de difusión y control de las informaciones, desde la derecha a la izquierda de la burguesía, meterán el acento y propagandearán las ideologías nacionalistas, gestionistas, politicistas... Todo contra la unificación del proletariado en la Argentina y en el mundo: se difunden las canciones nacionalistas y peronistas, se da palo y se mete bala atacando de frente a los sectores más organizados de los piqueteros, se afirma las posiciones gestionistas de tal o tal grupo piquetero que recorre el Europa con un discurso marquista (del llamado subcomandante Marcos), se proyecta y aprueba leyes cada vez más represivas específicamente contra el piquete y el escrache, se infla la alternativa democrático electoral, inmundos reformistas de vieja data como Tony Negri hacen propaganda por los grupos argentinos más gestionistas, se credibiliza al nuevo presidente argentino como izquierdista y antiimperialista, se propagandea el cacerolismo pacifista así como los piquetes sin violencia y hasta sin parar el tráfico, se contrapone los piquetes con las cacerolas, los barrios entre sí y hasta los piqueteros entre sí. La burguesía en todas partes quiere dormir tranquila, los proletarios del mundo no existen, ni actúan como tales, ni pueden enterarse de la acción de sus hermanos de clase en ese país, solo la opinión pública cuenta y debe repetir  a coro que en la Argentina solo hubo una lucha policlasista, pequeño burguesa, lumpenizada... los famosos desesperados de hambre, de lo que ellos denominan «tercer mundo». Como en otras grandes luchas revolucionarias se establece así un verdadero cordón sanitario que busca aislar al proletariado, que le tocó vivir y luchar, en ese país. El consejo para los «verdaderos proletarios» no puede ser más claro: no participar en la pelea, no dejarse arrastrar por las capas lumpenizadas que llaman a la acción directa y para rematar, no solo están las decenas de muertos del terrorismo del estado directo, sino ese planteo  de que el movimiento es «estéril y sin futuro» como repite la contrarrevolución.

O lo que busca el mismo objetivo confucionista y liquidador: la asimilación como parte de un mismo movimiento de lo que en realidad es totalmente opuesto, la lucha proletaria con las fuerzas estatales, la lucha piquetera con la gestión estatal capitalista.

Se dirá que estamos exagerando, que sería demasiado grosero asimilar los proletarios en lucha paralizando la reproducción del capital con los gestionarios estatales de esa misma reproducción de capital, se dirá que solo un Pinochet o un Reagan (para quienes todos son terroristas o/y comunistas) son capaces de una amalgama tan absurda y brutal y sin embargo un personaje tan conocido, como de izquierda, como Tony Negri, la hace muy alegre y abiertamente, en nombre de su propio simplismo reformista que reduce el mundo a la oposición entre lo múltiple y lo unilateral.

 

 

Esa combinación, entre los métodos directamente represivos y las maniobras ideológicas liquidadoras del movimiento, adquiere una potencia particular, cuando el terror del estado se combina con las ideologías que explican los muertos y heridos entre los que luchan, diciendo que se trata de lúmpenes peleándose entre sí.

 

PERLA DE LA BURGUESÍA

 

«No sé que sucederá en América Latina en los próximos años. Sólo sé que el continente está desarrollando su actividad en un laboratorio social extremo y eficaz. Sea cual fuere, y por subjetiva que se piense, la distancia que hay entre los piqueteros argentinos y el brasileño Lula resulta mínima: el laboratorio América Latina se levanta de manera eficaz contra el unilateralismo del capitalismo norteamericano global»

 

 

La piedra fundamental de toda esa acción burguesa es evidentemente la descalificación de la acción revolucionaria del proletariado que en contraposición abierta con la sociedad mercantil generalizó la expropiación/recuperación de lo que necesitaba inmediatamente para subsistir y su transformación en simples actos de marginales y lúmpenes que atacan realmente cualquier cosa y sin ningún criterio. Tomemos nuevamente lo que dice la CCI:

«...los asaltos a supermercados protagonizados esencialmente por marginados, gentes del lumpen y también por jóvenes parados... En una serie de casos han degenerado en robos de viviendas en barrios humildes o en saqueos de oficinas, almacenes, etc. La consecuencia principal de este ‘primer componente’ del movimiento social es que ha conducido a trágicos enfrentamientos entre los propios trabajadores como lo ilustra el enfrentamiento sangriento entre piqueteros que querían llevarse alimentos y obreros almacenistas del Mercado central de Buenos Aires el 11 de enero... Para la CCI, las manifestaciones de violencia en el seno mismo de la clase obrera (que en este caso son una ilustración de los métodos típicos de las capas lumpenizadas del proletariado) no son la expresión de su fuerza, sino, al contrario, de su debilidad. Esos enfrentamientos entre diferentes sectores de la clase obrera van, evidentemente, en contra de su unidad y de su solidaridad y sólo pueden servir los intereses de la clase dominante».

Podríamos retrucar que en todo proceso de ataque social de la propiedad privada hay violencia, que en todos los casos históricos en los que el proletariado dio ese salto de calidad afirmando sus intereses contra la ley del valor y la tasa de ganancia, hubo defensores de la propiedad privada que se opusieron, que esos defensores (como la propia policía o las milicias privadas) son reclutados por la burguesía entre los proletarios, que en ese sentido, todo proceso de cuestionamiento del orden burgués implica niveles de violencia entre quienes están por la revolución y quienes defienden el orden establecido, que en todos los casos la mayoría de los que sufren esa violencia son de extracción proletaria (lamentablemente no existen movimientos en los que solo se ataca a generales, burgueses, políticos... y que siempre estos utilizan cuerpos policiales o parapoliciales reclutados entre los proletarios), que en todos los procesos revolucionarios la socialdemocracia utiliza ese argumento de la «no violencia entre obreros», para defender el orden social y defender, por ejemplo, las decisiones democráticas de los obreros (véase la propia revolución rusa que implicó una ruptura violenta en el seno de todas las estructuras formales de los obreros, tanto de los soviets como de los partidos denominados obreros), pero entrar en todo eso, sería retroceder a un nivel que la ola de luchas en Argentina superó, desde el principio. Pues como decimos en nuestro texto anterior:

«Evidentemente hubo también enfrentamientos entre los saqueadores y algunos comerciantes, lo que fue aprovechado por los medios burgueses de propaganda para intentar denigrar al movimiento proletario. Sin embargo, ese problema que ya analizábamos en los saqueos de 1989 en Argentina es superado por la lucha actual. En el artículo de entonces (3) decíamos: «Paralelamente con ello se desarrolla un gran operativo de contrainformación iniciado algunos días antes: se hace correr el rumor en cada barrio de que la gente del barrio vecino atacará las casas de este barrio, que hay que defender sus propias casas y, aunque parezca increíble, este cuento es creído por gran parte de los protagonistas de estos acontecimientos». A fines de 2001 y principios de 2002, los sepultureros de la realidad sacan a la luz el viejo cuentito, pero esta vez los proletarios no se tragaron la mula. Muchos periodistas son escrachados por el movimiento. Esos agentes constitutivos del estado, como los políticos, los torturadores y los empresarios, no pueden salir a la calle sin escolta. Un terror frío les recorre el cuerpo, el fantasma de aquellos que creían muertos y enterrados les escupe en la jeta».

El hecho de que un grupo, que pretende hablar en nombre de la revolución proletaria, repita esa tesis de los enfrentamientos entre lúmpenes define bien (más allá de la ignorancia pedante que puede reflejar el hecho de que quienes hacen tales elucubraciones balconean un movimiento desde la vereda de enfrente como confiesan al definirse explícitamente fuera del mismo), de que lado está dicho grupo. Más aún si tenemos en cuenta que esa tesis, de los enfrentamientos entre lúmpenes, es la tesis por excelencia de la represión, la que utilizan siempre los aparatos opresores del estado cuando deben justificarse públicamente.

Ello, lo podemos verificar por ejemplo, ante el mayor golpe represivo operado contra el movimiento piquetero el 26 de junio de 2002: dos compañeros asesinados, más de tres decenas heridos con armas de guerra, centenas de torturados... Dicho día las fuerzas policiales y parapoliciales de la burguesía salieron a tirar, a matar, a ejecutar selectivamente a militantes organizadores del movimiento piquetero como lo muestra en forma terminante e incuestionable el libro realizado por el MTD Anibal Verón «Dario y Maxi, dignidad piquetera» cuyo subtítulo es: «El gobierno de Duhalde y la planificación criminal de la masacre del 26 de junio en Avellaneda».

En el mismo dicen: «Con respecto al disparo sobre Darío (Santillán) no cabe más que interpretar que buscaron darle muerte. Más allá de los disparos por toda Avellaneda, entraron en la estación (donde fusilarán por la espalda a Darío - ndr) con el fin de garantizar que de allí sacarían piqueteros muertos y explicar después que ‘se mataron entre ellos’. Las mismas palabras que, sin mediar comunicación, empezaban a resonar al mismo tiempo en los despachos de la Casa de Gobierno» (pagina 66).

 

 

 

Como señala ese libro, los aparatos centrales del estado habían preparado minuciosamente tanto la represión como esa «explicación» de los piqueteros que se mataban entre ellos. Así, solo unos días antes, el 18 de junio, se había realizado una reunión presidida por Atanasof,  jefe del gabinete de Duhalde que los periodistas habían definido así: «El gobierno nacional, la justicia y las fuerzas de seguridad avanzaron hoy en la definición de las directivas que deberán acatar jueces, fiscales y efectivos uniformados para prevenir y dispersar protestas como los piquetes y otras acciones que interrumpan el transito en vías estratégicas, informaron fuentes oficiales... En los encuentros se debatió cuál será la actitud de la Gendarmería Nacional, Prefectura Naval y Policía Federal y la cobertura a su acción que tendrán en la justicia, a través de los jueces y los fiscales federales en las próximas acciones de piqueteros que preocupan al gobierno. Las conclusiones deberán estar acordadas antes del jueves, cuando los grupos piqueteros preparan interrumpir el tránsito en los accesos estratégicos a la Capital Federal, sitiando virtualmente a la metrópoli» (Agencia Infosic).

El propio Atanasof, que oficialmente dirigió esa reunión, en la que se dice abiertamente que se prepara la acción represiva coordinándose todas las fuerzas represivas (ese 26 de junio será la primera acción realmente centralizada de todas las fuerzas represivas de Capital y el conurbano (4)), que se le dicta a jueces y fiscales lo que deben decidir (¡democrática demostración, por si aún fuera necesaria, de la validez de la tan mentada «división de poderes»!) y hasta que deben darle cobertura a las fuerzas represivas, sale al día siguiente, a dar una conferencia de prensa, en la que de antemano sostiene esa macabra tesis, de que son los propios pobres que se enfrentan entre ellos. Luego de explicar que «las reuniones que se mantuvieron con los funcionarios y las fuerzas de seguridad fueron para establecer un mecanismo de coordinación que nos permita proteger el derecho de las personas a su desplazamiento (es como con el derecho al trabajo u otros derechos democráticos, siempre que se aplican los mismos el resultado es el terrorismo contra los proletarios- ndr) « (pagina 84) e insistir en que había que ir «privilegiando el derecho a circular por sobre cualquier derecho humano» (no debe ser por casualidad que de pronto, justo en la Argentina piquetera, ¡ese «derecho humano» se transforma en el derecho más privilegiado!) explicó que «en el marco del caos sólo gana el caos» y que lo que había era una «suerte de guerra de unos contra otros».

Y efectivamente desde los ejecutantes directos a las altas esferas, todos darán esa misma explicación de la masacre: los lúmpenes se matan entre ellos, «guerra de unos contra otros».  El Comisario Fanchiotti, que dirigió directamente la operación represiva, mentirá abiertamente: «En la estación, lugar al que nunca entramos... Nosotros sólo portamos gases y balas de goma». Luego dará una explicación, en la que con lujos de detalles inventados sobre las fuerzas a su mando, presenta a ésta como verdadera brigada de auxilio de la pobre población azotada por maleantes que tiraban: «la gente que estaba adentro de la estación nos reclamaba. Había entrado un grupo muy importante, se sentían disparos de armas de fuego hacia uno de los trenes que pasaban. La gente ahí con la que pudimos tomar contacto y establecer diálogo nos comentaba que habían disparado hacia el tren, que había tiroteos ahí adentro... Quedaban algunos grupos, ahí tiramos unos gases. Los gases entraron a la estación, ahí tuvimos que salir nosotros y pudimos sacar un montón de gente que nos reclamaba auxilio porque había mujeres con chicos, embarazadas y demás que estaban tirados en el piso y tuvimos que sacarlos para el lado de Pavón...para evitar que pudiera pasarles algo...»

Claro que con lo que no contaba, ni este hijo de su madre, ni sus comanditarios, ni los periodistas que reprodujeron hasta el cansancio esa versión, es que había sido filmado y fotografiado, adentro de la estación y tirando con su revolver contra Darío. Hasta el Clarín publica una foto el 27 (día siguiente) en el que se ve todavía de pie junto a Maxi una figura borrosa que es Darío y a su lado se ve con toda nitidez al comisario Fanchiotti y sus subalternos el cabo Acosta, el principal Quevedo y el cabo Colman todos apuntando con sus armas (página 93). Luego aparecerán más fotos en las que con total claridad se ve a estos cuatro sujetos, que declaraban que nunca habían entrado en la estación adonde se «estaban matando entre piqueteros», apuntando a Darío antes de que cayera muerto. 

 Pero antes de que se conociera todo esto y durante las primeras horas de la tarde «ninguno de los funcionarios de gobierno atendió los llamados de la prensa. Después de escuchar las palabras de Fanchiotti en las dos conferencias de prensa y de acordar entre ellos la misma explicación ya no hizo falta que les insistiera. Pasadas las 16 horas, fueron los propios miembros del gabinete nacional quienes llamaron a los periodistas de confianza y a las redacciones de los principales diarios del país. Las operaciones de prensa en marcha tenían por objetivo reforzar la teoría de que «los piqueteros se mataron entre ellos», pero esta vez de boca de «altas esferas del gobierno... Ya en la reunión del gabinete, todos se esforzaron por trasmitir el mensaje sólido: ‘Las balas que mataron a los piqueteros provinieron de los mismos piqueteros’ ...aseveró Matzkin. El gobierno difundió el mismo discurso que quienes habían apretado el gatillo» (páginas 90 y 91).

 

 

2- SOBRE EL LUMPEN

 

En general, quienes sostienen que los saqueos fueron obra del lumpen, que quienes atacan la propiedad privada y los símbolos del estado son mal vivientes que están dispuestos a reventarse entre ellos, están bien protegidos en los ministerios, en los congresos internacionales, en las universidades, en los canales de televisión, en las comisarías... Es muy difícil que esta teoría se encuentre en la calle, por falsificaciones de ese tipo más de uno fue y seguirá siendo escrachado.

El proletariado defiende así su fuerza y su perspectiva contra esa forma de descalificar y reprimir a los elementos más decididos a contraponerse a la propiedad privada. No hay nada más lógico, en el proceso de afirmación revolucionaria del proletariado, que sean los elementos más desesperados por la situación que viven en el capitalismo, los que más abiertamente asumen el ataque a la propiedad privada. La contraposición general entre el ser humano y la propiedad privada que define toda la vida de los proletarios, asume sus formas más antagónicas en capas particulares, que en muchas ocasiones muestran la vía al resto del proletariado, asumiendo primero o más abiertamente la acción decididamente revolucionaria. La descalificación de estas capas, como de los ataques particulares a la propiedad privada, es sin ninguna dudas una forma disimulada o abierta de defensa de la propiedad privada y el estado.

En todos los grandes procesos revolucionarios, una parte muy importante de esos elementos calificados de lumpen por la socialdemocracia o de simples bandidos, cacos, bandoleros,... tuvieron decisiva participación.  Así, la insurrección de octubre de 1917, en Rusia, no hubiese sido imposible sin la acción conspirativa de elementos que los partidarios del gobierno de Kerenski consideraban como lúmpenes. No olvidemos tampoco que la socialdemocracia y los oficialistas línea Moscú tratarían como lúmpenes a lo que en realidad fue la vanguardia de la revolución en Alemania. A Max Holz y sus compañeros se los tildó de lúmpenes, a los insurrectos de 1918 también, en fin, al proletariado reagrupado en torno al Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD) lo miraban con desprecio, muchos de los obreros altamente calificados y sindicalizados, por ser aquellos, en su mayoría desocupados y por no tener calificación. Lo mismo se verifica en otros grandes movimientos revolucionarios como en México a principios del siglo XX, en España en los años 30, en Hungría en 1919 y en la misma Argentina de los años 1919/21. En todos esos casos, la socialdemocracia en nombre de los «obreros conscientes» califica de lumpenproletariado a los sectores que se encuentran a la cabeza del movimiento revolucionario.

Es verdad que Marx y Engels, contrariamente a Bakunin u otros comunistas anteriores, no fueron conscientes de la potencia revolucionaria de esos sectores del proletariado y muchas veces se refirieron despectivamente al «lumpenproletariado». Pero en contraposición con el caso de Argentina, en el que a quienes se pretende descalificar es a los que atacan a la propiedad privada y los aparatos estatales que la protegen, Marx se refiere, con eso de «lumpen proletariado»,  a sectores que son movilizados por el bonapartismo, para defender el estado y la propiedad privada. Marx nunca utiliza ese calificativo para designar a quien ataca la propiedad privada, ni descalifica jamás a quien roba, saquea, ataca y aterroriza al capital. Al contrario en sus trabajos, como en los de Engels, siempre define al proletariado por esa contraposición general con la propiedad privada, considerando como parte de la guerra del proletariado contra el capital los robos, los saqueos e incluso los ataques individuales (o colectivos) a propiedades o/y propietarios privados. También en esta falsificación de lo que es el lumpenproletariado, constatamos como se ha constituido la religión de estado que se denomina «marxismo» y que ya Marx denunciaba.

En Argentina, como decíamos, ese discurso del lumpen, de los marginales, no prendió, y solo fue empleado,  por los agentes directos del estado. En realidad ese discurso no podía cuajar por la sencilla razón de que toda la propiedad privada apareció violentamente como lo que realmente es: el hambre para franjas cada vez más amplias del proletariado. Porque las grandes masas proletarias asumieron prácticamente ese acción contra la propiedad privada, o se sintieron parte de la misma, y porque esa lucha asumió la forma de enfrentamiento abierto contra la propiedad privada concentrada, es decir, los cuerpos policiales y parapoliciales del estado capitalista.

 

 

 

Sin embargo, esa repugnante concepción, según la cual la parte más golpeada del proletariado, pertenecería a otra clase social o tendría intereses diferentes a los del proletariado, tiene peso y muchas veces la burguesía logra aislar o descalificar a ciertos sectores, especialmente cuando los mismos se efectúan en épocas de paz social. Eso sucede, hoy mismo, en otros países (incluso vecinos de Argentina) en los cuales los saqueos son todavía marginales, se producen a destiempo (incluso entre ellos) y adonde todavía la mayoría del proletariado no asume abiertamente esa oposición, por miedo a la represión, por las ideologías dominantes, (legalismo, religiones, ilusiones...) y hasta por el desprecio ideológico contra quien es todavía más pobre que uno. En última instancia porque la burguesía puede todavía convencer a la mayoría de los proletarios de que el sistema de la propiedad privada es el único posible y porque, el muy relativo mejor nivel de vida, de esa mayoría, con respecto a los que no tienen nada, le permite al sistema mantener esa división del proletariado.   

En realidad, denigrar los saqueos o/y los piquetes en Argentina, atribuyéndolos al lumpen, persigue exactamente ese mismo objetivo estatal: dividir al proletariado. Aunque no tenga éxito local, dicha ideología busca aislar a los proletarios en Argentina del resto de sus hermanos de clase en el mundo. Por esa misma razón todos los medios de desinformación pública presentaron en todas partes saqueos en Argentina como un producto particular de ese país, como simples revueltas de hambre. Lo que se busca es claramente, que ese idiota útil, que es el televidente del mundo, no se sienta para nada concernido con dicho problema, que no sienta que esa «gentuza» está peleando contra toda la sociedad que lo explota y oprime también a él. Y esto sí que cuaja mucho mejor: el televidente ni siquiera se siente un proletario sino un consumidor, un ciudadano y como tal, no puede ver a su hermano en aquella lejana lucha, sino que ve a los desesperados, a los que no tienen nada, a los marginales.

Lo que se busca, además, es que los proletarios del mundo no se contagien y que consideren, que la revuelta en Argentina, en vez de estar mostrándoles el camino, por la generalización de métodos de lucha como la asamblea, el piquete, el saqueo, el escrache, la ocupación de la calle,... consideren todo eso, como algo del pasado. La socialdemocracia de Europa Occidental, como hoy la CCI y otros grupos de esa línea histórica, en perfecta coherencia programática con ella, también negaba la existencia de una lucha proletaria revolucionaria en Rusia. Todo lo que sucedía en este país era visto como algo del pasado, «fruto del atraso ruso» y del poco peso que, según ella, tenía el proletariado en ese país, en relación al campesinado y el lumpen. ¡Por eso el susto que se pegaron en 1917 fue todavía mayor! 

 

 

3- SOBRE LA PEQUEÑO BURGUESÍA    

 

De la misma manera, se le atribuyó a la pequeña burguesía, una parte decisiva del movimiento. e incluso el violento estallido proletario de los días 19 y 20 de diciembre de 2001.

En efecto, falsificando hechos y deformando conceptos, se le atribuye a las «clases medias», las asambleas, los caceroleos, muchas manifestaciones violentas y hasta un protagonismo en la calle durante esos días decisivos. Además, al contrario de lo que pasa con la historia del lumpen, que solo repiten los agentes del estado, la burguesía ha logrado que esta teoría fuera repetida y ampliada por el propio movimiento incluso en Argentina misma. Así, encontramos piqueteros de las asambleas y coordinadoras más combativas, como la Anibal Verón, que sostienen que la manifestación del 19 de diciembre fue realizada por la clase media y que ellos se plegaron a la misma.

¿Cómo hizo la burguesía para convencer al piquetero, o a los pocos obreros de fábrica, que todavía quedan en Argentina, de que la composición de las asambleas de Capital Federal es pequeño burguesa? ¿cómo es posible que una ciudad entera esté compuesta de pequeño burgueses?

Resulta todavía más difícil de entender este milagro cuando tomamos como ejemplo la composición de una asamblea, que podemos considerar como composición tipo: una decena de jóvenes de ambos sexos que nunca consiguieron trabajo, tres jóvenes con empleos precarios, dos estudiantes, la maestra del barrio, dos desocupados que fueron bancarios hasta hace poco, otro que era obrero, tres funcionarios públicos, el panadero y la panadera del barrio, uno que reparte pizzas, dos enfermeras, un profesor de filosofía y una de matemáticas, dos cajeras, tres o cuatro vendedoras de diferentes tiendas, un muchacho recién recibido de abogado, una limpiadora, una psicóloga, dos mucamas que trabajan en un hotel, un guitarrista, un pintor, un plomero y varios otros/as que trabajan muy de vez en cuando, en «lo que venga» (5)...

Sólo, la imponente fase de terrorismo de estado abierto, que vivieron los compañeros de ese país y más aún, la ruptura histórica con el programa de la revolución, fenómeno que es mundial, puede haber provocado tan imponente inconsciencia de clase: el proletario mismo no se considera proletario. Esto es verdad hoy en todo el mundo y constituye, como es obvio, el mayor obstáculo a nuestra propia organización en clase, en fuerza internacional.

No es este el lugar para discutir conceptualmente sobre el término pequeña burguesía o clase media. Tampoco nos interesa convencer al «medio», que se autodenomina marxista, en Argentina o en el mundo, todo el absurdo que contiene el calificar todo ese mundo y hasta a toda la Capital Federal de «clase media». Digamos simplemente que, quien mayor interés tiene en inflar real o ideológicamente un conjunto de sectores sociales intermedios es, evidentemente, la propia burguesía. Siempre la contrarrevolución tendió a atribuirle a la pequeño burguesía una fuerza que ella no tuvo ni puede tener. Así, durante el siglo XX, casi todo lo importante y decisivo, que sucedió en el mundo, fue atribuido a la pequeño burguesía. Se dijo que el democratismo era pequeño burgués, que el fascismo era un producto de clases medias, que la lucha nacionalista es pequeño burguesa, que el stalinismo era burocratismo pequeño burgués, que el reformismo es pequeño burgués, etc. En realidad la democracia es la esencia de la dictadura del capital y fascismo, nacionalismo, reformismo, stalinismo, son todas formas o aspectos particulares de esa dictadura. Son expresiones de los intereses de la burguesía y las fuerzas sociales correspondientes son, sin ninguna excepción, fuerzas del capital. Pero también se le atribuyó a la pequeño burguesía: la impaciencia revolucionaria, el radicalismo social, la lucha directa y violenta, el rechazo del parlamentarismo y del frentismo, la conspiración, etc... cuando se trata en general de expresiones de búsqueda, afirmación y lucha del proletariado, en su difícil camino de reafirmación como fuerza histórica. Incluso fenómenos más complejos, en donde en muchos casos la burguesía canaliza la fuerza proletaria y la transforma en lucha interburguesa, fueron catalogados de fenómenos pequeño burgueses. Así se le atribuyó a los movimientos guerrilleros el ser un producto de la pequeño burguesía, cuando en muchas ocasiones fueron intentos proletarios de lucha, a pesar de que la mayoría terminaron siendo recuperados o/y dirigidos por fuerzas burguesas hacia el aparatismo, el nacionalismo y el reformismo armado. El ocultamiento sirve para esconder la contradicción real entre la lucha proletaria y su encuadramiento y consecuente liquidación por parte de fuerzas burguesas populistas, nacionalistas. Más todavía, la mayoría de los partidos «comunistas», trotskistas, y hasta muchos autodenominados libertarios.... teorizaron que la violencia minoritaria en general, el terrorismo contra los propietarios privados sería un producto de la «impaciencia» de la pequeño burguesía. ¡Cómo si además de todo, el proletariado debiera ser «paciente»!

En todos esos casos se infla artificialmente a la pequeño burguesía atribuyéndole una fuerza social que no tiene, ni puede tener. En efecto, la pequeño burguesía, al no tener proyecto social propio, solo es capaz de generar movimientos parciales y oscilantes entre las dos clases antagónicas decisivas, que por eso mismo son muy poco importantes. En momentos de crisis social abierta, cuando el proletariado tiende a transformar la misma en crisis revolucionaria, esos movimientos se rompen y los sectores proletarizados por la crisis tienden a alinearse con el proletariado revolucionario y participar en dicho movimiento, mientras que otros sectores, que temen la revolución, tienden a alinearse con la reacción. Fuera de esos momentos, las famosas «capas medias» juegan un papel de colchón intermediario y le sirven de protección al capital, como le sirve también de protección, toda la ideología que infla el papel de dichas capas y reduce el proletariado al obrero industrial. Pero incluso en ambos casos, tanto para asegurar la paz social, como para enfrentar al proletariado insurrecto, lo que más peso tiene y más le sirve al capital, no son esos tan televisivamente famosos pequeños burgueses, sino lo que piensan y hacen los propios «proletarios» dominados por las ideas de sus explotadores. Así, no es por las ideas de la pequeña burguesía, que la democracia marcha o que se impone un voto democrático contra la acción decidida de minorías proletarias (en asambleas, soviets, fábricas ocupadas, shoras, consejos, etc), sino porque la democracia de la sociedad mercantil logra reimponerse y consecuentemente la ideología burguesa de la democracia domina a «los proletarios». La democracia no es solo una ideología o una simple mistificación burguesa para proletarios. Al contrario, la misma es reproducida por las propias relaciones sociales capitalistas: ese sustituto, o si se quiere, ese consolador de comunidad que es la democracia (6) seguirá separando y unificando ficticiamente, hasta que la lucha revolucionaria reviente las relaciones mercantiles que le dan vida. Lo decisivo no es nunca esa famosa pequeño burguesía, sino la correlación de fuerzas central: la reproducción del capital y su negación revolucionaria. Por eso es absurdo hablar de tres, cuatro o cinco clases; cuando en última instancia los proyectos viables son solo dos: el capitalismo y el comunismo.

La gigantesca inflación ideológica del mito de la pequeño burguesía procura precisamente esconder esa contraposición general. No solo le sirve a la burguesía para dividir y confundir al proletariado en cuanto a su propia fuerza, sino para desvirtuar su propia búsqueda de la salida revolucionaria, de su programa histórico.

Esa teoría, de las clases medias (como las teorías, que pretenden que, marginales y lúmpenes, forman otra clase o que oscilan entre las clases), surge en el fondo, de los intelectuales burgueses (de las universidades, de los partidos políticos de derecha y de izquierda, de los sindicatos), y con la misma se martilla (todos los medios parten de dicha teoría como de un hecho), hasta el cansancio, al proletariado. Es para eso, que sirve la famosa teoría kaustkysta/leninista de la teoría de los intelectuales burgueses que viene desde afuera del proletariado. Sigue viniendo desde afuera y ahora le dicen: «mirá que ya no existís como clase, tu clase tiene cada vez menos importancia. En todo el mundo se escriben obras de «adiós al proletariado». Y efectivamente si a los desocupados no se los considera proletarios, si de los trabajadores de los servicios se dice que son pequeño burgueses, si se repite lo mismo de los maestros, de los pequeños cuentapropistas urbanos, suburbanos y rurales (que en su gran mayoría son asalariados apenas disimulados), de la cajera del supermercado y de la vendedora de la tienda, si a los trabajadores del sector público se los considera pequeño burgueses, todas las teorías de desaparición del proletariado serían verdad en Argentina; porque como se sabe los trabajadores del sector industrial son cada vez menos. Pero podría decirse lo mismo en todos los países, pues se verifica, desde hace décadas, un aumento relativo del famoso sector servicios en relación al industrial (este fenómeno se produce antes en países de América que en países europeos por la vetustez de una industria que no fuera destruida durante la llamada segunda guerra). Si la reducción relativa de los trabajadores ocupados de la industria con respecto a los trabajadores de los servicios, a los empleos precarios y a los desocupados, redujera el proletariado, la burguesía estaría logrando su sueño histórico de eliminar progresivamente a su enemigo histórico, de reducirlo a su mínima expresión, de ir reduciendo las contradicciones sociales progresivamente.

Y aunque en la realidad, el que haya más trabajadores en los servicios que en la industria, o más precarios y desocupados que nunca en la historia, no disminuya ninguna de las contradicciones del capital sino, al contrario, que las agudice todas (pues es a la vez una violenta manifestación de las dificultades del capital en su loco proceso de valorización), es totalmente lógico que la teoría de la disminución del proletariado siga prosperando, pues es la clave de la dominación burguesa, como también es lógico que siga constituyendo la quintaesencia de todas las ciencias sociales burguesas.

Nada más lógico entonces que se «explique» lo que sucedió en Argentina en función de la clase media y el lumpen; pues permite afirmar la teoría de la desaparición histórica del proletariado. Cómo también es lógico que, para nosotros proletarios, esa negación ideológica la recibamos como una agresión, como una represión de nuestro propio ser y que la pongamos en el lugar histórico que le corresponde con todas las ideologías que, desde siempre, teorizan que el capitalismo conduce a una sociedad cada vez menos contradictoria, cada vez menos antagónica. Es la vieja teoría de la supresión progresiva de las contradicciones mortales del capitalismo, que hoy se llama postmoderna y que teoriza el fin de la historia. En realidad se trata del manifiesto histórico de la burguesía en plena catástrofe social.

 

 

 

Pero lamentablemente no podemos decir que, en tanto que ideología, dicha teoría no funcione. En épocas de paz social marcha maravillosamente (todas las teorías burguesas y particularmente las ciencias sociales, sacan sus conclusiones teóricas, como es lógico, de la idealización de esos momentos), el proletariado no manifiesta su fuerza como clase, todo parece existir pasiblemente con el cada uno se arregla como puede y con la protesta de cada categoría social por separado. La teoría del proletariado parte (también como es lógico) no del mundo ideal de la conciliación de clases, sino de la ruptura social y más precisamente de la revolución comunista, del proceso de destrucción total de esta sociedad, que ella misma contiene. Por eso, el proletarido, se reconoce a si mismo como clase (7), no en tal o cual categoría social (los revolucionarios no tienen interés en hacer la economía, o la sociología, sino en destruir la economía y la sociedad burguesa), no en tal o cual capa de trabajadores, sino en su contradicción con el mundo mercantil, en su en su lucha, en su constitución en fuerza. Las clases no se definen en sí, sociológicamente y luego actúan, sino que se definen en su práctica, en su contraposición, en la pelea. 

No nos interesa argumentar aquí el porqué una maestra de escuela, el panadero de la esquina, el estudiante, el desocupado, el empleado bancario, la cajera del supermercado, el «excluido», la mucama o/y la limpiadora ... son proletarios (en el fondo no lo son en sí, sino en su contraposición a la propiedad privada –viven privados de propiedad de medios de producción- que los empuja a asociarse y  luchar contra el orden establecido).  Digamos una vez más que, los comunistas no llamamos proletario a quien realiza una actividad productiva determinada, como hacen las organizaciones de la izquierda de la burguesía, sino a quien vive privado de la propiedad de los medios de producción y que, para poder vivir, tiene que encontrar comprador para su fuerza de trabajo o/y, expropiar la propiedad privada, que lo condena a reventar de hambre. No consideramos que el proletariado sea una clase sociológica de esta sociedad, sino al contrario es la clase que se va constituyendo en la medida que asume esa contraposición vital con la propiedad privada de los medios de producción, la que desarrolla ese antagonismo hasta constituirse en fuerza social destructora de la sociedad burguesa. Por eso, mientras los sociólogos, economistas y con ellos los diferentes sindicatos y partidos del capital, teorizan la desaparición progresiva del antagonismo social y del proletariado mismo; nosotros afirmamos la agudización de todas las contradicciones del capital, la proletarización de una masa siempre mayor de seres humanos junto a un proceso de agudización imparable de la miseria relativa. En concreto el aumento de los desocupados, de los trabajadores precarios, de los trabajadores en «empleos basura» o de los pseudoempleos financiados por el gobierno o las ongs, con respecto a los trabajadores considerados industrialmente rentables, lejos de hacer disminuir el proletariado, pone al desnudo lo absurdo del mundo laboral evidenciando que este sistema social es cada vez más antagónico con las necesidades humanas. Pero además, en Argentina, como en muchos otros países, el aumento de la miseria social y de la masa de excluidos va poniendo al desnudo que un conjunto de capas sociales que tienen la ilusión de la propiedad jurídica, no son en realidad más que proletarios disfrazados, pues cualquiera sea la ilusión que se hagan, su supuesta propiedad, no es más que formal. Así centenas de miles de pesuedocomerciantes , de pseudocuentapropistas del campo y de trabajadores supuestamente independientes de diferentes tipos, trabajan en realidad para un patrón o una sociedad anónima, aunque la relación asalariada se disimule jurídicamente, para que la burguesía no tenga que pagar las cotizaciones sociales correspondientes y que el obrero sea obligado a asegurar el mantenimiento de los medios de producción y de su fuerza de trabajo. ¡El progreso en Argentina, como en otros países del mundo, es que cada vez más patrones contratan nuevos mandaderos, mozos de café o repartidores de pizza..., solo si éstos pagan sus propias cotizaciones, como independientes! De más está decir que las estadísticas y la sociología clasificarán estos trabajadores ¡en las «nuevas clases medias urbanas»!

Es verdad, que si consideramos el movimiento en Argentina, tal como lo describen los medios (no los elementos de fuerza que determinaron el movimiento del proletariado, en los que insistimos en nuestro artículo anterior), podemos constatar que  también participaron en algunas asambleas y en algún tipo de caceroleo, tanto burgueses venidos a menos, como pequeños propietarios fundidos. Es verdad que dichos sectores pueden influenciar el movimiento y de hecho han luchado por hacerlo, por ejemplo en el sentido legalista, ciudadano, democrático, tratando de que, el mismo, no rompa la legalidad burguesa, que no ataque la propiedad privada. Pero la real proletarización de propietarios medios y pequeños y la fuerza de la política autónoma del proletariado (en los piquetes, escraches, saqueos...) hizo que, muchos de aquellos, se vieran atraídos por el movimiento de éste y que el encuentro en la calle haya sido para reafirmar y generalizar el ataque a la sociedad capitalista y no para defender «su» propiedad privada. Es verdad también, que otros burgueses y pequeño burgueses hicieron cacerolazos, sintiendo el asco de siempre por «esos negros de mierda que cortan el tráfico» y que algunos se especializaron en la cacerola pacífica y hasta de pequeños comerciantes, pero esa concepción se enfrentó siempre con la ruptura proletaria (como veremos en el capítulo siguiente sobre los caceroleos), tratando de aislar, expulsar y reprimir, la generalización de la acción directa que prácticamente se contrapone al orden burgués. Por ello repetimos, contra toda la corriente. lo que decíamos en el texto anterior. el problema no son los pequeños burgueses que participen en el movimiento, sino la ideología burguesa de los propios proletarios, el desconocimiento de su programa de clase. Por ello afirmamos (reafirmamos, confirmamos), contra toda la corriente, que las clases medias o pequeña burguesía, no jugaron ningún papel decisivo en el movimiento de 2001/2002 en Argentina. ¡Ni tampoco pueden jugarlo! El caso Argentino confirma la impotencia social de las clases medias y la tendencia irremediable a la polarización mundial entre defensores del orden y proletariado revolucionario.

 

 

 

Téngase en cuenta, que el desprecio que hacemos de la pequeño burguesía, en cuanto a su capacidad social, no quiere decir en absoluto, que la mentalidad «pequeño burguesa» (en realidad, burguesa), no haya estado presente en todas esas manifestaciones, que el legalismo, el democratismo, el ciudadanismo hayan sido superados. Bien por el contrario, como en todo gran movimiento proletario y como denunciamos en el texto anterior, el nacionalismo siguió manifestando un imponente peso contrarrevolucionario, el legalismo, el gestionismo, el politicismo fueron y siguen siendo, potentes ideologías burguesas presentes en el movimiento. Pero sería absurdo, imaginarse que el obrero de fábrica, que ese verdadero ideal del militante de izquierda burguesa (el «proletario», tal como lo definió la socialdemocracia y lo imagina el stalinismo, el trotskismo y el libertario), se encuentra más liberado de esas ideologías burguesas. Las banderitas argentinas y hasta las camisetas del seleccionado de fútbol de ese país estuvieron en las calles de todos los barrios y no solo en los barrios que nuestros enemigos definen como de «clase media», sino en los barrios obreros, en las villas, en los suburbios, en las ciudades y los pueblos de provincias. Lo mismo puede afirmarse en cuanto a las ilusiones sobre las soluciones políticas o sobre la economía alternativa. Contrariamente al mito de la izquierda burguesa, la extracción de clase, nunca constituyó una garantía política: todos los ejércitos y fuerzas represivas del mundo están constituidos por obreros sometidos al poder central burgués. Más, en el siglo XX, obreros de las grandes fábricas, bien organizados por el estado, en sindicatos y partidos, constituyeron, fuerzas de preservación del orden burgués, de defensa del trabajo y la economía nacional (ejemplo en Rusia durante el stalinismo, en el fascismo, en el nazismo, en la ola de grandes trabajos en Estados Unidos, en el peronismo, en el castrismo...), siendo objeto de manipulación estatal, contra todo tipo de protestas. Hasta el conseguir un puesto de laburo en una fábrica requería en muchos de esos ejemplos y sigue requiriéndolo hoy en muchos países, la adhesión a un partido, la sindicalización, la sumisión... El terrorismo  de estado, mantenido a largo plazo, que es tan esencial en las democracias, requiere para desarrollarse no solo de burgueses grandes, medios y pequeños, que adhieran al discurso dominante, sino también de muchos obreros organizados en partidos y sindicatos. En Argentina mismo, el terrorismo de estado se consolidó y desarrolló contra las minorías activas del proletariado de las décadas del 60/70 en base a un silencio cómplice, no solo de los beneficiados con ese régimen (burgueses grandes, medianos y pequeños), sino de grandes sectores obreros perjudicados por una baja sensible de su poder de compra (el vandorismo como potencia obrera sindicalizada (8)–es decir transformada en fuerza estatal– fue decisivo en la represión histórica del proletariado revolucionario): el nivel de sindicalización no disminuye sino que aumenta, en el peor período de terrorismo de estado. La idea de que el obrero trabajador, por ser de fábrica, estaría más cerca del sol de la verdad, de que el «proletario», por el hecho de serlo, lucha por los intereses de la revolución social, no es más que una vulgar apología, apenas encubierta, de lo que el capital requiere para valorizarse: el trabajo. No olvidemos que, mientras que para la socialdemocracia ser proletario es una especie de honor, para el proletariado mismo, ser trabajador productivo es una desgracia. El proletariado no es la realización del ser humano, sino por el contrario, su total perdición.

Por lo tanto, resulta tan absurdo atribuirle a la pequeña burguesía la fuerza del movimiento, como atribuirle sus debilidades, sus banderas y consignas muchas veces abiertamente burguesas, como la banderita Argentina. Lo determinante fue por el contrario la contraposición de siempre entre burgueses y proletarios, entre, por un lado, defensores del orden y el estado de sitio y, por el otro, quienes saben que no tienen nada que perder más que sus cadenas, e hicieron asambleas, escraches, saqueos, ataques a centros represivos y administrativos del capital y el estado... ¡y también golpearon cacerolas!

 

 

4- ACERCA DE LOS CACEROLAZOS

 

Por todos los medios a su alcance la burguesía intentó contraponer a la protesta proletaria, y especialmente a sus formas más radicales (piquetes, escraches, ataques a la propiedad privada), la protesta cívica, democrática, pacífica, legal; de descalificar la primera y presentar la segunda como la vía a seguir.

Esa tentativa de la burguesía de canalizar estatalmente lo que sucede en la calle y que sus fuerzas políticas tradicionales (partidos, sindicatos, ongs,...) no logran canalizar, es algo así como el abc de toda la dominación de clases. Dado el desprestigio absoluto de los aparatos centrales del estado (y de las clásicas fuerzas políticas de oposición y canalización), la crisis generalizada en las formas clásicas de delegación y representación, la inevitable y consecuente salida generalizada a la calle; la burguesía que ya no podía parar el movimiento, intentó al menos impedir que la ruptura con la democracia sea total, que quedara al menos algo de «civilidad», de aceptación de las reglas de juego democrático, en el comportamiento de una parte de los que ocupaban la calle. Todos los aparatos de fabricación de la opinión pública centraron sus reflectores e hicieron la apología de una forma particularmente civilizada de protesta: el caceroleo ciudadano y pacífico fue la «protesta» admisible, la forma por excelencia en que la protesta se hacía legal en contraposición al movimiento del proletariado que asumía cada vez más la lucha violenta. La televisión hacía hincapié en conocidos personajes de la clase dominante y del mundo del espectáculo manifestando, como perfectos ciudadanos, con la cecerolita en la mano.  Por supuesto que esto complementa a la perfección la campaña general para dividir al movimiento en capas sociológicas y liquidar la unificación proletaria: la propaganda que opone piquete y cacerola atribuye a las famosas «clases medias» un protagonismo en el movimiento. Contribuye a esa campaña la izquierda burguesa que cuenta la leyenda de que los cacerolazos aparecieron en la época de Allende y como expresión «de la derecha». Lamentablemente pocos gritaron, en Argentina, que el de Allende, era un gobierno burgués que hambreaba y reprimía al proletariado y menos aún recordaron que es una enorme mentira decir que esa forma de protesta, apareció recién en los 70 en Chile (¡piénsese solamente en los caceroleos de los proletarios presos en todos los países del mundo!). También esta campaña divisoria penetró en el movimiento. Así, grupos de piqueteros, que participan en los enfrentamientos callejeros de diciembre subrayarán que agarraron la cacerola por primera vez el 19 de diciembre y que se plegaron a la manifestación, sin estar convencidos.

En realidad, de la misma manera que no hubo pequeños burgueses que actuaran como tales en el movimiento, tampoco hubo más caceroleros puros que los creados artificialmente e inflados, por los medios, para confundir. Esa imagen del honesto ahorrista bien vestido y que olía a acomodado durante toda su vida, que había sido víctima del corralito, que salía en la televisión golpeando la cacerolita, que no rompe vidrieras, ni hace escraches y que constituía el protagonista por excelencia de la protesta cacerolera que los medios enaltecían, simplemente no existe más que para la televisión. Fueron los medios y particularmente el grupo Clarín, que llegó al extremo de hablar, en noviembre del 2002, de la muerte del primer cacerolero: se trataba de un señor que teniendo atrapados unos 100.000 dólares le sobrevino un infarto.

Es totalmente lógico el repudio que sienten los proletarios combativos por ese perfecto ciudadano y normal entonces, que los proletarios combativos digan: «caceroleros las que me cuelgan» (es decir: «caceroleros las pelotas», «caceroleros mis huevos» ndr).

Pero si exceptuamos esa imagen, creada e inflada, por el propio espectáculo, no hay caceroleros puros. En todas partes los cacerolazos son parte inseparable de toda la protesta proletaria, es parte de la actividad organizada por las asambleas, es parte de la actividad más o menos espontánea, pero siempre organizada en un nivel minoritario, que se desarrolla en los diferentes barrios, como lo son también las pedradas y las molotov, como lo son los escraches, los cortes de rutas, las manifestaciones...

Ello no quiere decir que la burguesía (no solo tal o cual burgués trasnochado presente en una asamblea, sino las diferentes fuerzas políticas del estado) no haya intentado por todos los medios esa operación de separar al buen ciudadano «del negro de mierda que corta el tráfico», al «honesto ahorrista que en el fondo tiene razón» del cabecita negra, del vago y sucio,... «que no quiere trabajar» y sobretodo que no haya insistido por todos los medios a su alcance en la oposición entre la buena protesta representada por el cacerolero legalista que solo usa la fuerza cuando se sienta a cagar, del que apedrea el banco, del que corta el tráfico o/y hace escraches. Pero salvo las contadísimas excepciones propagandeadas hasta el cansancio por los medios, nunca logró que los cacerolazos funcionaran por los cauces legales y normales previstos por el Estado, los bomberos sociales de todo tipo no lograron hacer del caceroleo ese espectáculo soñado por la burguesía: en todas partes el proletariado rompe los cauces previstos y afirma su violencia de clase.

 

 

 

Citamos a continuación algunos extractos de un artículo muy representativo de esa lucha burguesa por encausar a los caceroleos, que al mismo tiempo deja en evidencia lo que afirmamos. El artículo fue publicado el 27 de enero de 2002 y reproducido en un conjunto de sitios Internet dedicados especialmente al tema de las cacerolas ( ver: Caceroleando.fateback.com) . Su titulo es «No violencia es fuerza», está firmado por Homero F. y plantea el problema así:

«No hay duda que el tema mas recurrente por estos días en cuanto a las protestas son los incidentes que en ella se producen. En el programa televisivo «Detrás de las Noticias» dijeron que hay un estudio que indica que es mayor la eficiencia de una protesta cuando mas pacífica es, por lo tanto tenemos que preguntarnos a quien beneficia la violencia.

El 25 de este mes observamos que la policía reprimió espontáneamente a los caceroleros que se volvían a sus casa por el diluvio que azotó la Capital Federal y el GBA ( nadie está en condiciones de enfermarse en los ajustados tiempos que corren). En el día de hoy escuche las declaraciones en Crónica TV de los oficiales internados por las agresiones sufridas en el Cacerolazo nacional y relataron que vieron hombres con bolsas llenas de botellas y piedras que repartían a los agresores. Lo que cualquiera se pregunta es, ¿Porqué no detuvieron a esas personas y evitaban los incidentes? La respuesta es simple, no les conviene. Es preferible dejar que estos infiltrados provoquen desmanes para luego reprimir a la totalidad de manifestantes,  opacar la expresión popular y procurar que venga menos gente la próxima vez, inculcando el miedo. Se puede decir entonces que estamos lidiando con terroristas. El día que hagamos un cacerolazo sin piedras ni bombas molotov y sin gases ni balas de goma, vamos a conseguir que la vez siguiente la gente pierda el miedo y participe de la protesta, y así sucesivamente hasta conseguir que concurran cientos de miles de personas.»

Como se ve lo que más preocupa al personaje que escribe es que los caceroleos y las protestas en general, en esa Argentina convulsionada por la crisis y por la violenta lucha del proletariado, es precisamente esta lucha. Obsérvese bien que su gran preocupación es el lograr un día un cacerolazo puro, en donde no haya ni piedras, ni bombas molotov... Subrayemos también que sus criterios de verdad son los de la televisión. Es lógico entonces, que contra la ruptura proletaria y para la realización de ese sueño imposible de la cacerola sin rabia proletaria, proponga colaborar con la policía o/y constituir una policía en cada asamblea o/y colaborar con la obra policial que realiza la televisión. El buen ciudadano lleva siempre el policía adentro:

«Debido a esto tiene que ser nuestra máxima preocupación frenar a los violentos. Las formas de conseguirlo no son nada excéntricas, se pueden crear comisiones de seguridad de las Asambleas que señalen a los agitadores para que la policía los arreste y, si esto último no sucede, que las mismas comisiones se encarguen de quitarle las piedras, botellas, etc. y/o mostrárselo a la televisión. Por supuesto que esto no es nada democrático y  sería hacer justicia por mano propia, pero, si las autoridades no hacen nada no queda otro remedio que actuar por nuestra propia seguridad. Pensándolo bien, estaríamos actuando en defensa propia.

Otra cosa que se puede hacer para evitar futura violencia es organizarnos. Es preciso que dejemos la espontaneidad de lado para pasar a pensar y debatir lo que queremos con nuestros vecinos. Si dejamos acumular la bronca vamos a terminar estallando de locura y vamos a hacer cosas impensadas, no permitamos que se derrame mas sangre. Si nos podemos controlar a nosotros mismos vamos a poder reconquistar el país».

Como se ve terrorismo de estado, televisión, partidos políticos, alcahuetes de todo tipo no han podido hacer del caceroleo la protesta ciudadana, correspondiente a la clase media que tanto han insistido en crear. Pero esta tentativa de recuperación/liquidación de la lucha proletaria acerca de los caceroleos, no es exclusiva, también se intenta hacer lo mismo con los piquetes. En el capítulo siguiente veremos las formas que han asumido las tentativas de liquidar la autonomía del proletariado también con respecto a los piquetes, lo que pondrá aún más en evidencia, que la cuestión no es entre marginales y clase media como nos quieren hacer creer, sino de la vieja contradicción entre la potencia de la lucha proletaria contra el estado y las formas de su recuperación.

 

 

5- MÁS SOBRE LOS PIQUETEROS

 

Un compañero nos escribe citando nuestro texto anterior en donde dice «...en ruptura con los partidos parlamentarios...» y comenta:

«Hasta donde yo se, hay dentro del movimiento piquetero un sin fin de agrupaciones y/o fracciones que responden ideológicamente a partidos u organizaciones demócrata-parlamentaristas.

Ver: «QUIEN ES QUIEN EN LOS GRUPOS PIQUETEROS»

 Raúl CASTEX : Dirigente combativo de los jubilados y dos años preso por saqueador, responde al P.O.

 D’Elía: C.C.C  Dirigente del Partido más grande y numeroso ... 3 y 1/2 millones de hab. responde al peronismo, forma parte del sistema y llama a un Frente.

 De GENNARO: CCC-CTA . No forma parte del sistema; no llama a formar nada. Es dirigente de un sindicato formal-paralelo (de hecho un frente: CTA) responde al peronismo del ala centro izquierda.(Llamados «los patitos» porque visten de amarillo)

 Marta MAFFEI: CTRA. Llama al «paro solidario». Es dirigente de un sindicato formal pero respetado ; es hija de un anarquista al que (según él) «...a cualquiera le sale un forúnculo»: ella es peronista.

 Marta GARRIÓ: Ex Diputada radical, fundadora del ARI y número uno en las encuestas electorales, quiere: ¡Otro 20 de Diciembre!

 POLO OBRERO  (P.O): Responde como su sigla lo indica al P.O.(llamados las «palomitas» porque visten de blanco).

 MOVIMIENTO NACIONAL DE LIBERACIÓN: Responde al ex-PC y maneja mucho dinero.

 MOVIMIENTO PATRIA LIBRE: Es otra línea PC y se mueve como « movimiento CHAVISTA».

 EL MATE: Son ex- ERP; ex- PRT; ex- MAS: Son un grupo pequeño, principalmente trotskista, dan pelea y son cercanos a:

 AGRUPACIÓN ANIBAL VERON: Estos si son desocupados sin partido. Su nombre proviene de un mártir de Salta, pero ya cuentan con tres muertos en sus filas (Ver: la masacre del Puente Avellaneda ).

 ZAMORA: Es el único político al que en alguna ocasión los piqueteros dejan «caretear», así como el único que puede caminar por la calle y viajar en subte. Ex-Diputado del MAS y segundo en las encuestas electorales.

 Agrupación MARTA RODRÍGUEZ: Su dirigente es DIRISPECHE FERNANDEZ, perteneciente al  Grupo QUEBRACHO, ex-Montonero; ex-SIDE (Servicios de Inteligencia del Estado). Es nacionalista y no participa de elecciones.

 «AGRUPACIÓN SIDE»: Estos son conocidos como los infiltrados camuflados, o agentes de provocación.

 «Los PIQUE-TRUCHOS» -también «los autopisteros»: Son agentes al servicio de la dirigencia peronista y se les paga $ 30 + comida + UN «pelpa» (droga) por actuar cada vez que se los requiera: saqueos truchos.

 MOVIMIENTO INDEPENDIENTE. JUVENTUD Y DESOCUPADOS: Todavía  no está claro.

 MOVIMIENTO SIN TRABAJO «TERESA VIVE»: Son peronistas de centro-izquierda.

 La lista sigue e incluso falta «EL PERRO SANTILLAN» pero por haberse llamado a silencio, de momento los dejamos.

 NO se puede dejar afuera a la agrupación H.I.J.O.S. QUIENES NORMALMENTE  participan sin banderas.

 MOVIMIENTO DE TIERRA Y LIBERACIÓN: Son una agrupación similar al Movimiento de los sin tierra del Brasil...»

 

Luego el mismo compañero comentando el capítulo de los saqueos dice: «En este informe no se puede dejar de acordar pero es llamativo que no se toque el tema de los SAQUEOS TRUCHOS (9). Tampoco el hecho de ignorarlos borra con el codo su existencia y su importancia política, ¿Quiénes y porqué se impulsan los «saqueos truchos»? Son dos: 1) el aparato Peronista; 2) La S.T.D.E.

Los primeros lo hacen porque son los únicos que pueden capitalizar a su beneficio esta insurgencia proletaria. (De hecho Duhalde, el candidato que perdió las elecciones- tomó el Poder). Ahora es Menem quién con la misma táctica socaba el piso de su oponente.

En el caso 2 está demás que le explique a ustedes su  implicancia.

Nuestra respuesta fue la siguiente: 

«Comenzás con unos comentarios sobre el movimiento piquetero, en donde luego de citarnos «en ruptura con los partidos parlamentarios», parecería que en forma de contraposición citás un montón de agrupaciones o/y fracciones que responden ideológicamente a partidos u organizaciones demócratas parlamentarias y que controlarían todo el movimiento. La enumeración es interesante y particularmente útil para los que no viven en Argentina y por eso la publicamos, pero toda contraposición entre lo que nosotros afirmamos en la revista y lo que decís vos al respecto debe ser desechada.

En efecto, nosotros afirmamos entonces y seguimos afirmando que la práctica del movimiento piquetero, la acción directa que consiste en paralizar la economía mercantil, que hambrea a la especie humana se encuentra en total contraposición con la práctica de los partidos parlamentarios. Esta contraposición es general independientemente de que muchos de los participantes (y con seguridad la enorme mayoría) tengan ideologías burguesas, socialdemócratas, crean en los partidos, los parlamentos o en la autogestión o el control obrero.

En nuestro texto nosotros afirmamos esa ruptura práctica entre el movimiento social, si querés, el comunismo actuando como fuerza social de cuestionamiento de todo el orden burgués, y la práctica de todos esos partidos y fuerzas del Estado. Evidentemente que esa ruptura es relativa, que se fue cristalizando en los años del desarrollo del movimiento piquetero y los escraches, que llega a su apogeo en diciembre del 2001 y los meses siguientes y que desde mediados del 2002, y a pesar de las alzas y bajas, decae. A nosotros nos interesa subrayar que, en el máximo del proceso de ruptura, todas esas organizaciones eran incapaces de controlar, de encausar, de digitar,... el movimiento piquetero. Resulta imposible prever si ese movimiento continuará su proceso de decaimiento, si será cada vez más recuperado y digitado por fuerzas estatales (como vos describís) o si por el contrario reemergerá con más fuerzas y autonomía que nunca con respecto a todo el estado. Como nosotros luchamos por esto último, insistimos en nuestras publicaciones en esa ruptura, con todos los partidos parlamentarios, aunque no dejamos de reconocer que esa ruptura solo puede mantenerse en la pelea, que si se abandona la calle (y la paralización de la reproducción de la sociedad mercantil gracias a lo cual se hizo conocer en el mundo entero), con esperanzas parlamentarias o gestionistas. el movimiento proletario será liquidado. La mayoría de las organizaciones que vos citás trabajan con diferentes metodologías para esa recuperación. Lo jodido, compañero, es los pocos grupos que podemos citar que luchen contra todas esas recuperaciones; pero creemos que el tratamiento que le hemos dado a la cuestión, insistiendo en la ruptura proletaria con esas fuerzas, es la forma correcta, dinámica de tratar la cuestión, aunque hoy nos veamos obligados a reconocer que en el período actual esas fuerzas, de las que vos hablás, controlan mucho más los piquetes y que estos tienden, consecuentemente, a perder la potencia que los caracterizara.

Por la misma razón no mencionamos tanto lo de los saqueos y los piquetes truchos. Es una constante en el movimiento revolucionario el que los aparatos del estado truchéen de mil maneras lo que sucede en la calle. Cuanto más potente es el movimiento menos lugar tiene lo trucho para adquirir fuerza. Te acordás que en los saqueos de hace una década, solo se hablaba de lo trucho, que eran los de tal barrio que atacaban a los de tal otro, y la policía y todos los aparatos del estado lograron su jugada, te acordás que muchos compañeros nuestros en Buenos Aires, argumentaban que solo era el lumpen que se enfrentaba al lumpen, como la policía quería hacer creer y que solo una ínfima minoría de revolucionarios afirmábamos el carácter proletario de esos saqueos. Esta vez, como la fuerza del proletariado fue más general, como la contraposición entre la propiedad privada que hambreaba y el movimiento que expropiaba vida era mucho más abierta, todo lo berreta y abiertamente trucho no podía tener mucho andamiento. Por esta razón debe llamarte menos la atención que hayamos hablado menos de eso (aunque si se menciona en página 9 las tentativas de los medios burgueses por  presentar los saqueos como enfrentamientos entre barrios). Además si eso podía tener una cierta importancia en la acción inmediata en la Argentina, la importancia que tienen los piquetes, para el proletariado mundial, no puede enturbiarse con esas operaciones de los milicos u otros aparatos oficiales del estado. Evidentemente que, en otro nivel mucho más concreto de análisis de detalle de «quien es quien en los piquetes», una puesta en evidencia de los diferentes casos de piqueteros truchos puede tener su importancia particular (por lo que nos pareció importante reproducir lo que vos afirmás ahora) y seguramente lo tiene, para que la acción compañera se desarrolle afuera y contra esas tentativas estatales, pero nuestro texto no podía tener, ni tenía esa pretensión de detalle».

 Debemos agregar, sin embargo, que junto al terror de estado abierto contra los piquetes (que incluye además de los muertos y heridos por bala, la aprobación de toda una legislación represiva y de directivas administrativas expresamente contra piquetes y escraches, por la cual, ¡ ya se han procesado a unos 3.000 piqueteros!) se intenta por todos los medios liquidarlos, recuperarlos, digitarlos, desprestigiarlos, hacerlos ineficaces, es decir sacarles su esencia: la de imponer contra el capital una relación de fuerzas. Para eso sirve todo. Los piquetes truchos queman la imagen del piquetero y hacen creer que los piquetes no son más que manipulaciones de tal o cual partido o del poder mismo, los medios de difusión hacen creer al ciudadano que los piqueteros son unos aprovechadores que reciben sueldos para hacer cortes de ruta. Los partidos y sindicatos que se han ido subiendo al tren en marcha, como ya denunciamos en el texto anterior, van imponiendo «piquetes» que son cada vez menos, verdaderos piquetes: «piquetes» sin cortes totales, nada de capuchas para no asustar al ciudadano, aceptación del conjunto de medidas policiales para identificar a los piqueteros. El viejo sistema del garrote y la zanahoria, instrumentalizado desde el gobierno y administrado por los sindicatos, maniobras divisorias, represiones desde todos lados y aceptación de normas ciudadanas para liquidar las fuerzas de los piquetes, son las formas actuales que utiliza el estado como denuncian diferentes grupos de compañeros.

Reproducimos dos citas que son los suficientemente explícitas en ese sentido. La primera es de diciembre de 2002: «Otro suceso que muestra esta avanzada (represiva –ndr) es la imposición por parte de las  fuerzas de inseguridad (que tiran pibes cartoneros al Riachuelo) de no dejar entrar a la Capital a las organizaciones piqueteras con sus bastones  para hacer cordones de seguridad, e incluso pasamontañas (probé golpearme  con uno varias veces sin resultados satisfactorios) y cuchillos a las  encargadas de la comida. La aceptación de estas medidas humillantes por  parte de las agrupaciones era algo que no se daba por ejemplo, el 27/6/02 donde intentaron hacer lo mismo pero la masividad de la movilización lo impidió. Y eso es un gravísimo error, porque están probando cuanto cedemos en la lucha, la represión brutal de hoy está fuertemente relacionada con que se viene aceptando esas imposiciones»(10).

La otra de fines de junio 2003: «No seríamos francos si no dijésemos que otra de las herramientas fundamentales que el gobierno utilizó para aquietar las aguas fueron los llamados «planes de jefes y jefas», la implementación de los mismos significó un acuerdo con la FTV-CTA y la CCC en el que se comprometieron a no «hacer olas», pero también cierta tendencia a la degeneración de los sectores mas  combativos. En concreto, no se puede decir que estos últimos hayan sido una amenaza real para el régimen (o que fueron menos amenaza de lo que fueron punto de apoyo), y esa tendencia a la degeneración se vio cristalizada por ejemplo en esa marcha en apoyo a Brukman donde la seguridad del Polo Obrero (organización piquetera dirigida por el Partido Obrero) le molió la cabeza a palos a un luchador de trayectoria como Juan «Pico» Muzzio (Democracia Obrera) por considerarlo un «infiltrado», y a esta patética actitud del PO hay que agregar el silencio cómplice de las demás organizaciones que no salieron a repudiar enérgicamente este criminal episodio» (11)

La denuncia de estos métodos y estas fuerzas no solo a nivel argentino sino a nivel internacional, como de los métodos y organizaciones que en este artículo hemos denunciado, es una tarea central de los internacionalistas del mundo. Nuestras contribuciones, fruto de la discusión compañera internacional, son armas a utilizar para afirmar la teoría y la acción internacionalista contra el aislamiento con el que se pretende ahogar la lucha proletaria en ese país.

 

  

 

Cuando cerramos este número de Comunismo, el movimiento proletario en Argentina se debate contra todas las fuerzas del capital mundial que en complementariedad con la represión directa buscan aislarlo internacionalmente, debilitarlo programática y numéricamente, liquidarlo. Más allá de los flujos y reflujos, propios de todo movimiento similar, resulta evidente que se ha llegado a una correlación de fuerzas entre las clases tal, que el proletariado no puede mantener en el mediano plazo sin dar un salto de calidad revolucionario, lo que a su vez, depende muchísimo de la correlación de fuerzas, en el resto de la región americana y en el mundo. Si hay una cosa que se ha hecho carne y conciencia de clase en los meses que han pasado es que no se puede repetir lo mismo, que hay que ir más lejos en la lucha contra el poder. Pero sobre el significado de esta lucha contra el poder, las posiciones se confrontan nuevamente. En Argentina y en el mundo hay un sin número de ideologías contra la revolución social que, como siempre, asumen nuevos ropajes y que debemos denunciar con todas nuestras fuerzas. Todas esas ideologías concuerdan en una cosa: que se debe y puede cambiar al mundo sin destruir el poder del capital, sin revolución social. Toda contribución o discusión al respecto será bienvenida dado que a la brevedad posible publicaremos una contribución al respecto. 

Para terminar queremos subrayar que todos los límites, que podemos constatar, en la lucha del proletariado en Argentina, son los que existen en el proletariado mundial (12), que no se le puede pedir al proletariado de ese país que de otro salto de calidad revolucionario, sin que el proletariado de otros países salga la calle y afirme su existencia como clase internacional. La mejor solidaridad con la lucha del proletariado en Argentina es la lucha proletaria en todos los países contra la burguesía y el estado.

 

Hoy más que nunca, levantemos la consigna de fin de los 60 del proletariado en Argentina:

 

¡NI GOLPE,

NI ELECCIÓN,

REVOLUCIÓN!

 

 

NOTAS

1. En el resto de este artículo para referirnos al mismo diremos «nuestro texto anterior».

 

2. Es sintomático del euroracismo y socialimperialismo de esta organización, el no encontrar proletarios en los países que ella denomina del tercer mundo y muy particularmente en los países que bombardean los estados de Estados Unidos y Europa. Ni en Afganistán, ni en Irak esa organización denunció el terrorismo contra el proletariado, pero por el contrario sí denunció «el terrorismo contra el proletariado» ¡en los atentados de Nueva York el 11 de setiembre del 2001! No es de extrañar tampoco, que en las huelgas de funcionarios en Francia, esta organización hable de lucha proletaria y que esos mismos funcionarios en Argentina sean considerados de clase media; todo les sirve para negar la unicidad de la lucha proletaria. Los textos de la CCI fueron extraídos de su Revista Internacional número 109. 

 

3. «Argentina: Saqueos contra el hambre», Comunismo número 26, octubre de 1989.

 

4. Es de Perogrullo que el gobierno de Duhalde debía, por encima de todas las cosas y a pedido, no solo de la burguesía argentina, el FMI,... sino del capitalismo mundial, intentar por todos los medios liquidar el movimiento del proletariado y en particular su columna vertebral: los piquetes, las asambleas. Por eso «desde que Duhalde llegó a la Casa Rosada y hasta la masacre de Avellaneda, la preocupación  por lograr el accionar conjunto de las fuerzas represivas estuvo en primer plano». (idem pag. 75). El 10 de enero Clarín informa: «La Policía Federal, la Policía Bonaerense, la Gendarmería y la Prefectura Naval –es decir, todas las fuerzas de seguridad que cubren las jurisdicciones de la Capital Federal  y el conurbano- empezarán a trabajar de manera conjunta para enfrentar la ola de inseguridad» se anunció ayer. «Voceros de la Secretaría de la Seguridad de la Nación aseguraron que no será algo simplemente declamativo: se creará un área especial que se ocupará de la coordinación». 

 

5. A nosotros nos parece insultante, esta forma burguesa de considerar al ser humano, en función de la actividad profesional, pues la profesión no es otra cosa que la forma en el cual aquel es útil, de por vida, al capital. Ello pone en evidencia, que la vida para el explotado, no tiene ninguna otra función que la de producir plusvalor. Si a pesar de ello, reproducimos esa enumeración, es precisamente para combatir a quienes pretenden que, como seres humanos pueden tener intereses diferentes, para evidenciar que la enorme mayoría de los componentes de las asambleas no son propietarios de los medios de producción, sino por el contrario, proletarios.

 

6. Ver Comunismo número 32, Memoria obrera: «La mistificación democrática» en donde se presentan las tesis de Invariance (serie I) y nuestras críticas. En dicho texto nosotros exponemos porqué «la democracia, no es una mistificación, sino una poderosa realidad social».

 

7. Este reconocimiento es hoy sumamente a contracorriente, minoritario... la mayoría de los proletarios no se reconocen como parte de una misma clase. Es uno de los mayores problemas que tiene la revolución para avanzar y muestra hasta que punto la teoría de nuestros enemigos funciona como ideología de contención social, actúa como fuerza contrarrevolucionaria.

 

8. El vandorismo sigue siendo hoy el modelo hegemónico de acción sindical en Argentina, modelo que es a la vez muy similar al de otros países de América, Europa o/y Japón y que tiene las características generales del sindicalismo fascista o stalinista.

9. Trucho significa falso, no real, mala imitación de lo verdadero.

 

10. «A 6 MESES DE LA CARNICERIA: SEREMOS COMO DARIO Y MAXI; Frenemos la represión».

 

11. «A UN AÑO DE LA MASACRE DE AVELLANEDA, Seremos como Darío y Maxi(28/06/03) por Domingo Scandella.

 

12.  Sea dicho al pasar nos cagamos en todos aquellos que contabilizan los elementos de debilidad política que existen en las banderas levantadas por los proletarios en Argentina, sin considerarse responsables junto con los proletarios del país en que se encuentran y actuar en consecuencia luchando contra la burguesía de «su país». 

 

 

 

 

 


CO50.1 Acerca de las luchas proletarias en argentina (II)