Los primeros asaltos proletarios en abril de 2001 en Cabilia

El 18 de abril de 2001 estallaban los primeros disturbios en Beni-Douala (región de Tizi-Ouzou, en Gran Cabilia, a 100 km al este de Argel), tras el asesinato de un joven estudiante como consecuencia de la represión de la policía. Según la versión oficial, el estudiante habría muerto "por una ráfaga de pistola ametralladora disparada accidentalmente por un agente".

En los días siguientes, "los disturbios se extienden a muchos pueblos de Cabilia, causando decenas de heridos e importantes daños materiales" (1). "La manifestación de protesta contra el apaleamiento y arresto de 3 estudiantes en donde se gritaban consignas hostiles contra el poder de Amizour, degeneró en enfrentamientos que se extendieron a toda la región denominada Pequeña Cabilia)" (2).

El sábado 21 de abril ya "son cientos, muy jóvenes, a menudo estudiantes de secundaria, los que manifestan su rabia lanzando neumáticos ardiendo, piedras y cócteles molotov contra las comisarías sitiadas de Beni-Douala, El-Kseur y Amizour" (3).

El domingo 22, en Amizour, a pesar de los llamados a la calma lanzados por las familias de las víctimas y los dirigentes del FFS (Frente de las Fuerzas Socialistas, actualmente partido de oposición), "los manifestantes atacan a la brigada a pedradas, incendian dos vehículos de la gendarmería, así como la sede de la daira [‘subprefectura’] y las dependencias del estado en el municipio, y saquean los juzgados" (4).

La acción del proletariado en Argelia es, desde los primeros días, directamente violenta y dirigida contra "su propia" burguesía. A partir de un acontecimiento particular y local, como una gota de agua que hace desbordar el vaso, el proletariado consigue afirmar de pronto su existencia. Ocupa la calle en todos lados. Enseguida la gendarmería deja de ser el blanco exclusivo, y la venganza proletaria se generaliza contra el conjunto de instituciones del estado, tanto civiles como militares. La violencia de clase contra la burguesía se produce sin concesiones: incendios, destrucciones, saqueos, reapropiación directa de las mercancías, enfrentamiento a la represión...

Como siempre, frente a estos acontecimientos, la burguesía trata de calmar como puede la efervescencia proletaria, utilizando simultáneamente el garrote y la zanahoria. Desde el lunes 23 de abril, las unidades antidisturbios son desplazadas desde Tizi-Ouzou (capital de Cabilia) hasta Beni-Douala, situada a 20 km. El día 24, las autoridades, manifestando sus "deseos de apaciguamiento", anuncian la suspensión del jefe adjunto de la seguridad de la wilaya ("prefectura") de Bugía, la detención del milico autor de los disparos mortales en Beni-Douala y la puesta en funcionamiento de un "programa especial de ayuda económica a esta región". Además difunden llamados a la calma efectuados por los familiares del estudiante asesinado, que se dicen decididos a "iniciar los procedimientos judiciales para que se juzgue a los responsables".

Pero ni las promesas, ni los llamados a la calma que hacen los parientes de la víctima, así como los partidos y organizaciones socialdemócratas (RCD, FFS, MCB...) (5), ni tampoco el despliegue de las fuerzas represivas logran impedir que el conflicto se generalice. Al mismo tiempo se produce un nuevo ataque al edificio de los juzgados, que refleja la poca ilusión que tienen los proletarios en los resultados de las "persecuciones o procesos judiciales". Los partidos socialdemócratas se muestran incapaces de modificar esta determinación y orientación violenta de los proletarios, que escriben en sus banderas: "Ustedes no nos pueden matar porque ya estamos muertos". La indigencia total a la que les ha conducido el capitalismo es lo que los impulsa a luchar sin concesiones.

Algunas cifras pueden dar una idea de la situación. De 1991 a 1999, en ocho años, el "poder de compra" del proletariado en Argelia ha bajado un 60%. Entre 1999 y 2001, el número de personas declaradas "viviendo en condiciones de pobreza" pasó de 10 a 14 millones, de los 30 millones de habitantes que tiene Argelia. Cerca de la mitad de la población vive con menos de 50 dólares por mes, mientras que los alquileres de los departamentos privados en los distritos populares oscilan entre 130 y 170 dólares por mes. Por lo que no hay que sorprenderse de que la tasa media de hábitat sea de más de siete personas por vivienda.

Las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional para renovar los créditos concluyeron en un acuerdo que implicaba la reestructuración del sector público y la industria. Estas nuevas normas productivas entrañaban la supresión de 400.000 empleos. Dado el declive de la producción industrial en esta región, ello implicaba que a los obreros concernidos no les quedase ninguna esperanza de encontrar otra solución laboral.

Con anterioridad a los disturbios, la tasa de desocupación había alcanzado oficialmente el 40% de la población activa. Un hecho revelador de la tensa situación social es que el único sector en el que se encontraba trabajo era el de las empresas privadas de seguridad. En Argelia existen más de 80 sociedades de este tipo, en las que a veces trabajan hasta 1.500 personas. Lo que resulta más sintomático es que las más numerosas sean las sociedades de seguridad industrial.

En Argelia, las necesidades más elementales de los proletarios, como el agua potable, la vivienda y la electricidad, no están cubiertas. Los más afectados por estas condiciones de vida son los jóvenes de menos de treinta años, que constituyen el 70% de la "población activa". Cada año llegan unos 300.000 jóvenes a un mercado laboral que no necesita de ellos. Agredidos hasta el límite de no tener posibilidades propias para sobrevivir, inventan estrategias para poder arreglárselas. Visto el monto de los alquileres, se les hace imposible salir del núcleo familiar e irse a vivir por su cuenta. Ésta es la razón por la que los jóvenes repiten voluntariamente años escolares para posponer la fecha en que ingresarán al servicio nacional y en que pasarán su primer día como desocupados. Se comprende así el papel que la juventud desempeña en la revuelta. Pero no nos debe asombrar que los periodistas aprovechen la situación para expresar sus clichés sociológicos favoritos. Partiendo de la realidad del dilema entre el exilio y la desocupación, los periódicos fomentan la imagen del "malestar de los jóvenes" y su "sed de justicia y democracia", negando y escondiendo que es el proletariado de todas las edades el que se enfrenta contra la justicia y la democracia.

Barriendo toda terapia ciudadana, los proletarios, que no tienen nada que perder más que sus cadenas, emplean la única arma de lucha eficaz para nuestra clase, la acción directa: "Los jóvenes manifestantes no tienen ganas de hablar con un poder que los desprecia. Ellos mismos desprecian al poder, de lo único que tienen ganas es de romper. Entonces se rompe todo aquello que es símbolo del estado. Los manifestantes no quieren dialogar" (6), se lamenta uno de esos chupatintas.

Esta cólera no se concreta verdaderamente en torno a reivindicaciones particulares. El hastío es general y se desarrolla sobre aspectos "económicos", "políticos" y "sociales" de la supervivencia que les es impuesta. La ausencia de reivindicaciones precisas, concretas o de proposiciones positivas hace más ardua la tarea de liquidación que siempre tratan de efectuar los reformistas de toda laya. Sólo la contraposición a todo lo que viene del poder en general es explícita. La negación de lo existente constituye indudablemente la fuerza elemental del movimiento. Desde el inicio de los disturbios, y a pesar de todas las tentativas burguesas de llamar a la calma y encuadrar el movimiento en polarizaciones ideológicas, conciliaciones, reformas y negociaciones, los proletarios se afirman rotundamente en el terreno de la lucha de su clase, asumiendo diversas necesidades e intereses y combatiendo por imponerlos en el desarrollo de esta lucha.

En una semana de enfrentamientos, la lucha se extiende por toda Cabilia. El número de objetivos no deja de ampliarse. Las expropiaciones a la propiedad burguesa se multiplican. Los proletarios toman las mercancías que necesitan y destruyen voluntariamente todo lo que para ellos ha significado siempre símbolos de represión y miseria (incendio de la oficina central impositiva, de la prefectura, así como de las sedes de los partidos por la identidad nacional...). En algunos días, la ebullición toca todas las ciudades de Cabilia.

El sábado 28 de abril, "una marea humana invade las calles de Bugía, aunque los enfrentamientos más sangrientos tienen lugar en las ciudades chicas y en los pueblitos... Una vez más, los edificios públicos fueron saqueados. En Bugía, los manifestantes destruyeron la casa de la cultura, la dirección de hacienda, la estación autobuses" (7). La jornada del sábado 28 de abril es la más sangrienta, con una treintena de víctimas, momento a partir del cual la correlación de fuerzas tendió globalmente a invertirse a favor del proletariado. Un periodista anota que "de 40 a 60 miembros de las fuerzas de seguridad habrían resultado muertos el jueves 26 de abril en una escaramuza al sur de Tébessa" (8). Destacamos que hemos encontrado esta información una sola vez... ¿Este dato revelaría un armamento más consecuente del proletariado?

La burguesía desconcertada

La angustia y la sorpresa que suscitó en la burguesía local el rápido desarrollo del movimiento fue tan grande que aquella oscila en su acción y hasta se muestra relativamente paralizada. Habiendo intentado diferentes tipos de réplica sin éxito, muestra no ser capaz de dotarse de una línea clara y precisa de respuesta.

Las estructuras de encuadramiento y mediación social resultaron completamente desbordadas. Más aún, en las luchas, dichas estructuras resultaron denunciadas cada vez más explícitamente, como testimonian los ataques a los tradicionales partidos independentistas. Estos hechos demuestran claramente que ninguna formación política de este tipo logra canalizar los desbordes y, además y sobre todo, que la lucha de los proletarios en Cabilia no es ni nacionalista, ni independentista, como toda lucha realmente proletaria. La consigna de "liberación nacional" es siempre una maniobra de la burguesía mundial para romper nuestra lucha, para aislarla o aislar al proletariado en cada país, y hacer posible así su derrota, país por país, frente a "su" burguesía nacional (9). Si bien, en la actualidad, esta ideología resulta superada por el movimiento de Argelia, el contexto mundial, marcado por una gran debilidad internacionalista, hace que esta lucha no sea reconocida, vivida, compartida y asumida como tal, por el proletariado en otros países. En Francia, en particular, la no-lucha global del proletariado ha llevado a ver el movimiento proletario de Argelia sólo a través de las imágenes que crea la burguesía, lo que provoca una reacción de indiferencia, de rechazo o de defensa de pútridas consignas socialdemócratas. Gracias a ello, el estado francés ha podido continuar apoyando y encuadrando a las fuerzas del orden en Argelia impunemente.

Sobre el terreno, no obstante, la capacidad de represión y control militar de la situación se han visto reducidos por la amplitud que ha tomado el movimiento. Los disturbios no cesan de estallar en otras regiones separadas por muchos kilómetros de distancia, lo que dificulta la acción de las fuerzas del orden que no pueden estar materialmente presentes en todos los frentes de lucha. Los proletarios aprovechan la topografía accidentada de la región para trabar por todos los medios el desplazamiento de las tropas represivas, bloqueando las rutas de acceso. Además, las autoridades de las ciudades donde aún se mantiene la paz social temen que la extensión del movimiento gane esas ciudades, y por ello tienen grandes reticencias a responder favorablemente a los llamados de refuerzos lanzados desde las zonas donde la lucha es fuerte.

A mediados de junio, la burguesía constata que ha perdido todo control de la situación en Cabilia; la insurgencia gana en las calles y asedia a las fuerzas represivas que se ven obligadas a atrincherarse dentro de los campos fortificados: "En Tadmaït, Ouadhias, Boghni, Akbou, Aïn el-Hamman, Mekla, Larbaa-Nath-Irathen, Azazga, Bugía..., todas las brigadas de la gendarmería nacional ofrecen el mismo espectáculo de fortines asediados, pórticos bloqueados, muros destrozados, fachadas incendiadas, puertas rotas y, en los alrededores, restos de neumáticos calcinados, postes caídos y árboles tumbados bloqueando todas las rutas que conducen hacia las brigadas. Por todos lados, los comerciantes se niegan a servir a los gendarmes. El boicot es total. Las 36 brigadas que cuenta Cabilia son aprovisionadas desde Argel por helicóptero o rutas de convoyes potentemente armados. A un joven de Tigzirt, por haber lanzado un paquete de cigarrillos a un gendarme por encima del muro del cuartel de la brigada, casi lo linchan. El levantamiento se ha transformado en insurrección generalizada. [....] Desde hace tres semanas no existe un solo gendarme en las calles de Cabilia. Atrincherados en sus locales, la misión de los gendarmes es la de defender su brigada y sus vidas. La región está en manos de los insurrectos" (10).

Contra el "particularismo cabilista", la lucha se extiende a otras regiones

Como siempre, cuando la burguesía se encuentra frente a la radicalización de una lucha en un territorio determinado, hace todo lo posible para encerrarla y evitar su extensión.

"Las autoridades temen que el movimiento se extienda como una mancha de aceite. Los enfrentamientos ya se extienden hasta las inmediaciones de Sétif y los confines del este de Cabilia. El sábado 28 de abril hubo una tentativa de manifestación en Orán y Boumerdés, cerca de Argel, mientras que una fuerte tensión reina en la capital" (11), constataba un "enviado especial". La táctica del gobierno es entonces presentar la lucha de los proletarios en Cabilia como un "combate por la identidad bereber", pero al mismo tiempo ese periodista señala con dedo prudente: "El miedo de ver que el movimiento desborde Cabilia ha llevado al poder a tratar de contenerlo como una reivindicación estrictamente lingüística, escondiendo el conjunto de las reivindicaciones sociales y políticas que se expresan y que son comunes a todo el país. Aislando Cabilia, Argel espera montar al resto de la población contra el particularismo de Cabilia, con el objetivo de impedir toda unificación en la contestación" (12). Las fracciones burguesas instaladas en el gobierno esperan utilizar los 250 km que separan Argel de la provincia insurgente, para ahorcar los riesgos de "contaminación".

Pero lo que se produce es todo lo contrario por muchos factores:

• Las condiciones de supervivencia miserables impuestas por la burguesía no son monopolio de Cabilia, sino de toda Argelia, lo que por supuesto constituye una condición favorable para la generalización.

• Los proletarios en Cabilia atacaban blancos que, por su significado, hacía difícil ese tipo falsificación burguesa de que se trataba de una reivindicación bereber. Hasta los periodistas debieron reconocer "que el incendio que conoce hoy Cabilia no tienen parangón con las tensiones que agitan regularmente la región. Esta vez no se trata en absoluto de reivindicaciones culturales y lingüísticas [...], sino de una verdadera explosión social. [...] Incluso las formaciones políticas con fuerte implantación en Cabilia, que controlaban y encuadraban no hace mucho las reivindicaciones de identidad, ya no son tomadas en cuenta por los manifestantes. Ya no quieren ni oír hablar más de reivindicaciones pacíficas y no tienen reparos en hacérselo saber a los responsables del Frente de las Fuerzas Socialistas (FSS) y, sobre todo, a los dirigentes de la Unión por la Democracia y la Cultura (RCD), que paga con eso su participación en el gobierno" (13).

El 25 de abril, "las ciudades de Sidi Aïch, El-Kseur, Tazmalt, Barbacha, Seddouk y Timezrit son presas de los saqueos de jóvenes exaltados que gritan consignas antigubernamentales. Los coches particulares no son respetados, al igual que los tradicionales partidos que defienden la causa bereber y de Cabilia, que también resultan destrozados y saqueados. [...] Los manifestantes incendiaron el edificio central impositivo de Akbou y Barbacha, en Pequeña Cabilia. La ruta nacional entre Bugía y Argel fue bloqueada con barricadas levantadas por los amotinados, impidiendo toda circulación en unos 60 kilómetros" (14).

Al atacar los partidos nacionalistas y expresar con claridad su rechazo a los llamados "por la identidad", al denunciar directamente al "poder asesino", los proletarios están luchando concretamente por la extensión y el reconocimiento universal de su lucha. De hecho, la carta de la lucha autonomista o de identidad nacional no logró imponerse. Desde fines de abril, el conjunto de la clase dominante ha sido tomada por blanco y reconocida por lo que es: enemiga del proletariado. Ese reconocimiento incluye expresamente tanto a sus fracciones autonomistas como a las fracciones gubernamentales, tanto a las socialistas como a las que no lo son, tanto a las oficiales como a las de oposición. El 1 de mayo, la RCD anunciaba el retiro de sus dos ministros del gobierno de Argel, pero dicho gesto no bastó para volver a dar credibilidad a este partido frente a los proletarios.

Durante los meses de mayo y junio tuvieron lugar manifestaciones por toda Argelia (entre ellas dos en Argel), a pesar de que muchas de ellas habían sido prohibidas por las autoridades. Según los organizadores, las manifestaciones debían ser pacíficas; como ya es costumbre, las fracciones socialdemócratas organizan manifestaciones con el objetivo de subirse al carro del movimiento que se les escapa. Ello parecía haber dado resultado durante un "período de calma", en el que los manifestantes seguían dócilmente a los organizadores que patrocinaban como acción el llevar cartas de peticiones dirigidas al gobierno. Pero la calma de dicho período resultó muy relativa y finalmente duró poco tiempo. La tentativa desmovilizadota fracasó y desde mediados de junio, los enfrentamientos se reanudaron con mayor vigor, tomando rasgos semi insurreccionales. Además, el movimiento se extiende ahora a nuevas regiones de Argelia.

El martes 1 de junio, los disturbios estallan en Khenchela (550 km al este de Argel), Aurès (un muerto), Aïn Fakroun (500 km al este de Argel) y El Ghozlane (130 km al sur de Argel).

Dos días mas tarde, el jueves 14, en la misma Argel, violentos enfrentamientos estallan hacia las 13 horas en torno a la plaza del 1º de mayo entre proletarios y policía antidisturbios: "Las piedras y los proyectiles lanzados por los manifestantes son respondidos con granadas lacrimógenas, cañones de agua y balas reales. Algunos hangares del puerto de Argel son saqueados. Ésta parece ser la acción más importante desde el inicio de la revuelta nacida el 18 de abril en Cabilia. [...] En las calles de Argel, los nombres de las ciudades [son] pronunciadas como las noticias de un frente del que nadie llega a prever sus llamas. [En] ‘Kenchela, un muerto –dice uno–. [En] Skikda, detrás de las barricadas’, responde otro. ‘Souur El Gozlan destruido. Y ‘Annaba, también’. Ahora, la revuelta ha rebasado ampliamente Cabilia, cuyas zonas no se apaciguan desde hace cuarenta y cinco días" (15). La manifestación del 14 de junio reunió en la capital entre 500.000 y 2.000.000 de personas según las fuentes. Todas las manifestaciones que se habían sucedido durante los dos meses precedentes habían seguido un único itinerario, impuesto por el estado. Ésta fue la primera ilegalmente desviada, bajo la determinación de los proletarios, hacia la sede de la presidencia de la república.

Fuerzas y debilidades del movimiento

Es necesario remontarse a 1988 para hallar una explosión similar en Argelia (de la que hablaremos a continuación). En un contexto mundial todavía globalmente marcado por las debilidades de las luchas de nuestra clase, los últimos movimientos importantes a escala del continente africano datan igualmente de hace varios años (16). Como en otros lugares del planeta, los islotes de intensa valorización del capital (extracción de oro, diamantes, uranio, pero también petróleo y gas...) y de polos de concentración industrial coexisten en África con amplias zonas abandonadas por los capitales, que constituyen verdaderas reservas internacionales de mano de obra barata, castigadas por "récords" de miseria absoluta. En cuanto a la eliminación del proletariado excedente (para las necesidades de valorización del capital, evidentemente), si las mal llamadas catástrofes naturales no bastan (en realidad penurias, hambrunas, enfermedades directamente ligadas al modo de producción, entre las que está la destrucción del sistema inmunológico, catalogada bajo el nombre de SIDA), las masacres y las guerras imperialistas, exóticamente atribuidas a los "odios tribales" y los "conflictos interétnicos", complementan la inmunda tarea. Como en todas partes, las quimeras del "crecimiento" y el "desarrollo" no son más que llamamientos disfrazados para sacrificarse a los intereses del capital. Por eso, contra toda ideología que basa su análisis en la teoría de "países pobres y países ricos", nosotros afirmamos que la miseria mundial del proletariado no tiene otra solución que no sea mundial y revolucionaria.

Una de las mayores fuerzas del movimiento actual en Argelia consiste justamente en que es una negación viviente del mito derrotista burgués, según el cual la lucha del proletariado no tendría actualidad. La situación descrita aquí corrobora además en diversos puntos la "caracterización general de las luchas actuales" (17), que nosotros hemos puesto de relieve en una de nuestras revistas anteriores, a saber:

• El proletariado soporta hoy, sin una respuesta general digna de ese nombre, la degradación extrema de su situación, así como grandes masacres.

• Cuando el proletariado manifiesta su existencia lo hace de un golpe y en forma directamente violenta, sobre la base de su acción directa, y tiende a afirmarse fuera de todo terreno particular o sectorial (lugares de trabajo, barrios...). Esa afirmación violenta niega las divisiones mantenidas por la burguesía (trabajo, edad, origen, género...) y tiende a generalizarse con un rechazo global al estado y a todo encuadramiento socialdemócrata y reivindicativo (contra toda mediación del estado, de los partidos burgueses, contra las consignas legalistas, pacifistas, electorales...).

Estos rasgos esenciales de afirmación de la lucha proletaria caracterizan también hoy al movimiento proletario que se desarrolla en Cabilia, en particular, y Argelia, en general:

• El viejo arsenal socialdemócrata no tiene ningún efecto frente a la acción decidida y violenta del proletariado.

• La revuelta no proclama objetivos precisos y explícitos y no propone nada positivo.

• Los proletarios expropian directamente la propiedad burguesa para satisfacer inmediatamente sus necesidades.

Además de estos "rasgos característicos de las luchas actuales", la lucha presenta fuerzas que denotan un nivel de enfrentamiento al capital superior al generalmente alcanzado por las luchas actuales del proletariado.

La primera expresión de esta fuerza reside en el hecho de que aquí, incluso una vez superada la rápida sorpresa, la burguesía no fue capaz de llevar adelante, de forma eficaz, su contraofensiva. Por el contrario a lo que pasó, por ejemplo, en los disturbios en Los Ángeles (18), todas las tentativas burguesas de romper el movimiento, separando a la mayoría de los proletarios de su vanguardia, fracasaron.

Es un hecho real que a la cabeza de las acciones se encuentran mayoritariamente "juventudes proletarias" (el 60% de la población tiene menos de veinticinco años y, además, es el grueso de la población más afectado por la desocupación); también es cierto que pueden a veces llevar su lucha bajo banderas islámicas, pero las tentativas burguesas de particularizar la acción directa del proletariado, sobre la base de estas realidades parciales, no han tenido hasta el presente peso real en el movimiento. La práctica de la amalgama, que consiste en presentar la lucha de la vanguardia del proletariado como una lucha de "jóvenes amotinados", asaltantes, bandidos e "islamitas radicales", no ha tenido el efecto esperado en el resto del proletariado en Argelia. El movimiento se muestra más fuerte que todas las divisiones que intenta imponer la sociedad y, como hemos visto, quien lucha hoy en Argelia es el conjunto del proletariado.

Ciertas "divisiones del trabajo" que la burguesía nos presenta como políticas no son más que técnicas y organizativas. Hasta ahora, la solidaridad y la unidad han sido realidades concretas del movimiento. Resaltamos que las acciones como el bloqueo de las rutas presupone un cierto nivel de organización y centralización del movimiento. Incluso si ellas fueran hoy desarrolladas por un puñado de solitarios proletarios, estas acciones constituirían un bosquejo de la asunción incipiente de aspectos militares de lucha.

En el período actual, otra especificidad del movimiento en Argelia es su excepcional duración y extensión. Contrariamente a la mayoría de las expresiones actuales del proletariado, que aparecen como un simple relámpago en un cielo sereno, aquí, el movimiento perdura desde el mes de abril..., ¡y los nubarrones negros siguen llenando de miedo a la burguesía! Desde el 18 de abril, el movimiento proletario no ha cesado de extenderse, tanto en longitud como en profundidad, y aún hoy la lucha continúa:

• Se ha extendido por numerosas regiones de Argelia.

• Los blancos atacados son de carácter cada vez más global; todo símbolo del estado es un objetivo potencial.

• La acción directa se afirma cada vez más como la única arma del proletariado contra el estado.

• El proletariado tiende a trazar, cada vez con mayor claridad, su frontera de clase con respecto al conjunto de la burguesía y, muy particularmente, con las fracciones ¡de izquierda! (FFS, RCD).

Esta fuerza, esta persistencia del movimiento actual, se sitúa en continuidad con respecto a la fuerza manifestada en luchas pasadas. Hace más de una década, nosotros ya señalábamos en nuestras revistas centrales que el movimiento de 1988 en Argelia había sido un movimiento de negación de la sociedad actual, de ataque al capital y sus defensores.

En 1988...

• Los proletarios tomaron los edificios y los bienes oficiales (municipalidades, vehículos de los representantes del gobierno, diferentes sedes del FLN, comisarías, palacios de justicia y lugares centrales de la acumulación capitalista y la administración de la plusvalía como bancos y centros impositivos).

• Hartos de las condiciones de supervivencia, los proletarios en lucha no formularon ninguna reivindicación precisa. No reclamaron reformas, sino que, al contrario, la revuelta estuvo ligada a las expropiaciones directas, evidenciando que el objetivo no podía ser otro que el de reapropiarse del producto social del que los proletarios son privados.

• El movimiento de 1988 fue obra de la calle y se desarrolló en la calle y no de empresas o sectores concretos lo que no deja lugar para el encuadramiento socialdemócrata, cuyos sindicatos no tuvieron la posibilidad de jugar el papel de siempre de recuperadores, canalizadores y rompedores de la lucha.

Está claro, claro, que el movimiento que abrasa hoy muchas regiones de Argelia presenta flagrantes similitudes con las luchas de octubre de 1988. Volvemos a extraer párrafos del comentario de Libération de abril del 2001: "Erigiendo barricadas, ellos destruyen los símbolos del estado y los puestos de gendarmería. ‘Es la revuelta de una juventud radicalizada [¡categoría aclasista!] que no tiene nada que perder, pues se encuentra ya aplastada por la miseria y sin esperanza’. ‘Ustedes no nos pueden matar, nosotros ya estamos muertos’, gritan los manifestantes. Lanzando piedras, incendiando neumáticos, con cócteles molotov; escapan totalmente al control de todos los partidos políticos y demuestran una rabia que nadie parece poder canalizar: tres sedes de la FFS y numerosos locales de la RCD han sido, por otra parte, incendiados".

El proceso de negación práctico desde abril del 2001 ha renovado tres aspectos que habían sido la fuerza del movimiento de 1988:

• Ataque a instituciones y fuerzas del estado.

• Ausencia de reivindicaciones precisas, expresión del hartazgo generalizado de los proletarios conscientes de que no tienen nada que perder, y que tampoco tienen nada que ganar negociando con el estado.

• El escaso resultado del tradicional encuadramiento socialdemócrata del movimiento (19).

Esta breve incursión histórica es suficiente para mostrar que el rechazo a las estructuras de encuadramiento socialdemócrata, como las luchas por la identidad, no caen del cielo ni provienen únicamente de las condiciones de explotación inmediatas. Aprender de las lecciones de las luchas pasadas tiene suma importancia, y esta continuidad es desgraciadamente mal asumida hoy. Nosotros no disponemos al respecto de expresiones claras o textos de minorías provenientes de la región, pero sabemos que las manifestaciones han tenido lugar en torno a los "monumentos" colocados por los proletarios en memoria de sus hermanos y hermanas de clase que habían luchado contra el estado, por ejemplo durante la llamada "primavera bereber", la primavera de 1980 o durante el movimiento de fines de 1988. Nuestra clase ha conseguido así mantener viva la memoria obrera a pesar de las múltiples tentativas de eliminar sus huellas. En todo caso, el desgaste progresivo de las ideologías burguesas en el transcurso de cada una de estas luchas ha llevado al proletariado a rechazarlas cada vez más abiertamente.

Sobre estas bases, el movimiento actual ha superado en ciertos puntos a su predecesor:

• La "afirmación por la identidad cultural" y la "liberación nacional" ya no son más las portadoras de la esperanza de los proletarios, para quienes cuarenta años de independencia (de los cuales veinte de gobierno del FLN) no han aportado más que miseria y masacres suplementarias.

• La ideología islámica ha perdido su peso, al mismo tiempo que ha perdido credibilidad la fracción socialdemócrata que la representa, el FIS (20). "Hoy los islamistas no logran explotar las reivindicaciones de los jóvenes argelinos", resaltaba un historiador (21). Los propios proletarios denuncian las "concesiones del presidente Bouteflika a los islamistas" como la reciente directiva gubernamental que prohíbe besarse en los bancos públicos y los parques.

• Los movimientos independentistas parecen descredibilizados en cuanto a su capacidad para aportar cambios reales. A pesar de los acentos "beréberes" de su programa, la llegada del RCD al gobierno no ha significado ningún cambio en las condiciones de vida en Cabilia. Al contrario, el proletariado denuncia su participación en los planes de austeridad.

Cada oleada de lucha pasada plantea así directamente las condiciones de un enfrentamiento de clase futuro cada vez más violento. Cada enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución es un momento de exacerbación de las contradicciones de clase, en el curso del cual las máscaras caen, las ideologías se desmoronan, las ilusiones se disipan..., abriéndose así la vía de la expresión cada vez más clara del proletariado a la que lo empujan sus determinaciones históricas.

De la misma manera, el rol del ejército en la represión feroz de 1988 (encarcelando, torturado, asesinando...) lo hace aparecer hoy minado por contradicciones, por el hecho de que muchos soldados de hoy participaron en los disturbios de la época. La exacerbación de las contradicciones en su seno constituye un limite para la represión militar, al menos en cuanto a la amplitud que la misma podría tomar si el movimiento continúa su desarrollo. Incluso un sociólogo remarcaba: "Yo no pienso que ellos disparen contra el pueblo argelino. Los servicios especiales o la gendarmería pueden tirar. El ejército de base, no el de los generales, tiene sus primos y sus hermanos que viven en una situación de mierda. Y si hay muertos, los jóvenes van a romper todo, y eso sería una aventura" (22). Si bien esta realidad parece surgir como producto de la continuidad histórica de la lucha de clases, ello no significa para nada que todo estuviera jugado de antemano. En efecto, hasta ahora no conocemos ningún índice serio de fraternización o de derrotismo interno contra el mismo ejército, ni tampoco han llegado hasta nosotros índices de que el proletariado haya tendido a tomar las armas que había en los edificios que ha atacado. Además no hay que olvidar el papel que pueden todavía jugar fuerzas contrarrevolucionarias, como las fracciones "derecho humanitarias", que también preparan la represión bajo la pantalla de la denuncia, intentando en los hechos, encerrar al proletariado en una "lucha por la democracia contra los generales sanguinarios". Conviene, según los apóstoles del pacifismo y el parlamentarismo, liberar a Bouteflika de la influencia de los once generales mayores (entre ellos nueve antiguos oficiales del ejército de liberación) que dirigen Argelia, para permitir que el "proceso democrático se desenvuelva con normalidad". Esto significaría, una vez más, que la cuchilla parlamentaria corte la cabeza del proletariado. Está claro que entre el sable y el rochabus, ¡las urnas pueden tener todavía un lugar honorable!

Las soluciones democráticas propuestas por la burguesía

Por supuesto que la burguesía intenta también aprender las lecciones de las luchas pasadas. Por ejemplo, como en 1988, la prensa nos habla de una "desesperanza argelina", como un efecto específico del gobierno actual. Ahora bien, es evidente que las condiciones a las que está sometido el proletariado no son exclusivas de un gobierno particular ni de una nación particular.

Históricamente, todas las fracciones burguesas que han gobernado han participado en la gestión sangrienta de la Argelia colonial y poscolonial, con el apoyo permanente del estado francés que tanto se gargariza con ser "la patria de los derechos del hombre". Debilitada por la lucha ascendente de los proletarios en la región desde 1944, el espacio de valorización argelino fue desde el principio, cimentado por diversas masacres efectuadas en la región del Magreb (Sétif, Fez...), luego por "la independencia nacional" y, al fin, por el refuerzo del rol jugado por el ejército en la buena marcha de los negocios capitalistas. Es decir que desde hace décadas, en Argelia, los proletarios excedentes son masacrados de forma directa, cruel y brutal. Aldeas y pueblos enteros son regularmente incendiados, la tortura como instrumento administrativo es moneda corriente, sólo cambia la justificación invocada. Desde hace diez años, la continuidad de las masacres está asegurada gracias a la imposición de la polarización "gobierno contra integrismo islámico" con la aparición del FIS, organización islámica que desempeña el papel de una clásica fracción socialdemócrata.

Confrontada sucesivamente a la fracción colonial (siempre presente), independentista, luego islámica, los proletarios tienden progresivamente a identificarlos globalmente como a "su propia" burguesía. Contraponiéndose al mismo tiempo al estado francés, a Bouteflika, a los generales, al FIS, al FFS, al RCD y al FMI, los proletarios han ido afirmando en la práctica un reconocimiento cada vez más claro de su enemigo de clase: el estado del capital en general, bajo todas sus formas y en todos sus niveles de organización.

De hecho, la sucesión de las fracciones burguesas en el gobierno reposa sobre su capacidad relativa para organizar las condiciones de producción que maximizan la valorización del capital, especialmente en base del aumento incesante de las tasas de explotación de los proletarios. El mantenimiento o el reemplazo de estas fracciones depende no solamente de su capacidad a imponerse y mantenerse dentro de la guerra permanente que se libran entre sí, a fin de incrementar sus capitales respectivos, sino también de su eficacia en la gestión del antagonismo de clase, más o menos expresado según las circunstancias históricas. Estos dos aspectos son indisociables del rol social de la burguesía como clase dominante. La permanente presencia directa o indirecta del estado francés se inscribe así dentro de la necesidad internacional de mantenimiento de la cohesión social en la región.

El FIS es el producto de una centralización de grupos estructurados en torno a la ideología islámica. Adquirió su fuerza como canalización del descontento general de los proletarios en Argelia desde principios de los años ochenta. La práctica de esta organización ha sido, desde su nacimiento, canalizar la combatividad proletaria hacia el terreno religioso: sólo el combate por la soberanía de Alá permitirá recubrir de alegrías la vida, arrebatadas por los paganos. El FIS encuadra las luchas reales del proletariado, desnaturalizando su contenido. La ventaja que presenta el encuadramiento religioso, para la reproducción de la dominación burguesa, es reconocido incluso dentro del gobierno del FLN (Frente de Liberación Nacional), que durante esos mismos años no ha cesado de financiar la construcción de nuevas mezquitas y escuelas musulmanas, favoreciendo de hecho el desarrollo del FIS.

Ni "generales", ni Bouteflika, ni FMI

A fines de agosto, el presidente Bouteflika organizó un "festival mundial de la juventud y los estudiantes", dedicado "a la amistad entre los pueblos y al antiimperialismo". Pensaba que un discurso antinorteamericano y populista mejoraría su imagen frente a los jóvenes proletarios. La reacción proletaria fue la de boicotear y denunciar abiertamente esta mascarada: "Los organizadores de este carnaval, que dicen estar contra la mundialización y a favor de los jóvenes, son precisamente los que negocian con el FMI y mandan disparar sobre las juventudes" (Le Vif-L’Express, semana del 24 de agosto de 2001). Denunciando la colusión burguesa en la puesta en marcha de la represión y la política de austeridad del FMI, el proletariado identifica cada vez con mayor claridad al conjunto de la burguesía que le hace frente como su enemigo de clase. La explotación no es únicamente ejecutada por los generales, los enemigos exteriores u otras fracciones que nos marcan con el dedo. El fracaso de la tentativa de Bouteflika de movilizar al proletariado en una lucha antinorteamericana muestra que, cada vez más, el movimiento en Argelia es capaz de identificar claramente al conjunto de la burguesía que le hace frente como el defensor de los intereses mundiales del capital. En el curso de estos sucesos, el proletariado ha rechazado concretamente el juego y las maniobras que buscaban encerrarlo en una polarización burguesa (norteamericana versus antinorteamericana), afirmando así su resuelta oposición a los generales, el FMI y Bouteflika.

Su complementariedad es evidente. Fue finalmente gracias al FIS que la combatividad proletaria de octubre de 1988 resultó desviada hacia la cuchilla parlamentaria. Como buen partido socialdemócrata, el FIS clamaba que la hora había llegado para que "la soberanía de Alá" se instalase igualmente en el parlamento. Participó activamente en el fortalecimiento de la ilusión que muchos proletarios tenían en cuanto a la organización de las primeras elecciones libres desde "la independencia". Pero la "libre elección" entre los candidatos verdugos no puede aportar otra perspectiva que la que siempre aportó: ¡la represión de su lucha y el mantenimiento de la explotación burguesa! El FLN, partido único hasta entonces, acusó una derrota única, en provecho de los dirigentes del FIS, partido en el que los proletarios, desposeídos de su lucha, invirtieron sus mejores esperanzas. El FIS ganó las elecciones municipales en 1990 y la primera vuelta de las generales en diciembre de 1991.

Sin embargo, la segunda vuelta de las elecciones legislativas, previstas para enero de 1992, nunca tuvieron lugar. Fueron anuladas tras la toma de la dirección de los aparatos centrales del estado por la fracción burguesa unificada en torno al estado mayor del ejército.

La persistencia de una fuerte combatividad proletaria durante este período nos permite comprender que en realidad el FIS fue superado por los acontecimientos (los disturbios de 1991). Desde entonces, la fracción burguesa unificada en torno al estado mayor del ejército, sabiendo que no tenía ninguna credibilidad que defender frente al proletariado, estimó que sola podía reestablecer el orden burgués. La situación, que escapaba también al control del FIS, podía entonces repolarizarse dentro de una guerra interburguesa entre el FIS y los militares.

Una participación en el gobierno podría haber resultado fatal para el FIS. Su composición es demasiado heterogénea para que pudiese, sin riesgo de deserción masiva, asumir concretamente las tareas de la región, a saber:

• Conducir abiertamente la necesaria represión de los elementos más combativos de octubre de 1988.

• Continuar con la destrucción del proletariado excedente.

• Ejecutar los inevitables planes de austeridad futuros.

La aplicación de este programa probablemente hubiera conducido al FIS a perder toda credibilidad frente al proletariado.

El "golpe de estado militar" permitió imponer así el orden frente a los proletarios en Argelia preservando al FIS. La fracción burguesa reagrupada en torno al estado mayor del ejército que jugó el papel de partido del orden, pudo ejercer su represión, como siempre, debido a que la combatividad del proletariado había sido previamente dislocada por las fracciones socialdemócratas. Es esencial ver aquí que, a pesar de no participar (oficialmente) en el poder, el FIS había preparado el encuadramiento parlamentario de los proletarios, que en los hechos fue clave en la restauración del orden burgués.

Así, las fracciones socialdemócratas lograron preservar casi intacta su imagen, a pesar de la real colaboración represiva. Más aún, la fracción islámica podía presentarse como mártir y continuar con su papel de catalizador del descontento proletario. Si no se puede excluir que ciertas fracciones islámicas hayan incluso empujado a ciertos proletarios a efectuar actos de terror burgués, resulta innegable que la mayoría –sino la totalidad– de las masacres, habitualmente atribuidas al "islamismo armado", son simple y puramente actos del ejército argelino, y por lo tanto también del estado francés, a través del encuadramiento y pertrechamiento de las fuerzas represivas argelinas que aquel no ha dejado de proporcionar. En fin, cuando, bajo la bandera islámica o no, el proletariado desarrolla su terror de clase contra el ejército o las otras milicias organizadas por el estado, nada más normal que la burguesía coloque las calificaciones ideológicas de "integrismo musulmán" y "masacre ciega de inocentes". Esa amalgama y la "lucha contra el terrorismo" constituyen las coberturas ideales para la aplicación sistemática por parte de la burguesía de su propio terror de clase, "el terrorismo de estado". Así se justifica la militarización creciente del régimen como "esfuerzo nacional", en el que el proletariado paga siempre el pato. La polarización burguesa entre FIS y militares, "terrorismo versus antiterrorismo", hizo posible la desarticulación de toda verdadera lucha bajo banderas proletarias y la imposición de condiciones de vida todavía peores, siempre pautadas además por nuevas masacres.

Las "arch"

Una debilidad remarcable, que constatamos, y que en realidad es recurrente en todos los movimientos actuales que se suceden a través del mundo, es que el contenido proletario es afirmado por el giro mismo de la lucha, pero no es reivindicado explícitamente. El objetivo comunista no es identificado, no se asume conscientemente.

A escala internacional, las minorías que prácticamente actúan a la vanguardia del movimiento casi nunca reivindican las determinaciones clasistas. La bandera revolucionaria que corresponde al contenido de la lucha aparece muy rara y confusamente asumida. Esta inconsecuencia presenta diversos aspectos nefastos:

• Contribuye al aislamiento extremo de la lucha del proletariado en Argelia con respecto a la lucha del resto del proletariado internacional.

• Permite a la burguesía utilizar esta falta de claridad para transformar la lucha en conflictos interburgueses.

Una crítica militante y responsable de estas debilidades debe inscribirse imperativamente dentro de una perspectiva revolucionaria y directamente internacionalista. Es en este sentido que nosotros nos esforzamos aquí en:

• Despejar las determinaciones históricas que el movimiento en su desarrollo contiene, aunque el mismo no logre afirmarlo explícitamente.

• Criticar las debilidades actuales de la lucha de los proletarios en Argelia.

• Romper la fragmentación del movimiento proletario a escala mundial, no solamente criticando las debilidades de nuestra clase, sino también difundiendo internacionalmente la presente contribución.

Es seguro que un movimiento no puede tener esa duración y profundidad sin que se desarrolle un proceso de organización y autonomización (eso se da muchas veces antes del estallido). Las formas de desarrollo en el transcurso de este proceso, las banderas que levanta, nos parecen, sin embargo, poco precisas. Ninguna estructura del movimiento parece, hasta el presente, haber dado pruebas de una actividad internacionalista consecuente, tomando contactos con minorías proletarias del resto del planeta. La ausencia de redes proletarias de difusión de la lucha nos impone, por el momento, una dependencia casi total a la información (desinformación) que nos da la burguesía, lo que significa tener una información desnaturalizada y no completa, que oculta las fuerzas de la lucha (en particular en lo que concierne a su autonomía), fabricando la apología de sus debilidades.

La prensa menciona tan sólo como estructura organizativa del movimiento el "comité de tribus", las archs. Éstas habrían sido iniciadoras de los diversos "llamados por manifestar". La prensa los describe como "estructuras aún nebulosas"; nosotros sabemos muy poco sobre estos "comités". Se trata del renacimiento de una antigua estructura social aldeana, que había desaparecido hace más de un siglo luego del aplastamiento de una revuelta en Cabilia, en 1871. Ese "gran levantamiento de Cabilia" fue ahogado en sangre por los mismos generales franceses que habían masacrado la Comuna de París. Según la prensa, su resurrección se explicaría "por la voluntad de extraer de la cultura local las modalidades de representación que permiten atravesar las divisiones administrativas. La referencia a los lazos de sangre constitutivos de la arch permite reagrupar las aldeas pertenecientes al mismo linaje, pero dispersas entre las diversas comunas y subprefecturas. [...] Una doble necesidad ha presidido la resurrección de estas estructuras sociales tradicionales; primero, el firme rechazo por los amotinados de todas las formas de organización políticas legales, seguido por la necesidad de trascender las divisiones partisanas" (23). Mas allá del lenguaje y el particularismo cultural, nosotros podemos captar que esta resurrección de las estructuras interaldeanas, hasta entonces prohibidas, expresan al menos la realidad de una lucha contra el aislamiento y contra las organizaciones políticas legales.

Como generalmente es el caso de todas las plataformas que emergen de las luchas actuales, la de los comités mezcla reivindicaciones basadas en las necesidades reales de nuestra clase con otras que mantienen las polarizaciones burguesas y los particularismos locales: "Reclaman, en desorden, la retirada inmediata de la gendarmería, la toma a cargo por el estado de las víctimas generadas por la represión, la anulación de los juicios contra los manifestantes, la consagración del tamazight como lengua nacional y oficial, ventajas de libertad y justicia, la adopción de un plan de urgencia para Cabilia y el pago de una indemnización por desocupación a todos los parados" (24).

En la actualidad, "la función de estos comités de aldeas es esencialmente defensiva", decía un comentador preocupado por denunciar la inmadurez política del movimiento. Luego agregaba desdeñosamente, comentando los éxitos de las archs: "¿Cómo podrían no adherirse a un discurso que exige reparación por la agresión sufrida? Es un relleno total de reivindicaciones diversas que no están fundadas en ninguna idea de programa político" (25). Esta estructura (que reagrupa a 2.000 delegados) afirma en realidad que "nada es negociable" y es justamente esto lo que nosotros juzgamos como su fuerza. La ausencia de proyecto político en el sentido burgués significa para nosotros el rechazo a caer en esa trampa de siempre de la socialdemocracia de responsabilizarse como gestores del capital. Las arch rechazan así todo proceso electoral dentro de la repartición de las responsabilidades.

Sin embargo, nos resulta difícil evaluar la expresión de estas contradicciones en el seno de las archs, pues este aspecto escapa a las informaciones calibradas por las agencias de prensa y sus celosos comentadores. Lo que sí estamos seguros es que no se puede reducir o juzgar, en función de ciertos llamados a manifestar "pacíficamente" (cuando la violencia proletaria se afirma a la menor oportunidad), ni en función de las declaraciones de uno u otro de sus "representantes" o los eventuales candidatos interlocutores del estado, cuando los proletarios que se reconocen en las archs no sólo han incendiado los edificios de los partidos autonomistas y las "casas de la cultura bereber", sino igualmente rechazado, con cócteles molotov, el "programa especial de ayuda económica a la región", que fue propuesto por las autoridades al día siguiente de las primeras jornadas de disturbios.

De lo que podemos estar seguros también es que las reivindicaciones por la identidad y la democracia constituyen objetivamente el programa que la burguesía local, nacional e internacional, trata de imponer. El proletariado no tiene nada que ganar con este programa..., ¡más bien todo que perder! En Argelia, dado el contenido real de las acciones directas, es un hecho que el movimiento proletario afirma concretamente su lucha contra el programa democrático, dentro de sus variantes parlamentaristas, de identidad nacional... –aunque como siempre sea una minoría de proletarios la que afirma esa ruptura–. Es evidente que en toda lucha del proletariado se encuentran presentes programas que se encuentran muy por debajo de las rupturas reales que afirma el movimiento en su práctica, así como los medios de difusión burgueses siempre van a poner el acento en las expresiones más confusas del movimiento, obrando así para desposeer el proletariado de los aspectos más potentes de su lucha.

Contra el mito de la invencibilidad del estado

De manera general, la socialdemocracia nos presenta actualmente la lucha de clases como una lucha "aparato contra aparato", "policías contra manifestantes", "jóvenes subversivos argelinos contra ejército argelino"..., es decir, el enfrentamiento entre aparatos en sí; pero este tipo de postulado dualista no enfoca más que la potencia en sí de cada aparato, tomado aisladamente. Si al término del enfrentamiento, el aparato contestario se reconoce vencido, se deducirá que la potencia del estado era superior desde el inicio. Frente a la derrota, las fracciones socialdemócratas declararán que no era el momento de luchar, mientras que algunas fracciones del proletariado van a proclamar el voluntarismo armado, como único medio para atacar al estado todo poderoso (26). Es dentro de este cuadro de análisis no dialéctico que emerge el mito de la omnipotencia del aparato estatal. La ideología del reformismo armado (en particular el foquismo) pretende que cada nueva fuerza adquirida por "el aparato militar proletario" (células combatientes, guerrillas...) se corresponde con una disminución de la potencia del aparato burgués, hasta la madurez completa del "estado proletario". La ideología del derrotismo burgués, por su parte, plantea que cada derrota del proletariado implica un refuerzo seguro de la invencibilidad del estado. Entre estas dos ideologías hay una simple inversión de puntos de vista. El postulado de que la lucha sigue siendo la del enfrentamiento "aparato contra aparato", que implicaría que la fuerza perdida por uno de los campos se transfiere al otro, hasta generar un "campo victorioso" sigue siendo el mismo.

En oposición a esta incomprensión de la naturaleza dialéctica de las relaciones sociales, nosotros afirmamos que:

• El mito de "omnipotencia" actual del estado no tiene otra realidad efectiva que como conjunto de ideas cristalizado en materia contrarrevolucionaria, como medio para desalentar al proletariado de toda lucha, que se considera de todas formas perdida por anticipado, frente al invencible coloso estatal.

• El desarrollo de la potencia del estado burgués es siempre el producto de la lucha de clases, de la correlación de fuerzas social entre proletariado y burguesía. Hablar de invencibilidad de la burguesía, de desaparición de la perspectiva revolucionaria, revela una incomprensión del modo de desarrollo real de la lucha de clases; este inmediatismo encubre que la lucha de clases se desarrolla siempre a través de saltos cuantitativos, entrecortada por períodos de paz social más o menos largos. Y, por supuesto, la duración de esta paz social puede fortalecer el mito del triunfo definitivo de la burguesía o la búsqueda idealista de otro motor de la historia que no sea la lucha de clases.

• En cada nueva oleada de lucha importante, el enfrentamiento entre clases se hace cada vez más tenso. Es dialécticamente en el movimiento de enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución que el proletariado afirma y desarrolla siempre con mayor claridad su proyecto revolucionario. Es en el transcurso mismo de la lucha que los antagonismos se desvelan y que el proletariado hace las rupturas necesarias frente a las fuerzas contrarrevolucionarias que frenan el desarrollo de su lucha, tendiente a la abolición de la sociedad de clases.

Por eso es que nosotros no vemos, en la eventual paralización del movimiento proletario en Argelia, una "derrota" de nuestro movimiento. Como Marx decía en relación a la "derrota de la revolución de 1848": "Pero lo que sucumbía en estas derrotas no era la revolución. Eran los tradicionales apéndices prerrevolucionarios, resultado de relaciones sociales que aún no se habían agudizado lo bastante para tomar una forma bien precisa de contradicciones de clase: personas, ilusiones, ideas y proyectos de los que no estaba libre el partido revolucionario antes de la revolución de febrero y de los que no podía liberarlo la ‘victoria de febrero’, sino sólo una serie de derrotas. En una palabra: el progreso revolucionario no se abrió paso con sus conquistas directas tragicómicas, sino, por el contrario, engendrando una contrarrevolución cerrada y potente, engendrando un adversario, en la lucha contra el cual el partido de la subversión maduró, convirtiéndose en un partido verdaderamente revolucionario."(Marx, Lucha de clases en Francia, de 1848 a 1850.)

La crítica revolucionaria puede también esgrimir resueltamente la actual lucha del proletariado en Argelia como portadora de la perspectiva revolucionaria, como prueba viviente de la potencia que contiene la clase proletaria cuando se enfrenta directamente al estado.

La lucha contra el aislamiento

La cuestión que nosotros queremos plantear ahora es tratar de comprender lo que condiciona la actual paralización, por supuesto que provisoria, de las luchas proletarias tan perspicaces y profundas que se desarrollan en Argelia. Nos parece totalmente insuficiente explicar eso por el sólo hecho de las debilidades internas del movimiento. Nos parece por el contrario que debemos hacer hincapié en la falta cruel de internacionalismo proletario en otras partes, en solidaridad con la lucha de los proletarios en Argelia. En efecto, si la represión o el agotamiento logran parar momentáneamente el movimiento, ello no demuestra en absoluto la omnipotencia del estado en sí, sino más bien, y más allá de las debilidades internas del movimiento, una primera consecuencia de la falta actual de manifestaciones de internacionalismo proletario.

Es una necesidad vital para el proletariado acabar con la separación, el aislamiento, el no-reconocimiento de sus propias luchas en cualquier parte del mundo. Es necesario comprender que es, en última instancia, la ausencia de solidaridad proletaria internacional la que hoy permite a la potencia represiva del estado sobreponerse frente y contra nuestras luchas. Esto ha sucedido en Albania, Irak..., y, en última instancia, en cada gran explosión proletaria de las últimas décadas. A la hora de escribir estas líneas, nosotros no vemos cómo podría ser de otra forma con respecto al movimiento proletario en Argelia. El reconocimiento de la lucha de los proletarios en Argelia por el resto del proletariado internacional, su prolongamiento en base a la lucha de los proletarios del resto del mundo contra su propia burguesía, es la única manera de sostener prácticamente al movimiento proletario en Argelia.

La burguesía es plenamente consciente de este hecho. Por ello hace todo lo posible para evitar ese reconocimiento. Su primera táctica consiste invariablemente en establecer "cordones sanitarios" para aislar al proletariado en lucha del resto de su clase en el mundo.

En Argelia, el primer cordón que la burguesía estableció fue aislar la lucha en Cabilia como si fuese una "lucha por la identidad bereber". Pero dicho cordón sanitario fue roto gracias al reconocimiento por parte de los proletarios del resto de Argelia, que en su práctica expresaron ese reconocimiento y desarrollaron una "lucha común" contra el "poder asesino" que soportan cotidianamente todos los proletarios. La extrema y flagrante comunidad de intereses ha sido el motor de la extensión del movimiento y del nivel de generalización alcanzado.

El segundo cordón sanitario, eficaz esta vez, consistió en aislar la lucha del proletariado de Argelia del resto del mundo. La facilidad con la que la burguesía logra aislar las revueltas proletarias es una característica importante del período actual. Ello es posible, antes que nada, por la falta de organizaciones proletarias internacionalistas en el mundo. Gracias a su monopolio de información, la burguesía logra particularizar, desnaturalizar, amalgamar y hasta negar el carácter clasista de las luchas. Los medios de comunicación asumen así un nivel estatal esencial en la organización del capital como fuerza de dominación. Con un movimiento de varita mágica, los medios de desinformación transforman así en espectáculo compasivo las masacres cometidas en Argelia. Transforman el enfrentamiento violento de nuestros hermanos de clase contra su propia burguesía en una "lucha por la democracia". A los ojos del proletariado internacional han transformado la lucha contra el sistema en una lucha por la "democratización de las instituciones". Nos presentan la lucha que opone en Argelia el proletariado a "su propia" burguesía como una lucha que enfrenta a "malos generales" (crueles, corruptos, responsables de todos los males, la inflación y hasta de las masacres) a "buenos voluntarios por la democracia". Estos últimos tendrían las "manos atadas" por generales, que "solos dirigen realmente el país desde hace quince años".

La solución propuesta por los medios de comunicación y las empresas humanitarias de toda laya es reclamar, haciendo petición tras petición, ¡"una comisión de investigación internacional sobre los abusos del régimen"! Preparan así un encuadramiento de la gestión del capital por las estructuras estatales en su concreción más internacional. Este tipo de política participa también en la construcción del "cordón sanitario". Al respecto nosotros hemos mostrado en una revista precedente el papel apenas velado que la OTAN desempeña, evitando por todos los medios que se desintegre la paz social a escala internacional. Con el aumento de los subsidios a la OTAN se busca reforzar los "cordones sanitarios" de protección de las "zonas sanas" contra todo riesgo de que las mismas sean "contaminadas" por las luchas proletarias. Aislando las zonas en lucha, la OTAN permite la indispensable restauración de la cohesión social interna de cada estado frente a su respectivo proletariado. ¡Hasta que ese orden social no es restablecido, no hay victoria para ninguna de las fracciones de la burguesía internacional! Es directamente a escala mundial que se prepara la masacre de nuestros hermanos de clase en lucha en Argelia y que se juega la perennidad de este sistema de explotación.

Es igualmente a escala internacional que se determina el fin de la capacidad de intervención del aparato represivo del estado argelino, francés o cualquier otro. La capacidad represiva de todos los niveles de organización del estado está, ante todo, determinada por la combatividad del proletariado que le hace frente en cada país. Así como la parálisis actual del estado argelino revela un nivel de lucha del proletariado de la región, la reestructuración del poder en ese país sólo podrá realizarse en base a la pasividad del proletariado en el resto del mundo ante esos acontecimientos. ¡No existe la "omnipotencia" ni de un estado nacional particular, ni de ninguna coalición internacional burguesa!

La decisión de una represión militar de envergadura es un peligro para la burguesía. La naturaleza contradictoria del ejército, compuesto también de proletarios con uniforme, es siempre un punto sensible del modo de producción capitalista. Históricamente se sabe y se teme la rapidez con la que se descomponen los ejércitos burgueses cuando los proletarios que lo constituyen fraternizan con los proletarios a los cuales se les obliga a reprimir. En Argelia se ha visto claramente que la burguesía es consciente de la fragilidad de sus ejércitos, compuestos mayoritariamente por proletarios que han vivido los disturbios de 1988. Al contrario de la lucha "aparato contra aparato" o del enfrentamiento de "policías contra manifestantes", ¡la acción derrotista revolucionaria, tanto en el frente como en la retaguardia, atormenta sin cesar el mito de la "omnipotencia" del estado!

La generalización de la lucha se impone al proletariado como una necesidad vital. Contra el cuento del mito de la "omnipotencia" del estado, la lucha de nuestros hermanos de clase en Argelia nos muestra que es gracias a que la lucha no ha dejado de extenderse que ellos se mantienen en pie. Pero también nos muestra que la ausencia completa de solidaridad proletaria internacional significa su paralización.

¡Sólo afirmando nuestra fuerza, en todo el mundo, podremos realizar la negación mortal de este sistema que nos mata!

¡Sólo la generalización de la lucha permitirá la superación revolucionaria de la sociedad de clases, dando nacimiento a una sociedad que satisfaga realmente las necesidades humanas!

¡Extendamos la lucha!

¡Clase contra clase!

¡Retomemos la bandera de la revolución mundial!

Octubre 2001

* * *

Notas :

1. Le Monde, 24 de abril de 2001.

2. Yahoo! Actualites, 26 de abril de 2001.

3. Libération, 24 de abril de 2001.

4. Libération, 24 de abril de 2001.

5. Rassemblement pour la culture et la démocratie" (Unión por la Cultura y la Democracia), "Front des forces socialistes" (Frente de Fuerzas Socialistas) y "Mouvement Culturel Berbère" (Movimiento Cultural Bereber).

6. Comentario del enviado especial de Radio Francia, informativo de la Radio Televisión Belga, 17 de junio de 2001.

7. Libération, 30 de abril de 2001.

8. Libération, 30 de abril de 2001.

9. Esa política burguesa de liberación nacional fue pregonada por la denominada Internacional Comunista desde su II Congreso en 1920.

10. Le Soir, 16 y 17 de junio de 2001.

11. Libération, 30 de abril de 2001.

12. Libération, 30 de abril de 2001.

13. Libération, 30 de abril de 2001.

14. Le Monde, 26 de abril de 2001.

15. Libération, 14 de junio de 2001.

16. Recomendamos al lector nuestros artículos sobre la lucha de los proletarios en Marruecos en Comunismo número 7, junio 1981; Túnez y Marruecos: Comunismo números 15 y 16, febrero de 1984; Africa del Sur: Le Communiste número 21, diciembre de 1984 y número 23, noviembre de 1985 (no existe versión castellana); Nigeria en Comunismo número 37 de agosto de 1995 y número 14, octubre 1983. Además, desde las insurrecciones en Irak en 1991 se han dado luchas importantes en Egipto y Mali.

17. Ver Comunismo, número 33, julio de 1993.

18. Ver Comunismo, número 32, noviembre de 1992.

19. Luego de diez días de disturbios, la misma prensa establecía la relación: "Esta revuelta se parece como dos gotas de agua a la que sacudiera en el país en octubre de 1988 y en la que hubo 500 muertos como consecuencia de los disparos del ejército contra la multitud". Libération.

20. "Frente Islámico de Salud".

21. Le Figaro, 5 de julio de 2001.

22. Libération, 14 de junio de 2001.

23. L’Intelligent [sic] - Jeune Afrique, número 2113, 10-16 julio de 2001. A propósito de las archs, ver también Le Monde Diplomatique, julio de 2001.

24. L’Intelligent [sic] - Jeune Afrique, número 2113, 10-16 julio de 2001.

25. L’Intelligent [sic] - Jeune Afrique, número 2113, 10-16 julio de 2001.

26. Con respecto a este tipo de acción del proletariado recomendamos al lector nuestro artículo "Critique du Réformisme armé" (Crítica del reformismo armado), Communisme número 17, julio de 1983 (no existe versión castellana), así como otros dos artículos sobre el tema del "terrorismo": Contra el terrorismo de estado, de todos los estados existentes, Comunismo número 23, octubre de 1986 y "Discussion sur le terrorisme" (Discusión sobre el terrorismo), Communisme, número 3, septiembre de 1979 y número 5, enero de 1980 (no existe versión castellana).

 


CO48.2 La lucha de clases en Argelia es la nuestra