Contra la guerra y la represión capitalista

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Una vez más tocan los clarines; una vez más, los más sofisticados elementos de destrucción que el capitalismo ha podido crear son utilizados para despedazar masivamente a seres humanos y todo aquello que sirve a la vida; una vez más, esta sociedad muestra adonde conduce su progreso, su tecnología, su ciencia; una vez más, millares de proletarios domesticados son enviados al frente a asesinar a sus hermanos; una vez más se trata de imponer en la retaguardia la unión nacional, e incluso la unión mundial entre explotados y explotadores, para defender esta putrefacta e inmunda sociedad burguesa. En esta coyuntura en la que por todos los medios tratan de someternos a los intereses de los más fuertes y nos "invitan" (a muchos por las buenas, pero a la mayoría a prepo) a una cruzada de defensa de la civilización y el mundo actual, nosotros, que como siempre nos situamos contra la corriente, partimos de lo más elemental, de lo que más nos duele en tanto que parias de esta tierra, de lo que nos ataca directamente: la generalización del terrorismo capitalista, la guerra que se desarrolla contra nosotros, proletarios, en los cinco continentes.

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La catástrofe del actual sistema social se concreta día a día; el permanente terrorismo de estado asume formas cada vez más generales. A pesar de sus guerras intestinas, la clase dominante, cuando de lo que se trata es de restablecer el monopolio estatal de la violencia (monopolio del terror), tiende como siempre a unificarse. Ahora, en nombre del antiterrorismo, impone niveles todavía más infernales de represión general del proletariado en todos los países, al mismo tiempo que moviliza tropas e intensifica los bombardeos en diversas partes del globo.

La burguesía mundial, que nunca dejó de hacer la guerra y bombardear las poblaciones de Irak, Palestina, Chechenia, Colombia..., decide ahora bombardear Afganistán. Al mismo tiempo que se anuncian otros blancos posibles, los criminales armados de las grandes potencias entran en Pakistán, que tanto necesita fortificar su terrorismo estatal contra la rabia proletaria. Simultáneamente se pone todo en funcionamiento para fortificar la represión contra el proletariado en Arabia Saudita, Argelia, Líbano, Irán, Siria, Indonesia, Egipto, Malasia, Jordania...; pero también en España, Túnez, Argentina, México, Brasil, Tailandia...; y todavía es peor en los países cuyos estados están a la cabeza de las actuales masacres, como Estados Unidos, Israel y Reino Unido. La terrorista represión estatal se dirige principalmente contra los proletarios que tienen color árabe: la caza antiárabe fomentada por todas las lamentaciones antiterroristas se concreta en cada control de identidad, cada frontera o aeropuerto. En la calle de todas las ciudades ser de origen sudanés, palestino, argelino, marroquí, pakistaní... constituye para la policía una presunción suficiente para ser acusado de terrorista. ¿Acaso existen más pruebas que impliquen a los miembros de la lista elaborada por la policía acerca de los presuntos autores de los atentados del 11 de septiembre o simplemente buscaron los viajeros con apellido árabe?

En todos los países del mundo se dictan nuevas leyes punitivas, se mejoran los tratados de cooperación policial, se afirman espacios geográficos en los que todas las fuerzas terroristas de los diferentes estados nacionales colaboran, se preparan órdenes de captura con validez internacional y hasta mundial, se dictan cada vez más excepciones a los famosos derechos humanos y las acusaciones policiales de "terrorista" son suficientes para la suspensión de las garantías más elementales... Todo sujeto es, en principio, culpable (sobre todo si se presume que es de origen árabe) hasta que no pruebe su adhesión al sistema. De la famosa división de poderes que tanto hicieron gala los burgueses de antaño no queda ni una muestra: los poderes ejecutivos, las policías y las fuerzas armadas decretan la culpabilidad de quien les da la gana, y todos los procedimientos represivos comienzan a funcionar..., hasta las extradiciones. De derechos tan elementales y antiguos como el hábeas corpus, queda cada vez menos: la acusación de terrorista es suficiente para que todo eso quede relegado.

Para nosotros, esta agudización de todas las tendencias criminales inherentes al capitalismo es la respuesta de la burguesía y el terrorismo del estado democrático mundial ante el desarrollo del movimiento del proletariado internacional, así como la creciente puesta en cuestión de la monopolización, por parte del estado, de los medios de violencia y terror.

Nosotros, frente a todas las campañas burguesas actuales, militares, terroristas y de defensa de la civilización judeocristiana, reafirmamos, antes que nada, la validez de las posiciones de siempre de los revolucionarios:

• Tu enemigo, proletario, está en "tu propio" país, es "tu propia" burguesía, es "tu propio" estado nacional.

• Opongamos a la guerra capitalista y al terrorismo nacional e internacional de estado la lucha revolucionaria por la destrucción del capitalismo mundial.

• Contra la dictadura de la tasa de ganancia, contra la ley del valor, impongamos las necesidades humanas, la comunidad humana mundial.

Pero... ¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Cómo puede haber tanto terror en el mundo? Este artículo pretende responder a estas cuestiones, constituir así una herramienta en la lucha proletaria mundial contra el terrorismo d el capital, y delimitar también las posiciones revolucionarias.

11 de septiembre

"Era el 11 de septiembre. Desviados de su misión ordinaria por pilotos dispuestos a todo, los aviones arremeten contra el corazón de la gran ciudad, resueltos a derribar los símbolos de un sistema político detestado. Muy rápidamente, las explosiones, las fachadas que vuelan en pedazos, los estrepitosos e infernales derrumbes, los supervivientes aterrados escapan de entre los escombros cubiertos de polvo. Y los medios de comunicación difunden en directo la tragedia. ¿Nueva York, 2001? No, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Con la complicidad de Estados Unidos, golpe de estado del general Pinochet contra el socialista Salvador Allende, y el bombardeo del palacio presidencial por parte de las fuerzas aéreas. Decenas de muertes y el principio de un régimen de terror que duró quince años."

De esta manera Le Monde Diplomatique (octubre de 2001) comenzaba su artículo sobre los sucesos de actualidad.

Es interesante resaltar lo que dice y lo que oculta la socialdemocracia, la izquierda burguesa (1). Resulta sumamente aleccionador el análisis de dichas posiciones frente a los sucesos de la actualidad, tanto por lo que denuncian, como por lo que esconden, porque esta posición está directamente destinada a controlar a los proletarios empujados a luchar contra el capitalismo. Detengámonos un poco en ese análisis, antes de denunciar su punto de vista de base y de clase.

Así, Eduardo Galeano escribe: "Henry Kissinger fue de los primeros en reaccionar ante la reciente tragedia. ‘Tan culpables como los terroristas son quienes les brindan apoyo, financiación e inspiración’, sentenció, con palabras que el presidente Bush repitió horas después. Si eso es así, habría que empezar por bombardear a Kissinger. Él resultaría culpable de muchos más crímenes que los cometidos por Bin Laden y por todos los terroristas que en el mundo son. Y en muchos países: actuando al servicio de varios gobiernos estadounidenses, brindó apoyo, financiación e inspiración al terror del estado de Indonesia, Camboya, Chipre, Irán, Sudáfrica, Bangladesh y en los países sudamericanos que sufrieron la guerra sucia del Plan Cóndor".

De esta manera, todo el espectro de izquierda (en el que predomina el antiimperialismo, cuando no el antiamericanismo primario) se ha cansado de ridiculizar y mostrar el carácter criminal y terrorista de la política de siempre de Estados Unidos. Con buen resultado humorístico y basándose en hechos reales, diferentes expresiones de la burguesía, que no se alinean en la política del principal centro capitalista mundial, han denunciado los diferentes cambios (hasta de 180º) en la política norteamericana durante las últimas décadas, sobre todo en las simplistas definiciones del Bien y el Mal realizadas por la Casa Blanca y el Pentágono. Se puede poner en evidencia que, como en el libro 1984 de Orwell, se nos trata de convencer de que los malos siempre fueron malos, pero basta conocer un poco la historia de los años anteriores para verificar que en muchos casos esos malos fueron financiados, potenciados y militarizados por el propio estado de Estados Unidos, porque, para él, antes eran buenos. Por supuesto que la realidad, en los niveles de locura y delirio en las variables definiciones de maldad, supera ampliamente la ficción orwelliana.

Le Monde Diplomatique nos recuerda así que, durante todo el período de la "guerra fría" (1948-1989), Estados Unidos "se había lanzado a una cruzada contra el comunismo que tomó en algunos casos la altura de una guerra de exterminación de miles de comunistas liquidados en Irán, doscientos mil opositores de izquierda suprimidos en Guatemala, más de un millón de comunistas liquidados en Indonesia... Las páginas más atroces del libro negro del imperialismo norteamericano fueron escritas durante esos años, marcados igualmente por los horrores de la guerra contra los sandinistas o en Afganistán contra los soviéticos. Fue ahí, en Afganistán, con el apoyo de dos estados muy poco democráticos, Arabia Saudita y Pakistán, que Washington alentaba, en los años setenta, la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo árabe musulmán y compuestas de lo que los medios de comunicación llamaban ¡los freedom fighters, los ‘combatientes de la libertad’!".

Galeano escribe: "No sólo los fanáticos religiosos necesitan enemigos, para justificar su locura. También necesitan enemigos para justificar su existencia, la industria de armamentos y el gigantesco aparato militar de Estados Unidos. Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras, los héroes pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según exigen los que escriben el drama. Eso no tiene nada de nuevo. El científico alemán Werner von Braun fue malo cuando inventó los cohetes V2, que Hitler descargó sobre Londres, pero se convirtió en bueno el día en que puso su talento al servicio de Estados Unidos. Stalin fue bueno durante la segunda guerra mundial y malo después, cuando empezó a dirigir el Imperio del Mal... Después, los rusos se abuenaron. Ahora, también Putin dice: ‘El Mal debe ser castigado’. Saddam Hussein era bueno y buenas eran las armas químicas que empleó contra los iraníes y los kurdos. Después se amaló. Ya se llamaba Satán Hussein cuando Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron Irak, porque Irak había invadido Kuwait. Bush padre tuvo a su cargo esta guerra contra el Mal. Con el espíritu humanitario y compasivo que caracteriza a su familia, mató a más de 100 mil iraquíes, civiles en su gran mayoría. Satán Hussein sigue estando donde estaba, pero este enemigo número uno de la humanidad ha caído a la categoría de enemigo número dos. El flagelo del mundo se llama ahora Osama Bin Laden. La CIA le había enseñado todo lo que sabe en materia de terrorismo: Bin Laden, amado y armado por el gobierno de Estados Unidos, era uno de los principales ‘guerreros de la libertad’ contra el comunismo en Afganistán. Bush padre ocupaba la vicepresidencia cuando el presidente Reagan dijo que estos héroes eran ‘el equivalente moral de los Padres Fundadores de América’. Hollywood estaba de acuerdo con la Casa Blanca. En estos tiempos se filmó Rambo III: los afganos musulmanes eran los buenos. Ahora son malos malísimos en tiempos de Bush hijo, trece años después".

Y si retrocedemos un poco en el tiempo: "Antes de la segunda guerra mundial, la Unión Soviética, con su ateísmo colectivista que hacía que a los pelados de Wall Street se le pusieran los pelos de punta, era ya un espantapájaros suficiente para que se le hagan sonrisitas a un bigotudo que había sido elegido como el ‘mejor anticomunista del año’ en Alemania, un fulano llamado Hitler, que recordarán tal vez nuestros lectores más viejos. Desde el Vaticano a la Casa Blanca, pasando por una buena parte de las cancillerías europeas, se frotaban las manos ante tal ganga. Con tal enemigo, nuestro enemigo Stalin no podía portarse mal. Y luego, Hitler desilusionó por sus caprichos imprevisibles. Que se le ocurra comerse la mitad de Europa y asesinar a judíos, demócratas y artistas no molestó demasiado, salvo a algunos intelectuales desenfrenados y cerrados al realismo político. El pacto germano soviético, por el contrario, puso seriamente en cuestión el crédito del que gozaban los nazis en los medios democráticos. Lo que vino luego es conocido; nuestro amigo Hitler exageró tanto que terminó desencadenando una pequeña crisis que hizo 60 millones de muertos".

Otros sectores, más radicales, aprovecharon para realizar comparaciones cuantitativas que dejaban totalmente en ridículo tanta compasión por las "inocentes víctimas ciudadanas", llegando a calcular que si por las 5.000 víctimas del Pentágono y el World Trade Center se guardaban tres minutos de silencio, por las masacres imputables al Pentágono y los centros del comercio mundial habría que guardar veinticuatro horas de silencio.

Crítica de la visión socialdemócrata

Es evidentemente de extrema importancia denunciar el papel criminal de Estados Unidos en las diversas guerras, en las diferentes "guerras sucias" contra las poblaciones de diversos países, así como los constantes y diferentes cambios de alianzas y enemigos que siempre caracterizaron la política internacional. Pero incluso en esa denuncia vemos la invarianza de la metodología socialdemócrata que nosotros denunciamos siempre por varias razones:

• Acepta la misma definición de terrorismo (como sinónimo de actos violentos que rompen con el orden legal existente) que dan los terroristas de estado a los que pretenden criticar.

• Plantea las cosas en términos de países y no de clases sociales; así, dicen que Estados Unidos "no es... un país inocente", amalgamando "un país" con las masacres realizadas por los intereses de la burguesía mundial sobre la base de las fuerzas regulares e irregulares del gendarme estatal del mundo, Estados Unidos.

• Consecuentemente consideran el problema como un enfrentamiento entre terrorismos diferentes que generan víctimas inocentes de ambos lados, presentándose así como los verdaderos antiterroristas y defensores del orden democrático.

• La política que se deduce de todo eso es por supuesto la potenciación de las instituciones democráticas y, en vez de la hegemonía de Estados Unidos, una hegemonía compartida con otras potencias supuestamente menos inclinadas a esos "excesos yanquis".

• Por supuesto que esta posición es, antes que nada, una posición de clase; una posición que corresponde a los intereses de la defensa de la formación social burguesa mundial y, secundariamente, favorable a las fracciones del capital menos hegemónicas (no competitivas), opuestas por tanto al liberalismo económico; entre ellas hay muchas que no esconden su imperialismo europeísta, sus reclamos para dar vuelta atrás a la rueda de la historia, para imponer la hegemonía europea.

No podía ser de otra manera. La socialdemocracia tiene en el fondo los mismos intereses de clase, más allá de las discusiones internas, que el centro del imperio norteamericano. Así, la fuerza de aquella denuncia del "imperialismo norteamericano" queda ridiculizada por la general "compasión con respecto a las inocentes víctimas". ¡Cómo si esa "compasión" pudiese equipararse cualitativamente con la que se siente por los "millones de otras víctimas" que ellos mismos reconocen! ¡Cómo si sólo hubiese una diferencia cuantitativa!

Si para el estado de Israel, un niño con una piedra es terrorista y el tanque que tira contra la población es antiterrorista, para ellos se trata indiscriminadamente de "terrorismo". Así se colocan como buenos humanistas contra todo "tipo de terrorismo", asimilando sin más el terrorismo de las bombas atómicas, el del bombardeo sistemático de las poblaciones de decenas de países, el del secuestro, la tortura y la exterminación sistemática de militantes en los cinco continentes, con el terrorismo de quien no tiene más que piedras, cócteles molotov o cuchillos de cocina para pelear en defensa de su propia vida.

Así, el socialdemócrata Galeano, que nunca habla de lucha de clases sino de contradicciones entre países y culturas, se decidió a hacerlo en beneficio de los "trabajadores"... ¡del World Trade Center!: "Los terroristas han matado a trabajadores de 50 países". De la misma manera, Le Monde Diplomatique publicaba: "Más allá de la legítima compasión con respecto a las inocentes víctimas de los atentados de Nueva York, ¿cómo no convenir que Estados Unidos no es –más que ningún otro– un país inocente? ¿No participaron en acciones políticas violentas, ilegales y a menudo clandestinas en América Latina, Medio Oriente, Asia...? Cuya consecuencia trágica es una enorme serie de muertos, ‘desaparecidos’, torturados, embastillados, exilados...".

La condena del terrorismo por la socialdemocracia se basa en el más cínico humanitarismo burgués y se reduce a condenar todo lo que escapa a la legalidad y el orden democrático burgués. En muchas partes, el proletariado se negó a participar en esa indignación generalizada de la burguesía que reclamaba por primera vez tantos minutos de silencio. Después fue a través de los chistes que el proletariado se burló de tanta solemnidad que preparaba, en realidad, más militarización y represión.

Terrorista es el sistema capitalista mundial

Es totalmente normal que para la burguesía, incluso de izquierda, el terrorismo sea una ruptura de las reglas del juego democrático. Para ellos "terrorismo" es la violencia contra las cosas y las personas ejercida fuera de la ley.

Para el proletariado, por el contrario, "terroristas" son, antes que nada, las bases mismas del sistema de propiedad privada, las reglas legales y todo el sistema democrático. Terrorista es la separación que existe entre la humanidad y los medios de reproducción de la especie humana, la propiedad privada por un lado y los proletarios desposeídos de todo por el otro. Todas las catástrofes llamadas ecológicas son provocadas precisamente por esa ley de la propiedad privada, que es la insaciable búsqueda de maximizar la ganancia.

Es el mundo basado en la propiedad privada el que mata cotidianamente en todos los rincones del planeta. El sistema capitalista de arriba abajo, desde el más remoto pasado al más moderno presente, está basado en el terror. Sólo el terror a las cárceles, los tribunales, la policía y los ejércitos puede explicar que el ser humano carezca de todo y hasta muera de inanición, viendo la abundancia de mercancías pudriéndose en escaparates. Sólo ese terror fundamental en la privación de la propiedad puede explicar que el ser humano venda su fuerza de trabajo y pierda su vida tratando de "ganarse la vida".

Éste es el abc que "olvidan" todas las fracciones del capital o, mejor dicho, que esconden sistemáticamente para proteger lo fundamental de este sistema que sólo funciona por el terror. De esa ocultación sistemática, de esa complicidad con el terrorismo legal y cotidiano que es el capitalismo, se llega "naturalmente" a una definición de terrorismo basada en la moralidad burguesa. Por este razonamiento, el mundo se dividiría en los inocentes y los culpables, en los pacíficos y honestos ciudadanos por un lado y los terroristas por el otro. Los primeros serían los que respetan la legalidad burguesa. Los segundos serían quienes violan estas leyes, quienes comenten actos que violan los principios del derecho...

Por supuesto que esta concepción es la dominante en la derecha y la izquierda del capital. Parten de la base de que esa legalidad burguesa es en beneficio de todos y que los explotadores tienen los mismos intereses que los explotados en defender este sistema (2).

En realidad tratan de convencer al desposeído, el hambreado, el humillado, el explotado... de que el empresario que, en función de la rentabilidad de su empresa, toma una decisión (como ésas que se toman todos los días en los centros de la industria, el comercio y el capital financiero mundial) que, por ejemplo, significa desertificación y cientos de miles de personas sin agua potable ni algo para comer, pollo con dioxinas, vaca loca, destrucción de la biodiversidad del mar o los bosques, con la consecuente muerte por inanición de millones de personas..., no es un terrorista, sino un perfecto y honesto ciudadano. Es por eso que está protegido por todas las leyes de todos los estados del mundo, por todas las armas que esos estados monopolizan. Como mucho, algunos de esos ideólogos, como los miembros de Attac y compañía, proponen cambiar un poco la legislación para rectificar lo que consideran excesos del capital, "para limitar la acción del neoliberalismo", pero quien respete esas leyes, reformadas o no, no es terrorista. Ocultan que es la tan codiciada maximización de la ganancia en todos los sectores la que extermina la vida (de los bosques, el mar, los animales, los humanos) en los cinco continentes.

Para la socialdemocracia es terrorista, por el contrario, el negro, el indio, el árabe, el latino o, mejor dicho, el desposeído de cualquier parte del mundo y de cualquier color de piel cuando le pega un balazo en la nuca a tan respetable señor empresario o, más todavía, cuando se organiza con otros compañeros para atentar contra el monopolio de la violencia que ejerce el estado en cualquier parte. Cuando la acción de éstos ataca a uno de esos señores, empresa, partido o centralización de ellos, todo el espectro político ideológico burgués (desde los "neoliberales" a la "nueva izquierda") se unifica para "condenar la acción terrorista contra los pacíficos y honestos ciudadanos".

No es considerado terrorista el legítimo y democrático consejo directivo de una sociedad anónima que fabrica armas químicas o biológicas capaces de destruir a la humanidad entera; ni tampoco los mandamases de los centros financieros y comerciales, cuya acumulación de plusvalía implica inevitablemente el hambre y la miseria de la mayor parte de la humanidad; ni las policías, ni los ejércitos regulares. Pero sí es terrorista la acción de los agitadores que tiran un cóctel molotov contra una reunión de esos mismos mandamases o el hecho de que, cansado de tanta explotación y exterminio, cualquier proletario tome un revólver y asalte un banco, cope un avión o reviente a un burgués.

En fin, toda la socialdemocracia admite que las decisiones que toman las grandes instituciones internacionales (como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Unión Europea, los gobiernos y los partidos políticos, así como las uniones empresariales, los "world trade centers"...) pueden implicar millones de víctimas directas o indirectas (hasta ese comerciante de roquefort francés que es Bové declaraba que "el sistema mata a 800 millones de personas por año"), pero no tratan dichas instituciones como lo que realmente son: instituciones terroristas, centros del terrorismo del estado mundial. Y, por el contrario, levantan sus voces para condenar la "acción terrorista" de quienes incendian un banco (¡y por más local o pequeño que sea un banco es siempre una agencia del capital financiero mundial!, y por lo tanto parte del terrorismo general del capital), ejecutan a un empresario o un torturador (3).

Para ellos, el juez, el militar, el policía..., mientras respeten la ley, no son terroristas. Para nosotros, proletarios, el asunto no es para nada una cuestión de denominaciones; nuestras vidas son lo que son, por el terror que todas esas instituciones nos imponen. Es decir que, como en todas las demás cuestiones de este mundo, hay dos "maneras de ver" (o mejor dicho de vivir, de sentir en las tripas), dos concepciones totalmente contrapuestas que se oponen cuando de terrorismo se habla.

No es muy difícil saber entonces a qué concepción obedece esa "condena general del terrorismo", de "todos los terrorismos", de "todas las acciones que provocan víctimas inocentes", que se hace en todos los grandes medios de difusión y a la que se prestan complacidos grupos autodefinidos como marxistas, anarquistas, comunistas, libertarios, trotskistas...

Esa condena general y moralista del terrorismo constituye hoy la mejor propaganda para la consolidación general del terrorismo del capital y el estado, para la guerra generalizada contra toda lucha proletaria, tome ésta la forma de represión abierta o de guerra imperialista contra el proletariado.

El terrorismo es esencial en toda la historia capitalista

En la actualidad, las campañas anti-terroristas están en pleno apogeo. Pero ¡qué nos van a contar a nosotros, proletarios, de terrorismo! Si el terrorismo es la base de la existencia del capital. Hoy hablan nuevamente de cruzadas, de la civilización cristiana como civilización superior. Hoy, jefes de estado de muchos países, desde Estados Unidos a Italia, llaman a una nueva guerra santa en nombre de su cultura. Hagamos una rapidísima radiografía sobre lo que tal cultura y civilización fue y es.

Hasta los propios consejeros del centro del terrorismo mundial, cuando Bush habló de "nueva cruzada", le tuvieron que decir que cerrara la boca. El mito de las cruzadas buenas de los héroes cinematográficos de Hollywood no resiste al mínimo análisis histórico, y sólo pueden creerlo Bush y el honesto ciudadano de Estados Unidos, que cree que el mundo depende de sus impuestos y su voto. Teniendo el proletariado de todos los países árabes en contra no podían con estas declaraciones echarse en contra también a sectores importantes de la burguesía. La represión sanguinaria que la burguesía norteamericana quiere imponer internacionalmente requiere un acuerdo lo más amplio posible de todos los estados, de todas las burguesías.

¡Las cruzadas! Ciudades incendiadas, hombres, mujeres y niños quemados vivos, violaciones, destrucciones... El cristianismo (movido ya por la dinámica del capital comercial y de la mano de la espada del absolutismo) y sus cruzadas fueron sin duda una de las mayores catástrofes humanas que nuestra especie conoce. Esa historia es la historia real de la tan idílicamente presentada acumulación originaria del capital. Más tarde, el desarrollo del capital implicó obras tan civilizadoras y cristianas como la quema de "infieles", la inquisición con la sistematización de la tortura, la esclavitud...

Muchas veces se olvida que la esclavitud no fue sólo una vieja forma de producir (como dice la socialdemocracia en general), sino una forma subsidiaria y necesaria (tanto en el pasado como en el presente) para el desarrollo del asalariado y, en general, de la acumulación capitalista. No sólo de la "acumulación originaria", sino también de la actual.

Así, en los orígenes de la industrialización "a la par que implantaba en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servía de acicate para convertir el régimen más o menos patriarcal de esclavitud de Estados Unidos en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase en el Nuevo mundo... Si el dinero, según Augier, ‘nace con manchas naturales de sangre en un carrillo’, el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza" (4).

"El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros son hechos que señalan los albores de la era de la producción capitalista. Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria." (5)

Éste sigue siendo el modelo civilizador de los que hoy se pliegan a la guerra que desarrolla el Pentágono en nombre del antiterrorismo, de Bush y sus cruzadas de "justicia infinita", de Berlusconi y su civilización superior, de todos los que en nombre del antiterrorismo contribuyen al terrorismo generalizado de estado contra el proletariado en todo el mundo.

¿Es que al menos a la población europea la trataron mejor? Para nada, ni ayer, ni hoy. El terrorismo de estado fue también la palanca indispensable para imponer la esclavitud asalariada que se desarrolla siempre en paralelo con la esclavitud a secas: "Los contingentes expulsados de sus tierras al disolverse las huestes feudales y ser expropiados a empellones y por la fuerza de lo que poseían formaban un proletariado libre y privado de medios de existencia, que no podía ser absorbido por las manufacturas con la misma rapidez que se le arrojaba al arroyo. Por otra parte, estos seres, que de repente se veían lanzados fuera de su órbita acostumbrada de vida, no podían adaptarse con la misma celeridad a la disciplina de su nuevo estado. Y así una masa de ellos fueron convirtiéndose en mendigos, salteadores y vagabundos... De aquí que, a fines del siglo xv y durante todo el siglo xvi, se dictasen en toda Europa occidental una serie de leyes, persiguiendo a sangre y fuego el vagabundaje. De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de lo que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes ‘voluntarios’, como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas" (6).

Y como muestra de cómo se desarrolló nuestra clase en Europa, citemos algunos elementos de esta progresista legislación que comenzó, en Inglaterra, bajo el reinado de Enrique XIII: "Los mendigos viejos e incapacitados deberán proveerse de licencia para mendigar. Para los vagabundos jóvenes y fuertes, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo... para que ‘se pongan a trabajar’... En caso de reincidencia y vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja. A la tercera vez que se le sorprenda, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad". Bajo el reinado de Eduardo VI se dictó un estatuto, en el que se "ordena que si alguien se niega a trabajar, se le asigne como esclavo a la persona que lo denuncie... Tiene derecho a obligarle a que realice cualquier trabajo por muy repelente que sea, azotándolo y encadenándolo si fuera necesario. Si el esclavo desaparece durante dos semanas se le condenará a esclavitud a vida, marcándolo a fuego con una ‘S’ [de slave, "esclavo" en inglés] en la frente o en un carrillo; si huye por tercera vez, se le ahorcará como reo de alta traición. Su dueño puede venderlo y legarlo a sus herederos o cederlo como esclavo, exactamente igual que el ganado o cualquier objeto mueble... Si se averigua que un vagabundo lleva tres días seguidos haraganeando, se le expedirá a su pueblo natal con una ‘V’ marcada a fuego en el pecho y le sacarán a la calle con cadenas o empleándolo en otros servicios... Todo el mundo tiene derecho a quitarle al vagabundo sus hijos y tenerlos bajo su custodia como aprendices... Si se escapan, serán entregados como esclavos [...] a sus maestros, quienes podrán azotarlos, cargarlos de cadenas, a su libre albedrío. El maestro puede poner a su esclavo un anillo de hierro en el cuello, el brazo o la pierna, para identificarlo mejor y tenerlo más a mano" (7).

Unos dos siglos después, todavía en Inglaterra, ejemplo de la industrialización capitalista, la legislación decía que "los mendigos sin licencia y mayores de catorce años serán azotados sin misericordia y marcados con un hierro candente en la oreja izquierda... En caso de reincidencia, siempre que sean mayores de dieciocho años y nadie quiera tomarlos por dos años a su servicio, serán ahorcados... Leyes parecidas a éstas se dictaron también en Francia... [Durante el reinado de] Luis XVI disponía la ley que se mandase a galeras a todas las personas de dieciséis a sesenta años que, gozando de salud, careciesen de medios de vida y no ejerciesen ninguna profesión. Normas semejantes se contenían en el estatuto dado por Carlos V, en octubre de 1537, para los Países Bajos... Véase pues cómo, después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas, a fuerza de palos, marcas de fuego y tormentos, en la disciplina que exigía el sistema de trabajo asalariado" (8). Ésa es la historia real de la civilización capitalista y el cristianismo práctico. ¡¿Cómo olvidar la historia cuando nos dicen que los terroristas son únicamente los que atacaron las torres de Nueva York y no los que estaban adentro?!

La esclavitud hoy

La civilización capitalista no sólo utilizó la esclavitud como pedestal de la esclavitud asalariada en el pasado, sino que hoy, en el siglo xxi, "existen en el mundo más esclavos que en ningún otro momento del pasado". Esta última frase es la síntesis que hace sobre la situación actual la más antigua ONG del planeta, la Asociación Anti-Slavery (Asociación antiesclavitud), tras afirmar que "hoy existen en el mundo más de 200 millones de esclavos".

"Centenas de miles de personas expulsados de su región por la miseria; ‘agencias de colocación’ que les extorsionan dinero sobre la base de promesas miríficas y sin mañana; confiscación del pasaporte (insisto porque es con este gesto que comienza, muy precisamente, la privación de la libertad), ausencia de toda reglamentación del trabajo, los abusos, los golpes, los malos tratos; la imposibilidad de abandonar libremente a un patrón, eso existe y concierne a millones de seres humanos, es una práctica sumamente corriente. Por lo tanto, yo creo que se puede decir: la esclavitud existe; la esclavitud es un sistema floreciente."

"Hoy el esclavo viaja en avión, sabiamente sentado entre el esclavo con calculadora y el turista que vuelve del Club Mediterráneo. Sería en vano buscar huellas acusadoras en sus tobillos o muñecas. Durante el tiempo de vuelo se le dejan sus documentos en el bolsillo, así como a veces una carta de reclutamiento formal, firmada por un sonriente patrón de Manila, Dacca o Colombo. Un chofer, le prometieron, lo esperará en el aeropuerto y es verdad. Auto con aire acondicionado, mano atenta que le ayuda a poner su gran maleta en la maletero del coche, sponsor que con un buen apretón de manos le ofrece una copa en el buró de acogida, y le reclama, por algunos días, su pasaporte y sus visas: ‘Cuestión de simple formalidad’. ¡Y el pase mágico queda concluido! Desde el instante en que pierde sus frágiles testimonios de identidad no es más nadie. ¿Esclavo? Ni siquiera, porque hasta se le rechaza su nombre distintivo. Ningún ser humano, ni siquiera en la antigua Roma, ha sido tan bien agarrotado por ese subterfugio, tan bien borrado del registro de la humanidad. Ignorado por las leyes nacionales (podrá protestar todo lo que quiera, ningún oído puede escucharlo y menos aún los de la policía), privado de todo tipo de estatuto, por más inhumano o degradante que sea, se encuentra así de hecho más abajo de lo que lo estaban las ‘piezas’ de mercancía humana en la época del tristemente célebre Código negro que regía bajo el Antiguo régimen el transporte y la utilización de madera de ébano. Pues, el Código en cuestión –redactado en el siglo xvii...– le aseguraba al menos su reconocimiento. El esclavo hoy tiene esta maravillosa especificidad a los ojos del patrón que lo emplea: él no existe... Sin pasaporte, el empleado no puede hacer nada y sobre todo no puede salir del país. El negrero del siglo xviii no tenía este recurso. A favor de la organización actual de los estados y las sociedades, el retiro del pasaporte es un medio de coerción infinitamente más eficaz que todas las cadenas, todos los grilletes y las argollas que usaban antes los traficantes de carne humana. Una cadena invisible."

Por supuesto que ejemplos de ese tipo podemos encontrarlos hoy en el año 2001 en Estados Unidos, Sudán, Suiza, Emiratos Árabes, España... Recientemente se ha denunciado el caso de unos esclavos de Benin que estaban secuestrados en Francia y que lograron escaparse, o bien unos cincuenta niños originarios de Marruecos que vivían secuestrados y obligados a trabajar en Italia...

Las informaciones que se reproducen aquí fueron publicadas en nuestra revista central en francés, Communisme, número 47 y extraídas fundamentalmente del libro Esclavos, de Dominique Torres, publicado en Ediciones Phébus, en 1996. Los extractos entrecomillados son citas textuales de esta obra.

Como dijo algún periódico para la ocasión: "Berlusconi dice que la civilización occidental es superior. La prueba, tuvimos a Hitler y Mussolini" (9). En efecto, la civilización, en nombre de la cual se hace la guerra al terrorismo hoy, es la síntesis de todo el terrorismo histórico para imponer el trabajo y la explotación, la síntesis de toda la barbarie de la civilización. La de las cruzadas, la de la exterminación en América de los indígenas que no se sometieron nunca al trabajo, la de la sanguinaria sumisión al trabajo de todos los otros nativos americanos, la de la esclavización de todo el continente africano, la de la explotación industrial con la consecuente esclavización de niños, la del zarismo y el bonapartismo, la de las grandes guerras mundiales, la de los campos de concentración nazis y estalinistas, la de las deportaciones forzadas y las depuraciones étnicas, la de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la de las masacres en Vietnam, Laos, Camboya..., la que organizó los escuadrones de la muerte y la desaparición sistemática de personas en Indonesia, Chipre, Guatemala, Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay, Colombia, Perú..., la que continúa hoy mismo bombardeando Afganistán, Irak, Palestina...

¡Qué muestra más evidente de esa superioridad de la civilización que defienden que hasta en el seno mismo de Estados Unidos existan hoy más de dos millones de seres humanos presos!

¡El famoso trabajo libre de los asalariados del mundo sigue basándose en el terror que inspiran las armas de la policía, las prisiones, las torturas! ¡Y qué decir de los 200 millones de esclavos que existen en la actualidad!

¡Qué nos van a hablar a nosotros, proletarios, de terrorismo, si el mundo en el que vivimos sigue basándose en el terrorismo cotidiano del trabajo bajo la amenaza de reventar de hambre!

Ante la catástrofe del mundo capitalista, la cuestión central para la humanidad es hoy más que nunca la destrucción de la sociedad burguesa, la revolución social. Veamos ahora cómo se expresa mundialmente en la actualidad la crítica histórica global del capital, la acción proletaria revolucionaria de destrucción de esta formación histórica.

Complejidad y unicidad de lucha actual del proletariado a escala mundial

En un texto anterior (10), haciendo hincapié en la lucha del proletariado en la actualidad, afirmábamos que, más allá de las formas en que esa lucha se presenta, el movimiento del proletariado mundial es uno solo. Por ejemplo, subrayábamos el hecho importantísimo de que el movimiento del proletariado que se da contra las cumbres y las anticumbres de la burguesía mundial en Seattle, Davos, Praga, Porto Alegre... es el mismo movimiento que el de resistencia proletaria a las imponentes medidas de austeridad que el capitalismo intenta imponer en todas partes, y que en ciertos países asume ya la forma de batallas generalizadas contra el estado: como en Albania, Ecuador, Argelia, Argentina...

Haciendo hincapié en los aspectos positivos y de ruptura proletaria de esos dos tipos de batallas de clase, constatábamos especialmente una tendencia a una crítica cada vez más general y explícita del capitalismo, que también se afirmó en Génova. Al mismo tiempo, criticábamos desviaciones y faltas de ruptura que el movimiento manifiesta y llamábamos a asumir "esa tendencia histórica del proletariado a reconstituirse y reconocerse como clase, a afirmar el programa revolucionario...".

Queremos insistir ahora en otros elementos de la actualidad que, aunque todavía de forma dispersa, afirman esa misma tendencia del proletariado a reconstituirse como fuerza mundial. O, dicho de otra manera, queremos poner en evidencia que más allá de las banderas y las consignas muy diferentes, y a pesar de la falsificación general de la información efectuada en todas partes, existen otras expresiones de esa misma tendencia histórica, aunque sea muy difícil percibir el nivel de afirmación de la misma.

Nos referimos concretamente a la lucha del proletariado internacional en los cinco continentes, desarrollada de forma heterogénea y que adopta diferentes banderas más o menos confusas (y hasta a veces burguesas) como la "antirracista", "la antiimperialista", "contra la masacre histórica de los indios", "por la recuperación de las tierras de nuestros ancestros", "contra la esclavitud", "porque todos los culpables históricos de la esclavitud paguen", "contra el sionismo internacional", "contra Estados Unidos e Israel", "contra Rusia"...

Claro que debido a la falta de conciencia de clase del proletariado internacional, tanto en lo más básico (inconciencia de pertenecer a una misma clase con los mismos intereses) como en la perspectiva (unificación clasista para destruir el capital en todo el planeta y constituir una verdadera comunidad humana mundial), nos pueden seguir presentando todas esas luchas como luchas sin intereses comunes, sin perspectiva común.

Sin embargo, poco a poco, esas luchas dejan en evidencia que los enemigos son los mismos: la sociedad mercantil generalizada a escala mundial, es decir, el capital y todos los estados. Al mismo tiempo y bajo formas muy diferentes al pasado (11), el enfrentamiento a escala cada vez más planetaria forzará al proletariado a reconocerse a sí mismo.

Lo que hoy puede parecer una relación establecida de forma teórica, como por ejemplo la existente entre la revuelta en Argelia (12) y la lucha contra los centros del capital mundial y las cumbres de sus capitostes, tenderá a imponerse como contraposición general de proletarios y burgueses a escala mundial, porque esos intereses contrapuestos están ya contenidos hoy en los intereses y las prácticas de ambas clases.

Pero, dada la dominación ideológica y el monopolio total por parte de la burguesía de los medios de difusión, ese proceso real no aparece como tal, se encuentra totalmente encubierto y desfigurado. De ahí que sea tan interesante ver, aunque sea de forma muy sintética, otros ejemplos de esa misma tendencia internacional.

Desde hace años, y particularmente desde 1992, aniversario de los 500 años de terrorismo capitalista para toda América (el llamado "descubrimiento"), se producen un conjunto de luchas de denuncia de la colonización europea, la esclavitud y la masacre de la población autóctona, producida a partir de aquella invasión comenzada en 1492... (13). Desposeídos y explotados indígenas americanos (muchas veces junto con otros proletarios de origen europeo, africano o hasta asiático), asociados en un muy variado tipo de organizaciones de denuncia histórica de la colonización y con diferentes banderas reivindicativas (que van desde el reclamo de las tierras que pertenecieron a sus ancestros hasta el combate, siempre actual, contra la imposición de la cultura judeocristiana), han desarrollado diferentes formas de lucha. En efecto, desde Canadá a Chile y desde Brasil a México, ese movimiento se ha ido afirmando y tomando forma, denunciando el capitalismo desde su origen, haciendo actos simbólicos de denuncia de "la espada, la Biblia y la cruz" aportadas por los colonizadores, reclamando y ocupando tierras, incendiando y destruyendo locales estatales. En muchos casos, este movimiento forma parte de la lucha contra la austeridad impuesta por los gobiernos nacionales y las recetas del Fondo Monetario Internacional, y asume carácter general en todo un país. Los medios de desinformación públicos no sólo informan lo menos posible de esas acciones, sino que cuando informan es para afirmar todos los particularismos de "los indios de cada país", para insistir en las declaraciones sobre la cultura de tal o cual tribu histórica, para mirar paternalmente desde arriba el accionar de las "etnias primitivas", en general para tratar de probar que su lucha no tiene nada en común con lo que pasa en otra parte (14). La socialdemocracia, en todas sus variantes (socialistas, "comunistas", "anarquistas"...), teoriza la no-pertenencia de esos indios al proletariado, sino a la pequeña burguesía (!), lo que por supuesto complementa la labor de la derecha en el aislamiento (y la represión) de ese movimiento, de los otros sectores combativos del proletariado. Esa ideología, que comparten todos los científicos sociales, corresponde, como es lógico, a los intereses dominantes. Sin embargo, en los países donde el proletariado indígena tiene importancia, éstos (no podía ser de otra manera) han tenido un papel decisivo en todas las grandes luchas: en los enfrentamientos masivos contra el régimen de Banzer en Bolivia, en las luchas contra la austeridad y la represión en Ecuador, Perú..., en la lucha contra los torturadores y contra la impunidad en Guatemala, Chile, México..., en la ocupación de tierras en Brasil, Canadá... Más incluso, la unidad real que se da en la lucha proletaria hace totalmente absurda y reaccionaria la diferenciación entre proletario mestizo o indígena americano, africano, europeo... (diferenciación que muchas veces defienden también algunas organizaciones indígenas, que caen en el nacionalismo y hasta en el racismo). Claro que como carecemos de materiales y prensa propia (sería sumamente interesante realizar una cronología y constatar los elementos de coincidencia en el tiempo, así como el creciente desarrollo de esas luchas), la falsificación del movimiento es total. Para reconocer nuestro propio movimiento, siempre hay que destruir el velo con el que se lo oculta y hasta en muchos casos, saber leer entre y hasta detrás de las líneas que escriben nuestros enemigos.

Resulta muy difícil enterarse en el momento mismo de las manifestaciones violentas en tal o cual país, de las ocupaciones de tierra y menos aún de las asambleas o las reuniones celulares que preparan estas acciones. En general, lo que en la prensa aparece es el aspecto jurídico burgués de esa lucha, como por ejemplo el reclamo de tierras efectuado por el representante de tal quilombo en tal estado de Brasil o el reconocimiento jurídico obtenido en tal y cual parte. De este modo, algún diario ha mencionado que en Canadá y Estados Unidos se reconocen los derechos de los indígenas y hasta se les otorgan indemnizaciones por las masacres y expropiaciones que sufrieron sus comunidades en los siglos anteriores.

Nos obligan a reconocer nuestra lucha detrás de los efectos jurídicos, porque es lo único que se publicita. Por supuesto que si publica sólo esto es para aislar a los luchadores y, paralelamente, convencernos de que el fin de la lucha es obtener ese efecto jurídico. Sucede exactamente lo mismo que con el espectáculo Pinochet y el proceso de algunos milicos torturadores en Argentina (15). Los medios de difusión sólo hablan de ese espectáculo jurídico y no de la lucha proletaria contra esos torturadores. Dicho espectáculo tiene por objetivo desarmar la lucha del proletariado, pero paradójicamente es sólo éste el que aparece como real a los ojos de los proletarios de otros países. La realidad sólo se puede intuir detrás de ese espectáculo. Sólo un desarrollo todavía más potente de esa práctica de clase en todos los países romperá ese velo espectacular y dejará al desnudo los intereses únicos de una clase que sólo puede organizarse a escala internacional.

Como en el caso de la lucha contra la impunidad, lo que todos los aparatos de desinformación ocultan son precisamente los elementos de ruptura y desarrollo del movimiento proletario. Hay sin embargo algunos elementos inocultables. En el caso de la lucha del proletariado indígena resulta difícilmente ocultable que la mayoría de las asociaciones en lucha (a pesar de los elementos particularistas en los que se apoya siempre la izquierda del sistema para recuperarlas), en contraposición al capitalismo y la cultura que los esclavizó, se definen especialmente contra todos los países y fronteras. En efecto, la característica más general de esas organizaciones de indígenas en lucha es el no reconocer el país donde viven, en considerar con total claridad el estado nacional como un agente local de la opresión y la explotación histórica que su comunidad sufrió y sigue sufriendo.

Semira Adamu tenía veinte años. Venía de África, de donde huyó para escapar a los matrimonios forzados, esperando "encontrar la libertad" en Bélgica. El estado no la escuchó con la misma oreja y quiso expulsarla. Pero Semira no aceptó su expulsión. Se resistió, una, dos... cinco veces.

El estado utiliza el terrorismo frente a todo proletario que resiste. En 1998, durante su sexta tentativa de expulsión, cuando Semira Adamu clamó una vez más su resistencia, los defensores de la ley la asfixiaron, aplicándole violentamente un almohadón contra la boca y la nariz.

Su muerte, como la de muchos otros proletarios, le sirve al estado para aterrorizar a todos los otros proletarios que quisieran resistirse a esas expulsiones y traslados forzados de un lado para el otro del mundo mercantil, en función del interés del capital.

El terror es efectivamente aquel que todos los días trata de someternos, doblegarnos, de hacernos renunciar a nuestros sueños, nuestros deseos, nuestras necesidades; el que nos hace callar, nos aisla, nos impide reconocernos en los sufrimientos y las necesidades de nuestros hermanos de clase; el que ahoga nuestros gritos, nuestras lágrimas, nuestros llamados; el que nos asesina cuando tratamos de resistir, o más sucintamente de vivir.

Semira Adamu fue asesinada, como otros hermanos de clase, porque quería vivir... Que su lucha nos una y nos haga desafiar el terrorismo de nuestros enemigos, el terror del orden burgués.

Aunque la acción directa de resistencia y enfrentamiento a los diferentes aparatos del estado en algunos países pueda, todavía, ser encerrada por la burguesía en las fronteras nacionales; aunque la acción directa del proletariado contra las cumbres de la burguesía mundial pueda aún reducirse y hasta caricaturizarse como si fuese una simple "lucha de jóvenes" o "libertarios"; la generalización de la lucha histórica de esas comunidades indígenas puede resultar mucho más difícil de encerrar, porque como "los jóvenes" y los no tan jóvenes, las sucesivas reapariciones del proletariado indígena levantan cada vez más claramente, junto con la lucha contra el capital colonizador, la necesidad de abolir las naciones y los estados nacionales en los que se los intenta dividir, reprimir. Sobre todo porque en otros continentes está pasando lo mismo, y el acusado también ahí es cada vez más el capitalismo mundial, la sanguinaria historia del capital.

Para penetrar el asunto, también aquí se impone una "lectura" detrás de los efectos jurídicos de los que la burguesía nos habla. Lo que ellos nos dicen es, por ejemplo, que Estados Unidos e Israel fueron acusados en Durban de ser potencias racistas, que negros de diferentes países de África y América iniciarán sendos procesos jurídicos para reclamar indemnizaciones históricas que les resarzan por los prejuicios sufridos por sus familias, reducidas a la esclavitud, que se siguen generalizando los movimientos de los musulmanes contra los cristianos y los judíos... Por supuesto que esta explicación sirve para justificar todas las contradicciones y las guerras a través del mundo como contradicciones raciales, nacionales, religiosas...

¿Pero de qué manera estos movimientos podrían ser diferentes al movimiento general del proletariado? ¿Qué es lo que ocultan sistemáticamente?

Lo que se oculta es, por ejemplo, que la lucha del proletariado en Palestina no sólo se enfrenta a los capitalistas y los milicos del estado racista (construido sobre la base de la segregación y la represión racial) de Israel, Estados Unidos y un conjunto de países europeos que también contribuyen al terrorismo de estado en la región, sino también a los milicos palestinos, a los cuerpos represivos de la OLP (y también de otras organizaciones palestinas como Hamas o el FLP) y otros estados árabes que tantas veces pactaron paces con Israel para masacrar a las masas proletarias (recordar por ejemplo las masacres efectuadas por el rey Hussein de Jordania). Como paralelamente se oculta también que existe resistencia proletaria en Israel, que ha habido deserciones y dificultades en los cuerpos represivos para hacer aplicar las órdenes. Pero esto que resulta tan difícil comprender en Estados Unidos o Europa es clarísimo para los proletarios de esos mismos países que manifiestan y enfrentan a esos estados. Así, en Jordania, Egipto, Irán... hay importantes manifestaciones proletarias contra la burguesía y los respectivos estados, en las cuales, al mismo tiempo que se denuncia la complicidad de los mismos con los estados de Israel y Estados Unidos en la represión del proletariado en Palestina, se levantan como consignas centrales la del armamento y la de la ruptura de fronteras para combatir junto a los niños palestinos que con piedras se enfrentan los tanques represores. Ni más ni menos que el mismo contenido y lucha que el proletariado indígena en las tres Américas: romper las fronteras nacionales y enfrentarse al mismo enemigo.

De la misma forma podemos señalar la convergencia con las luchas del proletariado negro contra los mismos estados y en general contra el capital y todos los estados. Goree, Elmina, Cabo Costa..., centros históricos del tráfico de esclavos son hoy lugares de peregrinación, como lo son también Auschwitz y otros campos de concentración nazis. Unos 400.000 visitantes por año, sólo en Ghana (dice la prensa). La mayoría de ellos son negros provenientes de Estados Unidos, pero también vienen de otros países. Claro que la matanza de negros y el tráfico de esclavos durante siglos no tiene la misma publicidad que los campos de concentración nazis a los que con el tiempo se les han seguido agregando atrocidades (¡se puede relativizar así hasta Hiroshima o Nagasaki!). En efecto, habría que preguntarse quién más que el proletariado está interesado en denunciar el papel de la esclavitud en la sociedad capitalista, en oposición a lo que sucede con la denuncia de los nazis, que objetivamente le interesa hacerlo a la burguesía que ganó la segunda guerra mundial, que es la más poderosa del mundo. Con seguridad es por eso que se reconoce crimen contra la humanidad lo que hicieron los nazis, en especial contra los judíos, pero no se reconoce lo mismo de la esclavitud de los negros, ni de la masacre de los indígenas. E incluso desde el punto de vista de ellos, del derecho burgués, la cuestión es clave porque si hay "crimen contra la humanidad" no hay prescripción. Es un reconocimiento implícito de que, para la civilización capitalista y la cultura occidental y judeocristiana, los negros y los indios siguen siendo mucho menos gente que los blancos, los rubios y especialmente que los judíos..., a pesar de la tan consagrada igualdad y libertad democrática. En el coro de indignaciones y lamentaciones que siguieron los atentados del 11 de septiembre contra los centros de poder internacional del capital, verificamos una vez más que para ellos tampoco hoy los muertos valen lo mismo.

Hace siglos que la igualdad y la libertad legales existen entre negros y blancos, lo que por ejemplo es muy útil para que en Estados Unidos se envíe a los afroamericanos a la guerra (16). Sin embargo, objetivamente, la masacre de los negros sigue teniendo mucho menos valor de cambio que la de los judíos, a pesar de que algunos se atreven ya a desafiar ese monopolio de los genocidios, que el sionismo internacional y las grandes potencias triunfantes reclaman para sí, diciendo: "África está llena de Auschiwtz como Goree. El mundo occidental dice que todo ocurrió hace ya mucho tiempo, pero para nosotros pasó ayer" (17).

Sesenta millones, noventa millones... En realidad nadie sabe nada, pero sin dudas más muertos que en todo lo que el occidente cristiano llama guerras mundiales. Lo mismo puede decirse de la masacre de los indios.

En Durban, los manifestantes enarbolaban carteles y pancartas que decían: "Esclavitud, trata negrera, colonialismo = crimen contra la humanidad". Mezcla rara de activismo radical y de demócratas burgueses, los manifestantes que fueron entrevistados en Durban no parecen afirmar posiciones proletarias e internacionalistas (lo que por supuesto no significa que no había de estos otros; los periodistas siempre entrevistan a los sindicalistas), sino que, según las pocas informaciones que disponemos, se emparientan más a "nuestros" sindicalistas e izquierdistas, tratando de que la lucha no sea contra el capital sino contra sus excesos, y canalizando la misma en forma de proceso jurídico: "Vamos a luchar contra el capitalismo salvaje con sus mismas armas, en los tribunales" (sic) (18) declaraba Humberto Brown, a quien la prensa reconoce como portavoz de los militantes pro indemnizaciones presentes en Durban: "Pase lo que pase en Durban, las indemnizaciones son un hecho que tarde o temprano conseguiremos. Por las buenas o en los tribunales". También aquí, todo indica la necesidad de distinguir entre el movimiento proletario de denuncia de la histórica esclavitud del capital, de lucha histórica contra el capital hoy, y las declaraciones de los delegados y los representantes.

Si para los esclavos y sus descendientes todo pago puede ser una burla, un insulto, el reclamo de estas indemnizaciones para el capitalismo es una amenaza de quiebra generalizada, un verdadero terrorismo muchísimo más grande que el de las torres. El monto en efectivo de las indemnizaciones sería, según la prensa, descomunal: unos siete billones de dólares. Por eso, aunque nunca se pagará con dinero el mal que se hizo con la esclavitud (y más allá de la validez de la discusión acerca de si hay que cobrar o no), la lucha de los descendientes de los esclavos contra el capital para que estos estados paguen parte de sus beneficios obtenidos gracias a la esclavitud, plantea una real contraposición de clases, dado que todo el capitalismo se basó y todavía hoy se basa, como vimos, en la esclavitud. Lo mismo es válido para las comunidades indígenas de todo el planeta.

"¿Qué es el terrorismo? No hay duda alguna que, cuando un tipo alquila una camioneta Ryder Truck, la llena de explosivos y la lanza contra un inmueble, se trata de un acto de terrorismo que debería ser severamente castigado.

Pero, cuando una empresa destruye la vida de miles de proletarios ¿cómo le llama usted a eso? ¿Terrorismo? ¿Tal vez terrorismo económico? La empresa en cuestión no tiene necesidad de fabricar una bomba o de levantar un arma. Ella se contentará con desalojar amablemente a todos los trabajadores, antes que sean éstos los que hagan reventar la casa. Pero, cuando paso delante de los restos de esa fábrica, en Flint, que se parece sorprendentemente a los edificios administrativos víctimas del atentado de Oklahoma City, me cuestiono: ¿cuál es el futuro de todas esas gentes? Algunos traumatizados por la desaparición de su sustento, se suicidarán. Otros serán asesinados por su cónyuge. Comienza a partir de una escena producida por el fracaso de una oferta de trabajo o por el poco dinero perdido en las carreras, y luego de un golpe todo gira mal, muy mal (generalmente es la mujer que paga con su vida). Otros morirán poco a poco, víctimas de la droga o el alcohol, tratando de pasar, con los mejores medios para luchar contra el dolor, una existencia trastornada, de la vida caída en un agujero negro.

No acusaremos a dicha empresa de asesinato, menos aún de terrorismo, pero, no hay que engañarse, sus víctimas estarán tan muertas como esas pobres gentes de Oklahoma City, a diferencia de que ellas habrán caído bajo el altar del beneficio."

Michael Moore
Dégraissez-moi ça! página 29 Ed. La Découverte.

Ya se están elaborando listas de las empresas y los gobiernos negreros o beneficiados directa o indirectamente con la esclavitud. "Todas las grandes empresas de Estados Unidos en todos los sectores económicos de dicho país utilizaron esclavos... Si hasta el Capitolio se construyó con esclavos, cuyos dueños recibían cinco dólares por mes" (19). En diferentes ciudades de Estados Unidos (entre ellas Chicago, Detroit y Washington) se han aceptado resoluciones municipales, exigiendo al gobierno federal que analice el impacto de la trata de negros como paso para abordar la espinosa cuestión de las indemnizaciones. Desde principios de 2001, en California, las compañías de seguros están obligadas a informar sobre las pólizas efectuadas por propietarios de esclavos. Simultáneamente en diferentes estados se registran autocríticas de históricas familias burguesas y algunos periódicos publican editoriales "arrepintiéndose" por las ganancias obtenidas con los anuncios de compra y venta de esclavos (por ejemplo, el Hartford Courant, de Connecticut). También grandes empresas aseguradoras se arrepienten de su pasado. Así, Aetna admitió públicamente que en el pasado aseguraba a los propietarios de negros por tan valioso botín. Dicho sea de paso, el descenso de la cotización de las acciones de las compañías de seguros, sobre todo de Estados Unidos, ya estaba trazada desde estos anuncios y por esta razón. Es por lo tanto absurdo atribuirla a los atentados del 11 de septiembre o a la especulación hecha por tal o cual islamista, como quieren hacernos creer. No se necesitaba ser ningún iniciado para saber que en las vísperas de lo que ya se llama el "juicio del siglo" que prepara el Grupo de Estudio sobre las Indemnizaciones, dirigido Harvard Charles Obletree, todas las grandes familias y empresas gringas han empezado a contabilizar, ya hoy en el pasivo, sumas millonarias para los inevitables juicios y las probables indemnizaciones.

Pero no sólo las empresas y el gobierno de Estados Unidos son acusados de esclavitud, también lo son los gobiernos y las empresas de todo el resto de América del Norte, Central y del Sur, que se beneficiaron directamente de la explotación de esclavos. Además, el movimiento proletario que denuncia el papel histórico de la esclavitud, como base del desarrollo capitalista, dice abiertamente que si fue posible llevarse a tanto negro como esclavo, fue por la complicidad de los capitalistas y los gobiernos de la propia África negra, que, cuando no cobraban comisiones por ese tráfico, eran los cazadores y los vendedores directos de los esclavos. En todos los enclaves portuarios adonde se conducían a los esclavos para esperar el barco que los llevaba al "nuevo continente" como Elmina, Cabo Costa o Goree, los presos eran vejados, torturados, violados... por milicos también negros. Los guías que hoy muestran dichos centros de reclusión y tortura, construidos muchas veces por los gobiernos locales en colaboración con la burguesía europea (¡el centro de tráfico de Cabo Costa, por ejemplo, fue construido en 1652 por empresas públicas y privadas suecas!), dicen que a veces los barcos se retrasaban semanas y los presos se pudrían ahí, chapoteando en sus propios excrementos que les llegaban hasta los tobillos. ¡Y pretenden que los proletarios se plieguen a sus campañas "contra el terrorismo"!

Todos y cada uno de los gobiernos europeos, las empresas históricas de todos esos países, los bancos privados y centrales de los mismos (en especial de Londres, Amsterdam...) son acusados de ese tráfico, de haber conformado toda su acumulación "primitiva" de capital sobre la base de la esclavitud. De ahí que en la Conferencia de Durban estuvieran por abandonar la misma, luego de Estados Unidos e Israel, todos los gobiernos europeos.

¿Pero cuál es el límite de estas acusaciones históricas? ¡Ninguno, porque el terrorismo histórico del capitalismo no tuvo nunca (ni tiene) límite! O mejor dicho, el único límite que puede conocer es la resistencia contra la esclavitud. El capital, en su inmunda sed de ganancia y por lo tanto de explotación de la especie humana, no puede tener otro límite que la fuerza de su enemigo histórico en lucha contra la explotación.

También otras potencias y otras culturas comerciaban y se beneficiaban con los esclavos negros. Desde sus orígenes, los estados de los países árabes fueron particularmente activos en este tráfico. La religión musulmana, como la cristiana, no sólo no se opuso, sino que justificó y legitimó la esclavitud. Durante el siglo xix, Zanzíbar (Tanzania) fue el mayor centro comercial de esclavos del mundo. Por año se vendían entre 20.000 y 40.000 esclavos a Turquía, Arabia y Egipto. Junto con Sudán, en el otro extremo del continente africano, fueron los polos más importantes en el negocio multimillonario de captura, transporte y venta de esclavos desde el interior a las costas del continente. Hoy, en pleno siglo xxi, muchos burgueses islámicos siguen comerciando con carne de esclavo ante el silencio de todos los estados.

Por supuesto que lo mismo se puede decir de otras regiones y otras razas sometidas a la esclavitud durante siglos, que fueron decisivas para la acumulación capitalista de las grandes fortunas de China, Japón, Singapur...

Por eso, si no fuera por la presión de la calle (20), la Conferencia de Durban se hubiera contentado, como en general hacen, con algunas declaraciones platónicas y al pedo y hasta hubiera funcionado con la presencia de los representantes de los estados de Israel y Estados Unidos. Si se llegó a plantear la cuestión de la esclavitud como crimen contra la humanidad, si se llegó a esbozar el espinoso tema de las indemnizaciones no fue, en última instancia, gracias a ningún estado. En efecto, dicho tema molesta no sólo a Estados Unidos, Israel y todos los estados de Europa, sino a todos los estados de África negra, Medio Oriente (y particularmente a los islámicos), Extremo Oriente y del resto de América.

Vemos así que, aunque sería absurdo hablar de una conciencia proletaria internacional de la lucha que se desarrolla en todas partes contra el capital, resulta evidente que la vida de todos los días va llevando al proletariado a un cuestionamiento cada vez más generalizado del capitalismo en su conjunto, de su pasado y presente esclavista, racista, criminal, destructor de la vida y la naturaleza. De forma todavía limitada, esas luchas van poniendo en evidencia la relación entre la catástrofe cotidiana y las leyes de la economía mundial (ley del valor), y entre ellas y las guerras que el capital impone (Yugoslavia, Irak, Afganistán...). El hecho de que el odio de clase se exprese cada vez más sobre la base de la acción directa sin fronteras y que en el enfrentamiento inevitable contra los burgueses y el estado de cada país se vuelva a identificar el capital como enemigo histórico constituye una tendencia muy importante y prometedora.

Al mismo tiempo, todas las formas de centralización de la burguesía mundial para defender sus intereses se van identificando como enemigas. Incluso proletarios que ni siquiera saben que luchan contra lo mismo y por lo mismo van reconociendo los mismos enemigos. Así, los centros de la dictadura internacional de la economía son repudiados en todas partes (cumbres de Davos, Organización Mundial de Comercio, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, uniones de estados...) y se hace responsable a esos centros de burgueses asociados de la destrucción sistemática de la naturaleza: mares, bosques, ríos, atmósfera, alimentación... Al mismo tiempo se enfrentan y se denuncian en los distintos continentes a los mismos organismos de represión internacional (OTAN, Pentágono, CIA, NSA, estados de Estados Unidos, Israel, Rusia, Francia...) y nacional (aumento de la represión en cada país, del número de presos y encerrados en hospitales psiquiátricos, de la presencia... policial y militar). Como los atentados del 11 de septiembre atacaron también parte de esos objetivos, los mismos no podían más que suscitar una enorme simpatía de una parte considerable del proletariado internacional, lo que por supuesto no implica que se simpatice con la ideología de quienes pueden haber realizado tales atentados.

Lo que hay entonces, más allá de la realidad inmediata de los hechos recientes, es un cuestionamiento generalizado del capital y el comienzo de una identificación de enemigos. Aunque ese cuestionamiento todavía logra ser cantonado y parcializado por un conjunto de fracciones burguesas en fronteras nacionales, programas de reformas, luchas por conquistas jurídicas o indemnizaciones, juicios espectaculares contra grandes represores, huelgas y manifestaciones pacíficas de protesta..., tiene un contenido revolucionario. La acción contra corriente de los revolucionarios en las batallas de ese movimiento permitirá que dicho contenido se asuma de forma cada vez más consciente.

Putrefacción social y monopolio de la violencia

Después de esta indispensable discursión histórica sobre el verdadero terrorismo social y de haber sintetizado la situación del proletariado en su cuestionamiento mundial del capitalismo, volvamos a nuestro punto de partida sobre la actualidad.

El punto de vista de la burguesía es siempre contrapuesto al del proletariado. Pero esta contraposición es todavía más evidente y terminante cuando de terrorismo se habla, por el "simple" hecho de que la burguesía se siente aterrorizada cuando se rompen el orden y la legalidad burguesa y democrática, y por excelencia define el terrorismo como la ruptura de ese orden, mientras que para el proletariado terrorismo es esencialmente el mundo del capital, el orden legal y democrático.

El discurso contra el terrorismo, que hoy hermana abiertamente a la burguesía de derecha, centro e izquierda, nunca fue, ni puede ser otra cosa, que la afirmación del terrorismo de estado, que la afirmación del monopolio estatal de la violencia. Todos los que hoy se pliegan a esas campañas (pensamos particularmente en todos aquellos que hasta diciéndose anarquistas titularon su prensa Contra el terrorismo) colaboran implícitamente con la gigantesca campaña mundial militarista y bélica que, a pesar de todo lo que dicen, no tiene otro enemigo que la lucha proletaria.

Hoy, cuando la putrefacción social del capitalismo resulta inocultable, todo el programa burgués se puede resumir en "más policía", "más cárceles"... ¡Bonito sistema social cuya única perspectiva es "más milicos"! El secreto de la pervivencia de la esclavitud asalariada y el estado es hoy más que nunca el monopolio total de la violencia y el terror en defensa del orden actual.

El siglo xx fue sin duda el siglo en el que la catástrofe del capital se verificó más en la carne viva de los proletarios: guerras generalizadas, miseria relativa y absoluta (las mayores hambrunas de la historia de la humanidad), aumento general de la tasa de explotación (concretados también en el deterioro de la comida, la bebida, de lo que se respira...), destrucción del medio en el que vive el ser humano (aire, agua, tierra, bosques, mares, ríos...), campos de concentración, bombas atómicas, sistematización de la tortura y la desaparición de personas como mecanismo del estado democrático...

La sociedad burguesa se pudre de arriba abajo, poniéndose en peligro hasta la supervivencia del hombre sobre la Tierra. Sólo la revolución social puede sacar a la humanidad de esta catástrofe; sólo el cuestionamiento generalizado del terrorismo capitalista por parte del proletariado en armas y la consecuente destrucción generalizada de la comunidad mundial del dinero puede abrir una perspectiva verdaderamente humana. Pero mientras esa perspectiva no se concrete, como lo dijimos tantas veces, sólo puede haber más miseria, más guerras, más cárceles, más tragedias humanitarias...

Además (y a pesar de lo dicho anteriormente sobre el desarrollo actual del movimiento contra el capital) el hecho de que la lucha se desarrolle de forma todavía tan poco estructurada, tan poco centralizada, tan poco consciente y organizada de forma internacional, en fin, el hecho de que la misma no se afirme a sí misma sobre la base de una perspectiva única y unificada hace que en la mayoría de los casos la guerra de clases se exprese todavía mayoritariamente en forma individual e individualista. El desarrollo exponencial y a escala mundial del robo, la rapiña, la venganza individual, la acción desesperada, las bandas organizadas en los suburbios, la famosa inseguridad en las ciudades que tanto aterroriza a la burguesía a escala mundial son parte de este fenómeno. Contra esas formas primarias de la guerra de clases, la única solución burguesa es también una mayor represión. En todas partes, la defensa de la propiedad privada asume formas inusitadas de terrorismo.

Peor, la complementariedad entre ese terrorismo, la competencia capitalista que se encarna como competencia entre los proletarios, la acción de las organizaciones nacionalistas complementada con las acciones de ONG y otras lacras humanitaristas transforman esa respuesta primaria del proletariado en criminales luchas intestinas entre proletarios dirigidos por proyectos burgueses: guerras de bandas dentro y entre barrios pobres, guerras de mafias de la droga en las favelas, guerras entre culturas supuesta o realmente diferentes, guerras por el fútbol, guerras lingüísticas, religiosas, entre clanes, étnicas (en general inventadas y desarrolladas por intereses burgueses), entre naciones..., en fin en guerras imperialistas. Es la putrefacción de esta sociedad que, sin salida revolucionaria, conlleva a la putrefacción humana.

Es indudable que toda la evolución actual de la sociedad capitalista lleva a la agudización inevitable de la contradicción entre, por un lado, la reproducción ampliada de esa putrefacción y el desgarramiento de toda la sociedad en guerras entre proletarios encuadrados por intereses burgueses y, por el otro, la unificación y la guerra del proletariado contra toda la sociedad burguesa. En cada punto del planeta y a diferentes niveles e intensidades se reproduce la misma contradicción entre guerra imperialista y revolución social.

Los atentados del 11 de septiembre y el proletariado

Los elementos anteriores resultan indispensables para analizar correctamente el significado de los atentados del 11 de septiembre.

Fuera del espectáculo censurado del 11 de septiembre, el público no conoce absolutamente nada: ni los autores, ni sus reivindicaciones, ni su proyecto social. La versión oficial (de todos los estados) es como siempre la de la policía. Por más envergadura que el asunto tenga, para ellos es un problema de buenos y malos, del sheriff contra el asesino: Bush vestido de sheriff declaró que quiere a Bin Laden "vivo o muerto". Como la caída de las torres, ¡es de película!

Es decir, el hecho de que se les caiga todo abajo, que sus símbolos, su riqueza y su tecnología se les haga polvo y escombros por la acción de unos "atrasados", "arcaicos", "fanáticos", "subdesarrollados", "fuera de la ley", no les cuestiona para nada su mundo. Al contrario, sólo piensan en vengarse y masacrar a tales individuos y a cualquiera que ande por el camino. Ellos que hablan tanto de atentados indiscriminados: ¿será con mísiles lanzados desde la gran altura que actuarán discriminadamente?

Ni siquiera se plantean la cuestión cuando ellos mismos declaran que ese "terrorismo" es producto de hombres que ellos formaron, adiestraron, armaron. Ni tampoco cuando constatan que la amenaza química que esgrimen es el más puro producto de sus propios laboratorios, de sus propias experiencias asesinas.

Claro que el hecho los aterroriza, los traumatiza, sobre todo que con tanta policía y tanta tecnología no hayan logrado impedir que unos pobres locos "terroristas" armados con cúteres y tijeras les hicieran tanto daño a todos sus valores materiales y morales. Pero su única solución es más policía, más tecnología represiva, más cohetes y mísiles, más guerra, más sangre y masacre. Ni siquiera se preguntan si ¿estarán adiestrando hoy mismo a los autores de los próximos atentados?; si ¿estarán produciendo las armas de los crímenes venideros?; si ¿estarán formando a sus propios asesinos?

Desde el punto de vista revolucionario, las cosas se conciben de forma totalmente opuesta. No podemos partir de la visión policial, ni tampoco del coro de indignaciones y lamentaciones que le inyectan a la opinión pública para justificar sus propias campañas terroristas. Antes de hablar de la hipótesis oficial, es necesario afirmar que los atentados son objetivamente una concreción gigantesca de la catástrofe de la sociedad capitalista. Son un producto genuino del capital, son el fruto de las contradicciones sociales en la presente situación: producto de la rabia proletaria contra toda la sociedad, pero también de la tendencia capitalista a encuadrar dicho odio de clase en luchas interburguesas, en guerras imperialistas.

Desde el principio, la versión oficial debía designar enemigos estatales o paraestatales; sean quienes sean los autores, para ellos, lo importante es empujar a la guerra imperialista, la guerra entre países, razas, religiones. La catástrofe para la humanidad de la sociedad burguesa es precisamente eso: que, mientras no haya revolución, ellos empujan siempre a más guerra.

No se puede creer en absoluto la versión oficial de que la guerra actual sea contra Bin Laden y su banda. La guerra contra el terrorismo es, antes que nada, una gigantesca campaña mundial contra el proletariado como hemos dicho al principio. En lo que concierne a la guerra contra Afganistán, todo indica que la misma ya estaba decidida y responde a los intereses internacionales de la burguesía petrolera estadounidense que la familia Bush siempre representó.

La cortina de humo de la guerra contra Bin Laden tiende a ocultar el significado de los atentados del 11 de septiembre. Perpetrados con ridículos medios técnicos y financieros, lo que más molesta de dichos atentados es, antes que nada, el haber puesto en evidencia que el cuestionamiento del monopolio del terror por parte de los estados puede ser fruto de un grupo decidido; el haber mostrado al mundo que, por más medios tecnológicos y policíacos que los poderosos desarrollen, ellos no son invulnerables. Dichos atentados atacan directamente símbolos notorios del capital y las potencias imperiales y dan un golpe brutal a la centralización más importante del terrorismo económico, político y militar del capital.

Se hicieron todo tipo de esfuerzos estatales y propagandísticos para ocultar el carácter de los objetivos atacados y presentarlos como si se tratase de un ataque de guerra (¡como los que ellos realizan!) contra "civiles inocentes". Se trata de convencer al ciudadano medio de que él es el blanco del terrorismo (con la campaña del ántrax se hace lo mismo), se lo aterroriza con la idea de que en cualquier avión se puede esconder un grupo "terrorista". Se habla lo menos posible de los daños causados a organismos del terrorismo de estado mundial. Poco a poco se pone en segundo plano el ataque a ese centro histórico de todos los escuadrones de la muerte: el Pentágono. Todo tiende a acostumbrar a la gente a hablar del "atentado contra las torres". Simultáneamente se oculta que la CIA tenía su principal oficina secreta en la costa este en dichas torres o que tal banca tenía parte de su tesoro no sólo en divisas, que se hicieron polvo, sino en oro. Se oculta la muerte de generales, de esposas de generales y de presidentes y gerentes de multinacionales. Tampoco se menciona la importancia estratégica mundial de esos centros económicos, ni de los organismos, las instituciones y las empresas realmente tocadas.

Sin embargo, ¡si ahí no había responsables de la barbarie capitalista, no lo hay en ningún lado! Desde que los patrones se disolvieron en el directorio de la sociedad anónima, el capitalismo es una gran sociedad de responsabilidad limitada. O mejor dicho, ¡de total irresponsabilidad frente a la especia humana! Sólo en publicaciones especializadas para empresas se multiplican las condolencias a multinacionales, grandes especuladores y magnates de las finanzas muertos o afectados económicamente por la destrucción de las torres. Sólo en esa prensa (y suponemos que también en la de los ejércitos), no destinada a la opinión pública, se puede conocer la importancia cualitativa de las personas y los intereses afectados. Sólo a título de ejemplo, mencionemos que en las dos torres se encontraban los locales centrales de tres de las principales empresas mundiales de especulación en Wall Street y las bolsas del mundo: Merrill Lynch, Canton Fitzgerald Securities y Morgan Stanley. También es como de película que con tanto multimillonario en Manhattan se haya impuesto tal bloqueo de la información para hablar de uno solo, aunque todo parece indicar que no estaba ahí: ¡Bin Laden! ¿Es que acaso tienen miedo de que el proletariado piense que ese sujeto es uno de los suyos?

No pudiendo ocultar la incapacidad de todas las medidas de seguridad y terrorismo para impedir esos atentados, se oculta, al menos socialmente, la significación de los mismos. A pesar de la terrorista campaña antiterrorista mundial, a pesar de la imbecilización de la opinión pública, del hecho de que dicha propaganda logra adhesión en capas enteras del proletariado, una parte significativa del mismo sintió que se golpeaba a sus enemigos, que éstos no eran omnipotentes, que eran vulnerables y en muchas partes se sintió y se reivindicó que, tras siglos de impunidad, los culpables comenzaban a pagar sus culpas. Desde el Bronx a Calcuta, desde Santiago de Chile (adonde nadie podía dejar de pensar en el significado histórico del 11 de septiembre) a Dakar, desde El Cairo a Jerusalén, desde París a Génova (después de lo que se llama ya "masacre de Génova"), desde la Banda de Gaza a Tokio hubo alegría y fiesta en barrios proletarios.

En las primeras horas que siguieron a los atentados (y antes de que la censura fuera total), llegaron a filtrarse en la televisión escenas de festejos en barrios neoyorquinos, mientras que al ser entrevistados algunos "marginales" en los barrios pobres de París decían que si ellos no hacían eso es porque no podían, que si encontrasen la forma de hacerlo lo harían. En Argentina, Chile, Guatemala... la alegría entre los proletarios no podía dejar de ligarse a la lucha histórica contra la impunidad. ¿Cuántos aprendices o financiadores de "pinochets" habrían muerto ese día? Las discusiones sobre el significado de esos atentados se ligaban naturalmente a los recuerdos horribles de los secuestros, las torturas, las cárceles... Se recordaba a los luchadores desaparecidos, ¿qué dirían si estuvieran vivos? Se recordaban las escenas vividas de horror, se volvía a contar lo que vieron y lo que sufrieron. Se lloraba de rabia y alegría. Se repudiaba a quienes nunca antes hablaron de "víctimas inocentes", ni "trabajadores" cuando se desaparecía a diestra y siniestra, a quienes ahora, que los que empezaban a temblar "son los de arriba", sí pedían minutos de silencio. Se discutía sobre la culpabilidad directa o indirecta de los que caían ahora en el Pentágono y las Torres, en la sangrienta represión contra los proletarios. ¿Quiénes más que los ricos del mundo, quiénes más que los hombres del Pentágono pudieron capitanear la ejecución masiva de los luchadores sociales? La propia Hebe Bonafini, la Madre, tuvo el coraje de afirmar públicamente su alegría.

¡Y no es para menos! Incluso más allá del golpe a los aparatos centrales represivos, políticos y económicos del capital mundial, quedaron hechos polvo los símbolos de todo el sistema capitalista mundial. Si todas las burguesías del mundo habían reproducido esas torres en sus centros de poder (¡más de 60 torres gemelas en el mundo!) es precisamente porque las mismas ocupan el lugar de verdaderos tótems modernos de la religión del dinero y el capital. Verdaderos símbolos del poder del dinero, emblemas de la religión más omnipresente del mundo (¡la del capital!), la caída de los mismos debía suscitar tanta inquietud y terror en los capitalistas como alegría en los barrios obreros.

Pero por supuesto que esa alegría se basa también en lo desesperado y sin perspectivas de la situación de amplísimas masas proletarias que, como dijimos, luchan de forma dispersa, no son conscientes de la fuerza que poseen y no se reconocen a sí mismos como una misma clase en lucha. Pues si bien esos atentados golpean a los enemigos del proletariado, no desarrollan necesariamente la fuerza proletaria, no organizan, ni dan perspectiva revolucionaria. Incluso antes de referirnos al programa explícito de los posibles autores de esos atentados, nos parece central afirmar que al capitalismo no se lo destruye con una guerra de atentados, que no se lo cuestiona con una guerra de aparatos, que la revolución social no tiene nada en común con una guerra de un ejército contra otro, que al capitalismo no se lo puede demoler sin el desarrollo del proletariado como fuerza mundial, que no se lo puede aniquilar sin la violencia social organizada contra la dictadura del valor que mueve el mundo. La alegría que siente el proletario al ver los símbolos de su enemigo por tierra no hace más que confortarlo en su desesperado papel de espectador aislado.

Vistos desde el punto de vista de la crítica del capital, los atentados, en vez de mostrar el desarrollo de la fuerza y la dirección proletaria, muestran la desesperación de los que no tienen otras armas, que, como los indios, que preferían matarse y matar a sus propios hijos antes de continuar viviendo el calvario de la explotación, prefieren reventar junto con sus enemigos. Afirman el no-programa, la no-perspectiva, el nihilismo más impresionante. Es decir, que, a pesar de atacar a quien atacan, muestran fundamentalmente no la perspectiva de una revolución humana, sino mucho más brutalmente la putrefacción real de la sociedad capitalista. Una muestra palpable de esa falta de perspectiva es que pasado el primer momento de desorganización de la fuerza represiva, la misma se reorganizó y se incrementó a escala mundial sin que hubiera una resistencia potente contra ello.

Es decir, que si bien esos atentados ponen en evidencia la vulnerabilidad del capitalismo y sus estados, no sólo no desarrollan una alternativa revolucionaria, sino que pueden haber partido y/o pueden servir para desarrollar la alternativa exactamente opuesta, la de perennidad de esta sociedad, la de interminable guerra capitalista. Además, y a pesar de la claridad de los blancos elegidos, golpean también a proletarios, lo que por supuesto replantea una discusión importante acerca de ese tipo de acciones.

Algunos días antes, un padre palestino que tenía a sus dos hijos presos en Israel (por lo tanto siendo torturados), ante lo imponente y desesperado de su situación vital, reventó con una bomba, matando a uno que pasaba por ahí en Israel. Muere matando a cualquiera. La situación impuesta por el capital en esa región (por el estado de Israel, pero también por la policía y el proyecto de estado palestino) es tan imponente que ese proletario mata sin sentido a cualquiera (¡incluso a su hermano!). Ése es el tipo de acción que impulsan las organizaciones nacionalistas burguesas como los grupos palestinos de los que habla la prensa: los nacionalistas, los burgueses. A pesar de dar su vida, el pobre tipo sólo es carne de cañón, de una guerra que no es la suya, de una guerra imperialista. Ese atentado fue reivindicado por una organización burguesa palestina. Dicha tendencia no afirma para nada una alternativa a la catástrofe social actual, sino, por el contrario, la hace más fuerte: el capitalismo sólo puede vivir con el desarrollo de esas guerras.

El punto de partida es siempre la espantosa situación en la que viven cada vez más proletarios, la desesperación y la falta de perspectiva revolucionaria, la debilidad de la revolución internacional, las condiciones insoportables de los proletarios frente al impresionante despliegue policial y militar y sus permanentes e inherentes vejaciones. El punto de llegada que le dan las organizaciones burguesas es también siempre invariante: la guerra burguesa, la matanza indiscriminada.

Por eso es también importantísimo denunciar hoy, ante los atentados del 11 de septiembre, toda la perspectiva de guerra de liberación nacional, de guerra anticolonialista con la que ya se embandera a los autores del atentado, tratando así de canalizar el rechazo proletario de la situación actual hacia una guerra "antiimperialista". En efecto, algunas organizaciones trotskistas, maoístas, "anarquistas" y en general de izquierda radical saludaron dichos atentados como parte de una guerra anticolonial. Nosotros hemos explicado ampliamente, en diferentes materiales, nuestra contraposición general a toda guerra de liberación nacional, dado que las mismas no son más que coberturas de la guerras imperialistas, de las guerras que el capitalismo necesita en su desarrollo (21). De lo que se trata hoy es de canalizar toda la rabia proletaria contra el sistema social en el apoyo a la guerra "contra los yanquis", lo que invariantemente favorece a otras fracciones burguesas imperialistas. Dicha tendencia a transformar la guerra de clases en guerra interimperialista no sólo no favorece la destrucción del sistema, sino que lo afirma: la supervivencia del capitalismo implica el desarrollo de esas guerras.

El hecho de que los que explotaron en los aviones fueran "proletarios" (hoy o mañana la sociología burguesa explicará que se trataba de "clase media") no le otorga tampoco un carácter revolucionario a dichos atentados. En la guerra imperialista los que van a morir son siempre proletarios. No mueren como héroes de su clase sino como carne de cañón utilizada por los burgueses.

Los pocos elementos disponibles indican que, aunque los atentados del 11 de septiembre hayan sido hechos por proletarios, no lo hicieron dirigidos por fuerzas revolucionarias, sino que muy probablemente lo hicieron encuadrados por fuerzas estatales, burguesas. En primer lugar porque no corresponden realmente al desarrollo del proletariado como fuerza, ni existen organizaciones proletarias que inscriban su acción en esa perspectiva. Si bien toda la sociedad burguesa empuja al proletariado a la acción desesperada y existen ejemplos en donde los proletarios mueren matando a tiranos o milicos, porque no encuentran otra forma de imponer su fuerza; en la historia del proletariado no existen estructuras organizadas, ni posiciones programáticas, que reivindiquen ese tipo de acciones en donde sus autores planifican y ejecutan su propia muerte (22). La división de los roles, que resulta implícita en la acción en la que unos van a morir y que otros son los jefes, también nos parece que se encuentra afuera y contra el programa revolucionario. Como acto político organizado, que incluye la muerte decidida de antemano de todos sus autores directos, no nos parece que pueda ser ajeno al pensamiento religioso y la existencia de paraísos posmortem. En esto también existe una diferencia cualitativa con los revolucionarios. Éstos no creen en paraísos para luego de esta vida perra y por eso no quieren morir matando, sino que luchan por cambiar radicalmente la vida. Tampoco se dividen entre los que dirigen y los que van a morir. En cambio, estas características las encontramos en la guerra interburguesa y, aunque ello no nos permita afirmar el carácter no proletario de sus autores (o de las intenciones de los mismos), sí nos permite considerar que existe un encuadramiento interburgués y muy probablemente religioso de los autores de los atentados.

Terrorismo:

el pan nuestro de cada día

11 de septiembre de 2001

También ese día, el terrorismo mercantil mató de hambre a 35.615 niños proletarios. (Fuente: FAO)
También ese día, el terrorismo capitalista produjo la muerte de 2.880 obreros en el trabajo. (Fuente: BIT)
También ese día, el terror de estado hizo saltar por los aires y reventar a 72 proletarios en una de las 119 millones de minas antipersonales que los estados diseminaron por el mundo. (Fuente: Asociación contra las minas antipersonales)

Ediciones especiales de los grandes cotidianos: cero.
Imágenes exclusivas de CNN o de Al-Jazira: cero.
Mensajes de condolencia de presidentes: cero.
Convocaciones de unidad de crisis: cero.
Identificación de los terroristas responsables: cero.
Minutos de silencio en las escuelas, la bolsa, los parlamentos: cero.
Mensajes del papa: cero.
Llamados a la Jihad: cero.
Conmemoración de las víctimas: cero.
Procedimientos penales iniciados contra los capitalistas: cero.

Es verdad que hay diferencias con respecto a la utilización de los proletarios como carne de cañón que se hace clásicamente en las guerras imperialistas: se matan los proletarios entre ellos y, por un conjunto de convenciones, ambas partes se aseguran no tocar a los grandes jefes, los grandes centros. El pobre desgraciado que pone una bomba y mata a cualquiera que pasa y muere él mismo es un caso claro de esto: de ambos lados mueren sólo pobres desgraciados. Un buen ejemplo de ello son las organizaciones burguesas palestinas que se especializan en esos atentados que no tocan a los poderosos (23). Si hay algo sui géneris en los atentados de Nueva York y Washington es el no respeto de las convenciones de guerra que son generales en todas las guerras clásicas. Es tal vez por eso que aterroriza tanto a la burguesía de todas partes, que haya habido tanta unanimidad burguesa en plegarse a la respuesta estadounidense. No fueron atentados contra cualquiera, sino contra centro del terror económico y militar mundial. Pero subrayada esa diferencia, no se puede negar que también ahí el papel de los "proletarios" no fue otro que el de carne de cañón, fueron literalmente carne de "avión" (cañón), usada como proyectil contra blancos predeterminados por una dirección no proletaria. Contrariamente a quienes consideran que se trata de grupos revolucionarios que expresan "la lucha de la humanidad, de los oprimidos de la humanidad contra el imperio" (24), nosotros no vemos ninguna dirección revolucionaria implícita en dichos actos.

Por otra parte, a pesar de la importancia y la selectividad de los blancos atacados, el secuestro de un avión (como acción no defensiva, para escapar o contra un secuestro policial), sin ninguna consideración con respecto a quién más muere, indica también que no se trata de grupos revolucionarios. Está mostrando la desesperación y la falta de perspectiva de sus autores, el idiotismo creyente de los mismos, así como la posición política de quienes los comandan. El desprecio de la vida humana de éstos pertenece inequívocamente a la sociedad burguesa y es del mismo tipo que los capitostes de toda guerra imperialista, en las que todo eso son "efectos colaterales".

Evidentemente en acciones proletarias o de grupos revolucionarios en el pasado ha habido y habrá muerte de personas no deseadas. El proletariado no desarrolla su revuelta como quisieran los revolucionarios (25), sino que está obligado a la revuelta en las tremendas condiciones de terrorismo estatal que le impone la sociedad burguesa. Evidentemente es absurdo hacer responsable, al proletario en revuelta, de las muertes (como inequívocamente hace la burguesía) que en realidad provoca la sociedad capitalista. Pero los revolucionarios (que saben que quien es responsable de esas muertes es la sociedad burguesa) no planifican las acciones sobre la base de dicha indiscriminación; tratan de evitarlo; y si sucede, se explican públicamente. En los atentados del 11 de septiembre sucede todo lo contrario, no sólo por la falta de explicación del hecho de que se maten también a personas que no pueden ser considerados responsables de la barbarie y el terrorismo de la sociedad burguesa (26), sino también por el suicidio de los propios autores y la elección de los aviones como armas en la que se planifica también la muerte de cualquiera. Que se haya proyectado esto, como si estuviera implícito que se puede matar a cualquiera, desde nuestro punto de vista afirma una vez más que la acción no es propia de revolucionarios y termina facilitando el encuadramiento hacia la guerra interburguesa que justamente se caracteriza por eso.

Esto reabre una clásica y vieja discusión entre proletarios. Algunos consideran responsables de tanta masacre perpetrada por Estados Unidos incluso a los proletarios que viven en ese país, mientras otros insisten en la contradicción central de esos proletarios contra el estado, en que esos proletarios también son brutalmente reprimidos y que todo ataque indiscriminado puede atacar también a nuestros hermanos que luchan en ese país. Para nosotros, ambas posiciones señalan elementos indiscutiblemente verdaderos. El proletariado es responsable de lo que hace "su propio" estado, pues sin su adhesión activa o pasiva este no puede funcionar como gendarme, pero hacer responsable a todos los proletarios de un país es absurdo y todo ataque indiscriminado en vez de favorecer la lucha del proletariado contra "su propia" burguesía refuerza la unidad nacional. Así, si bien la sociedad burguesa tiende irremediablemente a incluir en la violencia y la destrucción a esos proletarios como parte de su propia descomposición (la guerra imperialista es precisamente eso), el desarrollo de la violencia revolucionaria, en contraposición, luchará por delimitar los campos lo más clasistamente posible, empujando a los proletarios de todas partes a la lucha contra "su propio" estado, transformando así la guerra capitalista en guerra revolucionaria.

Resulta imprescindible desarrollar algo esta explicación. Las potencias gendarmes del mundo no pueden desarrollar su criminal función de represión de todo movimiento social proletario, no sólo en ese país sino en muchos otros, sin una relativamente importante unidad nacional; sin la pasividad o/y complicidad del proletariado de ese país. Consecuentemente es inevitable que la lucha proletaria se confronte a dicha unidad. Así, ante la muerte indiscriminada que supusieron los atentados, es normal que los proletarios del mundo pongan esto en relación con el papel histórico jugado por Estados Unidos como principal milico mundial desde su constitución como potencia. Frente a quienes hablan de los pobres que también murieron en esos atentados, muchos subrayan, además de la selectividad cualitativa de los blancos, la responsabilidad histórica de esos mismos pobres ante tanta masacre que organizó "su propio" estado. Efectivamente, desde su constitución, Estados Unidos ha impuesto su poder sobre la base de sangre y fuego en todas partes, y dicha acción sistemática, durante todo el siglo pasado (¡sino desde antes!), no hubiese sido posible si su propio proletariado hubiese luchado contra ello como se luchaba en los países en que se intervenía. En ese sentido es comprensible que contra los medios informativos que llamaban a adherirse a las campañas estatales en nombre de las "pobres e inocentes víctimas de los atentados", algunos militantes proletarios hayan recordado que los atentados atacaban al poder central del imperio y lógicamente a ese pueblo que "se calló y aplaudió las guerras" (27).

Una de las mayores muestras de resistencia intuitiva proletaria que celebramos fue el negarse a las lamentaciones y los minutos de silencio propuestos en todas partes por "su propia" burguesía, por "su propio" estado. Agreguemos lo más evidente que quienes proponen tanto llanto y minuto de silencio matan a más gente en un día que los que murieron en los atentados.

Se puede ir incluso más lejos, explicando globalmente que no sólo Estados Unidos, sino que todos los modelos de desarrollo capitalista logran ese éxito y reconocimiento gracias a que en ellos el capital impone condiciones especiales de conciliación de clase, de sumisión de proletarios y consecuentemente atractivas tasas de explotación y ganancia. Todas las potencias europeas históricas, Estados Unidos, Japón... son ejemplos de esa dinámica capitalista donde se reproducen alegremente no sólo los capitales originarios de esa región, sino que atraen capitales de todo el mundo que encuentran ahí más seguridad. No debe olvidarse al respecto que la potencia de Estado Unidos no es sólo producto de la burguesía de ese país, sino de capitales de todo el mundo que encuentran la seguridad que no encuentran en el suyo, y muchos burgueses que viven en todas partes del mundo tienen hoy más capital en ese país que en el suyo propio (28). Al mismo tiempo, dichos polos, tanto por el desarrollo de las fuerzas productivas que dichas relaciones de clase favorecen, como por la adhesión relativa del proletariado a dicho modelo de desarrollo, pueden permitirse no sólo reprimir en ese país, sino en una región mucho más vasta y hasta en el mundo entero, como lo hicieron y lo siguen haciendo, por ejemplo, los estados europeos.

Una noche ordinaria

Nos encontramos en un pequeño pueblo, en plena noche. La calma reina, solamente un perro ladra, perturbado por la aproximación de un ligero tintineo. Rápidamente, el silencio deja lugar a un furioso ruido. Vehículos blindados bloquean todos los accesos al pueblo. A golpe de culatas, los soldados de las unidades especiales echan abajo las puertas de las casas. Los niños lloran, los adultos también están aterrorizados. Militares seleccionan, clasifican al ganado humano. Algunos aldeanos son fusilados en ese mismo lugar; otros son arrestados para ser torturados en las cárceles del estado. Al mismo tiempo, los asaltantes colocan dinamita y hacen estallar los hogares de las familias de aquellos que son arrestados.

Esta escena de terror podría haber sucedido en Rusia, en 1903, o la "noche de los cristales rotos" en Alemania, en 1938, o desarrollarse en Chile, en 1973, o incluso en un pueblo ruandés, en 1994... Pero no, esta escena se produce hoy día, exactamente en octubre de 2001, y se desarrolla en decenas de pueblos en territorio palestino. El agente local de esta acción terrorista no es nadie más que el gobierno israelí. Para agregar cinismo a la situación, los militares la bautizaron como Operación Gandhi. Este raid no es ni el primero, ni el último, sino el pan cotidiano del proletariado en la región. Este terror ejercido por el estado israelí se complementa con el impuesto a los proletarios por los grupos nacionalistas o/y islámicos palestinos, que no son los últimos en intimidar, pedir rescate y hasta liquidar físicamente a los proletarios recalcitrantes. Que sea en período de paz o de guerra no importa, para el proletariado, la vida bajo el capital significa el terror en la vida cotidiana.

Ningún estado puede tener una capacidad tan grande de represión de revueltas proletarias en todas partes como la que ha mostrado, por ejemplo Estados Unidos durante todo el siglo xx, sin la colaboración y la complicidad activa o pasiva no sólo de la burguesía mundial, sino de sus esclavos asalariados: participación en la guerra y la represión, trabajo, pago de impuestos, adhesión ideológica, contribución ciudadana y electoral...

Ello explica el odio que se manifiesta contra cualquier estadounidense en diferentes partes del mundo, como el que se puede sentir en Asia contra "los ingleses", o en África contra "los franceses", "los belgas", o en Palestina contra "los israelíes", así como las acciones indiscriminadas que se efectúan contra los "ciudadanos" provenientes de dichos países.

Sin embargo (¡y más allá de lo trágico que puede resultar el hecho de que el proletariado en revuelta ataque a otros proletarios que también pueden encontrarse en lucha abierta contra "su propio" estado!), quienes se benefician con esa canalización aclasista del odio contra las fuerzas represivas del capital mundial son los estados de esos mismos países, que utilizarán cualquier acción indiscriminada para fortificar aún más la unidad nacional, empujando así al desarrollo de la guerra imperialista entre países, pueblos...

La revolución social, que parte de la comunidad humana y tiene por objetivo la comunidad humana, la destrucción de toda violencia entre seres humanos, no puede, en ninguna circunstancia, desarrollar ni empujar a la violencia indiscriminada. Cuando ella se produce, aunque sea producida por la rabia proletaria, lo que prima es la esencia de la sociedad burguesa y su tendencia a transformar dicha rabia en lucha entre fracciones burguesas y/o fuerzas imperialistas.

En tanto elementos más decididos del proletariado, los revolucionarios luchan con todas sus fuerzas contra dicha tendencia, contraponiendo a la guerra entre países la guerra social contra el capital. A toda la burguesía mundial le interesa y le sirve que el odio legítimo contra el sistema social y contra quienes lo defienden se canalice contra todos los habitantes de tal o cual país. El inmundo represor de Estados Unidos que actúa por el mundo, aunque tenga origen proletario, al ejecutar la represión, actúa como burgués, forma parte del terror global del capital. Mientras la burguesía trata de transformar el odio proletario contra él mismo, en odio contra los habitantes de tal país, los revolucionarios luchan por el desarrollo del odio proletario contra todo el sistema social burgués. Los militantes revolucionarios han tratado siempre de evitar que se mate a un proletario por el hecho de que "su estado" es imperialista, pues eso conduce a un antagonismo entre países que favorece la guerra imperialista. Contra ello empujan al proletariado de esas potencias imperialistas a luchar contra "su propio" estado. La destrucción de los ejércitos imperialistas del capital no puede realizarse contraponiéndole otros ejércitos, sino sólo sobre la base del derrotismo revolucionario del proletariado, la descomposición revolucionaria del ejército, como sucedió incipientemente en la guerra de Vietnam, cuando los soldados comenzaron a tirar contra sus propios oficiales y cuando los reclutadores para el ejército se enfrentaban violentamente a la juventud proletaria. ¡Al fin de dicha guerra las fuerzas armadas de Estados Unidos evaluaban en un millón de personas el déficit de reclutamiento!

Claro que esa lucha está a la vez favorecida por los golpes recibidos por la potencia imperialista en su actuación en tanto que policía internacional. Así, la resistencia proletaria interna en Estados Unidos a la guerra de Vietnam sólo adquirió potencia y fuerza real cuando comenzaron a llegar muchos cadáveres a Estados Unidos, lo que a su vez fue la contrapartida inevitable de los millones de cadáveres de proletarios vietnamitas.

La barbarie del capitalismo en ese sentido no puede tener otro límite que la revuelta proletaria. Si bien es lógico entonces que el proletariado mundial vea con simpatía toda descomposición de la potencia imperialista de Estados Unidos y hasta pueda contemplar con alegría la muerte de los proletarios sometidos a dicha potencia, ello no expresa necesariamente el desarrollo de la potencia del proletariado mundial contra el capital. Para esto último se requiere que el desarrollo de la actividad revolucionaria en otros países se acompañe, se complemente, con la actividad revolucionaria del proletariado en ese país contra el estado. En la actualidad, ello plantea evidentemente toda la cuestión de la trágica debilidad internacional del asociacionismo proletario, la cuestión de la organización y la centralización de la acción revolucionaria, sin la cual la burguesía de esa potencia, basándose en la indiscriminación de la acción, podrá siempre transformar la misma en parte de la guerra imperialista.

Por ello, si bien es comprensible que, ante los atentados del 11 de septiembre, muchos proletarios hayan explicado la muerte indiscriminada por la complicidad del "pueblo de Estados Unidos" es de subrayar que la organización que efectuó los atentados ni siquiera parte de ese tipo de preocupaciones; es como si estuviese implícito que cualquier estadounidense es enemigo, y eso también se sitúa en los antípodas del programa proletario.

El mismo hecho de la no reivindicación de los atentados, el nihilismo político, el ocultamiento de los fines de la acción (29), está indicando una forma de actuar que corresponde a la descomposición social vigente y no a una clase revolucionaria. Es verdad que el nihilismo no es originario y necesariamente burgués, que se desarrolla ante la desesperación y la falta de perspectiva social revolucionaria (en general en épocas pre revolucionarias), pero, incluso en este caso, se presta a una recuperación y una estructuración por parte de las fuerzas burguesas, tan reaccionarias y contrarrevolucionarias como las que combate. Por lo tanto, aunque anuncien el derrumbe de una sociedad (y no tenemos dudas de que los atentados del 11 de septiembre lo hacen), son parte de una descomposición todavía negativa de la misma. Por más simpatías que puedan suscitar, están afirmando el modus vivendi del capital y sus guerras.

En efecto, los revolucionarios no esconden su perspectiva. La confusión que genera la no reivindicación permite que se afirme la tesis de lucha entre estados enemigos, entre culturas y civilizaciones, entre religiones. Y particularmente la tesis de una guerra entre la actual civilización y el islamismo radical, el fundamentalismo religioso que, como todos nuestros lectores saben, es una fuerza total y completamente contrarrevolucionaria. Por eso, el estado de Estados Unidos, incluso desde los primeros instantes y muy posiblemente sin tener la más remota idea de la organización que había hecho tales atentados (hay que tener en cuenta que en este país nunca se descubre quién está atrás de los atentados, como lo muestra el hecho de que nunca se haya descubierto, después de tantos años, quiénes fueron los instigadores de los asesinatos de los dos Kennedy, Luther King, y muchos otros), anunció la guerra concreta contra fuerzas estatales. Si los atentados habían golpeado a los burgueses y su centralización, la guerra contra sus autores debía fortificarlos y en esto, el silencio de éstos últimos, en tanto que organización, los hace cómplices de ello, de la campaña y la guerra imperialista. Entonces, sean o no Bin Laden y sus amigos (30), quienes llevaron adelante tales atentados, el vacío reivindicativo sumado a la pasividad proletaria, empujan objetivamente a la guerra imperialista.

Autocrítica, oportunismo o los meandros del federalismo

Comunicado del NEFAC
(Federación de comunistas libertarios del noreste –de Estados Unidos–)
del 11 de septiembre, antes de los atentados

"Pasemos a la acción directa

[...] Es en el corazón del imperio de las multinacionales que se erigen las fortalezas arrogantes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Para protegerlas, miles de robocops son entrenados en la guerra química. En esas gigantescas casas de empeño, bien escondidos, los feroces tiburones capitalistas... Nuestros desfiles y manifestaciones no van a ninguna parte. Seguimos dando vueltas en círculo. Corremos de cumbre en cumbre con la esperaza de ser comprendidos por los poderosos o al menos reseñados por los medios de difusión. Se ignoran nuestras pancartas. Se ridiculizan nuestras marionetas. Se rompen nuestras banderas rojas y negras... El ruido no cambia el mundo. El espectáculo de las manifestaciones se olvida rápidamente. Una confrontación simbólica con colchones y cócteles molotov sigue siendo una confrontación simbólica. Alimentarse de migajas no puede nunca saciar nuestro apetito. Manifestaciones, manifestaciones y manifestaciones... ¿No podemos pasar al fin a hacer otra cosa?

Sí, a la acción directa... Actuaremos sin intermediarios, no puede haber mediadores en la lucha de clase. Desafiaremos la autoridad del estado: sus leyes son nuestras cadenas. Violaremos la propiedad privada de los capitalistas: no pueden ofrecernos nada que ya no nos pertenezca. Pasaremos a la acción directa. ¡Por la anarquía y el comunismo!"

Comunicado del Nefac después de los atentados

"Luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre último, más de 6.000 personas murieron... Nosotros, anarquistas, queremos expresar, como la mayoría de la gente, nuestra profunda pena y nuestra incredulidad frente a esta devastación que golpeó Nueva York, Washington y la campo de Pensylvania... Nuestros corazones están con las familias y los amigos de las víctimas."

Ambos comunicados emanan de la NEFAC y fueron publicados por A-Infos, aunque no parecen venir del mismo colectivo en el interior de esa federación. Sólo los meandros del federalismo pueden explicar la coexistencia de posiciones tan antagónicas.

Al principio hubo alguna reivindicación de grupos izquierdistas japoneses (no confirmada luego), se pensó también en grupos "incontrolados" de orígenes diversos (palestinos, del Extremo Oriente...) o por la fecha, en grupos latinoamericanos y más específicamente chilenos. Pero la no reivindicación explícita, el morir matando, el hecho de que el atentado suicida sea la panacea del islamismo radical en todas partes, que la formación ideológica para morir de esa manera haya sido transformado en el modelo de esa religión y fuerza burguesa luchando por el reparto del mundo, confirmaría la tesis oficial de ligar dichos atentados al islamismo radical.

En cuanto a la versión oficial de culpar a Bin Laden y su organización y al estado de los talibanes en Afganistán, nos parece mejor no especular con dicha hipótesis. Por ello no insistiremos aquí en el oscurantismo represivo de dicho régimen, la represión de la mujer, el terrorismo de estado que lo caracteriza. El tema está suficientemente de moda porque dicha denuncia corresponde ahora a los intereses de los que dirigen las grandes potencias e imponen la guerra y la masacre en Afganistán. Digamos simplemente que esas fuerzas son enemigas de la especie humana, como todas las fuerzas capitalistas, y que, a pesar de sus contradicciones en el reparto del mundo con otras potencias capitalistas, no ofrecen otra perspectiva que el capitalismo, la guerra, la represión. Nada más lógico entonces que ayer hayan sido aliados de los criminales de guerra estadounidenses, con Bush a la cabeza.

A pesar de la alegría suscitada en franjas enteras del proletariado, porque el golpe fue contra su enemigo, dichos atentados no constituyen tampoco un debilitamiento de la sociedad capitalista en general (aunque sea un golpe muy grande para muchas fracciones del mismo), ni desarrollan la fuerza del proletariado. La teoría de la lucha aparato contra aparato, como la del foquismo, o en general las concepciones militaristas llevan a callejones sin salida (por lo general a la guerra imperialista) y, como tales, son teorías contrarrevolucionarias. Su punto común es siempre la teoría de la transferencia de fuerzas de un aparato a otro, al mismo ritmo que los golpes de uno y otro bando se desarrollan. Dicha teoría, independientemente de que los combatientes sean o no proletarios, corresponde efectivamente a la guerra entre potencias burguesas, pero no se adecua para nada al desarrollo de la lucha de clases. Puede funcionar entre ejércitos, pero no entre proletariado y burguesía, entre revolución y contrarrevolución, en donde las dos fuerzas se van desarrollando y erigiendo una contra la otra de forma cada vez más potente (31).

De la misma manera que la revolución social no se puede parar con más y más policías, tampoco puede hacerse sobre la base de atentados, guerrilleros o, en general, al desarrollo exclusivamente militar de otra potencia. Ese esquema corresponde al de la guerra imperialista. La destrucción de la organización social actual, por el contrario, sólo puede ser obra de otra organización social, de la acción revolucionaria de los productores organizados.

Es cierto que todas las luchas del proletariado en todas partes del mundo se enfrentan a los mismos enemigos que los autores de los atentados, y de ahí la enorme confusión que crea. Es cierto que en Seattle, Praga, Génova, Argelia, Palestina, Ecuador, el proletariado denuncia y se enfrenta a los mismos gendarmes del orden mundial, la OCM, el Pentágono y los centros del comercio mundial (¡World Trade Center quiere decir, exactamente eso!), aunque les cueste tanto reconocerlo a los socialdemócratas partidarios de la lucha "contra el neoliberalismo" y "contra la mundialización" (o por "otra mundialización"). Tanto, tanto que los rectificativos y las autocríticas solapadas también son de película.

Así, incluso en grupos en ruptura clasista que expresan posiciones correctas se impone con los atentados la sumisión general al ambiente de condolencias y llantos que el estado requiere para sus campañas terroristas.

Nunca en la historia hubo más "marxistas" y "anarquistas" declarando su antiterrorismo y plegándose así objetivamente al terrorismo de la guerra capitalista. Justamente esos socialdemócratas son los que con sus lamentaciones y sus críticas de todos los terrorismos (aunque le agreguen "de estado", no critican nunca el terrorismo legal y democrático del capital) colaboran con el terrorismo generalizado, con la guerra del capital contra el proletariado.

Por eso les resultó totalmente coherente creer integralmente en la visión de las agencias policiales de Estados Unidos. Es mucho más fácil asustarnos con el cuco de los terroristas islámicos, con el terror de los talibanes y su fanatismo religioso, para llorar a las "víctimas inocentes" y contribuir así a la campaña militarista de la burguesía mundial. ¡Se evitan así analizar las determinaciones sociales y objetivas que condujeron a dichos atentados!

Desde el punto de vista del proletariado, por el contrario, es importante afirmar la contradicción social que dichos atentados expresan, pues al mismo tiempo atacan objetivos que el proletariado enfrenta en su lucha, pero no desarrollan dichas luchas, ni en general la fuerza proletaria, ni tampoco dan una perspectiva contra la sociedad actual. Al contrario, la ideologización de ese tipo de accionar puede (como ha sucedido muchas veces) confortar al proletariado mismo en el papel de espectador de una guerra aparato contra aparato, sin darse cuenta de que a quien esquilan es precisamente a ese espectador: él es el que paga esa guerra, quien termina siendo su carne de cañón. En fin, desde el punto de vista revolucionario, lo decisivo es el desarrollo de la acción directa del proletariado mundial, combatiendo toda creencia de que alguien puede hacer la revolución social en lugar de la organización del proletariado como clase, como fuerza internacional. La ideología de que un grupo de elegidos, mártires o "revolucionarios", puede cambiar la catastrófica situación social se contrapone también a la organización del proletariado en partido, en potencia social mundial destructiva del mundo capitalista.

A pesar de lo directa que parece la acción, como desarrollamos en el artículo sobre las cumbres y las anticumbres, ella no tiene nada que ver con la contraposición histórica de la acción directa proletaria contra el parlamentarismo. La acción directa proletaria es la que puede hacerse aquí y ahora; la que puede reproducirse por doquier y cada vez por más grupos de proletarios. En cambio, la acción individual y espectacular se corresponde también a la ideología que denunciamos igualmente en ese texto de la mitificación de la importancia de esos centros mundiales del capital o de las cumbres de sus personeros. Las decisiones del capital, que están sometiendo a la humanidad a la mayor barbarie de toda su historia, no son tomadas en ningún centro, sino que son la aplicación en todas partes de la ciega ley que lo mueve: la de la obtención de la mayor ganancia posible.

La revolución será todo lo contrario a la acción de un puñado de héroes que constituyen un ejército, mientras el proletariado mira la televisión y aplaude. La revolución se desarrolla, por el contrario, en la acción directa del proletariado, en la asumación cada vez más generalizada de dicha acción y en el consecuente proceso de organización como clase, aunque por supuesto ello implica grupos organizados, acción de minorías revolucionarias.

Sí, la violencia o el atentado político son parte del movimiento histórico del proletariado en las condiciones de violencia impuestas por la sociedad burguesa. No es una opción teórica, sino una determinación eminentemente práctica de la vida de quienes son sometidos a la explotación y la opresión. En cambio, el suicidio y la acción espectacular de decidir ir a morir matando no es una receta que pertenezca a la trayectoria revolucionaria. Incluso las organizaciones de origen proletario que sostuvieron las concepciones (que nosotros criticamos) de la acción ejemplar, la propaganda por el hecho, la transferencia de fuerza, el foquismo, el guerrillerismo (que ya se sitúan lejos de los atentados suicidas de los islamistas) degeneran políticamente al enfrascarse en dichas concepciones y tarde o temprano caen en la lucha aparatista y sirven a fuerzas nacionalistas, burguesas.

Si bien los revolucionarios (empezando por el propio Marx) reivindicaron siempre el terrorismo revolucionario como única forma de eliminar el terrorismo del capital, hoy, las únicas reivindicaciones de esos atentados como "terrorismo revolucionario" pertenecen a organizaciones burguesas que se alinean en la defensa de las guerras imperialistas, es decir, de las guerras contra tal o cual imperialismo. Para nosotros, ésa es la perspectiva capitalista y, a pesar de la apariencia, se encuentra en contraposición total con el terrorismo revolucionario.

La única posición revolucionaria válida es la lucha contra todas esas fuerzas. Ni detrás de los que lloran por esos atentados y preparan la guerra, ni detrás de los organizadores de anticumbres, ni detrás de los liberadores nacionales, ni detrás de los organizadores de los atentados del 11 de septiembre. Aunque éstos parezcan mucho más radicales, el proletariado sólo puede afirmar sus intereses y su perspectiva también contra todos ellos.

Bin Laden, los talibanes, los ayatolá y en general, los islamistas radicales, son tan enemigos nuestros como los son todos los estados, todas las religiones. Sin embargo, no debemos desconocer que los atentados les han dado una aureola todavía más radical de la que ya tenían. Desconocer esto sería incapacitarse para comprender lo que sucede en países y zonas con predominancia musulmana, sería no tener en cuenta la capacidad de esas fuerzas para canalizar y liquidar el movimiento proletario, como sucedió en Irán en 1979. Lo que en Occidente pasa por ser de derecha, cumple la función de extrema izquierda en esa zona; lo que se juzga como un arcaísmo y la socialdemocracia define como un retorno al pasado (¡hasta feudal!), es un producto totalmente moderno del desarrollo del capital en esas regiones y asume un papel de extrema izquierda contra el proletariado. El mismo supuesto primitivismo que "se observa" desde Occidente, no puede más que aparecer como una supuesta alternativa mejor, ante un proletariado que fue constatando en su carne viva que todo el progreso del capitalismo fue contra su vida. Es el desarrollo mismo de las fuerzas productivas del capitalismo el que produce la modernidad del "primitivismo", la atracción del proletariado por concepciones cada vez más de moda de darle vuelta a la rueda de la historia para atrás. Y no se deberían reír tanto de ese "primitivismo" los supuestamente "superiores" proletarios occidentales, que cada vez más y con razón, tratan de escapar a los hospitales y los médicos y van al curandero y se tratan con plantas, como hacían sus abuelos; buscan ilusoriamente una comida que no sea cada vez peor, una comida como la de antes, sin pesticidas, sin productos químicos... También en Occidente, bajo otras banderas y sustentado también en la tragedia que significa para la enorme mayoría de la especia humana el progreso del capital, se desarrolla esa tendencia a la ficción de poder "ir para atrás". ¡Se trata de una tendencia modernísima de la catástrofe capitalista! Aunque la misma se desarrolle como resistencia al progreso, es un producto del mismo. Atribuirla a la falta de desarrollo, al atraso y supuesto feudalismo de los talibanes, es creerse en el polo positivo del progreso que el capitalismo muestra, es aceptar lo que el capitalismo dice de sí mismo, es adherir a la concepción dominante y burguesa del progreso. El capitalismo morirá precisamente porque su progreso se contrapone cada vez más con las necesidades humanas, porque una parte cada vez mayor de la humanidad lucha y luchará abiertamente contra el mismo.

Por otra parte los discursos de algunos islamistas radicales pueden ser mucho más seriamente contestatarios que los de nuestros socialdemócratas de izquierda occidentales. En vez de levantar como banderas las de la socialdemocracia occidental y cristiana (mayor democracia, gobierno popular u obrero, democracia popular o de base, luchas pacíficas por la obtención de tal o cual derecho) y, conociendo la radicalidad de la lucha de clases en la región, no dudan en hacer alusiones claras a elementos del programa revolucionario (abolición del dinero, las fronteras, llamados a la acción directa y la violencia, crítica de la democracia...), aunque por supuesto su función sea la de asegurar la contrarrevolución. Justamente, este discurso radical corresponde a su perspectiva de jugar el papel de última barrera de contención contra la revolución.

Es indudable que dichas fuerzas canalizan (como no lo pueden hacer en la región fuerzas que en Occidente se llaman de izquierda) una parte muy importante del odio del proletariado mundial contra sus opresores, y la transforman en lucha religiosa, lucha democrática, lucha contra tal o cual potencia. No creemos que Bin Laden, como ya se escucha por ahí, vaya a ocupar un lugar similar al de Che Guevara. No tanto porque uno fuera de izquierda y el otro de derecha, sino porque Bin Laden no desarrolla ningún proyecto universal que pueda atraer al proletariado de todos los países. Por el contrario, Bin Laden parte de una reivindicación religiosa y de la defensa de una civilización particular contra otra, mientras que el Che, aunque –y a pesar de sus críticas– defendiera objetivamente los intereses de un bloque imperialista (nunca rompió programáticamente con el estalinismo, ni con los partidos estalinistas como lo pone en evidencia sus absurdas esperanzas en éstos antes de su muerte (32)) se reivindicaba de la lucha universal por la revolución del proletariado en todo el mundo.

A pesar de ello no podemos dudar que Bin Laden y su banda armada ya cumplen un papel contrarrevolucionario de primer orden, acreditando las tesis oficiales acerca de los atentados que impulsan la contradicción entre imperialismo y resistencia islámica, empujando a la guerra imperialista antiterrorismo versus islamismo, encuadrando al proletariado en una guerra que no es la suya, en la que tiene todo que perder y nada que ganar.

Y por supuesto que no nos estamos refiriendo sólo a la situación desesperada en la que se coloca a los proletarios en Afganistán, en donde se los trata de mandar al matadero en nombre del islamismo al mismo tiempo que soportan las bombas, los mísiles y las masacres de las fuerzas imperialistas coaligadas. No nos estamos refiriendo sólo a esos proletarios en Afganistán que objetivamente se encuentran entre dos fuerzas que lo codician como carne de cañón y que en uno y otro caso lo amenazan de muerte, sino que queremos subrayar que esa situación se presenta cada vez más en otras partes: Palestina, Pakistán, Chechenia... Más globalmente todavía, dicha polarización interburguesa implica la generalización de la perspectiva militarista de todos los estados y la consecuente represión generalizada del proletariado mundial.

Bush y Bin Laden, ayer aliados, hoy se acusan simétrica y justamente de terrorismo en la lucha por el mismísimo objetivo: la transformación de la guerra de clases en guerra imperialista.

Nuestro objetivo es exactamente el opuesto, transformar la guerra imperialista en revolución social.

Sólo el desarrollo de las luchas proletarias actuales contra la burguesía y los estados de todos los países, (que, como vimos, aparecen todavía bajo formas tan diferentes y heteróclitas que a la clase le sigue costando muchísimo reconocerse en ellas), sólo su organización y su centralización podrán desarrollar la revolución contra todas las guerras actuales, contra el terrorismo del capital en todo el mundo.

10/11/2001

* * *

Notas :

1. Nosotros denominamos socialdemocracia a los partidos de la burguesía para el proletariado (a sus personajes, a su concepción) y en ese sentido lo identificamos aquí con la "izquierda". Sin embargo, no debe olvidarse que, como lo hemos dicho muchas veces, el concepto de "izquierda" es siempre muy relativo, tanto histórica como geográfica y culturalmente. Sólo a título de ejemplo: Hitler y Musolini eran originariamente de izquierda (socialdemócratas y nacionalistas) y luego fueron definidos como el prototipo de la derecha; el "comunismo" estalinista juega un cierto papel de izquierda en muchos países, pero de extrema derecha en aquellos países que se denominaban "socialistas"; el islamismo es asimilado en Occidente a la derecha, mientras que en Medio Oriente juega un papel izquierdista...

2. Más adelante nos referiremos a los sectores "antiimperialistas" de la socialdemocracia (parte de los trotskistas, los estalinistas...), que reivindican el "terrorismo revolucionario" de Bin Laden y compañía.

3. Dicha acción es efectivamente terrorista en el sentido de que aterroriza a sectores del capital, pero la condena como tal es la clave de su criminalización, de la inocentación de la burguesía y de la legitimización del ejercicio de la violencia estatal contra quien lucha contra la explotación.

4. Karl Marx, El capital.

5. Karl Marx, El capital.

6. Karl Marx, El capital.

7. Karl Marx, El capital.

8. Karl Marx, El capital.

9. Charlie Hebdo, 3 de octubre de 2001.

10. Tentativas burguesas de canalización de las luchas proletarias a escala internacional y la lucha invariante por la ruptura proletaria; Contra las cumbres y anticumbres, Comunismo, número 47.

11. Poco desarrollo del asociacionismo proletario, cuasi inexistencia de medios de comunicación proletaria, poquísima politización general del proletariado... lo que como dijimos en muchas oportunidades plantea problemas gigantescos.

12. Ver en este mismo número el artículo: Proletarios de todos los países, la lucha de clases en Argelia es la nuestra.

13. Ver Acerca de los festejos del 500 aniversario del mal llamado "descubrimiento", en Comunismo, número 29, marzo de 1991.

14. Ver América: Arriba los que luchan contra el capital y el estado, en Comunismo, número 45.

15. Ver Cono Sur: Contra la impunidad de los torturadores y asesinos, Comunismo, número 44.

16. Ver El ejército y la política militar de Estados Unidos, en Comunismo, números 8 y 9.

17. Declaraciones de Allioune Tine, Secretario ejecutivo del Encuentro africano para la defensa de los derechos humanos.

18. ¡Por supuesto que las armas del capitalismo no fueron los tribunales! No sometieron a millones con códigos, sino con bayonetas, cadenas, cañones... La relación de fuerzas siempre precede al derecho, como la guerra precede siempre a la paz. Quienes tienen interés en el derecho son los que se satisfacen de los hechos, de la misma manera que quienes más hablan de paz son los que ganaron la guerra.

19. Declaraba Eric Foner, profesor de la Universidad de Columbia.

20. No nos referimos a las calles de Durban, sino a las calles del mundo.

21. Ver: Liberación nacional, cobertura de la guerra imperialista, en Comunismo, números 2 y 3.

22. Salvo contadísimas excepciones, como gesto desesperado frente a la exterminación de compañeros o de una organización política por parte del terror del estado.

23. El asesinato de algunos jefes de las organizaciones burguesas palestinas rompe muchas convenciones implícitas y explícitas, y por ello no debe extrañarnos que ahora también se mate a algún ministro israelí.

24. Declaraciones de Vicente Zito Lema que reflejan una posición bastante general en sectores de la izquierda del trotskismo, el maoísmo o el bordiguismo.

25. Por eso, quienes en nombre de una supuesta "conciencia revolucionaria" condenan en general los actos de violencia individual de proletarios se ubican plenamente en el campo de la socialdemocracia, de la contrarrevolución, y contribuyen siempre a las campañas del estado burgués.

26. En el World Trade Center murieron no sólo esos proletarios mimados y de cuello blanco que se definen como la elite y actúan siempre a favor de los burgueses, sino los "chóferes", "guardaespaldas" y agentes de los múltiples y variados servicios policiales de las empresas presentes. Aunque esos fueron la mayoría, murieron también pinches, limpiadores, cocineros, así como muchas centenas de trabajadores sin papeles y, entre todos ellos, también, muy probablemente, seres humanos en lucha contra el capitalismo.

27. Declaraciones de Hebe Bonafini, la madre histórica de la Plaza de Mayo en Buenos Aires.

28. Sólo a título de ejemplo, y considerando la acumulación del capital de muchos países de América Latina hasta y desde 1930, se puede afirmar que se mantuvieron en reproducción casi simple desde esa fecha y que la reproducción ampliada la efectuaron en Estados Unidos, por lo que ya, desde hace décadas, tienen más capital en Estados Unidos que en el país originario. Las banderas, la patria, el partido político del capital son determinaciones secundarias del mismo; la determinación central del capital es siempre la mayor tasa de acumulación posible. Ver Contra la mitología que sustenta la liberación nacional, en Comunismo, números 4, 5, 7 y 10.

29. La hipótesis de que una organización que haya hecho tales actos no tenga capacidad de reivindicarlos por la represión existente no nos parece creíble.

30. Uno de los abc de la guerra burguesa para que marche bien (canalización y utilización de proletarios) es personificar, espectacularizar y demonizar al enemigo y, en esto, Estados Unidos siempre fue ejemplar.

31. Ver Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

32. Su total obsecuencia en la defensa de lo que llamaban "campo socialista" y hasta la denuncia como traidores de tal o cual personero del P"C" muestra hasta que punto dicha ruptura nunca existió. Esa característica es también general entre sus epígonos que, sin comprender el carácter capitalista de todos los P"C" del mundo, siguen siempre llorando la "traición de Monje".

33. Ambos comunicados emanan de la NEFAC y fueron publicados por A-Infos, aunque no parecen venir del mismo colectivo en el interior de esa federación. Sólo los meandros del federalismo pueden explicar la coexistencia de posiciones tan antagónicas.

 


CO48.1 Capitalismo = Terrorismo contra la humanidad