«Estados Unidos no es un país libre. Las condiciones económicas de los obreros son las mismas que en Europa. Un esclavo asalariado es un esclavo en todos lados, sea cual sea el país en que nació, sea cual sea el país en que vive.»

Parsons, Correspondencia, febrero de 1884.

A pesar del carácter cada vez más catastrófico del desarrollo capitalista en todo el mundo, Estados Unidos sirve aún de referencia positiva a todo un conglomerado de cretinos que, vestidos de winners (ganadores), desde principios de los años noventa, y mientras vigilan la evolución de sus últimas inversiones en la bolsa, se aseguran a sí mismos de la perennidad del sistema. Así desarrollan una imagen histórica de «América eterna», símbolo imperecedero del «Nuevo Mundo» y emblema de un capitalismo en eterno progreso. Aunque que este «Nuevo Mundo» haya enterrado los sueños de millones de inmigrados que viven gracias a las basuras en Nueva York, no hay un solo intelectual que en uno u otro momento no se haya sentido obligado a hacer revivir los gastados clichés de una tierra adonde se puede llegar insignificante y pobre y partir ilustre y rico.

El cine, la novela negra y los periódicos sensacionalistas fomentan una imagen de Estados Unidos como el país de todos los excesos, en el que sobrevivir se juega en términos de «ganar o reventar», pero en última instancia se trata de hacer creer en la idea de un país, por supuesto imperfecto y contradictorio, en el que libertad y riqueza no son incompatibles y en el que cada uno tiene finalmente la posibilidad de triunfar.

Estas imágenes espectaculares no resisten la más mínima observación crítica de la realidad social norteamericana, a pesar de lo cual dichas imágenes siguen teniendo internacionalmente una fuerza material adecuada para convencer de que detrás de los excesos de esta sociedad se esconde un verdadero mundo libre. Así, las imágenes caóticas de criminales perseguidos en helicópteros y de niños que se matan a balazos en las escuelas se encuentran revueltas en el mismo lodo con las películas hollywoodienses que muestran el triunfo y el éxito junto con los retratos de personajes falsamente rebeldes, todo lo cual tiende a presentar progresivamente como natural un mundo hecho de violencia e injusticia en el que el hombre es lobo para el hombre, pero en el que cierta libertad de comportamiento y de éxito justifican los disgustos de la guerra de todos contra todos.

Pero, una vez desgarrado el velo de la mentira y la ideología, aparece rápidamente que Estados Unidos sólo es una concretización más de un mundo en el que las «libertades políticas» no son otra cosa que una mampara para ocultar la esclavitud asalariada (ver destacado acerca de la «libertad política»), un mundo en el que no reina la libertad de conducta y actitud, sino más bien y esencialmente la libertad de explotar o ser explotado.

Evidentemente, el yuppie internacional no tiene ninguna intención de elevar su capacidad de abstracción más allá de su portafolio, que le sirve de ombligo, y es totalmente indiferente a esas nociones de explotación. Éste, como todos los que lo apoyan, reproduce, con los ojos fijados en Estados Unidos, una concepción de la libertad surgida de la total sumisión al «work, shopping and tv» (trabajo, compras y televisión) y a las trivialidades de moda que difícilmente esconden su servilismo hacia, un universo insulso y sin brillo en el que el individuo empuña su presunción de vivir libre, jurando que solamente vive cuando trabaja y que sólo existe cuando consume.

El capitalismo impone de forma universal su dictadura y, al mismo tiempo, esta concepción de la libertad y el triunfo se impone, claro está, por todo el mundo, desde París, Pekín y El Cairo hasta Moscú, Teherán y Bagdad. Pero para los apologistas del dinero y el brillante, Estados Unidos de América tiene esa pequeña cosita de más que lo transforma en ejemplo inimitable, en figura de portada. La estatua de la Libertad a la entrada de Nueva York recuerda, a todos aquellos que se preparan a desembarcar, que acá no se habla de explotación, clases sociales o plusvalor, y que si se utiliza el vocablo «capitalismo», sólo puede ser como sinónimo de «paz, riqueza y desarrollo», «el mejor de los mundos», «la América», «un mundo sin límites en el que todo es posible», «el país más libre, en el más libre de los mundos.»

He aquí algunos fragmentos escogidos entre los numerosos aspectos que recubren la libertad en el reino de la democracia...

Se calcula que en 1970, en Estados Unidos, había 200.000 detenidos; en 1980 había 315.000; y en 1990 había 739.000. Diez años más tarde, como fruto de la «tolerancia cero», la «década de las esposas», el número de prisioneros en el reino del individuo libre alcanza niveles delirantes. Hoy dos millones de personas se encuentran detrás de los barrotes norteamericanos como saludando al progreso y a la modernidad del nuevo milenio. La población carcelaria se ha multiplicado por 10 en treinta años, y se erige como una especie de gran país encarcelado bajo los pliegues de la bandera estrellada. ¡Hoy hay más proletarios vestidos de preso, que soldados uniformados en todas las fuerzas armadas estadounidenses!. ¡Dos millones de presos, lo que equivale a más de un cuarto de toda la población presa del mundo, según cifras oficiales (1). Un cuarto de los detenidos del mundo entero se encuentra encadenado a los pies de ese inmenso carcelero que es la estatua de la Libertad.

Pero la célebre estatua estadounidense no es únicamente un gran carcelero,, sino también un Big killer, un gigantesco verdugo. En 1999, un centenar de condenados a muerte fueron ejecutados. ¡Se trata del mayor número de presos ejecutados desde el fin de la guerra de 1940-1945! El récord precedente se dio... el año anterior: 68 ejecuciones en 1998. Y estas cifras no van a disminuir: de 50 estados, 38 hacen funcionar las cámaras de muerte en Estados Unidos. Durante las elecciones, los diferentes candidatos a la presidencia se libraron a un sórdido duelo con respecto al número de condenados que envian al matadero. El actual presidente, George W. Bush, ex gobernador de Texas, ordenó personalmente desde 1995, 112 ejecuciones. Su rival en las últimas elecciones presidenciales, John Ellis, gobernador de Florida, trata de actuar tan bien como él, acelerando las condenas en ese estado. Así, en Estados Unidos, cada año 300 nuevas personas son condenadas a la pena capital. Pero como los verdugos «solo» ejecutan una centena por año, en la actualidad hay 3.565 condenados que esperan en los famosos «corredores de la muerte».

Penas cada vez más duras, detenciones cada vez más largas; ésa es la clave de la política que lleva la burguesía a escala internacional, y la vanguardia, el modelo, es Estados Unidos.

Castigar. Castigar para dar miedo y forzar a los proletarios a aceptar cualquier trabajo bajo cualquier tipo de condición para evitar la prisión o la muerte. Castigar duramente, para disuadir a todos aquellos, cada vez más numerosos, que dirigen su vista a la crítica de la propiedad privada. «Trabajar o reventar» debe ser la única opción posible. De lo que se trata, entonces, es de reprimir brutalmente a aquel que robe al rico, que saquee en los centros comerciales, que sobreviva arreglándoselas de cualquier forma. Castigar duramente a aquel que, a pesar de su condición de proletario, no acepta nada. Incluso cuando ni siquiera hay posibilidad de encontrar trabajo, y revienta de hambre, es necesario que el infierno vivido en la tierra le parezca preferible a la cárcel, la tortura o la inyección letal. Castigar para dar el ejemplo.

Castigar... y producir beneficio. Pues el capitalismo no tiene fronteras y con certeza no serán los muros de una prisión lo que lo detendrán.

En Estados Unidos, el mundo de la libertad de empresa comprendió rápidamente que un prisionero no puede vivir a expensas del estado, y que tiene que trabajar para no ser una carga. Si el prisionero trabaja, se transforma en un esclavo (2) que puede ser muy rentable. Así, ya en 1986, un tal Warren Burger, antiguo juez de la Suprema Corte de Justicia, lanzó un llamado para transformar las cárceles en «fábricas enclaustradas», sosteniendo que las prisiones no deben ocasionar gastos al estado, mejor todavía para transformarlas en fuentes de beneficio para él. En la actualidad, esto es un hecho consumado, y la tendencia es la explotación creciente de los presos. Por un salario de más o menos un dólar por hora, los detenidos/esclavos son forzados a trabajar, sea bajo la cobertura de «programas de rehabilitación» o bajo la amenaza de severas penas y prolongamiento de la condena. En Oregón, la marca de blue jeans (vaqueros) Prison Blues (¡sic!) preve la realización de un volumen de negocios de l,2 millones de dólares por año. En otras regiones, como Texas, Louisiana, Arkansas, el estado obliga a los presos a trabajar en los campos, sin paga alguna, bajo el control de la caballería armada.

¿No hay trabajo afuera de las prisiones? No es grave, ¡hay adentro de las mismas! Éste es el sentido de la observación sarcástica que hace un militante estadounidense anti cárceles: «Colmo de la ironía, al mismo tiempo que la desocupación aumenta en el exterior, la delincuencia y el número de encarcelamientos que ella provoca aumentan. Que nos puede impedir pensar que, de aquí a algún tiempo, sólo encontraremos empleos que necesiten mucha mano de obra no calificada en las prisiones y los países del tercer mundo, adonde la gente trabaja en las mismas condiciones. La fábrica enclaustrada coincide con la prisión sin muros» (3) Paul Wright, Esclavos del estado, mayo 1994.

Pero los apologistas de la libertad y la democracia capitalista se refugian detrás de la noción de exceso para afirmar que el número elevado de prisioneros y su utilización como esclavos no son más que el producto de los defectos de la democracia, la cual siempre se puede mejorar y que las prisiones o las condenas, por más moralmente inconvenientes que sean, finalmente sólo son el precio doloroso que hay que pagar para que la mayoría de la gente pueda vivir en libertad, en seguridad y en un buen entendimiento social.

Aprovechemos, entonces, la ocasión para hablar ahora un poco de los hombres libres, esos habitantes de la prisión sin muros, para retomar la imagen de nuestra última cita. Una metáfora muy explícita del mejor de los mundos actuales que bajo la expresión de la democracia, en tanto que dictadura de las leyes mercantiles sobre el hombre, llega a negar con éxito las paredes tras las cuales es diariamente explotado el proletariado.

He ahí el triunfo de la democracia que logra hacer ordinario, trivial, un mundo basado en la violencia contra aquellos que trabajan y en el que esas víctimas cotidianas no llegan a percibir más a sus guardianes o sus explotadores, y aún menos la reclusión a la que se encuentran sometidos.

Sin embargo, nunca el medio en donde vive el hombre ha estado más abarrotado de límites, barreras, guetos, alambrados, sistemas de alarmas, cámaras, barrotes, milicos... Sin lugar a dudas, jamás rimaron tanto mercancías en libertad con humanidad encarcelada.

Los Ángeles, la segunda ciudad de Estados Unidos, una de las más grandes del sueño americano. La costa del oeste, el surf, Hollywood y Berverly Hills. La vanguardia de lo que la sociedad del capital propone como futuro.

Los Ángeles se encuentra dividida en dos realidades sociales que se afrontan geográficamente en espacios también cercados. Por un lado, los barrios fortificados en los que viven los ricos, y donde reina el dinero y todo lo que suena a bien, y por el otro, espacios de terror también cercados en los que se concentra a los proletarios más desposeídos; espacios en los que los milicos llevan una verdadera guerra para impedir que las protestas, resultantes de esta situación generen una reacción contra la propiedad privada, contra las residencias burguesas.

En ambos casos, Los Ángeles se presenta como una verdadera fortaleza, una «ciudad carcelaria», según la expresión de Mike Davis, que agrega: «Constatamos una tendencia sin precedentes a combinar el urbanismo, la arquitectura y los dispositivos policiales en una vasta empresa de seguridad» (4).

La seguridad en Los Ángeles se ha transformado en una verdadera psicosis. Para evitar la promiscuidad, la burguesía se aísla en ciertos barrios, se encierra en mansiones construidas como fortalezas y contrata a agentes de seguridad privada.

En Beverly Hills o Bel Air, las mansiones son recompuestas de manera que se pueden integrar dispositivos de seguridad ultra sofisticados, según un nuevo concepto a la moda en el sector, la «seguridad absoluta». Los arquitectos se inspiran en la actualidad en las técnicas secretas utilizadas para la construcción de cuarteles generales militares o embajadas norteamericanas en el extranjero. Es más, integran «piezas antiterroristas», a las que se accede a través paredes corredizas y de puertas secretas. Las asociaciones de ricos propietarios, cuando pagan por su seguridad, no sólo compran agentes de seguridad, sino una concepción entera de inteligencia y protección que incluye sistemas de alarma, patrullas, escoltas personales y «respuesta armada».

La burguesía, que hoy en día quiere conservar su libertad, se entierra en verdaderos silos anti misiles, supervisados por un ejército de esbirros armados hasta los dientes que protegen los jardines sembrados de carteles que anuncian: «Acérquese y tiramos» (armed response). Los barrios burgueses se encuentran rodeados de verdaderos cordones de seguridad, con especies de aduanas que prohíben el acceso a todo no residente (5). La desventaja para la burguesía se encuentra en que esas barreras indican el lugar en el que hay que edificar las barricadas cuando se asalte la propiedad. La policía y el ejército estadounidense lo comprendieron claramente cuando, apenas habían estallado los motines en Los Ángeles en 1992, concentraron el máximo de sus fuerzas para proteger dichos barrios.

Pero la ciudad de la libertad no se limita a los campos atrincherados de capitalistas, sino que todo la planta urbana está constituida por propiedades acuarteladas, barrios cercados y fortalezas.

Todo lo que podía subsistir como espacio de confluencia entre personas de barrios diferentes, todo lo que podía suscitar el encuentro, la discusión y/o el juego ha sido suprimido. Las calles no pertenecen más a los peatones, se han transformado, bajo la «audacia» de los urbanistas (6), en simples redes de evacuación de automovilistas vigilados, por todas partes, por cámaras de la policía. Los parques son eliminados, y en los que quedan se caza al proletario sin techo que se iba a refugiar. Las playas de Los Ángeles, célebres por las vueltas nocturnas que los numerosos muchachos hacían sobre su tabla hawaiana, se cierran hoy por la noche; la policía patrulla en vehículos 4 x 4 y helicópteros. Los mega complejos comerciales y las inmensas galerías mercantiles de alta gama, verdaderos sustitutos de la represión completa de toda sociabilidad, se han multiplicado. Ahí, en un ambiente repleto de luminosidad, se codean vendedores de tecnología de punta, con gentes llenas de cirugías estéticas que vienen a comprar sus adornitos de oro.

En los barrios proletarios, el estilo «prisión» se encuentra por todos lados. Claro que, la dificultad de distinguir el estilo arquitectónico de escuelas, hospitales y prisiones siempre ha existido: la originalidad de Haagen Development, una de las redes de centros comerciales más grandes de California del Sur, reside en el hecho de haber concebido, en Watts y otros barrios pesados de Los Ángeles, supermercados que retoman abiertamente el plan panóptico que Jeremy Bentham había propuesto para su prisión modelo del siglo xix. Como en una cárcel, el observatorio circular y central donde están instaladas las oficinas de vigilancia y un puesto policial controla todo lo que pasa en el local y a su alrededor: la apertura de las puertas a los proveedores, las cámaras de vídeo equipadas de detectores de movimientos, las poderosas iluminaciones persuasivas... Y para coronar todo y confirmar claramente el universo carcelario en el que se encuentra el comprador, el centro Martin Luther King, nombre del mercado de Watts, se encuentra rodeado de alambrados de hierro forjado de 2,40 m de alto, similares a las que protegen las grandes propiedades privadas en los barrios burgueses aunque, por supuesto, menos distinguidos.

Con esta lógica de libertad y seguridad ciertos barrios proletarios, en los que dominan las viviendas sociales han sido cercados con alambrados. Así, Imperial Courts, un barrio adyacente al centro comercial anteriormente citado, se encuentra totalmente cercado con alambrados y se ha instalado un puesto de policía que realiza permanentes controles de identidad obligatorios. Los milicos se encargan a menudo de recordar a aquellos que no son dueños de nada lo que para ellos implica ese paraíso de libertad: cualquier visitante que no vive en el sector es controlado y detenido para verificar su identidad; los que viven ahí si se quedan hasta más tarde de lo previsto son conducidos a prepo a su casa por la policía. «Éste es el precio de vuestra seguridad», les dicen.

En el siglo xix, la burguesía había adoptado las ideas más progresistas para mantener al proletariado bajo su control: las falanges de Owen, Fourier y Cabe, habían sido adaptadas a los paisajes industriales que concentraban las viviendas obreras en las proximidades de su lugar de trabajo, limitando, así, los peligros de vagabundeo y aventuras que pudiera comportar si las viviendas se encontraban demasiado alejadas de su lugar de trabajo. A principios del tercer milenio, la democrática policía estadounidense rodea, en nombre de la seguridad, a los barrios obreros de gigantescos alambrados, y para que cada uno tenga más libertad en su barrio detiene, cachea, controla y confina a los proletarios a sus distritos respectivos.

Como se puede observar, el conjunto del panorama urbano se presenta cada vez más como un gran puesto policial, como una inmensa cárcel. Todo esto en el sentido literal de la expresión, puesto que el aumento de la seguridad y la represión implican, al mismo tiempo, más espacio para, por una parte, administrar y formar a los policías y, por la otra, para encerrar a aquellos que, cada vez más numerosos, infringen las leyes. Esto se traduce, en especial, en la enorme bulimia de espacio que engulle la LAPD («policía de Los Ángeles»). Así, East Los Ángeles, que ya reagrupa en un rayo de cinco kilómetros seis prisiones federales, es decir, cerca de 25.000 prisioneros (la mayor concentración carcelaria de Estados Unidos), ha puesto en pie un verdadero proyecto de urbanización policial con el objetivo de responder a las necesidades crecientes en materia de prisiones. «... quieren hacer de nuestro barrio una colonia penitenciaria», denuncia un miembro de una asociación de lucha contra la construcción de nuevas prisiones.

Por otra parte, los servicios de represión vinculados a la inmigración se desarrollan también en la ciudad: confrontados, también ellos, a una superpoblación récord, requisan moteles y apartamentos administrados por empresas privadas para utilizarlas como prisiones auxiliares y encerrar a los que solicitan asilo y a los detenidos sin papeles.

Los apartamentos que sirven de cárceles se encuentran también en los barrios habitados; las torres repletas de presos colindan con los hoteles para turistas; los edificios anónimos de arquitectura futurista disimulan las prisiones para narcotraficantes. Hoy no se sabe si es la prisión la que está en la ciudad o si es la ciudad la que está en prisión. Desde el punto de vista arquitectónico, esto se traduce en la tentativa por diluir, cada vez más, el espacio carcelario en el espacio urbano. «Así, no sin ironía ­observa otra vez Mike Davis­, cuando los inmuebles y las casas se parecen cada vez más a las prisiones o a las fortalezas, la arquitectura de las prisiones tiende a adoptar una apariencia estética»(7).

Burgueses recluidos en refugios, barrios obreros encerrados detrás de alambrados, parques y playas prohibidas al público, supermercados «panópticos», paisajes carcelarios omnipresentes. «La libertad es la prisión», podría haber dicho Georges Orwell. Y todo esto bajo la mirada atenta de la LAPD que, mucho más progresista y futurista que lo que cualquier apologista del desarrollo continuo habría soñado, decora el panorama californiano con esas cámaras vídeo que se encuentran en cada cruce de calles, con sus patrullas motorizadas o aéreas, sus brigadas antiterroristas, sus sistemas de comunicación ultra sofisticados...

Los helicópteros de la LAPD aseguran, con una promedio de 19 horas de vigilancia por día (mucho más que el ejército británico en Belfast), el orden en los barrios llamados «ultra sensibles». La policía de Los Ángeles administra, igualmente, un enorme centro de informaciones y servicios secretos, cuyo mando se ha instalado en un verdadero búnker acondicionado en el sótano del ayuntamiento, y cuya infraestructura se esconde en una instalación subterránea. La etapa siguiente en la garantía de «libertad y seguridad» es la identificación electrónica generalizada de los bienes y las personas, una propuesta del ex jefe de policía de Los Ángeles, Ed Davis, hoy senador republicano en California (8). ¿Cuál es la divisa de la policía de Los Ángeles? To protect and serve (proteger y servir) ¡Quién pudiera dudarlo!

Pero, mucho más que el número de ordenadores, cámaras o helicópteros que disponen los milicos en las ciudades, lo que expresa, sin lugar a dudas, más la inhumanidad de estos sistemas de urbanización capitalista en plena descomposición es el ensañamiento con el que seres humanos, completamente devorados por la imbécil «libertad» de esta dinámica del dinero, que busca sin reposo hacer más dinero, piensan, razonan y crean, siempre en lógica del aumento de la ganancia, instrumentos para joder a la humanidad ­y particularmente a la humanidad no rentable, excedente­ para hacerle mal en el sentido propio del término, para degradarla.

¿Qué les puede quedar de orgullo a esos sujetos ­funcionarios, urbanistas, políticos, fabricantes...­ que se pasan el tiempo concibiendo los medios más siniestros para agredir a nuestra clase, para aterrorizarla hasta lo más profundo de su ser, que se ensañan particularmente contra aquellos que no tienen más nada, que los persiguen y los expulsan hasta de los parques públicos, los subterráneos y los metros?

«En la cruzada sin piedad que la ciudad lleva contra los pobres y los sintecho, los espacios y los equipamientos públicos están concebidos para hacerles la vida imposible [...]. Hubo varias tentativas de desplazar masivamente a indigentes: algunos fueron así deportados hacia especies de chacras en el límite del desierto, otros fueron confinados en campos de montaña. La operación más conocida fue la transformación de un viejo ferry del puerto en centro de reclusión. No obstante, estas «soluciones finales» fueron rechazadas por los políticos del lugar adonde los «sin nada» eran llevados, pues aquellos se mostraron poco favorables a acoger a esta población en sus circunscripciones. Retomando deliberadamente el lenguaje de la guerra fría, la ciudad ha desarrollado la idea de alojar a los sintecho en contenedores en el perímetro de Skid Row, sobre la parte este de la Quinta Avenida, transformando de hecho el barrio en un vasto depósito de mendicidad a cielo abierto. Los efectos perniciosos de esta estrategia se hicieron sentir rápidamente. La concentración bajo un espacio restringido de toda la desesperación y toda la pobreza, combinada con la ausencia de una política de vivienda social, ha convertido a Skid Row en el barrio probablemente más peligroso del mundo, en el que los «Degolladores», los «Buitres de la Noche» y otros depredadores hacen reinar el terror. A los comienzos del atardecer, los sintecho intentan escapar hacia el Nickle, para encontrar un rincón más seguro en otro barrio del centro. Para frenar estos desplazamientos, la ciudad aprieta un poco más el garrote, fortaleciendo la persecución policial y la instalación de equipos o dispositivos disuasivos.

Una de las cosas más alucinantes y que se ven más a menudo de estos equipos son los nuevos bancos de la red de transportes públicos, Rapid Transit District. Los mismos tienen forma de barrilete para que uno solo pueda sentarse poco y para que la espera sea lo suficientemente incómoda y que sea imposible de acostarse o relajarse. Estos bancos 'anti vagabundo' (9) fueron masivamente instalados alrededor de Skid Row. Otra gran bufonada de invención es la utilización ingeniosa del sistema de riego instalado en el Skid Row Park, en el cruce con la Quinta avenida y la Hell Street. Para impedir que los sin techo vengan a dormir en el parque, como si se quisiera reservar el mismo al tráfico de drogas y a la prostitución, el sistema de irrigación se pone en funcionamiento en forma irregular y nocturna para asegurarle una ducha a cualquier indeseable que se encuentre durmiendo. El sistema tuvo éxito y fue rápidamente adoptado por comerciantes para evitar la presencia de los sintecho en los alrededores de sus inmuebles. Vimos también la instalación de cercas especiales en los contenedores de basura de restaurantes y comercios. Aunque todavía nadie propuso en Los Ángeles, poner cianuro en las basuras, como sucedió en Phoenix hace algunos años, hemos podido ver un célebre restaurante de pescados invertir 12.000 dólares en lo se considera lo último de lo último en materia de lucha contra la fuga de los restos de las mesas hacia las bocas de los hambrientos. El dispositivo consiste en una vagoneta equipada con barrotes de un centímetro de grosor y cadenas de un acero especial con pinchos sádicos dirigidos hacia aquellos que pudieran estar tentados por el precioso montón de espinazos y cabezas de pescado en descomposición y de papas fritas rancias» (10).

La violencia burguesa ataca sin descanso, y por todos los medios, a todos aquellos que sólo son propietarios de su fuerza de trabajo. Este ensañamiento es tan despiadado como infinito, y no se detiene frente a la penuria y el desposeimiento total. Al contrario, hay que aterrorizar aún más a aquellos que no tienen más fuerza para trabajar para que sirva de ejemplo. Hay que perseguir al indigente, perseguir al sintecho y todos los que vagan sin esperanza de un lado para otro de la ciudad sin ninguna posibilidad de supervivencia. Y cuando esos proletarios utilizan la poca fuerza que les queda para desplomarse en un parque bajo un árbol, hay que acosarlos constantemente, inventar nuevos métodos de terror para despertarlos durante la noche, de improviso, mojarlos con agua fría y expulsarlos hacia... ninguna parte.

¡Golpear a un hombre que está tirado! Esa es la valentía que les queda a los explotadores, a todos esos burgueses hipócritas que han blindado sus deseos en cajas fuertes; a todos esos detestables politiqueros demócratas o republicanos que se refugian vergonzosamente bajo las enaguas de piedra de la estatua de la Libertad para perpetuar sus crímenes.

Restaurantes de lujo y estacas sádicas, indigencia y «soluciones finales»; en el país de la libertad todos los golpes bajos están permitidos. Libres de reventar de hambre, los sintecho de Los Ángeles disfrutan también de la libertad de hacinarse en un desierto, de ser desplazados hacia las montañas o confinados en un viejo ferry; y a los que la presencia de éstos inoportuna, se les da el derecho de molerlos a golpes. El refinamiento del estado en el ejercicio de la tortura ni siquiera tiene como límite lo ridículo: ¡Asientos para impedir que se sienten!

«Hombres libres» encerrados en sus barrios, enterrados en sus mansiones, atrincherados en inmensas mansiones cárceles con una apariencia cada vez más orwelliana. Prisioneros cada vez más numerosos, presos utilizados como esclavos. El ideal capitalista irradia la tierra entera de su verdadera divisa: «Explotar, vigilar y castigar».

Históricamente, el encarcelamiento y la represión del proletariado son, evidentemente, indisociables del capitalismo y por supuesto que no datan de hoy. Desde las Workhouses europeas del siglo diecinueve, hasta el gueto de Varsovia durante la llamada segunda guerra mundial; desde los barrios obreros ingleses de principios del siglo veinte a los actuales campos de la banda de Gaza; por todo el mundo y durante todas las épocas, el estado burgués defendió el progreso y el desarrollo capitalista, concentrando, con más o menos autoridad, franjas enteras de proletarios detrás de alambrados, campos de concentración, hospitales, viviendas de protección social...

La caza despiadada de proletarios desprovistos de todo recurso no tiene tampoco nada de nuevo. En Londres, a principios del siglo xx, ya había 35.000 sintecho, como se les llama hoy. Ya entonces la administración británica les impedía dormir de noche en la vía pública.

Finalmente, entre el pasaje del libro de Mike Davis que hemos citado, donde describe la suerte de los «desclasados» en Los Ángeles en 1996, y los relatos de Jack London en El pueblo de abajo (11) que hablan de los barrios miserables de Londres en 1902, no existe gran diferencia. Quizás algo más de refinamiento en la persecución moderna como esos sistemas de riego nocturno que funcionan en complemento de los aporreamientos. Quizás un poco más de cinismo por parte de los burgueses actuales: «En las sociedades civilizadas, las calles no se hacen para dormir. Hay dormitorios para eso», declaró el alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, en noviembre 1999.

Nada nuevo bajo el cielo polvoriento del capitalismo, sino una confirmación suplementaria en Norteamérica, de la relación existente entre el espectáculo capitalista ­hecho de triunfo, tecnología y moda­ y su pueril trivialidad ­hecha de miseria, represión y encarcelamiento­. Cuanto más desarrolla el capitalismo la libertad de emprender y explotar, más desarrolla en el otro polo el encarcelamiento y la represión (12).

En Estados Unidos, como en todas partes, el capitalismo se refuerza controlando y encarcelando masivamente, y la «mayor democracia del mundo», como ella adora que se le llame, se parece cada vez más a una enorme cárcel.

Pero, sin que se de cuenta ella contiene también una tempestad social, una tormenta que sólo pide reventar. No se puede mantener eternamente un sistema solo con represión y cárcel para un número siempre creciente de seres humanos. ¡Cada día, mil proletarios estadounidenses entran en la cárcel y salen quinientos!

El director de un instituto que trata los problemas de la justicia en Washington, Jason Ziederberg, se preguntaba: «¿Qué pasará cuando de aquí a cinco o diez años salgan de prisión un millón de jóvenes detenidos que la cárcel habrá ciertamente endurecido y amargado?».

Y ¿qué pasará cuando los proletarios «de afuera», despedidos por miles de las empresas que no los necesitan más, amontonados cada vez más numerosamente en guetos, controlados, inspeccionados, y golpeados, busquen organizar su propia respuesta de clase?

¿Qué pasará cuando el proletariado se canse de escuchar a los políticos llamar «libertad» a la cárcel en la que viven, y decida volver a tomar su futuro en mano y superar las cuestiones de clanes, etnias, naciones, para ofrecer una respuesta generaliza al estado burgués?

El capital es incapaz de concebir que la subversión de su orden se pueda producir fuera de los cerebros atiborrados de intenciones revolucionarias; incapaz de comprender que ésta surge directamente de la propia existencia del capital, de su propia materia en descomposición. La burguesía no puede captar que minorías, luego grupos y masas de proletarios se asocien espontáneamente para atacar la propiedad privada, para crear su propia fiesta en las calles, sus propios juegos (13) y lanzar las bases de la derrota del Viejo Mundo, organizándose en consecuencia. La burguesía se ha despertado más de una vez con resaca frente a la incapacidad de comprender el vínculo que existe entre las torturas crecientes que el estado inflige a los explotados, y el odio de la sociedad de clases que determina al proletariado a salir repentinamente a pelear a la calle.

En Los Ángeles, o en cualquier otra parte del mundo, un día u otro se producirá lo que se produjo en Watts, en 1965, o en Southcentral, en 1992, con la diferencia de que cada sublevación engendra su cortejo de lecciones suplementarias, y que, asociado a la descomposición cada vez más profunda del mundo capitalista, nos acerca cada vez más al momento en el que el proletariado de Los Ángeles, de Estados Unidos y todo el mundo junte su rabia con el conjunto de lecciones históricas de su clase, se organice en partido y asuma sus objetivos internacionalistas. Y de esa resaca la burguesía y todo su sistema de muerte corren el riesgo de no despertarse.

* * *

Notas :

1. Según las estadísticas oficiales, en la actualidad hay ocho millones de seres humanos encarcelados en el mundo entero, cifra que todo el mundo sabe se encuentra por debajo de la verdad, no solamente porque los estados sustraen voluntariamente a millones de prisioneros de toda información pública (sobre todo los prisioneros políticos), sino también porque manipulan las cifras y los criterios; así, por ejemplo, los miles de solicitantes de asilo, encarcelados como verdaderos detenidos, no están incluidos en estas cifras. Tampoco están incluidos en las mismas tantos otros proletarios como los recluidos en campos de refugiados, los encerrados en hospiales psiquiátricos,...

2. En Estados Unidos, la esclavitud no ha sido realmente abolida, en el sentido preciso del término. En efecto, como dice Paul Wright, en su artículo sobre el trabajo en las prisiones norteamericanas (Le Goulag américain, travail forcé aux Etats-Unis, Editions L'Esprit Frappeur), la decimotercera enmienda («Sobre el territorio de Estados Unidos no existirá [...] esclavitud, ni servidumbre voluntaria, excepto para castigar un crimen del cual un individuo haya sido debidamente reconocido como culpable») ha permitido que muchos esclavos negros que habían sido «liberados» al fin de la guerra de Secesión, por el hecho de ser «debidamente reconocidos como culpables» de crímenes, fueran encerrados en las prisiones del estado en las que en los hechos volvieron a su situación anterior: trabajar sin paga alguna. «La única diferencia desde esa época ­agrega Wright­ es que el estado es mucho menos transparente con relación a las prácticas esclavistas. »

3. Este extracto, como las informaciones a propósito del trabajo en las cárceles, las sacamos de Prison Legal News, un mensual consagrado a todos los aspectos de la vida carcelaria en Estados Unidos. Como selección de textos utilizamos The Celling of America, an inside look at the US prison industry» y su traducción fracesa: Le Goulag américain, travail forcé aux Etats-Unis (El Gulag americano, el trabajo forzado en los Estados Unidos), ediciones de L'Esprit Frappeur.

4. La mayoría de las informaciones que damos aquí con respecto a Los Ángeles vienen del libro City of Quartz (Los Ángeles, capital del futuro), de Mike Davis, Ediciones La découverte (1997) y particularmente del capítulo cuarto, Los Ángeles fortaleza. El autor da gran número de datos que permiten delimitar la realidad de las clases sociales y el capitalismo en Estados Unidos, pero recae en el más puro reformismo cuando se trata de plantear una acción concreta. Ello evidencia los límites de la comprensión que se encuentra en dicha descripción de la realidad social. Mike Davis lleva adelante una campaña por una propuesta de ley que preconiza la organización de una fuerza de paz urbana destinada a ayudar y supervisar un proceso de tregua entre las bandas en Los Ángeles: es decir quiere más milicos. Esto muestra, una vez más, que el reformismo conduce, incluso cuando se pretende original, a la reivindicación de nuevas fuerzas represivas.

5. Esta realidad no es patrimonio exclusivo de la ciudad de Los Ángeles, los burgueses construyen, desde Francia a Brasil, pasando por Rusia, la India y en todo el mundo, enclaves impenetrables, barrios enteros residenciales protegidos por fuerzas paramilitares, esperando utópicamente, encontrar una seguridad definitiva. Aún más globalmente, cada ciudad designa los barrios para los habitantes con más medios económicos. Así, por ejemplo, últimamente un diario italiano da la lista de los barrios pacificados en las grandes ciudades italianas: l'Olgialta en Roma, Posillipo en Nápoles, la Collina en Turín, Milano 3...

6. Los habitantes de Bruselas, en el corazón de Europa, conocen bien las «audacias» de los arquitectos. En la capital europea, «arquitectura» es, desde hace decenas de años, un insulto comúnmente utilizado como sinónimo de «imbécil» o «incapaz». Esta asociación entre arquitecto e imbécil data de la construcción del Palacio de Justicia, un imponente y monstruoso edificio de piedra construido en altura sobre los barrios obreros de la época, en el mismo lugar en el que antes se erigía el patíbulo. La profesión ha confirmado recientemente que merece esta expresión peyorativa: los arquitectos destruyen barrios enteros de la ciudad para instalar enormes torres que serán utilizadas como escritorios por la burocracia de todos los organismos de centralización de Europa y las sedes de las grandes empresas. Hoy «Bruselizar» significa vaciarla de sus habitantes y remplazar las casas por rascacielos. Una ciudad «bruselizada» es una ciudad sin alma, deshumanizada, donde todo corredor lleva a otro buró.

7. City of Quartz, p. 231.

8. En su libro escrito en 1996, el autor de City of Quartz hallaba alucinante la propuesta de este senador de «instalar un satélite geoestacionario para luchar contra los robos de automóviles en la región». Este sistema existe de hecho desde hace muchos años en diferentes países europeos, no solo para localizar autos robados, sino también para permitir a las empresas de transporte, por ejemplo, vigilar la velocidad, el desplazamiento y las interrupciones que efectúan los chóferes de los camiones. Lo que hace cuatro años parecía del dominio de la ficción, hoy es una terrible banalidad.

9. Habría que conservar en un museo estas «perlas» que son los valores de uso producidos por el capitalismo. ¿Podría otra civilización imaginarse la confección de un objeto tan retorcido y perverso como lo es esa «cosa», elaborada para sentarse asegurando al mismo tiempo a su utilizador una incomodidad..., para que verdaderamente no se siente? ¿Podría entenderse la existencia de cosas parecidas en otra sociedad diferente que la capitalista y la democrática? En el mismo orden de ideas hay que observar que los grandes centros comerciales son universalmente concebidos de manera que donde exista un lugar de descanso (bares, McDonalds, cafeterías...) éstos son lo suficientemente inconfortables para sólo permitirnos sentarnos el tiempo que requiere el consumo.

10. City of Quartz, p. 213.

11. El pueblo de abajo, de Jack London, Ed. Phebus, 1999.

12. Los medios de comunicación y en general todo el sistema de desinformación buscan siempre hacernos creer lo contrario, es decir, que solamente los polos «positivos» son el resultado del sistema capitalista, mientras que todo lo que es «negativo» sería producido por la falta de desarrollo capitalista, por la ausencia de progreso.

13. «Es como un juego de televisión en el que todo el mundo gana», afirma una joven saqueadora que participó en los motines de 1992 en Los Ángeles (City of Quartz, p. VI, nota 14).

* * *

---------------------------------

La "libertad política", un mampara para esconder la explotación

Periodistas, sociólogos, historiadores, filósofos..., todos ideólogos del capital adoran jugar con matices y practicar el eufemismo cuando hablan de la explotación. Pero antes que nada, hay que decir que hacen todo lo posible por no utilizar nunca el termino «explotar», por considerarlo demasiado brutal, sinónimo de aprovecharse, de abusar, expoliar, arruinar; prefieren disimular el contenido real de la relación social capitalista detrás de toda una serie de anuncios llamativos que publicitan «la libertad política» y el «sistema democrático». Y si por azar (tradúzcase por interés), los políticos o artistas hacen reproches al sistema, siempre hablan de «exceso de liberalismo» o de «problemas de empleo», evitando sistemáticamente generalizar esos aspectos parciales bajo un vocablo tan agudo como el de «explotación». A lo máximo que llegan es a incriminar la sobreexplotación, es decir, una explotación excesiva, confirmando así paradójicamente a través de esta denuncia del «abuso» (1), que la explotación forma parte de una realidad aceptable y natural.

La ideología burguesa evita, cuando elogia hasta provocar nauseas las «libertades políticas», definir precisamente la relación social que existe entre el explotador y el explotado. Un acto tan frecuente, como el de proporcionar cada mes unas 160 horas de su vida a otros para que extraigan de ello beneficio, recibiendo a cambio una pequeña parte del valor creado, bajo la forma de salario, que simplemente asegura los gastos de manutención de la fuerza de trabajo, no es identificado como explotación del hombre por el hombre, sino como una banal y extremadamente natural relación de empleado a empleador. Así definida, la relación de explotación es brutalmente transfigurada en un libre contrato; en el cual confluyen voluntades diametralmente opuestas de dos partes ­extorcar plusvalía para el explotador, supervivir para el explotado­ y la posición social antagónica es ahogada, nivelada, reducida a la igualdad jurídico política del mundo de compradores y vendedores de mercancías. En esta relación, cada uno debe aceptar humildemente su condición y se le solicita, si no está satisfecho, de votar a otro candidato en las próximas elecciones. Como el explotador tiene globalmente más buenas razones para aceptar humildemente su condición, es sobre todo al explotado al que se incita a servirse de esas libertades políticas y a ir a las urnas a elegir un nuevo representante político, es decir, alguien cuya función esencial consiste precisamente en garantizar la perpetuidad de la igualdad en derecho de explotador y explotado..., perdón, del comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo. El estado llama a eso, de una manera más lacónica, democracia.

La ventaja de la que dispondría el proletario armado de «libertades políticas», entre las cuales se encuentra la de elegir a su opresor, constituiría así la esencia de su libertad. El capital machaca, con todo el poder de sus medios de comunicación, este discurso sobre las «libertades políticas» hasta el cansancio para desviar de la forma más eficaz posible la atención de sus víctimas, para impedirles considerar real lo que resulta evidente, es decir, el carácter totalmente ajeno a toda humanidad del hecho de ser explotado, la violencia aterrorizante de esta relación de explotación. Se destierra del vocabulario los términos «explotado» o/y «proletario» y se insiste sobre la libertad política acordada a aquel que es forzado a venderse para vivir, para que escape a su ojos la realidad económica de la que es prisionero. La perversidad del sistema democrático sólo tiene parangón en el cinismo de pretender que es libre de expresión un hombre que vive amordazado por el terror de no encontrar un medio que le permita alimentar a sus hijos ¡Es como si acordásemos al paralítico la libertad de caminar..., o que lo persuadiésemos de que el derecho de escoger muletas equivale a recobrar sus piernas! La ideología dominante ha naturalizado, a fuerza de insistir sobre la posibilidad «política» que tiene el explotado de defenderse como mercancía fuerza de trabajo, la relación entre explotador y explotado hasta convertirla en una relación tan inocente como aquella que puede tener una madre con su hijo. Así, el gran campo concentración para trabajos forzados, que constituye este mundo adonde la mayoría de las personas ­proletarios­ fueron separadas de sus medios de vida y obligadas a trabajar para vivir, ha sido transformado en el imaginario colectivo en un ineludible y legítimo prerrequisito de existencia, en una situación que, a través de una hábil distorsión de significados, responde, universalmente, desde entonces al dulce nombre de libertad.

1. Evidentemente es totalmente absurdo hablar de «sobreexplotación». Vulgarmente, este término engloba la idea según la cual en ciertos casos el capitalista «exagera» y paga un salario muy bajo. En realidad, el capital busca permanentemente la reducción de la parte del tiempo de trabajo que el proletariado consagra a la reproducción de su fuerza de trabajo, lo que se materializa en la tendencia permanente a la reducción de los salarios. El verdadero sujeto no es la sobreexplotación, sino simplemente la explotación. No reprochamos a la burguesía el hacer trabajar al proletariado mucho tiempo por poco dinero, sino que combatimos el principio en sí de la explotación (es decir, que al proletario se le extorque la diferencia entre lo que produce y los gastos que ocasionan la reconstitución de su fuerza de trabajo), en el interior de una lucha global contra la esclavitud asalariada y por la abolición práctica de una sociedad en la que una clase social explota a la otra.

-------------------------

1

CO47.2 Estados Unidos: Prisiones y libertades en "el mejor de los mundos"