La puesta en cuestión del uso de ciertos productos contaminantes en la industria alimentaria, bélica o la que sea perjudica a los burgueses que no se reciclan hacia los productos bio, pero beneficia a aquellos que ven en los bioproductos su supervivencia e incluso su esplendor. En la guerra, como también en la alimentación, una fracción de la burguesía defiende las armas bio, ante la alegría de los humanistas y de algunos ecologistas que abogan por la eco-guerra.

Como la polarización burguesa entre «trabajo decente» y «trabajo inhumano», la que existe entre guerra «limpia» y guerra «sucia» puede reservar muchas sorpresas, sobre todo cuando los estados mayores militares no tienen reparos en tomar posición dentro de dicha polarización. Así, frente a los tratados de prohibición de minas antipersonales, el ejército francés reclama el desarrollo y la adquisición masiva de «armas no letales» (ANL), que tienen por objetivo neutralizar al adversario (incluso violentamente) sin matarlo y sin destruir el equipo y el material. De más está decir que se trata de un complemento de las armas letales que siempre se usaron, pero ahora se trata de desarrollar una nueva gama con el objetivo de responder a las necesidades de ciertas misiones de mantenimiento del orden, de represión, paralelas a las viejas armas y municiones. Las situaciones evocadas por los estados mayores para la aplicación de este tipo de armamento abarcan también la extensión de los «desórdenes civiles» (lo que quiere decir de carácter insurreccional), cuando la «masa» (el proletariado) ataca los intereses vitales y los puntos estratégicos (para el orden burgués): energía, producción, stocks, abastecimientos, transportes, comunicaciones, gobierno, fuerzas del orden y militares (1).

Desde la guerra del Golfo (1991) y en particular durante la intervención de la OTAN en Yugoslavia, las municiones reforzadas sobre la base del uranio empobrecido han hecho su aparición masiva. Dicho metal barato, desperdicio de la industria nuclear, tiene la capacidad de atravesar el blindaje de los tanques. Además es radiactivo, lo que produce algunos «efectos colaterales»: contaminación de los obreros que lo manipulan, así como del vecindario de las industrias que lo fabrican; riesgo para los artilleros que manipulan las municiones, y, sobre todo, contaminación radiactiva de larga duración, como consecuencia de la explosión. Si a eso le agregamos el deterioro notorio del patrimonio genético de la especie, no cabe duda de que el uranio empobrecido ofrece a las futuras generaciones un buen abanico de deformaciones (2).

La fabricación y la utilización de armas basadas en el uranio empobrecido responden evidentemente a ciertas necesidades del capital, como destrucción de material blindado considerado resistente y duradero, competencia feroz en el mercado de armamento, experiencia en vivo de los efectos de la contaminación... Claro que las necesidades inmediatas del capital se revelan muchas veces como contradictorias con las más globales: la contaminación de una zona puede desvalorizarla a largo plazo; el arma que debilita a un «enemigo» un día puede trabar la reactivación de los negocios al día siguiente...

La denuncia del uso de tal o cual arma no contiene en absoluto una crítica a la guerra burguesa; por el contrario, en muchos casos, trata de socorrerla, recomendando la reorganización humanitaria de la destrucción imperialista y la humanización de la violencia de estado. ¿La «guerra limpia» es descalificada por las «armas sucias»? «¡Vivan las armas limpias!», responden a coro los humanistas. ¿En lugar de reventar en el «campo del honor», los proletarios revientan por casualidad gracias a las minas antipersonales? «¡Abajo el ejército de los cobardes!», gritan enfadados los guardias de la moralidad belicista. «¡Viva la guerra convencional, ecológicamente correcta e higiénica!», nos están diciendo.

Cuando el proletario comienza a inquietarse por la creciente toxicidad de su medio ambiente gracias a los auspicios del progreso capitalista, diversos especialistas burgueses (expertos científicos, sindicalistas que trafican con nuestra explotación ¡hasta en el ejército!, activistas negociadores, ecologistas...) nos prometen un capitalismo que no abolirá toda posibilidad de supervivencia a cambio de la paz social; mientras gobiernos, científicos y estados mayores siguen reclutando proletarios para sus laboratorios de destrucción que son los campos de batalla (3). Todos ordenan a coro: «Volved a la faena, nosotros nos ocuparemos de las estadísticas». Incluso pueden exhibir a algunos proletarios irradiados, siempre y cuando éstos se mantengan dignos y fotogénicos (o telegénicos) y se lamenten de la mala e inmerecida suerte que tuvieron, después de haber ido, tan valientemente, a masacrar a otros proletarios bajo su bandera nacional.

Sin embargo ya hace demasiado tiempo que todos los límites han sido superados: el trabajo revienta mientras que la guerra destripa, y tanto uno como otra siempre están contra nosotros (4). El mismo cinismo, los mismos cálculos fríos y los mismos intereses supremos de la valorización del capital que se imponen a los técnicos de armamento determinan también nuestras condiciones de vida.

Morir fulminado o a fuego lento, ésa es la «opción» que le dan al proletariado. Desde el sector agroalimentario hasta el militar o el industrial, todo es cuestión de dosis. Durante una llamada «jornada» de trabajo denominado «normal» se soporta la dosis reglamentaria de CO² en los embotellamientos, de amianto, de disolventes y de otras porquerías; la dosis tolerable de estrés y de garrotazos; la suficiente dosis regular de alcohol, de tabaco, de droga; la dosis asimilable de dioxinas, de pesticidas, de hormonas y de antibióticos en el plato del día razonablemente transgénico; de metales pesados y de fosfatos en el agua; de rayos ultravioletas debidos al agujero en la capa de ozono, que a veces esconde providencialmente alguna nube radiactiva casi inofensiva; la dosis admisible de rayos emitida por las televisiones, los monitores, los hornos de microondas, los teléfonos móviles...; y la dosis prescrita de quimioterapia, para, al final de la carrera, dejar nuestro cuerpo a la ciencia. Sin olvidar, claro está, la tasa aceptable de sobredosis (5).

Lo que anuncian y prevén de forma más o menos encubierta estos escenarios es la respuesta de clase al capitalismo suciamente limpio o limpiamente sucio; es el proletariado el que no acepta cavar su tumba en el trabajo cotidiano ni en las trincheras; el que se opone a ir al frente, a sacrificarse por el progreso o el esfuerzo de guerra; y el que da vuelta sus armas contra «su» propia burguesía. No soportando más nada y afirmando directamente sus necesidades contra este viejo mundo tóxico, el proletariado se encuentra forzado a enfrentarse y a barrer todas las fuerzas de encuadramiento que hemos enumerado antes, en la medida en que las contradicciones se expresan de forma más abierta.

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Uranio empobrecido

Cuando este número estaba por cerrarse y dado el número de muertos inexplicados entre algunos militares en Kosovo (sólo en Italia se habla de «30 casos de leucemia u otras formas de tumores encontrados en nuestros militares luego de la misión de paz en el Golfo», Corriere della Sera), la OTAN reconoce públicamente su uso sistemático y afirma que los mandos militares europeos «estaban perfectamente al tanto de que se empleaba uranio empobrecido»; aunque, por supuesto, sostiene que «los diferentes problemas de salud constatados no pueden ser asociados al uso del uranio empobrecido». En el mismo momento, diferentes informes anuncian que dichas municiones radiactivas amenazan toda la cadena alimentaria en Kosovo, donde se reconoce oficialmente que «fueron tirados unos 31.000 proyectiles de este tipo [más de 9 toneladas]» sólo en el territorio de Kosovo, al tiempo que se reconoce que la cantidad lanzada en Serbia es mucho mayor. Algunos informes de especialistas señalan los siguientes efectos sobre el cuerpo humano: daños en la glándula tiroide, en los huesos y en el sistema inmunológico, caída del cabello, cataratas, destrucción del tejido cerebral con alteraciones del comportamiento, leucemia, cáncer de pulmón y riñón, disfunciones genéticas y destrucción de las paredes intestinales. Además, en enero de 2001, una cadena alemana «destapa» el uso de plutonio y uranio-326, elementos presentes en el armamento nuclear y altamente radiactivos y tóxicos.

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Notas :

1. En los años noventa, varios estados mayores (en especial los de Bélgica, Suiza...) organizaron maniobras según escenarios insurreccionales bastante reveladores de sus preocupaciones, aunque sutilmente vestidos de colores exóticos: «Comunidades de inmigrados que se oponen a los intereses occidentales, europeos, nacionales».

2. En lo que respecta a la hipótesis de que el uranio empobrecido sea la causa de lo que se llama «el síndrome de la guerra del Golfo», se debe subrayar que dicha hipótesis compite con otras como la de los tratamientos preventivos administrados a los soldados antes de partir: el cóctel de vacunas recibidas y un antídoto contra un gas químico.

3. Ni siquiera es raro que se den la mano; así, la sección del sindicato de las fuerzas armadas belgas, el socialista CGSP, anuncia triunfalmente el resultado de sus reivindicaciones frente a los peligros del uranio empobrecido: los militares belgas, que se pretendía estaban totalmente equipados para la guerra nuclear, bacteriológica y química, enviados a Kosovo iban a tener el derecho, al fin, a un test de orina antes y después de la misión. Gracias a dicha victoria sindical, los soldados que ya se encontraban en el terreno también tendrían derecho al test de orina a la vuelta. ¡Y si no estaba demasiado contaminada hasta podían tomársela a la salud del capital!

4. A título puramente indicativo, señalemos, entre las estadísticas burguesas, un estudio efectuado por el «venerable» BIT (Buró Internacional del Trabajo), departamento de las Naciones Unidas: de 250 millones de accidentes de trabajo en el mundo, un millón son mortales, lo que hace que, en el abanico de categorías sociológicas separadas, las «muertes en el trabajo» se contemplan como la primera causa de mortandad, por delante de los «accidentes de circulación» (990.000), de los «conflictos armados» (502.000), de la «violencia» (563.000) y del «Sida» (312.000) [¡¡¡Sic!!!].

5. Un inmundo periódico de una mutua médica titulaba recientemente un artículo que explicaba el desarrollo del cáncer como El precio del bienestar. Admirable cinismo de la sociedad actual y de sus escribas.

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CO46.4.1 Subrayamos: ¡La eco-guerra ya se encuentra en el mercado!