Durante el verano de 1999 la corteza terrestre cruje una vez más en los Balcanes; en Turquía, los terremotos ocasionan la muerte de 50.000 proletarios. ¿Fatalidad? NO, la responsabilidad de este drama, como siempre, no la tiene la vieja y sana tierra que nos sustenta sino que le corresponde exclusivamente a la organización social asesina que rige y organiza a los hombres en su superficie: el capitalismo.

Todo, o casi todo, ya ha sido dicho a propósito de este sujeto. Desde Errico Malatesta, joven médico, que a fines del siglo pasado, en el Sur de Italia, partía en guerra contra la epidemia que diezmaba a la población declarando que la misma tenía origen social y no bacterial..., pasando por Amadeo Bordiga que, en una serie de artículos, aparecidos en los años 50, denunciaba las inundaciones en la cuenta del Po como catástrofes sociales y no como catástrofes naturales (1).

Podríamos agregar, a la ya larga lista de crímenes cotidianos que produce diariamente el orden capitalista mundial, otros horrores, como la reaparición de la tuberculosis (2), vieja compañera de la miseria. Y es de eso mismo de lo que se trata: de la generalización de la miseria que, por eufemismo, los ideólogos del mundo actual prefieren ocultar bajo su nuevo lenguaje en la expresión nueva pobreza (¡cómo si la misma fuese nueva, hubiese desaparecido o cambiado!) (3). Digan lo que digan la ciencia y sus matasanos vestidos de blanco, la enfermedad es un producto social, como lo son las inundaciones en el Sur de Francia, India, etc., los aluviones de lodo en Venezuela, o las bombas asesinas que se tiraron y se están tirando, quizás hoy mismo, en Irak, en Serbia, en Chechenia...

El desarrollo/agudización de las contradicciones internas que minan al capitalismo hicieron que el siglo XX se terminase como había comenzado, es decir en una orgía de sangre, de catástrofes, de guerras y de enfermedades. Hoy en día también podemos morir de suicidio, de error medical, de terremotos, de accidentes de trabajo, de guerra, de asesinato, o más simplemente por la cotidianidad del capital: por respirar el aire lleno de polución capitalista o por comer comida contaminada por la tasa de beneficio. Nunca la civilización fue tan asesina.

Pero tampoco nunca la sociedad de clases justificó más enérgicamente su existencia proclamándose el mejor de los mundos, la felicidad universal, el bienestar generalizado, etc.

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Los terremotos en Turquía, durante el verano 1999, ilustran, de manera evidente, todas estas críticas. El lema que resume invariantemente la catástrofe permanente en la que sobrevive la humanidad es el beneficio. Veamos, pues, como la carrera hacia el lucro dirigió y condujo, en pocos segundos, a más de 50.000 seres humanos a una muerte segura (4).

Desde hace siglos esta región fue reconocida por ser particularmente activa. El capitalismo, que sabe perfectamente que esta región es peligrosa y no apta para hacer construcciones, ha mostrado otra vez más su cinismo y su monstruosidad. Mientras que la gigantesca basílica de Santa Sofía, construida en Estambul hace más de 500 años, y los inmuebles edificados hace más de 10 años soportaron el golpe sísmico, los edificios más recientes (provistos de "toda la comodidad moderna", según los elogios de los promotores inmobiliarios) se desplomaron como castillos de cartas. ¿Mala suerte? ¿Casualidad? o como lo evoca seriamente el presidente de la república turca, Suleyman Demire, ¿"voluntad de Dios"? O incluso como los islámicos del partido REFA afirman: ¿"venganza de Dios contra la decadencia de la moralidad" que caracteriza esta región?

Dejemos todas estas imbecilidades a los caníbales de este sistema antropófago y a sus corderos seguidistas, para remontarnos a fines de los años 70 y encontrar una explicación racional a este nueva montaña de cadáveres. Durante estos años, Estambul, verdadero pulmón económico de la casa comercial "Turquía" concentraba ya alrededor de dos millones de habitantes. A fines de los 80, el supermercado URSS explota/implosiona dejando su lugar a toda una serie de nuevos negocios menores en la región del Cáucaso y del Mar Caspio: Georgia, Azerbaiyán, Armenia, Chechenia... Nuevos espacios de valorización son así dinamizados. Unión sagrada, guerra contra los vecinos, programas de austeridad, se suceden en esa región transformando todo, agravando (desde nuestro punto de vista) o mejorando (desde el punto de vista de los explotadores) las condiciones de extracción de la plusvalía, aumentando, finalmente, el sobretrabajo arrancado a proletarios cada vez más aterrorizados y sometidos a las necesidades del capital.

Turquía no escapa a este movimiento: lugar estratégico, pues es el pasaje obligado entre Europa y Asia, el estrecho por el que tiene que circular el transporte de mercancías, en especial el petróleo del Cáucaso. En una década, el capital implanta centenas de grandes industrias en la región, lo que exigía una selva amazónica de brazos, piernas y cabezas que Estambul no poseía. Otra "nueva "casualidad" o "voluntad de Dios"se produce cuando a principios de los 80, bajo el fondo de golpe de Estado militar y de represión anti-obrera, se generaliza la terrible guerra, que arrasa las provincias anatolianas del sureste, entre el gobierno turco y los nacionalistas kurdos del PKK (Partido Comunista Kurdo). Un gran número de proletarios de esta región, que rechazan esta interminable carnicería y esperan encontrar un lugar mejor para vivir, se dirigen hacia Estambul. Actualmente esta ciudad concentra oficialmente más de diez millones de habitantes. En muy poco tiempo el capital logra así desplazar mano de obra barata hacia las puertas de la Unión Europea, del Medio Oriente y del Cáucaso. A este movimiento migratorio se suma, además, un nuevo y gigantesco éxodo rural proveniente de todas las regiones del país, que hace pasar la población de los alrededores de esta metrópolis a más de 25.000.000 habitantes.

Los promotores inmobiliarios, buitres más voraces los unos que los otros, se lanzan sobre este prometedor mercado: la construcción rápida de numerosas ciudadesdormitorios para encerrar ese gigantesco flujo de esclavos asalariados. Los fúnebres edificios se reproducen como hongos en las ciudades que se encuentran alrededor de la región peligrosa de los estrechos. Los beneficios se maximalizan: se economiza en material (poco cemento, mucho arena), se compra terrenos no aptos para construir para que sean más baratos sabiendo que de todas formas los permisos de construir son proporcionales a las coimas recibidas, los planos arquitecturales se hacen solo para llenar el ojo, y a veces ni existen, las normas antisísmicas son sistemáticamente rebajadas por los arquitectos y otras autoridades competentes, se contrata mano de obra no calificada, es decir mucho más barata, el ritmo de trabajo es infernal, el descuido y la negligencia son la regla... Estos son los elementos constitutivos del cóctel mortal con el que estos rapaces sedientos de beneficio provocan la muerte de miles de seres humanos. Los partidos gubernamentales en estrecha colaboración con los bancos también se apoderan de una gran parte de la torta, obligando a los proletarios a comprar sus habitaciones a través de prestamos tentadores. Un gran número de obreros, que trabajan como bestias en Alemania, Holanda, Bélgica..., ven esta posibilidad como el coronamiento de toda una vida de sacrificio. Así, paradojalmente, estos obreros financian su propia muerte y la de su familia.

En 45 segundos la hecatombe resulta imponente. Habitaciones de 7 a 8 pisos quedan reducidas a una montaña de escombros inferior a los 3 metros de altura, las placas de cemento se apilan como milhojas sin dejar un solo espacio de vida entre ellas. Desesperada la gente salta de sus balcones para escapar a la muerte... que les espera en el pavimento. Los heridos agonizan sin ninguna asistencia que los ayude a salir de ese montón de ruinas. La refinería de Izmit escupe llamas e inunda sus alrededores con una nube tóxica. Como los auxilios continúan brillando por su ausencia y no se dispone de ninguna maquinaria adecuada, la población lucha, en la mayoría de los casos infructuosamente, por extraer a los sobrevivientes con sus propias manos. El Ejército turco, que desde hace más de 75 años, es presentado como el garante del Estado providencial y laico, permanece confinado en sus cuarteles y solo interviene dos días más tarde. Se encontraba ocupado en enterrar a los pocos militares víctimas del sismo. Observemos, al pasar, que los edificios militares resistieron mucho mejor que las habitaciones obreras. La base de la NASA, instalada en esa región, ni siquiera se movió.

Durante la primera larga semana no se emprende ninguna acción seria para socorrer a las víctimas. Las ambulancias conducen a los rescatados hacia los estadios pues los hospitales también se han desplomado. La burguesía administra esta situación con un desprecio ilimitado para/con el proletariado. Los sobrevivientes tienen que andar varios kilómetros a pie para buscar agua... que se encuentra del otro lado de la base de la NASA. El ejército en vez de socorrer a los damnificados, cava osarios con sus bulldozeres para enterrar, por paquetes de treinta, los cadáveres retirados de los escombros. Los cuerpos son apilados en los frigoríficos de los mataderos de la ciudad de Izmit, en esperaba de su entierro. El cinismo llega a su cumbre cuando en medio de toneladas de carne suspendidas se invita a las familias para que identifiquen a sus muertos. ¡Ayer carne de beneficio, hoy bestia de carnicería!. He ahí el destino poco envidiable del obrero en Turquía.

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Cincuenta mil muertos, condiciones de rescate vergonzosas, desprecio evidente de los gobernantes... y poca, muy poca reacción proletaria. Apenas serán perseguidos unos pocos promotores inmobiliarios que la burguesía utiliza como chivos expiatorios. La rabia proletaria no se expresa verdaderamente. En todo caso nada importante que pueda hacer recordar la ola de luchas de la década del 70 cuando se sucedieron huelgas, manifestaciones, sabotajes, ocupaciones, acciones directas de todo tipo...

La falta de reacción de nuestra clase en Turquía da espacio a un espectáculo de críticas y oposiciones de una fracción burguesa con respecto al gobierno, al ejército y a la mafia. Los ideólogos de izquierda denuncian el escándalo y al mismo tiempo lo recuperan. La función histórica de la oposición siempre es la misma: canalizar nuestra rabia y disolverla en la reforma del capital. Denuncia de la fracción rival como bárbara con el objetivo de organizar el encuadramiento del proletariado y desposeerlo de su capacidad de actuar. Se presenta como la verdadera y única defensora del obrero, para transformarlo en un ciudadano disciplinado y aterrorizado entre las manos sanguinarias del Estado. El capital se fortifica cuando llega a polarizar a los proletarios en los intereses contradictorios totalmente secundarios que perpetúan el cuadro del Estado burgués.

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Una semana después del sismo, los equipos internacionales de rescate y las cámaras vuelven a sus países mientras que la burguesía en Turquía anuncia, muy discretamente, la fase número 2 de su plan de restablecimiento del orden: la limpieza. Los escombros son evacuados con bulldozers, para así despejar el terreno que servirá para realizar nuevas construcciones que permitirán la realización de nuevos beneficios. Algunos empresarios inmobiliarios irán más lejos todavía: hacen arrojar los escombros en las orillas del mar con el propósito de ganarle al mar futuros terrenos de construcción. Desde entonces, los alquileres alcanzan cifras astronómicas, algunos llegan a un mes de salario completo. Llegará el invierno con una gran parte de los damnificados sobreviviendo en parques, en carpas...; cuando llegan las primeras lluvias, dada la insuficiencia de carpas o la malísima calidad de las mismas, esos proletarios vivirán en el barro, en el agua.

El poder burgués en Ankara organiza un cierto "regreso" de la población que había migrado a Estambul y que es originaria del Kurdistan turco. Es decir se aprovecha la situación de caos para enviar a los proletarios excedentarios a reventar un poco más lejos: "Al derrumbarse nuestras fábricas, ya no tenemos más necesidad de ellos" susurran los patrones.

Desde entonces, los medios de comunicación paran de criticar al gobierno y al ejército y todo el mundo se remanga la camisa para "reconstruir el país siniestrado". Los únicos responsables de esa decena de miles de muertos y de heridos, y ni hablar de las centenas de miles de desalojados, traumatizados, desposeídos, fueron finalmente encontrados por la policía: un puñado de empresarios constructores de esos edificioscementerios son acusados. El espectáculo de proceso se anuncia como un gran momento de desahogo popular. Estos empresarios, tal vez, purgarán parte de su pena para permitir que el sistema en su conjunto continúe amontonando proletarios en edificios peligrosos. Estas son las bases que permiten a la industria de la construcción seguir edificando esas porquerías de habitaciones que llaman casas, apartamentos, ciudades... hasta que venga una próxima catástrofe, que también será considerada como catástrofe natural y que volverá a enterrar a decenas de miles de víctimas. Mientras el proletariado no reaccione actuando como clase y como fuerza, al capitalismo, que lo único que busca es su beneficio, le importa un carajo la acumulación de cadáveres de los pobres. Si le es útil, si sirve a su ganancia, no dudará en seguir concentrando a millones de proletarios en regiones peligrosas como Turquía o Bangladesh (5), poco le importa el coste de vidas humanas. Incluso la destrucción de Estambul ya ha sido anunciada por los especialistas, para dentro de más o menos una treintena de años. Ante tal previsión, ¿piensa el capitalismo organizar la evacuación de la población? Según las últimas informaciones, la respuesta es negativa.

El capital encuentra siempre algunos defensores o/y gestionarios que nos dirán que él no es responsable de las catástrofes, que ellas son naturales, o que "Dios las envío"... pero ¿al proletariado le basta con creerse en los dogmas del capital para salvarse? ¿Son una cuestión de creencia esos cadáveres, bien temporales, que provocan todas esas catástrofes naturales? ¿Son una cuestión de creencia las enfermedades que actualmente desarrolla el capital? ¿Son una cuestión de creencia la carne, los huevos y otros productos alimenticios cargados de dioxina, hormonas, nitratos o genéticamente modificados... que nos hacen tragar todos los días?

El capital es una catástrofe permanente para la humanidad, pero su sociedad de trabajo y de sumisión es transitoria. A todos los niveles de organización de esta sociedad, el beneficio se define como el objetivo de la actividad humana. Cada instante de la subvida mercantil, nos muestra, que el capital ya ha vivido demasiado y que al mismo tiempo que ha concentrado en el seno de los explotados toda la inhumanidad de su sistema, ha concentrado también su propia negación revolucionaria, el proletariado, una negación violenta, que al afirmarse como clase afirma igualmente la negación de todas las clases y se prepara para engendrar otra organización de la producción y de la reproducción de la vida, dirigida hacia la satisfacción de las necesidades humanas. La comunidad humana mundial se encuentra en el devenir de esta contradicción revolucionaria, en la negación de la sociedad del dinero. La misma se encuentra en los límites propios al desarrollo de esta sociedad: masacres, individualización, contaminación,... dificultades de valorización del capital... porque al desposeer cada vez más al proletariado de toda parcela de humanidad va determinando su existencia en tanto que enterrador del capital y partero de un nuevo mundo. El proletariado se encuentra determinado históricamente a despertarse, atormentado por las miserias cotidianas, por las muertes accidentales ocasionadas por la explotación accidental que realizan nuestros patrones, por el aire sofocante, la comida insípida, el agua contaminada y los ritmos de trabajo que no cesan de aumentar.

¡ Destruyamos lo que nos destruye cotidianamente !

¡ Destruyamos el capitalismo !

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Notas :

1- Ver Espèce humaine et croûte terrestre (Especie humana y corteza terrestre), Editions Payot (PBP). Ver también, nuestro artículo: "LC42.3 Le cynisme de la bourgeoisie, l’exemple de Kobe" en nuestra revista central en francés Communisme No.42 (diciembre de 1995).

2- Esta enfermedad, expresión típica de la miseria, de las carencias alimentarias, de la falta de higiene, se ha agudizado por las campañas de vacunación que minan todo nuestro sistema inmunitario y de los antibióticos que, dada el consumo cotidiano que se ha impuesto, ya ni hacen efecto (solo basta ver la cantidad que contiene la carne).

3- "Nuevo orden económico", "globalización", "nueva pobreza", "neoliberalismo", términos actualmente en boga utilizados por diferentes fracciones burguesas para hacernos creer que el mundo ha cambiado mucho. En realidad lo escencial de este mundo podrido sigue exactamente igual desde hace más de 500 años. El capitalismo siempre fue mundial, siempre fue global y la pobreza es muy vieja, por la simple razón de que es el capitalismo mismo quien la produce y reproduce cotidianamente. Lo único diferente es la transformación de cantidad en calidad en todos los órdenes de la vida social, en el terreno de las catástrofes ecónomicas, sociales, ecológicas, causadas por la guerra,... Mientras todavía tratan de hacer creer que se trata de fenómenos sorpresivos provocados por causas inesperadas, naturales, étnicas o religiosas el capital mundial y los diferentes Estados, no solo los saben fenómenos necesarios, cíclicos, y, a veces, previsibles sino que tratan de rentabilizar sus consecuencias: hay un mercado de "socorros en casos de catástrofes", servicios especializados en inundaciones o/y terremotos.... empresas privadas o ONG que viven de eso, especulaciones inmobiliarias que dependen de las catástrofes anunciadas, empresas "reconstructoras" de importancia internacional y un sin número de etcéteras.

4- En el lenguaje de moda esto se contabiliza de la manera siguiente: 14.000 muertos oficialmente censados y 35.000 desaparecidos.

5- Ver Comunismo CO40.2 "No hay inundaciones en Bangladesh" (marzo 1997).

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CO45.2.2 Subrayamos: Turquía: A proposito de una catástrofe "natural"