Sea cual sea la política o la ideología, es imposible asegurar la gestión del capital y del trabajo asalariado sin la inhumanidad, la barbarie y el terrorismo inherentes a la Ley, a la Propiedad, al Ejército y a la Policía, es decir al Estado. La posición revolucionaria comienza precisamente allí donde termina la ilusión de la coexistencia posible entre una sociedad organizada en torno al asalariado y una sociedad a carácter humano. Capitalismo y comunismo, comunidad del dinero y comunidad humana son dos polos que se excluyen antagónicamente.

La mistificación democrática consiste en hacer creer que una conducta del Estado "más humana" o basada en "una mejor repartición de las riquezas"... podría limitar las miserias, las degradaciones, los palos propios a las exigencias de la ley del valor. Mientras que se trate de gestionar el capitalismo en vez de combatirlo, la ineludible lógica de la ganancia y del dinero, vía su agente contemporáneo, la burguesía, continuará dictando, con mano de fierro, la brutalidad de las medidas que se tienen que tomar en contra del proletariado, medidas que buscarán imponer una mayor explotación, leyes para golpearlo si protesta.

Que asegure su reino en lo que la opinión pública denomina "república socialista", "democracia parlamentaria" o "dictadura esclarecida" (1) , la economía capitalista no se puede disociar de la explotación, de la guerra, de la miseria, de los golpes, de la sangre.

Claro está, que hay que ocultar, minimizar, atenuar las heridas por las que supuran los sufrimientos del proletariado; y es a este nivel que resulta indispensable la intervención de esa multitud de hijos de puta : intelectuales de izquierda o de derecha, progresistas de carrera, "lumbreras" de la buena conciencia burguesa, Don Quijotes de la reforma, Hermanas Teresa de las conciencias,... Distribuyen aspirinas para calmar las fracturas abiertas del proletariado, pretenden como vulgares esparadrapos cubrir las llagas abiertas, se pegan a las mismas y se mezclan a la sangre, como lo hacen con nuestras banderas, hasta confundirse con nuestra carne e impedir que se les señale y se les arranque, disimulan la miseria llorando por ella y al mismo tiempo se oponen a que nuestra rabia ataque al mal de raíz : al Capital mismo como totalidad. La misión de estos enfermeros de la conciencia es la de dar una explicación de la miseria que la haga mucho más tolerable, es decir aceptable. Y para hacer de la no vida del esclavo asalariado algo más soportable ¿qué mejor que relativizarla, compararla a otras situaciones de opresión, meterla en relieve con lo peor?

Todos los discursos de los reformistas convergen hacia un mismo punto : sistemáticamente tienen un mal menor que defender. Tendríamos que considerarnos felices por no tener más que el cuchillo de la miseria contra la garganta para incitarnos a ir a laburar todas las mañanas, cuando otros van con un fusil en la espalda o con una cachiporra eléctrica en la sien y esto es mil vez peor ¿no es cierto? (ver el recuadro). Estas fracciones capitalistas frente a nuestro odio de toda explotación, solo atinan a decirnos que nuestra situación podría ser peor.
 
 

Las picanas eléctricas, a las que hacemos alusión, fueron el objeto de un informe de Amnesty International que sería para destornillarse de risa sino fuese tan trágico. Una vez más dicha organización demuestra su total devoción a la defensa del Estado, del capitalismo, de la democracia, de los derechos, en la denuncia de la utilización de picanas eléctricas solo en los regímenes que ella califica de "dictatoriales". Otra cosa acontece cuando se trata de los regímenes llamados "democráticos", en estos casos Amnesty International avala completamente su fabricación y su utilización contra los proletarios cuando "estas armas son efectivamente destinadas a mantener el orden público" y son entregadas a policías que recibieron "una formación para aprender a utilizarlas" (Ver Le Monde Diplomatique, abril de 1997). Para Amnesty International, los choques eléctricos de las picanas de la democracia honoran y defienden el mundo de los derechos y deberes mercantiles, mundo en el cual las clases no existen. Sin lugar a dudas, este "olvido" permanente de la existencia del proletariado le valió, hace ya mucho tiempo, a Amnesty International su rebautizo como "Amnesia Internacional". 
 

El procedimiento es bien conocido : todos los adeptos del mal menor, periodistas del "Monde Diplomatique", filósofos fascistoides o trotkistas izquierdistas, comienzan reconociendo invariablemente las críticas formuladas en contra del sistema o denunciando formalmente las "desigualdades de las leyes del. mercado", los abusos del liberalismo, del "pensamiento único",... en pocas palabras ciertos "excesos" del capitalismo, para al mismo tiempo presentar a la "democracia" como "el menos malo de los sistemas políticos" comparado (según las ideologías) con el fascismo, con el socialismo o con el islamismo,... con lo que se oculta la esencia única de esas diferentes formalizaciones ideológicas : la existencia del dinero, del trabajo asalariado, del comercio, de las clases. Ocultado el cuadro del capitalismo como totalidad común a las diferentes políticas adoptadas y aceptado el de la comparación de las técnicas de gestión de la explotación, se pasa muy lógicamente del problema de tener o no un patrón... al de determinar cual es el menos malo. Es en este terreno que se lleva la crítica inicial, al campo del mejoramiento de lo que se pretendía combatir : el capitalismo; y en vez de combatirlo se condenan los excesos. Cuanto más se censuran los excesos más se consolida la base que los produce. Así, la trampa se cierra sobre el proletariado encadenado por ese subterfugio ideológico.

Ayer y hoy.

Anteayer, en Francia, nos llamaban a defender la República frente al peligro reaccionario, que se lo presentaba como infinitamente más perjudicial para los intereses del proletariado. Luego, la República aplastó la Comuna de París, descuartizó en los campos de batallas a miles de proletarios usados de carne de cañón, deportó a millares de proletarios judíos durante el régimen de Vichy, masacró a millares de proletarios argelinos en París y en Argelia bajo el régimen de De Gaulle, vendió, gracias a Miterrand, toneladas de sangre contaminada... Y sin embargo, todavía continúan vendiéndonos el ideal republicano como el menos malo de los sistemas e intentando someternos a dicho razonamiento. Otros partidarios del mal menor fomentan, con la misma lógica absurda y con los mismos argumentos, hoy el apoyo al Partido Socialista para luchar contra el racismo de la derecha... cuando este ha sido el Partido que ha organizado (entre otras acciones), con gran humanidad, los chárteres de proletarios expulsados a principio de los años 90. La perseverancia de los argumentos politiqueros solo tiene como equivalente la permanencia con la que las masas de idiotas se someten. El inenarrable Daniel Cohn-Bendit declara, durante las elecciones de mayo del 97 en Francia, que "Si la derecha gana, esto empeorará la salud de Francia. Si la izquierda gana, no será el paraíso, pero por lo menos será mejor" (Liberation 23/5/97)

Hace algunos años, para vender su propio modo de administración del asalariado a los proletarios de Alemania del Oeste que criticaban al capitalismo a la occidental, el stalinismo "a la salsa DDR", también usaba el argumento del mal menor y utilizaba el discurso pacifista (más vale la paz con el Este que la guerra en Europa) para buscar apoyo para ese capitalismo con salsa socialdemócrata que la burguesía mundial llamaba "socialismo real". Los adeptos del stalinismo en el oeste también encontraron un buen slogan para defender ese sórdido cálculo : "mas vale rojo que muerto". Lo que suena como una burla sarcástica y criminal si pensamos en todos aquellos que desde Varsovia a Berlín, pasando por Budapest, se revelaron un día contra ese capitalismo pintado de rojo (2) y que masacrados por el mismo, se pudren a seis pies debajo de la tierra.

Los Frentes de Liberación Nacional, en todas partes del mundo, también utilizaron estos argumentos: un "mal menor" en espera de la "revolución" fue el invariante y monóntono argumento de los tercermundistas . Desde entonces, el FLN de Argelia ha actualizado, con éxito, la herencia torturadora de los antiguos colonos franceses, las rutas de Camboya de los Jemer están rojas de la sangre que hizo correr Pol Pot, y ni siquiera había transcurrido un mes de la "liberación" de Palestina, en la que trotkistas y maoístas del mundo entero habían concentrado sus esperanzas, para que resultase inocultable que la policía de Arafat torturaba. El mal menor de las policías Nacionalmente Liberadas demostró rápidamente para que servía. En cuanto a la tan cacareada "revolución"... ni una palabra más y si no,... ¡marche preso!

La mayoría de las justificaciones del enemigo reformista, frente a la imposibilidad de vendernos, recubierto con embalaje de paraíso terrestre, un mundo de guerra de todos contra todos, giran en torno a ese famoso mal menor:

El mal menor, recitado a la derecha o a la izquierda, es la teoría preferida de los actores del gran teatro de la alternancia: Cuando la dictadura capitalista, bajo los colores del socialismo, tiene grandes dificultades para imponer la dictadura del capital ¿qué mejor que hacer caer un muro para luego presentarla bajo los atavíos del liberalismo?... ¡Y viceversa!

Pero, por encima de todo, a cada vuelta de calecita, los nuevos mandatarios nos aseguran que estamos mejor que antes, que su política genera progreso, que se destruirá la ruta de la reacción y se le saldrá al paso a toda amenaza de esas políticas que son "mucho más perjudiciales para nuestras libertades".

Los innumerables mojones progresistas, que tiene esta sociedad, conducen al proletariado, de mal menor en mal menor, de una crisis a otra, de una guerra a otra, de una reconstrucción a otra con lo que siempre posponen, para más tarde, "el ideal social" por el que pretenden luchar.

En periodo revolucionario, es de esa forma que son quebrados los impulsos insurreccionales del proletariado. Las fracciones más radicales de la burguesía, es decir las fuerzas social demócratas, izquierdistas, centristas,..., que surgen como última muralla de este sistema, concentran todas sus energías en transformar la acción directa insurreccional en reivindicaciones "razonables", "realistas". Es a ese nivel que el papel nefasto de la ideología del mal menor se manifiesta más claramente : se llama a renunciar a los objetivos generales y revolucionarios argumentado que se corre el riesgo de perderlo todo si no nos contentamos con lo "logrado".

En Alemania fue Rosa Luxemburgo que contra las izquierdas comunistas, afirmaba: "más vale el peor de los partidos obreros que la ausencia total de partido". Luego de defender, bajo esta base, la unión con el SPD, con el USPD y con todo aquello que era favorable al sindicalismo y al parlamentarismo al interior del KPD, dicha política condujo, bajo la dirección de Levi, al frentismo, al stalinismo, a la desmovilización del proletariado... y al fascismo. La ideología del "menos malo de los partidos obreros", que en esa entonces representaba la adhesión sagrada a la tradición de la II Internacional, a su reformismo, a su culto de las masas domesticadas, contribuyó claramente a la desposesión del proletariado de sus objetivos revolucionarios y al triunfo del fascismo (y el antifascismo) contra el proletariado.
 
 

Combatir la ideología del mal menor es denunciar cuantas insurrecciones fueron llevadas al callejón sin salida de las reformas (callejón en el que esperaban asechados los sanguinarios defensores del capital para asestar el golpe mortal), por el mal menor. Cuantos ex-revolucionarios pasaron a gestionar las reformas desde el gobierno, por esta misma razón Cuantas guerras, cuantas renuncias, cuantos sacrificios se sufrieron por el "mal menor" que en última instancia fue el peor de todos los males: la derrota de la revolución en todas partes, la persistencia del monstruoso mundo capitalista."  

(Extracto de "El mito del socialismo cubano" -  
Comunismo No 38) 

 

En el número 38 de Comunismo, cuando analizábamos el mito del socialismo cubano, ya observábamos que "históricamente la ideología del menor ha sido siempre la bandera fundamental para paralizar al proletariado en los momentos insurreccionales, 'no se podía arriesgar todo por la revolución, había que conformarse con tal o cual reforma, era preferible defender lo que se había logrado' ; conocemos bien lo que siguió en todos los casos : una vez neutralizada la fuerza ofensiva del proletariado venía la masacre". Así en 1936 en España frente al proletariado insurrecto y la consigna de "ir por el todo", el reformismo de todo pelo y color esgrimirá el mal menor republicano frente al fascismo, gracias a lo cual se lo logrará desarmar y masacrar en la guerra imperialista: el desarme antifascista del proletariado consolidará el fascimo.

Hoy también, a pesar de que estamos muy lejos de vivir en una época revolucionaria, es suficiente con que el proletariado comience a romper, aunque no sea más que en forma elemental, con el monótono vaivén derecha-izquierda, partidos del gobierno-partidos de la oposición... , es suficiente que comience a rechazar las religiones de izquierda como de derecha y a afirmar que lo peor, entre dos males, es precisamente, escoger uno de ellos, en pocas palabras que vuelva a afirmar, aunque sea tímidamente, la perspectiva revolucionaria de destrucción de todo Estado, a través de su práctica contra el parlamentarismo, el sindicalismo o toda otra forma de adaptación lanzada en el mercado de "los males menores", para que todos los curas del mundo se unifiquen para descalificar su acción..

Lo que está socialmente admitido es tomar posición con respecto a la guerra que se hacen entre ellos los respectivos males menores. No plantea ningún problema para el orden actual que el cuadro de discusión sea el de las alternativas. De la misma manera el posicionarse por la república contra la democracia, por la "democracia obrera" contra la "democracia parlamentaria", por la izquierda contra la derecha es lo único socialmente admisible. La burguesía ha comprendido claramente que la subversión surge cuando se rompe con este cuadro, cuando se lo destruye, y es por ello que los stalinistas, los sindicalistas, los izquierdistas, los progresistas y en general todas las fuerzas de la reforma luchan encarecidamente por mantenerlo, por reproducirlo.

Lo que es inaceptable, para todas las fracciones de la burguesía, es el denunciar al Estado, a todos los Estados, como el enemigo del proletariado, y por ello recordar que el hermano de izquierda y la hermana bondadosa de derecha forman una misma familia mercantil; lo que es intolerable para el intelectual de izquierda burguesa es que se denuncie la ideología antifascista como el peor producto del fascismo, afirmar que el stalinismo y el fascismo son hermanos "enemigos" necesarios para la dominación universal de la democracia, sostener que el socialdemócrata Noske fue el creador de los Cuerpos francos, con los que masacró, como Hitler más tarde, a miles de proletarios; o mucho más cerca de nosotros que Allende preparó el camino de Pinochet, Cámpora y Perón el de Vidella y de los otros humanicidas y que Felipe Gonzalez fue un digno heredero de Franco (3).

Definir al capitalismo bajo todas sus formas como el sistema que hay que destruir, es evidentemente insoportable para la burguesía y lo muestra abiertamente.

Cuando el espectro del comunismo comienza a manifestar su presencia, denunciando al conjunto de sus enemigos, el Capital libera sus anticuerpos, sus glóbulos oportunistas, blancos o rojos denunciando el "aventurismo político", la "utopía", tratando así de aislar y de destruir el germen revolucionario, buscando impedir que las consignas proletarias se constituyan en fuerza y en dirección propia. En ese momento la contrarrevolución se expresa:  la derecha crea la amalgama entre los revolucionarios y el pasado sangriento del rival de izquierda (Stalin, Pol Pot,...), la izquierda perfecciona el anticomunismo visceral de toda esa pandilla de burgueses, con la asimilación de las posiciones anticapitalistas a las del fascismo, del nazismo, en pocas palabras al pasado monstruoso de su rival de derecha (4).

Después de todo lo dicho, ¿es aún verdaderamente necesario citar referencias a propósito de estas prácticas policiales habituales, invariantemente actuales, que tienen como único objetivo el descredibilizar la revolución? ¿Es verdaderamente necesario citar los nombres de esos hijos de puta de izquierda o de derecha que, en todas partes del mundo y en todas las épocas, defienden invariablemente, con los mismos argumentos, las ideologías que les permiten seducir a sus electores? ¿Es indispensable recordar los nombres y las prácticas de todos esos Luis Blanc de la historia, socialistas de palabra y anticomuneros contrarrevolucionarios en la práctica? ¿Tenemos que resucitar a los Juan Jaures, y a los Jean Grave, a los Berstein y a los Kautsky, a los Largo Caballero y a los Abad de Santillan o sacar los cadáveres de los armarios de 1968: Regis Debray, Alain Geismar, Salvador Allende, Serge July, Monje, etc. etc.?

¡Desgraciadamente, SI! Sin lugar a dudas, hoy es necesario, incluso, recordar que los enemigos del proletariado utilizarán siempre las mismas armas que utilizaron ayer, los mismos viejos clavos oxidados que todavía les sirven para herirlo mortalmente. Y cuando los proletarios claman su repugnancia hacia los sindicatos en Francia o cuando lanzan algunos tomates sobre la jeta de los socialistas en Bélgica, toda la intelligentsia democrática, de izquierda como de derecha, responde : "pujadismo" (5). Los periodistas de la democracia, desde los editorialistas de la derecha hasta los chupatintas trotskistas, pasando por los historiadores "anarquistas", frente a una situación en la que las fuerzas del progreso y de la reacción ("los progresistas" y los "reaccionarios") son simple, elemental y justamente puestas por la acción del proletariado en la misma bolsa, se sitúan en el centro de la escena y, con la dialéctica de alachuetes que les es propia, se apuran a declarar que no se debe poner en un mismo bolsa a todos los políticos, y luego llaman a que se apoye a los menos malos, como expresión más elevada de civismo.

De esta manera, el historiador libertario Alejandro Skirda defiende a la magistratura de izquierda en Francia, los maoístas del Partido del Trabajo en Bélgica piden que se reemplace a la gendarmería por una policía democrática y obrera, el izquierdista Galeano escribe en Le Monde Diplomatique artículos en los que se le atribuye todos los males que vivimos al libre cambismo, y el jefe de la Organización Socialista Libertaria en Suiza se transforma en consejero del ministro stalinista de la Policía y de la Justicia del muy democrático cantón de Vaud... y  ¡ni hablar de los exguerrilleros bolivianos, salvadoreños, nicaragüenses, argentinos, uruguayos,... transformados en hombres de Estado!

Frente al peligro del pujadismo y del fascismo ¿qué puede ser mejor para estas cucarachas que el mal menor de la colaboración abierta con el Estado?


Otro ejemplo representativo de las maniobras históricas de la burguesía, que intentan impedir que "dictadura" y "democracia" sean puestas en la misma bolsa, lo da un mequetrefe mercader de novelitas policiales de izquierda, Didier Daeninckx, que intenta relanzar su pequeña empresa jugando al Don Quijote anti- "revisionista". A sus instancias, toda la "inteligencia" de las bondadosas monjas de izquierda entreveradas con la nomenclatura socialoide de "Le Monde Diplomatique", partió en campaña, con la rosa en la boca del fusil, para amalgamar, (¡vieja técnica policial!), la crítica comunista de la democracia con un apoyo al "revisionismo". Así, ese señorito, que había llamado a votar por el Partido "Comunista" Francés durante las últimas elecciones legislativas; esa manito de la democracia (saludado y felicitado tanto por toda la izquierda ligada a los sindicatos, como por los trotkistas o los diarios Liberación, Le Monde, etc...) no ha encontrado nada mejor que ¡denunciar como antisemita y fascista a todo aquel que defina al capitalismo como el enemigo definitivo del proletariado! Nuestro servil señorito prohibe así que se denuncie sobre el mismo plano, al campo fascista y al llamado antifascista (6). Este Daeninextintor de la lucha de clases estima que si no aceptamos el sórdido hit-parade al que hace referencia, en el que pone única y exclusivamente a los nazis en el primer rango de las barbaries generadas por la llamada Segunda Guerra Mundial ,¡sería por qué se es fascista o "revisionista"! Si este colaboracionista del Estado pudiese resucitar a los millones de cadáveres engendrados por la guerra capitalista en '40-45, seguramente trataría de hacerles conocer los matices profundamente dialécticos que existirían entre los que reventaron en los campos y aquellos a quienes los oficiales enviaron al matadero, con el fusil en la espalda. Con seguridad encontraría, también los giros ideológicos necesarios para explicar, a los proletariados que reventaban bajo el impacto de las bombas en Rotterdam, Dresde, Londres o Nagasaki, que sus cadáveres no tienen el mismo peso político, dado que el mismo depende de si sus cuerpos fueron despedazados por las bombas de los nazis o por los obuses de los aliados. Para Daenincks y compañía ¡hay bomba y bomba!

En virtud de esta caza de brujas modernas se saca viejos textos, se los desnaturaliza y se los califica de antisemitas o de revisionistas por su denuncia simultánea de Auschwitz y del gran alibí que este proporcionó a los oficiales franceses, a los altos funcionarios ingleses, a los ministros y otros banqueros militaristas del campo burgués autodenominado de los "aliados". ¡Edificante!

Estos títeres del Estado republicano (7), insatisfechos del lavado ideológico que pudieron hacer de la sangre proletaria que la Francia patriótica tenía en sus manos, hoy no tienen ningún reparo en atacar a las pocas fracciones revolucionarias que reivindican la consigna histórica del proletariado: ¡abajo todas las guerras!  consigna por la que nuestros compañeros de clase fueron tanto fusilados por el aparato republicano francés como asesinados en los campos fascistas alemanes o desaparecidos en los gulags estalinistas...

Pero la odiosa defensa del campo antifascista no se limita únicamente a la destrucción de la memoria de nuestros compañeros; dado que dicho campo tiene la responsabilidad política de todas las guerras que fueron llevadas adelante, desde ese entonces, por los Vencedores. Pues ha sido el campo antifascista quien luego de festejar la "Victoria" larga la bomba contra Hiroshima, lleva adelante las guerras de Indochina, Corea, y la masacre en Vietnam, reprime a sangre y fuego en América Central y del Sur, aplica el terrorismo de Estado generalizado en toda Europa del Este, tortura y asesina en Argelia, o más recientemente, dirige la guerra en Afganistán, el Golfo Persico, organiza criminales desembarcos en Somalia, Ruanda, Albania, etc.

¡Sórdida y lúgubre es la vanagloria política que los fantoches del antifascismo pueden obtener hoy, en su defensa de un campo capitalista contra el otro! ¡Cuán retorcidos y complicados son los virajes de la "dialéctica" a la que recurren para justificar las masacres cometidas por el campo que escogieron defender!

Para nosotros, como para nuestros compañeros de lucha, solo existe una sola y única guerra sucia capitalista, consecuctiva a la necesidad permanente del Capital de relanzar un nuevo ciclo de valorización a través de la desvalorización brutal de un máximo de mercancías, lo que se traduce, para el proletariado, en una inmensa pérdida de vidas humanas. Que Napoleón, Hitler, Nixon, Churchill, Stalin, o el Papa sean los actores y que cada uno de estos canallas justifique la masacre por sus intenciones filosóficas, políticas o religiosas distintas, no altera en nada el hecho de que es el Capital que dicta la guerra, que es el Capital como sistema quien la impone y la desarrolla. Un sistema que exige imperativamente, más allá de toda consideración política, la destrucción de un máximo de mercancías-fuerzas de trabajo.

Frente a esta simple generalización, la perplejidad de los intelectuales se corresponde con el terror que le inspira a la burguesía el nivel de agudización y simplificación de las contradicciones sociales y de abstracción en el que toda proposición de participación en una guerra imperialista, sea cual fuese, es encuadrada en su campo natural, el de la lucha de clases y sus proyectos antagónicos: burguesía contra proletariado, guerra contra revolución. Un campo en el que la burguesía defenderá la necesidad de combatir contra el bando adverso y nuestra clase denunciará la guerra como una situación en la que la competencia capitalista, que lleva a dos o más bandos burgueses a la guerra, es precisamente el marco de destrucción del proletariado.

Frente a este nivel de simplificación, de abstracción, la ideología dominante se aterroriza porque sitúa objetivamente todas las intenciones de los protagonistas guerreros -sus odios mutuos, sus desacuerdos ideológicos, sus proyectos políticos respectivos- al mismo nivel poniendo en evidencia lo que objetivamente alimentan: la consolidación de un sistema que, para mantener el reino de la mercancía y de la explotación del hombre por el hombre, se regenera en las destrucciones masivas (8).

Restablecido claramente el cuadro de la lucha de clases, de la necesaria polarización social y los interéses antagónicos, no se puede ocultar más que la burguesía es la única que tiene un interés evidente en la guerra : como fracción imperialista espera salir victoriosa y reforzar así sus posiciones frente a sus competidores capitalistas, pero esencialmente como clase, sea cual fuese la fracción triunfante, la destrucción masiva de capitales acumulados bajo las formas de fuerzas productivas, relanzará un ciclo de valorización que le permitirá resolver la crisis y asegurar su dominación sobre el proletariado. ¡Poco importa cuales sean las banderas más capaces de enviar al proletariado al frente; para el Capital lo que es una cuestión de vida o muerte es que la batalla tenga lugar! Hay que ir a la guerra "por la patria", "por el socialismo", "por la paz" o "contra el imperialismo enemigo"... Por más variados que sean los himnos guerreros la realidad profunda es justificar la acción militar y sobre todo reclutar para la guerra.

Desde el punto de vista del proletariado, si bien sufre la guerra en tanto que masa excedente, la detesta y la combate en tanto que clase revolucionaria. Las consignas "Abajo todas las guerras", "El enemigo se encuentra en nuestro propio país, es nuestra propia burguesía", "derrotismo revolucionario", "apuntemos los fusiles contra los oficiales", "transformación de la guerra imperialista en guerra revolucionaria"... materializan los esfuerzos por definir la revolución comunista como la única superación humana posible frente a una sociedad basada en la imbécil libertad que tiene cada parcela del capital para llevar la guerra contra su vecino.

Dentro de esta perspectiva, el arma del mal menor se utilizará para romper la oposición guerra o revolución y para justificar la participación, "crítica", "momentánea", "táctica",... a la defensa nacional. El ensañamiento con el que la burguesía pretenderá convencer a los proletarios para que participen en la guerra, ensañamiento generalmente basado en la obligación terrorista de ir al frente bajo pena de muerte, encontrará prolongamientos ideológicos (se fortificará con o mejor encontrará nuevas bases fundamentales) en la definición del "mal menor" guerrero. Así, innumerables fracciones burguesas, de izquierda como de derecha, de extrema izquierda como de extrema derecha, desvían ya hoy en día, bajo diversos pretextos teóricos, las reacciones proletarias del dominio de la lucha de clases hacia el de la unión nacional. El objetivo de nuestro enemigo de clase es el de desarticular la alternativa "guerra o revolución". Primero nos suplicarán para que nos adhiramos a la guerra, para luego prometernos un futuro "mejor", un "mejor" que se vestirá , según a los que se dirija, de una "democracia parlamentaria", "obrera", "popular", "socialista", "antifascista", y hasta "revolucionaria"...

Ayer, hoy y mañana, mientras (en la medida en que ) que este sistema necesite ideólogos para justificarse, existirán siempre vendedores de ideas, "mercaderes del pensamiento", como decía Marx, para defender tal o cual aspecto del modo de explotación existente. Y en esta perspectiva, la ideología del mal menor parece tener un gran futuro. ¡Qué puede ser más atractivo para aquellos que intentan romper el empuje anticapitalista que la utilización de algún buen charlatán, seductor, capaz de sublimar la cólera, la insatisfacción planteada por la masas de "descontentos" de manera a encuadrarlas hacia la oposición de un enemigo bien restringido, bien identificable: el dictador estalinista, monarquista, fascista o republicano, o la "diez familias más ricas", o tal o cual fracción de la burguesía,... Poco importa, finalmente, si algunos caen, lo importante para el Capital es que el movimiento sea canalizado hacia la oposición solo contra algunos de los explotadores. Así el resultado es siempre el mismo: se destruye el empuje proletario, el mal menor del orden mercantil continua reinando.


El Capital tolera la denuncia de una u otra forma de capitalismo; lo decisivo es impedir que se ataque los fundamentos de éste denunciando, sobre el mismo plano y al mismo tiempo, la guerra imperialista Y la paz de las tumbas, los que explotan nuestra fuerza de trabajo Y los sindicalistas que la gestionan, las fracciones capitalistas fascistas Y las fracciones capitalistas antifascistas,... lo que significa chocar de frente con las ideologías del mal menor.

¡Ataquémoslas otra vez! ¡Y con los mismos "viejos" argumentos que utilizaron nuestros compañeros de clase! Reafirmemos nuestro odio de todo lo que produce y reproduce la cotidianidad del terror capitalista, sea cual sea su forma de gestión. En esa dirección reproducimos, a continuación, un extracto de un texto aparecido en "Le mouvement Anarchiste" (1912-1913), publicación del "Club Anarchiste Communiste". Texto, que seguramente será calificado de "Pujadista" o de "revisionista", ¡si fuese escrito hoy! Dejemos a nuestros compañeros afirmar a viva voz y en contra, en este caso, de la República, que no existe un mal menor bajo el capitalismo.

Sea cual fuese el color, de izquierda o de derecha, fascista o antifascista, "obrera" o "democrática"...

"Lo que reprochamos (a la República), no son algunos abusos superficiales, algunas canalladas inútiles que podría evitar. (...) Lo más espantoso, lo más trágico, para el que observa de cerca, es el trabajo normal, cotidiano de la innoble institución. Todos los días, su ejército, su policía realizan sus infames faenas, cada día los jueces ejercen su execrable profesión, todos los días en sus calabozos, en sus presidios se tortura innoblemente a seres humanos. De la misma manera, todos los días mueren hombres de hambre, o de enfermedades producidas por la miseria, o quebrados por trabajos extenuantes ; todos los días miles de hombres son estafados, explotados, expoliados, por los bandidos capitalistas, cuyo Estado Republicano, con todo su aparato de poder -instrumento de engaño, instrumento de asesinato, instrumento de tortura- es el guardia más fiel . ¡Y todavía pueden preguntarse porqué la detestamos!".
 



 
 

NOTAS :

1. Recordemos que, más allá de la definición que le da la opinión pública, la democracia no se limita a un tipo de régimen político particular. La democracia, dicho de otra manera : el mundo de la mercancía, es el modo de vida propio a la dominación del Capital. Un modo de vida que se impuso universalmente y que organiza su dictadura, sea bajo una república calificada de "democrática" o de "dictadura", reduciendo a los explotadores y a los explotados al mundo igualitario de compradores y vendedores de mercancías y articulando todos los aspectos de la vida bajo el Capital sobre esta base. La democracia, dictadura del mundo mercantil, permite al capitalista ejercer en toda legalidad la extorsión de la plusvalía y la explotación del esclavo asalariado, sea bajo un régimen parlamentario o en un Estado calificado de "dictadura".

2. Ver nuestro artículo "Dinero o socialismo" en Comunismo Nº 38.

3. Sin olvidar tampoco que el régimen franquista fue a su vez el producto del triunfo de la ideología del mal menor republicano con el que se desarmó la insurrección proletaria.

4. Utilizamos los términos "izquierda" y "derecha" para denunciar la inexistencia de una oposición entre estas dos referencias políticas. No existe ninguna diferencia fundamental entre "izquierda" y "derecha", la diferenciación terminológica concentra el esfuerzo de la burguesía para encerrar toda oposición al capitalismo ... en la gestión de las medidas necesarias para defender el sistema vigente. Poco importa que un Hue o un Marchais sean calificados hoy en día como hombres de "izquierda" cuando ayer Stalin fue considerado como de "derecha", poco importa que un Le Pen sea hoy en día definido como de "derecha" cuando a Musolini se le consideró ayer como a la "izquierda"... lo que es importante, para el capitalismo, es que dichos sujetos responden todos, en el momento oportuno, a la necesidad de defensa de la explotación capitalista.

5. "Pujadismo" etiqueta utilizada hoy para descalificar a cualquiera y tacharlo de "opuesto a todo", de "antipolítico" en Francia y por extensión en algunos otros países. Sin embargo el pujadismo fue un movimiento burgués político concreto dirigido por Pierre Poujade que en 1953 fundó la "Unión de Defensa de los comerciantes y artesanos de Francia", que tomó posición contra los controles económicos y fiscales, los impuestos y por mantener a Argelia bajo la dominación francesa.

6. ¿Es aún necesario observar que el comunismo revolucionario considera que en definitiva el único enemigo verdadero del fascismo, o de toda otra tentativa bonapartista, que la burguesía adopta para destruir a nuestra clase, es el proletariado revolucionario? Solamente este es real y esencialmente antifascista, y su lucha revolucionaria contra el fascismo es al mismo tiempo lucha contra todas las otras fracciones del capital, lo que implica la lucha contra las pretendidamente antifascistas. Estas no son más que la expresión de la necesidad de mantener la explotación capitalista bajo otra forma y bajo la dictadura de otros administradores. En este sentido, el "antifascismo" proclamado por estas fracciones solo es un antifascismo de apariencia, que se utiliza estrictamente por oportunismo, para así enfrentar, dentro de una relación de fuerzas más favorable, a su rival competitivo capitalista. Este "antifascismo" es una banderola bajo la cual, en ciertas ocasiones, se reagrupa más fácilmente fuerzas para justificar la guerra. Recuérdese que Stalin escogió, en un primer momento, a Hitler y al fascismo como aliados para luego optar por Churchill y Roosvelt, representantes del campo aliado. La burguesía no tiene como enemigo al fascismo, como tampoco a toda otra forma de administración del capitalismo ; el proletariado es su verdadero enemigo, pues solamente él podrá enterrar la dictadura capitalista, sea cual fuese sus atavíos fascistas, populares, republicanos, antiimperialistas, bonapartistas, ...

7. ¿Podríamos utilizar otro término para calificar a estos eternos destructores de la alternativa revolucionaria que se constituyen en policías del pensamiento democrático antifascista y republicano? Al interior de esta repugnante campaña, que intenta asimilar comunismo revolucionario y "revisionismo" ¿cómo pueden, viejos militantes comunistas como Barrot o un grupo como "Théorie Communiste"... rebajarse a justificarse frente a esa banda de stalinistas desvergonzados, frente a esa vieja guardia antifascista y oportunista que utiliza al Estado como una escalinata para su propia publicidad! De esta manera los Daeninckx, Bihr y otros reformistas declarados, insultan la memoria de nuestros compañeros, practican la amalgama, organizan denuncias públicas, aseguran la persecución policial de las posiciones revolucionarias, ... y como si no fuese suficiente ¿hay que aceptar el diálogo con estos hijos de puta, o lo que es peor hay que tratar de convencerlos a través de nuestras explicaciones? ¡Es como intentar explicar la ley del valor a fascistas en el medio de una ratonada!

8. Sin lugar a dudas es por terror a que se pongan todas esas guerras en un mismo saco (¡preparación de la próxima obliga!), que se elabora un hit-parade abyecto de las destrucciones masivas. Los intelectuales burgueses se dedican a determinar los morbosos criterios por los cuales en ciertos casos se ascienden los cadáveres proletarios al rango de "víctimas del genocidio" o de "muertos en el campo de honor" y en otros se los rebaja al de "pérdidas colaterales".
 



 
 

El Mal Menor como muerte cotidiana

 
¡No faltan argumentos basados en el mal menor para empujar al proletariado a aceptar la degradación de sus condiciones de vida!

Desde la mañana hasta la noche se repite incesantemente, en la radio, tele, en la boca de los sociólogos, de los periodistas o de los sindicalistas, toda una serie de pretextos y explicaciones dilatorias que utilizan la trampa del mal menor :

Coluche, cómico francés, juntó, para burlarse, todos estos argumentos y los puso en la boca de un honesto ciudadano medio : "¡Los pobres deberían estar contentos de vivir en un país rico!"

Pero una vez más lo cómico y ridículo del ciudadano medio, es a la vez la tragedia cotidiana de nuestro mundo, la reproducción barbarie. En base a esa lógica vulgar, plena de "buen sentido común", que utilizan siempre los administradores del Capital para hacer digerir sus medidas y someter cotidianamente al Estado se conduce al proletariado, de mal menor en mal menor, a encontrarse, un buen día, con un fusil en la mano, en una trinchera nacional con la misión de tirar sobre su hermano de clase que se encuentra en la trinchera opuesta.... Es esta misma lógica de concesiones sucesivas que conducirá al proletariado a apretar el gatillo, pues, a lo sumo, más vale la duda existencial, luego del asesinato por mandato, que la certitud de ser fusilado por insumisión. Para, así, a fuerza de calcular, de andarse por las ramas de mal y mal menor, poner otro día su propia vida en la balanza: más vale reventar inmediatamente tirándose una bala en la sien que continuar viviendo el infierno de la guerra.

No existe fractura alguna entre la aceptación de un impuesto, de un nuevo despido, de una enésima diminución de salario, de una "última" humillación,... y la estimación final sobre lo "mejor" o lo "menos malo" que contiene el suicidio, negación última de nuestros deseos.

Cada concesión aceptada en nombre del mal menor, por más ínfima y cotidiana que sea, es un paso más en el terreno resbaladizo que lleva a nuestra derrota. Resignarse sistemáticamente sobre la ruta del "podría ser peor" equivale a la muerte cotidiana que se sitúa sobre el terreno del enemigo de clase. Aceptar el terreno del mal menor, es aceptar el terreno del Capital. Conceder con respecto a la lógica del mal menor equivale a comenzar a cavar para preparar nuestra propia tumba.
 


 


CO42.1 El argumento del

MAL MENOR  

Sirviente caballero del capitalismo