En continuidad con los materiales que comenzamos a presentar en el número pasado acerca de la lucha revolucionaria del proletariado en México (ver Comunismo Nº34 - abril 1994 páginas 3 y suiguientes) y por las mismas razones expuestas entonces, de contribuir a la lucha actual del proletariado por su autonomía clasista, continuamos presentando otra serie de textos de los revolucionarios de ese país a principios de siglo, textos que todavía hoy constituyen armas de la lucha por la emancipación del proletariado internacional.

La memoria obrera del proletariado, como su lucha, es por esencia internacional. Se nos dirá entonces porqué insistimos con que fue el proletariado en ese país quién realizó una lucha ejemplar contra la burguesía internacional a principios de siglo, porqué insistimos en que fueron los revolucionarios de ese país los que escribieron los textos que publicamos si en el fondo es exactamente lo mismo.

La respuesta estriba en que desde siempre la burguesía mundial ha intentado negar el carácter de clase y revolucionario de la lucha del proletariado en ese país, como si fueran simples luchas campesinas por reformas agrarias -negación práctica efectuada por la misma contrarrevolución cuando triunfó y se transformó en gobierno- aunque para nosotros sea exactamente lo mismo quien combata esas calumnias del enemigo no hay dudas de que la fuerza que adquieren los documentos históricos cuando provienen de los mismos protagonistas combatiendo las mismas calumnias.

Los textos aquí presentados fueron todos escritos por ese gran desconocido que sigue siendo para los revolucionarios actuales Ricardo Flores Magón. Los hemos elegido por su validez general es decir por no referirse a tal o tal personaje o a tal o tal período, lo que logicamente será indispensable cuando realicemos un trabajo sobre la lucha de clases en México en esos años.

Por tratarse de textos cortos de validez general no requieren largas presentaciones; justamente nos parecen sumamente adecuados para que a su vez los lectores, corresponsales, compañeros, busquen las formas de reproducirlos, de hacerlos conocer, de difundirlos. Tal vez esto habra otras vías para dar a conocer más globalmente la obra de Ricardo Flores Magón, Librado Rivera, Práxedis Guerrero, Enrique Flores Magón,... que también en el futuro serán armas en manos de nuestra clase contra todos los recuperadores de revoluciones, demócratas y nacionalistas.

No requieren ningún comentario textos como "El obrero y la máquina", "La torta de pan", "Cobrando méritos", "El mendigo y el ladrón", pues a pesar de la ficción de la que parten tienen una frescura, una fuerza y una "realidad" que "habla" más que muchas "explicaciones de lo real".

"Justicia Popular" por su parte aunque hace referencia específica a la revolución y la contrarrevolución en México, como el lector comprenderá, grita la contraposición global que existe entre los que se abanderan con la revolución y da directivas claras sobre el contenido social de la revolución y la ruptura con quienes tratan de terminar la revolución lo antes posible (1).

Los texto "¿Está resuelto el problema del Hambre?" y "¡Despierta proletario!" a pesar de ser textos que se refieren a hechos o momentos mucho más específicos tienen también una actualidad total. El primero contra todas las ideologías de que no hay lucha revolucionaria, de que no hay lucha por la revolución social (ver por ejemplo el último texto de esta revista) si los obreros no recibieron la consciencia, si no fueron educados, etc. El mismo afirma la tesis programática materialista de que la revolución continuará en pie mientras exista la sociedad que hambrea al proletariado. El segundo contra toda interpretación mecanicista, economicista de esa tesis materialista (2), es un llamado concreto a la ruptura revolucionaria, a la organización clasista, a la unidad combatiente del proletariado consciente para que la revolución no encumbre a otro gobierno sino que se afirme como revolución económica destructora del derecho de propiedad, es decir como revolución comunista.

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Notas :

1. Sin ir más lejos ese texto da directivas frente a una situación como la que vivió el Kurdistan. Ver texto correspondiente en este mismo número.

2. Nos hacemos responsables de encontrar la complementariedad y la indisociabilidad entre ambos textos. En efecto siempre se acusa a quienes ponemos en evidencia que el socialismo no viene del exterior, que la revolución surge de las contradicciones de la sociedad, que mientras haya hambre habrá lucha revolucionaria de mecancismo; como si no hubiesen sido históricamente quienes más insistieron en las determinaciones materiales de la lucha revolucionaria quienes más han luchado por la organización revolucionaria y consciente del proletariado. (ver también sobre este tema el último texto de este número de Comunismo).

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El obrero y la máquina

-¡Maldita máquina!- exclama el obrero sudando de fatiga y de congoja. -¡Maldita máquina, que me haces seguir tus rápidos movimientos como si yo fuese también, de acero, y me diera fuerza un motor! yo te detesto, armatoste vil, porque haciendo tú el trabajo de diez, veinte o treinta obreros, me quitas el pan de la boca y condenas a sufrir hambre a mi mujer y a mis hijos.

La máquina gime a impulsos del motor, como si ella participase igualmente de la fatiga de su compañero de sangre y músculos: el hombre. Las mil piezas de la máquina se mueven, se mueven sin cesar. Unas se deslizan, saltan otras, giran éstas, se balancean aquéllas, sudando aceites negros, chirriando, trepidando, fatigando la vista del esclavo de carne y hueso que tiene que seguir atento sus movimientos, sobreponiéndose al mareo que ellos provocan, para no dejarse coger un dedo por uno de esos diablillos de acero, para no perder la mano, el brazo, la vida...

-¡Máquina infernal! ¡Deberíais desaparecer todas vosotras, engendros del Demonio! ¡Bonito negocio hacéis! En un día, sin más costo que unas cuantas cubetas de carbón para el motor y con un solo hombre a vuestro lado, hacéis más cada una de vosotras que lo que pudiera hacer un hombre solo en un mes; de manera que un hombre de mi clase, pudiendo tener asegurado el trabajo por treinta días, tú lo reduces a uno... ¡y que reventemos de hambre! ¡Eso no te interesa! Sin ti tendrían asegurado el pan más de veinte familias proletarias.

Las mil piezas de la máquina se mueven, giran, se deslizan en diferentes sentidos, se juntan y se separan, descienden, suben, sudando grasas infectas, trepidando, chirriando hasta el vértigo... El negro armatoste no tiene punto de reposo, jadea como cosa viviente, y parece espiar el menor descuido del esclavo de carne para morderle un dedo, para mascarle una mano, para arrancarle un brazo o la vida...

A través de una claraboya penetran los rayos de una luz de calabozo, lívidos, desabridos, espantoso, que hasta la luz se niega a sonreír en aquel pozo de la tristeza, de la angustia, de la fatiga, del sacrificio de las vidas laboriosas en beneficio de las existencias holgazanas. De la parte de afuera penetran rumores de pisadas... ¡es el rebaño en marcha! En los rincones del taller espían los microbios. El obrero tose... ¡tose...! La máquina gime, gime, ¡gime...!

-Siete horas llevo de estar de pie a tu lado, y aun me faltan tres. Siento vértigos, pero he de dominarme. Mi cabeza gira, pero no puedo descuidarme, ¡traidora! Tengo que seguir tus movimientos para evitar que me muerdan tus dientes de acero, para impedir que me aprisionen tus dedos de hierro... ¡Tres largas horas todavía...! Mis oídos zumban, una terrible sed me devora, tengo fiebre, mi cabeza estalla.

De la parte de afuera llega el alegre ruido de unos chiquillos que pasan traveseando. Ríen, y sus risas, ingenuas y graciosas, rompen por un instante la tristeza ambiente, suscitando una sensación de frescura como la que experimenta el espíritu abatido a los gorjeos de las aves. El obrero se estremece de emoción; ¡así gorjean sus chicuelos! ¡Así ríen! Y sin apartar la vista de las mil piezas que se mueven a su frente, piensa, piensa, ¡piensa...! piensa en aquellos pedazos de su corazón que le esperan en el humilde hogar. Siente escalofríos ante la idea de que aquellos tiernos seres que él lanzó a la vida, tengan que venir más tarde a agonizar enfrente de la máquina, en la penumbra del taller, en cuyos rincones los microbios espían...

-¡Maldita máquina! ¡Maldita seas!

La máquina trepita con más ímpetu y no gime ya. De todos sus tendones de hierro, de todas sus vértebras de acero, de los duros dientes de sus engranajes, de sus mil infatigables piezas, se desprende un sonido ronco, airado, colérico, que, traducido al lenguaje humano, quiere decir:

-¡Calla miserable! ¡No te quejes, cobarde! Yo soy una simple máquina que se mueve a impulsos de un motor; pero tú tienes sesos y no te rebelas, ¡desgraciado! ¡Basta ya de lamentaciones, infeliz! No soy yo quien te hace desgraciado, sino tu cobardía. Hazme tuya, apodérate de mí, arráncame de la garras del vampiro que te chupa la sangre, y trabaja para tí y para los tuyos, ¡idiota! Las máquinas somos buenas, ahorramos esfuerzo al hombre, pero los trabajadores sois tan estúpidos que nos dejáis en las manos de vuestros verdugos, cuando vosotros nos habéis fabricado. ¿Puede apetecerse mayor imbecilidad? ¡Calla, calla mejor! Si no tienes valor para romper tus cadenas, ¡no te quejes! Vamos, ya es hora de salir, ¡lárgate y piensa!

Las palabras saludables de la máquina, y el aire fresco de la calle, hicieron pensar al obrero. Sintió que un mundo se desplomaba dentro de su cerebro: el de los prejuicios, las preocupaciones, los respetos a lo consagrado por la tradición y por las leyes, y, agitando el puño, grito:

-Soy anarquista. ¡Viva Tierra y Libertad!

De "Regeneración" del número 226, fechado el 12 de febrero de 1916

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La torta de pan

Desde el escaparate de la tienda, la torta de pan contempla el ir y venir del gentío anónimo. No son pocos los que, a través de la vidriera, la arrojan miradas codiciosas, como que su dorada costra luce como una invitación al apetito, tentando al pobre a violar la ley.

Hombres y mujeres, viejos y niños, pasan y repasan a lo largo de escaparate, y la torta se siente mordida por mil miradas ávidas, la miradas del hambre, que devoran hasta las rocas,

A veces la torta se estremece de emoción; un hambriento se detiene y la mira, ardiendo en sus ojos una chispa expropiadora. Alarga la mano...; pero para retirarla vivamente, el frío contacto del cristal le apaga la fiebre expropiadora, recordando la Ley ¡no hurtarás!

La torta, entonces, se estremece de cólera. Una torta de pan no puede comprender cómo es que un hombre que tiene hambre no se atreva a hacerla suya para devorarla, con la naturalidad con que una acémila muerde el haz de paja que encuentra a su paso.

La torta piensa:

-El hombre es el animal más imbécil con que se deshonra la Tierra. Todos los animales toman de donde hay, menos el hombre. ¡Y así se declara él mismo el rey de la creación! Heme aquí intacta, cuando más de un estómago ordena a la mano irresoluta que me tome.

El gentío pasa y repasa a lo largo de la vidriera devorando, con los ojos, la torta de pan. Algunos se detienen frente a ella, lanzan miradas furtivas a derecha e izquierda... y se marchan a sus hogares con las manos vacías, pensando en la Ley: ¡no hurtarás!

Una mujer -la imagen del hambre- se detiene, y con los ojos acaricia la costra dorada de la torta de pan. En sus brazos escuálidos lleva un niño, escuálido también, que chupa ferozmente un pecho que cuelga mustio como una vejiga desinflada. Esa torta es lo que necesita para que vuelva a sus pechos la leche ausente...

En sus bellas pestañas tiemblan dos lágrimas, amargas como su desamparo. Una piedra, al contemplarla, se partiría en mil pedazos... menos el corazón de un funcionario. Un gendarme se acerca, robusto como un mulo, y, con voz imperiosa, ordena: "Circulad!," al mismo tiempo que la empuja con la punta del bastón, siguiéndola con la vista hasta que se pierde, con su dolor, en medio del rebaño irresoluto y cobarde...

La torta piensa:

-Dentro de unas horas, cuando ya no sea yo más que una torta de pan viejo, seré arrojada a los marranos para que engorden, mientras miles de seres humanos se oprimirán el vientre mordido por el hambre. ¡Ah! los panaderos no deberían hacer más pan. Los hambrientos no me toman porque tienen la esperanza de que se les arroje un pedazo de pan duro en cambio de su libertad, trabajando para sus amos. ¡Así es el hombre! Un pedazo de pan duro para entretener el hambre es un narcótico que adormece, en los más la audacia revolucionaria. Las instituciones caritativas, con las piltrafas que dan al hambriento, son más eficaces para matar la rebeldía que el presidio y el cadalso. El "pan y circo" de los romanos encierra un mundo de filosofía castradora. Cuarenta y ocho horas de hambre universal, enarbolarían la bandera roja en todos los países del mundo...

La mano del dueño, que tomó la torta con destino a los marranos, puso un "hasta aquí" a los pensamientos subversivos del pan.

De "Regeneración" del número 222, fechado el 22 de enero de 1916

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Cobrando méritos

El presidio y el templo charlan confidencialmente, como dos camaradas a quienes ligan más los lazos del crimen que los de la amistad. Del presidio se escapan olores de ganado que se pudre; del templo sale un vaho cargado de desmayos, saturado de desfallecimientos, como de la boca de un antro en cuyas tinieblas se arrastrasen todas las debilidades y se retorcieran los brazos de toda las impotencias.

-La plebe me odia- dice el presidio bostezando; -pero merezco la consideración y el respeto que me otorgan las personas distinguidas, de cuyos intereses soy escudo. Cada vez que el honorable guardián del orden me trae un nuevo huésped, tiemblo de emoción, y mi satisfacción llega a su límite cuando siento rebullirse en mi vientre de piedra el mayor número de criminales.

Hay una pausa. A través de las rejas se escuchan chirridos de cadenas, rumores de quejas, chasquidos de látigo, broncas voces de mando en medio de un jadeo de bestias acosadas, todos los ruidos horribles que forman la horrible música del presidio.

-Grande es tu misión, amigo presidio- dice el templo,- e inclinó reverente mis torres ante ti. Yo también me siento satisfecho de ser el escudo de las personas distinguidas, porque si tú encadenas el cuerpo del criminal, yo quiebro voluntades, castro energías; y si tú levantas un muro de piedra entre la mano del pobre y los tesoros del rico, yo invento las llamas del infierno para ponerlas entre la codicia del miserable y el oro del burgués.

Hay una pausa. Por las ventanas y por las puertas, entre los aromas del incienso y las transpiraciones fétidas del ganado aglomerado, salen al espacio azul rumores de sollozos, de súplicas, ruidos viles, formados por todas las debilidades, por todas las renunciaciones, la abyecta música de los sumisos y de los vencidos.

-Mientras me mantengo en pie, el señor duerme tranquilo,-dice el presidio.

-Mientras haya rodillas que toquen mis baldosas, se mantendrá en pie el poderío del señor, -dice el templo.

-Hay una pausa. El presidio y el templo parecen meditar, satisfecho, el primero, de encadenar los cuerpos; contento, el segundo, de encadenar las conciencias; orgullosos, ambos, de sus méritos.

En el rincón de una covacha, la dinamita escucha, haciendo esfuerzos poderosos para no estallar de indignación.

-¡Esperad!- dice para sí,- ¡esperad, monumentos de la barbarie, que no tarda en llegar la mano audaz que ha de desatar el rayo que llevo en mi seno! En el vientre de la Miseria se agita el feto de la Rebeldía. ¡Esperad! Esperad el fruto de siglos de explotación y de tiranía; las negras falanges del hombre apuran los últimos sorbos de la amargura y de la tristeza; el vaso de la paciencia rebosa; unas gotas más, y se desbordarán todas las indignaciones, saltarán de su cárcel todas las cóleras, traspasarán sus límites todas las audacias. ¡Esperad, edificios sombríos, cuevas del dolor, que en el gran calendario del sufrimiento humano resplandece, con colores de incendio y de sangre, una fecha roja, un nuevo 14 de julio para todas las Bastillas, las del cuerpo y las de la conciencia! El ganado se endereza para convertirse en hombres, y pronto el sol dejará de tostar los lomos del rebaño para iluminar las frentes de los hombres libres... ¡Esperad! Permaneceréis en pie el tiempo que dure yo en este rincón

De "Regeneración" del número 223, fechado el 29 de enero de 1916

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El mendigo y el ladrón

A lo largo de la avenida risueña van y vienen los transeúntes, hombres y mujeres, perfumados, elegantes, insultantes. Pegado a la pared está el mendigo, la pedigüeña mano adelantada, en los labios temblando la súplica servil.

-¡Una limosna, por el amor de Dios!

De vez en cuando cae una moneda en la mano del pordiosero, que este mete presuroso en el bolsillo prodigando alabanzas y reconocimientos degradantes. El ladrón pasa, y no puede evitar el obsequiar al mendigo con una mirada de desprecio. El pordiosero se indigna, porque también la indignidad tiene rubores, y refunfuña atufado:

-¿No te arde la cara, ¡bribón! de verte frente a frente de un hombre honrado como yo? Yo respeto la ley: yo no cometo el crimen de meter la mano en el bolsillo ajeno. Mis pisadas son firmes, como las de todo buen ciudadano que no tiene la costumbre de caminar en puntillas, en el silencio de la noche, por las habitaciones ajenas. Puedo presentar el rostro en todas partes; no rehuyo la mirada del gendarme; el rico me ve con benevolencia y, al echar una moneda en mi sombrero, me palmea el hombro diciéndome: "¡buen hombre!".

El ladrón se baja la ala del sombrero hasta la nariz, hace un gesto de asco, lanza una mirada escudriñadora en torno suyo, y replica al mendigo:

-No esperes que me sonroje yo frente a ti, ¡vil mendigo! ¿Honrado tú? La honradez no vive de rodillas esperando que se la arroje el hueso que ha de roer. La honradez es altiva por excelencia. Yo no sé si soy honrado o no lo soy; pero te confieso que me falta valor para suplicar al rico que me dé, por el amor de Dios, una migaja de lo que me ha despojado. ¿Qué violo la ley? Es cierto; pero la ley es cosa muy distinta de la justicia. Violo la ley escrita por el burgués, y esa violación contiene en sí un acto de justicia, porque la ley autoriza el robo del rico en prejuicio del pobre, esto es, una injusticia, y al arrebatar yo al rico parte de lo que nos ha robado a los pobres, ejecuto un acto de justicia. El rico te palmea el hombro porque tu servilismo, tu bajeza abyecta, le garantiza el disfrute tranquilo de lo que a ti, a mi y a todos los pobres del mundo nos ha robado. El ideal del rico es que todos los pobres tengamos alma de mendigo. Si fueras hombre, morderías la mano del rico que te arroja un mendrugo. ¡Yo te desprecio!

El ladrón escupe y se pierde entre la multitud. El mendigo alza los ojos al cielo y gime:

-¡Una limosna, por el amor de Dios!

De "Regeneración" del número 216, fechado el 11 de diciembre de 1915

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Justicia popular

¡Orden! gritó enfurecido el jefe vazquista cuando, después de tomada la plaza, las mujeres y los niños de la población forcejeaban por abrir las puertas de las tiendas, de los almacenes, de los graneros, para tomar lo que necesitaban en sus hogares, creyendo, con el candor de los corazones no corrompidos, que la Revolución tenía que ser forzosamente benéfica a los pobres.

¡Atrás, bandidos! volvió a rugir el jefe vazquista al ver que la multitud parecía no haber escuchado el primer grito, pues continuaba focejeando por extraer las útiles y buenas cosas que hacían falta a sus hogares pobrísimos.

¡Alto, u ordeno que se os haga fuego!, bramó el jefe vazquista, loco ya de rabia ante aquel "atentado" al derecho de la propiedad.

¡Bah!, dijo una mujer que llevaba un niño prendido al pecho, ¡bromea el jefe! Y con los demás continuó, la simpática tarea de romper candados y cerrojos para tomar de aquellos depósitos del producto del trabajo de los humildes, lo que no había en sus hogares.

En efecto, para aquellas buenas gentes bromeaba el jefe vazquista. ¿Cómo había de ser posible que un revolucionario se pusiera a defender los intereses de la cruel burguesía, que había tenido al pueblo en la más abyecta miseria? No, decididamente bromeaba el jefe vazquista, y atacaron con más bravura las recias puertas de los almacenes, hasta que saltaron los candados hechos pedazos y los cerrojos retorcidos a inservibles, abriéndose las puertas para dar entrada a la multitud gozosa, que saboreaba de antemano tantos buenos comestibles allí encerrados, a la par que se imaginaba pasar un agradable invierno bajo el suave calor de las buenas telas allí almacenadas.

Inundaban las calles aquellas simpáticas hormigas; cargando cada una de ellas tanto como podía; riendo los niños, llenas de confituras las boquitas; radiantes las mujeres bajo la pesadumbre de sus fardos; contentos mujeres y niños con la agradable sorpresa que recibirían los varones cuando regresaran de la mina, diez kilómetros distante del poblado.

En medio de su algarabía no oyeron una voz estridente que gritó: ¡Fuego!... Las azoteas se coronaron de humo, y una granizada de balas cayó sobre la muchedumbre despedazando carnes maduras y carnes tiernas. Los que no fueron heridos se dispersaron en todas direcciones dejando por las calles mujeres y niños agonizantes o muertos... ¡Fueron en busca de la vida, y se tropezaron con la muerte! ¡Creyeron que la Revolución se hacía en beneficio de los pobres, y se encontraron con que se hacía para sostener a la burguesía!

Cuando los mineros regresaron a sus hogares, caídos los brazos por el cansancio, pero alegres por haber salido del presidio de la mina para estrechar a sus compañeras y besar las frentecitas de los chicuelos, supieron, de labios de los supervivientes, la triste nueva: ¡los vazquistas, sostenedores de esa iniquidad que se llama Capital, habían disparado sus armas sobre las mujeres y los niños en defensa del "sagrado" derecho de propiedad!

La noche, negra, tendía su sudario sobre aquel campo de la muerte. El silencio era tan sólo perturbado de tiempo en tiempo por los gritos de los centinelas que corrían la voz, o por el lúgubre aullido de algún perro, que extrañaba a su amo. Bultos negros, que parecía formaban parte de la noche, discurrían aquí y allá, sin hacer ruido, como si se deslizaran; pero un oído atento podía haber sorprendido estas palabras pronunciadas como un suspiro: "¡La dinamita! "¿Dónde está la dinamita?" Y los negros bultos seguían deslizándose.

Eran los mineros. Sin haberse puesto de acuerdo, habían tenido el mismo pensamiento: volar, por medio de la dinamita, a aquellos esbirros que en nombre de la libertad se habían levantado en armas para remachar la cadena de la esclavitud económica.

Momentos después el cuartel general vazquista volaba hecho mil pedazos, y con él los asesinos del pueblo. Cuando amaneció, pudo verse, en los escombros todavía humeantes, una bandera roja que ostentaba, en letras blancas, estas bellas palabras: "Tierra y Libertad".

De "Regeneración" del número 79, fechado el 2 de marzo de 1912

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¿Esta resuelto el problema del hambre?

Consulten todos su conciencia y contesten a esta sencilla pregunta: ¿Esta resuelto el problema del hambre?

Me contestaréis: "No; el pavoroso problema está en pie," y agrego yo: "Por eso la Revolución está, también, en pie."

Señores burgueses: la época de las revoluciones políticas ha terminado. Ignorantes de cuanto sufre lo que despreciativamente llamáis "clase baja;" ignorantes del infierno en que vive lo que con tanto asco llamáis "plebe", os arrojasteis a una empresa que ahora os pesa haber fomentado.

Creyendo que el pueblo mexicano de nuestros días es el mismo pueblo mexicano de hace cincuenta años, se os ocurrió valeros de él para derribar a Díaz y con él al círculo de vampiros que se llama "Partido Científico" para ocupar vosotros el puesto de los "científicos" y hacer lo mismo que ellos hicieron: acaparar todos los grandes negocios, comprometer el país con nuevas deudas, entregar las riquezas del país a los millonarios de todas las nacionalidades y someter a los trabajadores por el hierro y por el fuego, a aceptar salarios de hambre, a trabajar como bestias de carga, a sufrir todas las humillaciones, todos los ultrajes, todos los desprecios con que los amos y los capataces premian el sacrificio de los pobres.

Los trabajadores os ayudaron creyendo que vuestro movimiento tendría que beneficiarlos, y ahora que ven que están en peor situación que antes de comenzar la campaña; ahora que se dan cuenta de que la Autoridad pesa tanto como antes; ahora que ven que el Capital los explota de la misma manera que los explotaba bajo la dictadura de Porfirio Díaz; ahora que han tenido la lección práctica de que nada ganan los trabajadores por el solo hecho de que unos malvados sean derribados del Poder para que suban otros malvados que, por el hecho de estar más hambrientos que los anteriores, tienen ansias de llenar pronto la panza a costa de la ruina de todo un pueblo; ahora, en vista de todo eso, lo que despreciativamente llamáis "plebe" se agita, despierta, y, sin necesidad de haber tenido "organizadores", sin necesidad de haber leído a Marx ni a Kropotkine, sin necesidad de esperar a "estar educados", sin necesidad de saber leer y escribir, sin necesidad de los consejos interesados de los falsos amigos de la clase trabajadora que pretenden desviar la lucha de clases con las frases de los cobardes: "todavía no es tiempo," "se necesita primero la organización, el pueblo mexicano es analfabeto", y otras del mismo calibre; ahora la plebe, la clase baja de México, se levanta imponente y reclama el derecho de sentarse a vuestro lado, señores burgueses, para gozar también del gran banquete de la vida.

Todo el Estado de San Luis Potosí está en guerra industrial, y, por contagio, la guerra industrial está invadiendo los Estados de Zacatecas, Durango, Chihuahua, Guanajuato, Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Puebla, la misma ciudad de México y las poblaciones del Distrito, así como los Estados de Tlaxcala y Coahuila. Yucatán arde en llamas; pero no en las llamas de una revuelta política sino en las llamas purificadoras de la revolución social.

La misma prensa burguesa, aturdida, comienza a renegar de la revuelta política que trajo como consecuencia la revolución económica.

Y todo esto sucede a pesar de que los "ignorantes" mexicanos no saben de huelga general, ni han estudiado a Marx ni a Kropotkine; esto sucede sin la "consabida preparación" de que hablan los cobardes y los malvados.

No se puede negar que los centenares de huelgas que hay en estos momentos en casi todo el territorio mexicano son de carácter netamente revolucionario: pues los compañeros en huelga no se conforman con demandar y someterse a las negativas de sus verdugos los burgueses, sino que a la negativa responden con la destrucción de los sembrados, de las casas de las haciendas, con el desplome de las minas, con el arrasamiento de los lugares de explotación y de tiranía capitalista, y se enfrentan, armados de piedras, de picas y de lo que pueden, a los cosacos de Maderos, el asesino del proletariado mexicano.

¿Se han necesitado siglos de preparación, de educación, de organización y de otras zarandajas que recomiendan los políticos, para llevar a cabo ese formidable movimiento económico que en estos momentos hace temblar a la burguesía mexicana? No; es el instinto de conservación de la especie el que ha puesto en pie a los desheredados de México, es el hambre la que ha hecho encabritar al león que parecía dormido.

¡Qué enrojezcan de vergüenza los rostros de los políticos adormideros que al oír hablar de la revolución social en México, mueven las cabezas abrumadas por el vino y las buenas comidas, y dicen como Debs y como Berger; "No hay revolución económica en México ni habrá hasta que la clase trabajadora esté organizada y haya sido educada." "Dejemos solos a esos liberales, que no son otra cosa que bandidos."

¡Maldición para todos los que en estos momentos solemnes de la historia de la humanidad dejan perecer a los que luchan por la emancipación económica del proletariado! ¡Maldición para los que, titulándose líderes de la clase trabajadora, dejan solos a los que están dando al mundo un ejemplo de hombría que debiera ser recibido con simpatía, cuando no con entusiasta aplauso, por todos los trabajadores conscientes del mundo! ¡Maldición para los que tratan de desvirtuar el movimiento del Partido Liberal mexicano!

Mexicanos: cualquiera que sea la suerte que corra el Partido Liberal mexicano, continuad la lucha por vuestra cuenta. Los que no se hayan declarado en huelga todavía, que lo hagan con presteza para aplastar, cuanto antes, al Capital. Pero no os limitéis a destruir las negociaciones. Haced eso cuando veáis que por falta de armas no podéis sostener la expropiación. En todo caso, lo primero que debéis hacer es tomar posesión de la fábrica, del taller, de la mina, del campo y trabajad por vuestra cuenta, repartiéndoos los productos, según las necesidades de cada cual. Más si no tenéis fuerza para sostener la expropiación, entonces arrasad, aunque se os desplome el cielo sobre vosotros y sobre nosotros.

¡Mueran los ricos! ¡Muera la tiranía! ¡Viva Tierra y Libertad!

De "Regeneración", 8 de julio de 1911

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¡Despierta, proletario!

¡Arriba, proletario consciente; arriba, hermano! En estos momentos muchos proletarios están sobre las armas; pero no saben lo que hacen, o, mejor dicho, no saben para quién trabajan, como dice el vulgar adagio. Tú, que conoces los intereses de tu clase; tú, que sabes lo que necesitan los pobres, corre a decirles: "Compañeros, para conquistar la libertad y la felicidad se necesita algo más que un corazón bravo y un arma en la mano: se necesita una idea en el cerebro."

Un barco sin brújula en la inmensidad del océano, eso es el revolucionario que no cuenta más que con su arma y su valor. El barco puede luchar contra las olas, puede sostenerse contra los vientos; pero ¿cómo orientarse para llegar al puerto si falta la brújula? Así, el revolucionario puede sostenerse en rebeldía, puede sembrar la muerte; pero si le falta la idea directora de su acción, no será otra cosa que un barco sin brújula. El revolucionario, entonces, no sabe para que mata, como el hacha no sabe para qué derriba el árbol.

¡Arriba, proletario consciente; arriba, hermano! Es precioso que vueles al lado de tus inconscientes hermanos para decirles: "Compañeros, habéis sido, hasta hoy, brazo y cincel; ahora es preciso que seáis cerebro, brazo y cincel."

Proletario: no permitas por más tiempo que otro piense para que tú ejecutes. El cincel, a costa de su filo, arranca pedazos al mármol sin saber qué resultará de su acción. El revolucionario, a costa de su sangre, ataca los baluartes del despotismo sin saber cuál será la forma del edificio que se levantará sobre los humeantes escombros.

Si otro piensa por ti, no te asombre ver seguir, como si retoñase el negro edificio que aplastaste, otro más negro aún, más pesado, de donde asomen defensores más siniestros, y entre esos flamantes defensores del futuro despotismo reconocerás a los que hoy te aconsejan que tomes un fusil y te rebeles; pero omiten hacerte comprender tus intereses como pobre para que por ellos, y no por tus intereses, des la vida.

Abre los ojos, eterno paria; sángrate, carne de cañón, inquilino del cuartel y del presidio. Comprende cuál es tu interés; lleva en tu cerebro una idea, y, así, irás derecho a tu objeto, y del caos de la Revolución sabrás sacar la fórmula bendita de tu redención, con el mismo acierto con que el escultor despierta en el trozo de cantera la figura, la actitud, el gesto de la obra de arte que, sin él, habría dormido por millones de años más bajo el seno de la tierra; y entonces, si caes herido de muerte en el combate, podrás decir con orgullo lo que aquel poeta que, al ir a morir decapitado, se llevó la mano a la frente y exclamó ante el verdugo y ante el pueblo: "¡Aquí hay algo!"

No entres a la lucha como rebaño, sino como unidad combatiente que se suma con otras unidades iguales, conscientes y rebeldes, para abrir su sepulcro a la tiranía política y a la explotación capitalista.

Derriba, pero cuida de remover los escombros y de arrancar los cimientos. Quebranta con la acción el llamado derecho de propiedad; pero no para que te apoderes individualmente de lo que detentan tus amos, pues entonces te convertirías en amo, oprimirías a tus hermanos y serías tan ladrón y tan malvado como los que te explotan ahora. Tu liberación debe estar comprendida en la liberación de todos los humanos. La Tierra que hay que quitar a los burgueses no debe ser para ti solo, ni para unos cuantos, sino para todos, sin distinción de sexo.

Levanta la testa sudorosa; ve de frente a tus amos, que tiemblan presintiendo tu cólera; domínala y pon en su lugar a la razón. La cólera ciega; la razón alumbra. Así verás mejor tu camino en medio de las sombras de la lucha tremenda; así podrás darte cuenta de que, entre los que quieren dirigirte, hay muchos lobos con piel de oveja; hay muchos que, por un momento, mitigan tu hambre dándote unas monedas para que las des a tu familia antes de lanzarte a la lucha. ¡Unas monedas por ir a dar tu sangre para que él se suba sobre tus hombros! ¿Es digno eso? ¿Eres un soldado de la libertad, o el mercenario alquilado por un ambicioso?

No, compañero: rechaza el dinero. No es digno de un hombre pedir dinero para ir a conquistar la libertad y el bienestar. Si hicieras eso, ¿en qué te distinguirías del esbirro que dispara el arma sobre sus hermanos por la paga que ha recibido?

El fusil del mercenario forja cadenas porque está sostenido por un corazón egoísta; el fusil del libertario forja la libertad porque está sostenido por un corazón abnegado. El que se levanta en armas por paga, lleva la idea del provecho personal con exclusión del ajeno; el que se levanta en armas por amor a la libertad, lleva la idea del bienestar de todos. ¿Pidieron dinero, para ser héroes, Hidalgo "Pipila". "El Hombre Cureña"? ¿Se concibe siquiera un héroe por paga? Suponeos al "Héroe de Nacozari" regateando sobre el precio de sus heroísmos; suponeos a Juárez pidiendo paga por decretar la expropiación de los bienes del clero: suponeos a Cristo demandando oro para ser sacrificado.

¡Despierta, proletario! Vé a la lucha con el propósito de luchar para tu clase. Al que dé dinero para que empuñe un fusil, desprécialo, míralo con desconfianza, porque te da unas cuantas monedas para que des tu vida por él; quiere tu sacrificio para hacer su felicidad; quiere tu ruina y la desgracia de tu familia para su provecho personal. Vé a la lucha, proletario; pero no para encumbrar a nadie, sino para elevar a tu clase, para dignificarla; ya que la ocasión se presenta de que tengas una arma en tus manos, toma la tierra, pero no para ti solo: para ti y para todos los demás, pues que de todos es por derecho natural.

Proletario consciente: vuela donde luchan tus hermanos para decirles que se necesita algo más que un corazón valiente y un arma en las manos: diles que se necesita una idea en el cerebro. Y esa idea, óyelo bien, debe ser la emancipación económica. Si no obtienes esa libertad, habrás dado, una vez más, tu sangre para que te oprima otro tirano.

De "Regeneración" 24 de diciembre de 1910

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CO35.2 Para la memoria histórica de las luchas del proletariado en México