En el transcurso de las fases de reconstrucción capitalista posteriores a las destrucciones masivas, realizadas por las guerras, la burguesía completa la explotación que furiosamente lleva adelante contra el proletariado con una insolente arrogancia ideológica dentro de la cual el Positivismo y el Cientificismo reinan. Se describe el movimiento del mundo como un desarrollo continuo y controlado del Progreso y de la Ciencia, en el que hasta Dios mismo está al servicio de ese materialismo vulgar. "Evolución infinita", "Ciencia y Tecnocracia", "Progreso continuo", "Avances tecnológicos",... estos son los elementos de los mezquinos poemas a través de los cuales el Capital afirma el poder de su ser en plena valorización.

Estas características son las del período 1945-65 posterior a la llamada "Segunda Guerra Mundial". La ilusión de un mundo sin contradicciones fue más poderosa todavía, porque la Paz de las Tumbas, consecutiva a la guerra, había logrado imponerle el silencio al proletario.

El discurso dominante es, entonces, el de una burguesía consciente de la potencia que encuentra en la explotación del proletariado. Son los años de oro para los capitalistas, en los cuales, toditas sus fracciones, hacen cantar a los proletarios las ventajas del "desarrollo" y de la producción según las pautas tayloristas o fayolistas: la aparición del aspirador y de la máquina de lavar se presentan como una revolución que liberara a la mujer de los trabajos domésticos y la reducción del tiempo de trabajo (¡acompañada de una alza en la intensidad del mismo!) era presentada como los primeros pasos hacia una "sociedad del ocio". Los burgueses, convencidos del desarrollo eterno de su triste sociedad, no tienen ninguna duda con respecto a su porvenir; los economistas llenan las bibliotecas y las universidades con tratados apologéticos en los que solo se habla de la "teoría del equilibrio general" y "la sociedad del bienestar". Los patrones, gerentes y otros cuadros del Estado, no dejan un instante de hacer alharaca con los pretendidos méritos "históricos" que tendría la chapucearía que comercializan, y esta certidumbre con respecto al éxito de su venta, se multiplica, con la certitud acerca de la eternidad de esta generosa sociedad, que les permite en forma tan dócil y segura desarrollar sus capitales.

Pero todo esto tiene un fin. Las utopías capitalistas chocan con la realidad de los tiempos de crisis, los mismos límites históricos del Capital se manifiestan nuevamente. Los polos positivos de "desarrollo", de "riqueza", de "paz" no logran ocultar más, sus indisociables contrarios, los polos negativos: "subdesarrollo", "pobreza", "guerra". Vivimos un momento muy difícil para la burguesía que ve derrumbarse progresivamente el mito del que se alimentaba: el de un desarrollo eterno y sin contra golpes de sus riquezas.

El Capital entra, entonces, en crisis. Los capitalistas se enfrentan cada vez más violentamente para controlar las partes de un mercado cada vez más sacudido; lo que se traduce, como hoy en día, por un fenómeno de carrera loca y sin rumbo fijo, en todos los dominios, justificada por la necesidad de despejar, a través de cualquier medio, el más pequeño alivio que representa un espacio de valorización. Los capitales buscan alimentarse de sobrevalor, pero como se encuentran en sobreproducción, esto deviene cada vez más difícil. Sumas fabulosas son consagradas a la publicidad, la especulación financiera se opera sobre una escala cada vez más grande, en la cual se invierte a gran riesgo y en todos los dominios en los que se pueda imaginar desarrollar el capital: desde el tráfico de órganos humanos hasta las armas biológicas (ver el texto a propósito del sida, en esta revista) pasando por la alimentación de lujo para animales domésticos.

Esta carrera descontrolada del cada cual para sí, no hace más que reforzar aún más el caos reinante sobre un mercado mundial en crisis. Los capitalistas se asocian para ser más fuertes en la guerra que los opone a otros capitalistas,... a su vez estos últimos se reagrupan para enfrentar a los primeros. Las guerras son más frecuentes, más duras, más generalizadas.

El lector reconocerá en estas líneas la situación que prevalece hoy en día.

Todo esto se traduce en múltiples cambios en las formas a través de las cuales el Capital organiza su Estado: restructuración al Norte, al Sur, al Este al Oeste, y se nos presentan estos cambios superficiales y formales como grandes momentos de cuestionamiento del mundo. Los "Planes Primavera-Invierno" en América del Sur, las "Perestroika", "Aperturas" y "Caídas del Muro" al Este, las "Reestructuraciones" en Occidente, las "Conferencias Nacionales Democráticas" en Africa, las nuevas repúblicas nacionales, la Comunidad Económica Europea o el gran mercado México-USA-Canadá, los enésimos planes gubernamentales de austeridad, las caídas de "dictaduras" y otros grandes espectáculos de reconciliación nacional entre antiguos guerrilleros y verdugos (ver sobre El Salvador en la rúbrica Subrayamos de esta misma revista) son diferentes decoraciones, con las que se quiere camuflar, la agravación de la explotación del proletariado operada, por una burguesía estrangulada por la crisis. Se le da una buena capa de pinturita al Viejo Mundo moribundo, se revoca la fachada de los gobiernos descreditados, y si esto no es suficiente se cambia el alfombrado y el empapelado: se crean nuevos sindicatos, se pretende luchar contra la corrupción, se denuncia a uno u otro responsable del blanqueamiento del dinero para volver a darle una imagen más limpia a los permanentes tráficos capitalistas,... y mejorar la imagen del Estado, Estas reestructuraciones capitalistas son apoyadas por campañas ideológicas que asimilan a esfuerzos generosos de los burgueses para "cuestionarse". El gran espectáculo de limpieza de primavera puede comenzar: "Glasnost" en Rusia, "Transparencia" en el Oeste, "Mane Pulite" en Italia, "Lucha contra la droga" en América del Sur, "Lucha contra el Dinero Sucio" en Suiza, etc. Caen ministros, generales, presidentes y hasta Primeros Ministros. El capital internacional pretende crearse una piel nueva y estimular al proletariado para que haga lo mismo: "terminemos con esta vieja noción de lucha de clases; el comunismo ha muerto, no hablemos más, entonces, de explotación, de proletarios,..."

Todas estas "reestructuraciones" políticas, todos estos pequeños acontecimientos en la forma de gestionar la explotación, son presentados como grandes cambios, como verdaderas "revoluciones" para el futuro de todos; y a través de estos programas la burguesía llega efectivamente a reforzar la austeridad, a hacerla más aceptable por el proletariado y a postergar momentáneamente una crisis cuya generalización y profundidad se hacen sentir cada vez más fuertemente.

Pero detrás de todas estas renovaciones de fachadas, detrás de todas estas modificaciones formales y frente a la multiplicación de conflictos guerreros intercapitalistas, frente a la imposibilidad, por parte de la burguesía, de definir el futuro de otra manera que en términos de crisis cada vez más aguda, ella se siente totalmente incapaz de ocultar la duda que nace en su interior en cuanto a la perennidad de su sistema: el Capital duda repentinamente de su devenir.

Los patrones, los sindicalistas, los gobernantes, los cuadros, los ideólogos, los científicos, los mercaderes, es decir, el conjunto de administradores capitalistas, sienten una profunda y terrible duda en cuanto al futuro. Incapaces de comprender el devenir del mundo a través de la superación del capitalismo, su limitado punto de vista choca sistemáticamente con las cifras de sus propios indicadores que, todos, anuncian una catástrofe económica generalizada, una imposibilidad para superar la crisis, un punto a partir del cual es inocultable que no puede volver más a aquellos años queridos de expansión (Ver "La Catástrofe capitalista" en Comunismo Nº32).

El esquema de la duda pasa a ser, entonces, el esquema dominante en la sociedad. El capitalista queda perplejo y duda de todo. Del futuro, con toda seguridad, pero también de sus aliados, de las capacidades de aquellos que se encuentran a sus órdenes, de las posibilidades de invertir, de sus propios programas de gestión, de los beneficios tanto de la libre empresa como del proteccionismo,... Esta duda se instala en todos los sectores de la sociedad, los cuadros de la dominación burguesa, ven caer a sus colegas, uno detrás del otro, en esas campañas de reestructuración y paralelamente, salen de una depresión psicológica para caer en otra, frente a la imposibilidad en la que se encuentran, de hacer un balance positivo con respecto a la gestión capitalista que se les confió. ¡Recientemente en Suiza se construyó una clínica especializada en "levantar el ánimo" de los cuadros! A la certitud de los años de reconstrucción y expansión que sucedieron la guerra, suceden hoy los años negros en los cuales el escepticismo se hace rey. ¡La religión capitalista se transforma en un gran punto de interrogación!

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Desgraciadamente el proletariado, lejos de ser impermeable a las religiones del Capital, se encuentra sometido a su ideología y este esquema de duda se impone como ideología dominante en el seno de la misma clase obrera. La burguesía y con ella toda la sociedad, proyecta sus propias dudas con respecto a la posibilidad de una valorización infinita y eterna del Capital, a las tareas revolucionarias históricamente definidas por el proletariado. Esto se traduce, en el interior de la clase obrera, en preguntas como: "¿Somos una clase?", "¿Sirve para algo el organizarnos? "¿Porqué luchar?" "nuestras consignas, deformadas por el enemigo, se han transformado en algo totalmente irreconocible: ¿porqué continuar utilizándolas?", etc. El escepticismo gobierna también al proletariado.

¿Cómo podría ser diferente hoy en día? cuando en la práctica, los obreros ven todos los días disminuir su poder de compra, cuando no son pura y simplemente, lanzados al paro, echados a la calle, negados en toda su humanidad, destruidos por el individualismo reinante y el cada uno para si, atomizados por la competencia, desposeídos de toda perspectiva por la pantalla ideológica que la burguesía ha conseguido componer entre la triste realidad de la vida inmediata en suspenso y la perspectiva de abolición de clases. Han hasta perdido totalmente la conciencia de formar una clase social, una comunidad de intereses.

Sin embargo, si existe una cosa a la que la burguesía le tiene pánico, en un período en el que el Capital no tiene nada más que ofrecer abiertamente que la miseria y la guerra a los obreros, es precisamente el hecho de ver a los proletarios reconocer la comunidad e intereses que los liga más allá de las fronteras y constituirse en clase, organizarse en partido (ver el artículo sobre las características generales de las luchas en la época actual, en este mismo número).

Es por ello que el capital, paralelamente a la incapacidad de ofrecer una perspectiva entusiasta al proletariado, tiene interés en denunciar y aplastar toda tentativa de nuestra clase por reconocerse y organizarse alrededor de su perspectiva: el comunismo. A este nivel, paralelamente a sus propias angustias en cuanto a la incertitud del futuro, la burguesía busca hacer dudar al proletariado de su proyecto, de su programa, de sus objetivos. De lo que se trata es de traspasar su propia duda, con respecto al futuro sin perspectivas, al proletariado, haciéndolo dudar de toda alternativa propia.

Es por ello, que la burguesía, se empeña en clamar por todos los rincones del mundo, la "muerte del comunismo", identificando la esclavitud salarial organizada durante mas de 70 años en Rusia, y en otros lugares abanderados de socialismo, con la abolición del asalariado que reivindica el comunismo durante toda su historia. ¡Qué mejor negocio que, el presentar ese sistema particular de gestión capitalista llamada "socialista" e inutilizable hoy en día por los gestores locales, como un fracaso... del proletariado! ¡Y es así, que el capitalismo pintado de rojo (los países auto-proclamados "comunistas") es asimilado, en su fracaso, al comunismo!

Para alejar más aún al proletariado de su proyecto, es absolutamente necesario hacerlo dudar de que pueda existir, a cualquier nivel, una alternativa posible a esta sociedad de muerte. Los medios de comunicación del mundo entero, dentro del marco del derrumbe de los obsoletos métodos de gestión capitalista propios a los países llamados "socialistas", nos han cantado en coro la "muerte del comunismo". La burguesía se encuentra una vez más unida, detrás de esta canción, todas las fracciones participan en dicha monstruosa mentira. En carteles y dibujos se presentan las fotos de Marx y Engels tachadas con la consigna "El liberalismo ha triunfado" acompañada de la autocrítica de la socialdemocracia internacional (de los mitterandistas a los stalinistas) con respecto a la falsa ruta tomada bajo el estandarte del "comunismo" (¡cómo si toda esta chusma reformista hubiese alguna vez tenido algo que ver con el proyecto histórico de destrucción del Estado capitalista!).

Unidos en un mismo refrán, de los "reganianos" a los militantes arrepentidos de los años 68, pasando por las momias "soviéticas", todo el mundo se encuentra unido en una gran fraternidad burguesa para afirmar que: "Si, efectivamente, el comunismo ha sido definitivamente enterrado". Nunca en la historia se ha encontrado un consensus democrático tan grande para imponer esta visión. Los más radicales de esos militantes de la extrema izquierda burguesa piden perdón: el alemán Cohn-Bendit, ahora da cursos de educación cívica a los policías de Francfort, los guerrilleros "guevaristas" del FMLN en el Salvador piden la entrada masiva en la policía nacional, el gran cura francés del maoismo, Alain Geismar y el "terrorista tercermundista" Regis Debray, dan gentilmente consejos al Partido Socialista de Mitterand en Francia, el viejo agitador "hippy" americano Jerry Rubin, da cursos de criminología a los "yuppies" de los Angeles, los Tupamaros uruguayos reivindican su presencia en el gobierno dentro del marco del Frente Amplio, el tercermundista Jean Ziegler, que escribió una denuncia de la Suiza imperialista, publica en estos días un libro intitulado "La felicidad de ser Suizo" en el que autocrítica su "ciego dogmatismo y su crítica radical"... etc. etc.

Evidentemente los comunistas se regocijan al ver a estos falsos "amigos" demarcarse abiertamente del comunismo: esto tiene la ventaja de clarificar los límites que delimitan el campo de la democracia del comunismo. Sin embargo tenemos que admitir que hoy en día, las constataciones de fracaso que hacen estos antiguos partidarios de la extrema izquierda burguesa, las hacen asimilando su pasado de reforma radical a la militancia clasista, lo que esencialmente tiene por efecto, el reforzar el descorazonamiento generalizado con respecto a la militancia comunista.

Hasta algunas organizaciones clasistas, que intentaban mantener el hilo rojo que liga la vieja generación de revolucionarios a las siguientes, cedieron ante el peso del asalto repetido de toda esta podrida ideología putrefacta, estructurada alrededor de la necesidad de ponerse en cuestión. Solo es necesario ver la cantidad de panfletos "militantes" que recomiendan el cuestionamiento, la duda y la modernidad como eje en contraposición al comunismo que ya no está de moda, para tener una idea de los estragos que esta ideología, de la duda, acerca de todo, ha tenido como efecto al interior mismo de los pocos grupos existentes de militantes proletarios organizados.

Nosotros también estamos confrontados a esta característica del período actual. Así, cuando en nuestras publicaciones relatamos las luchas actuales de nuestra clase, algunos de nuestros contactos cercanos llegan a expresar esta duda "¿Hubo una insurrección proletaria en Irak? ¿Que nos asegura que vuestras fuentes y vos afirmaciones son exactas? ¿De donde sacan esas informaciones?... Estos compañeros. sometidos a los efectos de la paz social, aceptan más la (des)información burguesa que los materiales y testimonios directos aportados por los compañeros de la región. El problema se agrava aún más cuando, cegados por la miseria de lo cotidiano, este escepticismo dominante destruye la solidaridad y la acción común en torno de esas luchas (ver al respecto nuestro texto: "Acción Directa e Internacionalismo" en esta misma revista).

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Frente al poder de esta ideología es importante izar, más alto que nunca, la bandera del Comunismo. Los burgueses pueden, sin dudas (para desnaturalizarlos), robarnos puntualmente nuestras consignas, nuestras banderas, nuestra terminología, pero no podrán apoderarse del programa que los recubre, no podrán apropiarse de la práctica militante que afirma la única y sola perspectiva que contiene el movimiento comunista real: ¡la destrucción total de ese putrefacto Estado mundial capitalista; la abolición revolucionaria del asalariado, de las clases y del Valor!

Hoy más que nunca, reivindiquemos el comunismo enfrentandonos al conjunto de la burguesía sea cual sean sus múltiples variantes democráticas: socialdemócratas, nacionalistas, stalinistas, maoistas, fascistas u otras, reivindicando el contenido original del comunismo: ¡la negación de todo el ser capitalista!

Contra la Economía, la Política, y la Religión, contra el Arte, la Ciencia y el Progreso, contra la Familia, el Trabajo y todas las Patrias, contra el Asalariado, gritemos más fuerte que nunca: ¡Viva el Comunismo, Viva la Revolución Social Mundial, Viva la Organización Comunista Internacional del Proletariado!

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Para concluir, y para todos aquellos que, bajo la presión del derrotismo comunicativo de los capitalistas, pierden la pasión de la revolución, reproducimos un corto extracto de las observaciones militantes de Blanqui que, a la salida de la prisión en 1859, 11 años después de las barricadas de 1848, hacía una constatación combativa de la situación de paz social que prevalecía en ese momento, y ello, manteniendo la certitud del ineluctable renacimiento de las luchas, renacimiento que se concretó algunos años más tarde:
"¡Qué apatía, qué hundimiento, qué metamorfosis! Con mis ideas de revolución tan ardientes como antaño, tenía un aire de revenido de otro mundo, de un fantasma de tiempos pasados. Pase (en París -NDR) algunos días llenos de dolor y de cólera, pero no he perdido por ello la esperanza. Habrá que galvanizar estos cadáveres, si no quieren caminar vivos."
(Blanqui, 1859- Citado por M. Dommanget)
¡Solo diez años más tarde se produjo la Comuna de París!

Hoy en día, en una situación similar a la que se refiere esta cita de Blanqui, en una situación en que nos ven como "los fantasmas de un tiempo pasado", afirmamos claramente y contra la corriente del escepticismo dominante del "cuestionamiento" de todo: ¡no dudar del derrumbamiento ineluctable del Capital!

Frente a todos aquellos que nos prometen de diversas maneras la supervivencia de esta sociedad, no dudamos que como cualquier organismo viviente, social, histórico, como cualquiera sociedad que lo precedió que el Capital es un ser que contiene sus propias contradicciones mortales. Su superación histórica no tiene nada en común con una nueva religión, pues no es más que, el desarrollo de la negación viviente del capital contenida en su propio seno por la clase de hombres que aquel condena a trabajar para existir.

No "creemos" en el comunismo, sino que lo captamos prácticamente en el movimiento que se desarrolla bajo nuestros ojos, en el movimiento real y existente de abolición del orden establecido, cuyas manifestaciones primarias se expresaron recientemente en las luchas de nuestros hermanos de clase en Irak, o, de una manera más limitada, en Los Angeles, como también en algunas iniciativas, aun muy modestas, para transformar la comunidad objetiva de intereses del proletariado en una activa comunidad de lucha internacional, organizada y centralizada.

No dudamos que esta sociedad basada en el egoísmo, el individualismo, el repliegue en sí mismo, verá próximamente surgir contra ella, la solidaridad en el marco de la lucha que llevará adelante nuestra clase para liberarse de sus cadenas.

¡ No dudemos del comunismo !

¡ Luchemos por afirmarlos !

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CO33.1 ¡ Viva el comunismo !