Con este texto pretendemos avanzar algunos elementos que nos permitan comprender los «por qué» del actual estancamiento del capital, lo que de hecho viene a agudizar, en grado superlativo, la ya de por sí exacerbada competencia entre los capitalistas. Demostrando, una vez más, que tanto las guerras como sus «paces» sucesivas e intercaladas son la única fórmula posible para mantener su sociedad. Una sociedad basada en la enajenación de la fuerza de trabajo, pues vive de la extracción del máximo de plustrabajo al obrero o, lo que es lo mismo, del tiempo de trabajo no retribuido y de la comercialización especulativa de las mercancías y productos para sacar el máximo beneficio y valorización del capital.

Esas necesidades básicas de los capitalistas, los obligan a una desenfrenada carrera para producir más y más barato y con mayores ganancias que sus competidores inmediatos, concurrentes todos ellos del mercado mundial. Es, por consiguiente, cumpliendo las leyes impuestas por el propio mercado como conseguirán sobrevivir, imponiéndose como capitalistas y convirtiendo las riquezas obtenidas, constante y permanentemente, en capital. Ya que la misma existencia de un capital implica su imprescindible valorización, so pena de ineludible desaparición.

Por eso, al analizar la actual situación mundial encontramos numerosos aspectos que nos permiten afirmar, sin ningún género de duda, que nos hallamos inmersos en una grave y profunda crisis generalizada de la valorización del capital en escala, características y consecuencias mundiales. Esto es, una crisis de subsistencia para el sistema capitalista, así como de la propia forma de sociedad que lo sustenta: la sociedad burguesa.

Esta situación está provocada por el propio desarrollo de las fuerzas productivas puestas en marcha por el capitalismo, y abre una época de levantamientos e insurrecciones proletarias que pueden conducir a la dictadura del proletariado para la abolición del trabajo asalariado y la formación de la sociedad comunista.

En consecuencia, y como la única solución frente a ese «problema», asistimos a la preparación por parte de toda la sociedad burguesa de las condiciones tanto psicológicas como prácticas que permiten al capitalismo destruir masivamente las fuerzas productivas sobrantes, dada su desvalorización (entre las que hay que incluir esencialmente a los obreros = fuerza de trabajo) ya que se han convertido en una mercancía muy poco rentable en la aguda competencia internacional, a la par que muy peligrosos tanto por su número como por el lugar que ocupan en la sociedad = producción.

Todos los preparativos adquieren en la realidad el carácter, cada vez más acentuado, de una militarización y control policíaco sobre todas y cada una de las áreas de la sociedad mundial. Recordando, a poco que nos esforcemos, a las maniobras y subterfugios efectuados en los años anteriores a las guerras acaecidas, por ejemplo en este último siglo y muy fundamentalmente a los períodos que precedieron a las dos guerras mundiales (1914-1918, 1940-1945).

Debido a la propia expansión-acumulación-concentración del capital mundial, esto es, la llegada a todos los puntos del planeta de la actividad capitalista, se hace obligado suponer que para que se pueda producir un nuevo ciclo de expansión capitalista, y teniendo en cuenta «las soluciones» empleadas en parecidas circunstancias, sólo podrá tener lugar, después de una nueva y ampliada, tanto en vidas humanas como en extensión, carnicería mundial.

Militarización y control policiaco contra los proletarios

Está muy claro que no toda la sociedad sufre igual la implantación de esas medidas. Para los burgueses y capitalistas no supone más que una inversión necesaria para mantener el orden que garantiza su sistema de explotación y enriquecimiento. Mientras que para el resto significa la sucesión de una muy larga serie de impedimentos y barreras de toda índole, en algunos casos muy difícilmente «superables», sobre todo para los migrantes, los sin casa, los parados, los jóvenes en busca de su primer empleo... A esto hay que añadir la lista de inventos (¡kilométricos!) de leyes laborales, policíacas, burocráticas, militares..., que «afectan» y regulan todos y cada uno de los aspectos de la vida diaria; eso sin entrar en temas como la educación, la sanidad y la asistencia social, cuya razón de ser no es otra que la de preparar y/o reparar modernos esclavos asalariados para sus «amos» los capitalistas.

En efecto, esta situación permite que esté cada vez más claro para el conjunto de los obreros y las capas medias de la sociedad burguesa, cuál es la verdadera esencia y razón del Estado, al igual que la estrechez en la que se contienen las rimbombantes frases de los «padres de la patria» cuando hablan de la «democracia», «libertad», «justicia»..., estén esos pintados o disfrazados con los colores que sean, o bien, se «dicten» desde los Estados llamados «populares», «de todo el pueblo»... Siendo en definitiva el más puro terrorismo de la burguesía el que permite que su Estado aparezca como realmente es: el brazo armado, reglamentador y ejecutor del capitalismo. Su existencia mistificada no es más que un barniz con el que se pretende recubrir el aparato de orden de la sociedad burguesa.

La ingente cantidad de medios terroristas con los que el Estado burgués ha comprimido y dificultado la concienciación más amplia y firme del proletariado, sobre la compleja y ardua tarea histórica que le corresponde desarrollar, ha ido empujando a los asalariados, con la ayuda de múltiples organizaciones institucionales del sistema, hacia la realización de aquellas ínfimas e imprescindibles actividades con las que garantiza una mayor integración obrera, que a su vez garantice la rápida valorización del capital.

Sin embargo, lo cierto es que no se podrá seguir aplastando el desarrollo de las capacidades productivas del proletariado, y, por tanto, las que de cada persona en la serie de compartimentos estancos individualizadores que emana de la sociedad burguesa. Será el propio crecimiento, en explosiva rebeldía, de esas mismas fuerzas productivas las que hagan imposible su dominación, comenzando, en consecuencia, un nuevo período histórico de levantamientos obreros y que los comunistas tenemos las obligación de organizar y dirigir hacia el comunismo mundial.

La ideología burguesa contra el proletariado

Tal como viene ocurriendo desde los albores de la sociedad de clases, las capas y los sectores dominantes del conjunto de cada grupo humano que se considere en cada momento, sustentan y mantienen muy celosamente guardado el monopolio de los conocimientos, tanto en su vertiente histórica como en la de los distintos tipos de descubrimientos que se producían durante su propia existencia. Con lo que terminaron por sustituir, muy beneficiosamente, los resultados de las acciones de los hombres, por los designios de uno o varios dioses locales o únicos, según el tiempo y lugares que analicemos, lo que en cualquier caso redunda en su propio beneficio explotador.

Desde el surgimiento del proletariado, como último eslabón en la evolución histórica de la sociedad dividida en clases, apareciendo como la mayor (prácticamente en exclusiva) y más desposeída de todas las anteriormente conocidas (sólo tienen sus cadenas para romper), comienza a escribir su propia historia, y, por medio de sus avances y retrocesos en la guerra contra la burguesía, tiene lugar un proceso de apropiación-reapropiación de toda la historia con el que aprehender el profundo contenido y utilidad de ésta, para la construcción de la sociedad futura, la SOCIEDAD COMUNISTA.

Estos conocimientos teórico-prácticos de la historia, en perfecta continuidad con la dialéctica marxista, nos permiten concluir esta cuestión con un par de afirmaciones:

-que, hasta ahora, las formas sociales que surgían de las viejas, sólo sustituían unos fragmentos de poderosos por otros, que representaban a la clase emergente, es decir, se sustituía una forma de dominación por otra mucho más perfeccionada y adecuada a los intereses y necesidades de enriquecimiento de la nueva en el poder, el siguiente paso en las formas sociales de la humanidad sólo puede darse hacia una sociedad comunista.

-para que de ese paso histórico, el proletariado organizado en Partido Comunista tiene que destruir hasta los cimientos del Estado burgués: la explotación del hombre por el hombre mediante el trabajo asalariado, de la vieja sociedad.

Dado que el conjunto de la sociedad se encuentra ante esa tesitura que podemos centrar en: el mantenimiento del sistema capitalista o su destrucción revolucionaria por la dictadura del proletariado; es históricamente posible pensar que la burguesía llegue a usar sus ingenios nucleares contra la violencia organizada de los obreros. Incluso es probable que, frente a la agudización de sus propias contradicciones de clase, lleguen a utilizar esos armamentos en sus guerras imperialistas, aunque sea de manera ejemplativa, como ya se hiciera en Hiroshima y Nagasaki.

Lejos de situarnos en el terreno de la «inevitabilidad», con que los medios de información burguesa sitúan dicha «hecatombe», los proletarios nos situamos en nuestro terreno de clase y denunciamos tales afirmaciones como un nuevo intento para integrarnos en su barbarie, oponiendo nuestros intereses a los suyos. Frente a los preparativos de guerras imperialistas: ACCIÓN DIRECTA COMUNISTA para la destrucción del sistema capitalista.

Éste será el sentido que daremos al conjunto de los planteamientos siguientes, retomando pues la explicación con la que comenzábamos este texto.

I. El aumento experimentado por las fuerzas productivas, así como la profundización en la división del trabajo, desde la finalización de la segunda guerra mundial fundamentalmente, ha permitido el surgimiento de nuevos e importantes polos de desarrollo y acumulación capitalista, lo que al mismo tiempo ha generado, en la sociedad burguesa, unos momentos de euforia colectiva acerca de la «eternización» de su sistema productivo.

A dicha idealización ha colaborado, en gran medida, el aumento geométrico de la producción de riquezas, debido, muy especialmente, a la gigantesca explotación, tanto en cantidad como en intensidad, del trabajo asalariado.

Las muchas décadas de contrarrevolución triunfante han permitido mantener a los proletarios en una situación de enajenado servilismo, gracias a las ilusiones derivadas del «mayor reparto» de las migajas de la tarta del capital. Siendo, en realidad, el peso de la «cadena dorada» del sistema lo único que verdaderamente había aumentado.

Toda la actividad anti-obrera, que ha conseguido reducir a los proletarios a esta situación, ha estado mantenida, desde un principio, por las capas y los sectores medios de la burguesía y los partidos y los sindicatos: desde los declaradamente burgueses, como los cristianos, de empresa..., hasta los de la socialdemocracia en todas sus variantes, incluyendo, naturalmente, al leninismo, el estalinismo, el maoísmo y distintas formulaciones del trotskismo; hasta las diferentes formas de populismo y asambleísmo ácrata, sin olvidar las distintas fracciones del anarquismo. Efectivamente, es por medio de sus funcionarios y burócratas como han ido reforzando sus mecanismos de control, orientando al asalariado hacia uno u otro campo imperialista, a través de cada Estado-nación respectivo con la manifiesta intención de defender la competitividad de su producción y, con ello, la capacidad concurrencial de sus mercancías.

Y es que, el corto lapso que permitió esa importante expansión capitalista agudizó las contradicciones intercapitalistas e hizo surgir otros nuevos que a su vez luchaban por la colocación de sus propios productos. Cumpliéndose así, cíclicamente, lo que Marx formulaba de la siguiente manera:

«Cualquiera que sea la potencia de los medios de producción empleados, la competencia procura arrebatar al capital los frutos de oro de esta potencia, reduciendo el precio de las mercancías al costo de producción, y, por tanto, convirtiendo en una ley imperativa el que en la medida en que pueda producirse más barato, es decir, en que pueda producirse más con la misma cantidad de trabajo, haya que abaratar la producción, que suministrar cantidades cada vez mayores de productos por el mismo precio. Por donde el capitalista, como fruto de sus propios desvelos, sólo saldrá ganando la obligación de rendir más en el mismo tiempo de trabajo; en una palabra, condiciones más difíciles para la valorización de su capital.» Marx, Trabajo asalariado y capital.

En la medida en que el alto grado de la división del trabajo permitía el surgimiento de nuevos capitalistas, los enfrentamientos por sus mayores exigencias y más productividad, repercutían inexorablemente en el reparto de influencias en el seno de las esferas de poder de la sociedad burguesa. Viéndose representado en la práctica por los enfrentamientos entre los distintos Estados y/o zonas geográficas del planeta.

Estas mismas contradicciones, que por otra parte nunca han dejado de existir, sí se han visto amortiguadas o recubiertas por la aplicación de mecanismos con los que la cúpula del capitalismo mundial pretendía una «reordenación del mercado», aunque en uno u otro punto de la tierra siempre se han producido explosiones del proletariado contra la explotación capitalista: desde los años 1917-1923, siempre de manera escalonada e inconexa, hasta el estallido de los años 1968-1973. Es a partir de entonces, que se produjo un reajuste en los viejos métodos productivos que no podrán evitar que la crisis se manifieste aún con más claridad durante los años 1973 y 1974, abriéndose, incluso en los centros del capital mundial, una época llamada de «austeridad» (paradoja con la que el sistema capitalista pretende recubrir la realidad) por los diferentes líderes políticos de la izquierda burguesa, como por ejemplo por los dirigentes del eurocomunismo y los socialistas del área mediterránea (España, Portugal, Francia, Italia). Ello, curiosamente, coincide con la publicación de las tesis de la Trilateral sobre los partidos eurocomunistas: «Son la última garantía para la integración obrera y el mantenimiento del orden burgués», es decir, comenzaba la preparación de una loca carrera por lo que ya se conoce como la «reconversión y reestructuración» industrial. Muy atrás quedaban los sueños de los «Estados providencia» o «Estados de bienestar» con los que durante años, las burocracias sindicales y partidarias de la burguesía han intentado y en muchos casos conseguido, dividir y adormecer la conciencia de clase de los obreros en todo el mundo, si bien es cierto que con diferentes resultados en cada lugar concreto.

II. En los comienzos de ese proceso, que podemos fijar en los últimos años de la década de los sesenta, los sectores más débiles de la burguesía: pequeños y medianos empresarios e industriales, comerciantes, accionistas..., vieron dicho fenómeno como algo totalmente ajeno a ellos y, lejos de inquietarse, pretendieron seguir como si nada hubiese pasado. Más adelante, cuando los efectos de la crisis se dejan sentir incluso en Estados Unidos, Europa, URSS, Japón, (1973-1974), queda perfectamente claro el doble juego puesto en marcha por el capitalismo mundial; esto es, intentando mantener los centros del Estado más fuertes del capitalismo, Estados Unidos, en el sistema de proteccionismo comercial para defenderse de las mercancías producidas en otras áreas del planeta Japón, CEE, Sudeste asiático y algunas zonas del centro y el sur de América, al mismo tiempo que exhibía una libertad total de sus productos acabados en todo el mundo, con el objetivo declarado de «dejar que primero se recuperara el capitalismo aquí como garantía de que después lo hará en el resto».

Estos intentos de imposición por parte de Estados Unidos se están viendo muy claramente expuestos en las últimas reuniones de los organismos internacionales del capitalismo mundial, esto es, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, más concretamente, en la reunión que ha tenido lugar en noviembre de 1982, del GATT.

Todo ello no es más que la continuación de la misma actividad del capitalismo, agudizada aún más si cabe, por el aumento de las fuerzas productivas, pero como decía K. Marx:

«Los capitalistas vuelven a encontrarse, pues, unos frente a otros, en la misma situación en que se encontraban antes de introducir los nuevos medios de producción, y, si con estos medios podían suministrar por el mismo precio el doble de productos que antes, ahora se ven obligados a entregar el doble de productos por menos precio del antiguo. Vemos pues, como se subvierten, se revolucionan constantemente el modo de producción y los medios de producción, así como la mayor división del trabajo, la mayor aplicación de la maquinaria, la producción en gran escala, lleva a otra producción en otra escala mayor». Marx, Trabajo asalariado y capital.

La violencia con que los capitalistas se lanzan a la conquista de ganancias más sustanciosas hace temer a sus más distinguidos «sabios y pro-hombres» la posibilidad de que se ponga en peligro la existencia de la propia sociedad burguesa. Por eso, frente a las posiciones más agresivas del capitalismo, se alzaron, en un momento, algunas tímidas voces que clamaban por un ordenamiento y control en la despiadada concurrencia mundial. Como ejemplo, podemos ver los documentos y las recomendaciones contenidas en el llamado «informe RIO», en el que se proponía el absurdo de disciplinar la competencia de los capitalistas, anteriormente se había realizado otro estudio, realizado por la pareja Meadous, en el que se preveía como «punto límite» de la civilización, de seguir así las cosas, el año 2020, por lo que fueron total y absolutamente desprestigiados y apartados de sus canales normales de discusión. Tanto el informe RIO (para una Reforma del Orden económico Internacional), como el de la pare ja Meadous, subvencionados por el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) con importantes contribuciones del capitalismo más avanzado (el RIO lo estaba por el Club de Roma) del que uno de sus más importantes mentores es Agnelli, de la FIAT. Tanto uno como otro demostraron que el capitalismo no vive de utopías, lo que no le gusta o no le sirve lo destruye, y es que una cosa es planificar el futuro, sobre lo que existen numerosos trabajos de la burguesía, y otra muy distinta es decir que no habrá futuro.

Pero estos informes, en los que se habla y proponen distintas fórmulas (en las formas, que no en los contenidos) para la mejor expansión del capitalismo, aunque rechazados por ellos, han servido por un tiempo para intentar convencer (por medio de la propaganda de los problemas sufridos por sus autores), a algunos sectores de obreros para que se agrupen con las capas medias de la sociedad burguesa, ayudándoles en sus esfuerzos por la reforma, mejora y conservación de la naturaleza, en otras palabras, para garantizar la calidad (¿?) de su vida. Pregonando misticismos tales como que la conservación de la naturaleza se logrará por la recuperación de los residuos urbanos, la utilización de energías renovables..., todo ello para mejorar la vida cotidiana y en línea con el tan cacareado nuevo Orden Económico Internacional. Esto que en algunos países y zonas de las más saturadas ha calado en el mejor espíritu de lo que defendían los contrarrevolucionarios y burgueses de la III Internacional; es decir, el frente único. Es eso lo que han puesto en marcha los anti-obreros llamados «verdes», y que en algunos lugares se denominan también ecologistas, naturalistas o mil zarandajas por el estilo. Todos esos artilugios no son, en definitiva, otra cosa que zanahorias delante de los obreros y que al igual que las maniobras para las áreas de África, Asia y América Central y del Sur, con las «conferencias» Norte-Sur suponen la preparación táctica del capitalismo para un nuevo enfrentamiento armado contra los inevitables levantamientos del proletariado en el mundo, tal como podía entreverse de las conclusiones adoptadas en la reunión de Cancún, en 1981, y en la realizada en Canadá, en 1982, así como la desarrollada en noviembre del mismo año del GATT.

En efecto, como consecuencia de las necesidades del capitalismo de desprenderse de la fuerza de trabajo, hoy no apta para su utilización, debido al inmenso desarrollo alcanzado por los medios de producción, así como por las fuerzas productivas, se ha ido creando un espiral en la concurrencia por la que cada capitalista tiene que producir más mercancías y venderlas más baratas que sus competidores para seguir ganando al menos lo mismo que antes; dicho de otra forma, al disminuir el valor de cambio de la mercancía (desvalorización-superproducción = empobrecimiento progresivo de los obreros).

El conjunto de medidas y mecanismos, de toda índole, que la burguesía está implantando no suponen, en realidad, otra cosa que el comienzo de la preparación psicológica de la población mundial para que acepte como inevitable la destrucción de las fuerzas productivas, o, lo que es lo mismo, que asuma el convencimiento de la necesidad de su propia eliminación como fuerza de trabajo superabundante, y eso en cantidades mucho mayores de lo que ya fueron en las anteriores guerras imperialistas. Esto se comprende, al ver como junto a la cada vez mayor dificultad para seguir manteniendo el proceso de valorización del capital, se refuerza la militarización en todos los aspectos de las relaciones en la sociedad burguesa.

La acumulación de trabas para la valorización del capital nos permiten reconocer los síntomas de los que históricamente ha resuelto el capitalismo con una gran intensificación de la explotación de toda la fuerza de trabajo necesaria para la producción. Sólo con el aumento en los ritmos de trabajo, así como con la disminución de los salarios, serán capaces los capitalistas de satisfacer las necesidades impuestas por su propio sistema.

Ahora bien, dado que esa situación continuará agravándose, incluso con mejorías pasajeras, ya que la tendencia general es a la disminución de los beneficios que permitirían un aumento de su capital, y que esa situación se repite con los demás capitalistas (pues todos concurren en el mismo mercado) sólo podrá romperse esa tendencia general, por medio de la guerra generalizada, aunque comience claro está en uno o varios puntos localizados del planeta. La guerra es la única salida y solución del capitalismo para poder recomenzar una nueva etapa de expansionismo y acumulación de capital. Previo a su estallido, las contradicciones entre los Estados, por defender sus áreas de influencias, se harán cada vez más visibles, generando situaciones parecidas a las que tuvieron lugar en los años anteriores a la I y II Guerra Mundial, tanto en sus aspectos del patriotismo nacional (chovinismo), como xenofobia (enfrentamiento con los extranjeros, y sobre todo con los obreros inmigrados), lo cual ya se está produciendo en numerosos países, potenciado por planteamientos nacionalistas de los estalinistas e izquierdistas o simplemente por oportunismos electorales en muchas de las oposiciones políticas de los gobiernos actuales, lo que en algunos casos se convertirá en verdadero racismo. Para el proletariado tiene que estar muy claro que la única alternativa real a la guerra imperialista (que puede empezar en cualquiera de los campos capitalistas, lo mismo en la rusa que en la norteamericana.), no es ni mucho menos, el pacifismo o el antimilitarismo, sino la REVOLUCIÓN COMUNISTA MUNDIAL, volviendo en todos los casos las armas contra su propia burguesía, esto es, realizando la verdadera confraternización proletaria y el derrotismo revolucionario, negándonos en cualquier caso a combatir contra nuestros hermanos proletarios, ya que nuestro enemigo mortal está en el Estado que nos facilitó las armas para usarlas contra nuestros hermanos que se encuentran en las mismas circunstancias que nosotros. ¡Volvamos las armas contra la burguesía que nos armó! El único interés que les guía al enfrentarnos es el de preparar nuevas condiciones que les permitan su expansionismo, aumentando así la posibilidad de una nueva y mayor acumulación de capital.

Y es que, como decían K. Marx y F. Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, en 1848: «La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales [...]. Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes».

La exacerbación de las contradicciones en Europa

Lo que toda la actividad demagógica del capitalismo no logra ocultar es que para Europa, y sobre todo el área centroeuropea, no quedan muchas esperanzas de recuperación. «Son un caso algo distinto de los demás y por tanto hay que dar soluciones diferentes que a los demás.» Es cierto que semejantes planteamientos no se hacen de manera explícita, pero si nos fijamos en el hermetismo absoluto sobre sus perspectivas de recuperación, la falta de valoraciones concretas sobre cómo resolverá esa zona sus problemas y la cada vez más rápida caída en su crecimiento interior, las conclusiones que podemos sacar se sobreentienden.

Porque siendo un área, hasta hace muy poco, imagen del «milagro económico», se está convirtiendo a pasos agigantados en un cementerio industrial, siendo claramente visible al altísimo grado de superproducción semiparalizadora al que han llegado los Estados de esa zona. Los capitalistas tienen el convencimiento cada vez más fuerte de la incapacidad física del territorio, para un crecimiento expansivo sostenido de sus industrias en la región; fácilmente podemos entender que los capitalistas no van a invertir en algo que de antemano saben, si no improductivo, no lo suficiente rentable, y que por tanto significaría su propio suicidio como capitalistas, máxime cuando hay una gran masa de capital inutilizado. Esto les conduce a estar más interesados en eliminar, como sea, la mayor parte de esas fuerzas productivas inmovilizadas o muy poco aptas para su rentabilidad económica, que a hacerlas producir mercancías de primera necesidad. En otras palabras: «Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de propiedad, que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, de forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas». K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista.

En efecto, podemos ver como los capitalistas están creando las condiciones más idóneas, tanto psicológicas como prácticas de organización, que les van a permitir resolver a su favor sus problemas de acumulación. Exacerbando, cuando no promocionando directamente, el surgimiento de posiciones ultraconservadoras y ahistóricas en el interior de los Estados y a las que podríamos caracterizar con los siguientes rasgos:

1. Aunque financiadas por sectores de la burguesía centralista e incluso por grupos del capital transnacional, las que públicamente se muestran más activas son las capas medias más tradicionalistas y conservadoras, que intentan explicar sus problemas, achacándolos al centralismo, bien directamente o bien al sucursalismo de su gobierno más o menos autónomo. Una particularidad más que hay que tener en cuenta es la campaña desatada sobre el grado de inseguridad civil y la exigencia de que se tomen medidas policíacas en sus respectivas regiones. Cuando en la mayoría de los casos han sido esos mismos sectores los máximos promotores de la violencia que ahora pretenden controlar con el respaldo del aparato de su Estado autónomo. ¿Simple casualidad o parte del maniqueísmo burgués del que tanto provecho han sacado en muchísimas ocasiones?

2. Tanto sus explicaciones como las propuestas, bien de mayor descentralidad y autonomía o bien con la solicitud directa del voto (como ya se está produciendo en numerosos lugares), son métodos para ganarse –simpatías– aunque éstas sea por un momento, atrayendo para sus posiciones los apoyos y militancia radical de importantes sectores de la pequeña y mediana burguesía autóctona e incluso de algunos grupos de obreros que hacen con su «cantonalismo visceral» muy apropiadas las afirmaciones del Manifiesto Comunista:

«Las capas medias –el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino–, todas ellas, luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son pues revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias ya que pretenden volver atrás la rueda de la Historia. Son revolucionarias únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado».

Es la propia desorganización de los proletarios, la influencia de los muchos años de contrarrevolución triunfante, la que incide de manera totalmente negativa en la acción obrera. La necesidad de reapropiarse de su propia historia revolucionaria, coma clase autónoma, se hace cada vez más patente. Sólo con esa actividad teórica-práctica constante, los obreros podrán recuperar y reconstruir «el hilo rojo» con el que se transformarán en PARTIDO.

-Mientras tanto, todos los planteamientos y propuestas de la burguesía que se nos presentan recubiertos por unas supuestas necesidades de recuperar la cultura, la lengua, en definitiva, las tradiciones de nuestros ancestros, localizadas en zonas más o menos determinadas de las regiones geográficas, cuyas referencias históricas pertenecen, en la mayoría de los casos, al medievo feudal, no son otra cosa que la concreción de las necesidades del capitalismo por extraer el máximo de plusvalor de la fuerza de trabajo que utiliza.

-La misma necesidad de controlar férreamente a los obreros, obliga a la burguesía a la formación de fuerzas represivas más y más especializadas y «conocedoras del terreno que pisan». La forma más usual en que se nos hace tragar esa amarga «píldora» es presentándolos como los protectores del poder político, que, ahora, gracias a «nuestros esfuerzos» (¿?) tenemos más cerca y accesible. Cuando la realidad es que de esa forma han conseguido una mayor capacidad práctica para imponer sus iniciativas.

-Semejantes razonamientos podrían resultar incluso cómicos, de no ser por que la propia realidad nos demuestra el poder de atracción místico que ejercen, arrastrando hacia ese tipo de posiciones a importantes grupos de obreros.

Toda esa palabrería social-patriótica resurge en los momentos críticos de la sociedad burguesa, que intenta, desde el siglo xix, retrasar las insurrecciones proletarias. Desempolvando, de vez en vez, su parafernalia escisionista.

Hoy, de nuevo, en la década de los ochenta del siglo xx resurgen con fuerza, tanto en el Este como en el Oeste, al Norte y al Sur, las banderolas de cada feudo. Como es natural, cada uno de los grupos toma el aspecto «histórico» que más conviene a las necesidades de supervivencia y valorización del capital.

Efectivamente, ese rejuvenecimiento de luchas y estandartes del pasado, toma los colores más virulentos, allí donde son más fuertes los enfrentamientos de clases, llegándose a poder esperar una mayor actividad autonomista, simplemente por el tono recriminatorio con el que la prensa burguesa amonesta a los levantiscos. La burguesía aprovecha todo enfrentamiento político entre sus distintas fracciones para procurar sumar a sus objetivos al mayor número de sus esclavos modernos, todo con tal de conseguir una parcela de poder.

Si bien es verdad que coexisten los dos tipos de acción entre los capitalistas, a la hora de analizar sus perspectivas dentro de la evolución histórica de la humanidad, hay que tener muy en cuenta los aspectos contradictorios de su propio desarrollo, anteriormente señalado:

I. Los fuertes enfrentamientos que genera la concurrencia mundial por mantener el aumento progresivo de la valorización de sus capitales respectivos.

II. Para conseguir esa revalorización, necesitan de un aumento del plustrabajo, lo que a su vez agudiza las contradicciones existentes entre la burguesía y el proletariado: la esclavitud moderna, el trabajo asalariado.

III. Esa contradicción, que es la que existe entre CAPITALISMO-COMUNISMO y cuya solución positiva, a favor del comunismo, subyace en cada crisis de acumulación-expansión del capital, ha sido resuelta momentáneamente por la burguesía, por medio de la destrucción masiva de fuerzas productivas constantemente y cada vez en mayor escala. Y para conseguirlo les es absolutamente imprescindible la integración de los obreros en el seno de los distintos grupos de capitalistas en que se fracciona la sociedad burguesa.

I. En esa dirección, ya probada otras veces, es en la que camina de nuevo la sociedad en su conjunto (a escala mundial), veamos por ejemplo la agudización de esas contradicciones en el área centroeuropea:

Esta región, que comprendería, sobre todo, a Países Bajos, las dos Alemanias y Polonia, representa para el capitalismo un núcleo muy importante, tanto en la producción de materias primas, esencialmente energéticas, como en cuanto a la localización de fuerza de trabajo cualificada. Como los problemas de los capitalistas les vienen de la desvalorización de sus mercancías, lo que les obliga a producir más y más barato, bajando al mismo tiempo sus costos de producción, la mercancía fuerza de trabajo, también se desvaloriza ante la competencia ejercida por los propios obreros para intentar colocar lo único que poseen. En definitiva, al dictado de las propias leyes del capitalismo caen por su propio peso todas las ilusiones reformistas inculcadas por la burguesía-izquierdista-radical, dejando claramente ante la clase obrera la dialéctica de la historia, que se empecina en remachar la condición revolucionaria del proletariado mundial.

Porque, si los capitalistas no pueden mantener ni siquiera los costos salariales que los obreros de esa región necesitan para subsistir, y están sustituyendo la fuerza de trabajo por máquinas que permiten la apropiación de más beneficios, con lo que generan un aumento de parados, como no se conocía desde el período prebélico de la última guerra mundial, ¡¿dónde?!, piensan algunos obreros, parará esta barbarie capitalista. A lo que los COMUNISTAS sólo podemos responder con la memoria del proletariado revolucionario y que sobre el capitalismo, y en palabras de K. MARX aclara que:

«El obrero más bien tiene que empobrecerse, ya que la fuerza creadora de su trabajo, en cuanto fuerza del capital, se establece frente a él como poder ajeno... Todos los adelantos de la civilización, por consiguiente, o en otras palabras, todo aumento de las fuerzas productivas sociales, de las fuerzas productivas del trabajo mismo –[...]– no enriquecen al obrero, sino al capital; una vez más, sólo acrecientan el poder que domina al trabajo, aumentan sólo la fuerza productiva del capital». Grundrisse.

En la RFA, donde los socialcristianos en su feudo de Baviera, y no sólo ellos, enseñan en las escuelas e institutos la geografía del Estado alemán con los límites geográficos que tenía en tiempos del káiser Guillermo, cuando ningún gobierno de la RFA ha reconocido al Estado de la RDA, existiendo además numerosos cargos de la administración, tanto central como local en manos de reconocidos militantes o simpatizantes nazis, es, no cabe duda un muy importante caldo de cultivo para la radicalización extrema de un influyente movimiento ultranacionalista, comandado por Strauss o por cualquier otro fascista de su calaña.

Considerando los lazos de amistad creciente entre importantes sectores de la socialdemocracia alemana, comandados par W. Brandt, gestor de la política de apertura hacia la RDA y la URSS, y su cada vez mayor acercamiento a los «verdes» y sus planteamientos políticos pacifistas, muy en la línea de la política de «desarme» y por la «paz» del Estado ruso, no podemos desdeñar, de ningún modo, la posibilidad de toda una serie de acuerdos, por ahora no públicos, sobre la base de mayores ventajas inversoras del capitalismo en todo el área de la RDA y Polonia, siempre y cuando se controle la «situación» en esta última. Lo cual serviría para avanzar en las posibilidades-necesidades, que hoy exige el capitalismo en Europa. ¿Cómo? Por un lado, dejando «maravillosamente» bien delimitados los campos a enfrentar; de nuevo democracia-fascismo, o similares. Por el otro, abriendo sin dificultad la colaboración político-económica entre la CEE y el CAME. Ya que, una vez aclarados los intereses del capitalismo en esa área (restricciones a las exportaciones por Estados Unidos a la URSS), se podrían solventar las gravísimas consecuencias que, para ellos, tendría una mayor extensión y conocimiento de los levantamientos obreros en esa área del mundo.

Es por eso, por lo que prevemos la nada desdeñable oportunidad que para los capitalistas supondría el desencadenar una masacre localizada en el corazón de Europa, recuperando de esa manera el margen de optimismo que hoy ha perdido con respecto a sus inversiones en la zona.

Tenemos que entender que, en la medida en que su crisis se agudice, con lo que se añadirían muchas dificultades para la circulación de sus productos, no serán suficientes las medidas policiales que ya se están reforzando, y más si a eso añadimos las propias acciones obreras para defenderse del hambre, la expulsión de sus casas... El capital seguirá acudiendo, para mantener «su orden», a la guerra antisubversiva, mientras puedan, o a la conscripción general contra «las fronteras», «aranceles», «aduanas» o lo que se les pase por las mientes.

Sea lo que sea, la guerra siempre será contra los proletarios.

En el otro extremo del pasillo (RFA, RDA, Polonia), en donde se desarrolla un proceso de resistencia obrera frente a todas las medidas militares ya puestas en marcha por conseguir de nuevo su integración en los marcos anteriores a 1980, al sobrepasar con sus luchas los planteamientos de las fracciones de la burguesía, enfrentadas a la hegemonía de los dirigentes del POUP. La misma radicalización de las posturas obreras obliga a toda la burguesía a unir sus esfuerzos, aislando a los proletarios en Polonia del resto del mundo, y a dar una imagen de éstos totalmente mística o gansteril. Aplazando enfrentamientos y estrechando lazos de «amistad» contra el enemigo común: el temible proletariado.

La experiencia de los largos años de enfrentamientos de clase, servirá a algunos núcleos del proletariado para entender que su lucha tiene en la burguesía al mismo enemigo que el resto de los obreros del mundo y que la explotación en Rusia, en Rumania, en China o en Polonia es la misma que en Estados Unidos, Francia, Italia o España, y que la verdadera emancipación del proletariado se realizará por medio de su organización, y constituyéndose en clase para la abolición del trabajo asalariado.

I. Hay que señalar también que los peligros de guerra no están circunscritos a un solo punto, ni mucho menos. En todo el planeta existen numerosas regiones donde las contradicciones capitalistas se están resolviendo por medio de carnicerías espantosas; como ejemplo podemos citar: Oriente Medio, El Sahara, el área sudafricana, Centroamérica..., en todos estos lugares, y otros que no citamos, además, la propia lucha del proletariado, aunque de forma desorganizada y con numerosas confusiones y contradicciones, obliga a la burguesía a frenar su expansión, para eliminar primero a sus enemigos internos –los proletarios–. Si bien, hasta ahora, es por muy poco tiempo. Véase el caso de la guerra Irán-Iraq, Polisario-Marruecos en el Sahara...

Es decir, que el agravamiento de las contradicciones del capitalismo repercute grandemente y con efectos desastrosos para su sistema, en las relaciones sociales de producción, dificultando en grado sumo el mantenimiento del orden burgués y por tanto en su forma de organización social.

Todos esos enfrentamientos de clase, aparentemente inconexos, así como la falta de «soluciones» concretas para la zona centroeuropea, por parte de las elites del capitalismo mundial, obligan a los comunistas a reflexionar, bien es verdad, en el terreno gaseoso de las hipótesis, sobre cuales son los motivos reales y la significación, tanto de las conversaciones STAR en Bruselas entre Estados Unidos y URSS, como de una hipotética, pero no imposible, retirada estratégica de los ingenios nucleares de la zona de una guerra local. Pues, por un lado tenemos la actitud negociadora, para esa región, del gobierno ruso, que habría incluso de retirar algunos SS-20, y por el otro el auge de las posturas pacifistas, antimilitaristas, antimisiles..., que proliferan por todo el mundo, y que lejos de constituir una barrera a la guerra, constituyen uno de los mejores medios de su preparación.

Lo que sí tiene una clara conexión es la estrategia del capitalismo, por crear las condiciones imprescindibles para la guerra en Europa, para deshacerse de los millones de obreros que el mismo capital ha hecho improductivos, pero midiendo los pasos para no acelerar el inexorable ciclo de la evolución histórica de la humanidad, intentando alargar al máximo su existencia en esta bárbara sociedad. Como Marx decía:

«Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Se abre así una época de revolución social».

III. Enlazando con ese análisis marxista, sobre la agudización de las contradicciones en la sociedad burguesa, y reconociendo la existencia de algunos grupos de obreros aislados, muy minoritarios, pero imbuidos de una verdadera violencia proletaria contra el Estado capitalista mundial que les explota, somos muy conscientes de que no es precisamente, la adquisición de una mayor o menor «cultura», la que permitirá una mayor comprensión de las tareas históricas del proletariado, pues ella es y está concebida para el propio desarrollo de las fuerzas productivas y los medios de producción capitalistas: la misma educación burguesa se encarga de inculcarnos los misticismos sobre el trabajo asalariado, la propiedad privada y el respeto por las instituciones sobre las que se ha levantado y fortificado el grueso de su sociedad. Es por el contrario, el rechazo a ese tipo de enseñanza que nos liga indisolublemente al capitalismo y la recuperación positiva de todas las aportaciones revolucionarias en toda su unidad dialéctica de la evolución de la historia, la que nos permitirá dar un paso de gigante en la coordinación y fortalecimiento del proletariado como clase para la destrucción del capitalismo. Los varios lustros de luchas de los obreros, contra el moderno sistema de esclavitud asalariada, han servido a éstos (aunque esta comprensión no esté hoy generalizada) que han sufrido en su propia carne, para saber a lo que conducen las veleidades reformistas que fueron predominando desde el aplastamiento de la Comuna de París.

Y es que, frente a las ingentes cantidades de mercancías que se destruyen, así como las fuerzas productivas que se inutilizan o eliminan, bien por guerras constantes en distintos lugares o por su simple destrucción ante la desvalorización, que significan la escasa o nula rentabilidad comercial de sus productos y contrastan con el mero interés por el beneficio de los capitalistas, hay que oponer el desarrollo integral de todas las capacidades productivas de la persona, el interés de la producción social, convirtiendo a los seres humanos en verdaderamente libres, no sólo en la sociedad, sino en sí mismos, esto es, integrando en cada persona los intereses de la comunidad.

En ese camino y con el bagaje histórico de las luchas revolucionarias de la clase obrera en todo el mundo, se convierte en actual la recomendación realizada por Marx y Engels al Comité Central de la Liga de los Comunistas, en marzo de 1850, acerca de cuales tienen que ser los planteamientos revolucionarios del proletariado en los momentos decisivos de la insurrección:

«[...] para poder oponerse enérgica y amenazadoramente a este partido (el burgués) [...]. Se procederá inmediatamente a armar a todo el proletariado con fusiles, carabinas, cañones y municiones todo intento de desarme será rechazado, en caso de necesidad, por la fuerza de las armas».

Aunque ésa tiene que ser la actitud dominante en el proletariado para que se pueda producir la revolución, no podemos ignorar que para su transformación en fuerza de clase, dirigida a la abolición del trabajo asalariado y su constitución en clase dirigente, es preciso desarrollar una actividad y trabajo paciente con los sectores más combativos y resueltos de los obreros, junto con la coordinación organizativa entre los comunistas existentes en la actualidad. Será por medio de la acción consciente y prolongada, como los proletarios hoy, más o menos, aislados, podrán asentar consolidar y extender los gérmenes de lo que en un futuro se convertirá en el Partido Comunista Mundial. Mientras tanto, habrá que rechazar y combatir, todas las ilusiones y pamplinas idealistas sobre las mayorías, como lo que son, mitos del democratismo burgués; e igualmente contra la actividad de los grupos minoritarios de obreros que surgen en momentos determinados de la lucha de clases y que están llenos de actitudes pacifistas, derrotistas..., como las que ya ha sufrido en muchas ocasiones de su historia.

Hay que decir bien alto, para que nadie se lleve a engaño, que los proletarios realmente conscientes, incluso en los momentos decisivos de la insurrección armada, serán una ínfima minoría del conjunto de la clase obrera y que las llamadas a una supuesta «concienciación mayoritaria» para poder comenzar la acción destructiva del Estado burgués, significará no sólo el fracaso previo de la lucha, sino el comportamiento más reaccionario y anticomunista que plantearse pueda, condenando la dictadura del proletariado a las calendas griegas.

Al llegar a estas alturas del análisis, sería interesante dar un ligero repaso a la composición de lo que ha supuesto para todas las formas de sociedad dividida en clase, la verdadera espina dorsal para el control y la dominación: los cuerpos represivos, el ejército. Dichas fuerzas, con el perfeccionamiento del Estado en la sociedad burguesa, han llegado a formar lo que algunos sectores del capitalismo no dudan en calificar, hoy, como un Estado dentro del propio Estado, dada sus complejidades, ramificaciones y enraizamientos en otras instituciones del Estado.

La importancia de fijar la atención en algunos aspectos del ejército, está fundamentada, tal como ya señalamos en nuestros textos sobre «el ejército en Estados Unidos», en la importancia que tienen esos cuerpos del Estado para la defensa del capitalismo y por ende en la necesidad de destruirlo violentamente, máxime si tenemos en cuenta que para los comunistas el único ejército que puede existir en el Estado de la dictadura del proletariado es el de todos los obreros en armas.

La burguesía, especialmente a raíz de la Segunda Guerra Mundial, ha acelerado, al igual que en el resto de los polos de producción, la conversión del ejército en un laboratorio donde investigar, tanto los cambios en las relaciones sociales, como en la aplicación de nuevas técnicas para la industria. Hemos de tener en cuenta, que el ejército siempre ha sido un importante sector de estudio para las elites dominantes, de la sociedad y que tanto Marx como Engels profundizaron en el tema centrándose en su utilización para el expansionismo del Imperio Romano e incluso en años muy anteriores por otras tribus, pero cuya característica común era el que los cuerpos armados para la guerra servía como excelentes bancos de pruebas, tanto para la aplicación de nuevos modos en las relaciones con su sociedad, como con las conquistadas, así como igualmente en los aspectos comerciales.

Pero sobre todo ha sido después de los avances tecnológicos conseguidos, fundamentalmente, entre los años 1939 y 1945, que el ejército se ha convertido no sólo en ese laboratorio, sino que ha adquirido además una gran importancia estratégica de primerísimo orden, y ello al margen y por encima de su interés como verdadero baluarte y garantía del mantenimiento del Estado burgués, en ramas como la enseñanza, la medicina..., en definitiva, en todos los aspectos de las relaciones en la sociedad del capitalismo.

Si los medios de producción han sufrido una serie de divisiones del trabajo sucesivas, que han llevado a una simplificación progresiva en el conjunto de operaciones de su proceso productivo, su cada vez mayor aplicación al terreno de los componentes para uso militar en especial al material directamente armamentista, ha obligado a los capitalistas a prestar mucha mayor atención a este sector, tanto por los gigantescos beneficios que produce, como por su consideración de industria de «interés» militar y, por consiguiente, especial cuidado con el personal (fuerza de trabajo) asalariado a su servicio, poniendo mucha importancia a la adhesión demostrada hacia las instituciones burguesas.

Este polo de desarrollo industrial se ha convertido en una parte fundamental de los sectores punta, en cuanto a los aspectos de aplicación tecnológica se refiere, así como en un instrumento fantástico para la estructuración, integración de reivindicaciones sociales (como por ejemplo los feministas por la «igualdad» de la mujer), moldear comportamientos de grupos elitistas determinados (para cualquier tipo de intervención), especialización de equipos en servicios de comunicaciones, transporte..., como por ejemplo en trenes, teléfonos..., y ello tanto en lo que atañe a la infiltración en poblaciones como a la infraestructura de las ciudades.

Pero veamos una muestra de los recursos económicos que se emplean en los dos gigantes capitalistas del planeta: utilizando porcentajes sobre el PNB (producto nacional bruto) y las características de la división humana de sus ejércitos, según las cifras oficiales facilitadas por la misma burguesía.

URSS

(1 dólar = 0,57 rublos de 1979)

PNB: estimado en 1979 = 422.500 millones de rublos.

Total de las fuerzas armadas: 3.673.000, más las paramilitares que suman 560.000.

El número declarado oficialmente, quizás exagerado, sobre la afiliación a los grupos de defensa civil es de 80 millones de ciudadanos, contando entre ellos a unos 5 millones de cuadros e instructores.

La capacidad de reservistas movilizables es de unos 25 millones, sobre un total de 265.500.000 de habitantes.

Las cifras sobre los gastos de defensa en la URSS están altamente diversificadas, por lo cual nos encontramos con una variedad que va desde los 17,2 millones de rublos, siendo su porcentaje sobre el PNB del 2,6%, llegando a los 102 millones de rublos, según las estimaciones de China y que representarían algo más del 15% del PNB.

Estados Unidos

PNB: estimado para 1980 = 2.920.000 millones de dólares.

Total de las fuerzas armadas: 2.049.100, más las paramilitares que son 66.300.

La movilización de reservistas es de una capacidad de 1.120.900, divididos según las distintas áreas o ramas militares a las que estén adscritos, esto es sobre un total de 225.300.000 habitantes.

Sus cifras de gastos sobre la defensa, oficialmente, son los últimamente aprobados por el presidente R. Reagan, sumando en total 226. 300 millones de dólares, lo que representa un 12,89% del PNB.

Sólo con ver los presupuestos de los dos grandes Estados dedicados al rubro militar, podemos hacernos una idea de lo desmesurado de las fuerzas de trabajo y medios de producción que giran en torno a estas ramas productivas, así como las riquezas que para los distintos capitalistas significa el controlar dicho mercado de armamentos.

Para hacernos una idea más amplia de la militarización de la industria en general veamos alguna de las explicaciones sobre el sector químico y sus aplicaciones.

La definición que se da de los llamados agresivos químicos por el IIEEL (Instituto de Estudios Estratégicos de Londres) es la siguiente: «Los agresivos químicos son sustancias químicas, preparadas especialmente para su empleo en operaciones militares, con el objeto de inhabilitar, lesionar gravemente o producir la muerte a las personas a través de sus efectos fisiológicos. No hay que confundirlos con los agresivos bacteriológicos, que deben sus efectos a la multiplicación de sus organismos dentro de la víctima».

A continuación de esta edificante explicación, veamos el «humanitarismo» con el que se subdivide a las distintas formas de agresión, e, incluso, como y para que se emplean algunas de ellas:

-armas químicas

-armas bacteriológicas

-armas lanzadoras de llamas y/o humos

-armas irritantes

«Estas últimas –explican– no se utilizan en la guerra convencional, pero sí, en cambio, se hace uso abundante de ellas en operaciones policiales y de seguridad interna de los Estados.»

En cuanto a lo referente a su fabricación se dice: «Todos los países con una industria química desarrollada pueden fabricar agresivos químicos, aunque producir y almacenar municiones químicas provocará la construcción de unas necesarias instalaciones especiales».

Pues bien, lo anteriormente citado, es sólo un ejemplo de las fuerzas con las que cuenta el enemigo con el que necesariamente nos habremos de enfrentar, por lo que tendremos muy en cuenta que toda la actividad que desarrollemos los comunistas conllevará muchos meses o años de trabajo tenaz, tanto en la reapropiación de la experiencia pasada de nuestra clase, como en el de organización de la lucha presente y futura, esto es, la formación teórica y práctica de los futuros cuadros comunistas del ejército proletario para su lucha contra el capital. Esa actividad general estará necesariamente acompañada de la propaganda derrotista revolucionaria contra el ejército, en especial entre los mismos soldados que serán empujados sabotear la estructura militar, parte fundamental de la sociedad burguesa.

Es en esa parte de la sociedad en la que los capitalistas basan, en último extremo, su capacidad coactiva para mantener la hegemonía sobre los obreros, siendo esa misma necesidad la que engendra de nuevo la contradicción, en palabras de F. Engels:

«La rivalidad desatada entre los Estados los obliga a aplicar, cada vez más seriamente, el servicio militar obligatorio, con lo cual no hace más que familiarizar a todo el pueblo con el empleo de las armas, es decir, capacitarlo para que en un determinado momento pueda imponer su voluntad a despecho del mando militar.»

Este análisis, que en esencia es totalmente válido, es, sin embargo insuficiente, en la misma medida en que la burguesía prepara en los diferentes Estados a importantes grupos de especialistas en las distintas ramas de la estrategia y la táctica militares, en particular en los llamados «supuestos contra insurgentes» en los que queda implícito quienes son dichos insurgentes. Por eso, es imprescindible la preparación minuciosa y en los más ínfimos detalles de los diferentes aspectos y adelantos en el arte de la guerra.

Continuando la labor emprendida en su época por Marx y Engels, de estudio y síntesis de la cuestión militar desde el punto de vista proletario, y siguiendo la larga tradición de las izquierdas comunistas, hoy, para los revolucionarios no sólo es importante, sino imprescindible, el sintetizar, para coordinar, centralizar, dirigir..., el conjunto de expresiones de la lucha militar del proletariado, desde las formas elementales de barricadas, piedras, molotov y dinamita, a las más desarrolladas (pues requieren una mejor organización y disciplina) de la guerra de guerrillas y la conspiración insurreccional.

Y es que:

«Infundir a las masas trabajadoras una voluntad que corresponda a su situación de clase lo conseguirá, inevitablemente, el comunismo. Esto significa que el militarismo volará por los aires, y con él todos los ejércitos regulares desde adentro.» F. Engels

Conclusiones

A partir del momento histórico en que el capitalismo alcanza un cierto grado en su proceso de acumulación-extensión, esto es, aumento-valorización, conseguido por el desarrollo de los medios de producción, comienza a sufrir en períodos más o menos continuos, pero cada vez más graves, crisis de superproducción-desvalorización = superpobreza. Y es que la contradicción es cada vez más fuerte entre las ingentes fuerzas productivas creadas, y las relaciones de producción que se mantienen en la sociedad. La propiedad económica de esos medios de producción es puesta en cuestión por las necesidades evolutivas de la propia sociedad. Para los proletarios son esas épocas de fuertes y violentos estallidos insurreccionales los que les permiten la acumulación histórica de gran cantidad de experiencias, que les pondrán servir para el paulatino aumento de su conciencia de clase, haciendo más clara su memoria histórica y más nítido su objetivo y perspectiva, en el camino para la construcción de la sociedad sin clases, LA SOCIEDAD COMUNISTA.

Si bien, éste sería el proceso dialéctico de la evolución de la humanidad, todo su transcurso está marcado por intentos desesperados de las capas dominantes por mantener su dominio sobre los medios de producción, generando saltos y retrocesos en la organización de la clase revolucionaria, utilizando los clichés y comportamientos políticos burgueses que ya en otras ocasiones mostraron su eficacia, en la actividad confusionista por evitar la organización autónoma de la clase obrera en su guerra por conquistar su emancipación y, por consiguiente, la de toda la sociedad.

Los asalariados –esclavos modernos– desde comienzos del siglo xix, comienzan sus batallas de forma independiente, confirmándose como clase autónoma y la única revolucionaria desde entonces, separándose con sus objetivos de las demás capas y sectores de la sociedad burguesa en pleno desarrollo.

Esa independencia y autonomía de clase ha sido olvidada, disfrazada en múltiples ocasiones, frente a la sola perspectiva de un nuevo período de revoluciones, por el manejo de viejas y antiguas proclamas y consignas burguesas.

Ante la perspectiva histórica del resurgimiento, a una escala y proporciones, aún inimaginables del nuevo período revolucionario que se vislumbra, y como consecuencia del carácter y la gigantesca división del trabajo, introducida por el desarrollo del capitalismo en casi todas las áreas de la naturaleza, que sirvan o puedan utilizarse en la producción de mercancías para su colocación en el mercado mundial, estamos viendo por todas partes el resurgimiento y propagación de idea, que ya antes condujeron al postergamiento de la revolución proletaria, dejando para un hipotético y lejano futuro las exigencias de la clase obrera, esto es, la abolición del trabajo asalariado y la emancipación del proletariado.

Pero resulta, que en el presente no ya sólo es posible, sino imprescindible llevar a la práctica la revolución del proletariado, y la constitución de bastiones obreros luchando con las armas de la dialéctica, teórico-práctica, contra todos los que pretenden aplazamientos demagógicos o bien su simple postergación por el fin de los tiempos, enfrentando, la integración obrera al sistema capitalista, con la coordinación mundial del proletariado, en dirección, como lo señalaban las conclusiones finales sobre La Alianza y la Internacional, del 21 de julio de 1873, firmado por su comisión elaboradora y que decía:

«Dejando siempre LA MÁS COMPLETA LIBERTAD A LOS MOVIMIENTOS Y ASOCIACIONES DE LA CLASE OBRERA en los diversos países, la Internacional, sin embargo, había conseguido reunirla en un solo haz y HACER SENTIR, POR PRIMERA VEZ, A LAS CLASES DIRIGENTES Y A SUS GOBIERNOS LA POTENCIA COSMOPOLITA DEL PROLETARIADO. Las clases dirigentes y los gobiernos han reconocido este hecho al reconcentrar sus ataques contra el órgano ejecutivo de nuestra Asociación, el Consejo General. Estos ataques se habían agudizado cada vez más, después de la caída de la Comuna. ¡Y ése es el momento elegido por los aliancistas para declarar, por su lado, guerra abierta al Consejo General! Según ellos, la influencia del mismo, arma poderosa en manos de la Internacional, no era más que un arma dirigida contra ella. Éste era el precio de una lucha, no contra los enemigos del proletariado, sino contra la misma Internacional. Según ellos, las tendencias dominadoras del Consejo General lo habían colocado por encima de la autonomía de las secciones y las federaciones nacionales. No había más remedio que decapitar a la Internacional para salvar su autonomía.» Comisión: E. Dupont, F. Engels, Leo Grankel, C. le Moussu, K. Marx, Aug. Serrailler.

Pero la Internacional que necesitamos no puede repetir los errores del pasado, se requiere una organización netamente comunista. Como decía Engels:

«[...] la vieja Internacional dejó de existir definitivamente. Y eso está bien, pues la Internacional pertenecía a la época del Segundo Imperio, en que la opresión reinante en toda Europa proscribía al movimiento obrero que acababa de renacer, unidad y abstención de toda la polémica interior. [...] Cuando la Internacional se convirtió en Europa, gracias a la Comuna, en una fuerza moral, inmediatamente empezó la discordia. Cada tendencia quería explotar el éxito en favor suyo. Sobrevino la disgregación que era inevitable. [...] La Internacional, que durante diez años ha dominado una parte de la historia europea –precisamente aquella parte en la que reside el futuro– puede contemplar orgullosa la labor realizada.

Para crear una nueva Internacional a semejanza de la vieja, para crear una asociación de todos los partidos proletarios de todos los países, sería necesario que se produjese una represión general del movimiento obrero análoga a la de los años 1849-1864. Pero el mundo proletario es ahora demasiado grande, demasiado extenso, para que eso sea posible. Estimo que la nueva Internacional será –después de que las obras de Marx hayan ejercido su influencia durante una serie de años– una Internacional netamente comunista y proclamarán unos principios que serán precisamente los nuestros». Carta de F. Engels a F.A. Sorge.

Podemos ver, pues, las características de la sociedad en la que estaba la clase obrera cuando formó la I Internacional. Así como lo que para cualquier organización revolucionaria o grupo de proletarios aislados que trabajan por el comunismo, puede significar el ceder un ápice en los principios inalterables de la lucha de clases. Sólo aferrándose a esas bases programáticas nacerá el tipo de organización mundial que necesitan los asalariados para la destrucción del capitalismo.

Otra de las grandes batallas que tenemos que ganar es la derrota teórico-práctica contra la tendencia «antiautoritaria» –anarquizante que se extiende como la espuma tanto entre los obreros, como, en concreto, en las organizaciones obreras aburguesadas que surgen al calor de las luchas y que confunden la imposición individualizadora y alienante del Estado burgués con la necesaria autoridad centralizada que se necesita cuando se quieren tomar decisiones que impliquen a varias personas y no digamos a miles o millones para su cumplimiento. Pero veamos como define y aclara F. Engels la cuestión:

«Algunos socialistas han emprendido últimamente una verdadera cruzada contra lo que ellos llaman (principio de autoridad). Basta con que se les diga que éste o el otro acto es autoritario para que lo condenen [...]. Autoridad, en el sentido de que se trata, quiere decir: imposición de otro a nuestra voluntad; autoridad supone por otra parte subordinación... Tanto, CIERTA AUTORIDAD, DELEGADA COMO SEA, Y, DE OTRA, CIERTA SUBORDINACIÓN SON COSAS QUE INDEPENDIENTEMENTE DE TODA ORGANIZACIÓN SOCIAL, SE NOS IMPONEN CON LAS CONDICIONES MATERIALES EN LAS QUE PRODUCIMOS Y HACEMOS CIRCULAR LOS PRODUCTOS... La autoridad y la autonomía son cosas relativas, cuyas esferas varían en las diferentes fases del desarrollo social... Exigen que el primer acto de la revolución social sea la aplicación de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe...; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios.

Así pues, una de dos: O LOS ANTIAUTORITARIOS NO SABEN LO QUE DICEN, Y EN ESTE CASO NO HACEN MÁS QUE SEMBRAR LA CONFUSIÓN, O LO SABEN, Y EN ESTE CASO TRAICIONAN AL MOVIMIENTO DEL PROLETARIADO. EN UNO Y OTRO CASO, SIRVEN A LA REACCIÓN».

Por lo que es teniendo en cuenta todos y cada uno de los aspectos señalados como hay que comprender el conjunto de medidas y disposiciones de toda índole: jurídicas, políticas, económicas..., que pone en marcha el capitalismo a nivel mundial y que, de hecho, no suponen más, que su preparación para la destrucción de las fuerzas productivas ya creadas, de las que la fuerza de trabajo, los proletarios, son las principales a destruir.

Para luchar e impedir tanto el estrechamiento de las medidas policíacas como una nueva guerra mundial o local (Irán-Irak, Líbano-Israel, Argentina-Inglaterra...), el proletariado a nivel mundial tiene que asumir la labor de coordinación, estructuración y organización como clase revolucionaria, lo que le permitirá la estructuración como PARTIDO COMUNISTA MUNDIAL para acabar con el modo de producción capitalista, para eliminar el trabajo asalariado es necesario instaurar la dictadura mundial del proletariado!

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«Esas fuerzas productivas conocen en la propiedad privada un desarrollo que es enteramente unilateral, en su mayoría ellas se transforman en fuerzas destructivas y una cantidad de ellas no encuentra la más mínima utilización bajo su régimen. En general, ella (la propiedad privada) crea en todas partes las mismas relaciones entre las clases de la sociedad y destruye por ello el carácter particular de las diferentes nacionalidades. Y al fin y al cabo, mientras que la burguesía de cada nación conserva todavía intereses nacionales particulares, la gran industria crea una clase cuyos intereses son los mismos en todas las naciones y para la cual la nacionalidad se encuentra ya abolida, una clase que se halla realmente desembarazada del viejo mundo y que se opone a él simultáneamente. No son sólo las relaciones con el capitalista, sino que es el propio trabajo el que la propiedad hace insoportable al obrero.» Marx, La ideología alemana.

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«El valiente burgués 'Stirner', que se complace de encontrar en el comunismo a su propia 'inquietud' querida, ha cometido, esta vez un error de cálculo. Esa 'inquietud' no es otra cosa que ese sentimiento de opresión y de angustia que, en la burguesía acompaña necesariamente el trabajo: esta actividad miserable para ganar su vida apenas. Esa 'inquietud' se realiza en su forma más pura en el valiente burgués alemán: en él es crónica y 'siempre igual a sí misma', miserable y despreciable; mientras que la miseria del proletario adopta una forma aguda, violenta, que lo empuja a asumir la lucha a muerte, por su propia vida, que lo hace revolucionario, que es por lo tanto generadora no de 'inquietud', sino de pasión. Ahora bien, si el comunista quiere abolir la 'inquietud' del burgués, así como la miseria del proletario, es evidente que no lo podrá hacer sin abolir la causa de uno y otro: el 'trabajo'». Marx, La ideología alemana.

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«El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañización humana y, por consiguiente, apropiación efectiva de la esencia humana y por el hombre y para el hombre; por lo tanto, el hombre se reencuentra completa y conscientemente consigo como un hombre social, es decir, humano, que condensa en sí toda la riqueza del desarrollo precedente. Este comunismo es humanismo por ser naturalismo consumado, y naturalismo por ser humanismo consumado. Él es la verdadera solución en la pugna entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la verdadera solución de la lucha entre la existencia y la esencia, entre objetivación y afirmación de sí, entre libertad y necesidad, entre individuo y especie. Es el enigma resuelto de la historia y se reconoce como dicha solución. El proceso entero de la historia es así la procreación real del comunismo, el parto de su existencia empírica, pero además la conciencia pensante del comunismo comprende conscientemente su génesis.» Marx, Manuscritos de 1848.


CO12.6 Algunos aspectos de la contradicción capitalismo-comunismo.