Discurso burgués

Cuanto más la sociedad se descompone, más se hace cuestión cotidiana el escuchar alabanzas a «los trabajadores» a «los obreros», a los «productores de toda la riqueza». Es usual en los medios de difusión, en los discursos de los jefes de Estado, en los sindicalistas, el dedicar una parte de sus peroratas a explicarnos que el trabajo es sano y necesario, que hay que hacer patria trabajando, que sin el trabajo no se puede vivir, que hay que reconstituir el país, que hay que aumentar la productividad, que hay que esforzarse más...

En general, este tipo de discursos, como no podía ser de otra forma, los hacen los que no trabajan, no sólo porque las normas sociales proscriban la alabanza de sí mismo o porque ese tipo de discurso en aquellos que trabajan sería algo así como crear, confeccionar, idear, perfeccionar el instrumento de tortura de su propio torturador (¡el trabajo es una tortura!), sino porque dichos discursos corresponden a la necesidad general del capital de mantener a los proletarios como simples trabajadores (l), trabajando, subsistiendo para trabajar, escupiendo plusvalía, y dedicando el resto de su «vida» a reconstituir su potencia de trabajo para seguir trabajando.

Más aún, dígalo quien lo diga, el discurso de «viva el trabajo» lo hace el capital, ese monstruo social que es el verdadero y único sujeto de esta sociedad. En efecto, el capital no es sólo valor que se valoriza, relación social de explotación del trabajo asalariado, sino que precisamente en tanto que valor en proceso ha subsumido al hombre y lo ha hecho ejecutante de sus intereses. El capital se transforma en sujeto supremo de la sociedad, transformando al mismo tiempo a sus ejecutantes en simples marionetas (2).

Cuando el discurso lo hace un patrón, un Andropov, un Reagan, un presidente de directorio o un dirigente sindical, corresponde enteramente a sus intereses y el capital habla –por decirlo de alguna manera– por boca propia. «Trabajad», «aumentad vuestro ritmo de trabajo», «el trabajo libera» (3), «vivan los héroes del trabajo», no es ni más ni menos que el interés real integral de la clase social que vive de la extorcación de la plusvalía y que se halla organizada en Estado «nacional», «socialista», «popular»... Su participación en la plusvalía está en relación directa a su habilidad en la gestión del capital o, lo que viene a ser lo mismo, su capacidad de control de la clase obrera, pues, en última instancia, los mejores capitalistas son los que mejor aseguran la reproducción del trabajo asalariado, es decir, los propietarios reales de las fuerzas productivas (burguesía) son los que deciden económicamente de su utilización, los más capaces de hacer que el esclavo asalariado se sienta contento con su esclavitud.

El idiota útil

Cuando el discurso lo hace uno de esos esclavos asalariados, un trabajador, se pretenderá que las cosas han cambiado, que la realidad es diferente. En realidad, no hay nada más falso que ello. Cuando los vivas al trabajo los hace un trabajador pobre y miserable, éste no es más que un pobre y miserable trabajador que traiciona a su clase, que renuncia a sus intereses inmediatos e históricos de clase y que, por lo tanto, es incapaz de constituirse en clase proletaria contra el capital. Es, hablando propiamente, un idiota (4) útil que contribuye a mantener y desarrollar el trabajo, y, cualquiera sean sus intenciones, contribuye objetivamente a desarrollar e intensificar la explotación misma de todo el proletariado.

Que sea un trabajador el que alabe el trabajo es importante para el capital, porque aquél es más útil como idiota para convencer a los otros trabajadores a resignarse con el trabajo y la explotación, pero, desde el punto de vista de la lucha de clases, su posición de clase está inequívocamente del lado del capital, pues actúa objetivamente para aumentar la relación de la plusvalía con el capital variable, es decir, la tasa de plusvalía (y se ubica por lo tanto contra los intereses inmediatos de la clase obrera de lucha contra la tasa de explotación), y simultáneamente (5) actúa defendiendo globalmente el trabajo enajenado, verdadero fundamento de esta sociedad de explotación del hombre por el hombre (se coloca contra los intereses históricos del proletariado).

En el fondo, el discurso sigue siendo un discurso esencialmente burgués, pero no sólo porque sirve al capital, sino además porque en el fondo lo hace el capital, y ello aunque lo haga con otra boca. En efecto, es el capital mismo que en su propio proceso de industrialización mundial, de procreación de la riqueza y la miseria que lo caracterizan, ha ido desarrollando cada vez más las técnicas para hacer trabajar a sus esclavos para que éstos aumenten su rendimiento, para que dejen su vida en las cosas que en última instancia son su no propiedad, un mundo ajeno de cosas que se les opone, los explota y los oprime. Nuevos métodos, nuevas máquinas, música funcional, ascenso en el partido, discursos sindicalistas y políticos, control de tiempos y movimientos, promoción en el sindicato, «viva el trabajo» dicho incluso por los propios trabajadores todo para explotar más y mejor.

Es el propio capital el que se fue perfeccionando y perfeccionó, a su vez, sus métodos de intensificación de la explotación. Para ello no hay nada más útil que la voz de «trabajad» venga de un trabajador mismo, de eso que no es más que un caballo, una bestia de carga que lo único que hace es gastar energía bruta, general, indiferente, abstracta, que se transforma en potencia opresora, es decir, en capital que vuelve a requerir la sangre joven de esa bestia de carga, para ser más capital, y que necesita aún más trabajo, más liquidación de músculo, de brazo, de cuerpo para ser más capital, que requiere seguir chupando vida para ser más capital, que precisa seguir intensificando el esfuerzo de sus propios títeres para ser más capital, que está imposibilitado para actuar de otra manera que seguir matando trabajo para seguir regenerándose y ser más capital, que sólo puede existir transformándose en más capital, como reproducción ampliada de la explotación de trabajo, que es imperioso a su propia esencia de trabajo muerto, el matar al trabajo vivo, que para ser más capital, que es lo que lo sigue moviendo, necesita seguir amontonando cadáveres, montañas de objetos que no tienen ninguna otra utilidad que la destrucción, lo que viene a ser una doble forma de amontonar el trabajo muerto, que no puede hacer otra cosa que ser más capital, sirviéndose del trabajo, acumulándolo como trabajo muerto y sirviéndose de los idiotas útiles que lo adularán gritando «viva el trabajo», que para ser más capital... y ese ciclo infernal sólo puede tener como fin la dictadura contra el capital y contra la sociedad de esclavitud laboral.

Lucha contra el trabajo

Desde tiempos inmemoriales, los explotados, los que fueron sometidos por la violencia al trabajo, se sublevaron contra él y contra todas sus condiciones de realización. Nadie en la historia trabajó porque quiso, sino porque fue obligado a palos, con religión, con sangre y con fuego, o/y fue separado violentamente de la propiedad de los medios de vida, y de los medios de producción de estos medios de vida (lo que en el fondo viene a ser lo mismo). Los esclavos, los siervos, los indígenas sometidos al incanato... o los proletarios modernos han luchado incansablemente contra el trabajo. Rebeliones, escapadas, insurrecciones parciales o generales, tuvieron como causas fundamentales estrechamente ligadas:

-lucha por mejorar la calidad de sus medios de vida, por la apropiación de una parte menos miserable del producto social;

-lucha contra los ritmos de trabajo, contra la intensidad del trabajo;

-lucha contra la extensión de la jornada de trabajo y para su reducción;

-lucha contra la explotación para constituir otro tipo de sociedad.

Todo se puede resumir a una lucha por vivir mejor o, simplemente, a una lucha por la vida humana, lucha contra esas sociedades que habían impuesto la tortura, el trabajo; lucha para trabajar lo menos posible (tanto en su extensión como en su intensidad); lucha por apropiarse de la mayor cantidad posible de producto social.

Con la formación y el desarrollo del proletariado y de su partido histórico (6), todas estas reivindicaciones no sólo no son abandonadas, sino que se desarrollan y se precisan. El comunismo, en tanto que movimiento del proletariado organizado, lucha por la reducción general del trabajo a su expresión mínima, tanto en intensidad como en extensión, y por la apropiación del producto social por parte del proletariado, pero declara abiertamente que estas reivindicaciones sólo pueden realizarse verdadera e integralmente con la dictadura revolucionaria del proletariado, que dirigirá el mundo contra los actuales criterios (dictadura contra el valor de cambio) y en función de las necesidades de la humanidad en formación. Contra todos los socialismos burgueses, que pretenden que el trabajo es inherente al ser humano y que conciben el socialismo como un simple proceso de distribución de bienes tomándolos de los «ricos» para repartirlos entre los «pobres», el comunismo levanta la necesidad de revolucionar no sólo la distribución (que en ultima instancia es una consecuencia indisociablemente unida a la producción), sino de destruir los fundamentos mismos del modo de producción, revolucionando fundamentalmente el objetivo de la producción, para que ésta no se decida en función de la tasa de ganancia, sino de hacer mejor la vida, para aliviar el trabajo y para trabajar menos, lo que a la vez implica liquidar el dinero, el mercantilismo, el trabajo asalariado, creando así las bases para que el trabajo deje de serlo, al reintegrarse la actividad productiva en general a la vida misma del hombre.

El desarrollo del capitalismo es el desarrollo simultáneo y contradictorio de la burguesía y la contrarrevolución por un lado, y del proletariado y de su programa por el otro. La lucha contra el trabajo, por la apropiación del producto social, por la revolución, es generada por el capital y genera al mismo tiempo el desarrollo y fortificación de la reacción.

Toda reducción del tiempo de trabajo es compensada con creces por los aumentos de la productividad del trabajo y por su mayor intensidad: de la manufactura a la fábrica y la adaptación de ésta a la producción en cadena... hasta los «nuevos métodos de administración del trabajo». Paralelamente y en perfecta correspondencia con ese proceso se van desarrollando los partidos socialdemócratas, los partidos del trabajo, del sindicalismo burgués, el laborismo y, más recientemente, el taylorismo, el estalinismo, el nacionalsocialismo, el populismo en todas sus formas y variantes (incluidos claro está, el peronismo, el castrismo...), es decir, el conjunto de fuerzas y partidos burgueses que, para encuadrar a los trabajadores y ponerlos a su servicio, toman como centro ideológico de las campañas la apología del trabajo. A continuación haremos una breve incursión en dicho desarrollo.

El desarrollo de los partidos del trabajo

Ya a mediados del siglo pasado la apología burguesa del trabajo se constituye en partido. Hasta esa fecha, los partidos burgueses para los trabajadores se llamaban sólo populares. A partir de entonces, los partidos burgueses especialmente aptos para el encuadramiento de los trabajadores se llamarán partidos socialistas, partidos de trabajadores, partidos socialdemócratas, partidos obreros, partidos comunistas, partidos del trabajo. El partido de Lasalle, la socialdemocracia alemana y luego la socialdemocracia internacional, serán el ejemplo más importante de partidos burgueses (por su programa, su vida, su acción...) con composición mayoritariamente obrera, que tienen a la apología del trabajo como punto fundamental de su programa. Se puso en el centro de la teoría, la ideología burguesa del trabajo, como fuente de toda la riqueza (7) y se reivindicó como objetivo del partido y del socialismo «la emancipación del trabajo», consigna siempre acompañada de otras como la constitución de un Estado Popular y Libre (8). De la misma manera que el Estado cuanto más se libera más oprime a la sociedad civil, la emancipación del trabajo no puede ser otra cosa que la fortificación del capital (9).

Luego de la muerte de Marx, la socialdemocracia, sin variar fundamentalmente su programa lassallano de apología al trabajo, buscará hacerse marxista. Suprimirá, falsificará todo lo que en la obra de Marx hay de revolucionario y de subversivo, y creará lo que se fue llamando (y se sigue llamando hoy) «marxismo»: la más repugnante apología del trabajo y el trabajador.

Poco a poco, lo que en la obra de Marx es considerado como una desgracia, el ser trabajador, lo que es denunciado como el súmmum de la bestialización, de la inhumanidad de la bajeza, el trabajo... pasa a ser para los marxistas del mundo entero, un mérito, un honor... y, en nombre de los trabajadores, los partidos del trabajo propagandearán el trabajo como sinónimo de la realización del hombre: «el trabajo libera» al hombre. De ahí a los campos de trabajo de Stalin y Hitler no había más que un paso.

Y ese paso fue realizado con la derrota de la revolución internacional de 1917-1923. En la propia Rusia la contrarrevolución se impuso con el mismo ritmo que se liquidó al proletariado revolucionario y a su vanguardia comunista, y se consolidó un verdadero ejército del trabajo. Sobre la base de la teoría socialdemócrata, defendida por Lenin, según la cual el desarrollo del capitalismo era un avance real hacia la revolución, todo se fue supeditando a la producción capitalista, al trabajo asalariado, con los ritmos que le son propios. Pero como Estado Nacional Capitalista requiere ser competitivo, y para ello era necesario aplicar los métodos más modernos de explotación del trabajador. El taylorismo (10), que el Lenin de antes de la insurrección denunciaba como «la esclavitud del hombre por la máquina», pasó a ser considerado por el Lenin administrador del capital y el Estado como una panacea, pues, prisionero de la ideología socialdemócrata, consideraba el aumento de la intensidad del trabajo, no como el acto más anticomunista que pueda concebirse, como es en realidad, sino ¡como un terreno neutro que según él serviría tanto al socialismo como al capitalismo! (11)

Esa obra de sumisión al trabajo a un ritmo forzado, que en Rusia llegó a niveles paranoicos, fue dirigida por los grandes jefes del bolchevismo que se mostraron a cuál más sanguinario en la aplicación de esos nuevos ritmos y métodos, que el capitalismo necesitaba para su reorganización en Rusia: Zinoviev se convirtió en el perro sanguinario de Petrogrado, organizando la represión abierta de toda lucha contra el trabajo y el Estado; Trotsky fue el abanderado de la militarización del trabajo, de la creación de los campos de trabajo forzado y fue el jefe de los cuerpos represivos en los momentos decisivos... En fin, Stalin (¡al que luego se intentará culpar de todo!) llevará esta obra a su punto culminante con los campos de trabajo, por los cuales pasaron más de 15.000.000 de trabajadores, y por representar la dirección de una sociedad en la que el capital liquidó hasta tal extremo toda forma de lucha contra la explotación, que «trabajador», y sobre todo «trabajador a un ritmo ejemplar», se transformó, por primera vez (simultáneamente que en Alemania, Italia...), junto a la propia figura de Stalin, en ídolo, en el dios, en la bestia sagrada e intocable: fue el funesto reinado de los Stakhanovs (12).

Estalinismo, nazismo y castrismo

El capitalismo y su opinión pública esconden las contradicciones decisivas (comunismo-capitalismo) y en su lugar nos presentan un conjunto de falsas contradicciones (fascismo-antifascismo). Lo hemos denunciado hasta el cansancio, aunque en la guerra capitalista imperialista, las distintas burguesías asuman diferentes banderas y realicen efectivamente la guerra (pues ésta no es más que la prolongación de la competencia), su programa es esencialmente el mismo. El fascismo y el antifascismo son el mismo tipo de sociedad: el capitalismo y con mayor precisión el capitalismo recomponiéndose de la ola revolucionaria más importante de la historia del proletariado e imponiendo la más larga e impresionante contrarrevolución, cuya realización aún padecemos.

En tanto que socialismo nacional, el régimen de Stalin, contrariamente a lo que nos quieren hacer creer, tiene exactamente el mismo programa y básicamente efectuó las mismas realizaciones que el nacionalsocialismo de su antiguo aliado, Hitler. Y ello no sólo porque ambos hayan coincidido, o no, según las épocas, en el plano de la política nacional e internacional, sino fundamentalmente porque han basado la gestión de la sociedad en un proyecto nacional de socialismo, porque la ideología central se encuentra en el trabajo, en un partido del trabajo. Claro que en los discursos hay matices, y si Hitler basa su ascenso en la defensa de un socialismo que lucha contra el capital financiero y prestamista internacional (13), contra el gobierno del dinero, la plutocracia y por un verdadero socialismo de la nación alemana; Stalin prefería decir que su socialismo (en un país) luchaba contra los «países capitalistas» y por «las democracias populares»; pero en los dos casos concentran su programa económico en un gigantesco esfuerzo laboral, en la gran industria, especialmente en la infraestructura de comunicaciones y energética, y en las construcciones para el «pueblo trabajador». En el centro de ambos regímenes están los Servicios del Trabajo, los campos del trabajo, la apología del trabajo y la obligatoriedad del trabajo, presentada como un honor: «El servicio obligatorio del trabajo ha de ser un honor para la juventud y un servicio prestado al pueblo. No debe suministrar mano de obra económica a la industria privada ni convertirse en una empresa competidora del Estado. Debe proporcionar un ejército de trabajadores para llevar a cabo obras públicas con fines económicos, culturales y demás de la política nacional»(14).

Hoy, frente a una situación en donde todos los regímenes del mundo llaman en nombre de los trabajadores a trabajar más comiendo menos, sobre todo en aquellas partes en donde en la dirección del Estado se encuentra un partido del socialismo nacional, un partido del trabajo (15), como por ejemplo en Cuba, es muy importante poner en evidencia que, en el fondo, no tiene nada de tan original con respecto a sus predecesores: el estalinismo y el nazismo. Para ello, hay que insistir sobre todo en este último, sin lugar a dudas mucho menos conocido que los otros. El nazismo no es un ejemplo entre otros como partido del trabajo, sino el extremo más perfeccionado al respecto, que sus sucesores avergonzados (pues no pueden reconocerlo) no hacen más que imitar (a sabiendas o no).

En realidad, no hay ninguna originalidad en los discursos y las realizaciones de un Fidel Castro. Ni siquiera cuando éste pretende que su partido representa una lucha de los productores manuales e intelectuales contra la burguesía y que con su ascenso al poder de los trabajadores, representados, claro está, por ese partido socialista, conquiste la posibilidad de administrar los asuntos del Estado. «La burguesía política está siendo expulsada de la escena y en su lugar vemos avanzar a los productores manuales e intelectuales, a las fuerzas de trabajo que emprenderán su misión histórica. No se trata simplemente de una cuestión de horas de trabajo y de salarios –aunque esas reivindicaciones sean especiales y representen tal vez la más importante de las manifestaciones de la voluntad socialista–, sino que lo que más importa es la integración de un cuerpo social potente y responsable en la administración de los asuntos del Estado y, tal vez incluso, asumirá el papel principal en el futuro político de nuestra patria». NO es un discurso de Fidel Castro, sino directamente del célebre nazi Goebbels, que, con tanto cinismo como el otro, no tenía miedo en agregar: «No somos una institución de caridad, sino un partido socialista de revolucionarios» (16).

En lo que sigue, nos referiremos casi exclusivamente a los nazis. Hacer en cada caso el paralelismo explícito con citaciones y referencias a «realizaciones» de los socialistas actuales, no es necesario; cada lector encontrará en su medio a esos socialistas y castristas que, para desgracia de éstos, ¡los nazis hace cinco décadas se empeñaban en imitarlos!

Toda la propaganda del régimen nazi se basaba en los beneficios que según ellos habría obtenido el pueblo trabajador con dicho régimen. Antes que nada, se insistía en la eliminación completa de la desocupación, que se contraponía a la «decadencia del capitalismo corrupto». Cuando el ejército alemán ocupa Francia, se había pasado ya, en Alemania, de la desocupación de más de seis millones de desocupados al reclutamiento sistemático de trabajadores «voluntarios» fuera de Alemania para paliar la escasez de fuerza de trabajo. En realidad, esa pretendida «eliminación de la desocupación», no fue ni más ni menos que la obligación de trabajar para los desocupados, situación general en el mundo que con distinto éxito fue aplicada por todo el capital, desde Stalin a Roosvelt. Fue el reconocimiento generalizado de la necesidad de recurrir a la política del gasto público (luego teorizada por Keynes), de grandes trabajos, de militarización exacerbada de la economía, hacia la guerra imperialista. Para el trabajador alemán, como para cualquier otro, al que se le impone el trabajo capitalista cuando el capitalismo sólo puede ofrecer la desocupación, fue trabajo mal pagado, regimentado, militarizado que lo fue llevando a la guerra y a la muerte. Pero en la época, las cosas eran presentadas diferentes, se entrevistaba a los pobres tipos que iban a los campos (17) y éstos partían «contentos», ¡escapando a la desocupación y la decadencia para ir a «trabajar»! Los nazis basaban sus campañas en las realizaciones «concretas», en las construcciones para obreros, en las casas y lugares de turismo para trabajadores, en la liquidación del analfabetismo y las campañas de educación popular..., ¡y que muchos socialistas latinoamericanos tengan a esto mismo como programa de socialismo, no hace más que mostrar las cosas tal como son!

Así, el programa del Partido Nacional Socialista establecía «queremos dar una patria al trabajador alemán. Queremos construir viviendas saludables con luz, aire y sol para la juventud vigorosa» (18) y Gramma o Barricada (19) de la época, que se llamaba Völkische Beobachter no hacía más que aportar elementos «concretos» (20) de las realizaciones de casas, construcciones de «barrios obreros modernos», «nuevas instalaciones en los barrios de trabajadores»... En su rúbrica permanente, titulada El socialismo en los actos, ese periódico presentaba la podredumbre demagógica clásica de los idiotas útiles al servicio del Estado. David Schoenbaum ejemplifica así el contenido de dicho pasquín (21): «[...] Contaba como los trabajadores de una fábrica textil del sur de Alemania se habían ofrecido voluntariamente y habían realizado horas suplementarias de trabajo, para, con el producto de ese trabajo, contribuir a la caja de ayuda por accidentes de trabajo fundada por los nazis..., como los campesinos ofrecían al buró de ayuda social de las Juventudes hitlerianas la posibilidad de alojamiento para pasar vacaciones a cincuenta mil niños, y que el Grupo de mujeres nacionalsocialistas de Mannheim había proporcionado setecientos más..., que los empleados municipales de Dresde habían creado un fondo para el financiamiento de una escuadrilla de cinco aviones destinados al gobernador de Saxe y para paliar las dificultades financieras de los S.A. y los S.S..., y que hasta habían dado un 1% de sus salarios para sostener el esfuerzo nacional (Fürderung der nationalen Arbeit)... En la misma serie, se encontraban otras historias modelo, la realización de construcciones en barrios periféricos, el reparto de las beneficios de la Preussïsche Zeitung de Erich Koch entre sus empleados... Durante las fiestas de Navidad, los funcionarios del partido instalan mesas en todos los barrios populares del norte de Berlín y distribuyen regalos a la población, incluso a los antiguos comunistas [!!!, NDR]». Lo que llevará a Scheumburg Lippe, adjunto de Goebbels, a declarar: «Éste es el socialismo que yo buscaba [repetimos no, no es Fidel Castro quien realiza estas declaraciones, NDR] y es un honor para mí el de haber servido a él con todas las fibras de mi ser» (22).

De la misma forma, durante el nazismo, las campañas por la cultura popular fueron intensificadas, todo el sistema de la enseñanza fue modificado y modernizado. El acceso a la educación fue generalizado y presentado como en otras partes como sinónimo de liberación humana y de socialismo. De hecho, se trataba de reorganizar la fuerza de trabajo para que sirva mejor al capitalismo, de que todos puedan recibir «la cultura», de patrocinar las carreras técnico profesionales y sobre todo de un profundo lavado de cerebro para subordinar más al trabajador como idiota útil al Estado nacional y a sus intereses. Los que se recibían y obtenían diplomas, así como los héroes del trabajo, los que demostraban con su obsecuencia ser los más serviles vasallos eran tratados como héroes: «Los laureados eran tratados como los campeones de los juegos olímpicos o como grandes actores de cine, eran conducidos con gran pompa a Berlín y fotografiados al lado de Ley y de Hitler en persona» (23). Es evidente que esta «promoción social» era propagandeada a reventar. En la prensa llovían los ejemplos de trabajadores que el día antes no tenían donde caerse muertos, de «campesinos» sin nada que ponerse que se habían licenciado. Sobre lo dramático de las situaciones personales que la prensa presentaba «antes» y «después» de haber «triunfado» no es necesario insistir. Schoenbaum comenta: «Dado que la mitad de los laureados salían de familias de asalariados y que el 80% de ellos no habían alcanzado el nivel de la enseñanza secundaria, el régimen logra al menos por ese medio, en el plan de la propaganda, efectuar una glorificación espectacular de sus clases laboriosas».

Como todo cínico socialista en el gobierno de un Estado capitalista, Hitler se presentaba como el ejemplo de trabajador. Se hacía fotografiar haciendo «trabajo voluntario», siendo el «número uno en los regimientos de trabajo». Tampoco aquí los barbudos cortando caña de azúcar  en Cuba tienen nada de original. Los volantes que distribuye la CEDADE hoy reproducen, por un lado, masas de musculosos trabajadores marchando firme con palas y otros instrumentos de trabajo y, por el otro, al propio Hitler, rodeado de militares, dando el ejemplo del trabajo pala en mano, cavando la tierra, y junto a todo eso algunas estrofas de la Canción del Frente del Trabajo: «Nuestras palas son armas de paz...» (24).

Toda esa «glorificación indiferenciada del 'trabajador' reposaba sobre una invocación casi sin límites de la movilidad social y ponía el acento agresivamente sobre el igualitarismo social» (25). Como en todos los otros dominios se daba el ejemplo del propio Hitler. Como todo régimen del Trabajo, nada mejor que demostrar que su mejor representante es un Trabajador que venía de la «clase trabajadora». Y aquí, Hitler ganaba todos los premios (26). En el partido nacional socialista se recitaba un verdadero catecismo que decía así: ¿qué profesiones ejerció Hitler? Respuesta: «Hitler fue obrero de la construcción, artista y estudiante» y siempre que podía (¡y que el auditorio así lo pedía!) Hitler recordaba su calidad de «obrero ejemplar y perseverante»: «Yo también, en mi juventud, fui obrero y, poco a poco, llegué a la cúspide, a fuerza de mi trabajo, de estudio y también, creo poderlo decir, de hambre» (27).

Por supuesto que la verdadera transformación del 1° de mayo, que había surgido como símbolo de la lucha contra el capital, en día del trabajo, en día de fiesta, fue obra del nazismo. Aquí, como en otros puntos, Hitler realizó el programa que siempre habían prometido los socialistas burgueses, los socialdemócratas (28) y los grandes desfiles y fiestas que hoy encontramos en todos lados para celebrar el repugnante servilismo de los trabajadores hacia el estado nacional –el antagónico mismo a aquellos héroes revolucionarios de Chicago (29)–, no pueden en absoluto ser considerados inventos de Stalin, Mao, Perón o Fidel Castro, sino obra de Hitler.

Sin lugar a dudas, las consignas centrales del régimen fueron (Arbeit adelt) «el trabajo ennoblece» y (Arbeit macht frei) «el trabajo libera», «el hombre se hace libre trabajando». Y para colmo en el más impresionante campo de concentración, en los alambrados de Auschwitz, figuraba en gigantes letras ARBEIT MACHT FREI (30). «No es sólo humor negro, sino la creencia real de un sistema podrido, del capitalismo en descomposición, de un sistema que lleva al hombre a su máxima perdición, al sacrificio total y completo de su vida en el altar del dios trabajo, a la muerte... «El III Reich proponía una ideología del trabajo que recurría simultáneamente a la soberbia, al patriotismo, al idealismo... El elemento central del sistema era una ética del trabajo que reposaba no tanto sobre el trabajador, sino sobre el trabajo mismo... Uno de los motivos preferidos del arte oficial era el que se encontraba en la gigantesca escultura de Jose Thorak para un monumento de autopista con tres colosales musculosos que, como Sísifo, levantaban una roca enorme. Las empresas más importantes edificaban verdaderas capillas, cuya nave central desembocaba en el busto de Hitler, colocado bajo el emblema del Frente del Trabajo, y a flancos personajes proletarios de dimensiones heroicas: eran verdaderos pequeños templos consagrados al dios nacionalsocialista del trabajo» (31).

Es decir, que, como en el caso de Stalin, o de tantos otros de sus seguidores de hoy, el trabajador héroe no era aquel que lucha contra su propia condición, que conspira y que como tal puede ser como ha sido en la historia grande o bajo, con lentes o sin, mujer o hombre, con overol o con corbata, inmigrante o «nacional», viejo o joven, raquítico o gordo..., sino que es la bestia laburante, el que sostiene con la fuerza de sus brazos a todo el régimen, el musculoso, exactamente el mismo personaje que ponen de moda todos los regímenes de trabajo forzado: macho, joven, fuerte, nacional, nacionalista, trabajador... (32).

Como no podía ser de otra manera, para mantener los ritmos más altos de intensidad del trabajo, y por lo tanto de explotación, la idealización del trabajo tuvo que estar acompañada de ciertas migajas y de una organización del tiempo libre, tal que los trabajadores estuviesen siempre en buenas condiciones para recomenzar a trabajar con bríos. En esto, también los nazis fueron maestros de todos los socialistas laborales, incluido Stalin. Crearon una organización especial, Karft durch Freude, conocida como «KdF», es decir, la «fuerza a través de la alegría», la diversión. Esta organización, que fue financiada con los fondos de los sindicatos disueltos, tuvo indudablemente un éxito rotundo en el encuadramiento de los trabajadores. Su programa de actividades fue amplísimo: representaciones teatrales, conferencias, reuniones culturales, asociaciones deportivas subvencionadas, conciertos, clubs de danza folclórica y moderna, cursos para adultos, exposiciones de arte, cine clubs...

Hitler podía jactarse y mantener todos los mitos que permitieron el imponente aumento de la explotación en su socialismo nacionalista: «El pueblo trabaja con decisión y alegría. Y sabe que no está empeñado en una lucha por el capital de unos pocos egoístas, sino por el bienestar de la colectividad» (33).

El éxito más grande de la KdF fue su organización del turismo para los trabajadores. También aquí todos los laboristas y socialistas patriotas posteriores no son más que vulgares imitadores. La KdF llegó a organizar el tiempo libre de millones de trabajadores enviándolos, en vacaciones organizadas (¡no se precisa demasiada imaginación para hacerse una idea de las mismas!), y llevando el sector turístico, gracias al turismo subvencionado, a una expansión sin precedentes en el mundo. Su expansión, provocada por las necesidades del capital industrial, repercutió favorablemente en la industria, dado que la KdF impulsará la industria del transporte, a través de la construcción de dos enormes barcos y el desarrollo de la industria del automóvil, denominada primero KdFWagen, y más tarde Volkswagen. Como se sabe, todo esto servía directamente a la preparación de la guerra y luego a la guerra misma (34).

A través de la promesa de popularización de los autos (que en su mayor parte no pasó de ser nominal) y sobre todo del turismo, que en la época eran considerados como símbolos de la riqueza, como posibilidades exclusivas de la burguesía, el nazismo sembraba la ilusión de la desaparición de las clases. Esa imponente y absurda mentira, que todos los grandes representantes del régimen se encargaban de propagandear, estaba sin embargo enormemente arraigada en la sociedad alemana. Con respecto al turismo R. Ley declaraba: «El trabajador comprende perfectamente que queremos verdaderamente elevar su posición en la escala social. Él ve bien que no es a las clases pretendidamente cultivadas que enviamos al extranjero como representantes de la nueva Alemania, sino que es a él, al trabajador alemán, a quien hacemos nuestro mensajero en el mundo entero» y en la Conferencia Internacional acerca de la política del ocio y el tiempo libre (35), Ley declara oficialmente: «No hay más clases en Alemania. En los años a venir, el obrero perderá los últimos restos de los complejos de inferioridad que puedan aún quedarle del pasado» (36).

Pero como cualquier otro régimen socialista patriota que lo que busca es la mayor explotación y mejor carne de cañón para la guerra imperialista, sus dirigentes tienen una clara conciencia de esos objetivos, y, a veces, hasta hay algunos que tienen el coraje de divulgarlos. Así, Starcke, secretario de prensa del Frente del Trabajo, declara con el máximo desparpajo: «Nosotros no enviamos a nuestros obreros en nuestros propios barcos a realizar turismo y no construimos la grandiosa infraestructura de vacaciones al borde del mar por el placer, ni para nosotros mismos, ni para todos que puedan tener la suerte de utilizarlas, sino porque queremos mantener en buen estado la fuerza de trabajo del individuo, para que vuelva a tomar su puesto con fuerzas renovadas» (37).

Con este broche de oro de sinceridad clausuramos el capítulo acerca de la apología nazi del trabajo, tan igualita a la que todos los socialistas nacionales realizan en la actualidad. Por otro lado, el lector estará suficientemente asqueado de esta sopa de laborismo, de fanatismo nacional y socialista por el trabajo. Volvamos a nuestra lucha contra el trabajo.

El problema de la conciencia obrera en la lucha contra el trabajo

Todo aquel que no tiene otra cosa de que vivir que de la venta de su fuerza de trabajo, siente que el trabajo lo realiza porque no hay más remedio, porque, a pesar de todos los discursos que le hacen, es la única forma que tiene de procurarse medios de vida, porque es la única forma que le queda de subsistir.

Se trabaja lo menos posible y si se puede no se trabaja. Cuando es posible se hace creer que se está trabajando y se intenta al menos vivir un poco (si a esa vida atrofiada puede llamársele «vida»), se demora en el baño, se fuma un cigarro, se descompone la máquina, se intenta comunicar con otro trabajador, se enlentece el ritmo, tratando siempre –y en contra de los hechos– de comportarse como hombre y no como máquina, como si se pudiese recobrar la existencia humana, comunicándose con otro cuando el jefe no le ve, en las pausas del trabajo o, a escondidas, en el cuarto de baño. Si es posible se falta, uno se «enferma», le viene de golpe un agudo dolor de muelas, de cabeza o de espalda, que nadie puede verificar (no siempre es joda, a veces, por asco al trabajo, ¡uno termina enfermándose en serio!) y todo parece confirmar que son los lunes de mañana y los días en los que se vuelve de las vacaciones, en los que más se enferman los trabajadores.

El absentismo se sigue generalizando; en todas partes del mundo se denuncian a los saboteadores de la producción; respondiendo como se pueda a todo tipo de invento para aumentar el ritmo de trabajo en toda fábrica y oficina se han desarrollado miles de contrainventos para contrarrestarlos...

No ver en todos estos hechos, aparentemente inconexos, una lucha sórdida y oscura, de las dos clases antagónicas de la sociedad, sería vendarse los ojos; en cada uno de esos actos se contraponen la manutención de la esclavitud asalariada con la lucha contra el trabajo, por la sociedad comunista.

Esto son los hechos, indiscutibles, vivientes, que demuestran la putrefacción de una sociedad basada en el trabajo, y el odio que contra la misma se concentra en cada uno de sus esclavos asalariados... Como también es un hecho que cada vez, más la «haraganería», la «pereza», que en el fondo no son más que tímidas resistencias humanas e instintivas contra el trabajo, son, cada vez más, consideradas como un delito, por no hablar ya de los campos de trabajo para «parásitos sociales» o de los «delincuentes peligrosos» que en Cuba es, por ejemplo, sinónimo de los que sabotean la producción.

Sin embargo, en la fase actual. en la que aún al proletariado le cuesta muchísimo desprenderse de la más profunda contrarrevolución que aún lo somete, estos hechos no son aun globalizados. Incluso, los mismos que hacen lo posible por trabajar lo menos posible, que viven trampeando a jefes y patrones y al Estado, no son capaces de comprender el alcance revolucionario de su propia acción, y no sólo en algunas circunstancias, esos tipos no se pliegan a las reivindicaciones obreras y a la lucha, sino que incluso la consigna revolucionaria «contra el trabajo» les parece un sin sentido; y hasta para alabar a otro se les escapa el eslogan burgués «es un buen hombre», «es trabajador», «es un trabajador ejemplar»...

En la vida diaria, nos encontramos todos los días con esos ejemplos, en los cuales uno se agarra la cabeza y dice: «¡Parece mentira!». La acción contra el trabajo, aunque socialmente sea masiva, se hace solo o con un pequeño grupo (38), la conciencia de los trabajadores en general sigue atrofiada con la apología burguesa del trabajo, y los actores mismos de la lucha contra el trabajo, la condenan cuando se grita abiertamente que se pelea contra el trabajo.

Pero a esa situación no le tememos. Al contrario es la situación de siempre en la que luchan los comunistas, contra la corriente, contra el pensamiento y la conciencia de las mayorías, pero por la acción y los intereses de éstas, buscando hacer consciente los métodos de lucha que surgen espontáneamente.

Lo más importante es, precisamente por ser subversivo, el poner en evidencia que en esos actos aislados de sabotaje al trabajo que vivimos cotidianamente, se encierra la potencia revolucionaria que es necesario liberar para hacer volar en pedazos toda esta sociedad. Por eso, hoy es imperioso, no sólo luchar por trabajar menos, sino gritar claramente: «Abajo el trabajo», «Viva la lucha contra el trabajo».

«Viva el proletariado»

Nuestros enemigos, los apologistas del trabajo, los partidos del socialismo nacional, sobre todo cuando se autoproclaman marxistas, cantan vivas al proletariado. Aquí, como en otras partes, y como lo vimos en todo el texto, el proletariado sólo les interesa como trabajador. Lo que gritan en realidad es viva el proletariado trabajando, vivan los trabajadores disciplinados, viva el desarrollo del país, y lo digan o no: «Viva la patria». De más está decir que estos vivas al proletariado son los que hace la burguesía, el antagónico mismo a los intereses elementales de la situación del proletario y, traducido más claro aún, quiere decir: trabajad mucho, ajústate el cinturón, la nación lo necesita. Y al respecto Fidel Castro o los sandinistas no nos desmienten. Es eso y nada más que eso lo que quieren. Que viva el proletariado, en el sentido de que siga existiendo por los siglos y los siglos, amén...

Cuando los revolucionarios dicen viva el proletariado, no sólo se trata de algo diferente, sino contrario tanto en sus premisas, como en su contenido, como en sus consecuencias. Como premisa, porque para vivir el proletariado tiene que pelear. En efecto, si para los «marxistas» el proletariado es algo así como la suma sociológica de los hombres que trabajan, para nosotros, el proletariado existe en su contraposición con la burguesía, contraposición existente en la lucha general por la vida, desde la producción de objetos materiales hasta la organización en partido y la lucha armada. Como contenido, porque la vida del proletariado no la encuentra en el trabajo, porque el proletariado vive reconociéndose a sí y a sus compañeros como seres humanos, y ello sólo puede hacerlo en la lucha contra el trabajo. En fin, como consecuencia, porque el proletariado, contrariamente a la burguesía, no tiene interés en prolongar su existencia, sino que por el contrario su existencia como contraposición al capital, su desarrollo hasta transformarse en clase dominante, tiene por objetivo la supresión de todas las clases y por lo tanto su autosupresión.

En síntesis, mientras que el «viva el proletariado» de nuestros enemigos, es un grito de «viva la situación actual de los proletarios», el «viva el proletariado» de los comunistas es el viva la organización del proletariado en clase, en clase dominante para su propia supresión, para liquidar totalmente la actual situación, para abolir el trabajo asalariado, para que la actividad productiva deje de una vez por todas de ser trabajo y sea vida humana, en fin, para que la humanidad pueda por fin iniciar su verdadera historia como comunidad humana.

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NOTAS

1. «Es evidente que para la economía nacional, el proletariado, es decir, el que no vive del capital o de la renta, sino sólo del trabajo, y de un trabajo unilateral, abstracto, no es más que un trabajador. Por eso, puede sentar la afirmación de que el trabajador, como cualquier caballo, tiene que ganar lo suficiente para poder trabajar. En vez de interesarse por el como hombre, cuando no trabaja, encomienda este punto de vista a los tribunales, los médicos, la religión, los cuadros estadísticos, la política y el alguacil.» Marx, Manuscritos de París

2. «[...] Por una parte, el capitalista gobierna sobre el trabajo por medio del capital, y, por otra, el poder del capital gobierna al mismo capitalista.» Marx

3. Arbeit macht frei, ver más adelante.

4. Es el momento de recordar que «idiota» viene del griego y designaba a aquel que no se ocupaba, que desconocía, que ignoraba los asuntos de la polis, es decir, la política, sirviendo, por esa despreocupación, a los tiranos. Es el mismo caso que el de los obreros que se despreocupan de la política de su clase y se constituyen en los mejores siervos de los tiranos.

5. Otra vez encontramos la unidad indisociable de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, que todo revisionismo se ensaña en falsificar separando.

6. Formación y desarrollo que comprende evidentemente tanto sus puntos más elevados de constitución en clase, y por lo tanto en partido político (fases revolucionarias), como también los momentos de máxima desorganización, dispersión y atomización (fases contrarrevolucionarias).

7. Marx, criticando el programa del partido socialdemócrata alemán, en su punto inicial (1. El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura...) dice: «El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural de la fuerza de trabajo del hombre. Esa frase se encuentra en todos los silabarios y sólo es cierta si se sobreentiende que el trabajo se efectúa con los correspondientes objetos e instrumentos. Pero, un programa socialista no debe permitir que tales tópicos burgueses silencien aquellas condiciones sin las cuales no tienen ningún sentido... Los burgueses tienen razones muy fundadas para atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural, pues precisamente del hecho de que el trabajo esté condicionado por la naturaleza se deduce que el hombre que no dispone de más propiedad que su fuerza de trabajo, tiene que ser, necesariamente en todo estado social y de civilización, esclavo de otros hombres, de aquellos que se han adueñado de las condiciones materiales de trabajo. Y no podrá trabajar, ni, por consiguiente, vivir, más que con su permiso». Marx, Crítica del programa de Gotha

8. Ver la crítica al respecto de Marx en Crítica del programa de Gotha, así como en la correspondencia de Marx y Engels, en la misma época, con Bebel, Katusky...

9. El capital es precisamente la emancipación del trabajo realizada, la liberación del trabajo de su inseparabilidad con respecto a quien lo ha realizado como actividad. Si el trabajo fuese simplemente actividad productiva estaría indisociablemente ligado a esta actividad; como tal no puede emanciparse y es, por decirlo de alguna manera, «del trabajador», parte y esclavo de su ser. Pero en el capitalismo, esa emancipación se produce, pues, el proceso de trabajo está dominado por el proceso de valorización, porque la realización misma del trabajo es su negación como actividad de la cual lo que le queda es el trabajo cosificado. Más aún, el trabajo se ha emancipado tanto, que oprime a quien lo realizó, y lejos de representar el poder de la clase que durante generaciones y generaciones dejó su vida en él, es hoy, en tanto que trabajo muerto, la potencia emancipada de la que se sirve la clase enemiga para perpetuar la explotación. Lo que hay que reivindicar no es pues la emancipación del trabajo, sino el emanciparse del trabajo. En la primera concepción, el trabajo es el sujeto que se emancipa; en nuestra concepción, es el hombre el que se emancipa del trabajo.

10. Taylor fue un burgués sumamente lúcido de sus intereses de clase, que para comprender todas las triquiñuelas que nuestra clase utiliza para trabajar lo menos posible, se puso a trabajar como obrero durante un buen tiempo, a partir de lo cual elaboró un conjunto de normas para eliminar los «tiempos muertos», su «ciencia» consiste en controlar los tiempos y los movimientos, para hacer científica la administración del trabajo, promover métodos de «retribución» de los trabajadores que lleven a exacerbar al máximo la competencia entre ellos, para que sólo queden los más trabajadores y que los «haraganes» se vean obligados a buscar trabajo en otro lado...

11. «Aprender a trabajar, he aquí la tarea que el poder de los soviets debe plantear al pueblo en toda su amplitud. La última palabra del capitalismo al respecto es el sistema Taylor, que liga todos los progresos del capitalismo, la crueldad refinada de la explotación burguesa con las conquistas científicas más preciosas [para Lenin, como para todo materialista vulgar, la ciencia es neutra, NDR], en lo que respecta el análisis de los movimientos mecánicos en el trabajo, la supresión de los movimientos superfluos e inhábiles, la introducción de los mejores sistemas de contabilización y control... La República de los Soviets debe hacer suyas, cueste lo que cueste, las conquistas más preciosas de la ciencia y de la técnica en ese dominio. Podréis realizar el socialismo justamente en la medida en que hayamos sido capaces de combinar el poder de los soviets y el sistema soviético de gestión con los más recientes progresos del capitalismo. Es necesario organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, experimentación y su adaptación sistemática». Lenin, Las tareas inmediatas del poder soviético, 1918

12. El nombre viene de un minero estalinista célebre por su capacidad física como bestia humana para trabajar, en un mismo tiempo, mucho más que sus «compañeros» (¡éstos, por supuesto, no lo consideraban tan «compañero»!) de trabajo, y que el estalinismo lo adoptó como héroe, como ejemplo. En realidad, el capitalismo no tiene otro ideal del hombre trabajador que los Stakhanovs.

13. Adolf Hitler, Mi lucha. Hitler agrega que éste es «el punto programático más importante».

14. Konstantin Hierl, jefe del servicio del trabajo de los nazis.

15. Está claro que toda la burguesía hace la apología del trabajo, pero aquí tomamos aquellos sectores más representativos de esa apología del trabajo hecha por el capital; aquellos gobiernos y partidos en donde el trabajo y los «héroes del trabajo» estuvieron en el centro de toda la política económica y social.

16. Citado en David Shenbaum, La Revolutión Brune, páginas 51 y 52.

17. Hay que tener en cuenta que la internación masiva de trabajadores en los campos se hizo a vista y paciencia de la burguesía mundial, y que no faltaron incluso las organizaciones burguesas judías que contribuyeron a dicha criminal empresa.

18. Reproducido por volantes de CEDADE, organización nazi, en Barcelona.

19. Respectivamente, periódicos oficiales del «socialismo» realizado en Cuba y «en realización» en Nicaragua.

20. No hay ninguna duda de que es precisamente este terreno de lo «concreto», de lo «particular», «de la solución del problema de cada uno», el que más se presta a la demagogia oficial y la mentira generalizada con la que se propagandea un régimen.

21. En el libro antes citado, páginas 84 y 85. Esto resulta anecdótico y podría parecer absurdo de incluirlo aquí. Sin embargo lo hacemos porque tanto por su forma como por su contenido, en esos «ejemplos concretos de socialismo» de los nazis, el lector reconocerá los discursos de sus enemigos que hoy se dicen socialistas o comunistas.

22. Ídem.

23. Ídem.

24. Volante de CEDADE.

25. Schoenbaum, ídem, página 88.

26. Si algunos regímenes aquí no son ejemplo, como el castrismo, ello se debe a que Fidel, al contrario de Hitler, proviene de la alta burguesía cubana y entonces prefieren callarse la boca. Lo cierto es que siempre que puede, la burguesía no pierde la oportunidad de confundir todo el asunto, sacando a relucir la extracción de clase, como si fuese garantía de algo. En realidad, como lo demuestra el ejemplo Hitler-Castro (¡como pueden encontrarse centenas!) no es la extracción de clase lo decisivo, sino la práctica real a favor o contra del régimen de esclavitud asalariada.

27. Discurso dado en la fábrica Siemens, en noviembre de 1933.

28. «De hecho, el 'programa de socialización' que los socialdemócratas no se atrevieron nunca a realizar cuando tuvieron el poder, fue realizado en gran medida por los fascistas. De la misma manera que las reivindicaciones de la burguesía alemana no fueron satisfechas en 1848, sino luego, por la contrarrevolución que siguió, el programa de la socialdemocracia fue cumplido por Hitler. En efecto, fue Hitler, y no la socialdemocracia, quien proclamó el Primero de mayo como día de fiesta y, de una manera general, es suficiente comparar lo que los socialistas decían que querían realizar, pero que nunca realizaron, con la política practicada en Alemania desde 1933, para darse cuenta de que Hitler realizó realmente el programa de la socialdemocracia sin requerir de sus servicios». Paul Mattick, Intégratión capitaliste et rupture ouvriere

29. Ver al respecto Comunismo, nº 8.

30. Tampoco aquí el actual régimen de Uruguay, que construyó el peor de sus campos de concentración en «Libertad», superó al nazismo en cinismo.

31. Schoenbaum, página 109. Los subrayados son nuestros, NDR.

32. Con las revoluciones industriales posteriores a la segunda guerra mundial, la fuerza física del trabajador es hoy mucho menos importante, y, poco a poco, la imagen del trabajador modelo en los fascistas y socialismos nacionales actuales, se ha ido adaptando a esa evolución, incorporando un tipo más común de hombre y mujer.

33. Declaraciones de Adolf Hitler, citado por CEDADE.

34. Esos barcos para el turismo sirvieron para el transporte de tropas, y los Volkswagen sirvieron de vehículos militares para todo uso.

35. ¡Hoy, el gobierno socialista francés se considera original por tener un verdadero ministerio del tiempo libre!

36. Las citaciones de Ley son tomadas del libro citado de Schoenbaum, páginas 132, 133 y 134.

37. Schoenbaum, ídem, página 134.

38. Cuando se transforma en acción de una fábrica entera ya es un hecho excepcional, como ha sucedido muchas veces; cuando supere incluso esas barreras y se extienda por toda la sociedad la revolución no podrá ser detenida.


CO12.4 Acerca de la apología del trabajo