¡Ah... Las hermosas máquinas! (1)

La evolución actual de la crisis impide que el capital utilice la totalidad del potencial productivo que tiene a su disposición y que creó precedentemente. Miles de fábricas quiebran o funcionan con un débil rendimiento y millones de trabajadores refuerzan el ejército industrial de reserva.

Frente a esto, los partidos, sindicatos y organizaciones de izquierda y de extrema izquierda se escandalizan. La CGT (Central Sindicalista controlada por el PC oficial) llorisquea: «Están destruyendo Francia, están destruyendo nuestras vidas». Mientras tanto, el PCF expone, en la fiesta de «La Humanidad», los últimos milagros de la tecnología moderna, de preferencia francesa, en el ámbito de las máquinas-herramientas.

Nosotros, los comunistas, no sólo vemos en este tipo de propaganda la lucha competitiva entre capitalistas (chovinismo), sino también la defensa del capital.

Todos estos pretendidos marxistas, quieren hacernos creer que las fuerzas productivas son neutrales o, lo que es peor aún, que tienen un carácter proletario («nuestras fuerzas productivas», «defensa de nuestras herramientas de trabajo»). Más aún, ellos se reclaman del viejo ideal capitalista, que la misma realidad desmiente cada día más, según el cual, el desarrollo de las fuerzas productivas y la valorización máxima pueden existir sin su inevitable polo opuesto: la desvalorización y la destrucción periódica de las fuerzas productivas.

En realidad, el carácter de las fuerzas productivas está determinado indefectible y únicamente por las relaciones de producción. Lo que quiere decir que en el sistema capitalista éstas sólo pueden ser fuerzas productivas del capital. Todas las maquinarias y los métodos de organización del trabajo existentes en el capitalismo tienen únicamente como objetivo el aumento de la tasa de explotación, y no es por casualidad que los emuladores de las máquinas, que sirven para explotar al proletariado, son también fieles adoradores del trabajo asalariado. En efecto, el proceso de producción requiere la asociación del trabajo muerto (las máquinas, las materias primas, es decir, los frutos del trabajo pasado) y del trabajo vivo. Ambos son igualmente necesarios: el trabajo muerto porque permite aumentar la explotación de la fuerza de trabajo, y el trabajo vivo porque es el único creador del valor y por lo tanto del plusvalor y del capital adicional. La defensa del trabajo muerto y del trabajo vivo es la defensa de la producción capitalista, tanto uno como el otro son del capital.

La asociación del trabajo muerto y del trabajo vivo es también una confrontación de clases, puesto que la herramienta del trabajo no le pertenece al obrero, éste no posee ni el fruto de su trabajo, ni su trabajo (solamente posee su fuerza de trabajo que se encuentra obligado a vender para subsistir). «La máquina no actúa únicamente como un competidor cuya fuerza superior tiende a transformar el asalariado en algo superfluo, es como potencia enemiga del obrero que es empleada por el capital y éste lo proclama a viva voz. Así se transforma en el arma de guerra más irresistible para reprimir las huelgas, las revueltas periódicas del trabajo contra la autocracia del capital.» K. Marx, El capital

¡NO! Señores defensores del trabajo asalariado, jamás un obrero descalificado amará «su» cadena de montaje, jamás el proletariado defenderá la herramienta de su explotación,  jamás un revolucionario luchará por las fuerzas productivas del capital, sino por su destrucción, puesto que la afirmación del proletariado en clase para sí, es su destrucción como clase para el capital.

Los apologistas del progreso técnico, quienes consideran que éste beneficiaría a los obreros, a sus condiciones de trabajo, ven las fábricas como simples visitadores. No hace falta mucha suspicacia para darse cuenta que si bien la jornada de trabajo ha disminuido, ésta ha sido ampliamente compensada por un aumento de la intensidad y de un gran desgaste de nervios y energía. Todo esto gracias a esas hermosas máquinas que hacen trabajar rápido, y a los nuevos métodos de organización del trabajo que éstas implican (cadenas, equipos, etc.) Y qué decir del aumento en el tiempo de trayecto al trabajo y las migraciones, y la desocupación, y la descalificación del trabajo... ¡¡¡¡¡qué hermosa vida para nuestros obreros!!!!!

Evidentemente, nosotros no nos oponemos en general al desarrollo de la productividad del trabajo en sí, sino que, por el contrario, vemos en ello lo que permitiría disminuir el tiempo de trabajo necesario para la producción de cosas (lo cual constituye primordial desde el punto de vista comunista). Pero comprendemos que el desarrollo de las fuerzas productivas, en este sistema, se transforma en productividad del capital, es decir, en explotación acrecentada para el proletariado.

Los proletarios, en su lucha contra las relaciones de producción capitalista, se encuentran obligados a oponerse necesariamente a la naturaleza capitalista de las fuerzas productivas. Éste es el caso de la huelga y el sabotaje (más o menos importante y más o menos voluntario) cotidiano de las máquinas. En ambos casos se oponen directamente al desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, a pesar de que, en reacción a ello, se empuje a los capitalistas a desarrollarlas aún más para disminuir las consecuencias de las manifestaciones proletarias. Es esto lo que por ejemplo hace decir a la CGT que las luchas obreras tienen como consecuencia positiva y voluntaria el desarrollo del maquinismo.

No se trata de reivindicar la destrucción sistemática de las máquinas, que fue el primer método de lucha obrera y que ha demostrado sus límites, como un medio adecuado de lucha revolucionaria, sino de comprender la relación que existe entre el proletariado y las fuerzas productivas del capital, como una relación antagónica. La característica esencial de estas últimas son las de ser medio de valorización y por lo tanto de explotación: es la dictadura del valor de cambio sobre el valor de uso.

Si el obrero descalificado se encuentra esclavizado de la mañana a la noche (y a menudo de la noche a la mañana) encadenado a «su» máquina no es por amor o placer, sino para poder sobrevivir, y todo esto en interés del capital. La práctica de los partidos y sindicatos es hacer de esta esclavitud una acción voluntaria de los proletarios, sobre todo cuando la crisis destruye parcialmente esta atadura, eliminando el capital excedente y licenciando la fuerza de trabajo sobrante. Así el único objetivo que persiguen es el de perpetuar la explotación, empujar al proletariado a actuar como clase para el capital (es decir, a negarse), impidiéndole que se constituya en clase para sí (es decir, contra el capital).

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NOTAS

1. Este texto fue publicado por primera vez en nuestro periódico Parti de classe, nº 3, que fuera órgano territorial de nuestro grupo en Francia. Está claro que los ejemplos regionales (PCF, CGT...) no le quitan al texto su validez.

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