“No se trata de hacer libre al trabajo, sino de abolirlo” Karl Marx

La palabra «trabajo» es la denominación burguesa de «actividad humana»

El lenguaje, como toda esfera de la sociedad burguesa, es determinado por el capital. Es, fundamentalmente, el lenguaje de la clase dominante, el lenguaje burgués. Se le puede definir como la supremacía de la ideología burguesa, ejerciéndose en el mismo acto de la comunicación. El lenguaje burgués es el intercambio verbal que se efectúa con la ayuda de signos que ofrecen las máximas garantías para la perpetuación de la dominación de clase de la burguesía. De esta manera, el modo de comunicación reinante logra en gran medida imponernos sus límites. Como no se trata ahora de crear un nuevo lenguaje –que no podría basarse más que sobre una nueva comprensión de las relaciones humanas– nos vemos por lo tanto continuamente obligados a desenmascarar la perfidia de las palabras y a redefinirlas, de igual forma que lo hacemos con los conceptos.

La palabra «trabajo» es el ejemplo perfecto, total, de la falsificación de las conciencias humanas. Aun cuando el hombre siempre se ha definido, expresado y realizado a través de su actividad vital –qué es la vida, sino actividad–, aun cuando la realización del hombre no puede pasar más que por la materialización de esta actividad vital –creación de objetos, de ideas...–, el sistema mercantil encerró esa actividad en la forma de «trabajo». El capital universalizó esta forma, haciéndola, bajo su aspecto salarial, la relación humana dominante en el planeta. De este modo, la forma trabajo que hoy en día es la única posibilidad de sobrevivir para la inmensa mayoría de las personas, y la única manera de existir para el proletariado, se convierte también en la actividad vital, central, del hombre; la actividad universal, alrededor de la cual gira todo. Habiéndose convertido en la actividad esencial del hombre, en su más importante actividad, la burguesía nos presenta la esencia del hombre como sinónimo de su trabajo.

¡He aquí como la palabra «trabajo», que no designaba de hecho más que una forma muy particular de la actividad humana, suena hoy a los oídos de todo el mundo un poco como el perfecto sinónimo de «actividad», puesto que para la mayoría de los hombres, el trabajo ha llegado a ser en realidad... ¡la totalidad de su actividad! Desde entonces, actuar significa «trabajar», y ser activo se entiende como «ser trabajador», es decir «con buen rendimiento». La hipocresía y el cinismo del lenguaje burgués culminan en expresiones tales como «hacer trabajar el dinero», imagen de una riqueza hermafrodita reproduciéndose por sí misma, como si detrás del dinero no se encontraran el brazo, el sudor y la sangre de aquéllos a quienes se le ha extorcado la plusvalía, única fuente del enriquecimiento de los capitalistas.

Hace falta por consiguiente, cuando se habla de «trabajo», comprender que la utilización de ese término determina una categoría, una forma muy precisa de producción de la actividad humana, intrínsecamente ligada al sistema mercantil; hay que entender el trabajo como la producción de la actividad humana en tanto que actividad extraña al hombre, a la manifestación de su vida y a la conciencia que tiene de su vida; es el hombre reducido al estado de trabajador.

El trabajo es el acto de enajenación de la actividad humana práctica. Marx, Manuscritos de 1844

El trabajo no es otra cosa que la expresión de la actividad humana en el marco de la enajenación, la expresión de la manifestación de la vida como extrañación (1) de la vida. El carácter enajenado del trabajo aparece bajo diferentes formas y, en primer lugar, a través del objeto creado; éste, en efecto, no pertenece al obrero. Cuando el resultado de la producción humana debería definirse como la más alta manifestación del ser humano, como afirmación del hombre, como medio de conocimiento por el otro de su propia persona humana, el trabajo hace al hombre extraño a su producto, y éste se le enfrenta y opone. El obrero es desposeído del objeto que ha creado. Obligado a vender su fuerza de trabajo, pone su vida en el objeto y dicha vida no le pertenecerá más. La extrañación del trabajo se basa en la necesidad del trabajador de vender su fuerza de trabajo, empleada en producir una mercancía que le es totalmente extraña. El obrero no puede sacar ninguna satisfacción del resultado de su trabajo. Aun suponiendo que el objeto creado tuviese para él un interés inmediato, no podrá disfrutarlo; su uso le será vedado, al estar sometido a las leyes de la economía mercantil. Lo absurdo de tal estado de cosas aparece a veces en toda su cruel dimensión, cuando, por ejemplo, obreros trabajando en locales a 35ºC sin acondicionamiento de aire, ni ventilación, se enteran de que la fábrica para la que trabajan produce aparatos de aire acondicionado, vendidos con el eslogan: ¡¡¡«Las temperaturas estivales no afectarán vuestra energía, si posee un climatizador X»!!!

Pero el proletario no sólo ha llegado a ser extraño al objeto de su actividad, sino también de su misma actividad. La actividad productiva no le pertenece más en tanto que actividad libre; en efecto, el trabajo es exterior al obrero, pero como es la única actividad que le permite el procurarse los medios de subsistencia en el sistema capitalista, está del todo obligado, para sobrevivir, a someterse. El trabajo es, por tanto, la actividad no-libre por excelencia, y solo la realiza porque está obligado y forzado.

«El carácter extraño del trabajo aparece netamente en el hecho de que en cuanto no existe coacción física o de otra clase, el trabajo es evitado como la peste.» Marx, Manuscritos de 1844

El obrero no se afirma, por lo tanto, trabajando, sino que se niega. Del mismo modo que pone su vida en el objeto del que es desposeído, deja su existencia en la actividad de producción de ese objeto.

«Por lo tanto, si el producto del trabajo es la enajenación, la misma producción debe de ser enajenación en acto, desposeimiento de la actividad, la actividad del desposeimiento. La enajenación del objeto del trabajo no es más que el resumen de la enajenación, de la extrañación, en la misma actividad del trabajo». Marx, Manuscritos de 1844

El trabajo, acto de producción en el sistema capitalista, llega a ser, por lo tanto, para el obrero la actividad en tanto que pasividad, la fuerza en tanto que impotencia; cada día, ocho horas de actividad absurda, contraria a la esencia y la razón humanas; la enajenación de sí mismo, como antes enajenación de la cosa.

Pérdida de sí, pérdida del objeto, queda todavía la pérdida del otro. El trabajo enajenado hace extraño al hombre del género humano (2). Separa la vida individual de la vida genérica. Lo que distingue al hombre del animal es que este último se identifica directamente con su actividad vital, «él es esta actividad. El hombre hace de su actividad vital, el objeto de su voluntad y su conciencia. Hay una actividad vital consciente.» Marx, Manuscritos de 1844. Al convertir la actividad vital del hombre en trabajo enajenado, en el sistema mercantil, la relación se transforma en la medida en que el obrero es obligado a hacer de su actividad vital consciente un simple medio de subsistencia, un medio de existir. Aun cuando esta actividad vital consciente debería ser la expresión del hombre en tanto que elaboración de un mundo objetivo en el que pudiera contemplarse, reconocerse, siendo esa producción su vida genérica activa, reconocimiento de los hombres entre ellos, el trabajo enajenado reduce la actividad del hombre a la simple producción de riqueza; hace de la actividad humana un simple medio de subsistir.

«La conciencia que el hombre tiene de su género se transforma por lo tanto por el hecho de su extrañamiento, de tal manera que la vida genérica se convierte para él en un medio». Marx, Manuscritos de 1844

El trabajo hace al hombre extraño consigo mismo, con su ser genérico y por lo tanto con el otro, con el hombre enfrentado a él.

«Esto que es verdad respecto de la relación del hombre con su trabajo, al producto de su trabajo y a sí mismo, es verdad respecto de la relación del hombre con el otro, así como con el trabajo y el objeto del trabajo del otro. De una manera general, la proposición de que su ser genérico llega a ser extraño al hombre significa que el hombre se convierte en extraño al otro, así como cada uno de ellos llega a ser extraño a la esencia humana». MARX, Manuscritos de 1844.

Esta conciencia del género humano, de la especie, del otro, no queda ni un átomo bajo el capital. Por el contrario, las manifestaciones de solidaridad proletarias son la señal y el esbozo de lo que es esta conciencia genérica del hombre, de hombre que comprende que sus propios intereses pasan por los de la comunidad; el ser humano que entiende la satisfacción de sus necesidades y de sus deseos a través del disfrute colectivo.

La abolición del trabajo se expresa bajo la forma política de la emancipación del proletariado

Acabamos de ver que el ser humano enajenado por el trabajo no se pertenece más. Pero si él no se pertenece más, debe entonces pertenecer a algún otro. Si la actividad humana resulta tormento para el obrero, es porque ella es necesariamente goce para otro. A través del trabajo enajenado, el hombre no crea solamente una relación extraña a su producto y a su producción; engendra igualmente la dominación del que no produce, dominación que se ejerce sobre su producto, sobre su actividad productiva y sobre él mismo.

Lo único que justifica hoy que la actividad humana siga encerrada, enajenada, extrañada en la forma de «trabajo», es el interés de la clase dominante. El provecho que saca la burguesía de su dominación le impide ver más allá de sus propios intereses egoístas. La clase social que liberará a la humanidad del trabajo extrañado no puede ser sino aquella que más sufre sus fatales efectos, la emancipación universal del hombre depende de la emancipación del proletariado, porque esta última clase concentra, en su relación con la producción, TODA la esclavitud del hombre.

«[...] De una clase con cadenas radicales, de una clase de la sociedad civil que no sea una clase de la sociedad civil; de un orden que sea la disolución de todos los órdenes, de una esfera que posea, por lo universal de sus sufrimientos, un carácter universal, y que no reclame para sí ningún derecho especial, puesto que no se ha cometido contra ella ninguna injusticia en particular, sino la injusticia pura y simple. Una clase que no puede apelar a ningún título histórico, sino solamente a un título humano. Que no se encuentra en oposición unilateral con las consecuencias, sino en oposición global con las premisas de la forma del Estado; de una esfera, finalmente, que no puede emanciparse sin emanciparse de todas las otras esferas y así emanciparlas a todas; que sea, en una palabra, la pérdida total del hombre y no pueda reconquistarse más que a través de la recuperación completa del hombre. La disolución de la sociedad en tanto que Estado particular, es el proletariado.» Marx, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel

Es por lo tanto al proletariado organizado en clase, y por lo tanto en partido, a quien corresponde la tarea histórica de liberar a la humanidad del trabajo y de resolver, de una vez por todas, los antagonismos entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, entre su actividad y su disfrute, entre el individuo y la especie.

¡Abajo el trabajo!

Después de este desarrollo, se verá más claramente porqué los eslóganes sindicalistas e izquierdistas de «derecho al trabajo» y de «garantía del empleo» son eminentemente reaccionarios y utópicos. Los proletarios saben que, en el sistema capitalista, el trabajo es la única forma de subvenir a sus necesidades y que, en ese sentido, no tener trabajo significa claramente reventar. Pueden mencionarse como prueba los miles de seres humanos asesinados por hambre cada día. Por lo tanto, hay que comprender la exigencia de un empleo por el obrero como la exigencia de la necesidad de alimentarse, de vestirse y de reproducirse, él y su familia. Pero reivindicar trabajo para todos, en el seno del sistema capitalista burgués, es hacer creer que eso es posible, es ilusionar con un absurdo y es negar el carácter catastrófico del capitalismo, su descontrol sobre el movimiento que él mismo engendra. Los comunistas sabemos que la reivindicación de trabajo para todos es utópica y tomando como prueba evidente que si el capital no ha conseguido realizar el pleno empleo a escala mundial en período de prosperidad, se ve difícil como podía satisfacer esta demanda en pleno período de crisis. La consigna es reaccionaria, porque corresponde a una visión idealizada del sistema en curso, y porque es la negación de la naturaleza contradictoria del capital, que solo puede desarrollar el trabajo desarrollando simultáneamente el paro, es decir, el trabajo al grado cero. La naturaleza de la dictadura del capital es la riqueza engendrando la miseria. Todos los economistas y otros ideólogos del trabajo intentarán explicarnos que el trabajo es necesario, porque confunden producción de mercancías y riqueza social. Es de la más elevada hipocresía el intentar presentarnos al trabajo como si fuera la única fuente de riqueza. Nosotros definimos el trabajo, en tanto que actividad

enajenada y extrañada, como la pérdida del hombre.

«El trabajo mismo, no solamente en las presentes condiciones sino en general, en la medida en que su objetivo sea el simple acrecentamiento de la riqueza, es perjudicial y funesto.» Marx, Manuscritos de 1844

En lugar de la reaccionaria consigna: «Un salario equitativo por una jornada equitativa», Marx nos hablaba ya de enarbolar la consigna revolucionaria: ¡«Abolición del asalariado»! De la misma manera, en lugar de las reivindicaciones de «Trabajo para todos», nosotros oponemos la consigna invariante del programa comunista: «Abajo el trabajo».

Trabajo, tiempo libre y comunismo

«En todas las revoluciones anteriores, el modo de actividad permanecía invariable y sólo se trataba de otra distribución de esta actividad, de una nueva repartición de trabajo entre otras personas; la revolución comunista, por el contrario, está dirigida contra el modo de actividad anterior, suprime el trabajo y la dominación de clase, aboliendo las clases mismas.» Marx, La ideología alemana

El comunismo destruye el modo de actividad específico del sistema capitalista: el trabajo, esencia de la propiedad privada. Al mismo tiempo que suprime el trabajo, suprime la organización del tiempo libre en tanto que complemento indispensable del trabajo enajenado. Hay que comprender por tiempo libre, el tiempo concedido al proletariado para rehacer su fuerza de trabajo. Del mismo modo que el salario representa el mantenimiento del obrero y sólo debe ser considerado como el «engrase» necesario para la continuidad del buen funcionamiento de los «pistones», el tiempo libre no tiene más que una utilidad: el papel de válvula de escape a las tensiones producidas durante la actividad-trabajo. Ocio no corresponde en absoluto a tiempo libre, puesto que no se trata, para el obrero, más que de reparar sus fuerzas, sus energías, para un rendimiento cada vez más eficaz, para una explotación renovada de sus capacidades. Los ocios vienen dictados por la necesidad, para el proletariado, de estar en su puesto y en forma, el lunes por la mañana. Como resultado del trabajo el hombre no conoce más el verdadero sentido de su actividad vital y sólo reproducirá durante sus horas «perdidas» una actividad «espejo» del trabajo enajenado, de forma que ese período de su tiempo, de su actividad llamada «libre», no entra en contradicción con el período «trabajo». La actividad extrañada tiene que tener necesariamente como correspondiente la inactividad extrañada; el trabajo extrañado, los ocios extrañados. El capital opone tiempo de trabajo y tiempo de ocio; separa las dos actividades aun haciéndolas complementarias. La escolarización prepara ya esta separación: «Estáis aquí para trabajar, estáis aquí para divertiros, ¡pero no hagáis jamás las dos cosas al mismo tiempo!». Pero la actividad humana es una totalidad. En este sentido, la sociedad comunista no tiene nada que ver con una sociedad de ocio, idealización del polo «positivo» del sistema burgués. A la separación trabajo-ocio, el comunismo opone la actividad vital que es disfrute, el disfrute que es actividad.

«La actividad y el goce, tanto por su contenido como por su género de origen, son sociales, son actividad social y disfrute social.» Marx, Manuscritos de 1844

En el comunismo primitivo, la misma palabra designaba «trabajo» y «juego» (3). De la misma manera, el comunismo suprime las oposiciones entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, entre producción y aprendizaje, entre lo que es vivido y experimentado. Esta descripción no resulta en modo alguno de una anticipación idílica, de una visión idealizada del futuro, sino más bien del movimiento mismo de la historia y del mundo. Y este movimiento no es en nada el fruto del azar; es el fantástico desarrollo de las fuerzas productivas lo que hace más actual que nunca la posibilidad, la necesidad, del comunismo.

La abolición del trabajo en tanto que actividad humana extrañada es un punto esencial del programa comunista, y el proletariado cumplirá esta obra humana afirmándose como clase dominante para negar todas las clases. A las cuarenta horas semanales, a las torturas de los madrugones, a la angustiosa búsqueda de trabajo, a los escupitajos corteses de los capitalistas que despiden, a los fines de jornada apresurados y de pie en el metro, al embrutecimiento de las horas vacías, a las cadencias infernales, a los asesinatos por el trabajo, a la propiedad privada, a la explotación del hombre por el hombre, al capital, nosotros contraponemos nuestra fuerza, nuestro conocimiento y nuestra determinación, con vistas a la edificación de una sociedad sin trabajo, una sociedad comunista, asegurando por la comunidad la libre disposición del tiempo como campo de expansión de la actividad humana.

«Otra fuente de la inmoralidad de los trabajadores es el hecho de ser los condenados al trabajo. Si la actividad productiva libre es el mayor placer que conocemos, el trabajo forzado es la más cruel, la más degradante tortura. Nada es más terrible que tener que hacer de la mañana a la noche alguna cosa que nos repugne. Y cuanto más sentimientos humanos tenga el obrero, más debe detestar su trabajo, porque nota la represión que implica y la inutilidad que ese trabajo representa para él mismo». Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1854.

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«El Estado moderno, la dominación de la burguesía se basan en la libertad del trabajo. Santo Max [referencia despectiva a Stirner - NDR] mismo no ha –¡cuántas veces!– extraído de los Anales Franco Alemanes esta idea de que con la libertad de la religión, del Estado, del pensamiento..., y por consecuencia «algunas veces», «sin duda también» «puede ser», la del trabajo no soy YO, sino únicamente uno de mis tiranos que se hace libre. La libertad del trabajo es la libertad para los trabajadores de hacerse competencia entre ellos. Santo Max no tiene tampoco suerte en economía política, como no la tiene en ninguno de los otros dominios. El trabajo es libre en todas los países... No se trata de hacer libre al trabajo, sino de abolirlo. Marx, La ideología alemana

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NOTAS

1. En lo concerniente a la definición de extrañación, ver el artículo: De la alienación del hombre a la comunidad humana, en este mismo ejemplar.

2. Hay que entender el género como al hombre comprendiéndose en tanto que hombre, como la conciencia que el individuo puede tener de la especie humana.

3. ¡Hasta qué punto el lenguaje burgués es totalitario! Aquí para explicar la no separación-oposición debemos emplear necesariamente ese lenguaje. Si dijésemos la misma palabra, designar «actividad» y «actividad», que en el fondo es lo correcto, no seríamos comprendidos.


CO12.2 Actividad humana contra trabajo.