I. Alienación y comunismo primitivo

Contrariamente al puritanismo estrecho de los científicos burgueses pagados desde hace siglos para que describan las sociedades primitivas como monstruosidades atroces, como sociedades bestiales aún no humanas, usando para ello la imagen del bárbaro arrastrando a «su mujer» por los cabellos, el amor no cristiano de la «guerra del fuego»..., el marxismo revolucionario analiza las sociedades primitivas viéndolas como comunidades naturales, como comunismo primitivo. Allí donde los plumíferos de servicio tan sólo ven barbarie, nosotros vemos la expresión «de lo que de humano hay en el hombre» (Marx), de sociedades que no conocían la separación entre el trabajo y el juego, entre la educación y el placer, entre el hombre y la naturaleza, entre la vida y la muerte...; la expresión de comunidades reales en las que no existían ni clases ni Estado, ni apropiación privativa ni familia, en las que el ser colectivo del hombre no era otra cosa que el hombre mismo, en las que no existía el individuo atomizado tan alabado hoy, en las que la comunidad correspondía a los intereses de la especie.

«En el comunismo natural y primitivo, incluso si la humanidad era entendida reducida a los límites de la horda, el individuo no buscaba sustraer el bien a su hermano, sino que estaba dispuesto a inmolarse sin miedo alguno por la supervivencia de la gran fratría (hermandad).» Bordiga, En Janitzo no se teme a la muerte.

Y chocando siempre con las imbecilidades vehiculizadas por «nuestros catedráticos», se demuestra cada vez más claramente que estas sociedades primitivas, este comunismo natural, eran sociedades de abundancia en las que, además reinaban ritos de redistribución de las riquezas, de destrucción de los excedentes (ejemplos del potlach en los iroqueses)... (2)

Si bien vemos en el comunismo primitivo una prefiguración embrionaria de la futura comunidad humana, también es cierto –no pretendemos retomar el mito del «paraíso perdido»– que dicho comunismo era imperfecto, limitado. Y ello porque estaba estrictamente determinado por las condiciones naturales exteriores, las tempestades, los deshielos, los terremotos..., que producían ciertos momentos de penuria y, en consecuencia, la necesidad de producir reservas, de acumular. La disolución de la comunidad natural por el cambio –determinada, por un lado, por la acumulación de excedentes para el cambio y, por otro lado, por la existencia de penuria, de la que, históricamente, la primera y esencial es la de mujeres tiene lugar primero en la periferia de la comunidad y va luego determinando poco a poco el paso de la sociedad de recolección-caza a la sociedad de agricultura-ganadería, es decir, a la producción para cambiar, a la aparición del valor y, a continuación, de la moneda como intermediaria del cambio, a la expropiación de los hombres, la destrucción del comunismo primitivo y a la aparición de las sociedades clasistas y del Estado –órgano de defensa de los intereses de la clase dominante –, proceso que, condensado aquí en unas líneas, toma en realidad miles de años.

La alineación, enajenación o, más correctamente, la extrañización (3), en su sentido marxista de desposesión o sin-nada-ni-nadie-en-que-o-quien-asirse, aparece con la disolución de la comunidad primitiva; pero en las sociedades primitivas preexistía una alienación anterior a dicha extrañización: la alienación natural. Claro es, que esta alienación natural era cualitativamente diferente de la alienación-extrañización cada vez más desarrollada en las sociedades de clase y llevada a su apogeo –dominación total– en el modo de producción capitalista. En efecto, la alienación natural es ocasionada por la necesidad de explicar, comprender, los fenómenos naturales incomprensibles y aparentemente supraterrestres que determinan el conjunto de la vida comunitaria. Por esto, todos los cultos, mitos, divinidades... de estas comunidades retoman los elementos esenciales de la vida humana y de la reproducción de la especie: fecundidad, vida, Sol, Luna, fuego...

«La religión, como la propia palabra indica, religa (une de nuevo) a los seres. Sólo aparece cuando la actividad de los hombres ha sido fragmentada, de igual forma que también ha sido fragmentada su comunidad. Retoma los ritos, la magia, los mitos de las sociedades precedentes. Antes no había religión.» Camatte, A propos de l’alienation, en Capital et Gemeinwesen.

Ésta también es la razón por la que estos mitos, ritos... , expresiones de la vida comunitaria primitiva, son en mucho mayor grado el esbozo de la conciencia humana que el de la falsa, mistificada conciencia: la religión.

«El mito, en sus innumerables formas, no fue un delirio de espíritus que tenían sus ojos físicos cerrados a la realidad –natural y humana de manera inseparable, como para Marx–, sino que es una etapa imprescindible en el camino único de la conquista real de la conciencia, que en las formas de clase construye a través de grandes y espaciados trastocamientos revolucionarios y que tan sólo en una sociedad sin clases tendrá un desarrollo libre. [... ] Pues bien, aquellos mitos y aquellas místicas eran revolución; el respeto y la admiración que por ellos tenemos en tanto que luchas que constituían los escasos y lejanos movimientos hacia adelante por los que la sociedad humana progresó, no disminuye en nosotros por el hecho de que sus formulaciones sean caducas y que las de nuestra doctrina tengan una textura muy diferente.» Bordiga, Comentarios de los Manuscritos de 1844.

Sin que estos fenómenos sean, en absoluto, comprendidos, el hombre primitivo les encuentra una solución, una razón mística; pero lo importante es que esta mistificación no es exterior a su vida, no es inhumana: la realidad es deformada, mistificada tan sólo por los propios límites del hombre primitivo. Esta alienación aún tiene carácter humano. Las representaciones de la vida primitiva –convertidas con el valor en esto que se llama «el arte»–, incluso si deformadas por la mística no están aún totalmente separadas de la vida misma; «el arte» aún no es la representación muerta de algo que sobrevive, y ello porque aún existe un arte de vivir.

La disolución de la comunidad genera, al mismo tiempo que la separación entre los hombres, todas las separaciones; la alienación se convierte en totalmente inhumana. A medida que se desarrollan los diferentes tipos de sociedades de clases, se intensifica en mayor grado la desapropiación del hombre, su desposesión material y, en consecuencia, la de su conciencia.

«En la forma del cambio, del dinero y de las clases, desaparece el sentido de la perennidad de la especie, mientras que surge el innoble sentido de la perennidad del peculio, expresada en la inmortalidad del alma que contrata su felicidad al margen de la naturaleza de un dios usurero que detenta dicha banca odiosa. En las sociedades que pretenden haber ascendido desde la barbarie a la civilización, se teme la muerte individual y el hombre se postra ante las momias, incluso en los mausoleos de Moscú, de infame historia.» Bordiga, En Janitzio no se teme a la muerte.

II. Reificación y capitalismo

La dominación mundial del capitalismo se diferencia radicalmente de todos los modos de producción que lo han precedido por su esencia universal, condición de unificación de la historia de la humanidad. El capitalismo no es el resultado de la simple sucesión lineal de los modos de producción que lo han precedido en cada zona geográfica, sino que tiene como presupuesto el mercado mundial. Por esto, el modo de producción capitalista es el primer modo de producción mundial. Es el único que destruye y unifica todos los modos de producción que anteriormente coexistían (feudalismo, esclavismo, modo de producción asiático...), al mismo tiempo que hace posible y necesario el comunismo. Así, el capitalismo resume y simplifica los antagonismos de clase que han hecho toda la prehistoria humana: ahora la contradicción fundamental es entre capitalismo y comunismo, entre burguesía y proletariado.

En esta contradicción, el proletariado es el polo negador, es el partido de la destrucción. Y así como el capitalismo resume la historia de las clases dominantes, así el proletariado resume y hace posible el combate que siempre han llevado adelante las clases explotadas (por ejemplo: Espartaco, T. Münzer, los anabaptistas, los enragés, los levellers, los diggers...) (4). Ésta es la razón de que, como decía Marx, si bien «la clase poseedora y la clase proletaria representan el mismo estado de alienación del hombre», sólo es el proletariado quien encarna, personifica, en la miseria la revuelta contra esta miseria, «la revuelta a la que es empujado necesariamente por la contradicción entre su naturaleza humana y su vida real, que es la negación manifiesta y decisiva de dicha naturaleza». La Sagrada Familia, 1845.

El capitalismo, que cierra el ciclo del valor (al generalizar al mundo entero la producción mercantil, expresada en la fórmula D-M-D’), libera al siervo de su última atadura, la adscripción a la gleba; pero al mismo tiempo que lo libera de esta adscripción a la tierra, rompe el último lazo que aún unía al hombre con la naturaleza, lazo que, además, permitía que el hombre subsistiese ya que, en las relaciones sociales feudales, una parte del fruto del trabajo del siervo le pertenecía, mientras que la otra pertenecía al señor. Al siervo liberado –es decir, al proletario moderno– no le queda otra propiedad suya que su fuerza de trabajo y sus hijos. (5)

«Luz, aire..., la limpieza animal más elemental deja de ser para el hombre una necesidad. La suciedad, ese empantanamiento y descomposición del hombre se convierte en su elemento; el hombre vive en esa cloaca –en el sentido literal de la civilización. Un completo abandono contra natura, una naturaleza pútrida, se convierten en el elemento en el que vive.» Marx, Manuscritos de 1844.

En y por esta miseria total encuentra el proletariado su fuerza destructiva; no teniendo nada que perder, lo puede ganar todo. Como decía Lenin: «Lo que queremos: todo». Y también encontramos ahí, en la extrema atomización del «ciudadano proletario», en su «liberación», la base de la comunidad del capital, la negación de las clases: la democracia. (6)

«La sociedad feudal se encontró descompuesta en sus cimientos, el hombre, pero el hombre tal como realmente era su cimiento: el hombre egoísta. Pues bien, este hombre, miembro de la sociedad burguesa, es la base, la condición del Estado político. El Estado lo ha reconocido a dicho título en los derechos del hombre. Pero la libertad del hombre egoísta y el reconocimiento de dicha libertad es, antes que nada, el reconocimiento del movimiento desenfrenado de los elementos espirituales y materiales que constituyen su vida. Así, pues, el hombre no fue emancipado de la religión, sino que recibió la libertad de religión, no fue emancipado de la propiedad sino que recibió la libertad de propiedad; no fue emancipado del egoísmo de la industria, sino que recibió la libertad de industria.» Marx, La cuestión judía.

La emancipación, la liberación, realizada por la sociedad burguesa es, en consecuencia, la libertad de hacerse explotar plenamente; la completa desposesión del proletariado es su libertad de –para no morirse de hambre– tener que vender su fuerza de trabajo. En este acto obligado y forzado de compra-venta de la fuerza de trabajo humana se encuentra culminado el proceso histórico de deshumanización. La alienación-extrañización es total: el hombre es tan sólo una simple mercancía, una cosa muerta. La alienación del hombre es el trabajo asalariado, el trabajo alienado, la alienación del trabajo. Este acto de venta –cambio mercantil– separa totalmente al obrero, al productor, de los medios de producción. Está obligado a venderse para poder valorarse con relación a los medios de producción que le son extraños y exteriores a pesar de que, de hecho, no son otra cosa que trabajo humano cristalizado.

«Su vida propia, que es lo que el trabajador pone en el objeto deja entonces de pertenecerle a él para pertenecer al objeto. Por tanto cuanto mayor es esa actividad, tanto más irreal se hace el trabajador. Lo que es producto de su trabajo no es él. Por tanto, cuanto mayor es este producto, tanto menos es él mismo. La extrañación del obrero en el producto significa no sólo que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia externa, sino que su trabajo se convierte en una existencia extraña, independiente, ajena, en un poder autónomo frente a él; que la vida que el trabajador ha transmitido al objeto se le enfrenta hostil y extraña.» Marx, Manuscritos de 1844.

El producto del trabajo es, pues, un objeto extraño al obrero y que le domina. No es el obrero quien domina la máquina, es el capital, es la relación social, la esclavitud asalariada, quien domina totalitariamente la vida del obrero. De este modo, también la relación social capitalista aparece como una potencia exterior, extraña, en cierta forma «natural», que domina al proletario, y que, además, se presenta como eterna. La alienación del trabajo se pone de manifiesto, además, en que el trabajo no es para el obrero una necesidad natural a la que se somete voluntariamente, sino que, por el contrario, es el único medio que se le deja para poder satisfacer sus necesidades vitales. La lucha histórica del proletariado contra la alienación capitalista es la lucha de los proletarios contra el trabajo:

«El carácter exterior al obrero del trabajo aparece en el hecho de que no es su bien propio, sino el de otro, de que no le pertenece, de que en el trabajo el obrero no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a otro. Es la pérdida de sí mismo.» Marx, Manuscritos de 1844.

Pero esta «pérdida de sí mismo» es lo que al mismo tiempo da al obrero la posibilidad material de tomar conciencia de dicha pérdida, de luchar, de destruir este sistema de esclavitud asalariada.

«O sea: la transformación del trabajador en un mero objeto del proceso de producción es sin duda objetivamente producida por el tipo de producción capitalista (a diferencia de lo que ocurría durante la esclavitud y la servidumbre), por el hecho de que el trabajador se ve obligado a objetivar su fuerza de trabajo, separándola de su personalidad total y venderla como mercancía que le pertenece. Pero, precisamente por la escisión que se produce así entre objetividad y subjetividad en el hombre que se objetiva como mercancía, la situación resulta susceptible de conciencia. En formas sociales anteriores, más espontáneas, el trabajo está determinado ‘inmediatamente como función de un miembro del organismo de la sociedad’ (Marx, Contribución a la crítica de la economía política), en la esclavitud y en la servidumbre, las formas de dominación se presentan como ‘muelles inmediatos del proceso de producción’; con lo que se hace imposible a los trabajadores, sumidos en esa conexión con toda su personalidad indivisa, llegar a tener conciencia de su situación social. En cambio, ‘el trabajo que se representa a sí mismo en el valor de cambio’, está ‘presupuesto como trabajo del individuo aislado’. Y se hace trabajo social por el hecho de que toma la forma de su contrario inmediato, la forma de la generalidad abstracta. [... ] Ante todo, el trabajador no puede llegar a ser consciente de su ser social más que si es consciente de sí mismo como mercancía. Su ser inmediato le inserta –como se ha mostrado– en el proceso de producción como puro y mero objeto. Al revelarse esa inmediatez como consecuencia de múltiples mediaciones, al empezar a quedar claro todo lo que presupone esa inmediatez, empiezan a descomponerse las formas fetichistas de la estructura de la mercancía: el trabajador se reconoce a sí mismo y reconoce sus relaciones con el capital en la mercancía. Mientras siga siendo prácticamente incapaz de levantarse por encima de esa función de objeto, su conciencia será la autoconciencia de la mercancía, o dicho de otra manera, el autoconocimiento, el autodescubrimiento de la sociedad capitalista, fundada en la producción y el tráfico de mercancías.» G. Luckacs, La reificación y la conciencia del proletariado.

Esta larga cita explica el proceso permanente y tendencial que va de la «conciencia de sí de la mercancía» en el proletariado atomizado, de la «no-clase», a la constitución de la clase en sí, en clase consciente y organizada en partido (7).

Hemos visto, pues, que lo que caracteriza esencialmente al modo de producción capitalista es que:

«Ante todo, produce mercancías. Pero lo que lo distingue de los demás modos de producción no es el producir mercancías, sino más exactamente esto: que el carácter dominante y decisivo de dicha producción es ser una producción de mercancías. Esto implica, en primer lugar, que el obrero mismo aparece únicamente como vendedor de mercancías y, por lo tanto, como obrero asalariado libre, por lo que el trabajo aparece esencialmente en tanto que trabajo asalariado... Los agentes principales de este modo de producción, el capitalista y el obrero asalariado, como tales son únicamente encarnaciones, personificaciones, del capital y del trabajo asalariado.» Marx, El capital.

Así pues, es la mercancía lo que determina la vida. Para existir bajo el capitalismo, todo debe tomar la característica de mercancía, es decir, la cualidad de ser cambiable: tener un valor de cambio (8) además de su soporte, que es el valor de uso. La fuerza de trabajo humana se convierte, pues, en algo extraño al hombre, se convierte en una mercancía, se convierte simplemente en una cosa muerta, inhumana: esto es la objetivación. De ello resulta que para los proletarios:

«Las relaciones sociales entre sus trabajos privados aparecen como lo que son, es decir, no como relaciones inmediatamente sociales entre personas en sus propios trabajos, sino, por el contrario, como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas.» Marx, El capital.

Bajo el capitalismo, el hombre no es sino lo que aporta, lo que posee como valor para cambiar. El dinero es lo que ocupa por entero el lugar de la comunidad, pues la única cosa común entre los hombres es el poseer dinero en mayor o menor cantidad. El dinero es quien religa a los seres humanos separados, extrañados; su relación es totalmente inhumana: es monetaria. El capital ha aparecido históricamente bajo la forma de dinero. El dinero es la mediación universal: todo debe pasar a ser, convertirse, en dinero (ver el capítulo sobre el dinero en Grundrisse, de Marx). Un ejemplo de esta comunidad del dinero es el matrimonio, donde –más allá de los discursos sobre el amor loco o el flechazo– la realidad no es otra que la puesta en común (y bajo contrato dinerario) de la miseria. «El dinero mismo es la comunidad y no puede tolerar ninguna otra comunidad por encima de él.» Marx, Grundrisse.

El obrero se presenta, pues, como propietario de la mercancía fuerza de trabajo, y se vende con ella a sí mismo como cosa. Por consiguiente, el proceso de extrañación es doble: primero se manifiesta en la separación de las fuerzas humanas y de los productos del trabajo respecto de sus creadores, y a continuación en su autonomización; consecuencia de esto es la dominación del hombre por la forma material, objetiva, de su propio trabajo (9). El carácter fetichista de la mercancía queda así al descubierto: bajo el capitalismo, todas las relaciones sociales, humanas, tienen que tomar el carácter de mercancía (10) y de este modo aparecen como una relación entre cosas muertes, no humanas.

«Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas y por ende en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global como una relación social entre lo objetos, existente al margen de los productores. [... ] Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquellos. [... ] A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías y que es inseparable de la producción mercantil.» Marx, El capital.

La característica general del modo de producción capitalista (producción mercantil generalizada) reside, pues, en el hecho de que las relaciones de producción entre los hombres se establece no solamente para las cosas, sino, también y sobre todo, por medio de las cosas, Siendo la mercancía (y su carácter fetichista) la mediación obligada de toda producción, todas las relaciones entre personas –y, en particular, las relaciones entre proletarios y burgueses– se encuentran por ello veladas, mistificadas, cosificadas. La forma general de este fenómeno es la reificación. Y la relación entre hombres reificados es a su vez representada como una relación personificada –personificación de las relaciones de producción capitalistas– entre el capitalista por un lado y el proletario por el otro, expresiones ambos de la relación social burguesa.

«La economía no trata de cosas, sino de relaciones entre personas y, en última instancia, entre clases; ahora bien, estas relaciones siempre están ligadas a cosas y aparecen como cosas.» Engels, A propósito de la crítica de la economía política por Marx.

Vamos a descomponer artificialmente en dos tiempos el proceso global de reificación, a fin de comprender mejor los elementos diferentes, pero indisociables, que la componen:

a) La reificación es el proceso por el que las relaciones de producción capitalistas –que determinan las relaciones entre los hombres, esencialmente entre capitalistas y proletarios– confieren una forma social determinada, o características sociales determinadas, a las cosas por el intermedio de las cuales los hombres establecen relaciones mutuas. Esto es la cosificación (11).

b) Ello permite al propietario de las cosas que tienen una forma social determinada el aparecer bajo la forma personificada de capitalista y establecer relaciones de producción concretas con otros hombres. Esto es la personificación.

En otros términos: en el modo de producción capitalista, las relaciones entre los hombres tienen que tomar el carácter general de mercancía –valor de cambio, cambiabilidad– y en consecuencia se convierten en relaciones reificadas, relaciones entre cosas –venta de la fuerza de trabajo a cambio de un salario–. Pero estas mismas relaciones reificadas convertidas en cosas exteriores, dominadoras (por el simple hecho de que estas cosas parecen tener propiedades «en sí»), se encuentran a su vez personificadas por los capitalistas, representantes «vivos» de la dominación de las cosas muertas. «El capitalista es capital personificado», Marx, El capital. El «colmo» del carácter fetichista de la mercancía se encuentra, evidentemente, en el valor que parece engendrarse a sí mismo, en el dinero que aparece como si diese a luz dinero. El dinero toma la cualidad inhumana de engendrar «en sí» más dinero, así como el manzano engendra manzanas. El conjunto del proceso queda concluido, la reificación es perfecta: ya no queda nada del hombre. Es el reino de las cosas: dinero, máquinas, trabajo, ocio... capital. Es el reino de la muerte.

Así, la reificación de las relaciones de producción reencuentran el lugar central que ya Marx le daba en su teoría del valor, en su necrología del modo de producción capitalista.

«La naturaleza de la mercancía implica [... ] la cosificación (verdinglichung) de condiciones sociales de producción, y la personificación (versubjektivierung) de las bases materiales de la producción; he aquí lo que caracteriza al modo de producción capitalista en su conjunto.» Marx, El capital.

Evidentemente, toda la «obra» de los economistas «marxistas» va a consistir en separar «el análisis objetivo y científico del capital» de los «restos de la filosofía hegeliana» –la decisiva cuestión de la reificación– que «aún oscurecían» el análisis. Esta falsificación tiene como única función intentar mostrar que la gigantesca obra de Marx es tan sólo un simple análisis –biología– del capital, y no la implacable demostración («el terrible misil») del inevitable hundimiento catastrófico del capitalismo, de su violenta destrucción por la personificación de toda la miseria humana, el proletariado, quien por este hecho liberará a la humanidad del reino de la necesidad y al hombre de la alienación.

«Los economistas vulgares, que no comprenden que el proceso de ‘personificación de las cosas’ sólo puede ser entendido como resultado del proceso de ‘reificación de las relaciones de producción’ entre los hombres, consideran las características sociales de las cosas (el valor, el dinero, el capital...) como características naturales que pertenecen a las cosas mismas. El valor, el dinero... no son considerados como expresiones de las relaciones humanas ‘ligadas’ a las cosas, sino como características directas de las cosas mismas, características que estarían ‘directamente entremezcladas’ con sus características naturales, técnicas. Ésta es la causa del fetichismo de la mercancía que es característico de la economía vulgar y de la concepción corriente entre los agentes de la producción, limitados por el horizonte de la economía capitalista. Ésta es la causa de la ‘reificación de las relaciones sociales, de la imbricación inmediata de las relaciones de producción materiales con su determinación histórico-social’». El capital, citado por Isaak Rubin en sus Ensayos sobre la teoría del valor de Marx.

Nos era, pues, necesario situar de nuevo la teoría de la reificación en el mismo centro de la totalidad que constituye el marxismo, que constituye la «teoría de las condiciones de liberación del proletariado» (Engels). Reintroducir la concepción fundamental de que el motor mismo de la liberación humana es el hecho de que el proletariado está completamente extrañizado, completamente dominado y sometido por un monstruoso amasamiento de objetos sin vida –expresión del hecho de que su vida es sin objeto– es lo que nos permite comprender y describir lo que será el comunismo integral.

III. El comunismo integral: la comunidad humana mundial

La comprensión vulgar siempre desprecia al comunismo en beneficio de la inmediatez, es decir, en beneficio de la dominación del capital. Las revisiones se hacen, se justifican siempre por «las nuevas condiciones», por «los casos particulares», por «los cambios en la evolución del capital», sin comprender nunca que lo que define nuestro movimiento, lo que define la lucha obrera, no es tal o cual cambio, sino, directamente y de manera invariante, el comunismo. Sólo situándose en el punto de vista del comunismo pueden los revolucionarios transformar la realidad hacia él. Lo que determina el programa que la clase obrera aplicará es la totalidad del ciclo histórico, desde la comunidad natural al comunismo integral. Por eso, toda la obra de Marx, como la de todos los revolucionarios, es también la descripción del comunismo. Esta descripción del comunismo es a la vez descripción de lo que la humanidad estará históricamente obligada a realizar –la comunidad humana mundial– y descripción de la acción concreta del proletariado, del movimiento comunista que impondrá el comunismo. Por lo tanto, también es descripción de la nueva comunidad en su actual prefiguración: el partido. Marx describía clásicamente el comunismo como:

«La esencia del hombre no es otra que la verdadera comunidad; los hombres, afirmando su ser, crean y producen la comunidad humana, social, la cual no es una potencia abstractamente universal opuesta a los individuos particulares, sino su propio ser, su propia actividad, su propia vida, su propio espíritu, su propia riqueza.» Marx, Manuscritos de 1844.

Definida así la comunidad humana, la «verdadera comunidad», podemos comprender mejor el carácter ficticio (12) de la comunidad del capital, de una falsa comunidad de hombres, de una real comunidad de hombres extraños a sí mismos.

«Decir que el hombre es extraño a sí mismo es decir que la sociedad de dicho hombre extrañizado es una caricatura de la verdadera comunidad, una caricatura de su verdadera vida genérica; es decir, que su actividad se le ha convertido en un tormento, que lo que produce se le aparece como un poder ajeno, su riqueza como pobreza, la ligazón esencial que lo sujeta a otro como inesencial, que su vida es el sacrificio de su vida, que su producción es la producción de su nada, que su poder sobre el objeto es el dominio del objeto sobre él. Es decir, que el hombre, maestro de su creación, aparece como su esclavo.» Marx, Manuscritos de 1844.

Y, como hemos visto, de la negación del capitalismo por el proletariado negándose a sí mismo, saca Marx la descripción positiva del comunismo:

«El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañización humana y, por consiguiente, apropiación efectiva de la esencia humana por el hombre y para el hombre; por tanto, el hombre se reencuentra completa y conscientemente consigo como un hombre social, es decir, humano, que condensa en sí toda la riqueza del desarrollo precedente. Este comunismo es humanismo por ser naturalismo consumado y naturalismo por ser humanismo consumado. Él es la verdadera solución en la pugna entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la verdadera solución de la lucha entre existencia y esencia, entre objetivación y afirmación de sí, entre libertad y necesidad, entre individuo y especie. Es el enigma resuelto de la historia y se reconoce como dicha solución.» Marx, Manuscritos de 1844.

El comunismo significa la realización de la especie humana, significa la destrucción del infame y mezquino individuo burgués: «El comunismo suprime al individuo a fin de realizar el ser humano.» Le Communiste, número 9. (13)

«A causa de este hecho, la necesidad o el disfrute han perdido su naturaleza egoísta, y la naturaleza ha perdido su simple utilidad, puesto que la utilidad se ha convertido en utilidad humana.» Marx, Manuscritos de 1844.

Todas las separaciones desparecen con la desaparición de la propiedad privada y privativa, de las clases, del dinero, del trabajo, del Estado (y de todos sus aparatos: justicia, escuelas, ejércitos, iglesias...), pero también desaparece la estructura básica de la sociedad burguesa: la familia (con su hipócrita corte de cornudos, prostitutas y otros amantes), para dejar paso a la comunidad humana, asumiendo colectivamente el conjunto de la vida y de la reproducción de la especie.

«Tenemos el derecho de prolongar las tesis económicas seculares (ningún salario, ni dinero, ni cambio, ni valor) con las tesis igualmente seculares y originales: ningún Dios, ningún Estado, ninguna familia.» Bordiga, Las tablas inmutables de la teoría comunista.

En este sentido, el amor no será como lo conocemos hoy –fusión de dos seres atomizados (fusión significa «su no-existencia») que ponen en común su miseria y su angustia–, sino satisfacción y desarrollo de todos los deseos, las pulsiones, las necesidades..., del hombre social.

«En el comunismo no monetario, el amor tendrá, en tanto que necesidad, el mismo peso y el mismo sentido para los dos sexos, y el acto que lo consagra realizará la fórmula social de que la necesidad de la otra persona es mi necesidad de persona, en la medida en que la necesidad de un sexo se realiza como necesidad del otro sexo.» Bordiga, Comentarios a los Manuscritos de 1844.

«Tendré la alegría de haber sido para ti el mediador entre tú y el género humano, y en consecuencia de ser conocido y sentido por ti como un complemento de tu ser y una parte necesaria de ti, y, por lo tanto, de saberme afirmado tanto en tu pensamiento como en tu amor.

Tendré la alegría de haber creado, con mi manifestación vital individual, tu propia manifestación vital, y de haber así afirmado y realizado directamente, en mi actividad individual, mi verdadera esencia, mi ser humano, mi ser social.» Marx, Manuscritos de 1844.

De igual forma, bajo el capitalismo, el tiempo es uno de los monstruos que nos devoran diariamente, y ello por el hecho de que el tiempo es la medida del valor, porque el tiempo es lo que cuantifica el valor. Bajo el capitalismo, el tiempo es la única medida social, es el patrón por medio del cual se mide nuestra no-vida. Todo está determinado por el tiempo de trabajo, como lo refleja el célebre dicho: «El tiempo es oro». Marx ya ponía esto de manifiesto cuando escribía:

«El tiempo lo es todo, el hombre ya no es nada; como máximo, es la envoltura del tiempo. El oscilar del péndulo se ha convertido en la medida exacta de la actividad relativa de dos obreros como lo es de la velocidad de dos locomotoras.»

Bajo el capitalismo, el tiempo es la medida de nuestra pérdida; perdemos nuestro tiempo para ganar nuestra supervivencia. Por el contrario, el comunismo suprimirá toda medida por medio del tiempo, puesto que suprimirá lo que el tiempo mide: la producción de valor. Las decisiones que van en el sentido del comunismo son aquellas que se oponen a la ley del valor, destruyendo, por lo tanto, la base de relación de producción capitalista (14).

«En una sociedad futura en la que el antagonismo de clases haya desaparecido, el uso ya no vendrá determinado por el mínimo de tiempo de producción, sino que el tiempo de producción que se consagrará a un objeto estará determinado por su grado de utilidad.» Marx, Miseria de la filosofía.

El comunismo tomará como base no el tiempo de trabajo (=capital), sino el tiempo disponible, la libre disposición de su vida, y, por lo tanto, del tiempo. Ya no será necesario luchar por «tomarse tiempo para vivir», sino que nuestra vida se realizará todo el tiempo.

Queda aún la cuestión de saber si para nosotros, comunistas, el comunismo significa «el fin de la historia», significa la consecución sobre la tierra del paraíso celeste que nos prometen todos los curas. En esto, como en todo, recurrimos a los clásicos:

«El comunismo pone lo positivo como negación de la negación, por tanto, es el momento real de la emancipación y de la reconquista del hombre, un momento necesario para el futuro desarrollo de la historia. El comunismo es la forma necesaria y el principio dinámico del futuro inmediato, pero el comunismo, en tanto que tal, no es ni finalidad del desarrollo humano ni la forma de la sociedad humana.»

Haciendo rugir de nuevo tanto a los idealistas como a los materialistas vulgares, Marx afirma aquí que el comunismo es tan sólo una sociedad transitoria, que no es el fin de la historia, sino, por el contrario, el inicio de la historia humana; no es sino el fin de la prehistoria. El comunismo es la supresión de los antagonismos de clase y de todas sus consecuencias. No es la supresión de toda contradicción, es decir, de todo movimiento (15). La humanidad social estará aún en movimiento, producido ya no por las contradicciones de clase, sino, por primera vez, por contradicciones por fin humanas. El comunismo es la apertura de una nueva era, es la reapropiación por la humanidad de su historia, de su conciencia, al mismo tiempo que del conjunto de sus riquezas.

Desde la alienación natural del hombre primitivo a la extrañización del ciudadano bajo el capitalismo, se cierra el ciclo de las sociedades de clase, el ciclo de la conquista cada vez más alienada de la abundancia. El comunismo, porque es la «supremacía del hombre sobre sus condiciones de vida» (Marx, La ideología alemana), abolirá la alienación.

«La supresión de la alienación tan sólo puede ser llevada a cabo por el comunismo puesto en practica.» Marx, Manuscritos de 1844.

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Notas

1. El marco general de este estudio –la cuestión general del método, marxista o como el marxismo destruye la filosofía (así como la economía, la ciencia, el arte...) realizándola– se encuentra en nuestro trabajo: Notas críticas sobre el materialismo dialéctico, aparecido en Comunismo, número 11. Hemos mantenido el término alineación y trabajo alienado en todo este texto tal como es utilizado en el original en francés pero evidentemente en castellano debe entenderse enajenación y trabajo enajenado.

2. Remitimos al lector interesado en estas cuestiones al clásico texto de Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, así como el texto Abondance et dénuement dans las sociétes primitives, publicado en La guerre sociale, número 1, que, a pesar de que en ciertos momentos roza la apología de la comunidad natural, es una excelente demostración del carácter esencialmente humano de las sociedades primitivas, y ello desde un punto de vista comunista. Este artículo fue publicado en castellano en Comunismo número 45, con el título Abundancia y escasez en las sociedades primitivas.

3. Retomamos este concepto esencial de Marx, restaurado por Camatte, porque permite expresar con mayor grado de adecuación la desposesión total del obrero, la completa exterioridad del hombre con relación a su producción.

«Por lo tanto hemos traducido entfremdung por extrañización, modificando solamente la palabra creada, con toda razón, por Hipólito. En efecto, es imposible traducir aquí por «alienación», puesto que ello significaría disimular la realidad; más exactamente, sería ocultar el grado a que ha llegado la alienación. Y el término implica que el hombre se ha convertido en un extraño para sí mismo, alejándose cada vez más de su realidad humana.

Se trata de una fase extremadamente importante del desarrollo de la sociedad capitalista. La última, cuando las relaciones sociales atomizadas, que han llegado a ser independientes en el capital, dominan al ser humano que fue, con su actividad, su generador original. Se tiene entonces la reificación, la cual tiene como consecuencia inevitable la completa mistificación de la realidad.» Invariance.

4. Quede claro que sólo el proletariado puede realizar este antiguo proyecto de la humanidad. Los comunistas del pasado se volvían hacia los tiempos anteriores, hacia el redescubrimiento de la comunidad desaparecida (por ejemplo: la ciudad del Sol de Espartaco), y aún no tenían las posibilidades materiales de imponer una nueva comunidad humana, el comunismo integral.

5. De esta constatación proviene etimológicamente la palabra «proletario», siendo «prole» igual a «niño», significa que no posee en propiedad otra cosa que sus hijos.

6. Remitimos a los lectores a los textos contra la democracia aparecidos en Comunismo números 1, 7 y 8.

7. La situación extrema del proletariado en tanto que «no-clase» es aquella en que existe únicamente «para el capital»,  totalmente atomizado y disuelto en el pueblo. El dominio integral de la contrarrevolución con la democracia purificada –fascista o antifascista– casi logró, en el período previo a la segunda guerra mundial, realizar completamente esta negación de las clases (ver los trabajos de Bilan). Por nuestra parte, preferimos usar la expresión «no-clase», que aquella «más clásica» de «clase en sí», precisamente con el fin de subrayar que la diferencia entre «clase en sí» y «clase para sí» es decisiva; la primera expresa la inexistencia del proletariado en tanto que clase revolucionaria, mientras que la segunda la afirma como tal clase revolucionaria –clase en el pleno sentido del término, y, por lo tanto, organizada en partido–. Próximamente desarrollaremos estos problemas en la cuestión llamada «del partido».

8. Evidentemente distinguimos aquí entre la forma que toma el valor –el valor de cambio–, de la sustancia del valor –el trabajo abstracto–.

9. Sobre el conjunto de estas cuestiones, remitimos al libro no exento de críticas Las superestructuras ideológicas en la concepción materialista de la historia, de F. Jakubowski.

10. Ya la primera frase de El capital sintetiza esta realidad: «La riqueza de las sociedades en las que reina el modo de producción capitalista se anuncia como una inmensa acumulación de mercancías». Marx

11. Etimológicamente, los términos «cosificación» y «reificación» serían un sólo término (reis, «cosa» en latín). Sin embargo, aquí, por carecer de otro término más adecuado, utilizamos «reificación en el sentido global indicado de «cosificación-personificación».

12. Cuando definimos la comunidad del capital como comunidad ficticia, ello significa para nosotros que es ficticia en tanto que comunidad, en tanto que «esencia del hombre», pero que es totalmente real en tanto que «comunidad» de ciudadanos atomizados, en tanto que no-comunidad humana. La comunidad ficticia del capital existe, por ello es necesario destruirla.

13. Cuando afirmamos esta posición central del comunismo revolucionario en directa filiación con los trabajos de Bordiga y Marx –«El ser humano es la verdadera gemeinwesen del hombre»–, consideramos, como Bordiga, que «en esta grandiosa construcción es eliminado el individualismo económico y aparece el hombre social, cuyos límites son los mismos que los de la sociedad humana o, mejor aún, de la especie humana». Pero esta concepción esencial, impersonal y antiindividualista –el hombre sólo existe en tanto que hombre social, en tanto que especie humana–, también significa la realización total del hombre «particular», de aquello que hay de humano en cada hombre. La supresión del individuo –en el sentido limitado, estúpido y egoísta– significa la realización de cada hombre «particular». «El peligro de Bordiga es que mantiene su tesis de la negación del individuo hasta en el comunismo, negando finalmente al hombre en tanto que unidad, entonces el comunismo aparece únicamente como el triunfo de la especie.» J. Camatte, Bordiga y la pasión del comunismo.

14. En el marco de este artículo no abordamos la problemática de los «bonos de trabajo» en el período de transición, proposición eminentemente circunstancial, hecha por Marx en su Crítica del programa de Gotha. No obstante, podemos afirmar muy someramente la necesidad de superar la problemática misma de los bonos de trabajo, que sigue siendo una forma de medida, por medio del tiempo, del trabajo extrañizado. Por el contrario, el comunismo integral se define por la supresión del trabajo, y, en consecuencia, de su medida por el tiempo. Las medidas inmediatas que tome la dictadura mundial del proletariado deberán ser precisamente medidas que vayan en el sentido del comunismo, que enfrente la ley del valor, y, por lo tanto, en el sentido de la supresión del trabajo (de lo que es un ejemplo la radical disminución del tiempo de trabajo).

Porque deben oponerse a la lógica del capital, las medidas que se adopten deberán corresponder mucho más a la reapropiación por el proletariado del conjunto del producto social (por ejemplo: con medidas tales como la gratuidad de los transportes, la vivienda, los cuidados sanitarios, la distribución de los alimentos...), que a introducir un nuevo sistema de medida del trabajo por el tiempo, tal como serían los bonos de trabajo. Esta proposición de Marx, hoy anacrónica teniendo en cuenta el desarrollo tecnológico habido, cuanto menos tenía el enorme mérito de situarse en una perspectiva comunista, antagónica al desarrollo del capital, cosa que en absoluto puede afirmarse de todos esos «continuadores» e «intérpretes» para quienes el comunismo no es otra cosa que el capitalismo adornado con algunas reformas democráticas. Sobre esta cuestión, remitimos al lector interesado al debate entre Bilan y el Grupo de los Comunistas Internacionalistas de Holanda (GIK), que se encuentra en los números19 y 20 de Bilan, así como el texto Comunismo y medida por medio del tiempo de trabajo aparecido en La guerre sociale, número 1.

15. Al contrario que Hegel –quien, como perfecto idealista, pone término a su dialéctica, y, por lo tanto, a la historia (la finalidad de la historia humana sería alcanzado por el ideal representado por el Estado alemán)–, Marx mantiene en todo momento la dialéctica y la historia como principio director, y no hace del comunismo el final del movimiento, el final de todo desarrollo humano.


CO12.1 De la alienación del hombre a la comunidad humana.