ESO... ¡NUNCA!

Habana, 27/1/1889

«En el artículo anterior quedó sentado que, según la historia demuestra, los gobiernos son impotentes para contener la serena marcha de nuestros ideales; que todas las medidas coercitivas por ellos empleadas con objeto de contrarrestar la propaganda socialista, les han resultado contraproducentes, y que, con arreglo a la asombrosa multiplicación que se ha operado en nuestros adeptos, se acerca a pasos agigantados la gran epopeya de la cual surgirá el completo reinado de la justicia; la era de paz para todos los pueblos.

Cada cual será dueño absoluto de si mismo y la libertad de cada uno solo tendrá la cortapisa que natural y lógicamente impone la libertad de los demás.

En el presente escrito tenemos la intención de probar que, no sólo son impotentes los gobiernos para detener la carrera del socialismo moderno, sino que lo son más aun para poner remedio al corrosivo mal que agobia a la actual organización social, y que el pueblo trabajador nada tiene que esperar de ellos, en el sentido de su emancipación económica.

¿Sobre qué base descansa la organización de esta sociedad?

El capital es el único Dios a quien en ella se rinde culto, y, por consiguiente, el dinero constituye la suprema aspiración de todos los hombres.

Oro, mucho oro, ambiciona el joven que apenas acaba de abandonar la Universidad, en donde en unos cuantos años aprendió a conocer las verdades convencionales que más tarde han de conducirle a ser juez y árbitro de los destinos de todo un pueblo.

Sabe perfectamente que solo el rico puede gozar de los múltiples bienes que proporciona la naturaleza, y se afana inusitadamente en proporcionarse el oro necesario para comprarlos.

Si es sacerdote, pondrá en juego la beatifica doctrina que adquirió en el seminario, para cimentar su bienestar sobre el de las grandes señoras que, hastiadas de los placeres del mundo, buscan en la religión el suave deleite que proporciona al ser humano la vida contemplativa, las plegarias y las oraciones, después de haber apurado hasta la última gota la copa del placer.

El clérigo, desde el confesonario, le devolverá la salud del alma, a cambio de las limosna que ella le entregará sin obstáculo alguno.

Si el joven es descendiente de noble cuna, si es de abolengo nobiliario y corre por sus venas sangre azul, no estudiará, y si visita por casualidad las aulas universitarias, abandonará los libros tan pronto como haya cumplido los veinticinco años y vivirá de sus rentas sin ocuparse poco no mucho de como fueron adquiridas por sus antepasados; él, solo sabrá que le pertenecen porque se las legaron sus padres y, por consiguiente, son propiedad suya, sagrada e inviolable.

Conservará su patrimonio para legárselo a sus hijos en la misma forma que sus padres se lo legaron a él, y si en el trascurso de su juventud ha derrochado alguna parte de su fortuna, entonces piensa, recapacita, razona y se decide, por fin, a tomar puesto en un partido político, que le otorgará una embajada o un empleo de gran importancia, en el cual encontrará una fórmula legal para reponer la parte cercenada de su antiquísimo patrimonio.

Si en los partidos conservadores abundan los nobles, se inscribirá en cualquier partido liberal.

Estos, como carecen generalmente de miembros de la vieja nobleza, lo recibirán con los brazos abiertos y echarán sus campanas a vuelo para anunciar al mundo que la nobleza se halla representada en su seno, y por consiguiente, nada tienen que temer las instituciones vigentes...

Y por último, si el naciente a la vida pública proviene de la mesocracia, de la aristocracia del dinero, de la clase media, de esa clase que surgió de la revolución francesa y que proclamó en París los derechos del hombre, será abogado. Trabajará los primeros años, defendiendo unas veces el derecho y otras el torcido, procurando siempre salir airoso en los pleitos que se le confíen, ya sean razonables o injustos; para él significa lo mismo la razón que la sin razón; su objeto inmediato es cobrar los honorarios, y el mediato adquirir gloria, renombre.

Adquirida la reputación necesaria, le sera fácil conseguir un acta de diputado a cortes, y ya en el Congreso, se quedará un poco de tiempo a la capa para no proceder de ligero, echándose en brazos, de un partido que tarde en proporcionarle la ocasión de defender los intereses de su familia, los de su clase, y los suyos propios, que estan tan íntimamente ligados como los eslabones de una cadena.

Las empresas ferrocarrileras, las mineras, los grandes canales y puertos, los inmensos centros fabriles e industriales serán objeto de su más ardorosa defensa.

No permitirá que se menoscabe en lo más mínimo, ninguno de los inmensos intereses creados a la sombra de las mayores monstruosidades.

Si esas empresas se dirigen al Parlamento, en solicitud de que se le concedan prerrogativas y exenciones, tendientes a aumentar sus fabulosas ganancias, inmediatamente se colocará del lado de ellas y defenderá las peticiones, agotando para ello todos los recursos de la oratoria y todos los subterfugios que aprendió en el intricado laberinto de los códigos jurídicos, y en los estrados de las Audiencias.

Saldrá triunfante y será consejero de varias poderosas compañías y por consiguiente, en lo sucesivo, los propios intereses le aconsejarán defenderlas con más ahínco si cabe.

El noble y el clérigo serán sus aliados por la comunidad de intereses y crearán un poderoso ejército y armada con objeto de defender contra todo evento los sagrados intereses de la patria.

Y como estos intereses se hallan completamente vinculados en estas tres clases, resultará que el ejército solo defiende los intereses de ellas, y por consiguiente, que aquellos solo han trabajado para sí.

Mientras tanto, el que ha de llegar a ser trabajador honrado y laborioso, es arrojado al mundo en una miserable pocilga por una madre enteca y anémica a causa de las muchas privaciones en que vivió durante su embarazo.

Participa al mismo encanijamiento de su madre y crece en medio de las mayores miserias.

No puede instruirse ni educarse, pues el tiempo que aquella debiera gastar en educarlo, tiene fatalmente que emplearlo en ganar el sustento de ambos; y cuando el niño se halla en estado de cultivar su tierna inteligencia, no cuenta con los recursos necesarios para comprar el saber, y la necesidad le obliga a dedicarse al trabajo para ganar el sustento y ayudar a su escuálida madre.

Su inteligencia queda dormida gracias a su escasez de dinero.

Será un burro de carga toda su vida.

Trabajará mucho y en tan pésimas condiciones, que una muerte prematura le sorprenderá, sin haber gozado ninguno de los placeres que proporciona la naturaleza y que solo son accesibles al que cuenta con recursos para comprarlos.

Y si en el interregno de su existencia tiene un momento en que las mismas privaciones y los martirios que sufren le hacen razonar y pensar en que el mundo está mal arreglado, en que las cargas están mal repartidas, pues siendo él quien todo lo produce de nada disfruta, y por el contrario, los holgazanes, los que no trabajan, gozan toda clase de comodidades, y por consiguiente, se atreve a decirlo en voz alta, e indica que se necesita proceder a un cambio radical en el modo de ser de la constitución social...

¡Desdichado!

Entonces, se le encarcela, se le deporta, se le ametralla, se le fusila; que estos son los procedimientos que emplean las clases privilegiadas para convencerle de que ha nacido predestinado para el trabajo.

Puede reir, cantar, bailar, jugar... hasta dar su voto para mandar un diputado a las cortes; pero cambiar o pensar siquiera en la transformación de la sociedad... ¡Miserable!

iEso, nunca!»


CO8.2.2 El productor: ¡Eso nunca!